Mostrando entradas con la etiqueta estambul. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estambul. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de enero de 2020

Los regímenes árabes abandonan a los palestinos frente al gran Israel.

  

Si lo que pretendían anteayer Donald Trump y Beniamin Netanyahu era poner en evidencia la orfandad de los palestinos y la inconsistencia del mundo árabe, lo han conseguido. Los regímenes antaño defensores de la causa palestina han reaccionado con unánime tibieza ante el “plan de paz” atribuido al yerno de Trump. En realidad, una capitulación en toda regla que dejaría a los árabes con una sexta parte de la Palestina histórica, sin Jerusalén, sin soberanía, sin agua y sin futuro.
Omán, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos (EAU) se anti­ciparon al mandar a sus embajadores a la puesta de largo en Washington, como coartada árabe de un plan en el que los palestinos ni siquiera fueron consultados. Ayer, estos y otros gobiernos afines reaccionaron de forma no menos contemporizadora. Egiptoaseguró que “estudiará a fondo el proyecto”. Arabia Saudí celebró el plan y hasta la Liga Árabe apreció “los esfuerzos”. Pero también los saludó Qatar, que aun acogiendo la mayor base aérea de EE.UU.en la región, ha pagado hasta hora un alto precio por sus posturas propalestinas.

Riad, El Cairo o Dubái ya pueden apoyar que Palestina sea reducida a un bantustán sin temor a la calle

La única nota árabe discordante es la Siria de Bashar el Asad, cuya supervivencia no estaba prevista. Los demás regímenes de socialismo retórico pero laicismo real –como el Irak baasista o la Libia de Gadafi– han sido borrados del mapa y, con ellos, el nacionalismo panarabista del que la causa palestina era ingrediente esencial.
Cierto, Jordania es cautelosa, porque la mitad de su población es de origen palestino, pero los recientes acuerdos con Israel sobre el gas tapan bocas. Y Líbano e Irak, bastante tienen con lo suyo.
Así que la más sonora oposición al proyecto de Gran Israel, en el mundo musulmán, no llega del campo árabe, para escarnio de este, sino de Irán y Turquía.
“Es un plan que nace muerto”, han dicho los gobernantes turcos, cuyos ancestros administraron Palestina durante cuatro siglos. Más tajante ha sido Jamenei, líder supremo iraní, aliado de Hamas y Yihad Islámica de Hamas.
“Es el bofetón del siglo y acabará en el basurero de la historia”, ha sentenciado el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abas. Mientras que el jefe de los negociadores palestinos, Saeb Erekat, lo rechaza también desde Ramala como “un corta y pega del proyecto de Netanyahu y los colonos israelíes. Anexión y apartheid”.
Jared Kushner, el judío ortodoxo en casa de cuyos padres se hospedaba el joven Netanyahu cuando visitaba Nueva York, se encoge de hombros: “No se pueda decir que los líderes palestinos sean negociadores muy competentes, harán lo que han hecho siempre, que es fastidiarlo todo”.
DigDiga lo que diga el yerno de Trump, ningún dirigente palestino –ni siquiera el más corrupto que los actuales– firmará jamás la renuncia a sus derechos po­líticos, a cambio de inversiones. “Jerusalén no se vende”, repiten. De modo que todo seguirá igual, lo que explica que no haya habido una explosión de ira. De mo­mento.

Dicho de otro modo, Israel seguirá violando la legalidad internacional, con la única diferencia de que ahora EE.UU. será un cómplice todavía más explícito.

Pero para la ONU nada ha cambiado. Dan fe las innumerables resoluciones a favor de la creación de dos estados soberanos, con base en las fronteras de 1967.

A medio plazo, las componendas de Israel con los regímenes árabes más alérgicos al sufragio universal sólo agrandarán la imagen poco ejemplar de Turquía e Irán –y sus adláteres– entre los palestinos. Convertidos en ciudadanos de segunda en su propia tierra –dentro o fuera de Israel– y sedientos de democracia.

Para más inri, un juzgado holandés desestimó ayer la demanda de un ciudadano palestino-neerlandés contra el candidato a primer ministro Benny Gantz, por la pérdida de seis familiares en el bombardeo de Gaza ordenado por este en el 2014, cuando era jefe del Estado Mayor israelí.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Seguir vendiendo armamento a Arabia Saudí es inaceptable.



El asesinato del periodista Khashoggi en la embajada de Arabia Saudí en Estambul pone de manifiesto, otra vez, la naturaleza criminal del Estado wahabita. Si la ministra de Defensa ha declarado que la comunidad internacional “no puede mirar para otro lado” cuando existen vulneraciones de Derechos Humanos “de este calibre” y ha recalcado que no se puede permanecer ajeno a situaciones como la vivida en el consulado de Estambul, ¿a qué espera para cesar todo acuerdo de venta de armas a este Estado integrista y asesino tal como ha propuesto Alemania?

Las armas y las bombas son para matar; no existen las armas “inteligentes” y la gran mayoría de las víctimas de los conflictos bélicos son civiles, como evidencia el resultado de la guerra en el Yemen, destinatario del comercio ilícito con Arabia Saudí: más de 16.000 muertos, resultado de bombardeos criminales de hospitales, escuelas, mercados y mezquitas y la mayor crisis humana de todo el planeta, que mantiene en riesgo la vida de centenares de miles de personas por hambre, sed y enfermedades causadas por la guerra.

El temor a la ruptura de acuerdos comerciales con este país no puede legitimar el continuar vendiendo artefactos de guerra que van a ser empleados contra la población civil, por mucha preocupación por la “carga de trabajo” en Astilleros que se esgrima. Las cinco corbetas que Navantia va a vender a Arabia Saudí no son, como el avión de transporte 400M, artefactos de doble uso, civil y militar, sino herramientas de guerra. La flota saudí es un pilar fundamental en la actualidad para mantener el criminal bloqueo a la población civil yemení que la priva de medicinas y artículos de primera necesidad.

El Gobierno español tuvo un ataque de honestidad y paralizó inicialmente la venta de bombas (más de 9 millones de €) a Arabia Saudí. Pero ha cedido al chantaje. En el conflicto de intereses entre el derecho al trabajo y los derechos fundamentales a la vida y a la libertad, no debiera haber dudas.

Pero es que es una contradicción en buena medida inducida. En primer lugar, por hacer depender la carga de trabajo en exclusiva de los contratos con un régimen criminal, los cuales siempre se pueden poner en cuestión incluso internacionalmente, como ahora se ve. Y, en segundo lugar, porque Navantia ha optado por la fabricación exclusiva de buques de guerra en todos sus astilleros, desconsiderando otras opciones viables y civiles para conseguir carga de trabajo en los mismos. Lo demuestra la pérdida del quinto petrolero en Puerto Real y la nula gestión de su departamento comercial para buscar nuevas e innovadoras vías de trabajo.

El Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA), adoptado en la ONU en 2013 y apoyado por España, prohíbe la venta de armas si, en el momento de la autorización, como es este caso, el Estado tiene conocimiento de que las armas “podrían utilizarse para cometer genocidio, crímenes de lesa humanidad, infracciones graves de los Convenios de Ginebra de 1949, ataques dirigidos contra bienes de carácter civil o personas civiles protegidas como tales, u otros crímenes de guerra tipificados en los acuerdos internacionales en los que sea parte”.

La deconstrucción naval y la energía eólica off shore son dos alternativas entre las posibles y necesarias para la “carga de trabajo” en los astilleros de Cádiz, que harían innecesaria la deriva belicista de construir barcos destinados a la violación de los derechos básicos de las personas.

De esta forma, contribuiríamos a desarrollar una cultura de paz, resolveríamos déficits ambientales importantes y ofreceríamos un buen puñado de puestos de trabajo para hacer sostenible a la construcción naval y conseguir descender las escandalosas cifras de paro que padece nuestra población. Además, pondríamos coto al escandaloso incremento de las exportaciones de armas que sigue nuestro país.

Hay que dejar de colaborar con una monarquía autocrática medieval, que vulnera todos los derechos humanos y promueve el fundamentalismo salafista y el terrorismo islamista, por muy amiga y generosa que sea o haya sido con la casa real borbónica.