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martes, 7 de enero de 2020

Hay hombres que solo quieren ver arder el mundo.


No se puede seguir deshumanizando a las personas que tienen una enfermedad mental, reduciéndolas a puro estereotipo.


Todos podemos ser Joker dicen quienes ven en él a la víctima de un régimen injusto que se ve abocada inexorablemente a convertirse en verdugo. Además de banalizar el proceso de victimización, lo elevan a experiencia universal. Por otra parte, nada nuevo en estos tiempos de inflación emotiva. Como hipótesis ontológica del mal resulta simple, como identificación de éste con la enfermedad mental resulta intolerable. Más cuanto disfraza de comprensión empática la expresión de un prejuicio confirmatorio de una discriminación. "La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras", escribe Joker en un ejercicio de autoficción acorde con nuestro tiempo. Esta visión presume que las personas que tienen una enfermedad mental se comportan de un modo violento y unívoco reduciéndolas a puro estereotipo, deshumanizándolas. Se imaginan por un momento que, en lugar de un enfermo mental, hablaran de un negro o de un gay. Hagan la prueba. ¿Qué comportamiento ha de anticiparse de ellos en cuanto tales? ¿Acaso son todos iguales? Se toma la parte por el todo y éste se reduce a aquella. Qué distinto a aquel profético Panero: "No conozco otra revolución más urgente que la Revolución de la Ternura".

Pero volviendo a la ontología del mal expuesta en Joker. El mal tiene su origen en una serie de agresiones sufridas que son causa suficiente, en un ejercicio de determinismo social. Un destino escrito a la luz del cual la violencia es consecuencia necesaria, y así se hace comprensible y después justificable. Confieso que me gusta más la genealogía del Joker que haceNolan: hay hombres que solo quieren ver arder el mundo. Puede atribuirse ese disfrute con el dolor ajeno a experiencias muy tempranas de impotencia absoluta y sometimiento extremo que devienen obligatoriamente, dicen algunos, en posterior identificación con el agresor. Quien ha sufrido un poder abusivo, sostienen los mismos, encuentra un único modo de compensación en ejercerlo de idéntica forma. No me atrevería a negar esta posibilidad, aunque hay demasiado sesgo retrospectivo y negacionismo de la responsabilidad individual y colectiva en esta mirada adolescente de la historia y sus tiranos. He conocido a muchas personas que experimentaron trágicas negligencias en la infancia y construyeron destinos muy diferentes. Y al contrario, en nuestra época no son pocas las que reivindican un futuro que haga justicia a pasados traumáticos fabulados, mentidos o delirados. Y ese es un agravio para las víctimas auténticas y su dignidad, su condena a un victimismo alienante, indefinido y capitalizable. Es la negación de la posibilidad de reparación en un mundo de resentimiento e ira sin esperanza. Soy testigo de muchos renacimientos y reconquistas de la libertad interior. He tenido el privilegio de asistir profesionalmente a los momentos de la verdad de muchas vidas, esos en que aun siendo consciente de que no siempre querer es poder, se sortea la tentación del autoengaño que conduce a la destrucción, y se apuesta por la responsabilidad con la propia vida. Joker llega a esa encrucijada y la transita en falso, convirtiéndose en el emergente de una masa fascinada por la seducción de ver el mundo arder con todas sus frustraciones. Son demasiados hoy los seducidos de todo signo por esa fantasía tanática y fanática que pretende abolir de uno u otro modo el marco de convivencia que entre todos hemos construido. Experimentan un disfrute ciego ejerciendo diferentes formas de victimismo populista y nacionalista compitiendo, sobre las que creen tener el control, y con él, conseguirán tener el poder. No saben que se trata de un poder fallido que puede morir matando simbólica o literalmente, de una victoria pírrica que como tal no hace honor a su nombre. Creerán dejar atrás sus fracasos destruyendo el viejo orden, lo llaman el régimen del 78, pero son la viva expresión del miedo a la libertad que añora otro orden que los libre de su responsabilidad, con el advenimiento de algún libertador. Es difícil persuadirles a todos ellos de la propuesta freudiana de que es grande la ganancia si conseguimos transformar la miseria histérica en infortunio ordinario. Entre otras cosas porque en un mundo de victimismo sistémico la fatiga de la compasión termina sin poder diferenciar a víctimas de agresores y es campo abonado para la irrupción masiva de estos últimos, que además no serán más que víctimas según la tesis determinista expuesta. Estamos gestando el huevo de la serpiente y no podemos saber cuándo será ya tarde. Todos creen irracionalmente que alguien detendrá el choque de trenes, aunque ya hayamos visto cruzar más de un Rubicón, y se anuncien otros. Aún estamos a tiempo. No se trata de renunciar a la memoria de los agravios reales o imaginados. Somos la memoria que tenemos, pero también la responsabilidad que asumimos, como decía Saramago. Sin la memoria no existimos, sin la responsabilidad quizá no merezcamos existir.

Mercedes Navío Acosta es psiquiatra.

Fuente: elmundo.es

miércoles, 25 de enero de 2017

Nuestra humanidad amenazada.



Francisco José Pérez. 

El avance de los discursos basados en el desprecio y el odio a los inmigrantes y a los refugiados, el rechazo visceral del cambio climático… que reflejan el triunfo de Trump y el avance de la extrema derecha en Europa, se convierte en indicador (signo de los tiempos) del grado de deshumanización que está alcanzando nuestra civilización, no tanto por la emergencia de esos personajes, como por los millones de personas ponen su confianza en ellos y en sus ideas. Una situación que devuelve toda la actualidad a esa disyuntiva entre la vida y la muerte que planteó E. Fromm: “No hay distinción más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que la que existe entre los que aman la muerte y los que aman la vida”[1], y que también recoge el Deuteronomio: “Os he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia” (Dt 30, 19).

Esa opción parece inclinarse del lado de la muerte (no sólo por el auge electoral de esas ideas, sino por lo que está ocurriendo en las fronteras con migrantes y refugiados; lo que sufren tantas poblaciones sometidas a guerras, violencias, violaciones de derechos…) y amenaza con apagar nuestra fe en la persona y en la humanidad. Evitarlo requiere explicar por qué tantas personas apuestan por la muerte, y para ello tendremos que recuperar la categoría de “pecado estructural” que Juan Pablo II desarrolló y que el Papa Francisco ha definido como “… un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte; es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor” (Evangelii gaudium, 59).

No se trata, por tanto, de un mero problema de bondad o maldad del ser humano; de más o menos cultura… se trata de que nuestra sociedad se levanta sobre un sistema perverso, el capitalismo, que no es sólo un modo de producción, sino también un sistema de producción cultural que tiende a configurar nuestro corazón y nuestro cerebro.

Fromm, relacionaba la deshumanización con el abandono de la esperanza en el futuro, a la vista de lo que estaba ocurriendo en el siglo XX: dos guerras mundiales, la inhumanidad del régimen de Hitler y del estalinismo, el peligro inmediato de la total aniquilación del hombre por las armas nucleares… Un fracaso asociado al hecho de que el ser humano se ha hecho acumulador y consumidor, haciendo que su experiencia fundamental en la vida sea cada vez más “yo tengo, yo utilizo, yo disfruto”, y cada vez menos “yo soy”; y ello a causa de que las categorías de la economía (beneficio, competencia…) se han trasladado a la persona, que queda convertida en cosa, en algo muerto, sometida a la degeneración, convirtiéndose en un peligro para sí misma, para los demás, para el medio ambiente…, pues en ese proceso ha perdido los lazos naturales de la solidaridad y de la comunidad; se ha convertido en una persona que está sola y atemorizada; que es libre pero tiene miedo a la libertad.

Esa deshumanización, según Fromm, va acompañada de dos graves enfermedades:
La enajenación, que asemeja a la idolatría[2] que denunciaban los profetas del Antiguo Testamento o la enajenación[3] en Marx y Hegel, y que en el s. XX queda simbolizada de modo trágico y horrible en las armas atómicas, que manifiesta los logros del ser humano, unos logros que le dominan y es dudoso que pueda dominarlos.
La indiferencia frente a la vida, descargando las propias responsabilidades en las estructuras, burocracias… lo que produce un colapso moral.

Actualmente, el Papa Francisco viene profundizando en la globalización de la indiferencia señalando que “para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia…” (Evangelii gaudium, 54)

Si volvemos al hombre y la mujer del siglo XXI y, en particular a los que optan por poner su confianza en Trump, en Marine Le Pen…. ¿no son un reflejo de esa deshumanización?, ¿un exponente de la globalización de la indiferencia?, una forma de idolatría que pone su confianza en el poder del dinero, de la fuerza, de la violencia…. para mantener su bienestar.

Volver a la senda del humanismo se ha convertido en uno de los desafíos más importantes para nuestra propia supervivencia; pero ello no será posible si no somos capaces de formar personas con objetivos vitales distintos a los de la cultura capitalista. Mientras tanto, el sistema seguirá funcionando proponiéndonos alternativas políticas diferentes, aparentemente enfrentadas, pero que tratarán de convencernos de las bondades del sistema recurriendo a estrategias diferentes: la seducción, el miedo o la violencia.

***

[1] Erich Fromm: Anatomía de la destructividad humana, pág. 362

[2] Adorar en vez de a Dios las propias obras -una cosa, un objeto exterior- y transferirle la vivencia de sus propias actividades o de sus propias experiencias

[3] Situación en la que el hombre se pierde y deja de sentirse el centro de su actividad, se convierte en cosa y está dominado por las cosas.

miércoles, 11 de julio de 2012

Lo perverso y obsceno del poder.




Aníbal Ortizpozo (especial para ARGENPRESS.info)

“Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar en mi negocio.”

Estrofa del poema
”Contra la muerte” de Gonzalo Rojas

A dos años del inicio de segunda década del siglo XXI, en curso, cuando la humanidad se conmueve e indigna con sombríos acontecimientos, que si bien es cierto, no son nada nuevo, lo parecen, porque mutan y se recomponen para permanecer en nuestras vidas. Qué es lo que hay, qué es lo que tenemos, qué permanece en nuestra humanidad, qué nos repugna e indigna: Ataques terroristas con explosivos a civiles. Injerencias para desestabilizar naciones e invadirlas legalmente. Mercenarios o contratistas para hacer el trabajo sucio de la tortura, violación y muerte.


Armamentismo nuclear y tradicional, como el gran negocio de los perros de la guerra, hoy también soporte de las economías en crisis. Bombardeos de la Otan a las propias naciones, miembros de la ONU, que debía proteger. Pandemias inducidas como negocio y armas de guerra bacteriológica. Poderosas mafias de narcotraficantes, que asimilan a las policías y ponen en jaque a gobiernos. Falsas crisis económicas bancarias y empresariales. Dictadura de los medios de comunicación empresarial y sus mentiras mediáticas desestabilizadoras. Muros fronterizos que separan la vida de la muerte. Vivir asqueados con la contaminación de la tierra, el aire y las aguas con basura tóxica industrial, de desechos químicos. Invasiones reales, preventivas y encubiertas en curso, sin que se pueda hacer nada para detenerlas. Absoluta impunidad por ausencia de justicia en los ya demasiados crímenes de lesa humanidad, perpetrados por el poder político y militar de las llamadas grandes potencias.


Las denuncias en los encuentros y foros mundiales sociales más progresistas, o de izquierda, han quedado reducidos a una inocua y solitaria caja de lamentos que el tiempo silencia.

Nuestro planeta Tierra cruje, se recalienta y reacomoda ante las agresiones contaminantes que se le infringen desde los sistemas mundiales de producción industrial y agrícola transgénica “monsántica.” Mientras nosotros, los humanos al parecer no tenemos la fuerza, ni la agresividad necesaria para proteger a la “Pachamama” (Madre Tierra), ni siquiera a nosotros mismos. Tampoco, existe en las organizaciones gubernamentales y sus “cumbres” periódicas, la voluntad política para cumplir los protocolos y acuerdos, los que se solapan y traspapelan subordinados a la actividad empresarial gubernamental e intereses económicos transnacionales de un perverso capitalismo en crisis, que, no tiene dinero para programas sociales de los pueblos acosados por el hambre y pandemias, pero sí tiene para la compra, producción de armas y subsidios a la banca empresarial especuladora.

Armamentismo y violencia permanecen en nuestras vidas en todos los niveles sociales, la lucrativa industria bélica es parte importante de las economías de las naciones desarrollandas. Abarca desde la poderosa industria nuclear, las armas de destrucción masiva, químicas, bacteriológicas, hasta las armas del hampa común y mafias que enfrentan hoy exitosamente a ejércitos nacionales, como sucede en el territorio mexicano.


Vivimos asqueados de la violencia generalizada presente en nuestras vidas, conocemos sus raíces y somos víctimas de sus secuelas. Sus prácticas difusas sin control, son públicas, son la noticia de la crónica roja en la prensa amarillista, donde lo obsceno es lo repugnante que se exhibe, que se muestra. La violencia es un suceso público que vende y entretiene, va desde violencia de género y femicidios, las masacres de niños y jóvenes en las escuelas norteamericanas, los múltiples asesinatos por homofobia, racismo, los secuestros y robos a mano armada.

Existen profundas raíces de la violencia cotidiana que provienen de las prácticas del terrorismo de Estado con sus paramilitares y contratistas, que crearon unos, el horroroso espectáculo de exhibir a los que asesinaron con sus lenguas como corbata (Colombia), otros de fotografiarse, burlándose mientras se orinaban sobre un grupo de cadáveres (Afganistán). Las mafias de narcotraficantes y hampa común viven impunemente en nuestro hábitat como cualquier hijo de vecino protegidos y asociados a cínicos y corruptos funcionarios de la administración pública o a exitosos empresarios privados.


En Latinoamérica todo esto nos asquea y hace nuestras vidas insoportables, muy en especial la difundida práctica del sicariato, negocio de la muerte por encargo, presente en las acciones sangrientas y contractuales de patrones contra líderes obreros; de latifundistas contra campesinos e indígenas quienes son los dueños legítimos de las tierras que se les ha despojado.


La violencia real y virtual del cine, televisión, internet, especialmente de los video-juegos y juguetes de la industria cultural masiva del entretenimiento, se entrelazan y confunden, han funcionado como una escuela primaria del delito, siempre a favor de un consumismo feroz y el mantenimiento del injusto sistema capitalista.

Nos da asco, el inhumano poder económico y bélico de las grandes potencias, actuando como imperios de la antigüedad, continúan haciéndose presente en nuestras naciones, con su poder de exterminio, para consolidar sus neo-colonias, hacernos dependientes, robar nuestros recursos naturales, sin respetar la autodeterminación de los pueblos, ni la soberanía expresa en nuestras constituciones. La injerencia de las naciones poderosas hoy toma múltiples formas, enmascarándose torpemente para intervenir, ya no son invasiones directas tradicionalmente armadas, tipo Irak, Afganistán, son las guerras de cuarta generación o injerencia solapada, las de los golpes suaves, la manito blanca OTPOR, las operaciones encubiertas tipo Kosovo/Serbia y otras, donde insurgen personas desconocidas armadas, preparadas por los más despiadados contratistas de la CIA y Al Qaeda, ciudadanos o haciéndose pasar por ciudadanos de las naciones a desestabilizar e invadir, quienes son dotados de modernas armas, aviones no tripulados para bombardear, con apoyo de una alta tecnología, inimaginable, GPS, Twiter, telefonía celular, para crear imágenes virtuales de plazas verdes tomadas como sucedió en Libia, donde perversamente, contraviniendo las elementales normas humanitarias para los prisioneros de guerra, capturaron a Gaddafi y su hijo vivo para asesinarlo posteriormente.


Perverso y obsceno fueron los dos atentados con explosivos a desprevenidos civiles, mujeres, niños, que en la mañana del 10 de mayo de este año, viajaban esperanzados a la escuela, al trabajo en Damasco, Siria. Los terroristas, son una vez más héroes libertarios, que cuentan con el apoyo encubierto de la OTAN para masacrar a civiles.


Obscenas son también las amenazas de invasiones preventivas a Irán, Pakistán, Corea del Norte, Venezuela, o el sostenido terrorismo de Estado con sus falsos positivos, leyes patriotas antiterroristas que aún asesina y mantiene a presos, torturados, sin un juicio justo, en Abu Ghraib, Bagram, Guantánamo o cualquier base militar, embajadas o portaviones US Army.

El repugnante rostro intercambiable de la injerencia en Latinoamérica es la desestabilización de las naciones y derrocamiento de sus gobiernos, creando al interior de ellas, ONGs mercenarias, provistas de generosos aportes económicos, alianzas con los grupos de poder económico, opositores y militares golpistas ideológicamente afines a la política norteamericana, ”una especie de guerra civil, donde pequeños y heróicos grupos luchan por su libertad en contra de un tirano asesino, que quiere instaurar el comunismo”, que en Chile (1973) les resultó exitoso con el apoyo de la oligarquía y los militares fascistas; en Venezuela (2002), el golpe que no les resultó, porque el pueblo y los militares liberaron y repusieron al Presidente en su cargo; en Haití (2004), la desestabilización armada los llevó hasta el secuestro de su Presidente y que, para protegerlo, para luego ocupar el país con sus marines; en Honduras (2009) con argumentos legales respaldados por la Corte Suprema y el Congreso, con apoyo de militares se expulsó al Presidente en ejercicio; en Ecuador (2010) con una protesta por mejora salarial de policías y secuestro temporal del Presidente; en Bolivia (2008), alentando el separatismo de una de sus provincias, en complicidad con el gobernador-empresario de Santa Cruz, y posterior huelga de policías; recientemente en Paraguay (2012), esta vez la intervención tomó la forma de golpe parlamentario para destituir a su Presidente.


La injerencia funciona apoyada en el perverso poder de la dictadura mediática donde la mentira, el rumor, el insulto y la descalificación de las autoridades legítima y democráticamente elegidas, se repiten con frecuencia, al estilo de la vergonzosa mentira de EEUU sobre posesión armas de destrucción masiva para invadir Irak, lograr que se ahorcara a su Presidente y apropiarse de su petróleo a costo de miles de vidas humanas, destrucción y saqueo de obras de las antiguas culturas Sumeria y Mesopotámica, incunables patrimonios de la humanidad.


Los medios de comunicación en manos de la oligarquía criolla y transnacional de la información, continúan noche y día difundiendo mentiras y medias verdades con pautas, libretos o guiones “Made in USA” originados en los laboratorios de guerra sucia.

El ¿qué hacer?, ¿qué cambiar?, ¿qué crear? son las preguntas a las que debemos darle respuestas, empecemos reconociendo que todo cambio revolucionario, requiere de un desaprendizaje y desalienación de todos nosotros, hombres y mujeres, nacidos y criados en salvajes sociedades de consumo, donde los valores humanos obedecen a una profunda mercantilización de toda la vida social. Por lo tanto “ellos”, los cambios, deben iniciarse primero al interior de nosotros mismos.

Reflexiones como ésta, sólo son una alerta a la imaginación política; un ejercicio ético de inconformidad y resistencia a estas sociedades conservadoras, de silencios cómplices, que vivimos.


Apoyemos toda práctica cultural comunicacional, que nos obligue a pensar, que provoquen una toma de conciencia propulsora de acciones, sobre aquello que debemos cambiar y lo que debe permanecer, para crear humanidad.



Entonces, creemos humanidad, otra humanidad, asumamos todos los días el oficio de humanizadores.

Fuente: ATRIO

domingo, 30 de octubre de 2011

Narcoturismo y Turismo de Guerra.



Lo más macabro del ser humano es su deshumanización, a tal punto que la vida humana se convierte en un espectáculo o en un “ruta turística para observar”, eso es lo que está pasando en el caso de las guerras que estamos presenciando en los últimos veinte años, en donde el capitalismo y el mercantilismo se han impuesto sobre la vida humana.

Gadafi convertido en postal macabra para el mundo, con su crimen, el manejo de la información y los bombardeos de la OTAN televisados en el mundo han atraído una vez más a millones de mentes enfermas que gozan con el dolor ajeno y que se sientan pacientemente a ver el espectáculo.

Una cosa en relacionar la guerra con condiciones del pasado y otra muy diferente convertirla en la estética del presente y del futuro, propiciando con ello un desapego a la vida y a lo que somos, con una intención perversa de separar los acontecimientos de las relaciones sociales inmediatas, a tal punto que poco nos importe lo que le sucede a los demás siempre y cuando este vivió yo.

El Narcoturismo en México se presenta como un fenómeno que desgarra a los mexicanos y nos indica hasta donde la población en el país encuentra, aquí no se trata de la guerra del pasado, sino una realidad que nos desgarra, en donde las condiciones de muerte se convierten en el ingreso de los periódicos “chupacabrescos” que se pintan de sangre para vender en la nota roja.

El Turismo de Guerra lo practican funcionarios de alto nivel, y grupos de empresarios morbosos que ven en la muerte del otro el regocijo propio, incluso es habla de personas que pagan por disparar en guerras en fuego vivo y poder matar personas. Esto no puede ser sino una mueca macabra que demuestra hasta donde está podrido el imperio norteamericano y su “exportación de mercenarios” convertidos en guias turisticas.

Referencias:

 Mercenarios Gringos de Mierda
 Pagar por ir a la Guerra
 Promueven Turismo de Guerra
 Mercenarios de Irak directamente a Libia
 Narcoturismo
 Turismo de Guerra en Gaza
 Turismo en Afganistan
 Turismo de Guerra
 Wartourist
 Florece el “turismo negro” en México 


Fuente: Chacatorex