Mostrando entradas con la etiqueta alexander cabezas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alexander cabezas. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de octubre de 2013

Entre Dios, la fe y su voluntad.


Existe un punto crucial en nuestro diario caminar y, aunque nos cueste reconocerlo, para entender la voluntad divina no siempre existirán respuestas claras, lógicas o sencillas. De hecho, la falta de comprensión afecta tanto al creyente maduro como al iniciado en la fe. Lo cierto es que esta realidad seguirá presentándose como un abismo entre nuestras pretensiones humanas y las intenciones altas, nobles y perfectas de Dios (Isaías 55:8).

Seamands (1986), provee una interesante ilustración; él relata un cuento de un niño llamado Philip que había nacido con una discapacidad física. Este niño escuchó que si pedía con fe Dios podía sanarlo, y así lo hizo antes de acostarse; se miró los pies torcidos y después de su oración se durmió. A la mañana siguiente al despertar lo primero que hizo fue descubrirse los pies, que seguían tan deformados como siempre. El niño se quedó muy desilusionado y herido. “Esta experiencia es el comienzo de la pérdida de su fe”, nos relata el autor (Dejando a un Lado lo que es de Niño, 1986,39).

La historia de Philip se repite una y otra vez. Muchas personas caminan por la vida heridas, lastimadas y frustradas, porque creyeron que Dios iba a responder indiscriminadamente a todas sus oraciones cuando en realidad, algunas situaciones se tornaron aún más difíciles y espinosas.

La Biblia nos anima a creer que Dios puede hacer grandes cosas. Jesús también nos exhortó a tener fe: “Si ustedes creen, recibirán todo lo que pidan en oración” (Mateo 21:22 N.V.I.). Pero una mala interpretación y aplicación de pasajes como éste, nos han llevado a juzgar, criticar y fabricar respuestas ligeras e irresponsables, en un intento de resolver esta incógnita bíblica y teológica.

Quien escribe tuvo un hermano que nació con una severa discapacidad mental. De niño mi madre nos llevaba a todos los servicios cristianos y siempre era la primera en pasar al frente para pedir sanidad por mi hermano. Desde pastores pentecostales hasta los más reservados y recatados oraron una y mil veces, pero él nunca fue sano.

Recuerdo a varios de estos pastores insensibles culpando a mi madre y a mi padre, porque debido a su “falta de fe” mi hermano no se sanaba. ¡Qué grave error y que pésima representación cristiana de estos líderes!

Aún recuerdo a mi madre regresando cabizbaja al hogar casi derrotada, culpándose o culpando a mi padre de que por esta “incredulidad” Dios no había obrado.

Gracias a experiencias de adolescencia como esta tuve serias dudas acerca de Dios, de su amor, y durante años fui rebelde. No fue fácil para mí salir de ese pozo oscuro, me costó años restablecer mi fe, confianza y compresión en Dios.

Hay muchas circunstancias que no entendemos, ni las entenderemos en esta vida. Ante todo, Dios responderá conforme a sus propósitos y no siempre de acuerdo con nuestros deseos, a pesar de que estos puedan ser nobles y nuestras necesidades muy urgentes y reales.

Las buenas nuevas en la Biblia nos enseñan que Dios es un Padre amoroso y desea lo mejor para nosotros, y a pesar de los valles de sombra que atravesemos, podemos tener la seguridad de que él estará allí con nosotros.

Bien haríamos en recordar que con él hemos encontrado tiempos de alegría, gozo y respuestas hermosas, que han llegado a nuestras vidas cuando menos las esperábamos, y aún más allá de lo solicitado. Pero creer que por estar en Cristo hay una garantía ilusoria de vivir en “un jardín de rosas”, lejos de los problemas, es otro extremo.

Mi hermano murió hace pocos años, pero me queda la satisfacción de que mis padres hicieron todo lo posible por darle la mejor atención mientras vivió, y ahora él se encuentra con mi padre quien también está gozando de la presencia del Señor.

Hemos escuchado acerca de John Newton (1725-1807), pastor inglés quien en vida escribió uno de los más celebres himnos: “Sublime Gracia” (Amazing Grace). Pocos conocemos otro himno que nos permita comprender más la forma en la que Dios responde como instrumento para nuestra formación:

Le pedí al Señor que pudiese crecer en fe, en amor, y en toda gracia, que pudiese conocer de su salvación, y buscar más intensamente su rostro. Tenía la esperanza de que en alguna hora feliz hubiera de contestar al instante mi súplica, y mediante el poder compulsivo de su amor dominar mis pecados, y brindarme descanso. En lugar de eso, me hizo sentir el mal escondido en mi corazón; y permitió que coléricos poderes del infierno asaltaran mi alma por todas partes. No sólo eso; con su propia mano parecía decidido a agravar mi dolor; contrariaba todos los planes honestos que me trazaba, marchitaba mis huertas, y me dejaba tendido.

Señor, ¿por qué es esto?, gemí tembloroso, ¿perseguirás a tu gusano hasta la muerte? Es de este modo, contestó el Señor, que yo contesto la oración que pide gracia y fe. Utilizo estas pruebas interiores para liberarte de ti mismo y de tu orgullo y para deshacer tus proyectos de gozo terrenal para que busques en mí el todo para ti.

La respuesta de Dios llegará, tal vez no como esperamos o deseamos; llegará de acuerdo con su voluntad y a sus propósitos para nuestra vida. ¿Pero estamos dispuestos a abrazar esa voluntad? Muchas veces la oración no cambia las cosas pero cambia la forma en que se ven las cosas. Sólo así estaremos en condiciones de vivir con esperanza, paz y confianza en Cristo Jesús.



Alexander Cabezas


Alexander Cabezas Mora, costarricense. Consultor en temas de niñez e iglesia. Profesor de varios seminarios teológicos en Costa Rica. Tiene una maestría y una licenciatura en teología y un bachillerato en Educación Cristiana.

lunes, 9 de septiembre de 2013

¿Tiene sentido la teología?



Tiempo atrás me encontraba en un congreso de líderes cristianos y uno de los expositores hizo la siguiente declaración: “Reconozco que los estudios teológicos de nada me han servido ante el nuevo mover que Dios está trayendo a nuestra congregación…”

Las palabras de este líder, muy reconocido en mi país por cierto, levantaron no pocos aplausos entre la mayoría de las personas de corte evangélico que se encontraban en el recinto. Pero para otros -me incluyo-, nos causó asombro. Nos quedamos perplejos intentando entender lo que estaba tratando de comunicar este hombre, quien se engrandecía con las ovaciones recibidas por la audiencia.

Algo es cierto, y aunque nos cueste reconocerlo, en muchos espacios de la iglesia se percibe la teología como un instrumento seco, estéril y arcaico que tiende a “estorbar el accionar de Dios” aunque, por supuesto, esa es una mala interpretación.

No obstante, en una ocasión hice el ejercicio de preguntarle a una jovencita congregante de 16 años lo que ella entendía por teología. No había terminado de formular mi pregunta cuando su reacción fue arrugar la cara mientras respondía: ¡Eso suena aburrido!

Es lamentable que esta sea la imagen de lo que algunos perciben sobre algo que, en teoría debería, ser nuestra mejor herramienta para presentar con calidad y entusiasmo las Buenas Nuevas del reino. Pero la culpa, sin duda, es nuestra.

En ocasiones no hacemos una buena presentación y, en nuestros discursos, complicamos el lenguaje con el objetivo de parecer elocuentes, eruditos y letrados, aunque se tenga que sacrificar la comprensión para la mayoría de nuestra audiencia.

Una vez un pastor me compartía que cuando un líder de su congregación tenía el llamado para el servicio él le recomendaba prepararse académicamente. Al poco tiempo notaba que algunos, lejos de utilizar lo aprendido para servir con mayor compromiso y pasión, se volvían engreídos, arrogantes y creían que, por manejar algunos conceptos y unas pocas herramientas teológicas, podían humillar al cristiano promedio.

Por supuesto, jamás será este el fin que esperan las instituciones teológicas de sus estudiantes. Adquirir una formación teológica debería producir humildad para reconocer lo neófitos e ignorante que somos, y lo mucho que necesitamos de la guía e iluminación del Señor en este camino.

Por otro lado, a algunos líderes se les reconoce por ser grandes movilizadores con sus elocuentes discursos, aunque no tienen solidez bíblica. Aún así son los que más están atrayendo a las masas, gracias a su capacidad para entusiasmar a sus congregaciones. En otras partes, los miembros de las iglesias se conforman con el mensaje ya digerido y elaborado desde un púlpito u otro escenario, y no se esfuerzan por inquirir si lo que se predica y enseña tiene sus bases y sus principios bíblicos.

Si un mover no produce un genuino arrepentimiento, vidas transformadas, un compromiso radical entre sus miembros y la comunidad que ministra, entonces dicho mover es cuestionable, pues es como las olas del mar que se disipan tan pronto tocan lo solido de la arena.

Me pregunto: ¿Será de esta disyuntiva la que algunos han aprovechado para introducir ideas y pensamientos cuyas conclusiones provienen de líderes irresponsables y poco escrupulosos en lo que respecta a los principios que se desprenden de las Escrituras?

La iglesia requiere de creyentes con amplia formación, conectados con sus comunidades de fe y con la sencillez con la que hablaba Jesús, o de lo contrario se corre el riesgo de desencarnar la teología de la vida práctica para amar, entender, trabajar y acompañar a la iglesia del Señor.

Otro concepto erróneo es creer que la teología es un ejercicio reservado para algunos intelectuales o un grupo elitista de estudiosos. Se critica a los teólogos (as) porque se quedan en la reflexión y no aterrizan. Se argumenta que los evangelistas, misioneros, pastores, ¡esos si son los hombres y mujeres de acción! Mientras los teólogos (as) y escritores (as) son los “pensadores abstractos”. De nuevo tenemos un problema con este tipo de conclusiones.

Aunque no todos han sido llamados a adquirir una vocación teológica formal, lo cierto es que, como creyentes, tenemos un serio compromiso de sustentar nuestras reflexiones en las Escrituras (1 Pedro 3:15). Además, todos los ministerios eclesiásticos se nutren de la teología. Desde el momento en que interpretamos el mensaje de Dios para la humanidad, estamos haciendo uso de este instrumento.

La teología no está en crisis, si la entendemos como la herramienta que orienta y provee dirección para aquellos grandes interrogantes que surgen de las problemáticas sociales, éticas, políticas y culturales, entre otras. La teología es valiosa como filtro para la interpretación de nuestro contexto desde una perspectiva integral.

Emilio Antonio Núñez (1996), reconoce que la labor del teólogo, del pensador, o del cristiano que se atreve a profundizar su conocimiento bíblico y teológico, no siempre será popular:

“Mientras otros van tras el aplauso de las multitudes, él (creyente), se consagra a su labor silenciosa de pensador cristiano. Sabe que cuando los aplausos no se escuchen más, las ideas seguirán triunfantes, porque la Palabra del Señor permanece para siempre 1 Pedro 1:25” (Pág. 149)[1].

Que Dios nos encuentre construyendo teología, pero de la buena, esa que se requiere hoy en día para seguir anunciando con eficacia el mensaje de Jesús. Es de esta forma como cerramos las brechas para una teología más práctica, funcional y con sentido.



[1] Núñez, A. Emilio. Teología y Misión Perspectivas desde América Latina. Publicado por la Oficina Regional para América Latina y el Caribe de Visión Mundial Internacional. 1996.
Alexander Cabezas


Alexander Cabezas Mora, costarricense, coordinador de Relaciones Eclesiásticas de Viva de América Latina. Miembro del Movimiento Juntos con la Niñez y la Juventud. Profesor de varios seminarios en Costa Rica. Maestrando en ciencias de la religión con énfasis en liderazgo. Su última publicación: Entre los límites y los derechos, disciplina de la Niñez (2011). Editorial Certeza, Argentina”.

Fuente: Lupa Protestante