Blog personal de Juan Carlos Urquhart de Barros - Arzobispo Primado de la Iglesia Católica Episcopal Antigua en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.-
martes, 24 de abril de 2012
Cristianismo y política.
domingo, 24 de julio de 2011
La Tradición Apostólica.

por ERIC CAPÓ
Lo más importante de su vida es la resurrección, que no ha de entenderse simplemente como una revivificación de su cuerpo, sino como la comprobación de su presencia y acción real en el mundo. Pablo llega a decirnos que incluso podemos olvidar los hechos de su vida, porque lo determinante no es su enseñanza, sino la comunión con él, es decir, la “nueva criatura en Cristo” (2 Co 5,16). Los que están en Cristo son una nueva creación, “las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas”. Viven, aquí y ahora, una relación personal e intransferible con el Cristo, que puede definirse como “morir con Cristo para resucitar con él”. Escribiendo a los gálatas, Pablo les dice: “Con Cristo estoy juntamente crucificado y vivo no ya yo, sino que Cristo vive en mi” (Gá 2,20) y, en su primera carta a los corintos (2,16), afirma que nosotros los creyentes “tenemos la mente de Cristo”.
Nuestra fe no puede, por tanto, ser definida como la religión del libro, o la de los practicantes de una doctrina que tiene más de dos mil años de historia. Hay un salto histórico que nos lleva a una relación directa y personal con el Cristo resucitado. Es cierto que el conocimiento de Cristo ha llegado hasta nosotros después de toda nuestra historia, pero no lo ha hecho principalmente mediante doctrinas o dogmas de fe, sino de boca a boca, de corazón a corazón, en una cadena de testigos en la que cada uno de ellos enlaza directamente con Cristo y de él recibe su fuerza y su vida.
El cristiano es siempre testigo, es decir, alguien que ha comprobado y vivido aquello que anuncia y llama a los que le escuchan a acercarse a Cristo en una relación personal con él: “ven y ve” (Jn 1,46). Sólo se puede ser cristiano a este nivel, el de la experiencia personal, el de la comunión con Cristo. Cualquier otro tipo de cristianismo que no tenga esto en el centro, será parte de la religión cristiana, pero no vida cristiana.
Todo esto quizás signifique un cambio radical de rumbo en la vida e historia de la iglesia. No lo ha de ser forzosamente siempre que relativicemos las conclusiones de nuestra dogmática. La investigación bíblica y la reflexión teológica a lo largo de los siglos, no ha sido en vano. Nuestro encuentro con el Cristo resucitado nos llama a la investigación sobre las raíces de nuestra fe y, especialmente, sobre la figura de Cristo. El problema no es que esto se haya hecho, sino que sus conclusiones hayan sido puestas como normativas en el centro de la vida de la Iglesia. La recta formulación de la doctrina ha venido a substituir, en la práctica, el testimonio apostólico. La fe se ha convertido en conocimiento, la vida en Cristo ha degenerado en prácticas tradicionales. Lo santo, lo intocable, ya no es la vivencia de la fe, sino la doctrina. No conformarse a la doctrina, especialmente la definida por los concilios ecuménicos, puede significar ser apartado de la comunión, ser echado fuera a las tinieblas del mal, o ser torturado o quemado vivo Y esto, católicos y protestantes. El concepto de herejía en la iglesia católica o de liberalismo teológico, en los fundamentalistas evangelicales, ha sido determinante para negar el derecho de pertenencia al cuerpo visible de la iglesia. Hay una feroz oposición a la disidencia. Ser cristiano ha venido a significar conformarse a las normas, es decir, devenir una religión más en el mundo de las religiones. Y esto acontece cuando apelamos sólo a la letra, ya que la letra mata, pero el espíritu da vida” (2 Co 3,6).
Los creyentes tenemos un magnífico tesoro en las escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Los hombres y mujeres que están detrás de estos libros son testigos de la fe. Algunos la vivieron anticipadamente, aguardando su cumplimiento, otros tuvieron el privilegio de acercarse personalmente a Cristo. Todos fueron importantes, pero si los situamos entre nosotros y Cristo, convirtiéndoles en sus mediadores, nos estamos alejando del testimonio apostólico y nos apartamos del “sólo Cristo” que define nuestra fe.
Jamás debemos olvidar que el centro de la vida cristiana es una relación directa y personal con el Cristo resucitado, que no necesita de ninguna mediación. Hay una historia en nuestro devenir cristiano, pero esta historia no incluye las formulaciones doctrinales inamovibles, sino el testimonio personal de aquellos que han vivido la fe a nivel de experiencia personal. Nos contagiaron el amor a Cristo y, nosotros somos llamados a contagiar a otros, de boca a boca, de corazón a corazón.
lunes, 27 de junio de 2011
Recuperar la utopía.

Enric Capó
El movimiento francés de Mayo-68 nos dejó una frase que ha quedado grabada en la memoria histórica de nuestra generación: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, frase que, de alguna manera, queda reflejada en el movimiento de protesta que en las últimas semanas ha llenado gran número de las plazas públicas del Estado Español.
A primera vista, la frase es absurda. ¿Cómo puede ser realista pedir aquello que reconocemos que es del todo imposible? Sin embargo, mirada más de cerca, nos daremos cuenta de que hay algo en ella que conecta con nosotros y expresa algo que, sin confesárnoslo, se encuentra en lo más profundo de nuestro ser y a lo que no queremos renunciar: el sueño de una sociedad perfecta. La utopía (aquello que no existe en ninguna parte) forma parte de nuestra vida y de nuestra historia. Desde La República de Platón, a Una utopía moderna H.G. Wells, pasando por la Ciudad de Dios de San Agustín, la isla Utopia de Tomás Moro, o La Nueva Atlántida, de Francis Bacon, toda nuestra literatura está llena de proyectos utópicos que se van renovando en el transcurso de los siglos. No es difícil encontrarlos también en nuestra más reciente historia. Sólo necesitamos leer a hombres como Saint Simon, del socialismo utópico, o representantes destacados del marxismo o del anarquismo, así como las utopías religiosas que se han venido dando y se dan todavía en nuestro contexto histórico, tanto cristianas, como musulmanas o budistas.
Para nosotros los cristianos, la más grande y más bella utopía es el concepto de Reino de Dios que con tanto énfasis e insistencia nos describió Jesús. Examinando, una a una, las parábolas del Reino y escuchando sus discursos más profundos, vemos hasta qué punto, Jesús quiso que este concepto del Reino de Dios llegara a formar parte de nuestra vida. Descubrir el Reino y hacerlo real en la vida de cada día es el mensaje central del Evangelio. Jesús nos enseñó a pedir su realización imposible en la oración que nos dejó como modelo de oraciones: “Venga a nosotros tu reino”.
Esta oración la hemos repetido a lo largo de más de veinte siglos sin que podamos mostrar hechos que demuestren que es posible. Continúa siendo una meta inalcanzable, pero continuamos presentándola a Dios, día tras día. Renunciar a ello, tanto en lo que tiene de inmanente como de transcendente, sería aceptar en nuestra vida el conformismo y la resignación, algo que está en clara contradicción con el mensaje evangélico.
La utopía forma parte importante de la vida del cristiano. En su “prehistoria” están hombres como Abraham que marchó de su tierra hacia nuevos horizontes movido por el llamamiento de Dios; o Moisés, que sacó al pueblo hebreo de Egipto hacia “una tierra que fluía leche y miel”; o el profeta Isaías que tuvo la visión de aquel tiempo en que “no harán mal ni dañaran en todo mi santo monte; porque la tierra será llena de conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar”; o los cielos nuevos y tierra nueva que “vio” Juan en la isla de Patmos “donde no habrá más llanto ni clamor ni dolor”, etc. La lista podría ser muy larga. Pero no necesitamos alargarla más, porque nuestra fe cristiana la actualiza cada día a través de la esperanza en el Dios para el que, en palabras que el ángel dijo a María, “nada es imposible” (Lc 1,37).
Hay una frase del periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano que nos sitúa en la interpretación correcta de los más hermosos sueños humanos: "La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces... ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar." Y esta es la respuesta cristiana.
Jesús, el gran soñador del Reino de Dios, nos enseñó a soñar siempre en lo mejor, lo más elevado, lo imposible y poner nuestra vida a su servicio. Algunos le hemos escuchado y le hemos creído, aunque su realización ha sido hasta ahora imposible. Llevamos siglos hablando del amor y continuamos odiándonos unos a otros; hablando de paz y vivimos en la guerra; hablando de justicia y vivimos en un mundo lleno de situaciones injustas. ¿Toda nuestra lucha ha sido en vano? Ciertamente que no. La meta continua estando lejos e inalcanzable, pero hemos ido avanzando: la guerra tiene cada día más enemigos; las discriminaciones absurdas contra las mujeres, los homosexuales, los de otras razas, van siendo poco a poco vencidas; la preocupación por la igualdad de oportunidades entre las personas humanas, va en aumento. La meta está muy lejos, pero seguimos caminando. No sé donde lo he leído, quizás entre los seguidores del 15M, pero es importante: “Está permitido caerse, pero está prohibido no levantarse”. Y este es el mensaje que hemos de transmitir y vivir.
No siempre acertaremos en nuestra elección de caminos. Hay algunos que nos parecen rectos, pero no lo son (Prov 14,12), por lo cual hay que ser precavidos, pero nada nos ha de impedir caminar hacia la utopía de la fraternidad mundial y es seguro que si este futuro brillante y utópico para nuestra generación inspira la orientación de nuestra vida, poco a poco se convertirá en presente y, aunque sea de forma muy imperfecta, proyectará algo de luz sobre nuestras tinieblas. Quizás entonces descubriremos que, no sólo al final del túnel de la vida, hay luz.
Lo que no podemos hacer es trasladar todas nuestras utopías al más allá. La utopía debe darse en esta tierra y en esta nuestra vida. Desplazarla para más allá de la frontera de la muerte, es desvirtuarla. Las utopías que sólo se refieren a otra vida son dañinas ya que nos sumergen en el sopor del conformismo y la resignación. Razón tenía Marx cuando hablaba de la religión como “el opio del pueblo”, ya que muy a menudo se ha convertido en un calmante analgésico que ha llevado a los religiosos a una actitud estéril de espera en otra vida, menospreciando la presente.
Por esto, el Reino de Dios lo sitúa Jesús en el horizonte de esta vida: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados”. Lo que distingue a Jesús de otras utopías humanas es, sin duda, que tiene una proyección de eternidad. Y esto, también lo hemos de afirmar. Pero no tenemos derecho a soñar en un estado de perfección en el futuro, si no luchamos para hacerlo real en el presente. Del futuro que esperamos –según la conocida esperanza cristiana- hemos de bajar a este presente, uno a uno, sus elementos esenciales, vivirlos y luchar por ellos. Sólo así tienen posibilidad, de acuerdo con el mensaje evangélico, de adquirir su carácter de eternidad, sea cual sea el sentido que demos a este concepto.
El movimiento 15M nos recuerda que hemos de recuperar la utopía y convertirla en nuestra agenda de trabajo. Cualquier otra actitud nos sumerge en el pesimismo y nos condena a la inactividad.
domingo, 12 de junio de 2011
De religiones, patrias y lenguas.

Enric Capó, España
Lo que sucede cada día en nuestro entorno inmediato, en la Unión Europea y en el mundo en general nos ha de llevar a la reflexión sobre nuestros valores y nuestras actitudes. En un mundo cambiante y ante las graves situaciones humanas que forzosamente somos llamados a confrontar, ya no nos valen las antiguas recetas que nos llevaban a asumir lo más cercano y olvidar –con razones cada vez menos convincentes- lo lejano. El mundo se nos ha hecho pequeño y los problemas que podíamos situar fuera de las fronteras que nos habíamos construido, ya nos afectan directamente y nos interrogan sobre la validez de los conceptos, que muy a menudo consideramos sagrados, de religión, nación, lengua, patria y los considerados deberes inalienables de dedicarnos a su defensa.
Estamos viviendo en nuestro mundo una situación sumamente grave. Los pueblos de África y Asia se están levantando contra sus gobernantes corruptos, sus reyes absolutistas, sus leyes discriminatorias. Están despertando a la realidad de una situación que los mantiene en la marginalidad, el subdesarrollo y la pobreza. Empiezan a decir ¡basta! y están dispuestos a poner en peligro su propia vida, no para salvar una patria, una religión o una lengua, sino para conseguir unas condiciones sociales que les permita vivir en una sociedad más justa y libre. La tierra es del pueblo y no de los déspotas que lo gobiernan. El objetivo de los que se rebelan contra la situación actual es tomar el poder y establecer nuevas condiciones de vida que les permitan vivir en paz y libertad.
Todos sabemos que esto es una utopía. Lo hemos visto a lo largo de toda la historia. Cambiarán los nombres de los que están en el poder, quizás establezcan leyes más justas y se consiga una cierta democracia, pero los problemas no los van a resolver automáticamente. Más pronto o más tarde se darán cuenta de que sus males no sólo les venían de sus gobiernos corruptos, sino de una situación de injusticia que viene de mucho más allá de sus fronteras.
Vivimos en un mundo dividido donde, por una parte, está el poder y la riqueza y, por otra, la debilidad y la pobreza. Un mundo en el que apenas hay canales de comunicación real. No hay equilibrio ni tratos de igual a igual. Es la relación del poderoso con el débil, del amo con el vasallo, del opresor con el oprimido. Nos hemos apoderado de la tierra dando por buena la división que de ella hicieron nuestros padres. Nos hemos establecido y, a nuestro alrededor, hemos levantado muros para protegernos de los posibles invasores. Así distinguimos entre los legítimos, que tienen todos los privilegios, y los “sin papeles” que no tienen derechos y a los que se puede expulsar por cualquier motivo que se nos ocurra.
Si nos referimos a España, no nos importa si los diferentes pueblos que la forman fueron obligados a integrarse en ella por la fuerza de las armas. Damos por buenas y legítimas las guerras que forjaron esta unidad. Lo importante parece ser el concepto de nación, o patria, o lengua o, en su tiempo, religión. Es la ley de los vencedores. Nadie tiene derecho a impugnar esta realidad. El derecho de autodeterminación queda del todo excluido. La propia constitución española confía al ejército “la defensa de la integridad territorial” de España. (Art. 8).
Si de España pasamos a la Unión Europea, nos encontramos con una realidad política que tiende a la unificación de pueblos diferentes, pero que se caracteriza, no tanto por los logros alcanzados en el camino hacia la integración, sino por hacer de las 27 naciones que la integran una fortaleza casi inexpugnable que impida la entrada de los extraños. Si los acuerdos de Schengen establecieron la libre circulación de ciudadanos entre todos estos países, actualmente países como Italia o Francia, ponen sobre la mesa la necesidad de revisar estos acuerdos. No se puede abrir la puerta de forma indiscriminada a los que intentan establecerse entre nosotros.
Es muy preocupante el renacimiento de la extrema derecha, incluso en países de larga tradición democrática, que tiene, como uno de sus objetivos prioritarios, el nacionalismo exacerbado y la expulsión de los inmigrantes. Los tenemos muy cerca, escondidos en las filas del Partido Popular y, en Cataluña, en el partido fundado por Josep Anglada “Plataforma por Cataluña”, que se manifiesta continuamente contra inmigrantes y musulmanes. El crecimiento de la extrema derecha es incuestionable en Europa, con triunfos sonados en Francia, Finlandia, Holanda, etc. Van avanzando con fuerza con consignas contra los inmigrantes y apelando al patriotismo o nacionalismo de la gente que, a toda costa, quiere defender su patrimonio.
¿Por qué crece la extrema derecha? Porque apela al egoísmo humano y a los sentimientos de la gente y los manipula. Prácticamente todos los partidos que profesan esta ideología apelan a los valores de patria, religión, cultura, incluso raza. Así encontramos el Partido por la gran Rumania, o el Partido por una Hungría mejor, el Partido de la libertad de Austria, el Frente Nacional de Francia, Partido radical serbio, Partido por la concentración ortodoxa en Grecia, o el Partido de los verdaderos finlandeses, etc.
El problema no es tanto que este tipo de partidos exista, sino que están creciendo. Y nos preguntamos: ¿Tienen estos valores todavía validez en la realidad humana que confrontamos día a día? ¿Podemos seguir pensando y actuando en base a ideas caducas como amor a la Patria o sacrificio por la religión? ¿Son en realidad ideas caducas?
El concepto patria nace a partir de la idea de padre y suele designar “la tierra natal o adoptiva a la que un individuo se siente ligado por vínculos de diversa índole, como afectivos, culturales o históricos”. Si esta definición nos parece correcta entendemos entonces que se trata de un sentimiento hacia aquella parte de nuestro mundo donde hemos nacido o que hemos adoptado. Se trata de nuestro pequeño mundo y en él nos sentimos cómodos e, incluso, felices. Nada hay en nuestro contexto que ponga en duda la legitimidad de nuestro sentimiento. Nuestra vida se desarrolla en círculos: la familia, los amigos, los conciudadanos, los compatriotas, mi nación, etc.
Jesucristo mismo, cuando nos habló del mayor mandamiento de la Ley, nos dijo que nuestro deber era amar al prójimo, es decir, al que está cerca, como a nosotros mismos. Pero esto se desorbita cuando convertimos nuestros afectos en barreras que nos separan unos de los otros. Y ésta es la triste imagen que presenta nuestro mundo.
Si consideramos la situación mundial en su conjunto nos daremos pronto cuenta de que no estamos tan lejos de lo que sucedía en la Edad Media, por ejemplo, aunque las circunstancias eran diferentes. Ayer, los pueblos del Norte de África nos invadían, arrasaban nuestras ciudades y nos esclavizaban. No podíamos detenerlos. Eran superiores a nosotros. Hoy, vienen en cayucos y pateras, pobres, desnutridos e indefensos, pero, como que podemos con ellos, les cerramos las puertas o los enviamos de regreso a sus países. Esta es nuestra tierra y la defendemos de los intrusos. No podemos permitir que se asienten en nuestra tierra y pongan en peligro nuestro nivel de vida. Sólo si los necesitamos, como parece que va ser el futuro, vamos a dejar entrar a los mejores, los que están bien formados y nos pueden ayudar en nuestra tarea principal que es la de producir riqueza. Los demás, que se queden en sus países de origen y para ello, estamos incluso bien dispuestos a ofrecerles alguna limosna.
Esta es una situación que no se puede prorrogar indefinidamente. No podemos permanecer cerrados en compartimentos estanco, defendiendo sólo nuestros intereses. Los pueblos oprimidos y hambrientos de África, Asia, o América, no van a contentarse. Lo que está pasando en Túnez, Egipto, Libia, Siria, Yemen es signo de lo que se avecina. Han empezado en sus propios países, pero cuando se den cuenta de que con esto no es suficiente, van a querer más y la avalancha caerá sobre los países ricos. No podremos mantenerlos siempre fuera de nuestras fronteras.
Pero hay más que esto, no se trata sólo de que no podamos hacerlo, sino de cual es nuestra responsabilidad como seres humanos. Después de la última conflagración mundial, los hombres más importantes y las mentes más lúcidas de nuestro mundo nos hablaron muy claramente del peligro de los nacionalismos de todo tipo y abogaron por un nuevo orden mundial en el que, más allá de las lenguas y de los conceptos de patria o de raza, fuéramos avanzando hacia una nueva realidad que debería ir dirigida al establecimiento de una unidad entre todos los pueblos que permitiera un gobierno mundial. Así nos lo dijo Jacques Delors, uno de los grandes impulsores de la Unión Europea: "La ONU debe ir hacia un gobierno mundial." O Albert Einstein, el famoso físico: “Un mundo unido o nada." “Estoy firmemente convencido de que la mayoría de los pueblos del mundo prefieren vivir en Paz y en seguridad [...]. El deseo de paz de la humanidad sólo puede convertirse en realidad mediante la creación de un gobierno mundial”. Todo nos invita a recordar a nuestros clásicos. Sócrates: "No soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo." O Séneca: “No nací en un rincón remoto: mi patria es el mundo entero”. O Erasmo de Rotterdam: "Quiero ser llamado ciudadano del mundo”.
¿Qué trascendencia tiene todo esto en nuestra actual situación política y social? Su transcendencia estriba en situarnos en el marco adecuado para establecer nuestras prioridades. El problema no está en los conceptos de patria, religión o raza, sino en el mal uso que hemos hecho de ellos. Se han usado y se están todavía usando para acentuar nuestras divisiones y profundizar en ellas. Ya no los situamos en el ámbito de nuestros afectos y características personales, sino que hacemos de ellos bandera para excluir a los que no son como nosotros. Convertimos lo afectivo en político. Ponemos nuestros intereses personales por encima de nuestros deberes de respeto, amor y solidaridad hacia los demás. Cristo acentuó, como principio de acción humana el amor a los demás, una palabra que Einstein interpretó de esta manera: “Vivimos en el mundo cuando amamos. Sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida". Si este principio de solidaridad entre todos los hombres no lo tenemos claro, esto significa que no hemos entendido el evangelio ni lo que implica ser persona humana. Recordar la frase de Montesquieu nos hará bien: “Soy un Hombre antes de ser francés porque soy necesariamente Hombre, y solo soy francés por azar."
Todo nos invita a salir de nuestros escondrijos y a implicarnos en la aventura de la vida con todos los demás. No hay que renunciar a nada. Abrirnos a los demás no implica ser infieles a nuestras convicciones. Es bueno que las tengamos. Pero no han de ser refugios desde los cuales disparar a los demás, como a menudo hacemos, incluso en el ámbito religioso, sino casas abiertas a la hospitalidad, a la relación y a la colaboración. Nos une nuestra humanidad que ha de estar por encima de cualquier otra consideración: patria, lengua, raza o religión. Cada uno en su mundo es llamado a construir puentes y abrir corazones. Ninguno tiene todas las respuestas en este mundo en el que hemos nacido y hemos edificado nuestra vida. Sólo un exquisito respeto mutuo y una actitud de apertura a los demás nos dará la posibilidad de acceder a una vida más digna y encontrar caminos de reconciliación de todos para con todos.
En la Declaración Universal de Derechos Humanos tenemos una frase muy hermosa que nos ha de hacer pensar: “Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos” (Art. 28). Es un artículo sin estrenar.
Fuente: Lupa Protestante
