Mostrando entradas con la etiqueta humanidad amenazada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humanidad amenazada. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de marzo de 2017

La humanidad amenazada por guerras altamente destructivas.



Leonardo Boff

Nosotros en Brasil conocemos una gran violencia social, con un número de asesinatos de los más altos del mundo. No gozamos de paz pues hay mucha rabia, odio, discriminación y perversa desigualdad social.
Sin embargo estamos al margen de los grandes conflictos bélicos que se están llevando a cabo en 40 sitios del mundo, algunos verdaderamente amenazadores para el futuro de la especie humana. Estamos en plena nueva guerra fría entre USA, China y Rusia. Se ha reiniciado una nueva carrera armamentística, sea en Rusia, sea en Estados Unidos con Trump, para producir armas nucleares todavía más potentes, como si las ya existentes no pudiesen destruir toda la vida del planeta.

Lo más grave es que la potencia hegemónica, Estados Unidos, se ha transformado en un estado terrorista, haciendo una guerra despiadada a todo tipo de terrorismo, exteriormente invadiendo países de Oriente Medio e interiormente cazando inmigrantes ilegales y deteniendo a sospechosos sin respetar los derechos fundamentales, como consecuencia del “Acto patriótico” impuesto por Bush Jr que suspendió el habeas corpus, acto no abolido por Obama, como había prometido.

Francisco, el obispo de Roma, al volver de Polonia dijo en el avión el 12 de julio de 2016: «hay guerra de intereses, hay guerra por dinero, hay guerra por recursos naturales, hay guerra por el dominio de los pueblos: esta es la guerra. Alguien podría pensar: está hablando de guerra de religiones. No. Todas las religiones quieren la paz. Las guerras las quieren otros. Capito?» Es una crítica directa al actual orden mundial, de acumulación ilimitada que implica una guerra contra la Tierra y la explotación de los pueblos más débiles. Todos hablan de libertad, pero sin justicia social mundial. Irónicamente se podría decir: es la libertad de las zorras libres en un gallinero de gallinas libres.

Comentaristas de la situación mundial poco mencionados en nuestra prensa hablan del peligro real de una guerra nuclear ya sea entre Rusia y Estados Unidos o entre China y Estados Unidos.

Trump, al decir del intelectual francés Bernard-Henri Lévy (O Globo 5/3/216) «es una catástrofe para Estados Unidos y para el mundo. Y también una amenaza». De Putin, en el mismo periódico, afirma: «es una amenaza explícita. Sabemos que quiere desestabilizar a Europa, acentuar la crisis de las democracias, y que apoya y financia a todos los partidos de extrema derecha. Sabemos también que en todos los lugares en que se traba una batalla entre la barbarie y la civilización, como en Siria y en Ucrania, está del lado equivocado. Ahí está una verdadera y gran amenaza».

Según Moniz Sodré en su grandioso libro El desorden mundial, Putin quiere vengarse de la humillación que Occidente y Estados Unidos infligieron a su país al final de la guerra fría. Alimenta pretensiones claramente expansionistas, no en el sentido de recuperar la antigua URSS sino los límites de la Rusia histórica. El riesgo de una confrontación nuclear con Occidente no está excluido.

Estamos perdiendo la conciencia de los llamamientos de los grandes nombres del siglo pasado, como el de Bertrand Russel y Albert Einstein del 10 de julio de 1955 y unos días después, el del 15 de julio de 1955, secundado por 18 premios Nobel, entre los cuales Otto Hahn y Werner Heisenberg, afirmando: «vemos con horror que este tipo de ciencia atómica ha puesto en las manos de la humanidad el instrumento de su propia destrucción». Lo mismo afirmaron varios premios Nobel durante la Rio-92.

Si en aquel momento la situación se presentaba grave, hoy es dramática. Pues además de las armas nucleares, hay disponibles armas químicas y biológicas que también pueden diezmar la especie humana.

Algunos analistas de los conflictos mundiales suponen que el próximo paso del terrorismo ya no sería con bombas y hombres-bomba sino con armas químicas y biológicas, algunas tomadas de la reserva bélica dejada por Gadafi.

En la raíz de este sistema de violencia está el paradigma occidental de voluntad de potencia, es decir, una forma de organizar la sociedad y la relación con la naturaleza basada en la fuerza, la violencia y el sometimiento. Ese paradigma privilegia la competencia a costa de la solidaridad. En vez de hacer de los ciudadanos socios, los hace rivales.

A ese paradigma del puño cerrado se impone la mano extendida como una alianza para salvaguardar la vida; ante el poder-dominación debe prevalecer el cuidado, que pertenece a la esencia del ser humano y de todo lo viviente. O damos este paso o presenciaremos escenarios dramáticos, fruto de la irracionalidad y de la prepotencia de los jefes de Estado y de sus halcones.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y escribió: La gran transformación, Nueva Utopía 2014.

miércoles, 25 de enero de 2017

Nuestra humanidad amenazada.



Francisco José Pérez. 

El avance de los discursos basados en el desprecio y el odio a los inmigrantes y a los refugiados, el rechazo visceral del cambio climático… que reflejan el triunfo de Trump y el avance de la extrema derecha en Europa, se convierte en indicador (signo de los tiempos) del grado de deshumanización que está alcanzando nuestra civilización, no tanto por la emergencia de esos personajes, como por los millones de personas ponen su confianza en ellos y en sus ideas. Una situación que devuelve toda la actualidad a esa disyuntiva entre la vida y la muerte que planteó E. Fromm: “No hay distinción más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que la que existe entre los que aman la muerte y los que aman la vida”[1], y que también recoge el Deuteronomio: “Os he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia” (Dt 30, 19).

Esa opción parece inclinarse del lado de la muerte (no sólo por el auge electoral de esas ideas, sino por lo que está ocurriendo en las fronteras con migrantes y refugiados; lo que sufren tantas poblaciones sometidas a guerras, violencias, violaciones de derechos…) y amenaza con apagar nuestra fe en la persona y en la humanidad. Evitarlo requiere explicar por qué tantas personas apuestan por la muerte, y para ello tendremos que recuperar la categoría de “pecado estructural” que Juan Pablo II desarrolló y que el Papa Francisco ha definido como “… un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte; es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor” (Evangelii gaudium, 59).

No se trata, por tanto, de un mero problema de bondad o maldad del ser humano; de más o menos cultura… se trata de que nuestra sociedad se levanta sobre un sistema perverso, el capitalismo, que no es sólo un modo de producción, sino también un sistema de producción cultural que tiende a configurar nuestro corazón y nuestro cerebro.

Fromm, relacionaba la deshumanización con el abandono de la esperanza en el futuro, a la vista de lo que estaba ocurriendo en el siglo XX: dos guerras mundiales, la inhumanidad del régimen de Hitler y del estalinismo, el peligro inmediato de la total aniquilación del hombre por las armas nucleares… Un fracaso asociado al hecho de que el ser humano se ha hecho acumulador y consumidor, haciendo que su experiencia fundamental en la vida sea cada vez más “yo tengo, yo utilizo, yo disfruto”, y cada vez menos “yo soy”; y ello a causa de que las categorías de la economía (beneficio, competencia…) se han trasladado a la persona, que queda convertida en cosa, en algo muerto, sometida a la degeneración, convirtiéndose en un peligro para sí misma, para los demás, para el medio ambiente…, pues en ese proceso ha perdido los lazos naturales de la solidaridad y de la comunidad; se ha convertido en una persona que está sola y atemorizada; que es libre pero tiene miedo a la libertad.

Esa deshumanización, según Fromm, va acompañada de dos graves enfermedades:
La enajenación, que asemeja a la idolatría[2] que denunciaban los profetas del Antiguo Testamento o la enajenación[3] en Marx y Hegel, y que en el s. XX queda simbolizada de modo trágico y horrible en las armas atómicas, que manifiesta los logros del ser humano, unos logros que le dominan y es dudoso que pueda dominarlos.
La indiferencia frente a la vida, descargando las propias responsabilidades en las estructuras, burocracias… lo que produce un colapso moral.

Actualmente, el Papa Francisco viene profundizando en la globalización de la indiferencia señalando que “para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia…” (Evangelii gaudium, 54)

Si volvemos al hombre y la mujer del siglo XXI y, en particular a los que optan por poner su confianza en Trump, en Marine Le Pen…. ¿no son un reflejo de esa deshumanización?, ¿un exponente de la globalización de la indiferencia?, una forma de idolatría que pone su confianza en el poder del dinero, de la fuerza, de la violencia…. para mantener su bienestar.

Volver a la senda del humanismo se ha convertido en uno de los desafíos más importantes para nuestra propia supervivencia; pero ello no será posible si no somos capaces de formar personas con objetivos vitales distintos a los de la cultura capitalista. Mientras tanto, el sistema seguirá funcionando proponiéndonos alternativas políticas diferentes, aparentemente enfrentadas, pero que tratarán de convencernos de las bondades del sistema recurriendo a estrategias diferentes: la seducción, el miedo o la violencia.

***

[1] Erich Fromm: Anatomía de la destructividad humana, pág. 362

[2] Adorar en vez de a Dios las propias obras -una cosa, un objeto exterior- y transferirle la vivencia de sus propias actividades o de sus propias experiencias

[3] Situación en la que el hombre se pierde y deja de sentirse el centro de su actividad, se convierte en cosa y está dominado por las cosas.