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martes, 21 de junio de 2016

Mensaje del Patriarca Kiril a las Iglesias que se reunieron en Creta



Su Santidad el Patriarca Kiril de Moscú y toda Rusia envió un mensaje a los Primados y a los representantes de las Iglesias Ortodoxas Locales que se reunieron en la isla de Creta. El texto completo del mensaje va a continuación.

A Su Santidad Bartolomé,

Arzobispo de Constantinopla – Nueva Roma

y el Patriarca Ecuménico,

a Sus Santidades y Beatitudes Primados

de las Santas Iglesias de Dios,

a los obispos, pastores, monjes, monjas y laicos

que se reunieron en la isla de Creta



¡Santidad, Santísimo Patriarca Bartolomé!

¡Santidades y Beatitudes!

¡Excelentísimos hermanos obispos,

honorables representantes de las Iglesias Ortodoxas Locales!



Los saludo cordialmente en nombre de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en nombre de los creyentes ortodoxos de Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Moldavia y otros países que componen el gran rebaño del Patriarcado de Moscú.

Hermanos, todos nosotros somos el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12, 27). El don inestimable de la unidad hemos recibido del propio Señor y nuestro Salvador Jesucristo. La preservación de este don es una de nuestras principales tareas, es un mandamiento directo del Salvador (Juan 17, 21).

Que no nos confunda el hecho de que los puntos de vista de las Iglesias hermanas acerca de la convocatoria del Santo y Gran Concilio se han dividido. De acuerdo con San Pablo Apóstol, “tenéis que dividiros en partidos para que se sepa quiénes son los verdaderos cristianos” (1 Corintios 11, 19). Durante la preparación del Concilio estos desacuerdos se manifiestaron plenamente, pero no debemos permitirles a debilitar la unidad mandada por Dios, provocar un conflicto intereclesiástico, hacer la división y discordia en nuestras filas. Seguimos siendo una familia ortodoxa y todos juntos somos responsables del destino de la Santa Ortodoxia.

Estoy profundamente convencido de que las Iglesias, las que decidieron ir a Creta y las que se abstuvieron de ello, tomaron sus decisiones de acuerdo a la conciencia, y es por eso hay que tratar con respeto la posición de cada una de ellas.

La Iglesia Ortodoxa Rusa siempre estaba covencida de que la voz de cada Iglesia Local, grande o pequeña, vieja o nueva, no puede ser ignorada. La falta de la aprobación de la convocatoria del Concilio por parte de la Iglesia de Antioquía significa que el consenso pan-ortodoxo no ha sido alcanzado. Tampoco podemos ignorar la voz de las Iglesias de Georgia, Serbia y Bulgaria, que se pronunciaron a favor de posponer el Concilio hasta una fecha posterior.

Creo que con una buena voluntad la reunión en Creta podría ser un paso importante para superar los desacuerdos. Ella podría contribuir a la preparación del aquel Santo y Gran Concilio que unirá a todas, sin excepción, las Iglesias Autocéfalas Locales y será un reflejo visible de la unidad de la Santa Iglesia Ortodoxa de Cristo, de que estaban orando y lo que esperaban nuestros predecesores de bendita memoria.

Les aseguramos que nuestras oraciones estarán con uestedes en los días de sus labores.



Con mucho amor en Cristo

+ KIRIL,

Patriarca de Moscú y toda Rusia
(mospat.ru)

jueves, 16 de junio de 2016

Concilio Panortodoxo: cuando alguien falta a su palabra.


"No parece que un Concilio fragmentado transmita imagen de unidad"

Redacción, 16 de junio de 2016 

La Iglesia de Moscú no hizo ningún esfuerzo para que el proyecto del Concilio panortodoxo llegara a buen puerto.


Sínodo ortodoxo

(Pedro Langa).- A solo un día de la apertura del Concilio panortodoxo, siguen fluyendo declaraciones y desmentidos. Una pena, la verdad, el espectáculo al que estamos asistiendo esta última semana. Hasta la fecha, sin embargo, sale lo que me temía. Las preguntas, por eso, llegan con su carga de inquietud y temor, también de extrañeza y dolor: ¿Quieren las Iglesias ortodoxas todas este Concilio? ¿Lo han reflejado así desde el principio? ¿Estarían ahora mismo dispuestas al acatamiento conciliar? Un simple recurso a la hemeroteca puede que hiciera ruborizarse a más de un barbudo jerarca.

En el curso de una entrevista sobre los últimos desmarques, el metropolita de Mesenia, Chrysostomos Savatos, dejaba caer el pasado 7 de junio esta perla: «El Espíritu Santo iluminará las mentes de los primados. Debemos transmitir la imagen de la unidad». Mucho me temo que ni una cosa ni otra. Es el recurso del eclesiástico ante lo inevitable. A poco que Su Eminencia recuerde los estudios de teología, sabrá perfectamente que el Espíritu Santo no ilumina sino a quien se deja iluminar. Por otra parte, tampoco parece que un Concilio fragmentado transmita imagen de unidad. Si acaso, lo contrario. Y lo que hasta la fecha está saliendo al exterior es que hay sutiles manipulaciones tendentes a crear la ceremonia de la confusión. Que nadie nos venga luego con milongas.

Uno de los que más sutilmente lo ha dejado caer, aunque me temo que sin querer mojarse del todo, es Andrea Riccardi, historiador de la Iglesia y fundador de la Comunidad de Sant'Egidio. En entrevista con Vatican Insider (14/06/2016) sobre la decisión de no participar por parte de la Iglesia ortodoxa rusa, desmarcada ella también a última hora (13 de junio) ha dicho cuanto sigue: «Moscú permanece apegada a su dimensión imperial y no secunda la misión universal que sueña Bartolomé». Para Riccardi la decisión rusa «expresa y plasma la fragmentación de los ortodoxos encerrados en sus fronteras nacionales. Al contrario, el gran sueño del Patriarca ecuménico de Constantinopla, siempre ha sido el de sacar a la ortodoxia del tradicionalismo y del nacionalismo, para decir y anunciar algo al mundo».

Preguntado por qué está haciendo (la Iglesia ortodoxa rusa) que fracase este proyecto, Riccardi, que tiene buenos amigos en el Patriarcado de Moscú, responde: «En lo personal, no creo que el fracaso se deba completamente a una maniobra de los rusos. Creo, más bien, que al final la Iglesia de Moscú no hizo ningún esfuerzo para que el proyecto del Concilio panortodoxo llegara a buen puerto.

Me explico: una cosa es pensar que las divisiones, las nuevas dudas, las recriminaciones que provocaron la petición de postergar las fechas entre algunas Iglesias ortodoxas fueron ‘provocadas' por los rusos. Y no me parece así. Incluso porque si hubieran querido verdaderamente hacer que fracasara el Concilio, habrían podido hacerlo en la fase preparatoria. Otra cosa es, en cambio, constatar que, frente a las primeras defecciones, la Iglesia ortodoxa rusa no haya hecho nada para impedirlo o para resolverlo. Y esto es lo que me parece que ha sucedido, y no hay que olvidar tampoco las divisiones presentes en la misma ortodoxia rusa». Seguro que más de un lector, ante esta respuesta, podrá aprender bien del bueno de Andrea Riccardi, qué quiere decir eso de nadar y guardar la ropa. Y tampoco dejará de haber quien le recomiende acudir al oculista.

Porque, acto seguido, ante la sutil pregunta del periodista - "En otras palabras, usted dice que no actuaron para hacer que fracasara pero no hicieron nada para que saliera bien..."- no le duelen prendas en responder: «Exacto. Moscú decidió dejar correr las cosas, y demuestra que no le interesa mucho el Concilio. Demuestra que no siente la necesidad de esa dimensión universal que Bartolomé persigue, a pesar de la debilidad del Patriarcado de Constantinopla, una debilidad que representa su fuerza. Bartolomé quiere dar un nuevo impulso a la misión de la ortodoxia en el mundo, confrontándose con los problemas del mundo y enseñando el rostro de una Iglesia unida».

«Los rusos siguen pensando en términos de fronteras ‘imperiales' y dirigen sus miradas al confín de su gran país. Las otras Iglesias que decidieron abandonar el Concilio al último momento corren el peligro de convertirse en minorías nacionalistas y tradicionalistas en países que tienen crisis demográficas y en los que cobran fuerza grupos de cristianos protestantes. Estamos frente a una grave crisis de la ortodoxia». Y tanto. Como que al metropolita Hilarión se le impidió hace poco entrar en Ucrania, que es donde está la madre del cordero del problema conciliar afrontado por Moscú. Seré más explícito.

Ahora mismo, cuando faltan horas para que se abra en Creta el Concilio panortodoxo,declinan acudir a él las Iglesias de Bulgaria, Antioquía, Serbia, Georgia y Moscú. Excepto Antioquía, las demás son Iglesias de área eslava. Afines en tal sentido a la Iglesia ortodoxa rusa. Si el metropolita Hilarión hubiera puesto tanto empeño en convencer a estas Iglesias para estar presentes en Creta como el que se trae con la zarabanda del consenso, es más que probable que el Concilio no hubiera conocido ninguna fisura; ninguna. Si eso no es dejar que las cosas corran a su aire y evitar poner remedio a tiempo, que baje Dios y lo vea. Dejémonos de historias que, más que aclarar, confunden. Si la Iglesia ortodoxa rusa quería de verdad acudir al Concilio, tiempo tuvo para convencer a los morosos o remisos o indolentes.

Pero no todo ha sido bailarle el agua al patriarca Kirill y al metropolita Hilarión. Valgan de ejemplo los testimonios de dos pesos pesados alineados con el Patriarcado Ecuménico. El primero es del 10 de junio, en el portal electrónico Romfea.gr. Teodoro II, patriarca de Alejandría y de toda el África, pedía a las Iglesias ortodoxas participar en el Concilio. Y en entrevista a la estación de radio 98,4, calificaba de histórico dicho Concilio, declarando también, ya de pasada -ojo-, que la Iglesia ortodoxa debiera estar lejos de intereses políticos, nacionales y raciales. A título de ejemplo, citó la Iglesia católica y el papa Francisco.

Y fue más lejos aún: « Es imposible imaginar que, al último momento, en razón de aspiraciones personales y de la amargura hacia el puesto del primado y el rol de coordinador del que goza el patriarca de Constantinopla, no venir al Concilio, aun cuando la decisión fue tomada por unanimidad! ». Y así proseguía Teodoro II todavía más contundente: « Es impensable hoy, cuando el mundo sufre, plantear la cuestión de saber quién se sienta dónde. Es difícil para toda la Iglesia decir « no », revocar su decisión», añadió el patriarca, para proponer seguidamente a los primados que expresan puntos de vista sobre la superioridad de ciertos pueblos, levantarse de sus sillas ornamentales y visitar África para que así comprendan el significado de los pobres y de los humildes de Cristo». Se podrá decir más alto, desde luego, pero no más claro. La cita del papa Francisco más arriba lo viene a corroborar cumplidamente.

Dos días después de Teodoro II, salía a la palestra en nombre de la Iglesia ortodoxa griega, su beatitud Jerónimo, arzobispo de Atenas y toda Grecia para opinar sobre la ausencia de ciertas Iglesias en el Concilio panortodoxo. Y a fe que tampoco se mordió la lengua expresando reproches indirectos a las Iglesias que declaran su ausencia del santo y gran Concilio en Creta. Su censura fue recogida por el periodista griego Georges Ferdis (diplomado del Instituto San Sergio) para el sitio griego Orthodoxia.info. « Puesto que nosotros hemos decidido comúnmente que el Concilio tendrá lugar, ¿cómo es que ahora cada uno puede decidir que él no vendrá?», se pregunta Jerónimo desde Chios, donde está pasando unos días.

Tras abogar por que el Concilio se desarrolle normalmente, con independencia de las ausencias, Jerónimo hizo saber claramente que la Iglesia de Grecia participará según lo convenido. Y prosiguió sin ambages: « ¡Estoy asombrado! Y lo digo porque nosotros decidimos comúnmente que el Concilio tendría lugar. ¿Cómo es eso de que ahora cada uno puede decidir que no vendrá? Cada uno es libre de decidir aquello que quiere, por supuesto. Pero, desde otro punto de vista, el Concilio no es panortodoxo, él es llamado «santo y gran Concilio». Por consiguiente, todos cuantos seamos (estemos presentes), haremos este Concilio».

Lo del sociólogo ruso Roman Silantyev -ex secretario ejecutivo del Consejo Interreligioso de Rusia y actual miembro del Departamento de Relaciones con las Iglesias Externas del Patriarcado de Moscú (es decir, un adjunto a Hilarión) a la agencia de noticias rusa Interfax, sosteniendo que los problemas que siguen amenazando a la organización del Concilio panortodoxo que debe celebrarse esta semana se han podido prever por presiones pro-estadounidenses -e incluso pro-islamistas- ejercidas sobre el Patriarcado de Constantinopla, tiene, hoy por hoy, poco recorrido. Dejemos a Obama en paz, que bastante penitencia tiene con haber dejado a la sufrida negritud de sus ancestros a los pies de los caballos, o carros de combate del ISIS. Y en cuanto a Erdogán, el asunto del jet derribado, junto a Siria, motivo del traslado de la sede del Concilio de Estambul a Creta, denota que su santidad Bartolomé I en ningún momento dio su brazo a torcer.

Eso de mandar recaditos por un subalterno no le ha de reportar ningún bien a su eminencia Hilarión, no señor. Sabe muy bien Hilarión, y lo sabe Kirill que no es rompiendo el cerco de la unanimidad, por donde podían ganarse el aplauso de las otras Iglesias ortodoxas, que, sin plegarse a caprichos, han decidido tirar hacia adelante, cueste lo que cueste, aunque tengan que subir las gradas del altar con la lengua fuera. El tiempo nos dirá quién tenía razón. Pero el testimonio de Teodoro II y el de Jerónimo II son irrebatibles. Sencillamente dicho con su beatitud Jerónimo: la palabra, una vez dada, hay que cumplirla. Pero con esto, estamos metidos de lleno en el corazón de la Sagrada Escritura.


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martes, 27 de mayo de 2014

Francisco propone “un nuevo modo” de ejercer el primado de Pedro en “comunión reconocido por todos”.


Católicos y ortodoxos firman una histórica declaración por la unidad en el Santo Sepulcro

"Tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios colaborando en nuestro servicio a la humanidad"

José Manuel Vidal, 25 de mayo de 2014.-

Mediante nuestro testimonio común de la Buena Nueva del Evangelio, podemos ayudar a los hombres de nuestro tiempo a redescubrir el camino que lleva a la verdad, a la justicia y a la paz.

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El rabino Skorka en el Santo Sepulcro

(José M. Vidal/ J. Bastante).- Gesto histórico sin precedentes. Francisco y Bartolomeorezan juntos en el Santo Sepulcro ante la tumba vacía por vez primera en la historia desde la división de las dos grandes ramas del cristianismo, firman una declarción conjunta y escuchan de la boca de Bergoglio la propuesta para ejercer de una manera nueva el primado de Pedro en aras de la unidad de todos los cristianos.

Pedro y Andrés se vuelven a abrazar, recordando el abrazo de hace 50 años entre Pablo VI y Atenágoras. ¿La unidad de los cristianos puede ser una realidad a corto plazo?

El Santo Sepulcro, dividido en múltiples estancias de las diversas confesiones se une por una vez. Coptos, armenios, etíopes, griegos, ortodoxos y católicos rezan unidos. Presididos por sus dos máximos líderes: Francisco y Bartolomeo. Ante el sepulcro, en torno al cual comenzaron guerras y divisiones, y desde el cual recomienza siempre la búsqueda de la unidad.

Suenan las campanas, esperando al Papa y al Patriarca, que llegan con una hora de retraso. Acaban de firmar una declaración conjunta por la unidad.

Bajan juntos las escaleras, agarrados de la mano: ninguno de los dos es joven, y sin embargo, asumen con ilusión la tarea de la reconciliación entre los seguidores de Jesús. En el lugar donde fue crucificado el Salvador.

Se nota que el Papa está visiblemente emocionado: es la primera vez que visita el Santo Sepulcro. Ambos oran en silencio, entre cánticos griegos, junto a la piedra en la que, según la tradición, fue alojado el cuerpo de Jesús. Más de un milenio después, no es una quimera ver a cristianos orar, celebrar, compartir en comunión los misterios de la fe.

Francisco observa con atención todos y cada uno de los rincones del Santo Sepulcro. Una estancia preciosa, que refleja como ninguna otra las distintas formas de vivir el Cristianismo. Y, también, la división que, a diario, impide que se celebren a la vez, en el mismo lugar, distintas liturgias ortodoxas, armenias, coptas o católicas.


El encuentro ecuménico arranca con un recuerdo emocionado a los 50 años del encuentro entre Atenágoras y Pablo VI, y una petición para que los seguidores del Señor trabajen juntos por la paz. "Bienvenidos Papa Francisco y Patriarca Bartolomeo, en la Gloria de Jesús resucitado", arranca el acto, que clama por la reconciliación entre los cristianos.

En los últimos 50 años hemos visto los frutos del diálogo teológico entre las confesiones cristianas, reconocen, pese a las diferencias. "Rezamos no sólo por la unión de nuestras confesiones, sino por la paz en el mundo, y particularmente por la paz en esta región", continúa el discurso de bienvenida del custodio del Santo Sepulcro, haciendo especial hincapié en Siria.

"No seamos hombres de muerte, seamos hombres y mujeres de Resurrección, de vida", afirma el Papa, quien reclamó un "apremiante llamado a la unidad. Todos sois mis hermanos".

"No podemos negar las divisiones que existen entre los discípulos de Jesús"

"A los 50 años del abrazo entre Pablo VI y Atenágoras, reconozcamos el paso tan importante para la unidad"

"Las diferencias no nos deben asustar ni paralizar nuestro camino"

"Como se removió la piedra del sepulcro, podrán moverse todas las piedras que iimpiden el camino de la comunión"

"Pidámonos perdón los unos a los otros por los pecados cometidos en los conflictos entre cristianos, y que tengamos el coraje de pedir y ofrecer nuestro perdón. Si no, no tendremos experiencias de nuestra Resurrección"

"Tengamos el coraje de entender la Iglesia como un diálogo con todos los hermanos en Cristo, para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva, y pueda hacer, en el contexto actual, un servicio de amor y comunión reconocido por todos"

"Nuestro recuerdo vaya para el Medio Oriente. En nuestra oración, tantos hombres y mujeres que en diversas partes del planeta sufren por la guerra, la pobreza o el hambre.Así como por la persecución de millones de cristianos por distintas causas. Cuando cristianos sufren juntos, se prestan unos a otros ayuda, se realiza un ecumenismo del sufrmiento, el ecumenismo de la sangre, que posee una particular eficacia, no sólo por el contexto, sino por la comunión de los santos, para toda la Iglesia".

"Cuando nos persigan por odio a la fe, no nos preguntamos si son ortodoxos o católicos: son cristianos. Es sangre cristiana"

"Hermanos queridísimos: abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, al espíritu del amor, para caminar juntos para que llegue el día de la comunión plena. Y que nos sintamos unidos en la oración que Jesús elevó en la víspera de su pasión. Que sean una sola cosa, para que el mundo crea. Y cuando la desunión nos haga pesimistas, caminemos todos bajo el manto de la santa madre de Dios"

El acto, como no podía ser de otra manera, concluyó con el rezo conjunto del Padre Nuestro.



Palabras del Papa en la celebración ecuménica


En esta Basílica, a la que todo cristiano mira con profunda veneración, llega a su culmen la peregrinación que estoy realizando junto con mi amado hermano en Cristo, Su Santidad Bartolomé. Peregrinamos siguiendo las huellas de nuestros predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, que, con audacia y docilidad al Espíritu Santo, hicieron posible, ha-ce cincuenta años, en la Ciudad santa de Jerusalén, el encuen-tro histórico entre el Obispo de Roma y el Patriarca de Cons-tantinopla. Saludo cordialmente a todos los presentes. De modo particular, agradezco vivamente a Su Beatitud Teófilo, que ha tenido a bien dirigirnos unas amables palabras de bienvenida, así como a Su Beatitud Nourhan Manoogian y al Reverendo Padre Pierbattista Pizzaballa, que hayan hecho posible este momento.
Es una gracia extraordinaria estar aquí reunidos en oración. El Sepulcro vacío, ese sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la resurrección: "No tengan miedo, ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho. Vengan a ver el sitio donde yacía y vayan aprisa a decir a sus discípulos: ‘Ha re-sucitado de entre los muertos'" (Mt 28,5-7). Este anuncio, confirmado por el testimonio de aquellos a quienes se apareció el Señor Resucitado, es el corazón del mensaje cristiano, trasmitido fielmente de generación en generación, como afirma desde el principio el apóstol Pablo: "Lo primero que les transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras" (1 Co 15,3-4). Lo que nos une es el fundamento de la fe, gracias a la cual profesamos juntos que Jesucristo, unigénito Hijo del Padre y nuestro único Señor, "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos" (Símbolo de los Apóstoles). Cada uno de nosotros, todo bautizado en Cristo, ha resucitado espiritualmente en este sepulcro, porque todos en el Bautismo hemos sido realmente incorporados al Primogénito de toda la creación, sepultados con Él, para resucitar con Él y poder caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4).
Acojamos la gracia especial de este momento. Detengámonos con devoto recogimiento ante el sepulcro vacío, para redescubrir la grandeza de nuestra vocación cristiana: somos hombres y mujeres de resurrección, no de muerte. Aprendamos, en este lugar, a vivir nuestra vida, los afanes de la Iglesia y del mundo entero a la luz de la mañana de Pascua. El Buen Pastor, cargando sobre sus hombros todas las heridas, sufrimientos, dolores, se ofreció a sí mismo y con su sacrificio nos ha abierto las puertas a la vida eterna. A través de sus llagas abiertas se derrama en el mundo el torrente de su misericordia. ¡No nos dejemos robar el fundamento de nuestra esperanza! ¡No privemos al mundo del gozoso anuncio de la Resurrección! Y no hagamos oídos sordos al fuerte llamamiento a la unidad que resuena precisamente en este lugar, en las palabras de Aquel que, resucitado, nos llama a todos nosotros "mis hermanos" (cf. Mt 28,10; Jn 20,17).
Ciertamente, no podemos negar las divisiones que todavía hay entre nosotros, discípulos de Jesús: este lugar sagrado nos hace sentir con mayor dolor el drama. Y, sin embargo, cincuenta años después del abrazo de aquellos dos venerables Padres, hemos de reconocer con gratitud y renovado estupor que ha sido posible, por impulso del Espíritu Santo, dar pasos realmente importantes hacia la unidad. Somos conscientes de que todavía queda camino por delante para alcanzar aquella plenitud de comunión que pueda expresarse también compartiendo la misma Mesa eucarística, como ardientemente deseamos; pero las divergencias no deben intimidarnos ni paralizar nuestro camino. Debemos pensar que, igual que fue movida la piedra del sepulcro, así pueden ser removidos todos los obstáculos que impiden aún la plena comunión entre nosotros. Será una gracia de resurrección, que ya hoy podemos pregustar. Siempre que nos pedimos perdón los unos a los otros por los pecados cometidos en relación con otros cristianos y tenemos el valor de conceder y de recibir este perdón, experimentamos la resurrección. Siempre que, superados los antiguos prejuicios, nos atrevemos a promover nuevas relaciones fraternas, confesamos que Cristo ha resucitado verdaderamente. Siempre que pensamos el futuro de la Iglesia a partir de su vocación a la unidad, brilla la luz de la mañana de Pascua. A este respecto, deseo renovar la voluntad ya expresada por mis Predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristo para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos (cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 95-96).
Peregrinando en estos santos Lugares, recordamos en nuestra oración a toda la región de Oriente Medio, desgraciadamente lacerada con frecuencia por la violencia y los conflictos armados. Y no nos olvidamos en nuestras intenciones de tantos hombres y mujeres que, en diversas partes del mundo, sufren a causa de la guerra, de la pobreza, del hambre; así como de los numerosos cristianos perseguidos por su fe en el Señor Resucitado. Cuando cristianos de diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia.
Santidad, querido Hermano, queridos hermanos todos, dejemos a un lado los recelos que hemos heredado del pasado y abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo, el Espíritu del Amor (cf. Rm 5,5) y de la Verdad (cf. Jn 16,13), para marchar juntos hacia el día bendito en que reencontremos nuestra plena comunión. En este camino nos sentimos sostenidos por la oración que el mismo Jesús, en esta Ciudad, la vigilia de su pasión, elevó al Padre por sus discípulos, y que no nos cansamos, con humildad, de hacer nuestra: "Que sean una sola cosa... para que el mundo crea" (Jn 17,21).