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domingo, 13 de septiembre de 2015

El camino del silencio.


Carlos F. Barberá

En este tiempo de análisis de tendencias, no puede dejarse a un lado el de la espiritualidad y con ella la del silencio. Una tendencia todavía minoritaria pero que va ganando cuerpo y relevancia.

Considerada por unos un avance en el camino de las religiones, por otros precisamente como su relevo (ya no más religiones sino espiritualidad), no cabe duda de que, como todo fenómeno social, atesora luces y sombras. ¿Cómo valorar unas y otras?

A mi modo de ver, todo ello se inscribe en un marco con las siguientes coordenadas: la crisis de la idea de progreso y la crisis del Dios del teísmo.

Comencemos con la primera. Si se hace una de esas encuestas hoy tan en boga, pocos sin duda sabrán enunciar cuáles fueron las pretensiones de la Ilustración. Acaso ni siquiera conozcan la palabra. Por otra parte también serán escasos los que acierten a definir a qué se refiere la palabra posmodernidad. Pues bien, en realidad ese desconocimiento no es relevante. Sin ser capaces de definirlo muchos perciben que viven en un mundo de individualidades diferentes y no raras veces opuestas. Muchos se dan cuenta de la caducidad de los grandes principios, de los grandes relatos. Muchos han experimentado las quiebras de la existencia, su radical relatividad. Perciben, aunque sea vagamente, que conceptos como futuro, progreso, carecen ya de valedores. Nadie apuesta por ellos como si se tratara de valores seguros. ¿Quién puede prever el mañana si nadie pudo hacerlo con lo que estamos viviendo y sufriendo hoy?

En el humus de ese clima va echando raíces y germinando algo antes más en sordina, la valoración y la vivencia del momento. Frente a slogans de corte ilustrado (descubre, muévete, crea, construye) aparecen hoy otros de signo bien opuesto: detente, mira, reflexiona, medita, aprovecha el momento.

Muchas veces se ha señalado que el contagio de lo occidental ayudó a oriente (Japón, ahora China) a integrarse en la humanidad avanzada. Ahora parece darse el camino de vuelta: es el contagio de lo oriental el que gana terreno en occidente. Ya no son el trabajo y la producción lo decisivo en cada vida humana sino la entrada en sí mismo, la búsqueda de la riqueza del yo profundo.

En el ámbito religioso esos movimientos coinciden con la crisis del teísmo. Durante siglos se ha cultivado una imagen divina mezcla de la reflexión filosófica y de la necesidad de un Dios cercano. Ese Dios que amaba a los humanos y que en realidad acababa estando a su servicio. Aun manteniendo que su ser estaba por encima de todo lo pensable o imaginable (“a Dios nadie le ha visto nunca”), Dios terminó siendo una realidad más junto a las de este mundo pero, eso sí, todopoderosa. Un interlocutor con el que establecer una relación en términos de igualdad. Un partner.

Cada vez más las conciencias más despiertas descubren que es otra imagen y otra experiencia de Dios la que hay que cultivar. Un Dios en que se unen las paradojas. El que sobrepasa todo lo real y es a la par lo más inmanente a esa misma realidad. Un Dios que sostiene toda la realidad dándole a la vez plena autonomía. Un Dios para el que usamos nombres que al mismo tiempo han de ser borrados.

La vivencia del momento y la búsqueda de ese Dios inmanente y trascendente han dado como resultado la llegada del silencio. Es el rechazo de un Dios cosificado, la reticencia frente a los ritos (que en ocasiones hacen que el hombre sea para el sábado y no al revés), la evidencia de la relatividad de lo humano, todo conspira para empujar a muchos a una purificación, a un descenso al fondo de sí mismo en búsqueda de un Dios real pero no tematizable.

Pero no hay que olvidar que, después de los “maestros de la sospecha” (Ricoeur), no podemos ya permitirnos el lujo de una mirada ingenua. Cioran, un acerbo crítico de tantas realidades, dedicó una reflexión a la mística: “Cuando hayamos dejado de referir nuestra vida secreta a Dios, podemos elevarnos a éxtasis tan eficaces como los de los místicos y vencer en este mundo sin referirnos al más allá. Pues si, empero, la obsesión de otro mundo debiera perseguirnos, nos sería fácil construirlo, proyectar uno de circunstancias, aunque no fuera más que para satisfacer nuestra necesidad de lo invisible” (La tentación de existir).

Este texto casi sarcástico plantea algo sin embargo muy real: ¿existen garantías de que hacemos algo más que buscarnos a nosotros mismos y construirnos lo que creemos necesitar para estar más a gusto o sentirnos más realizados?

Schillebeeckx ha hablado de Dios como una “inmediatez mediada” y ha escrito: “lo divino se muestra y se halla expuesto no junto ni sobre lo humano sino precisamente en el humano”. En tal caso el silencio no puede ser una forma de evadirse de la realidad humana sino un camino para adentrarse en ella. Desde ese punto de vista han de examinarse quienes adopten la vía del silencio.

Quienes no cuenten con Dios ni le busquen, el silencio ha de tener un significado distinto. Pero también ellos han de pasar por la criba de la sospecha. Una en particular que me da vueltas desde hace tiempo. Años atrás hubo en el mercado alternativo una droga que se llamaba éxtasis y, si aun lo los hay, sin duda habrá compuestos químicos que lleven a una conciencia extática. ¿Cuáles serán los criterios para evaluar el valor de esa experiencia?

Fuente: Atrio

sábado, 27 de diciembre de 2014

Mujer, violencia y silencio.


Guatemala un país con unos 14 millones de habitantes, poco más de la mitad mujeres, la violencia machista tiene un saldo escalofriante, donde la violencia callejera estableció desde hace ya una década que una vida no valía nada, y el machismo que la violencia de género puede asesinar casi 600 mujeres sólo el año pasado. (Periodismohumano)

Máxima García, víctima de las violaciones múltiples durante la guerra civil guatemal-teca (Javier Bauluz / Piraván)

El primer trabajo con ellas es que no piensen que es normal que abusen de ellas.En el decenio 2000-2010 más de 5.500 mujeres fueron asesinadas por violencia de género.

Virginia Tum en su casa narrando cómo su marido primero y ahora su hijo mayor la maltratan física y psicológicamente (Javier Bauluz)

Bruna Pérez, superviviente de la matanza de Río Negro, Guatemala (Javier Bauluz)

Guatemala, uno de los países con menor influencia política y, por tanto, atención del continente latinoamericano. Una falta de interés que se mantuvo durante los treinta años que una guerra civil masacró a su población, especialmente a la de origen maya. Un conflicto en el que las cifras, que son personas con nombres, apellidos, padres, madres, hijas e hijos, desbordaron proporcionalmente las dictaduras de Chile, Argentina o Uruguay.

Más de 200.000 personas fueron torturadas, asesinadas y desaparecías en más de 600 matanzas, más de 440 comunidades mayas exterminadas y más de medio millón de desplazados para salvar sus vidas.
“La percepción de las fuerzas armadas en torno a los mayas como aliados naturales de la guerrilla contribuyó a incrementar y a agravar las violaciones a sus derechos humanos, demostrando un marcado componente racista de extrema crueldad que permitió el exterminio en masa de las comunidades mayas indefensas -incluidos niños, mujeres y ancianos- a través de métodos cuya crueldad escandaliza la conciencia moral del mundo civilizado” Informe de la Comisión del Esclarecimiento Histórico de la ONU.

La Relatora Especial sobre la Violencia contra la mujer, Radhika Coomaraswamy, fue muy clara en su informe ante la Comisión de DDHH de la ONU de 2001. “El hecho de que no se investigue, enjuicie y castigue a los culpables de las violaciones y la violencia sexual, ha contribuido a crear un clima de impunidad que actualmente perpetúa la violencia contra la mujer”.

Las violaciones, las mutilaciones, la explotación sexual, las esterilizaciones a fuerza de violarlas y desgarrarlas, de provocarles abortos forzados, de feticidios -rajarles el vientre y sacar los fetos-, fueron torturas cometidas sistemáticamente por el Ejército y por los paramilitares contra estas mujeres. Mientras se lo hacían les decían por ser indígenas, “no son gente, son animales”. Muchas de estas mujeres nunca contaron estos crímenes y las que lo hicieron, o se supo en su comunidad, fueron rechazadas, despreciadas, expulsadas.

Está naturalizada la violencia contra las mujeres. Antes, durante y después del conflicto. Las mujeres han vivido en unos niveles de desigualdad descomunales con respecto al resto de la sociedad. No se reconocen como sujetos. El primer trabajo con ellas es conseguir que piensen que son seres humanos, que no es normal que abusen de ellas.

El 88% por ciento de las mujeres violadas y torturadas fueron indígenas, una cultura en la que son las mujeres las transmisoras de la cultura, de la lengua, de la forma de curar… Es decir, de su ser maya.

La violencia asedia a la mujer, sólo por ser mujer, y favorecido por ser pobre e indígena, desde su nacimiento: aunque ha descendido en los últimos años y no hay cifras de fuentes fiables, el incesto y el abuso sexual sigue afectando a muchos menores, el 80% de ellos niñas. La violencia machista ha causado la muerte de unas 5.500 mujeres en la última década -y eso sólo según el registro de la Policía-, el 80% con armas de fuego, y sólo en 2010 se interpusieron más de 46.000 denuncias por violencia de género. El 98% de los casos queda en la impunidad.

La cifra rebasa a las víctimas de Ciudad Juárez, la urbe mexicana fronteriza con Estados Unidos y conocida mundialmente por la cadena de feminicidios.

Radhika Coomaraswamy, fue muy clara en su informe ante la Comisión de DDHH de la ONU de 2001. “El hecho de que no se investigue, enjuicie y castigue a los culpables de las violaciones y la violencia sexual, ha contribuido a crear un clima de impunidad que actualmente perpetúa la violencia contra la mujer”. El 98% de los crímenes quedan sin castigos, según la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala.
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EN POCAS PALABRAS

15-M RONDA http://www.facebook.com/15MRonda DICIEMBRE 2014 Nº3

domingo, 19 de octubre de 2014

El silencio de Dios.


NICOLÁS PANOTTO

El silencio es el vacío que posibilita lo pleno.
Todo lo lleno anhela el vacío
para no quedar saturado de sí mismo.
El silencio de los sentidos, de los deseos, de la mente
El silencio que nos devuelve el estado prístino de ser,
de simplemente ser en el Ser.
Javier Melloni

En la conocida oración del Getsemaní (Mc 14.32-36), Jesús pone en evidencia sus mas hondos sentimientos. Angustia y tristeza de muerte. Es desde allí que pide al Padre (al Abba, al “papito”) que le haga pasar esa copa de inigualable sufrimiento. En este hecho hay dos cosas a resaltar. Primero, el mismo hijo de Dios muestra lo más profundo de sí, siendo transparente con aquello que le aquejaba. Pero en segundo lugar, llama la atención el silencio del Padre. Jesús nunca recibió respuesta. Por eso exclamará un tiempo más tarde, tendido en la cruz: Elohi, Elohi,lĕma’ šĕbaqtani (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mt 27.46)

Existen muchas historias en el texto bíblico que muestran el silencio de Dios ante diversas circunstancias o decisiones. La tendencia generalizada es vincular esta acción divina con momentos de sufrimiento. Es en esas situaciones donde se pide la intervención divina para poder encontrar la solución ante la desdicha. Y con ello –como lo muestra la ya popular imagen en películas y representaciones varias- el clamor por la explicación: “¡¿por qué?!”

Deseo detenerme en esta última pregunta. ¿Por qué los “porqués” aparecen en momentos de desesperación y sufrimiento? ¿Es acaso solo un clamor de exasperación? Creo que dicho interrogante refleja algo aún más profundo, parte de nuestra finitud humana: los porqués devienen de la falta de control sobre una situación. Reflejan nuestra carencia de omnipotencia. Explicar una situación, su origen, sus características, sus funcionamientos, sus propósitos, nos permiten dominarla. Por ello, la falta de explicación y conocimiento implican carencia de control.

De aquí podríamos comprender el tema del silencio en Dios desde otro ángulo: éste no se manifiesta sólo en momentos de sufrimiento sino que es algo constitutivo del ser.

Vivimos en un tiempo de saturación: aturdidos por la inabordable información en internet, redes sociales y portales de noticias; por una agenda cargada de actividades y trabajo; por una multitud de expectativas impuestas por otros sobre nuestras espaldas, para alcanzar resultados, estatus y poder. El silencio no encuentra lugar. El silencio es pérdida de tiempo. El silencio nos desenfoca de una meta que debemos cumplir, aunque nunca la pedimos ni buscamos.

¿Por qué esta resistencia al silencio? Precisamente porque, muchas veces, paradójicamente, el silencio aturde. Cuando las voces que saturan de afuera se callan, emerge ese vacío que nos permite ver, sentir y oír más allá. Surgen las voces de lo profundo, que manifiestan nuestras inquietudes, deseos, preguntas y más hondas dudas. El silencio implica darse lugar para cambiar, para moverse. Y ello es, precisamente, una de las cosas más tenebrosas de la vida. Mejor seguir aturdido, para no dar lugar a lo desconocido.

El silencio implica reconocer que no lo sabemos todo, y por ello no tenemos el control sobre las cosas que acontecen. Nada más desesperante que dar cuenta de nuestra finitud. Que las sendas, caminos y opciones que nos representan -aunque llenas de palabras, formas y explicaciones- pueden ser distintas. Ningún murmullo puede acabar con el silencio necesario para hablar otras cosas y escuchar lo desconocido.

El silencio es parte constitutiva de Dios, quien no da explicaciones de todas las cosas. Ni siquiera podemos conocer lo divino en su plenitud, ya que no da cuenta de todo lo que sucede en la historia. Siempre se presenta como paradoja.

Dios es logos (palabra) Pero para que haya logos, primero hubo kenosis(“vaciamiento”, Fil 2.7)

Esta kenosis da lugar a nuevas enunciaciones. Primero, en ese encuentro paradójico con lo divino en la finitud de la historia nos permite “darle palabras”, como en el encuentro de los discípulos de Juan el Bautista con Jesús al preguntarle: “¿eres tú al que estamos esperando?”, a lo cual éste responde: vean y cuenten (Mt 11.1-6) Jesús pudo haber contestado directamente, pero decidió no hacerlo sino dar lugar al apalabrar de los mismos discípulos.

El silencio da lugar a conocer a Dios, y en ese apalabramiento de lo divino nos apalabramos a nosotros/as mismos/as.

Por otro lado, el silencio posibilita conocer a Dios de diversas formas. Esto significa que silencio es equivalente amisterio. La dimensión mistagógica de lo divino, lejos de hacerlo un ente abstracto y lejano, abre la puerta para que, desde ese silencio inherente a la plenitud de su Ser, podamos conocerle de las formas más inesperadas y coloridas. Como bellamente lo dijo la Madre Teresa:

A Dios no lo podemos encontrar en medio del ruido y la agitación. La naturaleza, los árboles, las flores y la hierba crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio… Es necesario el silencio del corazón para poder oír a Dios en todas partes, en la puerta que se cierra, en la persona que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales.

Aprendamos a vivir la vida en este silencio que acalla las voces que aturden en su espectáculo, para dejarnos llevar por los susurros de los bellos detalles que inundan nuestro alrededor, y que aún desconocemos (¡y que llevaremos toda la vida descubriendo!)

Vivir en el silencio es aprender que todo puede ser distinto, que siempre hay algo nuevo por experimentar, aprender y poner en diversas voces. Las palabras ponen fronteras. El silencio abre el espacio hacia horizontes aún desconocidos.

Vivir en silencio es aprender a ser humildes al reconocer que no tenemos la comprensión total de las cosas. Por ello, el silencio es una instancia de deconstrucción de aquello que se presenta como único, acabado y absoluto. Las palabras que aturden no permiten ver más allá. La humildad del silencio nos abre a lo diferente.

Vivir en silencio es aprender a vivir en comunidad, ya que el silencio representa ese espacio de desconocimiento que me permite acercarme a mi prójimo, para descubrirle y descubrirme con él/ella en esa presencia compartida.

Vivir en silencio implica amarnos a nosotros/as mismos/as, al escuchar aquellas voces en nuestra profundidad que nos inquietan, nos desafían y nos asustan, sabiendo que tenemos una historia y que poco a poco la seguimos construyendo, sin saber por completo lo que viene sino tanteando y probando, pero siempre avanzando según los leves susurros nos indiquen.


Nicolás Panotto
Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP - www.gemrip.com.ar)
Fuente: Lupa Protestante