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lunes, 7 de julio de 2014

Genocidio de la comunidad Aché: entre la impunidad y la memoria.


Joven Aché capturado. Marzo de 1972. Fotografía: Christine Münzel


Por Óscar Guerrero Bojorquez*

En lugares remotos de la República del Paraguay se recogen, cada vez con más frecuencia, pruebas que respaldan exhaustivos estudios que dan cuenta de un perverso genocidio en uno de los 19 pueblos indígenas existentes al día de hoy y que históricamente han sido marginados por el estado.

El presente material aborda algunos de los traumáticos episodios que vivió la comunidad indígena Aché del Paraguay como consecuencia de una política deliberada de genocidio aplicada por las autoridades de este país acompañada de la indiferencia de la sociedad en general. Pero antes de tratar la problemática es necesario conocer algunas características propias de este grupo humano.
Los Aché, llamados también Guayakíes (ratas de monte en idioma guaraní), son una comunidad aborigen de cazadores-recolectores nómadas que residían en la región este de Paraguay desde tiempos inmemoriales. El número de indígenas bordea las 1200 personas. La caza es la principal actividad y es considerada como el vínculo que mantiene intacta la conexión entre el bosque y los humanos. Los jefes tradicionales son la máxima autoridad y representan el elemento más importante de cohesión en la sociedad. Muchos apuntes de estudiosos de diversas nacionalidades que se desplazaron hasta el Paraguay en los años 60, 70 y muy recientemente indican que un aspecto cultural positivo de este grupo era el profundo respeto por las mujeres.

Todas estas creencias y costumbres que constituyeron la base del funcionamiento del universo Aché fueron trastocadas y en muchos casos destruidas por un proyecto estatal al cual en resumidas cuentas se le puede atribuir el siguiente slogan: los paraguayos blancos tienen supremacía sobre las demás etnias del país y cualquier obra que se realice deberá obedecer este principio. No importa que ciertos pueblos indígenas vean mermados sus derechos más elementales. Esta forma cruel de hacer política degradando a determinados pueblos nativos fue implementada en Paraguay por las dictaduras militares, muy en especial durante el régimen del General Alfredo Stroessner, y no puede dejar de llamarse genocidio.

La práctica científica demuestra que es sumamente difícil obtener información y relatos que hablen del sufrimiento de los pueblos oriundos de la selva por múltiples razones. En el caso del Paraguay, al ser un país no industrializado desprovisto de una red nacional de comunicaciones que abarque rutas que conduzcan a zonas apartadas del país, es fácil imaginar que comunidades como los Aché vivían y viven en un completo aislamiento. A esto se añade que los lugares donde habitan los indígenas son de difícil acceso para los investigadores. Lo agreste del territorio donde están asentados, la falta de carreteras y el peligro latente que significa adentrarse en la profundidad de la selva hacen difícil el trabajo científico.

Pero sobre todo los antropólogos y etnólogos interesados en el tema ven aún más complicada su labor ante el hecho de que las víctimas de atropellos pocas veces cuentan a sus entrevistadores todo lo ocurrido. Muchos de ellos todavía están impactados y sienten temor por las represalias que puedan venir. De otro lado estas personas secuestradas, violadas, torturadas o utilizadas como mercancía no dejan por escrito sus trágicas historias limitándose únicamente a transmitir los hechos de manera oral.

No obstante, existe un copioso material sobre este tópico producto del trabajo minucioso y valiente de investigadores que se desplazaron hasta los territorios donde habitaban los Achés superando más de un escollo y asumiendo múltiples riesgos.

La descripción detallada que hizo el etnólogo brasileño Baldus sobre las barbaridades cometidas contra los nativos fue devastadora. El testimonio de Rosario Mora, una de las mujeres que integró el comando responsable de una de las peores matanzas registradas en contra de la comunidad Aché, revelan la naturaleza inhumana de quienes allá por el año 1907 ostentaban el poder en Paraguay:

“llegaron al campamento nativo, mataron a golpes de machetes a siete mujeres y niños y cogieron a siete niños pequeños. Los menores capturados lloraban y se lamentaban. Los cazadores de humanos se sentían amenazados incluso después de haber destruido todos los arcos y flechas que los achés habían dejado al momento de su fuga. Entonces el jefe policial dio la orden de cortar las gargantas de los niños para evitar que sus lamentos indicaran a los indios dónde estaban los paraguayos. Todos sus subordinados, menos Rosario Mora, obedecieron”1.

Estas sangrientas acciones pasaron inadvertidas puesto que ninguna organización pudo investigarlas por aquel entonces.
Aché prisioneros enviados a la Colonia. Exposición fotográfica: ”Agonía indígena Aché


La comunidad internacional comenzó a tener conocimiento de estos crímenes a raíz de las denuncias que hicieran el antropólogo alemán Mark Munzel y su colega español Bartomeu Meliá al respecto en los años 70. Las evidencias de atropellos y prácticas genocidas en perjuicio de los pobladores Aché se han ido acumulando año tras año y sólo el trabajo indesmayable de organizaciones internacionales y protestas de algunos estados escandinavos como Dinamarca y Noruega ha llamado la atención sobre este tema.

De manera increíble ningún gobierno de turno de Paraguay ha tomado cartas en el asunto y más bien se han dedicado a relativizar la problemática sin asumir ninguna responsabilidad ni juzgar a los implicados en este oprobio. El pasado y el presente de la comunidad Aché configuran un cuadro por demás penoso y nos alertan de lo mucho que todavía se tiene que hacer para intentar revertir semejante injusticia y rehabilitar a las víctimas.

Los materiales disponibles alusivos al martirio que vivieron los habitantes del monte -como se les conoce a las zonas donde habitan los Achés- reflejan a todas luces una premeditada línea de acción para aniquilar progresivamente a esta comunidad. Una práctica totalmente reprobable fue el denominado sedentarismo forzado que consistía en expulsar a los nativos de sus tierras para trasladarlos hasta la creada Colonia Nacional Guayakí despojándoseles con ello grandes áreas de terreno y prohibiéndoseles realizar una actividad crucial en la cultura de esta gente: la caza.

La vida en estas tierras de poco valor agrícola transcurre de una manera completamente anormal por decir lo menos. Los relatos y casos documentados en la Colonia muestran un plan maquiavélico orientado a destruir la identidad cultural de los Achés. El reconocido antropólogo paraguayo León Cadogan, los científicos argentinos Vivante y Gancedo así como el padre Melía han hecho de conocimiento público sobrecogedoras historias que avalan la tesis del sedentarismo forzado y el trato inhumano de los indígenas Aché por parte de los representantes del estado paraguayo en la zona. En esta reserva muchos nativos perdieron la vida a causa de la retención adrede de alimentos y medicinas. Así mismo grupos de niños fueron vendidos, regalados o esclavizados, contraviniendo el artículo 2 del Convenio sobre Pueblos Indígenas núm. 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) al cual Paraguay está adherido.

El escaso “progreso” de la Colonia del cual dan cuenta los científicos mencionados es el ligado a un incipiente conocimiento del idioma guaraní, la construcción de chozas de madera y conocimiento de una agricultura primitiva. Pero incluso de este mínimo progreso solo se benefician una minoría de la población Aché circunscrita a la reserva, tratándose en esencia de nativos premiados por haber cazado a muchos de sus compañeros que se negaban a ser sacados del monte. La irresponsabilidad y desinterés de los supervisores del lugar son ampliamente conocidos. Para ilustrar esta conducta solo diremos que los encargados de velar por la buena marcha en este campo -que parece de concentración por el trato despiadado- no cumplen con su función y más bien se ocupan de organizar cacerías para atrapar más achés y llevárselos a la fuerza.

En tanto la Colonia Nacional Guayakí es administrada por déspotas, los indígenas hacen maravillas para sobrevivir, son mal alimentados, degradados sistemáticamente, castigados, ultrajados en sus derechos más elementales. Aunque en los últimos años el trato ha dejado de ser abiertamente cruel como lo fue en los años 60 y 70, aún persisten elementos degradantes que rigen la vida en el refugio. Bien lo anotó el antropólogo paraguayo Miguel Chase Sardi que dedicó tantos años de su vida al estudio de este problema:

“Es cierto que ellos han vivido durante siglos sin vestidos y casi sin casas, pero ahora, no viven en su hábitat natural donde se movían más libremente, ya no se alimentan a base de carne y miel y por la noche no pueden tener aquel sistema de fogatas que les resguardaba del frío.”2

Los creyentes podrían concluir que el estado paraguayo ha sacado a los Achés del paraíso en el que vivían para llevarlos al infierno de una Colonia donde los encargados tienen carta libre para proseguir matando con la complicidad del gobierno.

Tan deplorable situación resulta más indignante cuando se constata que Paraguay votó a favor de laDeclaración Universal de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas en 2007 e incorporó a su legislación interna el Convenio 169 de la OIT en el año 1993. Por ello es imperativo seguir presionando, y de ser necesario denunciando, al gobierno paraguayo y a los organismos internacionales para que atiendan esta problemática y cumplan sus compromisos.

La lucha debe continuar con la esperanza de que se proceda al reconocimiento oficial de este genocidio y a la reparación e indemnización de las víctimas y sus familias. En ese sentido, es elogiable el esfuerzo que realizan en la actualidad especialistas y organizaciones internacionales para llevar a cabo eventos y conferencias como el organizado el 4 y 5 de julio del presente año en Madrid que versó sobre los Aché de ayer y hoy.

Finalmente es oportuno resaltar que las diversas manifestaciones de la cultura indígena no pueden ser reemplazadas por lo que muy arrogantemente denominamos “civilización occidental”. Quienes viven en contacto permanente con los bosques, los ríos, las quebradas y el rico ecosistema característico de la selva tienen muchas cosas más que enseñarnos a todos nosotros, los “civilizados”. Los nativos conocen las propiedades de cada planta, valoran la renovación de la biodiversidad y la respetan.

Si alguno de quienes se jactan de vivir acorde con los grandes avances tecnológicos, con la modernidad y en una sociedad que solo persigue la acumulación de capital, se hallara de pronto perdido en las profundidades de la selva comprobaríamos como todo su conocimiento no le ayudaría a sobrevivir en tales condiciones.

Muchas veces los estados asumen que para progresar es necesario llevar la modernidad a los rincones más alejados del país. Pero este concepto no es válido, la producción a gran escala junto con la explotación indiscriminada de los recursos naturales han precipitado la destrucción de ecosistemas en todo el orbe. Si algo desean los nativos del Paraguay, es que los dejen vivir libremente en armonía con la naturaleza. Y este es el gran objetivo a conquistar si queremos que los fantasmas del genocidio y los enemigos de nuestro planeta nunca más estén de vuelta.

Notas:

(1) Los Aché del Paraguay: Discusión de un Genocidio. IWGIA. Copenhague 2008. P. 56. Acceder al libro en: http://www.iwgia.org/iwgia_files_publications_files/0295_ache.pdf

(2) Chase Sardi, Miguel (1987). Las políticas indigenistas en el Paraguay.

*Óscar Guerrero Bojorquez es magíster en Periodismo y especialista en Problemática Internacional.
Otras noticias:

Fuente: Servindi

martes, 1 de noviembre de 2011

Egipto: matan a un cristiano en la escuela por llevar una cruz.



El profesor exigió al joven egipcio de 17 años a que se tapara la cruz y éste se negó. Los padres denuncian que el profesor incitó a sus compañeros a apalearle.



JAVIER LOZANO 2011-11-01
Un nuevo caso de persecución a los cristianos ha vuelto a poner en duda, una vez más, las bondades de la llamada primavera árabe. Estas revueltas en las que muchos tenían puestas sus esperanzas se están convirtiendo en una pesadilla para las minorías cristianas. Egipto y las masacres contras los coptos son un ejemplo claro de ello.
Uno de los últimos casos conocidos supone un paso más en la gravedad de esta persecución al llegar ya a los colegios donde estudian juntos niños musulmanes y cristianos. A mediados de octubre varios medios egipcios publicaron los disturbios entre estudiantes cristianos y musulmanes en los que un joven cristiano murió en la ciudad de Mallawi. Estas informaciones separaban el crimen de posibles disputas religiosas.
Sin embargo, la realidad se empeña en superar a la ficción y de nuevo ha puesto de manifiesto la situación de los cristianos. La organización Coptos sin Fronteras ha revelado que el asesinato de este estudiante se produjo porque en clase llevaba un crucifijo, tal y como informa la agencia AINA y recoge Religión en Libertad.
El activista Mark Ebeid aseguraba que "queríamos creernos la versión oficial porque la versión copta era una catástrofe, ya que llevaría la persecución de los cristianos en las escuelas". Y es que en una entrevista los padres del estudiante de 17 años afirman que su hijo fue asesinado "porque se negó a quitarse el crucifijo". Al parecer el joven tenía una cruz tatuada en su muñeca, tal y como prevalece en la tradición copta, y además llevaba un crucifijo bajo su ropa.
En este sentido, los padres confirmaron la versión de varios alumnos que vieron en directo el asesinato.Ayman Nabil Labib estaba en clase cuando el profesor le exigió que cubriera la cruz tatuada en su muñeca. Pero el estudiante cristiano se negó e incluso mostró el crucifijo que llevaba bajo su camisa. Fue en ese momento cuando el mismo maestro se lanzó a por él con la ayuda de otros estudiantes propinándole una brutal paliza en el aula y más tarde en los baños en los que el joven cristiano había intentado refugiarse de sus agresores musulmanes. Tras ser llevado al hospital falleció sin que los médicos pudieran hacer nada por su vida.
El padre de Ayman aseguró en la entrevista que "el profesor de lengua árabe incitó a los estudiantes a atacar a mi hijo" y responsabilizó también al director del centro, que en todo momento se desentendió de los incidentes. Mientras tanto, los medios evitaron informar sobre la posibilidad de que hubiese sido un brutal crimen con motivos religiosos.
Ser copto en Egipto
Decir copto en Egipto es sinónimo de discriminación. Así se sienten los millones de cristianos coptos que viven en este país y que representan en torno al diez por ciento de la población. Y todo ello pese a que representan la esencia del país y ya existían antes de la llegada del islam.
Esta iglesia evangelizada por el propio evangelista San Marcos en el siglo I ve día tras día como, salvo en contadas excepciones, su representación en el Gobierno es bastante escasa y son marginados a la hora de conseguir puestos en la Justicia, las universidades o la Policía.
Además, la legislación es totalmente restrictiva a la hora de poder construir iglesias mientras que destaca la permisividad para poder edificar mezquitas. Todo ello ha ido haciendo mella en los coptos, que además han sido víctimas de numerosos ataques de grupos musulmanes gracias a la permisividad de de las autoridades y del Ejército. Asesinatos, palizas y quemas de iglesias han ido aumentando a lo largo de los últimos años haciendo crecer un problema que se remonta a la invasión musulmana.