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sábado, 8 de febrero de 2014

Meditar.


Jose Arregi

Amiga, amigo: quiero invitarte a meditar. Tal vez te suene a orientalismo barato o a moda superficial o a fraude espiritual cuando no económico. De todo hay, y no poco, pero la meditación es otra cosa, y es algo vital. Te invito a practicarla cada día, pues todos los días necesitamos vivir y respirar.

Para vivir y respirar, nada mejor que estar plenamente allí donde estamos, justo en el medio, en el centro mismo de lo que somos, y medirlo todo en su justa medida. Eso es meditar, ni más ni menos, y sería la mejor medicina para nuestros peores males.

La misma palabra nos guía, como sucede casi siempre. “Meditar” viene de la antigua raíz indoeuropea med-, del que provienen el sánscrito madha (“sabiduría”) y el griego médomai (“conocer, pensar, meditar”, pero también “cuidar, curar, poner remedio”), y el latín medium (centro, medio) y médicus, medicina, remedium, y el castellano medir. Meditar es sumergirnos en el centro profundo de nuestro ser, que es el Corazón de todos los seres. Meditar es centrarnos más allá de nuestro ser separado, descentrarnos en el misterioso Medio y Fondo en el que todo es, en el que todos los seres vivimos, nos movemos y somos, y allí volver a hallarnos en paz. Y hallar así la medicina de mi ser, el remedio de las heridas abiertas por todas mis cerrazones. Eso es meditar. Y no importa la forma.

Meditar no es pensar, reflexionar, cavilar. Por cierto, no nos vendría nada mal dedicar cada día un rato a pensar y tener un criterio razonado sobre las imágenes, slogans y discursos que nos inundan, engañan y asfixian. Pero el pensamiento o la mente, que es uno de nuestros recursos más útiles, puede convertirse fácilmente en la trampa más peligrosa. Pues fácilmente sucede que la mente con sus pensamientos nos separa de nuestro medio, nuestro centro, nuestro ser profundo indemne, bueno y feliz. Y nos convence de que somos los recuerdos que nos hieren, los miedos que albergamos y los proyectos que concebimos y que acaban por agotarnos. Es bueno y necesario pensar, pero meditar no es eso. Los pensamientos pueden ayudarte a meditar, pero solo a condición de que te lleven más allá, a SER.

Meditar no es rezar, aunque una oración bella y sentida puede ayudarte a meditar, a entrar en la secreta y universal bienaventuranza de tu ser. ¿Qué otra cosa han hecho muchas gentes sencillas rezando el rosario u “oyendo” la misa, simplemente dejándose llevar más allá de las oraciones que recitaban o los sermones que escuchaban? La oración más devota, el sermón más brillante o la idea más sublime acerca de “Dios” pueden alejarte de Dios, impedirte ser en Dios o ser Dios, bondad indemne, feliz y creadora, que ES lo que ERES. Puedes ser Lo que Eres. Eso es meditar.

Meditar es entrar en el silencio, que es mucho más que callar. Entrar en el silencio que es la vibración universal, el Espíritu creador, la quietud activa, la paz profunda que todo lo habita y mueve. Meditar es adentrarse, como Elías en el Horeb, en la brisa suave que es la Presencia de Dios en todas las cosas.

Meditar es calmar y acallar la mente. Es mucho más que sentarse, quedar quietos y callar, pero es muy bueno sentarse, quedarse quieto y callar. Y liberarte de las ideas que te torturan, de tus angustias, miedos y rencores. Y, libre de tus pensamientos, desapegado de tu ego, simplemente atender, recoger toda tu atención en la misteriosa Presencia Buena, el Presente que te envuelve y eres. Y mirarlo todo en su simplicidad primera, con mirada compasiva.

Para ejercitar la simple y pura atención, puedes fijarla en tu respiración, o en tu cuerpo, o en un mantra o una jaculatoria cualquiera, o en una imagen que te inspira.

Meditar así cada día es la mejor medicina, y tú mismo lo podrás comprobar, pero solo a condición de que no busques ningún resultado, ningún remedio. A condición de que te recojas humildemente, simplemente, como un niño en brazos de su madre.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS)

Para orar. “LA CEGUERA”

“Mirar no es sólo asunto de los ojos.

Primero, ciérralos unos instantes

y dentro de ti busca -en tu sosiego-

la facultad de ver.

Y ahora ábrelos, y mira”

(Eloy Sánchez Rosillo)

Fuente: Atrio

viernes, 28 de octubre de 2011

Un día para la paz.



Hoy ha amanecido como todos los días, un milagro cada vez. ¡Oh mañana, yo te saludo! Sobre el horizonte del Andutz, el cielo ha pasado del oscuro al rosado, al violeta, al azul, un azul muy suave y limpio. En la pradera soleada que baja hasta la estación de Arroa pastan las vacas plácidamente. Las niñas y los niños juegan en el patio de la guardería, como si toda la vida no fuera más que eso, y tal vez no lo es, aunque esa visión aún se nos escapa a los mayores y pronto la perderán también ellos, los niños.
El petirrojo que canta en los matorrales del riachuelo Narrondo, justo aquí debajo, no dejará, sin embargo, de cantar mientras queden petirrojos. Y la hoja del chopo seguirá temblando hasta que un día se desprenda y caiga suavemente, buscando la tierra de la que brotó. ¡Oh Dios, oh Misterio de paz en tanta belleza, oh Belleza de la Paz que anhelamos!
Así es cada día, y hoy es uno más, pero no es un día cualquiera. Es el día siguiente al 20 de octubre, es el “primer día del resto de toda nuestra vida”, la que nos quede. Ayer, a última hora, ETA anunció el cese definitivo de toda actividad armada y, si de mí dependiera, haría que las humildes campanas de Arroa y de todas nuestras ermitas, incluida San Lorente, repicaran cada hora como si fuera el Ángelus.
Sé que exagero, que el mundo sigue hoy tan afligido como ayer, que en nuestro pueblo queda todavía casi todo por hacer, casi todo que construir, mucho dolor que aliviar, muchos rencores que suavizar, queda la gran casa de la paz por edificar. Pero saludemos este día infinitamente esperado, tantas veces frustrado, tantas veces reclamado, este día tan merecido. ¡Dejad que lo celebremos!
Sé también que todo cuanto diga aquí será subjetivo y parcial, discutible, pero alguna vez tendremos que aprender a expresarnos con franqueza y respeto, sin que nadie pretenda poseer el monopolio de la verdad y de la ética, sin que nadie se crea dueño del bien y de la justicia, sin que a nadie se le niegue su parte de dolor y de razón. Alguna vez tendremos que reconocernos a nosotros mismos y a los demás el derecho al error o cuando menos al riesgo de errar. Alguna vez tendremos que curar el odio y sanar la memoria para seguir construyendo.
Hoy no es un día para pedirnos cuentas, ni siquiera para rendirlas, sino para dar gracias a todos los que han creído que era posible y han hecho posible que llegara este día, el día después de ETA. A todos los que lo han intentado y fracasado. A todos los que han sido duramente injuriados por seguir creyendo y arriesgando. A todos los que lo han pagado con su vida. Y a aquellos que lo están pagando con la cárcel. Hoy es un día para agradecerles a ellos y para volver a creer en nosotros mismos y en el otro. Es un día para volver a creer en el niño feliz y bueno que fuimos sin saberlo cuando empezamos en el vientre de la madre o en el sueño de Dios. ¿Y ese que te ha desgarrado la vida y que maldices como malo? Haz lo que puedas, pero procura creer también en él, pues de otro modo, tenlo por seguro, nunca podrás recuperar la fe en ti mismo, en ti misma. Y sin esa fe no tendrás paz dentro de ti, y sin paz no podrás vivir.
Hoy tampoco es un día para proclamar vencedores a un lado y vencidos al otro, aunque esto pueda sonar demasiado duro para muchos que han sufrido demasiado. Quiero comprenderlos. Pero yo quiero la paz mejor para todos, y la paz mejor es aquella en que todos ganan. Solo ha de ser vencido el fanatismo, la amenaza, la imposición, la violencia en todas sus formas. Pero también los violentos, todos ellos, han de salir ganando, y saber que ganan haciendo la paz en vez de la guerra.
Habrá tiempo, habrá días, para recordarlo todo, para sentarnos en corro, como los niños de esa guardería, y escuchar sin prisa y sin interrupción la historia del otro, y contar la nuestra desde el principio hasta el fin, aunque nadie conoce en realidad el principio ni el fin de su historia, pero en ese breve intervalo nos ha juntado la vida y hemos de seguir tejiendo esta historia en común. Y es seguro que solo aquel fin que sea bueno para todos será bueno para cada uno, y que solamente juntos podremos levantarlo día a día ya desde hoy. Habremos de darnos tiempo para que cada uno desgrane lentamente la historia de sus dolores, e incluso de sus rencores. Solo así desatará sus nudos, al narrarse y sentirse escuchado. Solo así podremos reconciliarnos con nosotros mismos y nuestras heridas, y luego –mejor, al mismo tiempo– con el otro, también él herido.
Hoy no es todavía el día para eso, pero sí de creer que podemos hacerlo. Y de aceptar, ya desde hoy, que no tenemos por qué contar todos de la misma manera nuestra historia común, ni tenemos por qué coincidir en el juicio del pasado, ni en la opción del presente ni en el proyecto de futuro. Basta que sea común la voluntad de ser sinceros con nosotros mismos, de sentir o comprender el dolor del otro y de erigir juntos otro futuro.
No todo es igual, por supuesto. Y pronto, cuanto antes, habrá que volver a nombrar uno por uno a todos los muertos, para honrar su memoria, para reconocer y atenuar el dolor de los vivos, para reparar en lo posible todas sus pérdidas. Ojalá llegue el día en que aquel que mató pueda decir: “¡Qué horror! ¡Cuánto lo siento! Perdóname”. Solo entonces será libre, aunque no le perdonen. Ojalá llegue el día en que aquel que fue herido pueda decir: “Creo en ti y te perdono”. Solo entonces curará su herida, aunque nadie le pida perdón. No habrá que olvidar nada, pero solo habrá que recordar para restaurar, no para quedar prisioneros del pasado. Y no habrá que olvidar a nadie, y no porque se haya de equiparar a todos, sino porque todos necesitan ser dignificados, cada uno a su manera, cada uno en su lugar. Hay dolor, mucho dolor, en todos los lados. Y somos muchos, muchísimos, los que tenemos amigos y familiares que han perdido la vida o sufren en ambos lados, y no podemos olvidar a ninguno.
Hoy no es un día para igualar a la víctima y al verdugo, pero sí para recordar que nunca haremos plena justicia a la víctima mientras no le ayudemos cuanto podamos a no volverse sin darse cuenta verdugo; y nunca haremos justicia al verdugo, mientras no adoptemos todas las medidas posibles para que se vuelva humano, hermano. Entonces, no habrá ningún daño que justificar, pero no habrá tampoco nadie a quien condenar, pues cada vez que condenamos a alguien, condenamos también con él una parte esencial de nosotros mismos. Si condenas, te condenas. Es así de claro, creámoslo. Dios es el Misterio Santo, Indemne, Sano, que no condena a nadie sino que –por eso mismo– santifica, salva, sana a todos.
Hoy es un día para creer en El, en la Paz. Aún amanecerán muchos días, y deberemos poner nuestro grano de arena para que cada día sea un día para la paz.

José Arregi
Para orar
No hagáis daño a ningún ser viviente:
he ahí el camino eterno, permanente e inalterable de la Vida.
Perdono a todas las criaturas, y que todas las criaturas me perdonen.
Para todas tengo amistad, para ninguna enemistad.
Quien vive de la espada es presa del miedo.
A quien tratas de golpear no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de gobernar no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de torturar no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de convertir en esclavo no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de matar no es, en verdad, otro que tú mismo.
Todos los seres desean vivir, ninguno desea morir.
Toda arma, por poderosa que sea,
siempre puede ser reemplazada por otra superior;
pero ningún arma puede ser superior a la no-violencia.

(Oración jainista. Jainismo: religión fundada en la India por Mahavira en el s. V a.C.)