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sábado, 13 de septiembre de 2014

Carisma y carismáticos: ¿qué energía es esa?


Leonardo Boff

Carisma, carma, Crishna, Cristo, crisma y caritas poseen la misma raíz sánscrita krio kir. Significa la energía cósmica que acrisola y vitaliza, penetra y rejuvenece todo, fuerza que atrae y fascina los espíritus. La persona no posee un carisma, es poseída por él. La persona, sin ningún mérito personal, se ve tomada por una fuerza que irradia sobre otras, haciendo que queden estupefactas: si están hablando, se callan; si están entretenidas en alguna cosa, pasan a prestar atención a la persona carismática. El carisma es algo sorprendente. Está en los seres humanos, pero no viene de ellos. Viene de algo más alto y superior. Nietzsche cuenta que cuando paseaba por los Alpes se sentía poseído por una fuerza que le hacía escribir. Era otro que se servía de él. Tomaba su cuaderno y en él escribía lo mejor de sus intuiciones.

Los antropólogos introdujeron una palabra sacada de la cultura de Melanesia: mana. La personalidad-mana irradia un poder extraordinario e irresistible que, sin violencia, se impone a los demás. Atrae, entusiasma, fascina, arrastra. Es el equivalente de carisma en nuestra tradición occidental.

¿Quiénes son los carismáticos? En el fondo, todos. A nadie le es negada esa fuerza cósmica de presencia y de atracción. Todos cargamos con algo de las estrellas de donde venimos. La vida de cada persona está llamada a brillar, según dice un cantor, a ser carismática de una u otra forma. Bien decía José Marti, un pensador cubano de los más agudos de América Latina: Hay seres humanos que son como las estrellas, generan su propia luz, mientras otros reflejan el brillo que reciben de ellas. Algunos son Sol, otros, Luna. Nadie está fuera de la luz, propia o reflejada. En fin, estamos todos en la luz para brillar.

Pero hay carismáticos y carismáticos. Hay algunos en los cuales esta fuerza de irradiación implosiona y explosiona. Son como una luz que se enciende en la noche. Atraen todas las miradas.

Se podía hacer desfilar a todos los obispos y cardenales delante de los fieles reunidos, podía haber figuras impresionantes en inteligencia, capacidad de administración y celo apostólico, pero todas las miradas se fijaban en Dom Helder Câmara cuando todavía estaba entre nosotros, portador eminente de carisma. Su figura era insignificante. Parecía el siervo sufriente sin belleza ni adorno. Pero de él salía una fuerza de ternura que unida al vigor de su palabra se imponía suavemente a todos.

Muchos pueden hablar, mejor coma y hay buenos oradores que atraen la atención, pero dejen hablar al obispo emérito de São Felix do Araguaia. Su voz es ronca y a veces casi desaparece. Pero en ella hay tanta fuerza y tanto convencimiento que la gente queda boquiabierta. Es la irrupción del carisma que hace que un obispo frágil y débil parezca un gigante. Hoy sin casi poder hablar a causa de un fuerte Parkinson, sus escritos y poemas tienen la fuerza del fuego. Es un eximio poeta.

Hay políticos hábiles y grandes administradores. La mayoría maneja el verbo con maestría. Pero hagan subir a Lula en la tribuna delante de las multitudes. Empieza hablando bajo, asume un tono narrativo, va buscando el mejor camino para comunicarse. Y lentamente adquiere fuerza, irrumpen conexiones sorprendentes, la argumentación adquiere su armazón adecuada, el volumen de voz alcanza altura, los ojos se incendian, los gestos modulan el habla, en un momento dado todo el cuerpo es comunicación, argumentación y comunión con la multitud que de bulliciosa pasa a silenciosa y de silenciosa a petrificada, para, en el punto culminante, irrumpir en gritos de aplauso y entusiasmo. Es el carisma haciendo irrupción. Poco importa la opinión que podamos tener de sus ocho años de gobierno. En él no se puede negar la presencia del carisma.

No sin razón Max Weber, estudioso del poder carismático, lo llama «estado naciente». El carisma parece que hace nacer, cada vez que irrumpe, la creación del mundo en la persona carismática o personalidad-mana. La función de los carismáticos es la de ser parteros del carisma latente dentro de las personas. Su misión no es la de dominarlas con su brillo, ni seducirlas para que los sigan ciegamente, sino despertarlas del letargo de lo cotidiano. Y, despiertos, descubrir que lo cotidiano guarda en su interior secretos, novedades, energías ocultas que siempre pueden despertar y dar un nuevo sentido de brillo a la vida, a nuestro corto paso por este universo.

Que cada cual descubra la estrella que dejó su luz y su rastro dentro de él. Y si fuera fiel a la luz, brillará y otros lo percibirán con entusiasmo.

Leonardo Boff escribió Meditación de la Luz, Vozes 2010.
Traducción de Mª José Gavito Milano

Fuente: Atrio

miércoles, 4 de junio de 2014

Lenguaje defectuoso, evangelio defectuoso.



Recientemente tuve la oportunidad de participar en un servicio religioso carismático al que fui invitado. Ya en el lugar, comenzó a darse un fenómeno sumamente interesante que me dio la impresión de que algo no estaba bien. Para empezar, el que realizaba la apertura del servicio comenzó a pedirle a la gente que levantara sus manos para que la presencia de Dios bajara en ese momento. Acto seguido, el ministerio de música comenzó a cantar solicitando que la presencia de Dios volviera a bajar y que el Espíritu Santo soplara sobre los presentes. Ante el asombro por lo que estaba presenciando, otro feligrés ora y declara “cielos abiertos” y “aceite de Dios derramándose”; y a esto se añaden todas las ideas triunfalistas y de prosperidad que estuvieron presentes. Pueden imaginarse, aunque sea sólo por un momento, la confusión de sentimientos y mi asombro ante semejante escenario: se había realizado todo un proceso “litúrgico” y para ellos Dios no había llegado aún.

Estoy seguro de que el escenario descrito no es algo nuevo para ustedes. No obstante, el hecho de que se perciba de esta manera no significa que deba ignorarse, ya que los peligros y malformaciones que se suscitan en estos ambientes son evidentes, puesto que la “fraseología” utilizada en estos lugares atenta contra el creyente con ideas que no necesariamente reflejan la realidad del mensaje de Jesús. Asimismo, existen otros riesgos cuando el vocabulario utilizado en los servicios religiosos responde a ideas mundanas y no necesariamente a la Escritura, entre las cuales nos encontramos con la distorsión del evangelio, un marcado desequilibrio escritural y una pobre o inexistente hermenéutica, que exponen a la feligresía a expectativas irreales, a frustraciones, cargos de conciencia y a perder las perspectivas del valor global y de la significación real de la obra de Jesucristo para el mundo y la Iglesia. Todo esto contrasta con la realidad salvífica y liberadora de Cristo, ya que su mensaje no incluía la riqueza, las expectativas irreales, o la prosperidad económica, sino más bien un marcado interés por los marginados de la sociedad y por ser “La voz de los sin voz”, como diría Jon Sobrino.

Este tipo de vocabulario o forma de expresión tuvo sus comienzos a finales del siglo pasado, gracias a los movimientos de palabra de fe (Word-Faith) originados en los EE.UU, que encontraron un terreno fértil en los movimientos carismáticos pentecostales y todas sus vertientes, los cuales, debido a la carencia de profundidad teológica, se han convertido en los grandes promotores de estas ideas sin el más mínimo rigor. Esto ha llegado a ser un gran desafío para la Iglesia, ya que su propagación es la norma de muchos predicadores, cantantes cristianos, medios televisivos y, de forma sorprendente, ministros de corte tradicional de los que jamás hubiéramos pensado tal cosa.

Este es un “evangelio de expectativas” que carece de resultados, produce inercia, una fe estática y una similitud con la astrología asombrosa. Esta jerga, en vez de liberar, oprime al que la escucha con ideas inalcanzables y expectativas gloriosas que nunca se harán realidad, y en la que la fe y Cristo son sólo pretextos para alimentarla. Se propaga con frases como “Dios hará algo grande”, “El propósito de Dios aún no se ha cumplido”, “Hay algo que viene”, entre otras, dejando al azar lo que pueda suceder y haciendo creer a las personas que recibirán un bien material o económico.

Sin embargo, el problema de esto no es sólo lo que se dice, sino el efecto que tiene en los creyentes. Además, sabemos que muchos de ellos no tienen el conocimiento apropiado para discernir lo que escuchan. Por ese motivo, en algún momento se verán envueltos en una vorágine de dudas y de zonas oscuras que, de no cumplirse lo prometido, les podrían provocar las siguientes preguntas: ¿Quién es el culpable, Dios que no lo escuchó? ¿Él o ella por no tener fe? ¿Pensará que le mintieron? ¿Se equivocó el predicador? Estas cuestiones provocarán, sin duda, ansiedades y frustraciones que no tienen nada que ver con la realidad del evangelio. Además, el resultado final y fatal podría ser la resignación de que en algún momento sucederá lo que se ha predicado, o bien que la persona, frustrada y decepcionada, abandone la fe. Y todo por un evangelio mal expuesto.

Estos temas son muy delicados porque ponemos en riesgo a muchas personas por la pobre hermenéutica que se utiliza desde los altares y desde los medios. Los movimientos neo-pentecostales arrastran a miles con este pseudo-lenguaje religioso y esta supuesta fe. Cuando estas ideas se ignoran o se pasan por alto, creamos ambientes de gran ansiedad religiosa, colocamos a los creyentes en un estado de expectativas que los pueden llevar a vivir grandes frustraciones que no son propias de la Iglesia. En una sociedad en la que el entretenimiento y el interés económico se han convertido en norma, la Iglesia debe ser cuidosa con su lenguaje y con el vocabulario que asume.

Esto me recuerda la perícopa de Felipe y el etíope. Según el texto bíblico, Felipe es llevado por el Espíritu a unirse al carro del etíope. Al ver que leía el libro de Isaías le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?”; a lo que el etíope contestó: “¿Como entender sin alguien que lo explique?” Reflexioné por un segundo e imaginé la catástrofe de una respuesta incorrecta por parte de Felipe, y me surgieron algunas cuestiones: ¿Qué mensaje habría llevado el etíope a su país? ¿En qué habría apoyado su fe? y muchas más.

Hermanos, todos los días tenemos “etíopes” sentados en nuestras iglesias esperando una sana y correcta explicación de la verdad bíblica. Esto responsabiliza a cada ministro de un buen discernimiento y de una hermenéutica correcta que proyecte el verdadero mensaje de Jesús, puesto que errar en esa misión sólo nos llevará a favorecer un lenguaje defectuoso que publicará un evangelio defectuoso.



Edward Falto

Pastor y profesor universitario, posee un grado de Bachiller en Administración Comercial de la UCPR (Universidad Católica de Puerto Rico), Ex-profesor y Graduado del Colegio Teológico del Caribe AD. Estudios Graduados en Artes de Filosofía, concentración en Estudios Teológicos de la Universidad Central de Bayamón en Puerto Rico. Ministro protestante durante mas 20 años.

martes, 12 de noviembre de 2013

¿Anarco-fascismo?


Gustavo Esteva
La Jornada 11/11/2013
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Fascismo y anarquismo designan, como términos técnicos, ideologías y prácticas, corrientes de pensamiento y de acción, formas de gobierno y de comportamiento. En el lenguaje común, operan a menudo como meras etiquetas que distintos grupos emplean para descalificarse mutuamente.

En su diccionario, la Real Academia retiene el sentido técnico de las dos palabras y se abre a otras acepciones. Sería fascista alguien excesivamente autoritario. La anarquía sería desconcierto, incoherencia, barullo; sería también desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad.

Más que la anarquía, esas condiciones caracterizan la condición actual del mundo. En todas partes hay desconcierto, incoherencia, desorden, confusión, perturbación de la vida pública por relajación de la autoridad. Pero no hay ausencia de poder público, como la anciana academia define equívocamente el anarquismo, sino lo contrario: el autoritarismo excesivo que ella considera fascista. La fragilidad, incompetencia y falta de legitimidad de los gobiernos, a medida que pierden capacidad de conducción, los lleva a recurrir cada vez más a la fuerza pública, de manera irracional y abusiva, con lo cual aumentan desconcierto, incoherencia, desorden, confusión… Si adoptáramos esos significados comunes de las palabras, santificados por la academia, estaríamos viviendo en un régimen que resulta fascista y anarquista a la vez, un gobierno anarco-fascista.

Hay analogías claras entre las situaciones actuales y las que propiciaron el surgimiento de los fascismos de los años 30. En ambos casos se trata de sociedades en crisis en las que se ha perdido la confianza en ideologías e instituciones unificadoras. Cunde en ellas la atomización de los individuos, la confusión y la inseguridad, particularmente en las clases medias, y se intensifican diversas formas de racismo…

Hay una razón sólida de la analogía: el régimen dominante, formado por el matrimonio del capitalismo y la democracia liberal, entró en profunda crisis tanto en los años 30 como ahora, afectando seriamente condiciones de vida relativamente estables y oportunidades reales o imaginadas de mejorarlas. Como no se dispone de fórmulas de repuesto que susciten consenso general y aumenta la incertidumbre, emergen fundamentalismos y demagogias y prosperan los líderes carismáticos.

Existen muchas semejanzas, pero también diferencias radicales. Ha pasado la época de los líderes carismáticos. No hay ahora uno solo a la cabeza de países o partidos y ocupan su lugar personajes muy menores que tienen escaso impacto en la población. La efervescencia fundamentalista provoca fragmentación y confrontación, en vez del encuadramiento unitario que consiguieron los fascismos de los años 30. Mientras éstos lograron identificar reivindicaciones sociales con reivindicaciones nacionales, el sello nacionalista se halla en la actualidad bastante ausente.

El socialismo acentúa el contraste. En los años 30 el socialismo aparecía como una opción real para millones de personas en muchos países. Numerosos analistas siguen considerando que los fascismos de los años 30 fueron reacciones antisocialistas y todos se vieron obligados a incorporar elementos socialistas en sus plataformas o sus prácticas. Aunque los ideales socialistas siguen vigentes en la actualidad, el régimen que se les asocia provoca rechazo en millones de personas. Quienes lo impulsan se ven obligados a diferenciarse de los socialismos reales que hace tiempo dejaron de constituir una opción real para la mayoría.

El régimen fascista de los años 30, además, sentó las bases del estado de bienestar en varios países, como en Italia, y en todas partes creó sistemas de protección social y usó fórmulas asistencialistas. Hoy, en contraste, los autoritarismos desmantelan el estado de bienestar, aunque algunos traten de disimularlo con populismos de izquierda o de derecha.

La tensión y contradicción de la expresión despotismo democrático caracteriza mejor a los regímenes autoritarios actuales que el calificativo fascista, que quizás debería reservarse para los de los años 30.

En el otro extremo, es cierto que algunos grupos anarquistas recurren a la violencia, el desorden e incluso el terrorismo como estrategias de lucha. Pero las principales corrientes anarquistas reivindican explícitamente la ley y el orden, la concertación, la coherencia, la claridad, la fuerza de la autoridad… todo ello referido, naturalmente, a lo que la propia gente, los hombres y mujeres ordinarios, deciden y acuerdan para convivir en armonía. Son corrientes decididamente opuestas, por buenas razones, a cualquier orden impuesto desde arriba. Se orientan a la conquista de la libertad, conscientes de que su pleno ejercicio requiere una estructura propia que articule procedimientos políticos y jurídicos construidos desde abajo. Es algo muy distinto al régimen que hoy prevalece en el mundo, en que los de arriba siembran desorden y confusión al tratar de imponer un orden de despojo e injusticia que convierte la vida social en prisión (John Berger), cuando no en campo de concentración (Agamben).


Fuente: Chacatorex