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lunes, 8 de diciembre de 2014

Conmoción mexicana.


Análisis | ¿Es México un narcoestado? 

En México ya resulta imposible distinguir donde termina el crimen organizado y donde empiezan las instituciones. 


Gustavo Esteva 
Diagonal 06/12/2014


El Gobierno mexicano intenta presentar las desapariciones de los normalistas como un asunto local y excepcional, parte de la “guerra contra el narco”. Si­guen esa tesis gobiernos con fuertes intereses en México, como el de España, así como instituciones internacionales que han dirigido y respaldado las políticas recientes del Gobierno de México. La usan también medios y analistas que compraron la visión idílica y rosada que el Gobierno mexicano les había vendido, y celebraron las “reformas estructurales” del presidente Peña como un paso visionario y heroico para lanzar el país hacia delante.

La fallida noción de Estado fallido se aplicó hace unos años a México, junto con Congo y Pakistán. La sustituye ahora la de “narcoestado”, para despolitizar el debate y sugerir que un grupo de traficantes de drogas habría tomado por asalto los aparatos estatales. México es una ilustración extrema de una condición general, un espejo atroz de lo que pasa en el mundo.


No se puede entender lo ocurrido sin referirse a sus múltiples contextos.


1. En el Estado de Guerrero hay una gran tradición de organización desde abajo y de lucha social y política, así como de feroz represión.


2. La guerra sucia caracteriza desde los 60 la política mexicana ante los disidentes. Se vuelve periódicamente contrainsurgencia y se encubre como “guerra contra el narco”.


3. La Escuela Normal de Ayot­zinapa tiene larga historia. Fue fundada en 1926 con una perspectiva emancipadora e indígena. Cinco años después se fundó la Normal de Warisata, en Bolivia, con la misma orientación. De ambas normales salieron luchadores sociales y dirigentes campesinosreconocidos y ambas saben de masacres y desapariciones. Los asistentes al funeral de los normalistas de Warisata, asesinados en 2003, juraron no descansar hasta deshacerse del presidente masacrador, lo que consiguieron años más tarde. Quienes se movilizan hoy por Ayotzinapa se han comprometido a no descansar hasta encontrar a los desaparecidos y desmantelar el aparato estatal podrido que alimenta el horror actual.


4. La narcopolítica no es local: abarca todo tipo de actores, dentro y fuera de los gobiernos, en todo el continente americano y más allá. La élite y los poderes constituidos se alían para aplastar resistencias populares y facilitar el despojo.


En el lodo es imposible distinguir el agua de la tierra; en el escenario mexicano actual es imposible distinguir el mundo del crimen del mundo de las instituciones. Forman un lodo social y político. Era un secreto a voces. Todos lo sospechábamos o lo sabíamos. Ayotzinapa lo hizo de pronto evidencia pública: apareció como hecho incontestable. En la gran manifestación del 18 de octubre se sembró en el zócalo de la ciudad de México un lema: “Fue el Estado”. Recogía bien el ánimo general. Era ya imposible negarlo. Lo intentó el secretario de Gobernación al señalar: “Iguala no es el Estado”, pero ya no pudo engañar a nadie. La gente sabe. Y se duele, se enoja y se angustia por saberlo.


Se comenta que, por Ayotzinapa, México es una olla de presión próxima a estallar. En realidad, muchas ollas de presión, de diversos tamaños y formas, estallaron ya. Han salido de las botellas innumerables genios de todo el espectro ideológico, lo mismo magníficos que maléficos; será imposible regresarlos a ellas.


Los zapatistas nos enseñaron la secuencia de su creación innovadora: dolor-rabia digna-rebeldía-liberación. Ayotzinapa se hizo dolor nacional. Para el 18 de octubre era ya una ola de indignación que se convertía en la digna rabia que será rebeldía y liberación; algunos enojados, sin embargo, sólo expresaban odio y resentimiento acumulados.


La digna rabia


No hay en México, en la actualidad, lugar para el optimismo. Seguirá habiendo la violencia irracional y torpe de un Gobierno debilitado, en pánico. Estará también la violencia de abajo, el odio acumulado que sale a la calle y se mezcla con el de quienes incluyen la violencia en su estrategia política y con los provocadores del Gobierno. Hay lugar para la esperanza, ya que no para el optimismo, porque el ingenio en la lucha popular, nacido de la experiencia, está descubriendo cómo evitar, paralizar o al menos limitar la violencia de arriba e inventa formas de dar cauce al odio y al resentimiento de abajo. Lo único claro es lo que no debemos hacer: cerrar los ojos y quedarnos quietos.


La conciencia pública de que son ellos, los de arriba, que el cielo institucional cae sobre nosotros, multiplica la vieja pregunta de Lenin: ¿qué hacer? La pregunta es la misma, pero las condiciones han cambiado y la propia experiencia leninista exige explorar otras respuestas. El consenso general sobre la necesidad de articular y coaligar resistencias, movilizaciones y organizaciones estimula llamados cotidianos a la unidad, el diálogo constructivo y la concertación. Pero no hay consenso sobre lo que debe hacerse con esa articulación.

Una de las caravanas de Ayot­zinapa que recorrieron el país se encontró el 15 de noviembre con los zapatistas, en Oventic. El EZLN presentó al terminar la visita una declaración en la que destaca “que el sistema político entero está podrido” y que crimen organizado, narcotráfico, desapariciones, asesinatos y demás son ya parte de su esencia. “Co­rrupción, impunidad, autoritarismo, crimen organizado o desorganizado, están ya en los emblemas, los estatutos, las declaraciones de principios y la práctica de toda la clase política”.


El EZLN hizo ver a los padres de Ayotzinapa que no están solos. Los acompañan familiares de las víctimas cotidianas que saben, en todos los rincones del país, que los atropellos continuos vienen de la autoridad, “a veces con la ropa de organización criminal y a veces como Gobierno legalmente constituido”. También están con ellos “los pueblos originarios que atesoran la sabiduría para resistir y que no hay quien sepa más del dolor y la rabia”.


Su palabra tiene fuerza, les dijeron, porque en ella “se han visto reflejados millones”. Tras ese encuentro, será posible “vueltear” el mundo que tenemos.


Según el EZLN, “habrá un cambio profundo, una transformación real en este y en otros suelos dolidos del mundo. No una sino muchas revoluciones habrán de sacudir todo el planeta. Pero el resultado no será un cambio de nombres y de etiquetas donde el de arriba sigue estando arriba a costa de quienes están abajo. La transformación real no será un cambio de Gobierno, sino de una relación”. Quienes gobiernen, mandarán obedeciendo. Los zapatistas observan con rigor el momento y analizan el terremoto social que estamos viviendo. Saben del cambio. Saben que no será fácil ni rápido ni un mero cambio de nombres y letreros en el criminal edificio del sistema. “Pero sabemos que será”, dicen.


No regresarán los genios a la botella. Habrá incontables vicisitudes, tropiezos, retrocesos. Es un camino de muchas vueltas. Pero algo ha dejado ya de ser lo que era.

Inforelacionada:








Palabra del EZLN a los padres de normalistas desaparecidos de Ayotzinapa




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Fuente: Chacatorex

martes, 12 de noviembre de 2013

¿Anarco-fascismo?


Gustavo Esteva
La Jornada 11/11/2013
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Fascismo y anarquismo designan, como términos técnicos, ideologías y prácticas, corrientes de pensamiento y de acción, formas de gobierno y de comportamiento. En el lenguaje común, operan a menudo como meras etiquetas que distintos grupos emplean para descalificarse mutuamente.

En su diccionario, la Real Academia retiene el sentido técnico de las dos palabras y se abre a otras acepciones. Sería fascista alguien excesivamente autoritario. La anarquía sería desconcierto, incoherencia, barullo; sería también desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad.

Más que la anarquía, esas condiciones caracterizan la condición actual del mundo. En todas partes hay desconcierto, incoherencia, desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad. Pero no hay ausencia de poder público, como la anciana academia define equívocamente el anarquismo, sino lo contrario: el autoritarismo excesivo que ella considera fascista. La fragilidad, incompetencia y falta de legitimidad de los gobiernos, a medida que pierden capacidad de conducción, los lleva a recurrir cada vez más a la fuerza pública, de manera irracional y abusiva, con lo cual aumentan desconcierto, incoherencia, desorden, confusión… Si adoptáramos esos significados comunes de las palabras, santificados por la academia, estaríamos viviendo en un régimen que resulta fascista y anarquista a la vez, un gobierno anarco-fascista.

Hay analogías claras entre las situaciones actuales y las que propiciaron el surgimiento de los fascismos de los años 30. En ambos casos se trata de sociedades en crisis en las que se ha perdido la confianza en ideologías e instituciones unificadoras. Cunde en ellas la atomización de los individuos, la confusión y la inseguridad, particularmente en las clases medias, y se intensifican diversas formas de racismo…

Hay una razón sólida de la analogía: el régimen dominante, formado por el matrimonio del capitalismo y la democracia liberal, entró en profunda crisis tanto en los años 30 como ahora, afectando seriamente condiciones de vida relativamente estables y oportunidades reales o imaginadas de mejorarlas. Como no se dispone de fórmulas de repuesto que susciten consenso general y aumenta la incertidumbre, emergen fundamentalismos y demagogias y prosperan los líderes carismáticos.

Existen muchas semejanzas, pero también diferencias radicales. Ha pasado la época de los líderes carismáticos. No hay ahora uno solo a la cabeza de países o partidos y ocupan su lugar personajes muy menores que tienen escaso impacto en la población. La efervescencia fundamentalista provoca fragmentación y confrontación, en vez del encuadramiento unitario que consiguieron los fascismos de los años 30. Mientras éstos lograron identificar reivindicaciones sociales con reivindicaciones nacionales, el sello nacionalista se halla en la actualidad bastante ausente.

El socialismo acentúa el contraste. En los años 30 el socialismo aparecía como una opción real para millones de personas en muchos países. Numerosos analistas siguen considerando que los fascismos de los años 30 fueron reacciones antisocialistas y todos se vieron obligados a incorporar elementos socialistas en sus plataformas o sus prácticas. Aunque los ideales socialistas siguen vigentes en la actualidad, el régimen que se les asocia provoca rechazo en millones de personas. Quienes lo impulsan se ven obligados a diferenciarse de los socialismos reales que hace tiempo dejaron de constituir una opción real para la mayoría.

El régimen fascista de los años 30, además, sentó las bases del estado de bienestar en varios países, como en Italia, y en todas partes creó sistemas de protección social y usó fórmulas asistencialistas. Hoy, en contraste, los autoritarismos desmantelan el estado de bienestar, aunque algunos traten de disimularlo con populismos de izquierda o de derecha.

La tensión y contradicción de la expresión despotismo democrático caracteriza mejor a los regímenes autoritarios actuales que el calificativo fascista, que quizás debería reservarse para los de los años 30.

En el otro extremo, es cierto que algunos grupos anarquistas recurren a la violencia, el desorden e incluso el terrorismo como estrategias de lucha. Pero las principales corrientes anarquistas reivindican explícitamente la ley y el orden, la concertación, la coherencia, la claridad, la fuerza de la autoridad… todo ello referido, naturalmente, a lo que la propia gente, los hombres y mujeres ordinarios, deciden y acuerdan para convivir en armonía. Son corrientes decididamente opuestas, por buenas razones, a cualquier orden impuesto desde arriba. Se orientan a la conquista de la libertad, conscientes de que su pleno ejercicio requiere una estructura propia que articule procedimientos políticos y jurídicos construidos desde abajo. Es algo muy distinto al régimen que hoy prevalece en el mundo, en que los de arriba siembran desorden y confusión al tratar de imponer un orden de despojo e injusticia que convierte la vida social en prisión (John Berger), cuando no en campo de concentración (Agamben).


Fuente: Chacatorex