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martes, 22 de septiembre de 2015

La región minera de Antofagasta, espejo de la desigualdad chilena.


En la ciudad de Calama, la llamada capital minera de Chile, en la norteña región de Antofagasta, los marcados contrastes sociales se evidencian en modernas viviendas de barrios acomodados colindantes con asentamientos informales. Foto: Marianela Jarroud/IPS

Por Marianela Jarroud

Los habitantes de la región minera de Antofagasta, en el norte de Chile, poseen en promedio el mayor ingreso interno por persona, mientras unas 4000 de sus familias residen en precarios asentamientos informales, en una de las desigualdades más marcadas del país.

“Los contrastes en esta región son enormes, los mineros ganan mucha plata, los sueldos que reciben son altísimos. Es muy común ver casas inmensas mientras a pocos metros se erigen casitas precarias”, afirmó Jaime Meza, residente en esta ciudad de Calama, en cuyo municipio se ubican unas 37 operaciones mineras.

Entre ellas, el municipio de Calama, del que es cabecera esta ciudad del mismo nombre, acoge al yacimiento a cielo abierto de Chuquicamata, la mina de cobre más grande del mundo.

La región de Antofagasta cuenta con el más alto producto interno bruto por persona del país, el mayor crecimiento económico y las mejores condiciones para alcanzar el desarrollo, según un estudio territorial realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

De acuerdo a cifras oficiales, esta región de 625.000 habitantes tiene un ingreso promedio anual por persona de 37.205 dólares, casi ocho veces lo registrado en la región de La Araucanía, en el sur del país, donde el ingreso anual por habitante apenas llega a 4500 dólares. El promedio del ingreso de los 17,6 millones de habitantes del país es de 23.165 dólares.

Sin embargo, 45.000 personas viven en situación de pobreza en Antofagasta y de ellos 4000 se encuentran en condición de indigencia.

Además, miles de habitantes viven en 42 precarios asentamientos informales, en este país llamados campamentos, lo que equivale a unas 4000 familias.

La ciudad de Calama, conocida como la “capital minera de Chile” y que se define como el oasis del desierto de Atacama, está ubicada a 2250 metros sobre el nivel del mar, a unos 240 kilómetros de Antofagasta, la capital regional, y a 1380 kilómetros al norte de Santiago.

Cuenta con 150.000 habitantes, aunque si se considera a la población flotante ocasionada por la actividad minera, esta cifra supera las 200.000 personas.

El municipio de Calama, que se extiende por 15.600 kilómetros cuadrados, es asiento de cuatro de los ocho yacimientos mineros de la estatal Corporación del Cobre de Chile (Codelco), que controla mayoritariamente el sector en el país y es el mayor productor cuprífero del mundo.


La ciudad de Calama se define a sí misma como un oasis en medio del desierto de Atacama, el más árido del mundo. Foto: Marianela Jarroud/IPS

Atraídos por la actividad minera, Calama acoge a una buena parte de los 57.000 inmigrantes que habitan en la región, fronteriza con Argentina y Bolivia y está cercana al Perú.

Esta realidad se percibe en hechos tan cotidianos como acudir a un consultorio de salud pública, donde la variedad de naciones se entremezclan.

“Esta es una ciudad multicultural, definitivamente”, afirmó a IPS el médico Rodrigo Meza, del hospital Doctor Carlos Cisternas de Calama.

“Del total de partos atendidos en nuestro hospital, 40 por ciento corresponde a mujeres inmigrantes”, añadió.

En un breve paseo por el centro de Calama, corroído por el paso del tiempo y contrastante con los sectores más acomodados de la ciudad, un viajero puede encontrar fácilmente a inmigrantes bolivianos, colombianos, ecuatorianos y peruanos.

“Es más difícil encontrar a un chileno que a un extranjero en estas calles”, señaló Sandra, una colombiana que transita por el centro de Calama.

La fuerza laboral extranjera se concentra principalmente en el servicio doméstico, en el caso de las mujeres, y en empleos profesionales, técnicos y obreros que se desempeñan en la minería o la construcción, en el caso de los hombres.

Un número importante de mujeres inmigrantes se dedica también a la prostitución, un servicio históricamente muy requerido en los asentamientos mineros, con muchos hombres solos.

Calama posee un casino cuyas utilidades crecen en torno a 10 por ciento anual y el centro comercial de la ciudad recibe más de 10 millones de visitantes al año.

“Un minero con poca experiencia puede partir ganando mensualmente casi un millón de pesos (unos 1500 dólares) y de ahí para arriba”, comentó Jaime Meza a IPS. Él trabaja en una empresa que presta servicios externos a compañías mineras en responsabilidad social, lo que le lleva a recorrer continuamente las localidades de los yacimientos.

Sin embargo, en esta ciudad la vida es cara. Un kilogramo de pan, un alimento básico en la mesa chilena, cuesta más de dos dólares y una vivienda para una familia de clase media, bordea los 150.000 dólares. Pero “hay dinero y gente dispuesta a pagar”, coincidieron varios comerciantes a IPS.

En contraste, el salario mínimo apenas alcanza 350 dólares mensuales y muchos inmigrantes de Calama, al no contar con contrato o seguridad social, pueden recibir solo la mitad.

La desigualdad del día a día se ve con claridad cuando las empresas mineras pagan a sus trabajadores bonificaciones especiales al finalizar cada negociación colectiva.

Los bonos alcanzan miles de dólares y los comercios lanzan en sintonía “ofertones” para atraer a los beneficiados.

“Los contrastes en esta ciudad son muy tremendos. Los mineros hacen filas los viernes para sacar dinero y gastarlo en carrete (juerga), en mujeres, en alcohol”, afirmó a IPS el taxista Francisco Muñoz.

“Las diferencias son muy violentas”, agregó este varón nacido en Calama, donde ha vivido siempre.

Muñoz afirmó que la situación empeoró hace unos siete años, cuando Codelco decidió trasladar a Calama el campamento minero de Chuquicamata, a 15 kilómetros de la ciudad. Unas 3200 familias fueron las últimas en dejar las instalaciones donde los trabajadores de Codelco vivían con altas comodidades.

Los mineros llegaron directamente a casas construidas para ellos, lo que definió el ordenamiento de la ciudad: al oriente las nuevas villas de Codelco son el reducto de “barrio alto (de lujo)”, mientras al poniente y al norte se ubican los sectores más populares.

“Los mineros compraron estas casas a precios preferenciales y Codelco les dio un bono para que pudieran acceder a ellas con facilidad. Pero ahora las venden a cifras exorbitantes. Pensar en comprar una casa en Calama es casi imposible. Un ciudadano común puede solo acceder a una casa del Estado (subsidiada), jamás a las que ellos venden”, aseguró Meza.

La realidad en Calama, un municipio rico en minería pero pobre en ingresos, derivó en el año 2009 en protestas sociales que exigían que la localidad perciba cinco por ciento de los recursos que deja aquí la extracción de cobre, la principal riqueza del país.

Solo en 2014, Chile extrajo 5746 millones de toneladas del metal rojo, 31,2 por ciento de la producción mundial.

Las protestas por la postergación histórica del municipio, se suceden hasta la actualidad bajo el lema: “¿Qué sería de Chile sin Calama?”.

Las últimas manifestaciones, realizadas el 27 de agosto, son “un desborde previsible”, para el antropólogo Juan Carlos Skewes.

“Eso es bueno, porque lo que hacen los grandes desbordes es ensanchar las avenidas de la participación”, aseguró a IPS.

Agregó que seguramente las protestas se mantendrán mientras no haya una respuesta concreta respecto de la distribución equitativa de las ganancias de la minería en Chile, que Calama ve muy poco, pese a que salen de su territorio.

Editado por Estrella Gutiérrez

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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

Fuente: Servindi

viernes, 10 de enero de 2014

Campesinas de Chile enseñarán agroecología a la región.


Una parte del predio y al fondo la casa donde se instalará el Instituto de Agroecología de las Mujeres del Campo. Crédito: Cortesía Anamuri.

Por Marianela Jarroud

IPS, 8 de enero, 2014.- Una organización que reúne a unas 10.000 mujeres campesinas e indígenas de Chile lanza un instituto de agroecología para el campesinado femenino del sur americano.

La Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Anamuri) capacita desde hace años a miles de personas a través de la red internacional La Vía Campesina y trabajando en base a la soberanía alimentaria. Pero hoy enfrenta su proyecto más ambicioso.

El Instituto de Agroecología de las Mujeres del Campo, al que pusieron la sigla IALA, será el primero de América Latina destinado solo a un público femenino y se emplazará en la localidad de Chépica, 180 kilómetros al sur de Santiago, en el poblado de Auquinco, “agua que resuena” en lengua mapuche.

Ya se realizan capacitaciones, a pesar de que la sede no está lista.

“Perseguimos no un sueño, sino un reto”, dijo a Tierramérica la directora internacional de Anamuri,Francisca Rodríguez, encargada del IALA.

El proyecto tiene un centro político, “la producción de alimentos para resolver los problemas del hambre”, precisó.

“Es fundamental buscar los caminos que nos permitan seguir sobreviviendo y existiendo como un sector importante de la agricultura en medio del ataque feroz hacia los campesinos, que tiene que ver con los sectores productivos, pero también con los modelos de consumo”, añadió.

La formación del IALA se orienta a defender la agricultura familiar campesina, dijo.

Es un esfuerzo por sumarse a “la gran tarea” de los Institutos de Agroecología de América Latina de los que tomó su sigla, puntualizó.

Estos proyectos se iniciaron en Venezuela, donde ya egresaron los primeros ingenieros agrónomos, todos hijos de campesinos. Los IALA se replicaron luego en Brasil, Paraguay, Ecuador y en la región andina. El último gran logro fue la Universidad Campesina SURI que se inauguró en Argentina en abril de 2013.

“Es importante que tengamos profesionales del agro para la soberanía alimentaria, para seguir en este proceso que requiere especialistas arrancados desde la misma tierra”, explicó Rodríguez.

“Nadie más que los campesinos podrán sentir esa necesidad de seguir desarrollando una agricultura al servicio de la humanidad”, añadió.

Rodríguez asegura que en Anamuri “entendimos el reto” y se plantearon un instituto que en una primera instancia estará orientado a las mujeres del Cono Sur americano, pero que luego puede ampliarse a los hombres.

En Auquinco poseen el terreno de una hectárea y una amplia casa que acogerá a las estudiantes, adquiridos por unos 23.000 dólares, que consideran un “regalo” de sus anteriores propietarios, un matrimonio de exiliados que retornaron al país y quisieron vender la propiedad a estas mujeres pensando en el buen uso que le darían.

Pero los daños que sufrió la construcción por el terremoto de febrero de 2010 obligan a una restauración, que es posible y que no la hará perder su origen campesino, según los arquitectos que la evaluaron.

Es urgente comenzar con los trabajos, dijo Alicia Muñoz, directora de organización de Anamuri.

“Este es el verano (austral) en el que hay que organizar brigadas voluntarias para que nos ayuden a poner bonita la casa y los jardines, que no pierda su origen”, dijo Muñoz.

Anamuri decidió que 2014 será “el año de restauración”, una campaña de voluntariado que se iniciará el 4 de enero con un viaje a desmalezar e iniciar la reparación de lo más urgente: la techumbre.

“Este es el sueño de tener un instituto para la conservación de esa agricultura que las mujeres saben hacer, que sea realmente confiable desde el punto de vista de la salud, de los nutrientes”, afirmó Muñoz.

En la historia de la agricultura chilena, el hombre siempre dominó la escena, con la mujer “relegada al ámbito doméstico, el procesamiento de alimentos, la mantención de la casa y la crianza de animales menores”, dijo a Tierramérica el antropólogo Juan Carlos Skewes.

Pero “está olvidada su contribución, para mí fundamental, al trabajo agrícola y al proyecto de desarrollo alternativo que es la huerta”, añadió.

“Cada huerta, cada práctica de cultivos familiares campesinos, supone biodiversidad, conservación de material genético, posibilidad de reproducir la semilla y de hacer mejor uso de los recursos locales”, explicó Skewes, director de la Escuela de Antropología de la Universidad Alberto Hurtado.

También está allí el espacio para “articular mejor los recursos, el autoabastecimiento y el fortalecimiento de una economía local”, agregó.

“Entonces, sumando, te das cuenta que hay proyectos autonómicos, hay capacidad de autogestión, de autosostenimiento, de manejo de material genético no modificado y se da una suerte de posibilidad de contrarrestar, resistir o desafiar los procesos industriales tanto de la agroindustria como de la industria del procesamiento de alimentos”, completó.

Para el experto, en estas dimensiones “tremendamente contemporáneas” el jugador clave “pasa a ser la mujer campesina, organizada bajo la forma de protección de las semillas para el autoconsumo y el manejo sostenible de la agricultura”.

En Anamuri, el año que comienza es esperanzador. Confían en que el nuevo gobierno, encabezado por una mujer, la socialista Michelle Bachelet, les abrirá puertas para desarrollar mejor su trabajo.

También confían en el apoyo de la Organización de las Naciones Unidas, que declaró 2014 Año Internacional de la Agricultura Familiar, al que ellas añaden el apellido “Campesina”.

“Hay mucha gente que está retornando al campo, por lo tanto hay esperanzas”, concluyó Rodríguez. “Sabemos que haremos patria en nuestra parcela de Auquinco”.

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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

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Fuente: Servindi