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jueves, 6 de diciembre de 2012

Primero fueron los bosques, ahora quieren los océanos y la agricultura en el mercado de carbono.


Por Equipo negociador de Bolivia
En la plenaria del Órgano Subsidiario de Asesoramiento Científico y Tecnológico (SBSTA), se pretendió incluir la Agricultura como una actividad relacionada con la mitigación y la captura de carbono con la evidente intención de convertir luego las absorciones de carbono agrícolas en bonos de carbono para el mercado de carbono.
Esta posición promovida por algunos países desarrollados desconoce el rol de la agricultura en la seguridad alimentaria, en la provisión de fuentes de trabajo y de vida a las comunidades indígenas y campesinas y a los pequeños productores agropecuarios.
En estas circunstancias, el jefe de la delegación boliviana pidió la palabra en la plenaria de SBSTA, para denunciar que es un atentado a la naturaleza y al sentido común que se esté empujando a los países a mercantilizar con bonos de carbono la agricultura tal como se hizo con los bosques a través de REDD+, tal como se pretende hacer con los océanos y con la tierra.
“Señor presidente -expresó la delegación boliviana-, en Bolivia el 37% de la población produce alimentos que son la base de la seguridad alimentaria campesina e indígena y del 63% restante de la población. La Agricultura provee alimentos, nos da fuentes de trabajo, nos da vida, es la base cultural, económica y social de nuestras comunidades, nuestros pueblos, nuestros productores”.
“La agricultura está afectada por el cambio climático, por los desastres naturales generados por eventos climáticos extremos… ¡No se puede asumir la agricultura solamente como un elemento de mitigación climática (es decir, de emisión y absorción de carbono)! Debemos enfocar la agricultura principalmente en el marco de la adaptación climática, de la erradicación de la pobreza y el hambre… ¡NO pretendan mitigar nuestras fuentes de vida!”, expresó.
Un duro debate se generó en la sala y muchos países expresaron la misma opinión, entre ellos India, Argentina, Brasil, Uruguay, Nicaragua, Venezuela, Cuba. La posición critica de muchos países en desarrollo provocó que este tema fuera postergado y será analizado a lo largo de 2013 en varias sesiones para su consideración en la próxima COP19.
Doha, 2 de diciembre 2012

Los países en vías de desarrollo hacen mayores esfuerzos de reducción que los desarrollados

Bolivia observó hoy rigurosamente en las negociaciones de Cambio Climático, que los países en desarrollo están haciendo mayores esfuerzos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que los países desarrollados, además de no observarse compromisos y voluntad política de los países desarrollados para hacer reducciones ambiciosas, estando estos más bien obsesionados en crear nuevos y más mecanismos de mercado de carbono.
Los países en desarrollo han hecho ofertas de reducción de más de 5,2 Gigatoneladas de CO2eq, en tanto los desarrollados han ofrecido apenas 3,8 GtCO2eq; si a esto se añaden las ofertas de créditos de carbono adicionales, que podrían hacer algunos países, el esfuerzo de los países en desarrollo subirá en 2 GtCO2eq.
Paradójicamente los países pobres están haciendo el trabajo de los países desarrollados, en tanto algunos de estos no terminan de ratificar sus compromisos en el marco del protocolo de Kioto y se niegan a efectivizar apoyo financiero y transferencia de tecnología. ”Los países desarrollados deben cumplir su obligación de transferir financiamiento y tecnología, tal como lo manda la Convención, que es la constitución mundial del cambio climático”, dijo René Orellana, Jefe de Delegación de Bolivia en Doha.
El costo de mitigación lo están asumiendo igualmente los países en desarrollo. Reducir o limitar emisiones cambiando la tecnología energética y desarrollando acciones de mitigación climática tiene un costo de inversión de 38$us por tonelada de carbono reducida, costos que los mercados de carbono no podrán proveer, puesto que con la crisis financiera actual, el precio por tonelada no llega ni a 6 Euros por tonelada, de aquí que los mercados no son la solución sino mas el problema porque facilitan el incumplimiento de obligaciones de os desarrollados, expreso Bolivia.
Latinoamérica para el 2030 tendrá que invertir 49 billones de euros anuales para mitigación climática (es decir, reducción de emisiones) y África 34 billones, la pregunta que nace ante esta problemática es ¿de dónde saldrán los recursos financieros? Los países desarrollados, culpables históricos de la crisis climática, deben cumplir con la obligación de proveer financiamiento y tecnología para afrontar una crisis que ellos crearon. Si a esos números se añaden los costos de adaptación y de reconstrucción de daños por impactos climáticos y los costos de erradicación de pobreza, el desafío de los países en desarrollo se vuelve gigante.
“Es vergonzoso, que con un panorama así, países como Estados Unidos hayan decidido salir del Protocolo de Kioto y hacer solo ofertas políticas. ¡Bolivia no aceptará anuncios políticos cuando la madre tierra necesita soluciones concretas!”, expreso el jefe de delegación.
Doha 29/11/2012

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Fuente: Servindi

miércoles, 6 de abril de 2011

El desarrollo de las fuerzas destructivas.


Juan Diego García

Con la modernidad ha venido aparejada la idea del progreso, del renacer, de una época de luces en contraste con la muy enfatizada oscura noche del Medioevo. El devenir histórico se asume como una especie de línea ascendente hacia un bienestar que si bien admitía pequeños retrocesos acaba pronto por ajustar sus dinámicas en todos los órdenes expandiendo mayores cotas de libertad e igualdad a colectivos sociales cada vez más amplios.

El análisis de las sombras en este proceso de elevado y explicable optimismo queda relegado a las pocas voces que destacan el duro impacto del progreso sobre las mayorías proletarias y campesinas y sobre los pueblos de la periferia del sistema, víctimas mayores de la expansión del capitalismo por el planeta. Uno de los elementos decisivos de toda esta dinámica revolucionaria es sin duda la ciencia moderna y su estrecho vínculo con el desarrollo material, algo que ha permitido en cortos períodos alcanzar niveles de producción sin parangón en el pasado. En efecto, con el capitalismo se han logrado alcanzar niveles de riqueza material que ni las mentes más agudas de antaño se hubiesen imaginado, si bien muy mal repartidas a todos los niveles. Por su parte el socialismo soviético industrializa a la URSS en un cortísimo espacio de tiempo si se compara con el mismo proceso en el Occidente capitalista y no menos sorprendente será el caso de la República Popular China convertida hoy en la segunda potencia industrial del planeta.

La idea optimista del progreso enfatiza casi siempre los aspectos cuantitativos del problema y lleva a sus extremos la idea del desarrollo de las fuerzas productivas, dando por bueno cualquier avance material sin dar mayor importancia a los demás aspectos. Desde una perspectiva capitalista primará naturalmente el principio de la ganancia sobre cualquier otra consideración y solo una presión social considerable obligará a tomar en cuentas otros factores que a corto o largo plazo desaconsejen determinadas decisiones. Por su parte, en el modelo soviético del socialismo - con otros presupuestos ideológicos- se asume la cuestión de manera semejante y se reduce la teoría del desarrollo de las fuerzas productivas a sus aspectos puramente cuantitativos.

Pero el progreso así entendido fue objeto de críticas desde los albores mismos de la modernidad. El movimiento obrero y socialista en Europa pone en evidencia ya en el siglo XIX (y las luchas campesinas inclusive antes) que las ventajas del nuevo orden favorecen básicamente a unas minorías y que las nuevas fuerzas productivas devoran literalmente generaciones enteras al tiempo que destruyen el medio, aunque entonces ese impacto no preocupa demasiado ya que existe una relativa abundancia de recursos en el planeta. Los dramáticos impactos del naciente capitalismo dan pié a las ensoñaciones románticas y conservadoras sobre un mundo rural que la modernidad extingue pero también a respuestas revolucionarias y reformistas orientadas al futuro. Imparable, el sistema impone no obstante el escenario de las barriadas miserables y un medio ambiente deteriorado en extremo pero que parece digerir sin problemas el pesado humo del industrialismo. Todo sea por el progreso, es la consigna.

El socialismo de tipo soviético que predominó a lo largo del siglo pasado no resultó ajeno a esta idea de ingenuo optimismo sobre el progreso material que trae el industrialismo y la modernidad. Por razones comprensibles (su atraso material, ante todo) las grandes revoluciones socialistas en Rusia y China manifiestan una especie de exagerado “productivismo”, es decir, un énfasis decisivo en el desarrollo material a cualquier precio con el sacrificio heroico de varias generaciones y con el consecuente impacto sobre la naturaleza (destructivo en extremo e irreparable en muchas ocasiones).

Con los vertiginosos avances del último medio siglo el aspecto destructivo de las fuerzas del progreso se evidencia de forma dramática y solo por intereses espurios se lo niega o se lo justifica argumentando que la destrucción es el precio inevitable a pagar por el bienestar. Como corolario, un optimismo interesado acerca del omnímodo poder de la ciencia y de la técnica sirve de base para confiar en ellas la reparación de los daños infringidos a la naturaleza y a los seres humanos. Siempre habrá una solución científica para todo: para las fugas radioactivas o para aliviar los efectos más duros de la condición alienada del ser humano en la modernidad.

Los actuales acontecimientos en Japón ponen en evidencia la dinámica letal que trae consigo el progreso cuando las fuerzas de la ciencia y de la técnica devienen en factores destructivos de incalculables consecuencias. Ya no es solo que empresarios y autoridades niponas hayan obrado con total negligencia en el mantenimiento de las centrales nucleares como denunció la Agencia Internacional de la Energía Atómica que repetidas veces advirtió sobre los fallos que provocaron una catástrofe que hoy amenazan con extenderse por buena parte del planeta, sino que -de nuevo- tras estos fallos no hay otra cosa que el afán de lucro y una devoción irresponsable por el progreso a cualquier precio. Igual ocurre con el derrame de petróleo en el golfo de México por culpa de la BP, el surgimiento y propagación de la gripe aviar a partir de granjas saturadas y sin control (pero muy ventajosas para sus propietarios), el aire envenenado de las ciudades por culpa del automóvil -un gremio con inmenso poder político- y otros muchos casos, todos ellos indefectiblemente ligados a la obtención de beneficios sustentados siempre con el discurso del necesario progreso material de la sociedad.

Pero la tozuda realidad se encarga de recordar la dinámica contradictoria que encierra el desarrollo de las fuerzas productivas cuando se limita al productivismo o se reduce a los estrechos límites del cálculo empresarial. El capitalismo no solo colapsa porque disocia su enorme capacidad productiva de la necesidad de distribuir la riqueza creada sino porque con tal de asegurar los más altos niveles de beneficio convierte el positivo desarrollo de las fuerzas productivas en un factor de destrucción que llega a poner en peligro a la misma especie humana. Seguramente con presupuestos políticos diferentes el socialismo soviético condujo a resultados similares, al menos en este aspecto, (la destrucción del Mar de Aral o el accidente nuclear de Chernóbil son pruebas dramáticas que no permiten abrigar dudas al respecto).

La industrias en general, la energía nuclear, el automóvil, la agricultura moderna de gran plantación, el comercio masificado de las grandes superficies, ciertas obras de infraestructura de gran impacto en el medio y otras actividades similares en el capitalismo aseguran sin duda productos y servicios baratos y en cantidades ingentes pero al mismo tiempo provocan inevitablemente la contaminación del suelo, la polución del aire y del agua, la destrucción de los bosques, el envenenamiento de los alimentos y la puesta en riesgo de la salud humana no menos que la desaparición acelerada de miles de especies animales y vegetales de valor incalculable para la misma supervivencia del planeta y la innecesaria aniquilación de pueblos y culturas de incalculable valor.

Si en el mundo rico crece entre la ciudadanía el descontento con un orden que sacrifica la calidad de vida y muestra cada vez con mayor evidencia su carácter insostenible, en la periferia pobre del planeta los retos para salir del atraso y la pobreza por caminos diferentes al industrialismo clásico se imponen en la agenda del desarrollo. La minería a cielo abierto, la explotación de petróleo y gas, la tala de bosques a gran escala, la realización de obras de infraestructura, la producción masiva de alimentos y demás mercancías indispensables para sostener una vida razonablemente digna, todo ello sin seguir los mismos caminos del capitalismo se convierten en el nudo gordiano, en desafíos tanto teóricos como prácticos de cuya solución eficaz depende superar la condición de naciones inviables, de sociedades cloaca, es decir, receptoras de los desechos materiales y culturales del sistema capitalista mundial.

Cuando las naciones que buscan salir del atraso dependen del petróleo, la minería, la oferta de alimentos a gran escala y en general de materias primas, convertidas por tanto en suministradoras cautivas del mundo rico, perpetúan necesariamente su carácter de economía deformadas y dependientes, dilapidan sus propios recursos (casi todos no renovables) y destruyen su medio ambiente a cambio de nada. Si los habitantes del mundo rico ven amenazada su calidad de vida y su vida misma por un Fukushima nuclear, no menos le ocurre a los mapuches de Chile cuando se enfrentan a las grandes multinacionales que invaden sus tierras e inundan sus campos para garantizar el “progreso”. Desafíos similares enfrentan poblaciones urbanas y rurales de Perú, Ecuador, Brasil o Colombia que hacen frente a los mismos dilemas y no pocas veces deben pagar un alto precio para no ser convertidas en víctimas propiciatorias del “progreso”.

Más allá del discurso engañoso de los defensores del capitalismo y, por supuesto, más allá de la visión romántica de socialismos utópicos que idealizan mundos premodernos, se impone la necesidad de formular en las nuevas condiciones las líneas maestras de la teoría de las fuerzas productivas, armonizando las relaciones entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza. Seguramente todo pasa por revertir las actuales relaciones sociales de forma que de objetos devengamos en sujetos y que el progreso que permiten la ciencia y la técnica no lleven a la humanidad a morir de éxito.

Fuente: ApiaVirtual

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