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martes, 1 de noviembre de 2016

"Morir y resucitar en Cristo, con cremación y sin tumbas vacías"


Juan Masiá

"No consiste en la inmortalidad de un alma separada, ni en la recuperación del cuerpo cadáver"

Ni la cremación impide la resurrección, ni hace falta una tumba vacía para creer en El Que Vive. Morir es morir hacia la Vida. Resucitar es entrar en la Vida definitiva, en la Vida de la vida.

Morir y resucitar en Cristo es la expresión de la fe cristiana en la vida verdadera y eterna, que no consiste en la inmortalidad de un alma separada, ni en la recuperación del cuerpo que se convirtió en cadáver y fue cremado o enterrado.

Se expresa bien el umbral de la muerte con la metáfora de la puerta. La muerte es puerta de salida de esta vida y puerta de entrada en la Vida de la vida. La salida de esta vida, es decir, la muerte es un hecho histórico, acreditado por el certificado de defunción. La entrada en la Vida de la vida no es un hecho histórico, sino transhistórico: la resurrección.

La resurrección es la interpretación de fe del sentido de la muerte. Desde el lado de acá del umbral de la muerte podemos certificar el hecho histórico de la defunción. Pero la realidad transhistórica de la resurrección no se puede certificar como hecho histórico; se da testimonio de ella como confesión de fe.

Para poder certificarla desde el otro lado de la puerta, es decir, para mostrar que esa puerta es puerta de entrada en el más allá, la que se ve como puerta de salida desde el más acá, tendríamos que estar ya en la otra orilla, es decir, tendríamos que haber muerto y resucitado.

Pero la fe puede afirmarlo, porque creer es haber muerto: la fe y la contemplación son como una muerte en vida. Pablo puede afirmar la resurrección desde su confesión de fe, porque como él dice, creer en Cristo es haber muerto y resucitado ya ahora (Col 3, 1). Lo mismo que, según el evangelista Juan, quien vive y cree en Cristo, no morirá nunca ( cf Jn11, 26). (¡También en la vivencia del Zen se solapa la iluminación con una gran muerte en vida!).

Jesús muere en cruz hacia la Vida y entra en ese momento en el "hoy eterno de Abba", desde donde difunde su Espíritu. No necesita tumbas vacías para justificar que Él Vive, ni tiene que esperar tres días para resucitar, ni semanas para ascender a Abba y descender como Espíritu: muerte, resurrección, ascensión y pentecostés son todo un mismo instante, que la proclamación narrativa de la fe desplegará temporal y espacialmente en el lenguaje simbólico de apariciones pascuales o pentecostales.

"Morir es nacer a la vida verdadera. Morir a la vida de este mundo es nacer a la vida definitiva..." (Ver más, en las páginas 181-188, de Vivir. Espiritualidad en pequeñas dosis, Desclée de Brower y Religión Digital Libros, 2015).

martes, 17 de noviembre de 2015

Vivimos el Dios que imaginamos.



Vivir un Dios adaptado a nuestro antojo, supone en definitiva no vivir la vida cristiana desde la bendición y la perspectiva que Él quiere para nosotros.


Nuestra mente suele jugarnos con facilidad malas pasadas. No siempre somos verdaderamente conscientes de ello, porque en ocasiones el juego es realmente sutil y está ampliamente generalizado entre nosotros, pero ciertamente, cuando llegamos a verlo, aunque sea en una pequeña medida, alcanzamos a vislumbrar un pequeño destello acerca de cuán errados podemos estar sobre ciertas cosas. Con Dios no pasa algo distinto. 

La Biblia nos muestra cómo es Dios y Su carácter. Su mensaje es claro en lo esencial, pero complejo por profundidad y porque nosotros, aun con todas nuestras posibilidades y al 100% de nuestra mente nunca podremos llegar a alcanzar la altura, profundidad y anchura de Dios y del amor que ha mostrado por nosotros. 

En ese sentido, como mucho, podremos hacer un cierto nivel de aproximación, pero no podemos seriamente tener la expectativa de que podremos alcanzar la plenitud de ese conocimiento (no solo intelectual, sino eminentemente personal y emocional) en esta vida. Eso es algo que nos será completamente manifiesto cuando estemos completamente en Su presencia. Entonces y solo entonces seremos capaces de verle realmente tal y como él es, aunque procuramos desde aquí empezar a conocerle y ser cada vez más a la imagen de Cristo. 

Lo que nosotros hacemos con todas las cosas, y con Dios también, es una representación de la realidad, pero no una fotografía exacta. Esto es un mecanismo que nuestro cerebro pone en marcha por una cuestión de simplicidad y practicidad. Es decir, nuestra mente selecciona qué parte de la información que recibimos a través de nuestros sentidos es relevante para desarrollar nuestra actividad en ese momento y el resto, si no la eliminamos, al menos la dejamos relegada en un muy segundo plano. Hacemos lo que se llama atención selectiva y lo hacemos permanentemente. 

Simplemente, es nuestra forma de funcionar. Esto sucede también cuando, sin querer o queriendo, seleccionamos aquella parte de la información que recibimos que responde más o mejor a nuestras propias teorías, clichés y prejuicios. Y la que no encaja, simplemente, es descartada o relegada. 

Esto que, a simple vista, entendemos como algo práctico y a seguir realizando, en lo referente a la fe y a la vida cristiana nos pone en un serio condicionante: No hay parte de Dios que Él no quiera que conozcamos. No hay facetas de Dios que sean más o menos relevantes. No tenemos un Dios que podamos amoldar a nuestra forma de ver la vida o a nuestros propios prejuicios. Y mucho más grave aún, no podemos construirnos un Dios que responda u obedezca a nuestros intereses personales. 

Las consecuencias que trae para nosotros una visión de Dios parcial son que nuestra madurez y crecimiento también lo serán. Nuestra confianza será parcial porque nuestra fe en Sus promesas no será completa tampoco. Vivir un Dios adaptado a nuestro antojo, hágase esto con mayor o menor intención, supone en definitiva no vivir la vida cristiana desde la bendición y la perspectiva que Él quiere para nosotros. Pero yendo aún más lejos, cuando nuestra visión de Dios está distorsionada terminamos viviendo justo el Dios que nos hemos creado: 

Cuando creemos que tenemos un Dios tirano, vivimos la vida cristiana desde el miedo y la incertidumbre, a la espera de cuándo llegará el brazo inconsciente de ese “Dios” mezquino que parece disfrutar haciéndonos sufrir. Cuando creemos en un Dios distante, ni siquiera nos proponemos acercarnos en oración. Y simplemente confirmamos esa profecía autocumplida en la que Dios parece no hablarnos, luego debemos darle igual. 

Cuando creemos en un Dios bonachón que todo lo permite y que todo lo perdona, vivimos la vida cristiana como si no hubiera un juicio, como si no fuésemos responsables, como si no tuviéramos, en definitiva, que dar cuentas. Y en ese momento perdemos la urgencia de comunicar a otros que, de no agarrarse al sacrificio de Cristo, se perderán sin remedio. 

Cuando creemos en un Dios justo pero no misericordioso, caemos en el legalismo y en vivir nuestra vida poniendo los ojos en las vidas de los demás. O bien, aplicándolo a nosotros mismos, viviremos desde la profunda depresión que se genera al saber que seremos castigados pero no tenemos opción posible de remisión. 

Cuando creemos en un Dios negligente o despistado, le atribuimos a él nuestras propias torpezas y pensamos, en el fondo, que Dios no está pendiente de nosotros ni de lo que hacemos. La contradicción está servida porque pensamos que, al fin y al cabo, tiene tanto y tan importante de qué ocuparse que cómo va a detenerse en cuestiones menores como somos nosotros. Y así sucesivamente. De hecho animo al lector a que piense qué tipo de imagen tiene de Dios y que analice cuántas de las cosas que se producen en su forma de vivir su día a día como cristiano vienen condicionadas, precisamente, por esa misma visión. No podemos vivir una plena vida cristiana cuando seguimos prefiriendo a un Dios parcial…parcialmente presente… parcialmente completo… parcialmente divino… totalmente conveniente… para un cristianismo parcial.

martes, 14 de julio de 2015

Compartir convicciones.



Con frecuencia nos interrogamos acerca de cómo hacer comprensible nuestra fe cristiana en un entorno altamente secularizado. Esbozamos respuestas y desarrollamos nuevos proyectos evangelizadores, pero la realidad continúa siendo tozuda y los resultados poco esperanzadores.

¿Quizá deberemos aprender a contextualizar mejor el mensaje? ¿No estaremos aplicando principios generales a situaciones concretas? Vivimos una realidad global y tendente a la homogeneización y, simultáneamente, fragmentada, atomizada… en todos los ámbitos: la especialización del conocimiento científico, la pluralidad ideológica, el mosaico étnico y multirreligioso resultado de los procesos de inmigración, los diferentes estatus socioeconómicos…

Más que de realidad, hoy tenemos que hablar de realidades múltiples. Y de nuevo las preguntas: ¿cómo hacernos entender en el contexto plural en el que nos desenvolvemos? ¿es válido un idéntico discurso, cuyo a priori es la uniformidad, cuando la sociedad se halla altamente diversificada?

Quedan atrás los años del proselitismo en los que el imperativo era llenar las iglesias. Hoy la increencia se ha instalado en grandes segmentos sociales y, aún manteniéndose la dimensión espiritual innata en el ser humano, éste busca su satisfacción al margen de las instituciones religiosas históricas, cada vez más desacreditadas y, por ende, más vacías. También quedan atrás los años del discurso argumentativo, intentando demostrar los postulados de la fe, muchos de los cuales, por su propia naturaleza, escapan de la objetividad científica o histórica.

Con todo, la secularización no significa la desaparición de la dimensión espiritual de la persona. Más bien, su transformación. En nuestro contexto, la religiosidad ya no se halla mediatizada por las instituciones o autoridades religiosas, sino por el propio individuo y su búsqueda, muchas veces personal, de sentido; de ahí el crecimiento y desarrollo de las llamadas nuevas espiritualidades (religiosas o laicas). Ello nos invita a reflexionar y emplear algunas de las posibilidades que, sin duda, nos depara nuestro tiempo histórico para compartir nuestras convicciones.

Partir de la realidad de las personas a las que nos dirigimos. Hoy poco puede lograrse sin el compromiso del propio mensajero. Se requiere partir de la realidad, lo que comporta colocarse al lado de la persona o grupo concreto, acompañar su caminar existencial y, desde su situación específica, atender sus necesidades vitales, de nuevo plurales, como pueden ser las de orden material (en las que se hallan tantas personas como resultado de la crisis económica de los últimos años), de orden psicosocial (soledad, marginación, desánimo…) o de orden trascendente (carencia de sentido, dudas espirituales…). El mensaje creyente debe incardinarse en la experiencia, expectativas y necesidades de las personas. Habrá que acercarse a los espacios en donde la vida duele, de lo contrario, tanto la credibilidad del mensaje como del mensajero será puesta en tela de juicio.

El punto de partida no puede ser otro que la realidad existencial de cada persona. Aquello que le preocupa o por lo que se interroga. Cuando aún muchas personas continúan estableciendo una asociación entre cristianismo y pertenencia a una estructura eclesial, habrá que deshacer ideas preconcebidas y explicar que ser cristiano es practicar el evangelio, seguir a Jesús, adquirir compromisos de transformación de las situaciones injustas, amar…; que no es lo mismo tener creencias y convicciones que participar en actos religiosos de los que muchas personas se han alejado.

Encarnación de los valores cristianos. A la hora de describir nuestro momento histórico, no podemos tampoco omitir lo que el filósofo italiano Giani Vattimo describe como pensamiento débil o el sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman, como sociedad líquida. Se han desvanecido las grandes verdades, vivimos instalados en fuertes dinámicas de cambio, todo es volátil, las fronteras psicosociales son mucho más permeables que antaño, la interrelación osmótica de diversos colectivos genera una porosidad en la forma de percibir y comprender la realidad.

Es cierto que todo ello ha instalado a grandes sectores de la población en una especie de nihilismo y despreocupación en relación con las cuestiones trascendentales; pero esta mutua influencia entre personas o colectivos abre la posibilidad de influir en nuestro entorno mediante la transmisión de la axiología del Reino de Dios. Transmisión que deberá apoyarse en la ejemplaridad. Los valores, por su propia naturaleza (referentes de conducta), han de ser transmitidos no tanto por medio del discurso (de muy limitado alcance en muchos colectivos) sino mediante su encarnación en quien los proclama.

Humildad. Sin relativizar el mensaje, quizá se requiere también un punto de humildad (en el sentido de sustituir el dogmatismo fácil y la respuesta estereotipada y aprendida frente a cualquier tipo de demanda relacionada con cuestiones espirituales) y también de reconocimiento de que no siempre poseemos respuestas objetivas, como es propio en el ámbito de la ciencia. Frecuentemente, más que saber, los creyentes creemos y/o esperamos.

Compromiso. La iglesia tiene que desarrollar su teología desde la praxis. Debe comprometerse en la transformación del mundo, mediante la proclamación del Reino de Dios, sin caer en los falsos optimismos antropológicos. Debe denunciar las injusticias sociales y económicas, los casos de corrupción, la doble moral… Desmond Tutu señalaba que permanecer neutral delante de la injusticia es escoger el lado de los opresores. Debe presentar a Dios como Jesús lo reveló, evitando imágenes culturalmente distorsionadas que difícilmente pueden ser asumidas. Debe colocarse al lado de los últimos mediante experiencias de solidaridad.

Cada época histórica requiere su interpretación de los signos de los tiempos y, tras su discernimiento, hallar la manera de responder a la demanda bíblica de ser sal y luz en medio de su contexto que, sin duda, también ofrece sus posibilidades.