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sábado, 14 de julio de 2012

El imposible pacto entre el lobo y el cordero.




por Leonardo Boff  

Post Festum, podemos decir: el documento final de la Río+20 presenta un generoso menú de sugerencias y propuestas sin ninguna obligatoriedad con una dosis de buena voluntad conmovedora, pero con una ingenuidad analítica espantosa, diría que hasta lamentable. No es una brújula que apunta hacia «el futuro que queremos», sino en dirección a un abismo.

Tal fallido resultado se debe a la creencia casi religiosa de que la solución a la actual crisis sistémica se encuentra en el veneno que la produjo: en la economía. No se trata de la economía en un sentido transcendental, es decir, como aquella instancia -poco importan los modos- que garantiza las bases materiales de la vida, sino de la economía categorial, la realmente existente, la que en los últimos tiempos, ha dado un golpe a todas las otras instancias (a la política, a la cultura y a la ética) y se ha instalado, soberana, como el único motor que hace andar a la sociedad. Es la «Gran Transformación» que ya en 1944 el economista húngaro-norteamericano Karl Polanyi denunciaba enérgicamente. Este tipo de economía cubre todos los espacios de la vida, se propone acumular riqueza a más no poder, sacando de todos los ecosistemas, hasta agotarlos, todo lo que sea comercializable y consumible, rigiéndose por la más feroz competitividad. Esta lógica ha desequilibrado todas las relaciones con la Tierra y entre los seres humanos.

Frente a este caos, Ban Ki Moon, Secretario General de las Naciones Unidas no se cansa de repetir en la apertura de las Conferencias: estamos ante de las últimas oportunidades de salvarnos que tenemos. En 2011 en Davos declaró enfáticamente ante los «señores del dinero y de la guerra económica»: «El actual modelo económico mundial es un pacto de suicidio global». Albert Jacquard, conocido genetista francés, tituló así uno de sus últimos libros: ¿Ha empezado la cuenta atrás? (2009). Los que deciden no prestan la más mínima atención a las alertas de la comunidad científica mundial. Nunca se vio tamaño distanciamiento entre ciencia y política ni tampoco entre ética y economía como actualmente. Esto me remite al comentario cínico de Napoleón después de la batalla de Eylau al ver miles de soldados muertos sobre la nieve: «Una noche de París compensará todo esto». Ellos siguen recitando el credo: un poco más de lo mismo, de economía, y saldremos de la crisis. ¿Es posible el pacto entre el cordero (ecología) y el lobo (economía)? Todo indica que es imposible.

Pueden añadírsele los adjetivos que se quiera a este tipo de economía vigente: sostenible, verde... y otros, que no le cambiarán su naturaleza. Imaginan que limar los dientes al lobo le quita la ferocidad, cuando ésta reside no en los dientes sino en su naturaleza. La naturaleza de esta economía es querer crecer siempre, aun a costa de la devastación del sistema-naturaleza y del sistema-vida. No crecer sería dictar la propia muerte.

Pero sucede que la Tierra ya no aguanta más este asalto sistemático a sus bienes y servicios. Añádase a esto, la injusticia social, tan grave como la injusticia ecológica. Un rico medio consume 16 veces más que un pobre medio. Y un africano tiene treinta años menos de expectativa de vida que un europeo (Jaquard, 28).

Frente a tales crímenes ¿cómo no indignarse y no exigir un cambio de rumbo? La Carta de la Tierra nos ofrece una dirección segura: «Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo, que requiere un cambio de mente y de corazón, un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal... para alcanzar un modo sostenible de vida a nivel local, regional y global» (final). Cambiar la mente implica una mirada nueva sobre la Tierra, no como un «mundo-máquina» sino como un organismo vivo, la Tierra-madre a quien se le debe respeto y cuidado.

Cambiar el corazón significa superar la dictadura de la razón científico-técnica y recuperar la razón sensible en la que reside el sentimiento profundo, la pasión por el cambio y el amor y el respeto a todo lo que existe y vive. En lugar de la competencia, vivir la interdependencia global, otro nombre para la cooperación; y en lugar de la indiferencia, la responsabilidad universal, o sea, la decisión de enfrentar juntos el peligro global.

Valen las palabras del Nazareno: «Si no os convertís, todos pereceréis» (Lc 13,5).


Fuente: Koinonia


domingo, 13 de mayo de 2012

Vigilantes y astutos.





En los tiempos que corren debemos permanecer vigilantes y atentos a tantos frentes abiertos a nuestro alrededor, repletos de trincheras.
Debemos movernos con paso firme esquivando timos, estafas, golpes, ninguneos y todo el muestrario de agresiones, cada vez más sofisticadas, que nos sirven en bandeja desde que los “Mercados” y sus “leyes” marcan el son al que bailan, como pulgas de circo, los Estados soberanos abanderados por sus representantes políticos. Por lo que vamos viendo y sufriendo, estamos en peligro.

Cuando era pequeña y mi madre decía que se iba al mercado, aquello sonaba bien; siempre volvía cargada de buenos alimentos que luego preparaba y todos comíamos. Ir al mercado era sinónimo de que yo iba a seguir creciendo.
Hoy, oír hablar de “Mercados”, pone los pelos de punta. Los que van de compras y ventas a esos “Mercados” no son comerciantes, ni tenderos, ni gente que se quiere ganar la vida honradamente, como los del mercado al que iba mi madre y como tantos otros que están cerrando sus pequeños y medianos negocios en esta guerra económica que deja bajas por todas partes.
Los que frecuentan esos “Mercados” se denominan “Especuladores” y para que ellos crezcan, los demás tenemos que menguar (y esto no tiene nada que ver con el evangelio); para que ellos sigan acaparando, muchos pierden su empleo y medio de vida; para que ellos sigan marcando el ritmo desenfrenado de ambición y corrupción, muchos derechos y logros alcanzados por hombres y mujeres que lucharon por ello, quedan derogados por ley o por que “esto son lentejas”.
Permanezcamos vigilantes e intentemos esquivar golpes, compartiendo y comunicándonos, pues todos estamos en lo mismo y muchos podemos hacer más que uno a uno. Seamos astutos y no dejemos que los “hijos de las tinieblas” -que saben ser astutos en sus negros asuntos- nos desconecten y apaguen la energía de “hijos de la luz” (para más información reflexionar sobre lo que dejó escrito Lucas 16,8).
Revisa las comisiones de los Bancos, reclama, protesta, negocia. Rebaja el uso de tarjetas de crédito para el pago en pequeños comercios, evitando así las comisiones que cobran a los propietarios. Mantén a raya a las compañías de telefonía diciendo que te marchas a otra… eso les duele.
Cuando te venza el seguro del coche, no hagas caso a la coba que te dé la aseguradora diciendo que “como usted es un buen conductor, este año premiamos su fidelidad y su buen hacer y no hemos subido el precio de la renovación de su seguro”. Haz un “sondeo de mercado” y mira a ver qué ofrece la propia compañía y otras del sector a clientes de nueva captación. Por mi parte, hoy me he ahorrado el 40% en el seguro anual, con las mismas prestaciones. Si no investigo… no me entero y, si no me entero, vivo engañada creyendo que han sido bondadosos por no subir el precio. Indecente ¿no?
Estas son algunas de las prácticas de los “Mercados”: la adulación, la falta de transparencia y la mentira.
Ayudémonos unos a otros contando y denunciando la injusticia que está causando tanto dolor y dejando en la cuneta a muchos inocentes.
Debemos andar sabiendo en Quién ponemos nuestra confianza para saltar trincheras y señalar con el dedo a quienes se apropian de lo que muchos necesitan para vivir; denunciando el hecho de que el dinero de nuestros impuestos sea utilizado para sanear a quienes provocaron el demencial desequilibrio económico y financiero que sufre nuestra sociedad. La ambición rompió el saco y están poniendo remiendos que ahogan y no resuelve la situación.
Mis dedos se han movido con rabia sobre las teclas del ordenador mientras escribía. Se han solidarizado con mi estado de ánimo recordando noticias y telediarios, sin ir más lejos, los de ayer. Es difícil evitarlo recordando las situaciones de personas que han perdido sus trabajos, sus casas por impago de hipoteca y los que están pagando con sus escuetas pensiones los gastos diarios de hijos y nietos.
Pero un suave susurro interior ha resonado como agua fresca: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). Efectivamente, desde ahí habrá que actuar.
Escucho por aquí y por allá el anhelo común de un grito claro y contundente de denuncia que salga de nuestros pastores, en plan oficial, a nivel local, nacional y eclesial… incluso individual. Un grito que suene exactamente igual que cuando un padre y una madre claman en la defensa de la vida y los derechos de sus hijos y se ponen delante, como fuerte barrera, para intentar detener la injusticia que pueda herirles.
¡Ah… y también queremos abrazos!
pazsantos@pazsantos.com.- MADRID.
(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).