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miércoles, 6 de julio de 2016

“Corrupción”: relación entre el poder y el lucro.



José M. Castillo, teólogo

Ya he dicho, en este blog, que el espinoso asunto de la “corrupción” es un problema no solamente político, sino además religioso. Ahora doy un paso más. Y digo que la “corrupción” es el ataque más directo y más grave que podemos hacer al sistema político, económico, social, cultural y religioso en que vivimos. Quiero decir, por lo tanto, que si no se controla y se suprime el virus de la “corrupción”, ese virus acabará liquidando el sistema de sociedad, de convivencia y de creencias en el que vivimos. O sea, si este problema no se ataja de raíz, lo más probable es que la sociedad en que vivimos no tendrá futuro. Y conste que no sería la primera vez que esto ocurre. Ya tendríamos que haber aprendido, de los antiguos imperios, que se hundieron precisamente cuando menos lo esperaban sus tranquilos ciudadanos, los “corruptos” de entonces.

Me explico. El conocido historiador irlandés (profesor en Oxford) Peter Heather, en su voluminoso estudio sobre “La caída del Imperio Romano”, nos informa de que, en el siglo IV, no se percibía ningún signo de que aquel imperio estaba “a punto de derrumbarse”. Y, sin embargo, el derrumbe, cuando nadie lo esperaba, no tardó en producirse. Por supuesto, y como es sabido, los ejecutores del derrumbe fueron los “bárbaros”, que vinieron de fuera del imperio. Pero la verdadera causa de aquel derrumbe estuvo dentro, en el imperio mismo, cuando en aquel imperio de siglos se traspasaron con creces “los límites de la gobernanza”.

Sencillamente, se produjo lo que se ha denominado “la corrupción del sistema romano”. Que no fue otra cosa que el destrozo de la relación normal (y honesta) entre el poder y el lucro. Quienes eran designados para ocupar cargos de poder, utilizaban aquel poder, no para servir al imperio y sus ciudadanos, sino para robar a la gente indefensa. Esto ocurrió cuando el nepotismo resultó ser un componente del sistema. La cosa era tan simple como destructiva. Por lo general “el nombramiento para un cargo se aceptaba como una oportunidad para hacer el agosto, y se daba poco menos que por descontado que se produciría un moderado grado de malversación” (P. Heather). Lo cual, dicho de forma más clara y contundente, significa que, si para algo se inventó el Derecho romano fue para defender y asegurar la propiedad, al tiempo que, si para algo se ejercía el poder y los cargos públicos, era para robar esa propiedad a quienes les correspondía.

Como es lógico, en un imperio en el que se había instalado semejante contradicción, tal imperio se veía minado en sus cimientos y en sus raíces. Y así fue. Es verdad que hubo emperadores, como fue el caso de Valentiniano (364-375), que tomaron enérgicas medidas contra la “corrupción”, pero ni siquiera Valentiniano trató de cambiar el sistema. Porque lo decisivo no era castigar determinados casos de corrupción, sino atajar la raíz de tales comportamientos en todo cuanto se movía utilizando el poder y sus privilegios, no para servir a los ciudadanos, sino para robar a tales ciudadanos. Pero eso no se podía evitar desde el momento en que los cargos públicos en aquella sociedad no eran ocupados por las personas más competentes y honestas, sino por quienes gozaban de la desmedida preferencia que el emperador (y sus más allegados) daban a sus parientes, amigos o personas del propio partido, que eso – ni más ni menos – viene a ser el nepotismo. Pero, es claro, un sistema que funciona así, termina por destrozar sus propios cimientos. En el caso del antiguo Imperio, porque allí ya no mandaban los más competentes, sino los más ladrones. Allí, ya no funcionaba la correcta relación “poder – derecho”, sino la incorrecta relación “poder – lucro”. Y de sobra sabemos que, tal como funciona la condición humana, cuando el poder se emplea a fondo, no para defender el derecho de todos, sino el lucro de algunos, no ya los defraudados, sino el sistema entero se destroza a sí mismo.

¿Es esto lo que tenemos ahora entre nosotros y con nosotros? Mucho me temo que efectivamente es así. No ya sólo por lo que ha ocurrido en los últimos años y en las últimas elecciones generales. La cosa viene desde mucho antes. No sabría fijar desde cuándo. En cualquier caso, es evidente que llevamos ya varias décadas en las que hemos ido viendo y viviendo cómo hemos pasado del hambre a la opulencia. Pero este cambio, tan deslumbrante (a primera vista), se ha hecho y se mantiene a base de ocultar y camuflar una realidad de la que nos tienen que dar cuenta y explicación todos los que, desde el poder, han gestionado con más eficacia el “lucro” de ellos mismos que la “igualdad y la dignidad” de todos.

Y si esto ha sucedido así, es porque los cargos públicos han sido ocupados, no por los más honestos y competentes, los que se habían currado el cargo en unas pruebas exigentes y en unas oposiciones, sino por los más allegados y amiguetes de quien ha gestionado el poder mayor, sea cual sea su nombre o su color. En una sociedad gestionada así, se hace trizas la relación “poder – lucro”. Con esto quiero decir que el problema capital, que tenemos que afrontar en nuestro país en este momento, no está en acertar si debe mandar la derecha, el centro o la izquierda, si lo mejor es que nos gobierne este partido político o el otro. Eso es importante, por supuesto. Pero hay algo previo, que es lo que más urge resolver. Reducir al máximo posible la designación “a dedo” de cargos públicos. Solamente así podremos estar seguros de que quienes nos gobiernan ejercerán el poder, no para enriquecerse, sino para gestionar una sociedad más igualitaria, más humana y más justa.

Y todavía – si se me permite -, una observación. Cuando escribo algo, no puedo olvidar que he dedicado, y sigo dedicando, mi vida a la religión, a la Iglesia, a la teología. Por eso, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué papel ha desempeñado en todo este asunto la Iglesia? No quiero despachar esta pregunta tan grave lanzando las diatribas de siempre contra el clero y sus representantes. El problema es mucho más complicado. Si la Iglesia tiene alguna razón de ser, es porque prolonga en el tiempo y hace presente en cada lugar el Evangelio, la forma de vivir y las convicciones que nos dejó aquel modesto galileo, que fue Jesús de Nazaret.

Pues bien, si la Iglesia es eso y para eso, la pregunta que hay que hacerse (me parece a mí) es ésta: ¿Qué presencia ha tenido y tiene en España el Evangelio de Jesús? Si lo de Jesús significa algo para nosotros, es evidente que el Evangelio fue sumamente crítico con el uso que se hace del poder y del dinero. Pero de sobra sabemos que la Iglesia, en España, ha dado muestras, en demasiadas situaciones, de vivir más interesada en asegurar su dinero y su poder, que en identificar sus intereses con los intereses de los que carecen de poder y de dinero. La consecuencia ha sido que muchos ciudadanos de este país ven en la Iglesia religión y poder. Pero, ¿ven Evangelio? ¿sienten a Jesús presente entre nosotros? El día que esta pregunta tenga respuesta, ese día empezaremos seguramente a ver muchas cosas de otra manera.

miércoles, 8 de enero de 2014

El fútbol como símbolo patrio.


Para APIAVIRTUAL

Por Sascha Schmidt (*)

Alemania

He aquí un tema para pensar y no solo para sociólogos. Según un estudio publicado en Alemania, la selección nacional de fútbol es la mayor representación de la unidad del país, y con ella se sienten identificados todos los sectores de la sociedad. En esta nota una entrevista con el profesor Sascha Schmidt, coordinador del citado estudio.

Desde el Mundial de Fútbol del 2006 la selección alemana genera los movimientos de masas más grandes del país.

El estudio, adelantado por el ISBS (Institute for Sport, Business and Society) para la Federación Alemana de Fútbol (DFB), encontró que la selección es el más fuerte vínculo entre todos los ciudadanos, para los que su equipo nacional es motivo de orgullo, tanto en lo deportivo como en lo social, y símbolo del sentimiento patriótico.

Curiosamente, este es un fenómeno relativamente reciente cuya fuentes de origen fueron el Mundial del 2006, la nueva política de promoción de talentos jóvenes de la DFB, así como la participación de la selección en campañas de gran contenido social, entre ellas las dirigidas a combatir el racismo, o a apelar por la integración del inmigrante.Deutsche Welle conversó sobre todo esto con el profesor Sascha Schmidt, coordinador del estudio.

Profesor Schmidt, el estudio plantea la pregunta de si la selección de fútbol no es actualmente el cuarto poder en Alemania. ¿Cuán grande es el verdadero poder del equipo nacional en la sociedad alemana?

En Alemania nos encontramos en una sociedad muy dirigida a los individuos y cada vez menos al colectivo. La Iglesia, los sindicatos, y los partidos políticos, vienen perdiendo seguidores y la dimensión de su significado se reduce. Mientras tanto, el equipo nacional, y sus integrantes, tienen cada vez más adeptos y su capacidad de convocar a la sociedad ha venido creciendo.

¿Aplica eso para todos los sectores sociales?

No importa si mujer u hombre, pobre o rico, habitante del campo o la ciudad: no hay ninguna diferencia entre ellos cuando se trata de la selección de fútbol, con la cual todos se sienten identificados por igual. Curiosamente, cuando revisamos qué sector es el que más fuertemente se siente representado por el equipo nacional, nos encontramos con que es el de los inmigrantes.

¿Por qué?

La selección representa a ese país del cual ya son parte, o del cual pueden ser parte. El equipo nacional es apreciado como un instrumento de integración, como un colectivo permeable a través del cual los inmigrantes pueden ingresar a su nuevo hogar. Además, ella ofrece un tema del cual se puede hablar con los anfitriones desde la perspectiva de algo “nuestro”.

¿La selección ofrece un sentimiento de pertenencia?

Si, y también una experiencia colectiva que unifica, y que ninguna otra institución del estado está en capacidad de ofrecer. En nuestra sociedad hay la necesidad de vivir un “nosotros” que solo la selección de fútbol puede brindar.

¿Es este auge de la selección algo pasajero?

No creo que esto sea algo momentáneo, o producto de una moda. La gente se siente atraída por el éxito de la selección, pero en especial por su simpatía. A todos nos gusta ser parte del éxito, y también ser simpáticos.

¿Eso pese a que esta selección no ha ganado ningún título internacional?

Pero para el público alemán es un éxito estar siempre entre los cuatro primeros de los torneos que ha disputado. Ahora bien, las expectativas actualmente son muy grandes y no sabemos qué podrá pasar después del Mundial. Eso sí, si Alemania conquista la Copa del Mundo en Brasil la selección crecerá aún más como símbolo patrio, como representante de todos.

¿Qué se esconde detrás de ese apoyo a la selección: nacionalismo o patriotismo?

Acá estamos hablando de un patriotismo sano y positivo que por cierto apareció con gran fuerza durante el Mundial del 2006, cuando la gente se atrevió al amparo de la selección de fútbol a sentirse orgullosa de su país, sin la carga de culpa histórica tan arraigada en la sociedad cuando se trata de identificarse con ciertos símbolos. Ese fenómeno sorprendió a todos. Además, en los partidos de la selección no hay incidentes con la extrema derecha porque el equipo representa precisamente valores de integración contrarios a los suyos.

¿No es también de cierta forma preocupante que el más importante símbolo patrio alemán en la actualidad sea un equipo de fútbol?

En primer lugar uno debe estar contento de tener ya un símbolo patrio tan positivo de identificación y unidad. Claro, a largo plazo habrá que preguntarse por qué esto es así, por qué un jugador como Mesut Özil es más conocido por todos los alemanes, y tiene un contacto más fluido con ellos, que varios de los más importantes políticos del país. La DFB está muy consciente de su papel, y el de la selección; ellos saben que el fútbol puede mover muchas cosas, pero no todas, porque al final no es otra cosa que un deporte.+ (PE/El Arca/ DW.DE).

(*) Sociólogo.

Fuente: ApiaVirtual

viernes, 25 de mayo de 2012

Argentina: ¡Viva la Patria!


Oración por la Patria

Omnipotente Dios, que nos has dado esta buena tierra por heredad: Humildemente suplicamos tu ayuda para mostrarnos siempre como un pueblo reconocido de tu favor y gozoso de hacer tu voluntad. 

Bendice nuestro país con labor honorable, conocimiento íntegro y costumbres virtuosas. Guárdanos de toda violencia, discordia y confusión; de orgullo, arrogancia y de todo mal camino. 

Defiende nuestras libertades, y forja un pueblo unido de las multitudes que han venido aquí de las diversas naciones y lenguas. Inviste con el espíritu de sabiduría a quienes en tu Nombre confiamos la autoridad del gobierno, para que haya justicia y paz en el país y que, por medio de la obediencia a tu ley, manifestemos tu alabanza entre las naciones de la tierra.

En tiempo de prosperidad, llena nuestros corazones de gratitud, y en el día de la angustia, no permitas que nuestra confianza en ti desfallezca; todo lo cual te pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

(LOC p.710)