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sábado, 27 de abril de 2013

Vaticano, revolución y contrarrevolución en América Latina.


Por Luis Bilbao

Tiene mucho de simbólico y poco de casualidad la coincidencia entre la muerte de Hugo Chávez y la renuncia de Joseph Ratzinger al trono vaticano, para ser reemplazado por un jesuita argentino, de reconocida militancia en la organización peronista de ultraderecha Guardia de Hierro, quien adoptó el nombre de Francisco.

Es extraño y por demás elocuente que un jesuita adopte su nombre papal en homenaje a Francisco de Asís, fundador de otra congregación. No hace falta ser experto religioso para medir la magnitud de esa decisión. La Orden Franciscana hace voto de pobreza, virtud hace tiempo olvidada por las cúpulas jesuitas. Francisco explicó la decisión en su alegada adhesión a “una iglesia pobre, para los pobres”.

Pobreza y obligada austeridad son realidades olvidadas que, como rayo, caen otra vez sobre los pueblos de Europa. En América Latina predominan como siempre, pero tras una fugaz esperanza de superación, amenazan agravamiento para millones. Un papa elitista y amante de la pompa, encerrado en delirios místicos con ropajes teóricos, como Ratzinger, no podía seguir en el trono. Las calamidades propias de la internacional vaticana y sus secciones nacionales (despilfarro, desfalcos, déficits siderales, todo en el marco de una cascada imparable de revelaciones acerca de pedofilia y otras perversiones, mientras el celibato no resiste más como exigencia canónica), cuentan sin duda en la necesidad de cambiar rostros, hábitos y conductas públicas de la alta jerarquía. No obstante, priva en esa exigencia la fuerza que por debajo corroe y voltea día a día las columnas del sistema global, entre las cuales sobresale la iglesia católica romana: la crisis del sistema capitalista y su contracara: el avance de la revolución.

Razones más que suficientes para reemplazar al papa. Como al parecer Dios no tomó cuenta de la urgencia, los cardenales y alguien más fueron en su ayuda. No es la primera vez, pero los tiempos han cambiado. En octubre de 1978, un mes después de haber sido designado papa, Juan Pablo I apareció muerto en su cuarto. Fundadas investigaciones -jamás desmentidas con pruebas- denunciaron el hecho como asesinato. Beneficiario individual de aquella operación, Karol Wojtyla (Juan Pablo II), polaco y asociado con el Opus Dei. El cerebro: Ratzinger; teólogo alemán empeñado en retrogradar el andamiaje teórico del catolicismo romano a la etapa previa a la Revolución Francesa (1). Hubo además una mano ejecutora.

Ahora, después de 25 años y dos curvas vertiginosas en la historia universal, el recambio oportuno se produjo por renuncia de Benedicto XVI, hecho sin precedentes en más de mil años, es decir, desde la temprana Edad Media.
En el conjunto de factores conjugados para el recambio de Juan Pablo I y la renuncia de Benedicto XVI la fuerza determinante fue el Departamento de Estado estadounidense. No es ésta una afirmación ligera, llevada por una coyuntura política local o un impulso circunstancial. En agosto de 1989 publiqué un pequeño libro titulado “CIA-Vaticano: Asociación Ilícita” (2), en el que ofrezco información probatoria de esa sociedad contra natura.

Jamás he pretendido ser un experto en cuestiones eclesiales, mucho menos religiosas. Desde mi interés por la economía y la política internacionales observo los movimientos del Estado Vaticano, del papa y las altas jerarquías eclesiales, con la misma actitud -y con inalterable consideración y respeto por los católicos sinceros- que aplico al seguimiento de los pasos de cualquier otro Estado o gobierno del mundo.

Si 35 años atrás me aboqué a ese tema fue porque en aquel momento, en medio de la contraofensiva global estratégica lanzada por el imperialismo para afrontar la crisis estructural del capitalismo, el Vaticano constituía una herramienta decisiva en dos puntos fundamentales del planeta: Europa del Este y América Latina. Más específicamente, Polonia en Europa, Nicaragua y Brasil en América. Es sabido el desenvolvimiento de los hechos desde entonces: derrumbe de la Unión Soviética, ahogo a sangre y fuego de la Revolución Sandinista, posterior recuperación de aquella gesta centroamericana al calor del nuevo auge de los pueblos en América Latina, encabezado por la Revolución Bolivariana de Venezuela. Detrás de ese telón, victoria cultural del ultraliberalismo, auge económico ficticio, seguidas de desagregación moral sin límites y reaparición volcánica de la crisis estructural del capitalismo.

Si ahora retorno al tema es porque, tras la arrolladora victoria de aquella ofensiva global estratégica y el breve período de aparente estabilidad y re-afianzamiento del capitalismo mundial, la crisis del sistema reapareció, con fuerza jamás vista, en los propios centros metropolitanos. Esa reaparición inesperada tanto en los centros dirigentes del poder mundial como en el conjunto de las izquierdas, con las excepciones que ya se verán, dio lugar al desplazamiento del epicentro de la revolución mundial hacia América Latina, lo cual conjuntamente con otros factores de la economía y la política internacionales debilitó como nunca antes al imperialismo estadounidense como centro inapelable del poder mundial. Y en ese cuadro, acompañado por una coyuntura de espasmódica crisis y debilitamiento de la iglesia vaticana, se produjo la renuncia de Joseph Ratzinger y la entronización de un obispo argentino y jesuita.

Individuo e institución
Es preciso despejar un punto que hoy desvía la mirada: antecedentes y rasgos individuales de Jorge Bergoglio, papa desde el 13 de marzo.

Después de la fumata blanca, desde Argentina aparecieron denuncias sobre la participación activa de Bergoglio en la represión de la dictadura entre 1976 y 1982. Se lo acusó de ser responsable del secuestro de dos sacerdotes de su orden e incluso de haber estado en los lugares secretos de detención. También sin demora estas denuncias fueron negadas por personas reconocidas por su compromiso en la defensa de los derechos civiles durante la dictadura, como Adolfo Pérez Esquivel, quien en aquel período recibió el premio Nobel de la Paz. Por cierto ese premio no garantiza nada (notorios criminales lo ostentan), pero sí la conducta de Pérez y otros que como él han negado los cargos contra Bergoglio. Contrario sensu, no todas las voces acusadoras tienen la respetabilidad suficiente para hacer valer su palabra. De modo que, hasta que nuevos datos llevaren a un cambio de juicio, esos avales eximen al papa de crímenes aberrantes que, en la medida en que en Argentina el catolicismo es religión de Estado, constituirían crímenes de lesa humanidad.

Defensores y detractores de Bergoglio tienen en común algo más poderoso que sus ruidosas diferencias: unos cargan contra el individuo y escamotean el papel de la institución; otros lo protegen… para rescatar la institución.

Así las cosas y contra los fuegos de artificio, el tema no es Bergoglio sino el aparato eclesial. Es un hecho reconocido que la jerarquía católica, acompañada por el entonces nuncio (embajador) del Vaticano en Buenos Aires, Pio Laghi, respaldó a la dictadura y colaboró con ella, al punto de ceder una propiedad en el Delta del Paraná para que funcionara allí un campo secreto de detención. Bergoglio era por entonces la máxima autoridad jesuita en Argentina, donde miembros de esa congregación habían sido punta de lanza de la Teología de la Liberación, corriente católica cuyo desmantelamiento, también a sangre y fuego, fue uno de los objetivos por los cuales Juan Pablo II fue entronizado a costa de la vida de su antecesor.

Conviene refrescar el cuadro de época: el citado CIA-Vaticano registraba en 1989: “El 23 de agosto de 1982 Wojtyla otorgó a la Obra (Opus Dei) el rango de prelatura personal (diócesis sin territorio). De este modo Opus Dei se liberó de todo lazo de sujeción o control por parte de los obispados o, lo que es lo mismo, obtuvo carta franca para llevar a cabo sus empresas con plena independencia de las jerarquías nacionales y con la obligación de responder sólo ante el sumo pontífice (…) Al mismo tiempo que elevaba el status -y cedía más poder- a Opus Dei, el papa suspendía a la Orden de los Jesuitas, comprometida con la Teología de la Liberación y reemplazaba a su superior general, Pedro Arrupe, por otro escogido por él mismo. De este modo Opus Dei logró su doble objetivo de sentar en el trono papal a un hombre con idénticas posiciones ideológicas a las suyas y situarse como institución en un puesto apropiado para lanzar en todos los planos la ofensiva final contra la Teología de la Liberación”. Entre otros muchos terrenos, Opus Dei y jesuitas se disputaron con uñas y dientes la primacía en los medios de comunicación. El texto dedicaba un capítulo a explicar la condición de Opus Dei como aparato representativo del gran capital, industrial y financiero, controlado por la CIA, introducido como cuña irrefrenable en la estructura vaticana. Es en ese contexto que Bergoglio actuó en Buenos Aires, bajo la dictadura -cribada de miembros de Opus Dei, para comenzar el célebre ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz- y según su propia convicción frontalmente opuesta a los “sacerdotes del Tercer Mundo”.

La mano amiga
No es casualidad que Opus Dei pierda ahora la primacía y lo haga en favor del sector al que se impuso en los años posteriores a 1978, la orden de los jesuitas, ya depurada de su ala radical de izquierda. Con origen en España y manejando los hilos financieros desde Italia, Opus Dei sufre la suerte de la economía y la política en esos dos países, que no es sino la expresión del vuelco operado en todo el mundo tras el colapso de 2008, que en Estados Unidos llevó a la derrota republicana y la asunción de Barack Obama quien, dicho sea de paso, se apresuró a enviar un caluroso y fraternal saludo a Bergoglio, a quien llamó “el primer papa americano”. El reemplazo de la “prelatura personal” de Escrivá Balaguer por la orden creada por Ignacio de Loyola equivale al reemplazo en la conducción vaticana de banqueros por curas que trabajan en villas; dibuja la curva de caída del capitalismo central y del predominio de una política anticrisis. Así, la agónica situación del capitalismo central explica la necesidad de apelar a un miembro de la Compañía de Jesús, concebida por su fundador como ejército combatiente, para conducir el “poder espiritual” en la cúpula del capitalismo mundial.

Eso no significa un repliegue político del imperialismo, aunque al menos en términos teóricos el debilitamiento relativo de Estados Unidos se hará sentir también en ese terreno, dándole a Francisco un margen de maniobra mayor para enfrentar a Washington en más de un terreno, siempre girando en torno a temas fundamentales para el ultraconservadurismo jesuítico de Bergoglio, empeñado en acabar con el legado liberal de la Revolución Francesa. Por lo que se puede prever a partir de textos suyos y gestos posteriores a su elección, tras ese objetivo Francisco no vacilará en buscar apoyo en la potente dinámica de convergencia latinoamericano-caribeña, para negociar desde allí en mejores términos con la Casa Blanca. La reivindicación del concepto de Patria Grande por parte de Bergoglio (3) ha llevado al estado de éxtasis a algunos exponentes del llamado “marxismo nacional”, ha dado vuelta en cuestión de horas la oposición frontal de funcionarios argentinos que lo atacaron desmesuradamente cuando se conoció su designación y producirá riesgosos zigzagueos y violentos giros en más de una fuerza política en América Latina. Con certeza, se verá en acto al jesuitismo, forma pragmática, aviesa, pero implacable en sus objetivos, en torno a la necesidad estratégica de acabar con la revolución al Sur del Río Bravo, pero adosándose a la fuerza hoy predominante en los pueblos de la región. Puede esperarse un papa disfrazado de Chávez, tal como en la Venezuela de hoy lo hace Henrique Capriles Radonsky, quien contra toda lógica pretende copiar el discurso del líder bolivariano (de paso: Capriles integró las filas del Tradición familia y Propiedad, otra de las organizaciones que obran como tentáculos de la CIA al interior del Vaticano (las restantes son la ya citada Opus Dei, Comunión y Liberación y la Orden Militar Soberana de Malta. Por caso, esta última ya puso a uno de los suyos como secretario privado de Francisco).

Aún en los previsibles momento de tensión y aparente choque que vendrán a no muy largo plazo, el camuflaje demagógico de Bergoglio es un riesgo para las fuerzas revolucionarias pero no distanciará al Vaticano de Estados Unidos en la cuestión que interesa: la contrarrevolución en América Latina.

El Departamento de Estado, es decir, de la estrategia estadounidense, pesará sobremanera en el curso del próximo papado. No es éste el lugar para detallar los pasos que terminaron en la elección de Bergoglio con más de 90 votos sobre 115 cardenales. Baste decir que el articulador principal del bloque en favor del cardenal argentino fue su homólogo de Nueva York, Timothy Dolan. Tanto la prensa italiana como la estadounidense coinciden en señalar que, a partir de los 11 votos estadounidenses en el cónclave, Dolan tuvo un papel decisivo en la tarea de convicción sobre prelados de América Latina, África, Asia y Europa, para que finalmente una sólida mayoría votara a favor de Bergoglio. Con escasa sutileza, The New York Times subraya que lo único que le faltó a Dolan fue ungirse él mismo en el trono de Pedro, para inmediatamente señalar que su papel en la próxima administración vaticana será de sobresaliente gravitación.

Ahora bien: ¿cuáles son los puntos de acuerdos y cuáles los desacuerdos entre el Vaticano y Washington?

Aquí sí importa, y mucho, la biografía de Bergoglio. Desde el peronismo sui generis de Guardia de Hierro, en los años de alzamiento revolucionario en Argentina, cuando una poderosa corriente de sacerdotes identificados con las causas populares y la lucha contra el imperialismo y el capitalismo, resueltos al combate por el socialismo, crecía al interior de la iglesia y de su congregación en toda América Latina, el entonces principal jesuita en su país optó por la decisión central del vaticano -conducido entonces por Opus Dei a través de Wojtyla- y con una u otra conducta individual respecto de secuestros y asesinatos puntuales, no sólo avaló aquella ofensiva contrarrevolucionaria sino que su accionar redundó en una escalada sistemática en la jerarquía eclesial que lo llevó hasta la cima.

No sólo los jesuitas, sino el conjunto de la iglesia romana -con excepción de Opus Dei y sus áreas de influencia- condenan sin atenuantes el curso adoptado en el último siglo por las sociedades liberales. No sólo el conjunto de la iglesia romana, sino la Compañía de Jesús, hoy monolítica, defienden el capitalismo, al cual están integrados económica, política y culturalmente. La alianza cada vez más íntima en las últimas décadas entre el socialcristianismo y su eterna enemiga, la socialdemocracia, Lucifer liberal, confirman en la política y el sindicalismo mundiales cuál es el verdadero enemigo de quienquiera ocupe el trono de Pedro. La contradicción entre liberalismo y oscurantismo medioeval se resuelve siempre y fatalmente por un frente único entre la Casa Blanca y la Basílica de San Pedro; entre CIA y Vaticano, para enfrentar las fuerzas revolucionarias en cualquier punto del planeta.

¿Por qué argentino?
Todo indicaba en los días previos al cónclave de cardenales que el nuevo papa provendría del continente americano. Pero los candidatos principales eran el canadiense Marc Ouellet y el brasileño Odilo Scherer. Al menos en público, nadie daba un centavo por la elección de un argentino.

Hay una causa interna que hacía necesaria la elección de un americano, más específicamente latinoamericano. Desde que el Vaticano, en funesta alianza con la CIA, se embarcó en la operación contrarrevolucionaria que doblegó a Nicaragua y exterminó en la región a los sacerdotes del Tercer Mundo, la iglesia romana perdió más de un cuarto de sus feligreses. Y se trata del bastión mundial del catolicismo. De modo que, así como en los años 1970 la cúpula vaticana debía empeñarse en la masacre contrarrevolucionaria por razones de sobrevivencia, ahora debe hacerlo en sentido inverso, aprovechando la emergencia de numerosas corrientes y líderes políticos que afirman la posibilidad de realizar una “revolución” que no conmueva las bases del sistema capitalista. La condición de jesuita de Francisco y sus alegadas dotes intelectuales lo habilitan para ese delicado juego estratégico. Su adopción franciscana le abre camino a la base social en disputa.

Ésa es, no obstante, una causa subordinada. La tónica de este movimiento estratégico en escala mayor la pone Estados Unidos, aliado en este punto con la Unión Europea y todos los regímenes empeñados en evitar que la crisis en curso desemboque en la revolución socialista.

Existen conflictos sociales, políticos y militares de magnitud en cada punto del planeta, constantemente agravados por la marcha ininterrumpida hacia el derrumbe en los países centrales. Pero la vanguardia de la respuesta socialista se desplazó a América Latina. Esta visión geopolítica, resistida a derecha e izquierda hasta no hace mucho, es ahora prácticamente común a todas las corrientes del pensamiento.

Washington necesita frenar primero y destruir después la vanguardia de esa vanguardia: la Revolución Bolivariana de Venezuela. No es una simplificación entonces afirmar que Francisco está en Roma para contribuir desde la trinchera eclesial en la batalla estratégica contra Venezuela. Los estrategas del Departamento de Estado parecieron en los últimos meses convencidos de que la muerte de Hugo Chávez permitía irrumpir en el entramado de las fuerzas revolucionarias para lograr su objetivo. Por eso, tampoco es desatinado pensar que la coincidencia entre la muerte de Chávez y la renuncia de Ratzinger no es casual. Quienes aludan a la condición milenaria de la iglesia, deberán considerar que su crisis interna es potencialmente letal. Y evaluar hasta qué punto, en el mar de dificultades que atraviesa, el Vaticano es realmente impermeable a las decisiones de la Casa Blanca. Ante el gesto escandalizado de presumibles vaticanólogos, sólo puedo decir que, sin el recurso de explicar el fenómeno atribuyéndolo a un designio divino, apelo al análisis de los hechos y su encadenamiento. El tiempo dirá si la hipótesis tiene o no asidero.

Es posible que a la luz de la formidable, inédita manifestación de masas que provocó en Venezuela la muerte de Chávez, aquellos estrategas de la contrarrevolución hayan corregido su apreciación y desechen ya su idea de una inminente caída de la Revolución. Pero insistirán en dos puntos: dividir las fuerzas revolucionarias en Venezuela; forzar el aislamiento de este país en la región. Si eventualmente la táctica en el plano interno tuviese algún grado de éxito, podría abrir la brecha por la cual el imperialismo entrase con su devastadora fuerza contrarrevolucionaria. Dado que ya está probado que los intentos divisionistas han fracasado una y otra vez, es presumible que Francisco será tomado por Washington como una herramienta salvadora. Al interior de Venezuela esto es difícil, porque el socialcristianismo (aquí también aunado con la socialdemocracia) está en el nadir del desprestigio. Y lo mismo vale para la jerarquía eclesial local, reconocida por las masas como golpistas y por eso repudiadas.

Otra consideración merece la táctica del debilitamiento en los apoyos de Venezuela en la región. Y allí es donde aparece Argentina. Sea por el abrazo asfixiante que, mientras se redactan estas líneas, Francisco ha comenzado a practicar sobre el gobierno argentino, sea por el hecho de que el actual elenco oficial afronta enormes dificultades y en el cuadro actual está descartada la posibilidad de reelección de la presidente Cristina Fernández, es pensable que a corto o mediano plazo Argentina pueda ser desplazada hacia un bloque enfrentado con la revolución en marcha en Bolivia, Ecuador, Venezuela y otros países del Caribe, a los que se suman naturalmente Nicaragua y Cuba. Baste recordar que días atrás el candidato socialdemócrata Hermes Binner, preguntado acerca de si en Venezuela hubiera votado en octubre último por Chávez o Capriles, respondió sin vacilar que su opción era Capriles. Es presumible en Argentina una amplia coalición electoral para 2015 que tenga como eje de reagrupamiento la estrategia latinoamericana de Estados Unidos, ahora asumida explícitamente por el papa Bergoglio en su ataque a las revoluciones en curso, al regalarle a Fernández un libro con documentos del Celam donde se condena el “avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de neto corte neopopulista”. Firma el Consejo Episcopal Latinoamericano; redacta la CIA.

En un libro publicado en 2007 sostuve que Argentina es una clave regional, aunque en el actual período histórico lo es por su debilidad, no por su fuerza (4). Su peso específico en América Latina, su nivel de desarrollo, los altos parámetros de experiencia y combatividad de obreros y estudiantes en términos históricos, no obstante sumidos en una coyuntura de confusión, desorganización y total parálisis, ubican al país como fiel de un delicado equilibrio continental, pasible de presiones y políticas extremas desde los dos extremos de la batalla estratégica.

Desde el año 2000, cuando comenzó el proceso de convergencia desigual pero generalizado en América Latina, Argentina ha navegado a dos aguas. La resultante de esa marcha ambigua estuvo determinada por el fenómeno general: concordancia latinoamericana en detrimento de los intereses imperialistas. Para ninguno de los países que han sostenido una conducta regional igualmente ambigua e igualmente en colisión con la hegemonía estadounidense, es posible mantener esa posición de manera indefinida. Pero en Argentina los plazos son más cortos. Es un rasgo de aguda inteligencia táctica y osadía estratégica el que han demostrado los gestores de la operación que dio como resultado la elección de Bergoglio.

Ahora cabe a las fuerzas revolucionarias genuinas en América Latina demostrar si están o no a la altura de tamaño desafío. Esto vale también para millares de católicos, sacerdotes y seglares, que ante una reedición del giro contrarrevolucionario de los años 1970/80, aunque a la inversa en su forma, están ante la opción de seguir sometidos a las órdenes de Roma o acometer un cisma revolucionario, antimperialista y anticapitalista.

La unidad de revolucionarios cristianos, marxistas, o militantes de cualquier otra religión, sólo tiene futuro sobre esas bases. Ése es el ejemplo de la Revolución Bolivariana de Venezuela, a emular en todo el continente, desde Alaska a la Patagonia.

1.- Véase si no la encíclica Spe Salvi, redactada por Benedicto XVI:
«hay un texto de san Gregorio Nacianceno que puede ser muy iluminador. Dice que en el mismo momento en que los Magos, guiados por la estrella, adoraron al nuevo rey, Cristo, llegó el fin para la astrología, porque desde entonces las estrellas giran según la órbita establecida por Cristo. En efecto, en esta escena se invierte la concepción del mundo de entonces que, de modo diverso, también hoy está nuevamente en auge. No son los elementos del cosmos, la leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir, el universo; la última instancia no son las leyes de la materia y de la evolución, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona».
2.- Luis Bilbao; CIA-Vaticano: Asociación Ilícita. Editorial Búsqueda, Buenos Aires, agosto de 1989.
3.- Véase si no: “América Latina puede y tiene que confrontarse, desde sus propios intereses e ideales, con las exigencias y retos de la globalización y los nuevos escenarios de la dramática convivencia mundial. A la vez, América Latina necesita explorar, con buena dosis de realismo pragmático – impuesto también por su propia vulnerabilidad y escasos márgenes de maniobra – nuevos paradigmas de desarrollo que sean capaces de suscitar una gama programática de acciones, un crecimiento económico autosostenido, significativo y persistente; un combate contra la pobreza y por mayor equidad en una región que cuenta con el lamentable primado de las mayores desigualdades sociales en todo el planeta”. Jorge Bergoglio, prólogo a “Una apuesta por América Latina” de Guzmán Carriquiry, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.
4.- Luis Bilbao; Argentina como clave regional. Búsqueda Editorial; Buenos Aires, mayo de 2007.

Luis Bilbao
19 de marzo de 2013

Fuente: ApiaVirtual

domingo, 1 de julio de 2012

Francisco Asensi: ¿Cómo se puede predicar la pobreza desde la inmensidad de riqueza y poder del Vaticano?


“La Iglesia como institución encarna todos los defectos que criticó Jesús en la religión de su pueblo”
José Manuel Vidal, RD, 28 de junio de 2012 a las 08:10

Juan Pablo II y Benedicto XVI, que no son tontos, han visto que por la línea del Vaticano II se acababa la Iglesia institución

(José Manuel Vidal)- Francisco Asensi es un novelista consagrado especializado en novelas, muchas de ellas de temática religiosa. Hoy nos presenta Sangre (ADGN), que aborda temas de suma actualidad: desde las intrigas del Vaticano hasta misterios más cercanos a nosotros como el Opus Dei o la sangre de San Pantaleón del convento de la Encarnación de Madrid.

¿Sobre qué trata la novela “Sangre”?

Yo creo que el subtítulo que le han dado a la versión alemana la define muy bien: “El sagrado experimento del Opus Dei”.

¿Cuál es la tesis central de la obra?

Precisamente, es el experimento que hacen los del Opus Dei sobre Jesucristo. No me puedo explicitar mucho para no descubrir la novela.

¿Pero usted considera que el Opus Dei es un experimento eclesial o religioso?

Ellos quieren hacer un experimento sobre la doctrina de Jesús. Y, en el caso del libro, sobre la misma persona de Jesús. Un experimento que hasta el momento no se había hecho, que causa una expectación enorme por lo que podría significar.

La novela es policial y de intriga, pero, ¿hay sangre?

Exactamente. Hay sangre en muchos sentidos. Porque hay muertos, y por el experimento que van a hacer. Y desde luego que la razón de verter estas cuestiones religiosas en una novela es porque creo que es un modo mucho más fácil de leer, de distraerse y pasarlo bien; y al mismo tiempo para detenerse y reflexionar sobre las cuestiones que se plantean. Tanto el creyente como el no creyente.

¿Son temas que interesan?

Yo creo que sí. Nos tiene que interesar porque, queramos o no, la Iglesia es un peso específico en Occidente.

Muchos tenemos una educación cristiana que hemos mamado de nuestras familias.

Claro. Ésa es nuestra cultura. Y lo interesante, a mi modo de ver, es reflexionar sobre hasta qué punto esa cultura que hemos vivido es cristiana, o es una ideologización que nos ha dado la Iglesia. También es importante plantearse si esta Iglesia es la de Jesús, o no tiene nada que ver con él.

¿Y usted qué piensa? ¿La Iglesia actual es la Iglesia de los Evangelios de Jesús?

Rotundamente no. No tiene nada que ver.

¿Por qué?

Pues, porque si cogemos los Evangelios y vamos cotejando lo que predica Jesús con lo que predica la Iglesia, no se parecen en absoluto. ¿Cómo desde la inmensidad deriqueza y de poder del Vaticano se puede predicar la pobreza? ¿Cómo podemos hablar desde allí de la Iglesia de los pobres? ¿Cómo, desde el punto de vista de esa autoridad tan omnímoda que detentan el Papa y los obispos, podemos hablar del Pueblo de Dios? Es todo contradictorio. Y la prueba está en que, en el momento en que la Iglesia quiso, con Juan XXIII, plantearse una reflexión sobre sí misma, duró muy poco. Porque, de haber seguido reflexionando en esa línea del Concilio, el tinglado se hubiese venido a tierra.

¿O sea que usted cree que el aggiornamento del Vaticano II se ha venido abajo, se ha traicionado, o se ha quedad a medias?

Totalmente. Juan Pablo II y Benedicto XVI, que no son tontos, han visto que por esa línea se acababa con la Iglesia institución (no con el Evangelio ni con el mensaje cristiano). De tal manera que yo creo que los teólogos de hoy, lo que están haciendo de una manera suave (otros más agresiva) es desmontar todo ese tinglado. Es decir, los teólogos de todos los tiempos montaron esta Iglesia, y ahora intentan desmontarla. De ahí el interés de los últimos papas de la Santa Sede de descabezar toda la Teología de la Liberación, que está más cerca del Evangelio que de la ideología eclesial.

¿Pero toda esta corriente (la Iglesia de base, las parroquias, la gente que se entrega a los demás…) es tan Iglesia como el Vaticano? ¿Pueden compatibilizarse esas dos caras de la institución?

Yo creo que no. Una cosa es la Iglesia oficial, de los obispos, y otra cosa es la Iglesia carismática de las comunidades de base. Una Iglesia es la que sigue al Evangelio y que no tiene más orientación que el Evangelio, y otra es la que ha creado el poder como lo definía Tertuliano.

¿O sea que el gran pecado de la Iglesia jerárquica es el poder?

Totalmente. Y el poder está reñido de manera consustancial con el Evangelio. El Evangelio es la condena del poder, del poder religioso sobre todo.

¿Eso es lo que se está escenificando en estos momentos, a su juicio, con todo el escándalo de las filtraciones?

A mí lo que me llama la atención de las filtraciones es que nadie habla del Evangelio. Se han olvidado de Jesús. ¿Qué pensaba él, qué diría si hoy se encarnase, si estuviese aquí?

¿Usted qué cree?

Seguramente diría lo mismo que dijo hablando del templo de su tiempo: “Es una cueva de ladrones”. O raza de víboras. Suena muy fuerte, pero a mí me parece que nuestra manera de leer el Evangelio está ya tan condicionada por esa cultura cristiana que hemos dicho, que nos resulta impensable que Jesús pudiera decir de sus jerarcas, del Vaticano concretamente, que es una escuela de ladrones. Hoy es impensable que Jesús pudiese decir: “De esta Iglesia no quedará piedra sobre piedra”, pero lo dijo sobre la religión judía, cuando él era judío.

¿Se ha traicionado entonces radicalmente el espíritu de Jesús?

Como institución sí. Los santos padres de la Iglesia siempre han dicho que la Iglesia es santa y prostituta. Juan Pablo II decía que no, que son los hombres los que son pecadores. Yo lo diría de otra manera: la Iglesia es una institución per sé perversa, que tiene buenos hombres. No al revés (ella santa y los hombres pecadores). No. La institución como tal es mala, como es malo el poder (porque hay que distinguir entre poder y autoridad).
La Iglesia como institución encarna todos los defectos que criticó Jesús en la religión de su pueblo.

Y sin embargo, ese poder encarnado en el Papa sigue teniendo autoridad moral e influencia planetaria.

Sí. Sin embargo, esto también contrasta con lo que Jesús pensó que era su mensaje y los que le seguían. Él dijo: “Vosotros sois la luz del mundo, pero sois a penas una cerilla encendida, sois la levadura, sois un poquito de sal….”. Y la sal, la levadura y la luz ahora son un poder enorme. Jesús no creo que tuviese intención en absoluto de crear una Iglesia, sino un movimiento. Un movimiento de buena personas. Él no intentó crear una religión más.

Pero hay quien dice que para salvar la libertad de ese movimiento se necesitan estructuras humanas. No somos ángeles, necesitamos mediaciones. En ese sentido, ¿no se necesita un Estado para que el Vaticano sea libre de todos los poderes?

Ésa posiblemente sea la trampa en la que cae el mismo Vaticano. Me ha llamado la atención, entre esos documentos que han aparecido, un informe que presenta a Tedeschi (el ex banquero del Papa) como el poder económico del Vaticano. Y presenta este poder como una de las columnas que sostiene a la Iglesia. ¡Yo creía que eran la fe y el Evangelio! Pero resulta que lo que está sosteniendo a la Iglesia es la economía.
Y la misma Iglesia hace una reflexión de futuro, porque sabe que Occidente, que es quien la sustentaba, va hacia una economía más débil, y los cristianos encima son ahora menos creyentes.

¿Creen que tienen un flanco desguarnecido?

Exactamente. Sin embargo, los países que no son cristianos tienen la economía más saneada y no creen en nada. En el fondo, yo creo que la Iglesia no ha tenido nunca fe en sí misma, en su mensaje. Cuando Juan XXIII convocó el Concilio le criticaron porque “estaba echando tierra a su propio tejado”. Pero, si yo creo en el mensaje del Evangelio, tengo que seguirlo caiga quien caiga.

Pero, si ese intento de cambio fue posible en aquella época, ¿no podríamos esperar algo parecido con otro Papa, en otra situación?

Cada vez lo veo más difícil. Juan Pablo II se dedicó a desmontarlo, y no digamos Benedicto XVI. Del Concilio Vaticano II no queda absolutamente nada. Las iglesia de base, la teología de la liberación… todo eso es positivo, pero está al margen de la jerarquía. Hay una confusión que me parece que Rouco Varela explota bien, y es identificar a Cáritas con la jerarquía. ¿Cáritas es Rouco Varela, o es el pueblo que continúa creyendo en el Evangelio de Jesús? Ése no es el Jesús que predica Rouco Varela, si es que predica alguno. Por eso decía antes que lo que la Iglesia predica es una ideología. Todos citan las cartas de Benedicto XVI, pero, ¿quién lee los evangelios? Ya no se predica el Evangelio, sino lo que dice Benedicto XVI.

¿No leen los obispos el Evangelio cada domingo, y hacen su homilía sobre él?

Sí, pero eso es manipulación del Evangelio.

Ettore Gotti Tedeschi, del que hablaba antes, es muy cercano al Opus Dei.

Bueno, siempre ha habido mucho secretismo. No se sabe quién pertenece a qué.

¿Su novela es un alegato contra el Opus Dei?

No. Yo no voy contra nadie. Sólo quiero reivindicar el Evangelio de Jesús, que está siendo maltratado por los mismos que tenían que ser sus defensores: la Iglesia oficial.

¿Y por qué ha escogido para su novela a un sector de la Iglesia, que es esta organización?

Porque creo que es bastante representativa de la manipulación del Evangelio.

¿Y de la búsqueda del poder por el poder?

Sí, a cualquier precio. Lo que posiblemente me motivó a escribir este libro fue el testimonio de María del Carmen Tapia, una ex numeraria del Opus Dei que escribió algún libro sobre su experiencia. Ella estuvo muy metida en los primeros años de la Obra, y aseguró que hoy en día los esfuerzos e intereses del Opus Dei no son el apostolado, ni mucho menos el apostolado con los pobres, ni los problemas serios de la humanidad en general: “Su objetivo es manejar todos los instrumentos a su alcance del poder político, religioso y económico”, dice textualmente. Eso es el Opus.
A este respecto, quiero hacer constancia de que mi novela, que habla del Opus (de los que están dentro y de los que están fuera) está muy inspirada en sus propios testimonios. Hay una página web que es opuslibros.com donde hablan los “ex” del Opus.

¿Calificaría al Opus Dei como una secta?

No lo califico yo, sino Alberto Moncada (un sociólogo que también perteneció a la Obra). Si yo hablo de secta es porque otros, con mayor autoridad que yo, ya lo han dicho.

Su libro está excelentemente documentado. ¿Tiene usted mucha información actual sobre la Obra? ¿Sigue teniendo tanto poder político y religioso como se dice?

Bueno, yo no sabría calibrar eso exactamente, pero seguro que lo tiene. Sobre todo, dentro de la Iglesia. El Vaticano en estos momentos se apoya en las fuerzas del Opus, los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación y “los kikos” de Argüello.
A mí me parece que los kikos tienen más futuro del que los vaticanistas les dan, porque son una masa. Tiene los seminarios llenos. Ellos serán los misioneros que irán por ahí a ver si levantan el cristianismo. O, más que el cristianismo, la Iglesia. La Iglesia jerárquica.

¿O sea que ese cristianismo de los movimientos es el que, a su juicio, tiene futuro?

Bueno, de momento es el que llena todas las plazas.

¿Y el cristianismo de las comunidades de base, en cambio, está de capa caída?

Pero es que nunca podrá llegar a tener el poder. Jesucristo ya lo dijo: “Vosotros sois una pequeña semilla. Sois los que fermentaréis, pero nunca por número”. El verdadero cristianismo no tiene por qué etiquetarse. También los demonios creen.
La verdadera religión, como dice Santiago en su carta, es visitar a las viudas y acordarse de los huérfanos. ¿Cómo puedes decir que crees en Dios, a quien nunca has visto, si al hermano que tienes ahí no le haces caso? La lección no es escalar poder, buscar las universidades y los ministerios como hace el Opus, codearse con la CIA como Juan Pablo II, dominarlo todo. No. Jesucristo condenó precisamente todo eso.

Pero, ¿no podrían también las élites entrar por ese camino de salvación y fraternidad?

Efectivamente, siempre que no renunciasen al Evangelio o lo perjudicasen.

¿Las élites se dejan evangelizar? ¿Podrían convertirse?

Lo que cambia es la propia convicción del que es cristiano. ¿Quién va a Roma para ser santo? ¡Desde casa podía serlo! Van a Roma a escalar.

Pero todos los obispos dicen que se hacen obispos para servir al Pueblo de Dios.

Ahí está la equivocación. En el Jueves Santo Jesús se arrodilló y se hizo esclavo de todos. Los obispos no sirven al Pueblo de Dios: se han puesto delante y encima. Y a Jesucristo lo han hecho Dios para echarlo bien lejos y que no moleste.

¿No hay esperanza de que la Iglesia pueda cambiar y ser más evangélica?

Yo no creo en eso. Cuando hablan de un Vaticano III estamos hablando de la institución, y la institución es perversa en sí. Es Jesucristo condenando al templo. No hay salvación para la religión como dominación. La religión (que no la religiosidad) es un poder, y todo poder es malo. Porque se utiliza a Dios. Un ejemplo es la infalibilidad: no pienses por tu cuenta, que yo te diré lo que me dice Dios. Eso es crear una antropología deficiente, una cabeza que sólo sirva para peinarse el pelo (si lo tengo). Te dicen que para pensar ya están ellos. Mientras que los evangelios de la Iglesia primitiva decían que Dios es eterno silencio. Si Dios no ha hablado nunca, ¿cómo hablas tú en nombre de Dios? Cada quien tiene que escuchar a Dios en su conciencia, sin interpretación de otro.

Pero eso sería tanto como acabar con la actual estructura eclesiástica.

Eso es. Con la estructura nunca se podrá terminar, pero yo creo que cuando Jesucristo criticó tanto la religión de su pueblo, lo que vino a decir fue eso: que el Reino está dentro de cada uno, y es ahí donde hay que buscar. En cambio, lo que dice la estructura es “haced lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen”. Al igual que tenemos las Bienaventuranzas, tenemos las maldiciones de Jesús hacia los sumos sacerdotes. Eso pasó entonces, pero sigue pasando hoy y pasará mañana. Si todo poder es malo, el poder religioso es todavía peor, porque te mete el miedo y la coacción en tu propia conciencia. Te controla desde dentro.

¿Eso es lo que está dando lugar a la situación que usted llama la “apostasía silenciosa” de los muchos católicos que se van hacia la indiferencia?

Claro. Pero que se vayan de la Iglesia no quiere decir que dejen de ser cristianos. Posiblemente porque se creen cristianos tienen que renunciar a esa pertenencia a una Iglesia que no cree en Dios y que lo que quiere es dominar el mundo, y quitarnos la alegría y la libertad que Jesús nos dio. Una Iglesia que a través de los tiempos nos ha metido en la cabeza la angustia y el pecado.

¿En esa dinámica se inscriben las condenas eclesiales tan rotundas de la homosexualidad, como el caso de Monseñor Reig?

Claro. El Evangelio es un mensaje de comprensión y de amor. “Ama y haz lo que quieras”. No hay mayor ley que ésa. ¿Cómo, desde esa perspectiva el señor Reig puede condenar a las personas? Moisés dijo que a la adúltera hay que apedrearla pero, ¿qué hizo Jesús? ¡Jesús desautorizó a Moisés! Lo mismo con el sábado: “El hombre no está hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre”. Esto, que parece una frase vulgar, sin mayor trascendencia, se estaba cargando todo lo que es la Biblia. Porque al séptimo día Dios descansó. Eso es un dogma enorme del judaísmo. Y Jesús se lo carga. Por eso lo mataron, claro. Posiblemente no se cargó sólo la religión de su pueblo, sino toda religión, todo poder. Porque cuando él habla de su movimiento pone la parábola del samaritano. Y lo curioso es que pase un levita, que es representación de una clase eclesiástica, y sin embargo sea un samaritano, un ateo, quien se acerca al prójimo. Ése es el mensaje que predica Jesús.

¿La gente española confía hoy en día en la Iglesia? ¿Tiene buena imagen, o ha perdido su autoridad moral?

Sí, la ha perdido. La gente no confía ya en la Iglesia. La auctoritas es incompatible con el poder. La autoridad moral es ponerme a ti mismo como ejemplo haciendo lo que predicas. ¿Cómo dice el señor Rouco Varela que si la Iglesia tiene que pagar el IBI a lo mejor Cáritas se resiente? Desde un punto de vista cristiano, eso no se pude ni plantear. La Iglesia tendría que haber sido la que, ante estas circunstancias, hubiera vendido sus casas para dar de comer a los pobres.
Ya en el Concilio de Nicea se vio la intención de separar el mensaje del Evangelio (Jesús hombre) del Jesús Dios. Se hizo Dios al hombre para ponerlo bien lejos y hablar en su nombre. El Jesús samaritano no interesa.

Pero ese Jesús samaritano sigue llamando la atención. ¿No puede seguir conectando con las aspiraciones y las esperanzas de la gente de hoy?

Gracias a Dios, tenemos la Teología de la Liberación, que es la Iglesia de los pobres. Díaz Alegría, que en paz descanse, dijo “Jesucristo sólo está en los pobres, y en ninguna parte más”. Criticó que estamos en una Iglesia de ritos y ceremonias. Que las monjas se callen, obedezcan, y se dediquen a los pobres y a la oración. Se ha perdido el mensaje del samaritano. La jerarquía nos atemoriza. Y en cambio, Jesús vino a curar a los enfermos, a dar de comer a los hambrientos, y a predicar la alegría y el gozo.
Esas luchas intestinas por el poder que vemos ahora en el Vaticano estaban ya en los Evangelios. Cuando la madre de los Zebedeos le pregunta a Jesús si sus hijos se pueden sentar uno a su derecha y otro a su izquierda, es que no ha entendido nada.

Algunos titulares
Debemos reflexionar sobre hasta qué punto nuestra cultura es cristiana, o es una ideologización que nos ha dado la Iglesia
Debemos plantearnos si esta Iglesia es la de Jesús, o no tiene nada que ver con él
Si cogemos los Evangelios y vamos cotejando lo que predica Jesús con lo que predica la Iglesia, no se parecen en absoluto
¿Cómo desde la inmensidad de riqueza y de poder del Vaticano se puede predicar la pobreza?
¿Cómo, desde el punto de vista de esa autoridad tan omnímoda que detentan el Papa y los obispos, podemos hablar del Pueblo de Dios?
Juan Pablo II y Benedicto XVI, que no son tontos, han visto que por la línea del Vaticano II se acababa la Iglesia institución
El poder está reñido de manera consustancial con el Evangelio
La Iglesia es una institución per sé perversa
La Iglesia como institución encarna todos los defectos que criticó Jesús en la religión de su pueblo
Jesús no tuvo intención en absoluto de crear una Iglesia, sino un movimiento de buenas personas
En el fondo, yo creo que la Iglesia no ha tenido nunca fe en sí misma, en su mensaje
Rouco Varela explota muy bien la confusión que identifica a Cáritas con la jerarquía
Ya no se predica el Evangelio, sino lo que dice Benedicto XVI
El Evangelio de Jesús está siendo maltratado por los mismos que tenían que ser sus defensores: la Iglesia oficial
El verdadero cristianismo no tiene por qué etiquetarse
¿Cómo puedes decir que crees en Dios, a quien nunca has visto, si al hermano que tienes ahí no le haces caso?
Los obispos no sirven al Pueblo de Dios: se han puesto delante y encima
A Jesucristo lo han hecho Dios para echarlo bien lejos y que no moleste
No hay salvación para la religión como dominación
Si Dios no ha hablado nunca, ¿cómo hablas tú en nombre de Dios?
Al igual que tenemos las Bienaventuranzas, tenemos las maldiciones de Jesús hacia los sumos sacerdotes
Si todo poder es malo, el poder religioso es todavía peor, porque te mete el miedo y la coacción en tu propia conciencia
¿Cómo dice el señor Rouco Varela que si la Iglesia tiene que pagar el IBI a lo mejor Cáritas se resiente? Desde un punto de vista cristiano, eso no se pude ni plantear
Se hizo Dios al hombre para ponerlo bien lejos y hablar en su nombre
Gracias a Dios, tenemos la Teología de la Liberación

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Para ver y oír a Paco Asensi: Vídeo de la entrevista.

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Fuente: ATRIO

sábado, 19 de mayo de 2012

Perú: Cipriani y la Iglesia que se desmorona.


Una reflexión desde México.

Estas reflexiones se generan, lejos del Perú, a raíz de la suspensión o privación del ejercicio de su ministerio, al sacerdote peruano Gastón Garatea Yori ss. cc., por parte de su propio obispo, el 10 del presente mes (mayo, 2012).

Conozco al Cardenal de Lima desde sus tiempos de cura raso en Abancay (sur del Perú), en los inicios de su feroz trayectoria pastoral como miembro del Opus Dei, su tenaz batalla contra aquellos textos docentes de avanzada de los meritorios jesuitas Idígoras y Bastos, sus convenientes cercanías a ciertos sectores de los militares peruanos en Ayacucho y otras andanzas más. Se puede decir, sin ánimos de señalar méritos, que siempre ha sido hombre de una sola pieza y una sola línea. Pertenece al clan de quienes jamás aceptarán que otra Iglesia, otra teología y otro tipo de relación con el mundo, son posibles. En el ambiente de la iglesia católica peruana de aquellos años, que un miembro del Opus Dei fuese designado Cardenal de Lima no tuvo nada de extraño. Pero sí que lo fuese un hombre del perfil intelectual y temperamental de Cripriani. Eran tiempos en que, no por casualidad, el Opus Dei era muy fuerte en el Vaticano y muy cercano a Juan Pablo II y a su proyecto de iglesia centralista, autoritaria y radicalmente clerical. También eran los días (que no han terminado) en que la propia iglesia amordazaba o vetaba a sus mejores teólogos.

Gastón Garatea, en el periodo que viene desde el momento en que terminó el gobierno de Alberto Fujimori y se impuso cierta voluntad de esclarecer tantas muertes y violaciones de derechos humanos ocurridos en su mandato, ha sido uno de los sacerdotes que más se ha distinguido por funciones y compromisos de justicia social, junto con equipos de personas de excelente calidad y entereza. La sanción eclesiástica a Gastón Garatea no proviene sólo de la bilis ultra ortodoxa de un cardenal del Opus. Seamos claros: este tipo de acciones se generan desde lo más profundo de un proyecto de restauración de la Iglesia Católica preconciliar impulsado desde Juan Pablo IIquien, sin desmerecer los méritos que traía de su ministerio en la Polonia comunista, se creyó poseedor de una misión que venía desde el cielo: rescatar a la iglesia de los excesos derivados del concilio Vaticano II. ¿Qué excesos? Entre otros: la autonomía de las iglesias nacionales y diocesanas, la libertad de investigación de los teólogos, el avance en los nuevos planteamientos de la moral sexual y el control de la natalidad, la libertad de indagar y poner en cuestión el celibato sacerdotal obligatorio, cualquier teología con cierta dimensión social, etc. Frente a esos supuestos excesos, Juan Pablo II implementó un proyecto de iglesia centralista, autoritaria y absolutamente clerical que, hasta el día de hoy, amordaza y silencia a sus mejores personas, sobre todo si son clérigos. Desde entonces, en la iglesia católica, se eligen y nombran, para cargos de toda la línea jerárquica a quienes han demostrado entrar por el aro. Definitivamente: se prefieren a los sumisos antes que a los inteligentes y valientes. Estamos ante una institución que, al menos en sus más altas jerarquías, cree más en sí misma y en su poder, que en su misión. Por eso al cardenal le incomodan tanto sus sacerdotes que, como Garatea, han sido parte de instituciones tales como la Mesa de Concertación de Lucha contra la Pobreza, la Comisión de la Verdad y, más recientemente, mediadores en los conflictos mineros de Cajamarca. Tal pareciera que en los momentos más álgidos, preocupan más los desobedientes que piensan por si mismos, que los muertos.

El cardenal Cipriani es indicador de una crisis mucho más profunda que lo que puede significar la suspensión ministerial de un sacerdote en el Perú o en cualquier parte del mundo. Coincidiendo en el 2010, el jesuita egipcio Henri Boulard (3/I/2010) y el teólogo alemán Hans Kung (15/04/2010) condiscípulo de Benedicto XVI en la universidad, enviaron al actual Papa sendas cartas de alarma sobre el futuro de la actual Iglesia Católica.
H. Küng: “preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma”, os dirijo esta carta abierta porque “en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas”.
Henri Boulard: “Sabrá disculpar mi franqueza filial …pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia…”. “Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que “son menos cinco” y que la situación no puede esperar más”.

En las respectivas cartas, los dos autores recogen, entre las cuestiones pendientes urgentes que le presentan al Papa, lo que el cardenal Cipriani ha considerado motivo de suspensión ministerial en el comportamiento y declaraciones de Gastón Garatea. Tal pareciera que los cinco minutos no serán suficientes.

El Vaticano sigue reproduciendo en sus nombramientos este modelo de iglesia. Me atrevo a pensar que los dos próximos Papas, hoy ya son obispos y caminan al paso del Vaticano. Puede ser que este modelo de iglesia esté ya garantizado para los próximos 50 años. Por tanto, será difícil que la crisis señalada por esos dos teólogos sea superada positivamente desde arriba. Si es así, sólo quedaría una alternativa para esta estructura vertical y autoritaria de la iglesia: la respuesta desde abajo! Sólo pensarlo producirá cierto vértigo a muchos ministros.

Así las cosas, me viene a la mente algo que hasta ahora nunca lo he visto aplicado a las iglesias. En el mundo de la antropología, en las últimas décadas, se ha hablado mucho del patrimonio cultural intangible de países e instituciones. Ciertos patrimonios culturales son declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO para favorecer su conservación. Me pregunto si la crisis a la que nuestros dos teólogos citados se refieren, no podría ser la base de una acusación en forma, de malversación de capital moral, intelectual e institucional que atenta contra los dos mil años de historia del cristianismo.

Mientras se dirime mi pregunta, me quedo pensando en una ocurrencia traviesa: ¿Qué haría el Cardenal Cipriani si 400 sacerdotes de su archidiócesis, en esta semana entrante, salieran a la Plaza de Armas de Lima portando el grito silencioso de una gran pancarta en la que se leyera: “NOSOTROS TAMBIÉN, CARDENAL!” Porque todo indica que tendrá que ser desde abajo.

Ciudad de México, 12-V-2012

Fuente: Atrio