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domingo, 19 de octubre de 2014

El silencio de Dios.


NICOLÁS PANOTTO

El silencio es el vacío que posibilita lo pleno.
Todo lo lleno anhela el vacío
para no quedar saturado de sí mismo.
El silencio de los sentidos, de los deseos, de la mente
El silencio que nos devuelve el estado prístino de ser,
de simplemente ser en el Ser.
Javier Melloni

En la conocida oración del Getsemaní (Mc 14.32-36), Jesús pone en evidencia sus mas hondos sentimientos. Angustia y tristeza de muerte. Es desde allí que pide al Padre (al Abba, al “papito”) que le haga pasar esa copa de inigualable sufrimiento. En este hecho hay dos cosas a resaltar. Primero, el mismo hijo de Dios muestra lo más profundo de sí, siendo transparente con aquello que le aquejaba. Pero en segundo lugar, llama la atención el silencio del Padre. Jesús nunca recibió respuesta. Por eso exclamará un tiempo más tarde, tendido en la cruz: Elohi, Elohi,lĕma’ šĕbaqtani (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mt 27.46)

Existen muchas historias en el texto bíblico que muestran el silencio de Dios ante diversas circunstancias o decisiones. La tendencia generalizada es vincular esta acción divina con momentos de sufrimiento. Es en esas situaciones donde se pide la intervención divina para poder encontrar la solución ante la desdicha. Y con ello –como lo muestra la ya popular imagen en películas y representaciones varias- el clamor por la explicación: “¡¿por qué?!”

Deseo detenerme en esta última pregunta. ¿Por qué los “porqués” aparecen en momentos de desesperación y sufrimiento? ¿Es acaso solo un clamor de exasperación? Creo que dicho interrogante refleja algo aún más profundo, parte de nuestra finitud humana: los porqués devienen de la falta de control sobre una situación. Reflejan nuestra carencia de omnipotencia. Explicar una situación, su origen, sus características, sus funcionamientos, sus propósitos, nos permiten dominarla. Por ello, la falta de explicación y conocimiento implican carencia de control.

De aquí podríamos comprender el tema del silencio en Dios desde otro ángulo: éste no se manifiesta sólo en momentos de sufrimiento sino que es algo constitutivo del ser.

Vivimos en un tiempo de saturación: aturdidos por la inabordable información en internet, redes sociales y portales de noticias; por una agenda cargada de actividades y trabajo; por una multitud de expectativas impuestas por otros sobre nuestras espaldas, para alcanzar resultados, estatus y poder. El silencio no encuentra lugar. El silencio es pérdida de tiempo. El silencio nos desenfoca de una meta que debemos cumplir, aunque nunca la pedimos ni buscamos.

¿Por qué esta resistencia al silencio? Precisamente porque, muchas veces, paradójicamente, el silencio aturde. Cuando las voces que saturan de afuera se callan, emerge ese vacío que nos permite ver, sentir y oír más allá. Surgen las voces de lo profundo, que manifiestan nuestras inquietudes, deseos, preguntas y más hondas dudas. El silencio implica darse lugar para cambiar, para moverse. Y ello es, precisamente, una de las cosas más tenebrosas de la vida. Mejor seguir aturdido, para no dar lugar a lo desconocido.

El silencio implica reconocer que no lo sabemos todo, y por ello no tenemos el control sobre las cosas que acontecen. Nada más desesperante que dar cuenta de nuestra finitud. Que las sendas, caminos y opciones que nos representan -aunque llenas de palabras, formas y explicaciones- pueden ser distintas. Ningún murmullo puede acabar con el silencio necesario para hablar otras cosas y escuchar lo desconocido.

El silencio es parte constitutiva de Dios, quien no da explicaciones de todas las cosas. Ni siquiera podemos conocer lo divino en su plenitud, ya que no da cuenta de todo lo que sucede en la historia. Siempre se presenta como paradoja.

Dios es logos (palabra) Pero para que haya logos, primero hubo kenosis(“vaciamiento”, Fil 2.7)

Esta kenosis da lugar a nuevas enunciaciones. Primero, en ese encuentro paradójico con lo divino en la finitud de la historia nos permite “darle palabras”, como en el encuentro de los discípulos de Juan el Bautista con Jesús al preguntarle: “¿eres tú al que estamos esperando?”, a lo cual éste responde: vean y cuenten (Mt 11.1-6) Jesús pudo haber contestado directamente, pero decidió no hacerlo sino dar lugar al apalabrar de los mismos discípulos.

El silencio da lugar a conocer a Dios, y en ese apalabramiento de lo divino nos apalabramos a nosotros/as mismos/as.

Por otro lado, el silencio posibilita conocer a Dios de diversas formas. Esto significa que silencio es equivalente amisterio. La dimensión mistagógica de lo divino, lejos de hacerlo un ente abstracto y lejano, abre la puerta para que, desde ese silencio inherente a la plenitud de su Ser, podamos conocerle de las formas más inesperadas y coloridas. Como bellamente lo dijo la Madre Teresa:

A Dios no lo podemos encontrar en medio del ruido y la agitación. La naturaleza, los árboles, las flores y la hierba crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio… Es necesario el silencio del corazón para poder oír a Dios en todas partes, en la puerta que se cierra, en la persona que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales.

Aprendamos a vivir la vida en este silencio que acalla las voces que aturden en su espectáculo, para dejarnos llevar por los susurros de los bellos detalles que inundan nuestro alrededor, y que aún desconocemos (¡y que llevaremos toda la vida descubriendo!)

Vivir en el silencio es aprender que todo puede ser distinto, que siempre hay algo nuevo por experimentar, aprender y poner en diversas voces. Las palabras ponen fronteras. El silencio abre el espacio hacia horizontes aún desconocidos.

Vivir en silencio es aprender a ser humildes al reconocer que no tenemos la comprensión total de las cosas. Por ello, el silencio es una instancia de deconstrucción de aquello que se presenta como único, acabado y absoluto. Las palabras que aturden no permiten ver más allá. La humildad del silencio nos abre a lo diferente.

Vivir en silencio es aprender a vivir en comunidad, ya que el silencio representa ese espacio de desconocimiento que me permite acercarme a mi prójimo, para descubrirle y descubrirme con él/ella en esa presencia compartida.

Vivir en silencio implica amarnos a nosotros/as mismos/as, al escuchar aquellas voces en nuestra profundidad que nos inquietan, nos desafían y nos asustan, sabiendo que tenemos una historia y que poco a poco la seguimos construyendo, sin saber por completo lo que viene sino tanteando y probando, pero siempre avanzando según los leves susurros nos indiquen.


Nicolás Panotto
Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP - www.gemrip.com.ar)
Fuente: Lupa Protestante

miércoles, 23 de marzo de 2011

La intimidad.


En la revista VALORS, que se publica en la ciudad de Mataró (Barcelona), escribí un artículo que considero adecuado para ATRIO, para darlo a conocer más ampliamente. Mento la revista porque es un hecho o fenómeno de cómo revistas hechas por personas jóvenes son bien acogidas ya que responden a situaciones culturales de la actualidad.

El diccionario de la Lengua Castellana nos da diferentes acepciones de la palabra íntimo. Así, lo más interior o íntimo. Como a la amistad muy estrecha y al amigo muy querido y de gran confianza. Y por último lo perteneciente o relativo a la intimidad. Y todo cuando es una reflexión sobre lo íntimo, tenemos la intimidad y el DLC nos lo detalla como zona espiritual íntima y reservada de una persona.

Entonces creo que podemos diferenciar entre Todo aquello que es íntimo es personal, pero no todo lo personal es íntimo. Hoy en día con la protección de datos hay una cierta confusión de los dos aspectos. Los datos personales no son intimidad, Es preciso, ciertamente, la protección de los datos personales. La intimidad es preciso buscarla, protegerla, cultivarla en uno mismo. Y sobre todo, tenerla. Por eso he indicado el aspecto de los términos para que cada uno tenga que buscar aquella palabra que le vaya mejor para esta realidad íntima que es intransferible. Los DLC no agotan ni los términos ni el contenido de los mismos. La realidad es mucho más que las palabras.

Pues bien, la intimidad es una necesidad para poder vivir en toda persona. Pero no es así en la realidad. Todo ser humano tiene que poder gozar de un espacio físico, exterior, que le permita poder centrarse en sí mismo. Y no únicamente a nivel personal sino también comunitario. Aquel lugar, por ejemplo, sagrado del pueblo de Israel donde se colocaba el Arca de la Alianza y lo llamaban sancta sanctorum. Esta sancta sanctorum es el lugar que permite intimar con uno mismo. Aquel rinconcillo de casa donde se le da esta importancia. O aquel lugar público.

Pero también es cierto que aunque haya este espacio físico, lo que se precisa que este espacio esté también en nuestro interior. Nuestro rinconcito interior. Un espacio mental. Un espacio donde se pueda pensar consigo mismo, por sí mismo y para sí mismo. No caigamos en el error de llamar a esto egoísmo. Es egoico, sí, pero no egoísta. Por lo tanto, necesario, imprescindible, básico, vital. De lo contrario, no habrá crecimiento humano, madurez emocional, profundidad interior o espiritualidad. No únicamente a nivel individual, sino también universal, cósmico.

Espacio mental, interior humano. Ni emocional o afectivo, ni espiritual o religioso. Sencillamente humano. Esta intimidad que permite vislumbrar horizontes de profundidad o altura e indicaba que es egoico versus el egoísmo., Por lo tanto, esta intimidad es contagiosa, radial e irradiante. Es un compartir silenciosamente, pero al mismo tiempo activamente.

Un compartir que no es fácil ya que es poder encontrar con quien compartir. Respirar con quien respira igual. Hablar con quien comprende este hablar. Convivir con quien vive lo mismo.

Ahora bien, en esta intimidad hay recuerdos vivenciales como tantas otras cosas. En el corazón se guarda todo. Las neuronas son la memoria, Y todo debería poder ser compartido íntimamente con otra persona. Que nos guarde el secreto. Pero compartirlo, por ejemplo, con aquel sacerdote confesor o director espiritual o acompañante espiritual. O será aquella persona amiga íntima a quien le confío mis secretos, problemas, angustias. O será el psicoterapeuta o psicoanalista que me acompaña para ayudar a ver en uno mismo como el pasado no resuelto condiciona el futuro por lo que el presente se vive con un profundo malestar. Y es preciso recordar que secreto de dos es, secreto de tres no es.

Por lo tanto, la intimidad tiene que permitir con sus contenidos crecer, autorrealizarse, madurar, progresar. Por eso no tiene que haber recuerdos o vivencias tóxicas, patógenas. Este espacio mental es preciso siempre sanarlo. La intimidad es un concepto que apunta e indica una realidad interior. Es una realidad. Y, si el recuerdo es tóxico, puede enfermar el cuerpo, la mente o el alma. El sentimiento de culpabilidad como el sentimiento de culpa, el sentimiento de vergüenza, el sentimiento de un malestar es preciso analizar para conocerlos, transformarlos para transcenderlos. Así poder gozar de una intimidad sana, y por lo tanto, alegre.

Por eso la intimidad podría devenir o ser fuente –desde esta perspectiva– de una enfermedad sea física o psíquica o pobreza espiritual. De aquí la frase de la Biblia quien tiene un verdadero amigo, tiene un tesoro. Ahora podemos comprender que es tener aquel íntimo amigo o persona con quien puedes confiar todo lo que pasa por el corazón (intimidad) o por las neuronas (el cerebro). Así podemos comprender como la naturaleza psíquica de la adolescencia busca siempre la amiga o el amigo íntimos.

La experiencia pedagógica como la psicoanalítica me lleva a considerar que guardar en el espacio mental recuerdos negativos, vengativos, –por importantes o únicos que sean, estando muy convencidos que son originales y ninguno más los tiene como por ejemplo: vivencias sexuales, odios escondidos, venganza ejecutadas, pecados inconfesables, rabia inconfesable y otros– destruyen el corazón, la interioridad, y entonces las neuronas no funcionan de forma adecuada. Conviene expulsarlos, vomitarlos, desalojarlos y asumirlos para poder gozar de la libertad interior. Libertad que se transmite de forma radial, energética, afectuosa en el entorno. El aire es sano. La apertura al gozo y alegría. Una convivencia serena y tranquila con los otros.

Nuestra sociedad inmersa en una superficialidad cultivada por los medios tecnológicos de comunicación, donde la intimidad es infravalorada y expuesta a la publicidad de programas televisivos donde es comercializada, no quita que haya también personas que intentan compensarlo o con libros o películas. Cito dos películas estrenadas relativamente hace poco De dioses y hombres y El discurso del Rey. Obligan a reflexionar.

La intimidad amorosa abre los ojos del corazón, renueva las neuronas, activa el cerebro y lleva a la Realidad Originaria de todo ser humano. Es silencio. No hay palabra. La psicología de lo profundo conduce y lleva a estos niveles de consciencia.

(1) Valors. Revista mensual de reflexió i diàleg. Número 78. Febrer 2011. Pp 14. Pàgina web:

Fuente: ATRIO

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