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martes, 12 de noviembre de 2013

¿Anarco-fascismo?


Gustavo Esteva
La Jornada 11/11/2013
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Fascismo y anarquismo designan, como términos técnicos, ideologías y prácticas, corrientes de pensamiento y de acción, formas de gobierno y de comportamiento. En el lenguaje común, operan a menudo como meras etiquetas que distintos grupos emplean para descalificarse mutuamente.

En su diccionario, la Real Academia retiene el sentido técnico de las dos palabras y se abre a otras acepciones. Sería fascista alguien excesivamente autoritario. La anarquía sería desconcierto, incoherencia, barullo; sería también desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad.

Más que la anarquía, esas condiciones caracterizan la condición actual del mundo. En todas partes hay desconcierto, incoherencia, desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad. Pero no hay ausencia de poder público, como la anciana academia define equívocamente el anarquismo, sino lo contrario: el autoritarismo excesivo que ella considera fascista. La fragilidad, incompetencia y falta de legitimidad de los gobiernos, a medida que pierden capacidad de conducción, los lleva a recurrir cada vez más a la fuerza pública, de manera irracional y abusiva, con lo cual aumentan desconcierto, incoherencia, desorden, confusión… Si adoptáramos esos significados comunes de las palabras, santificados por la academia, estaríamos viviendo en un régimen que resulta fascista y anarquista a la vez, un gobierno anarco-fascista.

Hay analogías claras entre las situaciones actuales y las que propiciaron el surgimiento de los fascismos de los años 30. En ambos casos se trata de sociedades en crisis en las que se ha perdido la confianza en ideologías e instituciones unificadoras. Cunde en ellas la atomización de los individuos, la confusión y la inseguridad, particularmente en las clases medias, y se intensifican diversas formas de racismo…

Hay una razón sólida de la analogía: el régimen dominante, formado por el matrimonio del capitalismo y la democracia liberal, entró en profunda crisis tanto en los años 30 como ahora, afectando seriamente condiciones de vida relativamente estables y oportunidades reales o imaginadas de mejorarlas. Como no se dispone de fórmulas de repuesto que susciten consenso general y aumenta la incertidumbre, emergen fundamentalismos y demagogias y prosperan los líderes carismáticos.

Existen muchas semejanzas, pero también diferencias radicales. Ha pasado la época de los líderes carismáticos. No hay ahora uno solo a la cabeza de países o partidos y ocupan su lugar personajes muy menores que tienen escaso impacto en la población. La efervescencia fundamentalista provoca fragmentación y confrontación, en vez del encuadramiento unitario que consiguieron los fascismos de los años 30. Mientras éstos lograron identificar reivindicaciones sociales con reivindicaciones nacionales, el sello nacionalista se halla en la actualidad bastante ausente.

El socialismo acentúa el contraste. En los años 30 el socialismo aparecía como una opción real para millones de personas en muchos países. Numerosos analistas siguen considerando que los fascismos de los años 30 fueron reacciones antisocialistas y todos se vieron obligados a incorporar elementos socialistas en sus plataformas o sus prácticas. Aunque los ideales socialistas siguen vigentes en la actualidad, el régimen que se les asocia provoca rechazo en millones de personas. Quienes lo impulsan se ven obligados a diferenciarse de los socialismos reales que hace tiempo dejaron de constituir una opción real para la mayoría.

El régimen fascista de los años 30, además, sentó las bases del estado de bienestar en varios países, como en Italia, y en todas partes creó sistemas de protección social y usó fórmulas asistencialistas. Hoy, en contraste, los autoritarismos desmantelan el estado de bienestar, aunque algunos traten de disimularlo con populismos de izquierda o de derecha.

La tensión y contradicción de la expresión despotismo democrático caracteriza mejor a los regímenes autoritarios actuales que el calificativo fascista, que quizás debería reservarse para los de los años 30.

En el otro extremo, es cierto que algunos grupos anarquistas recurren a la violencia, el desorden e incluso el terrorismo como estrategias de lucha. Pero las principales corrientes anarquistas reivindican explícitamente la ley y el orden, la concertación, la coherencia, la claridad, la fuerza de la autoridad… todo ello referido, naturalmente, a lo que la propia gente, los hombres y mujeres ordinarios, deciden y acuerdan para convivir en armonía. Son corrientes decididamente opuestas, por buenas razones, a cualquier orden impuesto desde arriba. Se orientan a la conquista de la libertad, conscientes de que su pleno ejercicio requiere una estructura propia que articule procedimientos políticos y jurídicos construidos desde abajo. Es algo muy distinto al régimen que hoy prevalece en el mundo, en que los de arriba siembran desorden y confusión al tratar de imponer un orden de despojo e injusticia que convierte la vida social en prisión (John Berger), cuando no en campo de concentración (Agamben).


Fuente: Chacatorex

domingo, 26 de junio de 2011

La urgencia de aprender.


Legado de la resistencia

John Berger / La Jornada 25/06/2011
John Berger, el 12 de diciembre 2007 · Foto Carlos Ramos Mamahua

Comentar sobre la urgencia de aprender y sobre la ignorancia displicente, suena como pregunta en un examen de alguna institución pedagógica. Pero piénsenlo como un título para describir algunos acontecimientos ocurridos el mismo fin de semana. Todo aquí son hechos reales, pero se leen como una fábula

El viernes 13 de mayo de 2011, hubo luna llena sobre los Alpes franceses. Siendo muy claro el aire, uno podía ver sus cráteres a simple vista. En Nueva York, Dominique Strauss-Kahn, presidente del Fondo Monetario Internacional (FMI) y probable candidato del Partido Socialista a las elecciones presidenciales francesas, se registró en una suite privada del hotel Sofitel, en Manhattan, algo que cuesta 3 mil dólares la noche.

El sábado 14, llegaron más de mil personas de toda Francia al pequeño poblado de Thorens-Glières, en la Alta Saboya, a participar en lo que se llamó Rendezvous Citoyen (encuentro ciudadano), cuyo propósito era discutir y considerar la historia y las estrategias de la resistencia: la resistencia armada y la resistencia política. Varios veteranos de la Resistencia francesa contra la ocupación alemana hablaron pausadamente de sus experiencias de hace setenta años. No se trataba de lanzar alguna campaña política; más bien, era un encuentro público para reflexionar entre diferentes generaciones acerca de cuál debe ser la conducta y cuáles los medios de protesta al enfrentarnos con algo inaceptable.

En la tarde de ese mismo sábado, Strauss-Kahn salió escoltado de un avión, que estaba a punto de volar a París, por un equipo de la policía de Nueva York. Viajaba en primera clase, con una reservación hecha con muchos días de anticipación. Fue arrestado para poder investigarlo por el cargo de intento de violación que pesa en su contra.

Muy temprano en la mañana del domingo 15, cinco mil personas comenzaron a subir, sobre todo en carros, a la Meseta de Glières, situada a una altitud de mil 500 metros por encima del pueblo de Thorens.

Hacía viento y la mañana era fría y nublada. En la meseta hay una escultura enorme en honor de la Resistencia armada francesa que combatió a los nazis, a los italianos fascistas y al gobierno francés colaboracionista de Vichy, entre los años de 1943-1944. La gente hace la peregrinación para visitar este sitio histórico.

El camino a la meseta es largo y angosto, con muchas curvas cerradas como pasador de cabello. Es un territorio agreste (en el sentido geológico): precipicios, cavernas, macizos rocosos. Puede hacernos pensar en las tortuosas veredas de la historia.

La Saboya fue la única parte de Francia que se liberó a sí misma de la ocupación alemana, sin ayuda de tropas externas. Las fuerzas de la Resistencia que lograron esto se configuraron a partir de grupos procedentes de diferentes tendencias políticas y, en su mayor parte, contaban con las armas y municiones que les lanzaban por paracaídas los bombarderos de la RAF a la Meseta de Glières, siendo el general De Gaulle quien dirigía esas entregas desde Londres. Un batallón local de cuatrocientos maquisard* tenía la responsabilidad de hallar y distribuir estas armas. Más de una cuarta parte del batallón no sobrevivió a los mensajes confusos, los malos entendidos, los informantes y la pesada nieve. Muchos hombres fueron torturados antes de ser asesinados por la Milicia, las fuerzas del orden de Vichy. El monumento en cuestión no se relaciona con una fulgurante victoria sino con la recalcitrante determinación de resistir.

Durante el domingo en cuestión hubo algunos breves momentos de sol pero casi todo el tiempo nubes frías de neblina redujeron la visibilidad a algunos cuantos metros y el monumento permaneció invisible.

Junto a un edificio de piedra que sirve como refugio para los esquiadores de fondo y los peregrinos ocasionales se había dispuesto un pequeño podio de madera con un frágil toldo de lona para los oradores que estaban por dirigirse a las cinco mil personas. No era más grande que un teatrito de marionetas. Había dos micrófonos, el toldo aleteaba con el viento, y más allá pusieron unos parlantes en postes altos de cara a la pendiente rocosa por detrás de la gente que había llegado a escuchar y comenzaba a acomodarse, sentada en el pasto con sus rompevientos y anoraks abrochados hasta el cuello. Algunas personas preferían estar más cerca del podio, de pie. Los anoraks eran de muchos colores diferentes; la gente tenía variadas edades.

¿Qué los trajo aquí?

Tras la liberación en 1944, el Consejo Nacional de la Resistencia publicó un documento donde delineaba algunos de los rasgos de la Francia que ahora esperaba ver nacer: un país de seguridad social, de educación libre de altos estándares, servicios públicos de salud, salarios y condiciones laborales garantizadas, una prensa y unos medios independientes del gobierno y las corporaciones.

Entre 1946 y 1952, tras continuos debates y confrontaciones el plan se puso en práctica, más o menos. Francia se volvió un país con cierta justicia social y cierta responsabilidad democrática, y hubo la posibilidad de tener debates continuos, a veces confusos, en torno a cómo mantener o mejorar esta justicia. Eso se mantuvo firme hasta los años ochenta.

Luego comenzó a avanzar, como los cangrejos, el nuevo orden económico de globalización, corporaciones multinacionales y hegemonía del capital financiero, basado en la especulación y la deuda, y cruzando el mundo llegó a Francia. Los partidos políticos de izquierda y derecha intentaron negociar y prevaricaron; después se rindieron. El vocabulario político cambió. De un codazo la flexibilidad desplazó a la solidaridad. La Francia de una cierta justicia y una cierta fraternidad comenzó a desmoronarse y de pronto dejaron de repararla.

Con la elección presidencial de Sarkozy en 2007 cambiaron dramáticamente las perspectivas sociales y económicas. Todo el ardiente, inconexo y desperdiciadoestablishment de seguridad social y justicia fue desmantelado tan pronto como se pudo. Según Sarkozy y sus asesores, todo lo que proponía este establishment se había vuelto obsoleto.

La mitad de la gente presente en la meseta trajo su paraguas. Pero hubo quien trajo dos. Cuando comenzó a granizar abrieron sus paraguas y le ofrecieron el segundo paraguas a las otras personas, de pie o sentadas, que no traían nada.

Durante su campaña electoral, Nicolas Sarkozy realizó una visita muy publicitada a la meseta y anunció que, si era electo presidente, vendría aquí una vez al año a rendirle honores a los héroes de la Resistencia. Y comentó al paso que el lugar tenía un aura de especial serenidad.

Inmediatamente después de esto, algunos de los miembros sobrevivientes y voceros de la Resistencia en la guerra mundial, junto con activistas sociales más jóvenes, formaron una asociación de la resistencia de ayer y hoy haciendo un llamado a que la gente se juntara en la meseta todos los meses de mayo para expresar su oposición al desmantelamiento de la Francia por la cual luchó la resistencia original.

Es así que esa mañana de domingo llegaron cinco mil personas a estar de pie o sentados en la meseta, escuchando, haciendo preguntas, maravillados.

No había ni estandartes ni consignas pintadas. Tan sólo las palabras, las frases, que salían de los altoparlantes hacia el aire de las montañas y las olas de viento. Cesó la granizada. Por algunos momentos salió un sol tibio. El granizo volvió con pedruscos más grandes. Luego cesó de nuevo. Entre discurso y discurso había una suerte de silencio para escuchar, como los animales cuando se llaman unos a otros y esperan escuchar de dónde proviene la distancia a la que hay que responder.

Las palabras describían experiencias. Walter fue arrestado por los alemanes cuando tenía diecisiete años y lo enviaron al campo de concentración en Dachau. Sus palabras describían la experiencia de recordar a camaradas que nunca regresaron. Las palabras de Jean-Pierre hablaban del trato que hoy reciben en Francia los trabajadores extranjeros sin papeles.

Las palabras de Didier insistían en el precio que las multinacionales le pagan a los campesinos por la leche de sus propias vacas de ordeña y cómo es que se había establecido una cláusula obligatoria en los contratos que les prohibía protestar.

Las palabras de Radia remitían a la tortura interminable que sufren los insurrectos en Túnez a manos de las fuerzas de seguridad que se mantienen en el poder. Todas las palabras, como todos aquellos que las escuchaban, tenían plantados los pies sobre la tierra.

Corine era una cajera de un supermercado en el poblado cercano de Albertville. Estaba ahí con cinco de sus compañeras de trabajo y sus palabras relataban que se estaban negando a trabajar los domingos por la mañana para poder pasar el día con sus niños. Y que esto las ponía en riesgo de ser corridas.

La pregunta que todas las palabras hacían: Cómo podemos decir NO. En la plenitud del tiempo cómo podemos decir NO.

Esa misma tarde en Madrid, en la Puerta del Sol, la plaza comenzó a estar ocupada día y noche por gente joven que protesta contra los brutales recortes en seguridad social impuestos por el gobierno español y por el FMI. Otras ocupaciones siguieron después en otras ciudades españolas. Este movimiento espontáneo de jóvenes recalcitrantes fue conocido de inmediato como M15, en nombre del 15 de mayo.

En Nueva York, muchas horas después, el mismo día, Strauss-Kahn fue conducido a una estación de policía en Harlem. Esposado, lo arrumbaron bajo custodia en espera de ser juzgado. Incontables palabras se han escrito ya acerca de este escándalo. Es muy probable que nunca se ventile con claridad lo que exactamente ocurrió entre él y la mucama en la suite del Sofitel. Y no obstante casi ninguno de quienes han comentado el hecho –sea que apunten a su culpabilidad o su inocencia, sea lo que haya hecho o no– ha resaltado que si tomamos en cuenta el lugar, las circunstancias y el momento histórico, podemos decir que Strauss-Kahn estaba increíblemente desapercibido de las posibles o probables consecuencias de cualquier acto que hubiera hecho. Ignorancia e inocencia son dos cosas totalmente diferentes, pero algunas veces conllevan una expresión facial semejante. Cómo explicar tal displicente ignorancia.

¿Podría decirse que la explicación no es ni moral ni patológica sino ideológica?

El FMI, del cual este señor era director, procede de acuerdo con una sofisticada lógica que es evanescente, que se concentra en lo virtual, en especular sobre los riesgos, en las tendencias y cálculos de la posible rentabilidad, pendiente de la constante pero siempre elusiva confianza de los inversionistas. Para esta visión del mundo tan evanescente, lo que ocurre en el lugar de los hechos, como cualquiera de las formas que asuman los daños colaterales, es incidental y no tiene consecuencias de largo plazo. Hablando en general, de acuerdo con esta lógica, es algo que puede ser ignorado con desdén.

El último orador en la Meseta de Glières era un hombre joven cuyas palabras –estoy seguro que era la primera vez en su vida que tenía que dirigirse a tantas personas– describían la experiencia de trabajar en París y de vivir entre quienes ocupan edificios abandonados.

Terminó su recuento, uno tan modesto como una flor-globo de las que crecen en los Alpes a tal altitud que cuando la recoges y la pones en un vaso de inmediato se inclina para saludarte. Y como frase final repitió lo que había dicho uno de los veteranos: Crear es resistir, resistir es crear.

Ya no había granizo. Los paraguas se cerraron. El viento traía hielo. Varias personas le ofrecían una pañoleta a cualquiera para cubrirse el rostro. Apagaron la corriente de los altoparlantes. El pasto estaba lodoso. No se resbalen, decía una abuela. Y a su propio tiempo, la gente comenzó a discutir en pequeños grupos lo que habían aprendido. Lo que se aprende de las experiencias en el terreno, en lo real, en el lugar de los hechos.

*Así se le conoce a los miembros de la guerrilla rural francesa de los años cuarenta que, tras negarse a ser reclutados por las fuerzas de Vichy y habiendo escapado de los campos de trabajo forzado, se iban al monte a pelear para expulsar a los invasores alemanes. Literalmente, significa matorral. Los maquisard eran la gente del matorral.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Un anciano muestra al presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, una foto de Carla Bruni, esposa del mandatario, el sábado pasado, antes de la ceremonia para recordar, en Mont-Valerien, el 71 aniversario del llamado desde Londres a resistir contra la ocupación nazi · Foto Reuters

Un veterano francés arriba a la ceremonia por el 71 aniversario del llamado del general Charles de Gaulle para resistir contra la ocupación nazi, el sábado pasado, en Mont-Valerien, cerca de París · Foto Reuters

Fuente: Chacatorex