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miércoles, 19 de junio de 2019

El orgullo del macho está por encima de su capacidad de amar.

"No solo está por encima sino que la absorbe totalmente y la desfigura"



La visión evolutiva de la realidad nos ha acostumbrado a comprender que las cosas no aparecen en la historia porque sí, ni de golpe, sino que suelen ir gestándose callada y lentamente, hasta que comienzan a adquirir las formas en que nosotros las conocemos. Teilhard de Chardin solía decir, con expresión que me gusta mucho, que todo lo que aparece al final de la evolución, estaba ya en sus inicios de una manera “oscuramente primordial”. Llega incluso a poner el ejemplo de la ley de la gravedad como prenuncio borroso del amor humano: de la atracción de los objetos a la atracción de las personas.

Desde este modo de ver, conocer la gestación de lo que va apareciendo en la historia ayuda luego a comprender, cuando nace, cuáles son sus mejores posibilidades y cuáles pueden ser sus mayores peligros. Porque, como tantas veces he dicho, nada aparece en la historia inmaculado, perfecto y sin “pecado original”. Y el arte del progreso consiste en conducir la evolución de modo que cada novedad dé lo mejor de sí y evite todos los riesgos que la acompañaban al nacer. Sin que esos riesgos nos lleven a rechazarla (porque eso sería “tirar al niño con el agua sucia de la bañera”), pero también sin que su novedad nos dispense de criticarla (porque eso sería no bañar o no alimentar al recién nacido).

Uno de los signos de nuestro tiempo es la promoción de la mujer y su lucha por la igualdad con el varón, sin que esta igualdad degenere en uniformidad y acabe anulando las diversidades cuando pretendía acabar con las desigualdades. Husmeando en mis recuerdos literarios he creído encontrar dos obras, donde podría adivinarse, de esa manera “oscuramente primordial”, algo de lo que hoy llamamos feminismo. Me refiero a la Casa de muñecas, de Ibsen y Madame Bovary de Flaubert. Ambas de mediados del s. XIX, ambas provocadoras de un gran escándalo social y, desde luego, muy opuestas entre sí. Para pasar al lenguaje de hoy hablaría de un feminismo humano y un feminismo burgués. Una palabra sobre cada una.

Feminismo


Feminismo humano

La obra de Ibsen se estrenó hacia 1870, creo. Su protagonista, Nora, es una mujer a quien el marido quiere mucho, muchísimo. Pero la quiere como a una “muñeca”: preciosa, encantadora e incapacitada para tomar una decisión por sí misma. Habrá de ser, pues, el marido que tanto la ama, quien la lleva, quien la trae quien le dice lo que tiene que hacer y le obliga a hacerlo. Siempre con las palabras más cariñosas, por supuesto; pero de un cariño paternalista y que se considera superior…

Esa Nora es la más completa expresión de la “mujer-objeto”: porque en este caso, el objeto no es solo su cuerpo sino su siquismo y toda su personalidad. Pero resulta que esa infeliz muñeca se ha jugado el tipo contrayendo deudas serias, para poder pagar la curación de su marido durante una enfermedad (que implicaba emigrar a un país cálido) y sin que éste supiera nada. Cuando luego, por el chantaje de un acreedor, aparecen esas deudas y el marido se entera, no le importa nada cuál ha sido el motivo de aquellos cambalaches de su mujer. Lo que cuenta para él es esta frase que define todo el sentido del drama: “ningún hombre sacrifica su honor a su amor”.

Esa puede ser una excelente definición del machismo, si le damos al honor un significado más amplio que el de la estima social: el orgullo del macho está por encima de su capacidad de amar. No solo está por encima sino que la absorbe totalmente y la desfigura.

Y así es como surge la ruptura: porque ella quiere ser persona y no muñeca. Quiere ser querida como ser humano y no como joya del macho. Joya que, en fin de cuentas, no deja de ser un objeto por precioso que parezca.

Manifestación de feministas


Feminismo burgués

Sobre la obra de Flaubert debo decir que no la considero tan excepcional como suele decirse, aunque sí creo que el autor es un estilista de primera. Pero me resulta demasiado melodrama y los personales no me parecen bien construidos porque todos actúan en función de la protagonista. No obstante, puede servir para presentar otro tipo de feminismo germinal que yo calificaría de burgués y que, sin dejar de interpelar al varón, marca los peligros de esta novedad histórica.

Ese feminismo burgués, representado por Madame Bovary (Emma) es una especie de egocentrismo que utiliza su condición de mujer como arma en favor de su propio egoísmo. Es interesante para nuestro análisis comparar la relación de Emma con el resto de mujeres que aparecen en la novela, y que son bastantes pero de estamentos sociales más bajos que el de Mme. Bovary. Esa relación es simplemente nula. 

En el terreno afectivo, Emma no busca ser querida como persona sino adorada como diosa. Y si, en el caso anterior, la culpa del hombre era su machismo, en este caso se puede apuntar una cierta falta de hombría en el marido. La quiere de veras y mucho; y lo muestra en mil conductas para con ella cuando surge algún problema. Pero, sencillo médico de pueblo sin más horizontes, no se ha preocupado de decirle continuamente cuánto la quiere ni de dedicarse a ella en la prosa cotidiana. Entregado totalmente a su profesión, olvida a su mujer y descuida (o desconoce) ese cultivo ordinario del cariño que es tan importante. Y ella, con la hijita además en casa de una nodriza, irá llenando su soledad con ensueños y lecturas que le hacen perder el sentido de la realidad.

Al primer amante, que es un vividor sin escrúpulos que la arrulla con rendidos discursos, se le entrega de una manera desaforada, desproporcionada, que le ocasiona luego una enorme crisis de salud, cuando él la abandona ante la propuesta de huir los dos a París. De esa crisis la sacará precisamente el marido, sin conocer la causa y sin buscarla. Luego, ante una nueva oferta de adulterio, la Bovary coqueteará primero buscando solo la adoración pero sin entregarse (“gato escaldado…”). Se regodeará con todos los discursos del amante (que esta vez va con mejor voluntad que el anterior) pero lo somete a un suplicio de Tántalo que es ahora la fuente de su placer. Sin embargo cuando por fin se entrega para no perderlo, nunca tendrá bastante. Cae en una símbiosis de dependencia y ensueños de amores aristocráticos (“como los de París”), y se embarca en una busca de más y más, que acaba metiéndola en aventuras económicas que arruinan al marido y la llevan a la desesperación.

Me resulta increíble que, en pleno s. XIX, pudiera una mujer, moverse con tanta libertad en la vida social y en la economía, sin que el marido se enterase absolutamente de nada. Y más en un pueblo de provincias. Esto obliga a examinarle a él. Ese pobre marido ha sido un claro factor causal, más que culpable, de la evolución de Emma: su cariño era otra forma de dependencia que se sentía tranquilo teniéndola a su alcance, pero que se derrumbará cuando la pierde. Y que nunca había sospechado que ella podría no sentirse tan bién como él.
En conclusión

Estos comentarios quieren ser solo como dos chispazos, que no son ellos la luz pero avisan que la luz existe. Aquí hemos aludido solo a las relaciones de pareja, pero queda todo el campos social donde quizás habría que remontarse hasta la Antígona de Sófocles...

Mirando de inculturar lo dicho en nuestro siglo XXI, se me ocurre que el dilema “profesión-pareja” forma hoy parte de la condición alienada del trabajo en nuestra sociedad opulenta. Y es bueno que esto no lo desconozca hoy la mujer cuando, desde la difícil óptica del encierro doméstico, ha ido buscando la salida laboral como “liberación”, en una sociedad como la capitalista. Ahora que vuelve a hablarse de los curas obreros, vale la pena recordar que ellos fueron al trabajo no para liberarse sino para compartir la condición del oprimido; lo cual contrasta con la aspiración laboral de algunas mujeres.

Con eso no quiero decir (¡por supuesto!) que la mujer no deba salir de casa y haya de quedar reducida a aquellas “sus labores” de antaño, no remuneradas además. Puede salir, por supuesto, pero no con aquella mentalidad que buscaba “amores como los de París”, sino como quien se incorpora al trabajo y a la profesión, para la liberación humana en este mundo tan injusto.

Añadiré que lo que me sugirió esta reflexión fue aquella pancarta (que ya critiqué en otro lugar), que llevaba una mujer en la primera gran manifestación del 8M y que apareció fotografiada en la primera página de El País del día siguiente. La pancarta decía simplemente: “quiero hacer lo que me salga del coño”. Me temo que aquella buena mujer era una Madame Bovary del s. XXI.

Así que, por todos los santos, no estropeemos las promesas de la historia. Recordemos aquello de Pablo de Tarso: “trabajar por nuestra salvación con temor y temblor”.



Feminidad y feminismo

miércoles, 13 de noviembre de 2013

¿Y qué entendemos por feminidad?


Ana Rodrigo

Sin querer robarle protagonismo al post de Boff Teología hecha por mujeres a partir de la feminidad, y ante la pregunta de Oscar sobre de qué mujer hablamos, me ha parecido necesario complementarlo con la pregunta ¿qué entendemos por feminidad,qué se espera de la teología hecha por mujeres. Y, como en un comentario en el hilo de Boff resultaría demasiado extenso e intenso, me permito una reflexión aparte para poder hacernos planteamientos imprescindibles cuando hablamos de la mujer y su implicación en los diversos campos sociales, políticos y, en este caso, religioso.

Al hablar de feminidad se le suele adjudicar una serie de cualidades femeninas, poco menos que congénitas a la mujer. No discuto que algunas de ellas estén en la constitución del cerebro de la mujer, no lo voy a discutir porque no sé nada de neurociencia, pero lo dudo muchísimo. De hecho he leído que la antropóloga norteamericana Margaret Mead estudió la tribu de los tchambull, (Papúa Nueva Guinea) en la que se encontraron unas actitudes en relación al sexo que son precisamente el reverso de las que predominan en nuestra cultura: allí la mujer es la que domina, ordena y es fría emocionalmente, mientras que el hombre se muestra sometido y dependiente.

Con esto quiero indicar que a lo que me voy a referir es a la feminidad como resultado de lo que las mujeres hemos vivido desde que apareció esta especie en el planeta tierra y de cómo se nos ha obligado a vivir, desde el dominio masculino, condicionando nuestro ser y estar en la vida.

Nadie discute que el sentido maternal es propio de mujeres, al igual que el sentido paternal es propio de los hombres. Y yo me pregunto ¿Por qué al sentido maternal se le atribuye cualidades adquiribles que no se le atribuyen al sentido paternal? ¿Es que el instinto paternal no ha podido ser modelado por la inteligencia humana? Al igual que este aspecto concreto, debemos preguntarnos por otros muchos que nos han hecho desiguales en nuestros comportamientos. A veces, si no rompemos el envase, no sabemos lo que hay dentro, y tenemos mucho miedo a lo que podemos encontrarnos y a lo que debamos desechar. Estamos en un cambio de época, no en una época de cambios, y hay que echarle valentía, de lo contrario, será la corriente la que nos lleve y no a la inversa.

El que se espere de una mujer que sea tierna, sacrificada, amable, afable, servicial, entregada, con especial sensibilidad para los valores sociales, religiosos, estéticos, más propensa a la dependencia y a la afectividad, etc. etc. ¿no es el resultado de su historia, de la vida de las mujeres y de lo que se ha esperado de ellas, bajo gravísimas condenas de todo tipo si no respondían a estas expectativas?

El que se espere de un hombre poder, control social, fortaleza, interés por la política y la economía, etc. etc., ¿no es lo que ha producido el resultado social que sintetizamos en el patriarcado, el androcentrismo o el machismo?

¿Son estas expectativas sociales resultado de un determinismo biológico?

¿Se espera de la teología feminista lo que hasta ahora se ha esperado de las mujeres en general? ¿O se espera que los hombres aparquen su rol de creadores de dioses y religiones, y escuchen qué tenemos que decir las mujeres desde la sumisión histórica que nos ha tocado vivir a esos dioses y a esas religiones? ¿O quizá se tengan que aparcar dioses y religiones creadas por ellos mismos y partir de cero a ver qué alternativas hay a dioses masculinos y religiones machistas, constructos humanos exclusivos de hombres? ¿Se espera que las mujeres aportemos una feminidad flácida, melosa, dulce, tierna, maternal, insulsa, a la teología de dioses poderos, omnipotentes, todopoderosos, invulnerables y áridos como cardos?

Pienso y creo que si desde el principio la cuestión se plantea equivocada, difícilmente vamos a hacer el camino en común. Será un proyecto frustrado.

Plantémosle cara con valentía al tema, y no temamos, que el resultado no va a ser peor de lo que lo hemos hecho hasta ahora en esta relación desigual de hombres y mujeres. ¡Cuántas mentiras nos han contado los hombres sobre dioses y demás derivados!

Vengo desde el ayer de años y siglos,
desde el pasado oscuro y olvidado,
con las manos atadas por la Historia,
con la boca tapada por silencios impuestos.

Vengo cargada de sufrimientos antiguos,
amasados en chozas, campos y ciudades,
arrastrando cadenas y muchas humillaciones
supuestamente “eternas” por insuperables.

Vengo del anonimato de l@s “donnadie”,
del quejido mudo de l@s “sinvoznivoto”,
de la marginación de l@s “poquitacosa”,
del abuso de poderíos remotos o recientes.

(Siento no poder poner el nombre de la autora, lo he sacado de un archivo antiguo y no sé quién lo ha escrito. Mi reconocimiento a la que lo escribió. Es sólo un fragmento, quizá vaya añadiendo alguno más).


Fuente: Atrio

jueves, 7 de noviembre de 2013

Teología hecha por mujeres a partir de la feminidad.



Leonardo Boff, Teólogo y filósofo

El Papa Francisco ha dicho que necesitamos una teología más profunda sobre la mujer y su misión en el mundo y en la Iglesia. Es cierto, pero él no puede desconocer que hoy existe amplia literatura teológica de la mejor calidad, hecha por mujeres en la perspectiva de las mujeres, lo que ha enriquecido enormemente nuestra experiencia de Dios. Yo mismo me he dedicado intensamente al tema, y terminé escribiendo dos libros, El rostro materno de Dios (1989) y Femenino-Masculino (2010), este último en colaboración con la feminista Rosemarie Muraro. Entre tantas de la actualidad, resolví traer al presente a dos grandes teólogas del pasado verdaderamente innovadoras: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) y Santa Juliana de Norwich (1342-1416).

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), considerada quizás la primera feminista dentro de la Iglesia, fue una mujer genial y extraordinaria no sólo para su tiempo, sino para todos los tiempos. Fue monja benedictina y maestra (Abadesa) de su convento Rupertsberg de Bingen en el Rhin, profetisa (profetessa germanica), mística, teóloga, predicadora ardiente, compositora, poeta, naturalista, médica informal, dramaturga y escritora alemana.

Es un misterio para sus biógrafos y estudiosos cómo esta mujer pudo ser todo eso en el estrecho y machista mundo medieval. En todos los ámbitos en los que actuó reveló excelencia y enorme creatividad. Muchas son sus obras, místicas, poéticas, sobre ciencia natural y sobre música. La más importante y leída hasta hoy es Scivias Domini (Conoce los caminos del Señor).

Hildegarda era sobre todo una mujer dotada de visiones divinas. En un relato autobiográfico, dice: “Cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses, los cielos se abrieron y una luz cegadora de brillo excepcional fluyó hacia dentro de mi cerebro. Y luego quemó todo mi corazón y el pecho como una llama, no quemando, sino calentando… y súbitamente comprendí el significado de las exposiciones de los libros, es decir, de los Salmos, los Evangelios y los otros libros católicos del Antiguo y del Nuevo Testamento” (véase el texto en Wikipedia, Hildegarda de Bingen, con excelente texto y literatura).

Es sorprendente cómo tenía conocimientos de cosmología, de plantas medicinales, de la física de los cuerpos y de la historia de la humanidad. La teología habla de la «ciencia infusa» como un don del Espíritu Santo. Hildegarda fue distinguida con ese don.

Desarrolló una visión curiosamente holística, enlazando siempre al ser humano con la naturaleza y el cosmos. En este contexto habla del Espíritu Santo como la energía que da viriditas a todas las cosas. Viriditas viene de verde, significa el verdor y la frescura que caracteriza a todas las cosas penetradas por el Espíritu Santo. A veces habla de la «dulzura inconmensurable del Espíritu Santo que con su gracia envuelve a todas las criaturas» (Flanagan, Hildegard of Bingen, 1998, 53). Desarrolló una imagen humanizadora de Dios pues Él rige el universo «con poder y suavidad» (mit Macht und Milde) acompañando a todos los seres con su mano cuidadosa y su mirada amorosa (cf. Fierro, N., Hildegarda of Bingen and her vision of the Feminine, 1994, 187).

Fue especialmente conocida por los métodos medicinales que desarrolló, seguidos en Austria y Alemania por algunos médicos hasta el día de hoy. Revela un conocimiento sorprendente del cuerpo humano y de qué principios activos de las hierbas medicinales son apropiados para las distintas enfermedades. Su canonización fue ratificada por Benedicto XVI en 2012.

Otra mujer notable fue Juliana de Norwich, en Inglaterra (1342-1416). Poco se sabe de su vida, si era una religiosa o una viuda laica. Lo cierto es que vivía recluida en un recinto amurallado de la iglesia de san Julián. Al cumplir 30 años tuvo una grave enfermedad que casi la llevó a la muerte. En un momento dado, tuvo durante cinco horas visiones de Jesucristo. Escribió inmediatamente un resumen de sus visiones. Y veinte años más tarde, después de haber pensado mucho sobre el significado de esas visiones, escribió una versión larga y definitiva Revelations of Divine Love (Revelaciones del Amor Divino, Londres 1952). Es el primer texto escrito por una mujer en inglés.

Sus revelaciones son sorprendentes porque están llenas de un inquebrantable optimismo, que nace del amor de Dios. Habla del amor como alegría y compasión. No entiende, como era creencia popular en la época y aún hoy en algunos grupos, las enfermedades como castigo de Dios. Para ella, las enfermedades y las pestes son oportunidades para conocer a Dios.
Ve el pecado como una especie de pedagogía mediante la cual Dios nos exige conocernos a nosotros mismos y buscar su misericordia. Dice más: detrás de lo que llamamos infierno hay una realidad más grande, siempre victoriosa, que es el amor de Dios.

Porque Jesús es misericordioso y compasivo es nuestra querida madre. Dios mismo es Padre misericordioso y Madre de infinita bondad (Revelaciones, 119).
Sólo una mujer puede usar este lenguaje de amorosidad y compasión y llamar a Dios Madre de infinita bondad. Así vemos una vez más como la voz femenina es importante para tener una concepción no patriarcal y por eso más completa de Dios y del Espíritu que recorre toda la vida y el universo.

Muchas otras mujeres podrían mencionarse aquí, como Santa Teresa de Ávila (1515-1582), Simone Weil (1909-1943), Madeleine Delbrêl (1904-1964), la Madre Teresa, y entre nosotros, Ivone Gebara y Maria Clara Bingemer, que pensaron y piensan la fe a partir de su ser femenino. Y siguen enriqueciéndonos.
Leonardo Boff escribió con Rosemarie Muraro Femenino y Masculino: Una nueva conciencia para el encuentro de las diferencias, 2002.

Traducción de Mª José Gavito Milano