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viernes, 31 de mayo de 2019

Mujeres sacerdotes, mujeres imanes, mujeres rabinas.



por Juan José Tamayo. Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” de la Universidad Carlos III de Madrid


Las religiones siempre se han llevado mal con las mujeres. Es proverbial su misoginia, que las conduce, por lo general, a excluir a las mujeres del espacio de lo sagrado y de toda responsabilidad en las esferas del poder y del saber. ¿Será que prohibe Dios a las mujeres el acceso a lo sagrado por su impureza, así como al sacerdocio, al imamato y al rabinato porque no pueden representar a la divinidad?

El libro de la escritora Yolanda Alba Sacerdotas. La mujer en las diferentes liurgias y religiones (Almuzara, Córdoba, 2018) responde negativamente a esta pregunta. Y lo hace no a la ligera, sino a través de un detallado y riguroso recorrido por la historia de las religiones desde las antiguas civilizaciones, del Nilo al Eúfrates, los cultos romanos, las druidesas celtas, pasando por el judaísmo, el cristianismo, el islam, el budismo, el hinduismo, las religiones africanas, las culturas y religiones de Indoamérica, Amerindia y Afroamérica. Y así hasta el siglo XXI donde la autora busca -y encuentra- a mujeres rabinas, imames, sacerdotes, pastoras, obispas, ayatolás y sacerdotisas.


Ahí radica uno de los principales méritos de este libro: en que, frente a la pereza de muchos historiadores de las religiones a la hora de investigar sobre el papel fundamental de las mujeres en el terreno religioso, Yolanda Alba no se queda en la superficie y en los estereotipos patriarcales, sino que indaga, investiga, inquiere, busca –uso intencionadamente los cuatro verbos- hasta encontrar el lugar protagónico que corresponde a las mujeres en el mundo de lo sagrado.


La autora ofrece un análisis dialéctico. Por una parte subraya el empoderamiento de las mujeres que se rebelan contra la marginación a la que se ven sometidas por el poder religioso en manos de los hombres. Por otra, constata su papel subalterno y dependiente a partir de la de la inferioridad femenina, que se naturaliza y legitima apelando incluso al acto creador de Dios.
¿Mujeres sacerdotes, imames, rabinas? Por supuesto que sí, responde Alba. Y no como un capricho o privilegio feminista –el feminismo no defiende caprichos ni privilegios, sino derechos iguales-, sino como una legítima reivindicación en plena sintonía con la existencia de mujeres sacerdotes en todas las religiones a lo largo de la historia, con las reivindicaciones de igualdad del feminismo y con los movimientos feministas dentro de las religiones.


Hay una pregunta que recorre toda la obra: “¿Y si Dios fuera mujer?”. Quizá lo sea y la mayoría de las religiones lo han ocultado, al contar la vida y la historia de Dios y de los dioses desde la perspectiva del varón, al pasar del matrismo al patiarcado. “La historia y la teología patriarcal –afirma Yolanda Alba- omiten cualquier clase de información relacionada con la conquista de la diosa y la destrucción de la cultura que floreció en el pasado: la historia de esa época se enterró y solo ha surgido en la última mitad del siglo XX” (p. 83).


Incluso en los textos de los monoteísmos masculinos encontramos el rostro femenino de Dios, que fue ocultado por las tradiciones patriarcales y por las interpretaciones androcéntricas. La Biblia hebrea es un buen ejemplo de las imágenes femeninas con las que se presenta a Dios. Un ejemplo entre muchos: la Sabiduría como creadora con Dios. La lectura feminista de los textos considerados sagrados de las religiones ayuda a recuperar dicho rostro.


Tras la lectura de esta excelente obra, me pregunto: ¿Es posible la existencia de una religión sin misoginia, sin discriminación de las mujeres? ¿Es posible una religión organizada desde la igualdad y la justicia de género? Es posible y necesario, pero no podemos negar que resulta difícil por la resistencia del patriarcado religioso, que presenta a Dios con atributos varoniles y convierte al varón en masculinidad sagrada, conforme a la afirmación de la pensadora feminista Mary Daly : “Si Dios es varón, el varón es Dios”.


Es esta afirmación la que ha inspirado mi teoría sobre “Dioses varones-masculinidades sagradas-inferiorización de las mujeres, que desarrollaré en mi libro de próxima publicación.
Pero no por difícil resulta imposible. Tenemos ejemplos en los movimientos de mujeres que resisten al patriarcado en el interior de las religiones y se organizan autónomamente, y en las numerosas experiencias igualitarias que se dan en las comunidades religiosas.


El feminismo como teoría crítica de la sociedad patriarcal, como movimiento social y como revolución reivindicativa de la subjetividad de las mujeres, constituye una excelente aliado para el objetivo de la creación de religiones y movimientos de espiritualidad, pensados organizados y vividos sin discriminación por razones de género, etnia, cultura, creencia religiosa, clase social, identidad sexual y discapacidad. A su vez, las religiones igualitarias son las mejores aliadas de las luchas feministas.


Me parece un signo esperanzador en el cambio de paradigma que se está produciendo en las religiones el que un colectivo de mujeres pertenecientes a diferentes congregaciones religiosas católicas apoyaran este año la huelga del 8 de marzo y se incorporaran a las multitudinarias manifestaciones del tan revolucionaria efemérides.


Estoy seguro de que el libro de Yolanda Alba contribuirá al cambio de paradigma que se está produciendo en la sociedad y que debe producirse en las religiones: de la discriminación a la igualdad y a la justicia de género. Mi felicitación a la autora y mi invitación a que lean el libro los teólogos y dirigentes religiosos varones de las diferentes tradiciones religiosas y movimientos espirituales. Seguro que les (nos) ayudará a quebrar cráneos ideológicamente endurecidos, a liberarse (nos) de las estructuras mentales patriarcales excluyentes en que con frecuencia suelen (solemos) estar cómodamente instalados y a abrir nuevos horizontes inclusivos fraterno-sororales.


¿Significa dicha liberación perder derechos? En absoluto. El único derecho que está aquí en juego es el de la igualdad entre hombres y mujeres. Y en la medida en que lo recuperen las mujeres, se habrá conseguido plenamente. Lo más contrario a los derechos humanos es la actual desigualdad abismal de género en las religiones, a decir verdad, en una más que en otras.
Con afirma Mary Wollstonecraft en su libro Vindicación de los derechos de la mujer, de 1792, pionero del feminismo filosófico, “las desigualdades entre los hombres y las mujeres son tan arbitrarias como las referidas al rango, la clase o los privilegios”.
¿Significa esa liberación la pérdida de privilegios de los hombres? Sin duda. Y ellos deberían ser los primeros en desprenderse de dichos privilegios -que no pueden confundirse con derechos, por mucho que sea el tiempo en que vienen disfrutándolos injustamente. Mejor desprenderse de ellos, antes de que se los quiten.


Termino con una apelación al feminismo, en este caso aplicado a las religiones, que es una de las mejores – por no decir la mejor- mediaciones teóricas y prácticas para conseguir la igualdad (no clónica) y para eliminar los privilegios.
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Juan José Tamayo:
Sus últimos libros son: ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, 2018); Religión, género y violencia (Dykinson, Madrid, 2019, 2ª ed., 2ª reimpresión); De la iglesia colonial al cristianismo liberador en América Latina (Tirant lo Blanch, Valencia, 2019)

viernes, 23 de agosto de 2013

La mujer en las religiones.


Honorio Cadarso

Se trata de una entrevista a Michel Cazenave, antropólogo de las religiones y especialista en sicoanálisis publicada en Le monde des religions, que traduzco para ATRIO.

–¿Cómo analizar la misoginia de tantas y tantas tradiciones religiosas?

–Hasta donde sabemos, siempre son las mujeres las que transmiten la conciencia religiosa y la aprensión de un Infinito que sobrepasa desmesuradamente a la humanidad. Cuando el sicoanalista L. Lacan intenta definir el “placer sobreañadido”, que sería el de las mujeres, hace referencia a Teresa de Ávila y subraya que entramos en el territorio de la mística. Igualmente Carlos Gustavo Jung repetirá que justamente por la dimensión femenina nos abrimos a la que él llama presencia del Ser, es decir, la imagen de lo divino que vive en todos nosotros con mayor o menor intensidad.


Ahora bien, precisamente eso es lo que generalmente los hombres no han aceptado, al reescribir la historia a su conveniencia para justificar más cómodamente su toma del poder y más en particular la historia de las ideas y de las creencias.

Es así como Medea, a pesar de ser hija del Sol, va a convertirse en una horrible bruja; y como Medusa, hasta incluso según el mismo Freud, se va a convertir en el objeto de terror que todos sabemos; que las supervivencias de los viejos cultos femeninos del neolítico van a ser masacradas por las carnicerías en las que serán inmoladas tantas mujeres en el Renacimiento o en el siglo XVII… Después de todo, si las mujeres están en relación con el cielo, también pueden estarlo con las potestades del infierno hacia las cuales (¿quién lo habría creído?) les empujaría su sexualidad y hasta su mismo estatuto ontológico.

Es así como Hesíodo habla ya de Pandora, la primera mujer, como de una “bella desgracia”. Le espera el retorno del reino de Saturno, un período de abundancia en que los hombres vivían tranquilamente entre ellos, sin la presencia y control de las mujeres que les obligasen a trabajar, y este es un tema recurrente en la literatura grecolatina. Por eso, en fin, la tradición monoteísta, tal cual la hemos heredado, va a hacer remontar el pecado original a nuestra tatatatarabuela Eva que entre nosotros no recobrará su redención más que en una cierta imagen de María, según el juego de palabras capicúa que definiría que por su Ave la Virgen ha vuelto del revés el nombre y con ello la maldición de Eva.




–¿Este desprecio de la mujer es universal?

–Desgraciadamente, parece que sí. Muy pronto nos hemos dado cuenta de que toda la alquimia taoísta, aunque aboga por la complementariedad del hombre y la mujer en la práctica, tiene como fin absoluto garantizar la longevidad y el desarrollo del hombre. De la misma manera que entre los seguidores del tantrismo de India, de nada les vale considerar que la Diosa es lo Indiferenciado absoluto de donde todo ha salido, el Brahman, la mujer es definida siempre en relación al hombre: su padre, su marido, su hermano, el cual hombre se mantiene siempre como polo de referencia. Y si el mundo ha sido realidad, según los Vedas, los textos sagrados del hinduismo, por el poder de la diosa Vac, la Palabra “encarnada”, ello no impide que la oración del sacerdote vale más que la de la sacerdotisa. Una mujer, es bien sabido, no para de hablar. Por su silencio, el hombre parece acercarse más a esa zona inaccesible en la que habito Ello, que es a la vez el ser y el no ser.

Es como si los hombres tuviesen tal terror del poder de la mujer, que considerasen absolutamente necesario suplantarlo con su propio poder. Es como si les fuese necesario un golpe para afirmar su dominio, aunque fuese bautizarlo desde Aristóteles hasta el siglo XIX con fisiologías inventadas pero que se vendían como rigurosamente científicas. El desprecio en que eran mantenidas las mujeres no es la más pequeña de las paradojas, cuando uno recuerda que Jesús, por ejemplo, se detuvo a charlar largamente con la Samaritana, a la que salvó del adulterio, o que se apareció a María de Magdala, y que, según nos cuentan los evangelios, tuvo por única compañía al pie de la cruz a mujeres.

–En tal contexto, ¿cómo explicar la persistencia de representaciones femeninas de lo sagrado?

–Cuando la religión se ha sentido en peligro, se ha vuelto hacia las mujeres, sin duda porque sabía que en el fondo ellas le son mucho más fieles, en el sentido original de esta palabra, que los hombres. Así cuando Roma no sabe ya a qué santo encomendarse frente a los cátaros y los valdenses, y luego frente a los cismas que la van a desgarrar, o la división de los Papas de Avignon que se prolongan hasta el siglo XV, son las grandes místicas desde Angela de Foligno a Catalina de Siena, pasando por Angela de Montefalco, por las beguinas o por Hadewigch de Amberes las que asegurarán su perennidad. hasta que pasado el peligro, los clérigos retoman el poder y vuelven a imponer de nuevo el orden del claro y cristalino pensamiento masculino. Estos años, con todo, son en los que especialmente en las filas franciscanas se verá florecer el culto de “Jesús nuestra Madre” que conocerá su apogeo al final de la Edad Media.

¿Sería desde que los hombres oscuramente y sin querer barruntaban en el fondo de sí mismos, desde el punto y hora en que se trata de comprobar, más que de recordar intelectualmente las estructuras de aquello que los antepasados llamaban el alma del mundo; será desde el punto y hora en que se trata de abrirse a aquello que San Basilio llamaba ya las “energías” de Dios, a través de las cuales El se manifiesta en su esencia comunicable permaneciendo sin embargo oculto en su esencia no comunicable, algo que en cierta manera no está muy lejos del retrato de la Sabiduría de la Biblia, de ciertas consideraciones de la Kábala o de la declaración de Ibn´El Arabi según la cual “la mujer es la forma más bella de Dios sobre la tierra”; sería esto pues lo que los hombres presentían más o menos que, por constitución a la vez corporal, síquica y espiritual, las mujeres mantenían un contacto que, sin embargo, (¿cómo podríamos saberlo? era preferible salvaguardar, con el “Por-encima-de-todo”?

Cómo explicar mejor que en la Francia del Sudoeste donde yo nací y donde el anticlericalismo ha conocido épocas de esplendor haya sido el minúsculo rebaño de las mujeres que asistían a misa los domingos y mantenían vivas las rogativas por las cosechas de las que se tenía tan gran necesidad, mientras los “cabezotas” de sus maridos les esperaban solazándose en el café, excepto en las fiestas mayores con volteo de campanas de Navidad, Pascua y la Asunción de la Virgen, sigue siendo cierto que la gestión de lo Invisible les estaba reservada. Con la idea de que si los hombres se ocupaban de las cosas serias de la tierra, dos precauciones valían más que una, y, aunque en público se profesase una cosa, era preferible no insultar excesivamente algo que no se podía ni dominar ni comprender. ¿Viejo vestigio de un “matriarcado pirenaico”? Pero estas persistencias a lo largo de siglos, o tal vez milenios, ¿no nos indican que las mujeres son las guardianas del tesoro y que ellas han dado vida a estas hadas que, testigos de otro mundo, velan sobre nuestra suerte, –a veces, preciso es reconocerlo– por nuestra más trágica desgracia?

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Caras de lo femenino sagrado

Lo femenino sagrado es según Michel Cazenave lo femenino de Dios. Durante dos milenios el Occidente patriarcal ha rechazado esta imagen, incluso cuando la cultura, la literatura, la mística, el esoterismo y algunas corrientes teológicas con cierta sutilidad han salvaguardado el culto de la diosa o más sencillamente de la feminidad espiritual. El autor nos invita a retomar el diálogo con la diosa céltica Brigit, con la Sophia de los rusos, o incluso con la Madre Divina de la India.

Se trata de un hermoso viaje transcultural, feminista y poético.

Michel Cazenave ha publicado recientemente este libro, aún no traducido al castellano: Visages du féminin sacré, de Michel Cazenave. Éditions Entrelacs, 236 p., 2012.