Mostrando entradas con la etiqueta solsticio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta solsticio. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de diciembre de 2016

La estrella.


José Arregi

Amiga, amigo: ¡Feliz Navidad! O, si prefieres, feliz solsticio de invierno: la noche empieza a acortarse en nuestro hemisferio Norte, aunque sucede justo lo contrario en el hemisferio Sur. El Sol que muere nace y muere y renace. Cuando unos lo vemos ascender en el cielo, otros lo ven descender, pero a todos los vivientes nos regala su energía, aliento vital, de día y de noche, de solsticio en solsticio y de equinoccio en equinoccio. Loado seas, hermano padre Sol con nuestra hermana madre Tierra.

Es imagen de la Vida que no nace ni muere, que ES “en el principio”, mucho antes que el Sol y todas las estrellas, “antes” de todo antes y después, en lo más profundo del presente. Lo llamamos “Dios” y no sabemos decir qué es, sino que ES, y solo lo podemos decir con imágenes torpes. Es Espíritu o Aliento, Impulso, Eros o Amor infinito, Presente o Presencia absoluta. No es nadie ni nada que tenga forma, pero es Todo en todas las formas. Es Yo/Tú, Él/Ella, Nosotros/Nosotras. Es Palabra, Relación, Comunión universal. Es creatividad infinita. Es infinita bondad creadora, que se manifiesta en todo lo que es bueno o para bien, en todos los seres, en todos los vivientes, en todos los humanos.

Es el Sol que renace cada día en el fondo de tus sombras, como en el solsticio de invierno.
Míralo, agradécelo, déjate alumbrar. Y, en tu pobreza, encárnalo, sé lo que eres: compadece, acompaña, consuela, subvierte. Así lo encarnó Jesús de Nazaret, hijo de María y de José, o hijo del Espíritu de la Vida, como todo viviente. Fue un profeta bueno y subversivo de una aldea oscura en un rincón de Palestina hace 2000 años. Llegó a ser lo que era. Creyó en la bondad, activó la esperanza, anunció la liberación a todos los oprimidos, curó enfermos de alma y de cuerpo, hizo frente a la autoridad religiosa y al poder imperial. Fue libre y bueno. Fue feliz, porque tuvo entrañas. No fue perfecto (¿qué es eso?), sino humano, hecho de arcilla frágil e inacabada, como tú y como yo. En la bondad de su humanidad inacabada, encarnó a Dios, el Misterio de la Vida, en forma a la vez parcial y plena, pues en la parte se halla el Todo. Algunos hombres y mujeres, al verlo, como los magos de Oriente perdidos en el camino, se dijeron: “Hemos encontrado la estrella que nos guía”. Y lo siguieron.

Nos lo cuentan los evangelios, sean canónicos o apócrifos. Pero todo eso no es historia, dirán muchos, sino leyendas de fe. Tienen razón en buena parte. El Jesús de los evangelios es una figura profundamente recreada por la fe de sus discípulas y discípulos. No sabemos, por supuesto, en qué día nació. Solo en el siglo IV se estableció en la mayoría de las iglesias la celebración de su natividad el 25 de diciembre, al final de las fiestas del solsticio.

Y es lógico, pues ese día celebraban los romanos el nacimiento del sol y de Apolo, los mitraicos el nacimiento de Mitra, los germanos el de Frey (y luego los aztecas el de Huitzilopochtli, los incas el de Inti…). Los nombres son distintos, pero la luz es la misma. La luz que brota del fondo de todo, que nos infunde el calor de la vida, y que nosotros hemos de encender. No hay nada más verdadero.
No importa el día en que nació Jesús, sino la figura luminosa que los evangelios presentan, la del hombre libre y hermano. Diré más: ni siquiera importaría que nada de lo que nos cuentan dichos evangelios, de manera por cierto tan distinta y a veces contradictoria, sea propiamente histórico. Lo que importa, al final, es que se abran los ojos para verlo todo de manera nueva, para ser lo que fue Jesús, lo que somos de verdad.

Lo más real de Jesús no son los dichos y hechos que pudieran probarse como históricos, sino la hondura de la Vida que le hizo y nos hace más libres y humanos. Solo puede decirse en parábolas, poemas y evangelios. El anuncio de un ángel a María y a José y a los pastores de Belén, el nacimiento virginal, el viaje de los magos guiados por la estrella que aparece y desaparece… nunca sucedieron como hechos históricos, como no sucedieron la multiplicación de los panes o la resurrección física con la tumba vacía y tantas cosas más. Pero ¿hay algo más real que “eso indecible” que nos quieren narrar?
¿Qué es eso? Es lo que narra el mito, sugiere el poema, sueña el niño, anuncia el profeta, emprende el rebelde. La bondad creadora: he ahí la estrella.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del GRUPO NOTICIAS el 24 de diciembre de 2016)

martes, 25 de junio de 2013

Año Nuevo Indígena: 5,520 años de continuidad de los pueblos andinos.


Por Sybila Tabra

El Inti Raymi, el Machaq Mara, el Willka Kuti, el We Xipantu, el Mosoq Wata son algunas denominaciones de cómo los pueblos originarios identifican y celebran el denominado Año Nuevo Indígena, ya sea andino o amazónico.

El acontecimiento asociado al “retorno del sol” se deriva del solsticio de invierno que define un nuevo ciclo agrícola y una nueva época para las siembras anuales.

Una interpretación reciente afirma que se celebran 5,520 años de pervivencia de los pueblos andinos, partiendo de 5,000 años de antigüedad que se atribuye a la milenaria cultura Tiwanaku, a los que se suman otros 520 años desde 1492, cuando la conquista occidental interrumpe el proceso autonómico de los pueblos originarios de este continente.

Es el día en el que los sabios indígenas de cada pueblo celebran un momento clave y simbólico de la renovación de la naturaleza y la vida, en el que el astro “Rey” adquiere presencia y protagonismo universal que se manifiesta en el cambio de estación.

El frío invernal se hace intenso debido a que el sol se ubicará en el punto más alejado de nuestra parte en la Tierra: el sur. La oscuridad deja paso a días más largos y luminosos hasta la llegada, de nuevo, del frío.

El Año Nuevo Andino es una celebración mística que pervive y se renueva cada año en la espiritualidad de los pueblos andinos y que también se expande entre los pueblos amazónicos.

Desde antiguo, los agricultores indígenas se rigen por la observación de diversos fenómenos astronómicos para orientarse sobre los momentos en que debían realizar sus faenas agrícolas y ganaderas, como siembras, cosechas y esquilas a los camélidos andinos.

En muchas partes del mundo los pueblos ancestrales efectúan ritos y ofrendas al Sol y a la Madre Tierra en expresión clara de la armonía entre los seres humanos y la naturaleza, entre los seres humanos y el universo sagrado, principio básico en la espiritualidad indígena.


La celebración del Inti Raymi

El Inti Raymi o Fiesta del Sol era el más importante de los cuatro festivales que celebraban los incas en el Cusco. Algunos calendarios registran como fecha principal el 24 de junio, que coincide con el final de la cosecha y el equinoccio de invierno.

El investigador Tom Zuidema indica en su libro “El calendario inca”, que el momento de clímax del Inti Raymi se producía durante el solsticio de junio, alrededor del 21 y 22 de junio.

Según relata el Inca Garcilaso de la Vega, significaba el inicio de una nueva etapa en el “tiempo circular inca”, asociado además al origen mítico del Inca quien fue enviado por el Sol, como ordenador de las acciones de las poblaciones del mundo antiguo.

La celebración duraba quince días, en los cuales había bailes y sacrificios. Durante el mes los sacerdotes seguían el movimiento del Sol en procesiones diarias, sacrificando una llama en la montaña Huanacauri, una llama en el Coricancha y una tercera en la montaña Quiancalla.

De este modo anunciaban y facilitaban el regreso del Sol, para que les proveyera de calor y enviara la lluvia para el primer riego.

El último Inti Raymi con la presencia del Inca fue realizado en 1535. En 1572 el virrey Francisco Álvarez de Toledo la prohibió por considerarla una ceremonia pagana y contraria a la religión católica.

Después de muchos años, en 1944, Faustino Espinoza Navarro ejecutó una reconstrucción histórica del Inti Raymi basada en la crónica de Garcilaso de la Vega pero sólo referida a la ceremonia religiosa.

La recreación actual del Inti Raymi tiene 70 años de existencia y se reproduce como un evento público y turístico en el que se reivindica y reafirma el espíritu y la cosmovisión indígena.

La escenificación tiene como eje central la explanada de Sacsahuamán donde participan más de 800 actores y congrega a más de 30.000 espectadores provenientes de diversos lugares del mundo.


La ceremonia central se inicia a la 1.30 p.m. con la escenificación del emplazamiento ceremonial donde se reciben informes de los cuatro suyos o regiones que formaban la civilización inca y prosigue con los ritos de la chicha y el fuego sagrado.

Uno de los momentos más conmovedores es el sacrificio de la llama para pronosticar los augurios de nuevos tiempos. Además, la ceremonia sigue con el rito del sankhu (pan sagrado) y culmina con el q’ochurikuy o estallido de exaltación popular.

Durante una hora y media el público prácticamente se traslada a la época en que Pachacútec gobernaba el Tahuantinsuyo para saludar al Inca y al Sol y celebrar con unción espiritual y con éxtasis pletórico un nuevo ciclo de cambio y renovación que reafirme la vida y la naturaleza.
Otras noticias:

Fuente: Servindi