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martes, 19 de febrero de 2013

B.XVI el quinto Papa en renunciar.


Frei Betto / Alai-Amlatina

“El papa no se enferma hasta que muere”, dice un proverbio romano. Juan Pablo II, que era un hombre mediático, no temió exponerse enfermo ante los ojos del mundo. Ahora Benedicto XVI da un testimonio de humildad y, admitiendo las limitaciones de su precario estado de salud, anuncia que renunciará el último día de febrero.

En la historia de la Iglesia son cuatro los papas que renunciaron al ministerio petrino: Benedicto IX (el 1 de mayo de 1045), Gregorio VI (el
20 de diciembre de 1046), Celestino V (el 13 de diciembre de 1294) y Gregorio XII (el 4 de julio de 1415). Benedicto XVI será el quinto, a partir del 28 de febrero.

Consagrado papa a los 20 años, en 1032, Benedicto IX no tenía como prioridad la ética y mucho menos la moral. Su conducta era un escándalo para la Iglesia. El pueblo romano lo expulsó de la ciudad el año 1044, pero al año siguiente volvió a ocupar el trono de Pedro y meses después renunció. Regresó de nuevo al papado en 1047, del cual fue definitivamente depuesto ese mismo año.

Juan Graciano, padrino de Benedicto IX, pagó una considerable suma de dinero para que su ahijado le cediese el puesto. Elegido papa en mayo de 1045, adoptó el nombre de Gregorio VI y gobernó la Iglesia hasta diciembre de 1046, en que el ahijado le expulsó bajo la acusación de simonía.

Muerto Nicolás IV, en 1292, los cardenales franceses e italianos convirtieron el consistorio en la arena de lucha por el poder, movidos más por intereses políticos que por las luces del Espíritu Santo. Después de dos años y tres meses de incertidumbre en la elección del nuevo papa, Pedro Morrone, ermitaño italiano, envió desde su cueva en la montaña una carta al consistorio, alentándole a no abusar de la paciencia divina. Los cardenales vieron en la carta una señal de Dios y decidieron hacer a dicho monje el nuevo jefe de la Iglesia. Pedro Morrone lo rechazó, pues no deseaba abandonar su vida de pobreza y de silencio, pero los obispos le convencieron de que el consenso en torno a él sacaría a la Iglesia de la incertidumbre.

Con el nombre de Celestino V se convirtió en papa en agosto de 1294. Menos de cuatro meses después la politiquería vaticana lo llevó hasta el límite de su resistencia y les hizo una consulta a sus electores, en base a una pregunta tabú: ¿Puede renunciar el papa? El colegio cardenalicio no se opuso y en una bula histórica Morrone se justificó, alegando dejar el trono de Pedro para salvaguardar su salud física y espiritual. El 13 de diciembre del mismo año regresó a su soledad contemplativa en la montaña. Veinte años después fue canonizado, exaltado como ejemplo de santidad. La Iglesia celebra la fiesta de san Pedro Celestino el 19 de mayo.

También renunció el papa Gregorio XII, a comienzos del siglo XV –período en el que tres papas reivindicaban su legitimidad–, para evitar que se profundizase el cisma en la Iglesia.

Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI, es ante todo un teólogo. Aun siendo papa no dejó de escribir, hasta el punto de que sacó una trilogía sobre Jesús. Son raros los casos de papas autores, sin tener en cuenta los documentos pontificios, como encíclicas, bulas y alocuciones, casi siempre redactados por sus asesores.

En general las intelectuales no se llevan bien con las funciones de poder. Las cuestiones administrativas les resultan enojosas en comparación con tantos libros como hay que leer y escribir. El político quiere administrar; el intelectual crear. Ratzinger quizás ha decidido reservar lo que le quede de vida para recogerse en oración y escribir sobre teología.

Ahora comienza la más sutil campaña electoral: la de elegir al sucesor de Benedicto XVI. Entre los actuales 209 cardenales de la Iglesia católica, 118 tienen derecho a voto por no haber cumplido los 80 años.

Entre dichos electores figuran cinco brasileños: Geraldo Magella, arzobispo emérito de Salvador (79 años); Claudio Hummes, arzobispo emérito de São Paulo (78); Raymundo Damasceno, cardenal-arzobispo de Aparecida (de 76 años); João Braz Avis, ex arzobispo de Brasilia, residente en Roma como prefecto de la Congregación para la Vida Consagrada (64 años); y Odilio Scherer, cardenal-arzobispo de São Paulo (63 años).

Casi con toda seguridad el nuevo papa hará su primer viaje pontificio a Rio de Janeiro, en julio, para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud.

Fuente: ApiaVirtual

jueves, 31 de enero de 2013

Desobedecer por fidelidad.

Sixto V
Ovidio Fuentes

Para relativizar la función del papado se aducen razones de conveniencia histórica. Pero pienso que la cuestión es más profunda. No hablamos del comportamiento de los papas. Estamos hablando de la esencia misma del cristianismo. A Dios no lo ha visto nadie, pero se ha encarnado en Jesús. Él es la transcripción humana de Dios, la referencia que tenemos de Él.

Una persona adulta no debe someterse a nadie sin que su propia conciencia admita como bueno lo que la autoridad manda. No basta que lo diga la autoridad, so pena de ser eternamente infantil.

Hemos sido educados para obedecer, porque así les interesa a los poderosos. Y el poder religioso es en este sentido el peor, porque se apropia de Dios.

Un grupo de personas nos reunimos quincenalmente en Valencia para leer textos deMarcel Légaut y rumiar, para incorporarlo a nuestras vidas, nuestras vidas lo que él expresaba de forma impresionantemente auténtica tras haber rumiado las experiencias cotidianas y profundas de su vida. Pasó de ser profesor de matemáticas a pastor de alta montaña. Su primer libro, sin ninguna cita de autoridad, lo escribió cuando tenía 68 años y le puso este título: El hombre en busca de su humanidad.

A continuación citaré y comentaré textos del último libro que hemos leído, Un hombre de fe y su iglesia. Editado por la Asociación Marcel Légaut en Cuadernos para la Diáspora. Nº 22. Hoy empezaré por el capítulo I: Fe y modernidad.
· “Los cristianos….cuando hablan de Dios…no sopesan lo que dicen. …La existencia de Dios no se plantea….como para que tengan que responder de ella de forma real” (pág. 36).

Es decir: en todo sabemos lo que pensamos, menos en lo tocante a las cosas de Dios, en las que nos fiamos de lo que dice el cura o el papa. Da lo mismo: dejamos de lado nuestra propia conciencia, para dejarnos guiar por otro. ¿Nos hemos preguntado personalmente el por qué de nuestra fe?
· “Su fe en Dios habrá ido llegando a formar un solo cuerpo con su fe en sí mismo y con su propio misterio.” (pág. 37).

¿Me convence la fe de Jesús? No se trata de imitarle puerilmente, sino de encontrar en él la inspiración para comportarme responsablemente. ¿Veo en él la mejor manera de ser persona? ¿Me hace feliz ser persona como él? ¿Por qué somos responsables de lo que pensamos y no de lo que creemos? ¿Por qué las cuestiones de fe quedan en la periferia de la persona?
· “La fe en Dios en su desnudez difiere por completo del abrigo que las creencias atávicas dan” (pág 38).

Nuestro afán de seguridad nos hace creer en cosas en las que no se puede creer. Cuando nos encontramos con una curación para la que no hay explicación posible, pasamos a afirmar ¡milagro! Quedémonos simplemente en esto: no hay explicación. Seamos honrados con nuestra propia conciencia.

Todo lo cual no quiere decir que se agota el misterio, que sólo creeremos lo que comprendamos. El misterio no queda anulado, el misterio sigue. De Dios sólo sabemos lo que no es. La fe es “llamada” de ese Dios amoroso que nos llega a través de Jesús. Pero nuestra actitud crítica va limpiando la fe de las creencias aceptadas rutinariamente, pasivamente.
· “La fe en Dios es de importancia capital para orientar la vida, darle su sentido”.

La fe vive rodeada de preguntas. No así las creencias, que no admiten la más mínima interrogación. Porque éstas forman el cuerpo de doctrina aceptada pasivamente, no de forma personal.
· “Hay pecado cuando el hombre no responde a sus exigencias íntimas”(pág 46).

Para ser persona responsable (si no, no se es) no basta ser obediente. La fidelidad a uno mismo y a Dios está por encima de la obediencia.
· “Hay fidelidades que llevan a exigir imperiosamente alguna desobediencia; del mismo modo que hay fidelidades que exigen a menudo mucho más de lo que la ley puede mandar. Y aún hay que añadir algo más: hay obediencias que son de hecho infidelidades”.

A buena hora va a estar una madre esperando que le manden lo que tiene que hacer. A este respecto hay una anécdota muy ilustrativa: cuando estaban levantando para colocarlo verticalmente el obelisco egipcio de 350 toneladas que hay en la Pl. de S. Pedro del Vaticano, el Papa Sixto V había prohibido hablar, bajo pena de muerte, para no entorpecer las órdenes que daba el ingeniero. Intervenían 900 hombres con 150 caballos e innumerables cuerdas y poleas. Un marinero, conocedor del manejo de las cuerdas para izar velas, vio que éstas echaban humo, y se romperían inmediatamente, por lo que gritó “agua a las cuerdas”. Desobedeció por fidelidad al bien común de lo que se estaba haciendo. Él y sus sucesores en premio venden en exclusiva en el Vaticano las palmas del Domingo de Ramos.

Fuente: Atrio