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sábado, 30 de septiembre de 2017

Tawakkol Karman: "Todo el mundo pagará el coste de no escuchar a los refugiados"


La Premio Nobel de la Paz, que participa en unas jornadas sobre "Mujeres contra la impunidad", habla en una entrevista con Público sobre el papel de las mujeres en las primaveras árabes, la ceguera de Europa en la crisis de los refugiados o el silencio cómplice de occidente ante las dictaduras y el surgimiento del terrorismo.

MADRID

MARISA KOHAN @Kohanm

"El problema común que sufren las mujeres a lo largo de todo el planeta es que son marginadas de los procesos de toma de decisión, en el acceso a los puestos más altos. Y esto ocurre tanto los países como en las grandes instituciones internacionales. Tenemos un problema real del liderazgo de mujeres a nivel mundial" arranca Tawakkol Karman cuando preguntamos si hay un problema común que aúne a las mujeres en distintos lugares del mundo. "Esto ocurre en casi todos los países, pero es mucho peor en los países árabes". añade.

Llega a la entrevista ataviada con el tradicional hijab que enmarca su cara algo redondeada y en donde resaltan sus grandes ojos oscuros que hablan tanto como sus manos cuando se entusiasma contando la situación de su país: Yemen.
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Parece a simple vista una mujer tranquila y apocada. Sin embargo, esta impresión se desvanece completamente cuando comienza a hablar con su voz alta y rotunda. Tawakkol Karman recibió el Premio Nobel de la Paz en 2011 por su "lucha no violenta en favor de la seguridad de las mujeres y en pro el derecho de éstas a una completa participación en el la construcción de la paz", tal como reconoció la institución norurga. Se convertía así, con 32 años, en la persona más joven en recibir el Nobel (hasta que lo recibió Malala), aunque afirma que prefiere que se la reconozca como la primera mujer árabe que recibe el galardón.

"Los derechos de las mujeres deben ser definidos desde la perspectiva de los derechos humanos, porque es a través de ellos que llegaremos a los derechos de las mujeres. De lo contrario lo que ocurrirá es que perderemos la batalla de los derechos de los ciudadanos en su conjunto: los derechos de libertad de expresión, el los derechos legales, el de la igualdad entre hombres y mujeres..."

Ella fue una de las figuras principales en la primavera árabe que vivió Yemen y que acabó con 30 años de dictadura de Ali Abdullah Saleh. Está en España para participar en el ciclo "Mujeres contra la Impunidad" organizado por la Asociación Mujeres de Guatemala, en la Casa Encendida de Madrid.

Sobre la importante participación de las mujeres en estas revoluciones pacíficas afirma que "no sucedió como en otros procesos revolucionarios en que los temas de las mujeres se dejaron para más adelante. "En las revoluciones árabes las mujeres salimos al la calle, tomamos el liderazgo, no lo pedimos ni esperamos a que nos lo dieran". 

Su principal interés es poder compartir con la ciudadanía española la situación que vive su país, sumido en una grave conflicto interno desde que en 2014 sufriera un golpe de estado que acabó con los avances de aquella primavera y en el que participan de un lado fuerzas de la coalición internacional liderada por Emiratos Árabes y Arabia Saudí con el apoyo de algunos países de occidente y una coalición liderada por Iran, que apoya a los rebeldes Hutis por el otro. En medio, una población empobrecida (Yemen es el país más empobrecido de la región) en la que más de 10 millones de personas sufren inseguridad alimentaria y constantes combates.

Karman, que en la actualidad vive en Catar tras haber sido encarcelada en varias ocasiones en Yemen y haber recibido amenazas de muerte, es una de las voces críticas con el papel que occidente y las coaliciones internacionales han jugado en las primaveras árabes y en el mantenimiento de las dictaduras en el mundo árabe."Los países occidentales deberían saber que su alianza con los dictadores es un gran error. Porque las dictaduras producen terrorismo, provocan caos y guerras"

Critíca duramente que los países occidentales desarrollados hayan hecho oídos sordos y mirado hacia otro lado durante años sobre lo que hacían las dictaduras árabes. "Los países occidentales deberían saber que su alianza con los dictadores es un gran error. Porque las dictaduras producen terrorismo, provocan caos y guerras", afirma. "Su apoyo o su silencio sigue siendo el gran error que están cometiendo".

"Su silencio cómplice, también, hacia Bashar al-Assad, es un crimen", afirma y recuerda que tras siete años de guerra no ha habido ningún tipo de acción en su contra. "Él destruyo totalmente a su gente, obligó a millones de personas a huir y ser refugiadas, mató a cientos de miles y encarceló a otro tanto. Cometió crímenes contra la humanidad y la comunidad internacional no hizo nada".

"Los países occidentales deben despertar, porque esto que está pasando en los países árabes se extenderá hacia Europa. De hecho es lo que ha pasado ya en París, Barcelona, Londres... ¿De dónde vienen estos grupos terroristas? No son islamistas, son criminales y tienen el apoyo de los dictadores".

"No digo que los hayan creado. Lo que digo es que su silencio permitió que florecieran. Todo dictador es un terrorista y cada terrorista es un dictador. Los dos se alimentan el uno al otro, se ayudan y se apoyan", argumenta con voz que suena casi a arenga por la pasión y que acompaña con tajantes golpes en la mesa."Estoy muy furiosa con la ceguera de Europa en relación a los refugiados. Todo el mundo pagará el coste de no escucharlos"

"Estoy muy furiosa con esta ceguera", añade tajante cuando recabamos su opinión sobre el hecho de que Europa sólo haya acogido a un 30% de los refugiados que se había comprometido.

"Sancionan a los refugiados en lugar de apoyarlos y ayudarlos. Éstos están huyendo del fuego cruzado de los dictadores, los terroristas y de los bombardeos de la coalición internacional, como en Siria, pero se encuentran con las puertas cerradas. Pero pagarán el precio. Todo el mundo pagará el coste de no escuchar a la gente morir". "La paz no significa sólo acabar con la guerra. Significa también acabar con la represión y la injusticia, y deberían saberlo. Si aman la paz, les pedimos que despierten porque es algo que afectará a toda la humanidad".

Karman es también muy crítica con la hipocresía de los gobiernos que se llenan la boca buscando soluciones en el conflicto de los países árabes, pero que venden armas a dictaduras o a países que las utilizan contra la población civil. España es el tercer exportador de armas a Arabia Saudí, país que lidera, junto con Emiratos Árabes, la coalición internacional que defiende a una de las facciones en guerra por el poder dentro de Yemen. 

"Tienen que parar. Dejar de vender armamento a los dictadores que matan a ciudadanos. Pero también hago un llamamiento a que Irán deje de vender armas a los hutis (otra de las facciones que luchan por el poder en Yemen).
Hay oscuridad pero también hay luz


A pesar de todo, Karman es optimista. "La gente sabe cómo alcanzar la libertad y se sacrifica por ella", afirma. "Y los dictadores, muchos ya se han ido y otros tendrán que marcharse. Estoy convencida de que mi generación verá los cambios, pero si no fuera así, lo que es seguro es que nuestros hijos lo verán. Hemos empezado. Hemos abierto la puerta y no se puede ya cerrar"

Fuente: publico.es

miércoles, 21 de junio de 2017

La negación del feminismo, ¡¿qué está pasando?!

Cartel pro feminismo.


Algo se ha vuelto a agitar en las avenidas del feminismo. Y no me refiero a las manifestaciones contra el impune asesinato de mujeres y contra modos aún más sutiles de la violencia que todas habitamos, o contra la desigualdad económica y la precarización del trabajo. Ante ese espanto importa seguirse rebelando. Pero la agitación a la que me refiero no es esa sino esta otra: la negación del feminismo entre las mujeres que ocupan hoy lugares de privilegio. Las que defienden con descaro un ‘antisemitismo’ que niega el problema de género y las que, más enmascaradas y subrepticias y también más contemporáneas, asumen un feminismo desteñido que ya nada se parece al movimiento originario.

POR LINA MERUANE


Ese falso feminismo —ese seudo-feminismo— aparece ahora que tantas pueden optar a una educación universitaria. Ahora que más mujeres consiguen trabajos dignos en vez de alienantes. Ahora que pueden encontrar parejas que las respetan y que están dispuestas a compartirlo todo como iguales. Insisto: no es que no haya asuntos urgentes por resolver (porque nada está bien para una inmensa mayoría de mujeres, son multitud las que viven vulneradas entre nosotras); lo que digo es que hay más mujeres con privilegios hoy. Y por más que sea relativa esta categoría, la del privilegio, por más que cunda en ciertas ciudades, en ciertas clases, entre ciertas profesionales, por más que esas mejoras sean siempre relativas han hecho cundir la idea de que “todo está bien” y la perversa pregunta: “de qué nos quejamos hoy”.

¿Qué ha pasado? ¿Nos creímos que la situación personal de mejora es la realidad de todas? ¿Privatizamos nuestros conflictos y los resolvimos como pudimos puertas adentro? ¿Nos cansamos de pelear una vez solucionadas nuestras propias dificultades? ¿Se nos olvidó que otras lucharon por los derechos que adquirimos, y que hace falta pelear por quienes aún no los han conseguido? ¿Se nos acabó el combustible de la solidaridad?

Es esto lo que acusa, sin tanta pregunta retórica, con extraordinaria agudeza y escasa clemencia, un ensayo de lo más puntudo que he leído en mucho tiempo. Las colegas feministas, las feministas-de-tomo-y-lomo entre las que me cuento, van a levantar las cejas cuando lean, en la próxima línea, que ese libro se titula Why I am not a feminist (Por qué no soy feminista). Y no me sorprendería que las levantaran —las cejas y las pancartas, los puños, los signos mentales de exclamación—, porque muchas antifeministas del pasado han usado esa misma frase para anunciar su desafiliación de la causa.


El problema, según lo plantea Jessa Crispin en su potente manifiesto antifeminista (o más bien, anti-ciertos-devenires-del-feminismo-occidental), no es que las mujeres estén descartando el título feminista. En rigor, en su mayoría, lo están abrazando con un extraño entusiasmo. Se trata, sin embargo, de un abrazo traicionero: lo que asumen como feminismo no es ya lo que el movimiento había sido, una causa insolente, un ideario radical. Es este el abrazo a un falso feminismo, ese que buscó hacerse universalmente aceptable, ese que para reclutar multitudes hizo toda clase de concesiones, rechazó la lucha, alienó a las pensadoras más punzantes y a las quemadoras de sostenes. Uno que agachó tanto el moño que ya no consigue despeinar a nadie. Se volvió completamente banal. Mera comodificación. Es por eso que pudo ponerse “de moda” ser feminista.

Qué fácil parece ahora considerarse feminista, dice Crispin (yo la traduzco). Ese feminismo cool (y de cool lo tildo yo, por feminismo fresco, por feminismo sin ardor) no exige renunciar a ningún privilegio, no requiere compartirlo, no le pide a las mujeres hacerse responsables de sus actos. Es más: cualquier decisión femenina, por mezquina que sea, por más injusta, por más explotadora, por más frívola, por más conservadora, se vende como una decisión feminista. Como un acto de merecida liberación. Ser feminista desde esa clave implica aprovechar la realidad histórica de la víctima como escudo ante toda crítica. Significa usar la desigualdad de todas para obtener la igualdad de apenas unas pocas. Es justificar cualquier forma de empoderamiento, cualquier mejora de la propia vida, aun cuando esta implique pisotear las de quienes están por debajo, hombres o mujeres, pobres, marginales, discriminados, inmigrantes.

Y peor, murmura Crispin con justificada amargura: escindidas del debido deber social y de toda conciencia política, demasiadas mujeres aplauden a otras cuando logran posiciones de poder históricamente masculinos (sin atender a las concesiones que han hecho para estar ahí, y quedarse), o cuando alcanzan una situación económica (sin reconocer el modo en que han explotado a otros), o cuando se hacen célebres (sin examinar qué han hecho a lo largo de sus carrera por apoyar a otras en el ascenso). La problemática medida de este feminismo es el cómo me va a mí por encima del cómo nos va a todas y a todos. Y es ese el punto más urgente de la crispada invectiva: ese seudo-feminismo que transó la lucha colectiva, se olvidó de la desigualdad de clase y la discriminación racial, se vendió a los valores del capitalismo. Puso su atención en un éxito privado que se mide en signo peso y que devalúa los afectos, la compasión, la solidaridad, el “vivir juntos” en comunidad.

En esa agitación, Crispin habla de reponer en el horizonte de nuestras preocupaciones e interrogantes un compromiso con los demás. Llama a pensar cómo transformar la realidad desde sus fundamentos en vez de conformarnos con una mejora cosmética por acá y otra por allá. Porque no se trata solo de salir a la calle con pancartas ni solo protestar cómodamente desde un sillón, apretando una tecla; se trata de examinar cómo cada uno de nuestros actos puede contribuir concretamente a mejorar la vida de quienes tenemos alrededor y de implementar valores solidarios en vez de simplemente repetir los mecanismos de competencia y los modelos de éxito que el sistema nos ofrece, para cooptarnos. Hay que poner a funcionar nuestra capacidad de respuesta, dice Crispin. Hay que recuperar nuestra imaginación propositiva, digo yo. Se llame o no se llame “feminista”.

Fuente: elasombrario