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lunes, 10 de noviembre de 2014

Luchar contra las guerras, recuperar nuestra capacidad de amar.


por Cristóbal Orellana González

Escribí esta reflexión a petición del Comité Óscar Romero de Cádiz y para el acto de presentación, al que asistí, de la Agenda Latinoamericana 2015 (http://latinoamericana.org/). A mitad del texto coloco el vídeo en que me apoyé para mi intervención sobre el derecho a la Paz del mundo y a la Madre Tierra.

Luchar contra las guerras, recuperar nuestra capacidad de amar.

Primero quiero enviar desde aquí un afectuoso saludo a todos y todas las militantes pacifistas, por el desarme y frente a las violencias de los distintos países europeos, latinoamericanos, africanos... Lo hago desde Cádiz, una milenaria ciudad que en 1812 expresó un rotundo NO al régimen feudal pero que hoy está a solo 11 kilómetros en línea recta de una base nuclear norteamericana como la Base de Rota, a su vez muy cercana a otras dos, también con capacidad nuclear, como son las bases militares de Morón y la de Gibraltar. Os saludo de corazón, siguiendo en esto no más que el espíritu festivo y solidario de la cultura de Andalucía, el lugar de la Madre Tierra donde crecen mis tres hijos. Y os saludo también con un profundo respeto y con una encendida esperanza en la capacidad de los pueblos para superar las graves injusticias y abrir los nuevos caminos de la Paz que todos y todas anhelamos.

En segundo lugar, quiero leer un texto de mi sindicato (CGT) donde que creo que se resume bien en qué situación estamos y cuáles son las causas generales de que la Madre Tierra, todo el planeta, toda la humanidad, toda la Vida, esté en la situación de peligrosa zozobra que conocemos, que sufrimos y que intentamos cambiar:

El capitalismo ha elevado a la máxima potencia, el triunfo del mercado, es decir, la mercantilización de toda la cadena de la vida, toda la vida: la biológica, la animal y la humana, en base a despreciar la misma, desforestando los bosques, arrasando campos de producción de semillas para la alimentación sustituyéndolos por forrajes para producir bioetanol, recalentando la tierra, provocando y alimentando guerras para expoliar recursos y miles y miles de muertos, envenenando la tierra, contaminando los mares y costas, provocando genocidios de pueblos indígenas, de pueblos enteros, palestinos, árabes; generar hambre, pobreza, dolor, mucho dolor, a la vez que ha convertido los lugares de trabajo en centros de sufrimiento.

El fundamentalismo del mercado, es el enemigo más terrible de la humanidad: tienen en sus manos el monopolio tecnológico; controlan los mercados financieros y los mercados de 20 mercancías a escala planetaria; son “dueños” de los recursos naturales del planeta, bien por rapiña, bien por robo, bien por expropiación; controlan los medios de ideologización, llamados de comunicación y, por último, son dueños de todas las armas, las cuales no dudan en utilizar para seguir siendo los “dueños del planeta” y seguir amenazando y agrediendo la vida.


 

 En tercer lugar, quiero decir aquí que, como insumiso que fui al servicio militar obligatorio sobre el año 1987 y como militante antimilitarista que aún soy, estimo que a ninguno de nosotros y de nosotras se nos puede pasar por alto el hecho de que, si queremos hacer valer el derecho de los pueblos a la Paz, tenemos el deber ético de oponernos particularmente al recrecimiento de las industrias de armas, con su mortífero comercio por todo el mundo, y a las armas de destrucción masiva (unas 20.000 ojivas atómicas aún en el mundo). Me pregunto y os pregunto: ¿qué derecho a la Paz, al Desarme Nuclear, a la diplomacia activa de la solidaridad internacional, tenemos nosotros y nosotras, todos los pueblos y la Madre Tierra, si no concentramos nuestra energía política frente a esta concreta y grave amenaza de las armas de destrucción masiva?; el hambre y la indignidad humana a que muchos pueblos están sometidos, así como la degradación ambiental a que se someten ríos, bosques, océanos y tierras, ¿no tienen su correlato más evidente y justificador en las armas de destrucción masiva?, ¿no es el militarismo heredado del siglo XX, junto a todo tipo de violencias estructurales, quien apunta más directamente al corazón de la Madre Tierra malgastando sumas multimillonarias en armas y muertes?.

Quiero también, en cuarto y último lugar, decir que tengo miedo de mis muy irresponsables gobernantes. No es un miedo que me paralice, que me lleve a la inacción, pero sí es una gran prevención tanto ante el peligroso Tratado Trasatlántico de Libre Comercio e Inversión Europa-USA como, muy particularmente, ante el poderoso avance, junto al aumento de los efectos antisociales de la llamada crisis, del militarismo de las potencias de la OTAN. Es decir, me alarma comprobar que aumentan los gastos militares, que España interviene militarmente cada vez en más países, que la Unión Europea permanece impasible ante conflictos como el de Siria o el de Palestina, que Estados Unidos se enseñorea del Mediterráneo y coloca sus destructores (que parten de la base aeronaval de Rota) frente a Ucrania, que las Fuerzas Armadas -ya sin ocultarse- comienzan a entrenarse en estrategias de represión política directa en las calles, que el Ministro de Defensa de España es un alto ejecutivo de las multinacionales que fabrican armas de guerra… Sí, nuestros gobernantes, a su vez dirigidos por intereses diametralmente opuestos a los de los pueblos, nos imponen el militarismo, las guerras y la destrucción a un ritmo que la humanidad y la Madre Tierra ya no soportan más. Da miedo. Me da miedo, no lo oculto, este instinto de holocausto de nuestros gobernantes.

Pero no quiero terminar este escrito sin referirme a la pregunta que una vez mi hijo mayor, que tiene 21 años, me hizo después de una reflexión parecida a la que hoy he presentado aquí. Me dijo: -pero, papá, ¿qué estáis haciendo la gente que os dais cuenta de todo eso?. Le respondí: -luchar, hijo, luchar. Hoy añado aquí que creo que esa lucha debería tener cinco o seis cualidades: urgencia, fraternidad, coraje, no violencia, inteligencia y, por encima de todas ellas, un amor profundo a la Madre Tierra. Sin este hondo sentimiento que es el amor a la Vida no podremos superar el afán destructivo y enloquecido de unos cuantos.

Gracias y adelante.
(Cádiz, jueves 6 de noviembre de 2014)

Fuente: noviolencia62

lunes, 16 de enero de 2012

Los “desaparecidos” del imperio.



Atilio Boron

Un artículo reciente firmado por John Tirman, director del Centro de Estudios Internacionales del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y publicado en el Washington Post, plantea con crudeza una reflexión sobre un aspecto poco estudiado de las políticas de agresión del imperialismo: la indiferencia de la Casa Blanca y de la opinión pública en relación a las víctimas de las guerras que Estados Unidos libra en el exterior. (1)

Como académico “bienpensante” se abstiene de utilizar la categoría “imperialismo” como clave interpretativa de la política exterior de su país; su análisis, en cambio, revela a los gritos la necesidad de apelar a ese concepto y a la teoría que le otorga sentido. Tirman expresa en su nota la preocupación que le suscita, en cuanto ciudadano que cree en la democracia y los derechos humanos, la incoherencia en que incurrió Barack Obama –no olvidemos, un Premio Nóbel de la Paz- cuando en su discurso pronunciado en Fort Bragg (14 de Diciembre de 2011) para rendir homenaje a los integrantes de las fuerzas armadas que perdieron la vida en la guerra de Irak (unos 4.500, aproximadamente) no dijo ni una sola palabra de las víctimas civiles y militares iraquíes que murieron a causa de la agresión norteamericana.

Agresión, conviene recordarlo, que no tuvo nada que ver con la existencia de “armas de destrucción masiva” en Irak o con la inverosímil complicidad del antiguo aliado de Washington, Saddam Hussein, con las fechorías que supuestamente cometía otro de sus aliados, Osama Bin Laden.

El objetivo excluyente de esa guerra, como la que amenaza iniciar en contra de Irán, fue apoderarse del petróleo iraquí y establecer un control territorial directo sobre esa estratégica zona para el momento en que el aprovisionamiento del crudo deba hacerse confiando en la eficacia disuasiva de las armas en lugar de las normas de aquello que algunos espíritus ingenuos en la Europa del siglo XVIII dieron en llamar “el dulce comercio.”

En su nota Tirman acierta al recordar que las principales guerras que Estados Unidos libró desde el fin de la Segunda Guerra Mundial –Corea, Vietnam, Camboya, Laos, Irak y Afganistán- produjeron, según sus propias palabras, una “colosal carnicería”. Una estimación que este autor califica como muy conservadora arroja un saldo luctuoso de por lo menos seis millones de muertes ocasionadas por la cruzada lanzada por Washington para llevar la libertad y la democracia a esos infortunados países. Si se contaran operaciones militares de menor escala -como las invasiones a Grenada y Panamá, o la intervención apenas disimulada de la Casa Blanca en las guerras civiles de Nicaragua, El Salvador y Guatemala, para no hablar de similares tropelías en otras latitudes del planeta- la cifra se elevaría considerablemente.(2)

No obstante, y pese a las dimensiones de esta tragedia, a las cuales habría que agregar los millones de desplazados por los combates y la devastación sufrida por los países agredidos, ni el gobierno ni la sociedad norteamericana han evidenciado la menor curiosidad, preocupación, ¡ni digamos compasión!, para enterarse de lo ocurrido y hacer algo al respecto. Esos millones de víctimas fueron simplemente borrados del registro oficial del gobierno y, peor aún, de la memoria del pueblo norteamericano mantenido impúdicamente en la ignorancia o sometido a la interesada tergiversación de la noticia. Cómo lúgubremente reiteraba el criminal dictador argentino Jorge R. Videla ante la angustiada pregunta de los familiares de la represión, también para Barack Obama esas víctimas de las guerras estadounidenses “no existen”, “desaparecieron”, “no están”.

Si el holocausto perpetrado por Adolf Hitler al exterminar a seis millones de judíos hizo que su régimen fuese caracterizado como una aberrante monstruosidad o como una estremecedora encarnación del mal, entonces ¿qué categoría teórica habría que usar para caracterizar a los sucesivos gobiernos de Estados Unidos que sembraron muertes en una escala por lo menos igual, si no mayor?

Lamentablemente nuestro autor no se formula esa pregunta porque cualquier respuesta habría puesto en cuestión el crucial artículo de fe del credo norteamericano que asegura que Estados Unidos es una democracia. Más aún: que es la encarnación más perfecta de “la democracia” en este mundo. Observa con consternación, en cambio, el desinterés público por el costo humano de las guerras estadounidenses; indiferencia reforzada por el premeditado ocultamiento que se hace de aquellos muertos en la voluminosa producción de películas, novelas y documentales que tienen por tema central la guerra; por el silencio de la prensa acerca de estas masacres –recordar que, luego de Vietnam, la censura en los frentes de batalla es total y que no se pueden mostrar víctimas civiles y tampoco soldados norteamericanos heridos o muertos; y porque las innumerables encuestas que a diario se realizan en Estados Unidos jamás indagan cuál es el grado de conocimiento o la opinión de los entrevistados acerca de las víctimas que ocasionan en el exterior las aventuras militares del imperio.

Este pesado manto de silencio se explica, según Tirman, por la persistencia de lo que el historiador Richard Slotkin denominara el “mito de la frontera”, una de las constelaciones de sentido más arraigada de la cultura norteamericana según la cual una violencia noble y desinteresada -o interesada solo en producir el bien- puede ser ejercida sin culpa o cargos de conciencia sobre quienes se interpongan al “destino manifiesto” que Dios ha reservado para los norteamericanos y que, con piadosa gratitud, los billetes de dólar recuerdan en cada una de sus denominaciones. Solo “razas inferiores” o “pueblos bárbaros”, que viven al margen de la ley, podrían resistirse a aceptar los avances de la “civilización”.

El violento despojo sufrido por los pueblos originarios de las Américas, tanto en el Norte como en el Sur, fue justificado por ese racista mito de la frontera y edulcorado con infames mentiras. En el extremo sur del continente, en la Argentina, la mentira fue denominar como “conquista del desierto” la ocupación territorial a sangre y fuego del habitat, que no era precisamente un desierto, de los pueblos originarios.

En Chile la mentira fue bautizar como “la pacificación de la Araucanía” al nada pacífico y sangriento sometimiento del pueblo mapuche. En el norte, el objeto del pillaje y la conquista no fueron las poblaciones indígenas sino una fantasmagórica categoría, apenas un punto cardinal: el Oeste. En todos los casos, como lo anotara el historiador Osvaldo Bayer, la “barbarie” de los derrotados, que exigía la perentoria misión civilizatoria, era demostrada por su … ¡desconocimiento de la propiedad privada!

En suma: esta constelación de creencias -racista y clasista hasta la médula- presidió el fenomenal despojo de que fueron objeto los pueblos originarios y liberó a los píos cristianos que perpetraron la masacre de cualquier sentimiento de culpa. En realidad, las víctimas eran humanas sólo en apariencia. Esa ideología reaparece en nuestros días, claro que de forma transfigurada, para justificar el aniquilamiento de los salvajes contemporáneos. Sigue “oprimiendo el cerebro de los vivos”, para utilizar una formulación clásica, y fomentando la indiferencia popular ante los crímenes cometidos por el imperialismo en tierras lejanas. Con la invalorable contribución de la industria cultural del capitalismo hoy la condición humana le es negada a palestinos, iraquíes, afganos, árabes, afrodescendientes y, en general, a los pueblos que constituyen el ochenta por ciento de la población mundial. Tirman recuerda, como ya lo había hecho antes Noam Chomsky, el sugestivo nombre asignado a la operación destinada a asesinar a Osama Bin Laden: “Gerónimo”, el jefe de los apaches que se opuso al pillaje practicado por los blancos. El lingüista norteamericano también decía que algunos de los instrumentos de muerte más letales de las fuerzas armadas de su país también tienen nombres que aluden a los pueblos originarios: el helicóptero Apache, el misil Tomahawk, y así sucesivamente.

Tirman concluye su análisis diciendo que esta indiferencia ante los “daños colaterales” y los millones de víctimas de las aventuras militares del imperio socava la credibilidad de Washington cuando pretende erigirse en el campeón de los derechos humanos. Agregaríamos: socava “irreparablemente” esa credibilidad, como quedó elocuentemente demostrado en 2006 cuando la Asamblea General de la ONU creó el Consejo de Derechos Humanos, en reemplazo de la Comisión de Derechos Humanos, con el voto casi unánime de los estados miembros y el solitario rechazo de Estados Unidos, Israel, Palau y las Islas Marshall.(3) Lo mismo ocurre cuando año tras año la Asamblea General condena por una mayoría aplastante el criminal bloqueo a Cuba impuesto por Estados Unidos.

Pero no es sólo la credibilidad de Washington lo que está en juego. Más grave aún es el hecho de que la apatía y el sopor moral que invisibilizan la cuestión de las víctimas garantiza la impunidad de quienes perpetran crímenes de lesa humanidad en contra de poblaciones civiles indefensas (como en los casos de My Lai en Vietnam o Haditha en Irak, para no mencionar sino los más conocidos). Pero esto viene de lejos: recuérdese la patética indiferencia de la población norteamericana ante las noticias del bombardeo atómico en Hiroshima y Nagasaki, y los cables que enviaba el corresponsal del New York Times destacado en Japón diciendo que ¡no había indicios de radioactividad en la zona bombardeada! Impunidad que alentará futuras atrocidades, motorizadas por la inagotable voracidad de ganancias que exige el complejo militar-industrial, para el cual la guerra es una condición necesaria, imprescindible, de sus beneficios. Sin guerras, sin escalada armamentista el negocio arrojaría pérdidas, y eso es inadmisible. Y son las ganancias de esos tenebrosos negocios, no olvidemos, las que financian las carreras de los políticos norteamericanos (y Obama no es excepción a esta regla) y las que sostienen a los oligopolios mediáticos con los cuales se desinforma y adormece a la población.

No por casualidad Estados Unidos ha guerreado incesantemente en los últimos sesenta años. Los preparativos para nuevas guerras están a la vista y son inocultables: comienzan con la satanización de líderes desafectos, presentados ante la opinión pública como figuras despóticas, casi monstruosas ; sigue con intensas campañas publicitarias de estigmatización de gobiernos desafectos y pueblos díscolos; luego vienen las condenas por presuntas violaciones a los derechos humanos o por la complicidad de aquellos líderes y gobiernos con el terrorismo internacional o el narcotráfico, hasta que finalmente la CIA o algún escuadrón especial de las fuerzas armadas se encarga de fabricar un incidente que permita justificar ante la opinión pública mundial la intervención de los Estados Unidos y sus compinches para poner fin a tanto mal.

En tiempos recientes eso se hizo en Irak y luego en Libia. En la actualidad hay dos países que atraen la maliciosa atención del imperio: Irán y Venezuela, por pura casualidad dueños de inmensas reservas de petróleo. Esto no significa que la funesta historia de Irak y Libia vaya necesariamente a repetirse, entre otras cosas porque, como lo observara Noam Chomsky, Estados Unidos sólo ataca a países débiles, casi indefensos, y aislados internacionalmente. Washington ha hecho lo imposible para establecer un “cordón sanitario” que aísle a Teherán y Caracas, pero hasta ahora sin éxito. Y no son países destruidos por largos años de bloqueo, como Irak, o que se desarmaron voluntariamente, como Libia, seducida por las hipócritas demostraciones de afecto de una nueva camada de imperialistas. Afortunadamente, ni Irán ni Venezuela se encuentran en esa situación. De todos modos habrá que estar alertas.

Notas:
(1) “Why do we ignore the civilians killed in American wars?” (The Washington Post, 5 Diciembre 2011)
(2) Expertos internacionales aseguran que el número de víctimas ocasionadas por Estados Unidos en Vietnam ronda las cuatro millones de personas. La estimación total de seis millones subestima grandemente la masacre desencadenada por el imperialismo norteamericano en sus diferentes guerras.
(3) Añadamos un dato bien significativo: cuando la Asamblea General tuvo que decidir la composición del Consejo, el 9 de Mayo del 2006, Estados Unidos no logró los votos necesarios para ser uno de los 47 países que debía integrarlo. ¡Toda una definición sobre la nula credibilidad internacional de Estados Unidos como defensor de los derechos humanos!

Fuente: ApiaVirtual

martes, 20 de diciembre de 2011

Las paradojas que dejó la guerra de Irak.



Abel Sami
En este mes de diciembre de 2011 las tropas norteamericanas hacen abandono del territorio de Irak. Un país que estuvo unido bajo la férrea mano del dictador Sadam Hussein.
Era un país en que una minoría de la población (de religión musulmana sunita) gobernaba el país sobre la mayoría chiita y sobre la etnia curda a través del partido oficial Baas, que se autodeclaraba socialista, pero que no tenía nada de socialista, sino todo lo contrario, los iraquíes de ese partido eran por sobre todo partidarios de un sistema capitalista, aunque ciertos sectores de la economía permanecían en manos del Estado, por lo que podría habérsele denominado “capitalismo de Estado”. El partido Baas fue disuelto, muchos de sus jefes fueron muertos o apresados y todavía hay muchos de ellos en la cárcel. Sadam fue ejecutado y con eso desaparecía un capítulo de la historia de ese país.
Si bien es cierto, las fuerzas norteamericanas destruyeron a las fuerzas iraquíes del Baas, las fuerzas chiitas se afirmaron y podría asegurar que se solidificaron. Hoy son los chiitas los que gobiernan mayoritariamente. Incluso el primer ministro Maliki es chiita y, por esa razón, mantiene excelentes relaciones con el gobierno de Irán.
Por más que los norteamericanos se esforzaron en disminuir la influencia de Irán, no lo lograron. Incluso en un momento, USA se volcó hacia los sunitas, a los ex miembros del Baas y a ciertas milicias que los habían estado combatiendo en busca de una colaboración y entendimiento para de esa forma limitar el poder de los chiitas y de Al-Kaeda en Irak.
USA se va y deja un vacío de poder y de influencia política. Su geopolítica no salió ganadora, ni siquiera su economía que se resintió enormemente con el gasto producido por más de 140.000 soldados que estuvieron ocupando ese país. No hay duda que gran parte del déficit fiscal de USA se debe al enorme gasto de todo tipo que significó tener un enorme ejército, en esa zona tan lejana del territorio norteamericano. Si bien es cierto, puede afirmarse que USA ganó la guerra convencional, no pudo destrozar a las milicias ni sunitas ni chiitas que surgieron y que combatieron en algunas ocasiones a los invasores norteamericanos. También la invasión norteamericana permitió el surgimiento de Al-Kaeda, que aunque golpeada por todos, ha logrado mantenerse y puede ser más adelante un problema serio para el actual gobierno.
El vacío geopolítico que deja USA lo llena ahora Irán. Irán que en el pasado tuvo que enfrentar una terrible guerra contra ese país apoyado indirectamente por USA, guerra que se debió más que nada a los apetitos de grandeza de Sadam. Irán que ha sabido mantener en jaque la política de grandeza de los sionistas y de los reyes y sátrapas sunitas, en especial el rey de Arabia Saudita, que conforme a los documentos denunciados por Wikileaks habría manifestado a USA la necesidad de que se destruya las instalaciones nucleares de Irán, y no se ha pronunciado en contra de las instalaciones nucleares de Israel y sus armas atómicas; también Irán ha sabido mantener en jaque a otras monarquías como la del rey de Jordania y de los otros Estados menores de la región. Además, según la revista Times existiría un acuerdo secreto entre Arabia Saudita e Israel para permitir el paso de aviones israelíes por el espacio aéreo de Arabia Saudita en caso de que Israel ataque a Irán. Esta noticia parece tener visos de realidad por cuanto no Arabia Saudita ni Israel se han dado el trabajo de hacer un desmentido. La actitud desleal del monarca saudita se debe a la defensa de sus intereses personales más que nada y al temor de una potencia emergente como es Irán.
Y en verdad, no se ve que Irán constituya una amenaza para los gobiernos con mayorías sunitas, aunque en Siria juegue hoy un rol equivocado, aunque estaría en concordancia con la necesidad de la unión con el gobierno de Assad para reforzar a Irán y estrechar lazos con los de Hizbolla en Líbano, también aliados de Irán y enemigos declarados de Israel.
Aunque el premier iraquí, Nuri al-Maliki ha manifestado que Irak tiene las puertas abiertas a los inversores norteamericanos, no ha podido ocultar la simpatía que tiene por el gobierno iraní y lo que es más lógico, que también las puertas de Irak están abiertas a las empresas y capitales iraníes, aunque todavía no lo digan expresa-mente.
No me cabe ninguna duda que USA pierde una gran parte de su influencia geoestratégica en esta parte del mundo y que es Irán la que sale ganadora. USA decrece y por el contrario crece la influencia de Irán. Y eso preocupa también a Israel. Un Irán demasiado desarro-llado no sólo económicamente, sino también científicamente, y con una mayor influencia política en la región, es algo muy preocupante para los israelitas sionistas. Sobre todo, que Hamás en Gaza, es sostenida económicamente por Irán, aún y a pesar de las diferencias religiosas que existen entre ambos.
Poco a poco, como ya lo había manifestado hace un par de años, Irán va surgiendo como un polo de atracción a los gobiernos y los pueblos de la región. Y nada menos que un polo de atracción fuerte, con una economía que sería óptima si no fuese por las sanciones implementadas por USA e Israel a través de la ONU.
Ahora bien, me pregunto la razón por la que USA no quiso quedarse en esta zona y a lo menos encuentro tres razones:
1.El pueblo iraquí, mayoritariamente, no desea que los nortea-mericanos se queden en Irak. Si bien es cierto, la guerra los libró de Sadam, esa guerra le costó, según cifras de ellos mismos, cerca de un millón de vidas humanas y muchos cientos de miles que se fueron del país a vivir como refugiados. Según la revista The Lancet las bajas de iraquíes ya en 2006 ascendían a 650.000 individuos, de los cuales nada menos que 600.000 habrían sido producto de la violencia. La relativa prosperidad que tenía el país se arruinó con la llegada de esta guerra e invasión. Una gran mayoría quedó sin trabajo y sin ingresos, lo que produjo un efecto negativo hacia la OTAN y, en especial, hacia los norteamericanos. El apoyo de USA a Israel es cuestionado por casi toda la sociedad iraquí y de allí que surgen grupos extremos que han colaborado con Al-Kaeda. Grupos que están ocultos y que pueden accionar contra los norteamericanos apenas éstos se debiliten. Grupos que han visto al gobierno de Maliki como un gobierno yanacona de los yanquis, aunque realmente así no sea. Entre las cosas que molesta a los iraquíes es la terrible destrucción de edificios, carreteras, y de la infraestructura en general. Junto a estas molestias está la falta de electricidad, agua potable y medicinas.
2.La otra razón es la económica. USA tiene una economía desas-trosa y un gran déficit fiscal. El economista Martin Feldstein, pro-fesor de economía de la Universidad de Harvard dice: “Reciente-mente la economía estadounidense se ha desacelerado de forma espectacular y la probabilidad de que haya otra contracción económica aumenta con cada nueva serie de datos. Este es un cambio brusco con respecto a la situación que existía al final del año pasado –y representa el regreso al ritmo muy lento de expansión desde que empezó la recuperación en el verano de 2009. Durante los primeros tres trimestres de 2010 el crecimiento económico de los Estados Unidos no sólo fue lento, sino que también se caracterizó principalmente por la acumulación de existencias y no por las ventas al consumidor u otro tipo de ventas finales. En el último trimestre de 2010 se dio un cambio positivo: el gasto de consumo aumentó a una tasa anual del 4%, lo que fue suficiente para aumentar el PIB real total en 3.1% del tercer trimestre al cuarto. La economía parecía haberse librado de su dependencia de la acumulación de existencias.” Todo parecía que iba por buen camino, pero luego se mostró la verdadera cara de la situación general de la economía norteamericana. Como el mismo Martin Feldstein lo señala más adelante, lo que parecía ser una recuperación de la economía fue solo una ilusión, ya que se crearon pocos empleos y la cesantía se elevó al 9,1% de la fuerza laboral. Y agrega que en este año 2011, “El programa de estímulo fiscal aprobado en 2009 está llegando a su fin, y el gasto de estímulo ha disminuido de 400 mil millones de dólares en 2010 a apenas 137 mil millones este año. Además, se están llevando a cabo negociaciones para recortar más el gasto y aumentar los impuestos a fin de reducir los déficits fiscales previstos para 2011 y los años siguientes.” Como nunca antes los pobres han aumentado en USA. Las cifras muestran una realidad lamentable: el 21% de los niños en USA viven bajo el umbral de la pobreza. Cerca de 49 millones de estadounidenses viven en situación de pobreza, que ya en 2010 marcaba un aumento del 1% con respecto al año anterior. Una cantidad enorme de ciudadanos muere anualmente por enfermedades que son curables con un servicio médico normal, pero son gente que no tienen suficientes ingresos para pagar seguros que se haga cargo de sus gastos médicos y los esfuerzos de Obama para lograr paliar esto se ha enfrentado a la negativa rotunda del Partido Republicano y a gente dentro de sus misma colectividad. Y para qué hablar del enorme déficit fiscal. En realidad se barajan cifras astronómicas superiores 200 billones de dólares y tal vez sea mucho más. En estas condiciones USA no puede seguir manteniendo una fuerza militar importante en Irak, sobre todo que, ya tiene en Afganistán otra fuerza enorme que consume el erario nacional. La campaña militar en Irak le ha costado a USA un billón de dólares, 4.500 muertos, muchos miles de heridos, de los cuales una gran parte han quedado lisiados de por vida.
3.La última razón que se da, tiene que ver con la negativa de USA de someter a sus soldados a los tribunales internacionales que velan por los derechos humanos. El gobierno de Maliki ha puesto como condición que los soldados que cometan crímenes contra la población civil y contra los prisioneros de guerra, sean juzgados por los tribunales iraquíes y el gobierno norteamericano lo ha rechazado. Esta es una política que la ha mantenido los últimos tres gobiernos de USA. Se creía que en Irak iba a quedar una fuerza norteamericana de unos 3000 hombres, una brigada, pero como pudo haber un acuerdo sobre la inmunidad de los norte-americanos, esa fuerza ya no estará a final de este año 2011. Todos recordamos los escándalos producidos por las torturas en la prisión de Abu Graib, mostrada en fotografías escandalosas, sin ningún tipo de tapujos. Una moral repugnante de los soldados y de los mercenarios norteamericanos. Y eso lo tiene bien pre-sente cada iraquí, sea sunita o chiita.
La retirada de Irak es lo que Obama había prometido a un pueblo norteamericano despolitizado o, más bien dicho, muy politizado hacia la derecha, que ahora se pregunta si en realidad valía o no la pena de meterse en una guerra que no ha traído beneficios a USA, aunque algunas empresas norteamericanas cuyos dueños están relacionados con Bush ganen muchos fajos de dinero en ese país.
Aunque Maliki quería que un contingente de soldados nortea-mericanos quedase en Irak, esta proposición no es compartida por individuos de su misma etnia y entidad religiosa como el clérigo Moq-tada al-Sadr. Éste clérigo siempre estuvo contra los norteamericanos y su milicia ha participado en varios combates contra ellos, entre las cuales destaca la batalla por Faluya. Batalla que duró más de una semana.
La guerra de Irak, ¿éxito o fracaso?
Esta es una pregunta que se la hacen muchos. Y desde distintos ángulos. Mirado desde Israel, esa guerra, por un lado fue beneficiosa para ellos, porque destruyó el poderoso ejército, aunque anticuado, que tenía Sadam y que podía ser una amenaza para Israel si es que se produce otra guerra árabe/israelí. Desde el punto de vista geo-político, para USA lo que parecía ser un beneficio, hoy se percibe que es prácticamente nulo. La influencia geopolítica de USA ha dismi-nuido, en cambio ha aumentado la de Irán. Y eso es bastante perjudicial para Israel. No olvidemos que el régimen iraní, es enemigo de Israel por doctrina. Y jamás podrá haber un acercamiento, sino todo lo contrario y eso lo comprende perfectamente el gobernante del Estado israelita. Y el acercamiento Irak-Irán es un golpe fuerte a los intereses de ambos: de USA e Israel.
Lo que parece ser un éxito, especialmente en el plano militar de la guerra convencional, es un fracaso geopolítico y un fracaso económico. El enorme gasto que generó esta guerra no ha sido compensado por el crecimiento de la industria de guerra, y eso se comprueba por el aumento de la cesantía de USA y la amenaza de una recesión de la economía.
Fuente: Apia Virtual

viernes, 28 de octubre de 2011

Un día para la paz.



Hoy ha amanecido como todos los días, un milagro cada vez. ¡Oh mañana, yo te saludo! Sobre el horizonte del Andutz, el cielo ha pasado del oscuro al rosado, al violeta, al azul, un azul muy suave y limpio. En la pradera soleada que baja hasta la estación de Arroa pastan las vacas plácidamente. Las niñas y los niños juegan en el patio de la guardería, como si toda la vida no fuera más que eso, y tal vez no lo es, aunque esa visión aún se nos escapa a los mayores y pronto la perderán también ellos, los niños.
El petirrojo que canta en los matorrales del riachuelo Narrondo, justo aquí debajo, no dejará, sin embargo, de cantar mientras queden petirrojos. Y la hoja del chopo seguirá temblando hasta que un día se desprenda y caiga suavemente, buscando la tierra de la que brotó. ¡Oh Dios, oh Misterio de paz en tanta belleza, oh Belleza de la Paz que anhelamos!
Así es cada día, y hoy es uno más, pero no es un día cualquiera. Es el día siguiente al 20 de octubre, es el “primer día del resto de toda nuestra vida”, la que nos quede. Ayer, a última hora, ETA anunció el cese definitivo de toda actividad armada y, si de mí dependiera, haría que las humildes campanas de Arroa y de todas nuestras ermitas, incluida San Lorente, repicaran cada hora como si fuera el Ángelus.
Sé que exagero, que el mundo sigue hoy tan afligido como ayer, que en nuestro pueblo queda todavía casi todo por hacer, casi todo que construir, mucho dolor que aliviar, muchos rencores que suavizar, queda la gran casa de la paz por edificar. Pero saludemos este día infinitamente esperado, tantas veces frustrado, tantas veces reclamado, este día tan merecido. ¡Dejad que lo celebremos!
Sé también que todo cuanto diga aquí será subjetivo y parcial, discutible, pero alguna vez tendremos que aprender a expresarnos con franqueza y respeto, sin que nadie pretenda poseer el monopolio de la verdad y de la ética, sin que nadie se crea dueño del bien y de la justicia, sin que a nadie se le niegue su parte de dolor y de razón. Alguna vez tendremos que reconocernos a nosotros mismos y a los demás el derecho al error o cuando menos al riesgo de errar. Alguna vez tendremos que curar el odio y sanar la memoria para seguir construyendo.
Hoy no es un día para pedirnos cuentas, ni siquiera para rendirlas, sino para dar gracias a todos los que han creído que era posible y han hecho posible que llegara este día, el día después de ETA. A todos los que lo han intentado y fracasado. A todos los que han sido duramente injuriados por seguir creyendo y arriesgando. A todos los que lo han pagado con su vida. Y a aquellos que lo están pagando con la cárcel. Hoy es un día para agradecerles a ellos y para volver a creer en nosotros mismos y en el otro. Es un día para volver a creer en el niño feliz y bueno que fuimos sin saberlo cuando empezamos en el vientre de la madre o en el sueño de Dios. ¿Y ese que te ha desgarrado la vida y que maldices como malo? Haz lo que puedas, pero procura creer también en él, pues de otro modo, tenlo por seguro, nunca podrás recuperar la fe en ti mismo, en ti misma. Y sin esa fe no tendrás paz dentro de ti, y sin paz no podrás vivir.
Hoy tampoco es un día para proclamar vencedores a un lado y vencidos al otro, aunque esto pueda sonar demasiado duro para muchos que han sufrido demasiado. Quiero comprenderlos. Pero yo quiero la paz mejor para todos, y la paz mejor es aquella en que todos ganan. Solo ha de ser vencido el fanatismo, la amenaza, la imposición, la violencia en todas sus formas. Pero también los violentos, todos ellos, han de salir ganando, y saber que ganan haciendo la paz en vez de la guerra.
Habrá tiempo, habrá días, para recordarlo todo, para sentarnos en corro, como los niños de esa guardería, y escuchar sin prisa y sin interrupción la historia del otro, y contar la nuestra desde el principio hasta el fin, aunque nadie conoce en realidad el principio ni el fin de su historia, pero en ese breve intervalo nos ha juntado la vida y hemos de seguir tejiendo esta historia en común. Y es seguro que solo aquel fin que sea bueno para todos será bueno para cada uno, y que solamente juntos podremos levantarlo día a día ya desde hoy. Habremos de darnos tiempo para que cada uno desgrane lentamente la historia de sus dolores, e incluso de sus rencores. Solo así desatará sus nudos, al narrarse y sentirse escuchado. Solo así podremos reconciliarnos con nosotros mismos y nuestras heridas, y luego –mejor, al mismo tiempo– con el otro, también él herido.
Hoy no es todavía el día para eso, pero sí de creer que podemos hacerlo. Y de aceptar, ya desde hoy, que no tenemos por qué contar todos de la misma manera nuestra historia común, ni tenemos por qué coincidir en el juicio del pasado, ni en la opción del presente ni en el proyecto de futuro. Basta que sea común la voluntad de ser sinceros con nosotros mismos, de sentir o comprender el dolor del otro y de erigir juntos otro futuro.
No todo es igual, por supuesto. Y pronto, cuanto antes, habrá que volver a nombrar uno por uno a todos los muertos, para honrar su memoria, para reconocer y atenuar el dolor de los vivos, para reparar en lo posible todas sus pérdidas. Ojalá llegue el día en que aquel que mató pueda decir: “¡Qué horror! ¡Cuánto lo siento! Perdóname”. Solo entonces será libre, aunque no le perdonen. Ojalá llegue el día en que aquel que fue herido pueda decir: “Creo en ti y te perdono”. Solo entonces curará su herida, aunque nadie le pida perdón. No habrá que olvidar nada, pero solo habrá que recordar para restaurar, no para quedar prisioneros del pasado. Y no habrá que olvidar a nadie, y no porque se haya de equiparar a todos, sino porque todos necesitan ser dignificados, cada uno a su manera, cada uno en su lugar. Hay dolor, mucho dolor, en todos los lados. Y somos muchos, muchísimos, los que tenemos amigos y familiares que han perdido la vida o sufren en ambos lados, y no podemos olvidar a ninguno.
Hoy no es un día para igualar a la víctima y al verdugo, pero sí para recordar que nunca haremos plena justicia a la víctima mientras no le ayudemos cuanto podamos a no volverse sin darse cuenta verdugo; y nunca haremos justicia al verdugo, mientras no adoptemos todas las medidas posibles para que se vuelva humano, hermano. Entonces, no habrá ningún daño que justificar, pero no habrá tampoco nadie a quien condenar, pues cada vez que condenamos a alguien, condenamos también con él una parte esencial de nosotros mismos. Si condenas, te condenas. Es así de claro, creámoslo. Dios es el Misterio Santo, Indemne, Sano, que no condena a nadie sino que –por eso mismo– santifica, salva, sana a todos.
Hoy es un día para creer en El, en la Paz. Aún amanecerán muchos días, y deberemos poner nuestro grano de arena para que cada día sea un día para la paz.

José Arregi
Para orar
No hagáis daño a ningún ser viviente:
he ahí el camino eterno, permanente e inalterable de la Vida.
Perdono a todas las criaturas, y que todas las criaturas me perdonen.
Para todas tengo amistad, para ninguna enemistad.
Quien vive de la espada es presa del miedo.
A quien tratas de golpear no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de gobernar no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de torturar no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de convertir en esclavo no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien tratas de matar no es, en verdad, otro que tú mismo.
Todos los seres desean vivir, ninguno desea morir.
Toda arma, por poderosa que sea,
siempre puede ser reemplazada por otra superior;
pero ningún arma puede ser superior a la no-violencia.

(Oración jainista. Jainismo: religión fundada en la India por Mahavira en el s. V a.C.)