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viernes, 10 de marzo de 2017

Del proselitismo al silencio: cristiandad protegida y cristianismo perseguido.


El filme reciente de Scorsese (Silencio, 2017) y su trasfondo en la novela Silencio (1966), de Endô Shûsaku (1923-1996), invitaban a reflexionar sobre el conflicto interior de la fe puesta a prueba en la encrucijada de “martirios y apostasías”. (cf. mis dos posts anteriores).

Pero el examen de conciencia sobre la memoria histórica del cristianismo misionero en sus encuentros y desencuentros con otras cuturas y religiones, aconseja reconocer honestamente las ambigüedades de la misión cristiana cuando la propagación de la fe olvida el respeto a las culturas, confunde la evangelización con el proselitismo y, en el peor caso, se deja utilizar por intereses colonizadores.

Historiadores católicos acredItados como el investigador J. Schütte, especialista sobre san Francisco Javier, han reconocido las ambigüedades de la cristiandad japonesa protegida por gobiernos locales de daimyös regionales con anterioridad al rechazo del cristianismo por parte de las políticas de expulsión de misioneros, prohibición del cristianismo y persecución de los cristianos (1587,1597 y 1612).

Cuando, en 1580, el daimyô (gobernador) cristiano Omura Sumitada cede el puerto de Nagasaki a los jesuitas, crece la situación de cristiandad protegida en algún área de Japón.

En 1587, Toyotomi Hideyoshi promulga decretos controladores de la práctica cristiana y de expulsión de misioneros extranjeros. Se pasa de la situación de cristiandad protegida a la era del cristianismo perseguido, que culmina en el edicto de Tokugawa Ieyasu, en 1612, una de las marcas del aslacionismo japonés durante más de dos siglos

Los historiadores han constatado actos de agresividad misionera y violencia contra la cultura y religión locales por parte de cristiandades en las que la conversión al cristianismo del señor feudal había conllevado conversiones en masa de sus súbditos.

Por ejemplo, en la década siguiente a la conversión del gobernador de Omura (actualmente provincia de Aichi), se registra un aumento de cuarenta mil bautizados y del número de iglesias hasta ochenta y siete, a la vez que se citan actos de destrucción de templos budistas o sintoistas en 13 aldeas de dicha provincia. Este caso es solo una muestra entre la decena de ejemplos que leemos en el Archivum Romanum Societatis Iesu.

Estos hechos son de la década anterior al decreto citado de 1587, en que se critica al cristianismo diciendo que “acercarse al pueblo de nuestras provincias y distritos y convertirlos en sectarios cristianos, hacerles destruir los santuarios de sus divinidades y los templos de los budas es algo inaudito...”

Hoy día nos resulta inconcebible esta intolerancia exclusivista. Pero los europeos del siglo XVI, aunque no tuvieran la facilidad de comunicar rápidamente navegando por nuestras redes mediáticas, sí tenían acceso a la información sobre aquel proselitismo intolerante a través de las cartas de misioneros.

Un reflejo de esa mentalidad en el arte religioso: la estatua inmensa conocida con el nombre de “Triunfadora sobre los ídolos”, que contemplamos en la iglesia del Gesú, en Roma, junto al altar de san Ignacio. Es una imagen de María pisando una serpiente y unos libros paganos. La inscripción reza así: “Camis, Fotoques, Amidas, Xacas”
(Es decir, divinidades sintoistas,Kami;Budas; el Buda Amida y el Buda Shakamuni"

Pero el problema del proselitismo exclusivista no se reduce a episodios del pasado. En plena actualidad, y en el contexto de la llamada a una nueva evangelización, los obispos japoneses se han visto confrontados con la irrupción en la iglesia japonesa desde España, Filipinas o Brasil de grupos –supuestamente evangelizadores-, enviados por nuevos movimientos eclesiales (con etiquetas de “carisma”, “catecumenado” “neo-espiritualidad” etc.,.) con características de proselitismo fanático, exclusivismo eclesiástico e intolerancia dogmática y rechazo de la cultura, a la vez que rechazo de las directrices del Concilio Vaticano II.

Otra es la orientación del Papa Francisco, en su carta La Alegría del Evangelio: “Que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura”(Evangelii gaudium, 129).

“No podemos pretender los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia” (id., 118) .

Fuente: JuanMasia

domingo, 10 de enero de 2016

"La estrella de Belén no brilla en cielo contaminado"


Juan Masia, sj

"Mateo no describió una cabalgata, sino una peregrinación de buscadores del camino de la vida"

"Hallan al Salvador unos extranjeros, antes que los representantes del poder político y la religión oficial"

Son las seis de la mañana -hora de Tokyo- cuando estoy preparando la homilía. Interrumpo unos minutos para zapear por internet -diez de la noche, hora de Madrid-, a ver de qué se habla en mi país en la víspera de Epifanía. Me sorprende el debate de los tertulianos, unos a favor de festivales laicos y otros de procesiones religiosas. Me parece que a ambos, progresistas y tradicionales, se les escapa lo mejor de la narración fundacional cristiana de los Peregrinos de Oriente.


Al día siguiente, los resúmenes de prensa madrileños me confirman la desazon que me produjo el debate mediático. Ante unaCabalgata de Reyes con menos rasgos tradicionales, había división de opiniones. Para unos, la cabalgata era una actualización bienvenida. Para otros, se trataba de una pérdida lamentable de tradiciones. Creo que ambas partes desafinan. Ni la cabalgata llamada laica, ni la que se supondría religiosa concordarían con la interpretación audaz del evangelista.

Mateo, en su narración mítico-poética, no describió una cabalgata, sino una peregrinación de buscadores del camino de la vida. Persiguen una estrella, para hallar al Enviado, merecedor de título real, porque guiará al Reino de la Vida. Estos caminantes -que no eran ni tres, ni reyes, ni adivinos, ni consta cómo se llamasen-, son unas personas en búsqueda de la salvación que ha de venir, anunciada a quienes puedan otear estrellas y dejarse orientar por luz que no encandila.

Mateo, en su evangelio, escribió el guión para un "telefilme de Epifanía", la trilogía: peregrinos de Oriente, huída a Egipto y matanza de inocentes. Adornó el montaje con imágenes bíblicas y citas proféticas: Belén, casa de pan; Egipto, tierra de Éxodo; Raquel, madre desconsolada de víctimas.

Si lo hubiera escrito hoy, quizás el evangelsita habría enfocado su cámara para destacar en primer plano el cadáver de un niño devuelto por las olas a la orilla mediterránea tras el naufragio de la patera, o una familia de José, María y Jesús refugiados huyendo del bombardeo.


El símbolo clave en el capítulo segundo del evangelio según Mateo es la estrella: dónde se oculta, dónde aparece y a quién apunta. Este relato de Epifanía subversiva no es cuento para niños, sino estímulo de fe crítica y liberadora para adultos.

¿Dónde y a quiénes se manifiesta Jesús? En Belén, no en Jerusalén. A los de fuera, antes que a los de dentro. Hallan al Salvador unos extranjeros, antes que los representantes del poder político y la religión oficial. Al llegar a Jerusalén se oculta la estrella. Luces de la capital y aire contaminado no dejan ver estrellas. No es la capital, sino la aldea, el centro de la historia, al que apunta una estrella. Hoy día no se posaría el lucero sobre Wall Street o el servidor de Internet, ni sobre las oficinas del Banco Vaticano.

Preguntan los peregrinos: ¿Dónde está el que ha sido Enviado para "reinar"? Pero Jesús, rey sin poderes reales, predicará un reino sin fronteras. Su reino, no de este mundo, pero sí liberador de este mundo, romperá el muro entre los de dentro y los de fuera; rechazará el exclusivismo de presuntos pueblos escogidos.

¿Oro e incienso? Explican los exegetas que Mateo pone del revés un himno nacionalista de la época, que rezaba así: "Vendrán de todas partes a la capital, trayendo oro e incienso". Mateo invierte ese exclusivismo centralista: en vez de acudir de todas partes a la capital, habrá que salir de ella y descubrir el símbolo de la aldea y el establo. En vez de incensar en palacios dorados, será en la sencillez local, donde un joven matrimonio humilde acuna a su primogénito recién engendrado por ellos con la ayuda del Espíritu de Vida.

Por cierto, que la imagen del pesebre la elige Mateo por ser el lugar del alimento, a la vez que lo más cálido de la choza, apropiado para presentar al Enviado, que merecerá llamarse "pan de vida". "Encuentran al niño con María, su madre", dice Mateo. En una época y sociedad en que la mujer no contaba, donde todo lo era el padre, al que se solía mencionar primero, Mateo pone a María por delante. Sin comentarios...

"Volved por otro sendero", les dice un sueño a los peregrinos. Para que no crean ingenuamente que se construye el Reino de los cielos firmando acuerdos de compromisos con Herodes. Mateo ha centrado la trama en el tema del rechazo a la adoración. Herodes representa el rechazo al Salvador. Los peregrinos representan la adoración. En la historia del arte cristiano atinan en la expresión del mensaje los cuadros que plasman la Adoración de la Epifanía, más que los que filman desfiles reales.

Este año, después de la misa de Epifanía, saludé a un matrimonio japonés amigo, que venía acompañado por sus hijos, niño de tres años y niña de cuatro. Estaban contemplando el Belén a la entrada de la iglesia de San Ignacio, en Tokyo. El padre y la niña habían juntado sus manos y estaban inclinando su cabeza ante el Portal. La madre acababa de llamar la atención al hijo pequeño, que intentaba corretear: "Ven aquí, primero tenemos que hacer ogamu (que significa, en japonés, adorar)". "¿Qué es ogamu?", dijo el niño. Y su madre le tomó las manos entre las suyas e hicieron juntos la reverencia al Niño Jesús, mientras le decía: "Así, le adoramos como hicieron los peregrinos de Oriente, arrodillados en el portal de Belén".

Viendo a esta madre que enseña a rezar a su hijo, pensé que en ese momento se estarían formando infinidad de nuevas conexiones de sinapsis en el cerebro del niño para despertar en su espíritu la capacidad de vivir buscando y siguiendo la estrella de Belén desde Oriente y Occidente. Fue para mí la mejor Epifanía, que no cabalgata real, sino peregrinar de búsqueda y adoración.

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martes, 7 de agosto de 2012

Sobre el aborto como sacerdote y profesor.


Juan Masiá, 04-Agosto-2012

Como Juan Masiá escribe siempre con rigor y libertad como sacerdote a quien acuden personas con problemas y como profesor de teología moral a quien toca dilucidar sobre la aplicación de los valores evangélicos a las circunstancias de hoy, sus artículos son acogidos siempre por ATRIO en su texto íntegro, aunque a veces el ruido mediático se base solo en titulares y afirmaciones parciales.



Aborto y vida naciente con malformaciones

Hay que respetar que sea ella quien tome la decisión, sin imposición prohibitiva, ni complicidad permisiva


No soy ginecólogo, ni jurista, ni casado. Mi relación con el aborto se produce en dos campos: el consultorio espiritual y la clase de ética. Desde esas perspectivas comento sobre las decisiones conflictivas de interrupción o prosecución de un embarazo amenazado por patologías que hacen dudar de la conveniencia de protegerlo.

Respetando la privacidad de las personas que acuden a consulta, se puede dar desde esa experiencia el testimonio siguiente: ni en el caso de la mujer embarazada que, con pesar e incertidumbre, optó por interrumpir el camino hacia el nacimiento de una vida seria e irremisiblemente afectada por malformaciones graves, ni en el caso de la que, en circunstancias semejantes, optó por llevar a término la gestación en medio de la angustia por la inseguridad acerca del futuro de esa vida; en ninguno de ambos casos, reitero, descubrimos indicios de que hayan tomado la decisión a la ligera, sin sufrir ni dudar. Claro es que, en el caso contrario, no habrían venido a esta consulta. Pero también es cierto que, tanto quienes analizan la sociología del comportamiento abortivo, como las mismas personas que mantienen una postura en pro de la mayor permisividad legal, coinciden en reconocer que el aborto conlleva aspectos traumáticos que impiden decidirlo sin más, frívolamente.

El acompañamiento de las personas en la toma de decisiónrequiere las condiciones siguientes en quien las atiende en el consultorio:
1) dolerse con la persona doliente;
2) ayudarla en su toma de decisión, con la información debida y el apoyo personal;
3) respetar que sea ella quien tome la decisión (sin imposición prohibitiva, ni complicidad permisiva);
4) no condenarla, aunque la decisión que haya tomado no sea la más deseable desde determinada perspectiva moral;
5) no abandonar a la persona después de la toma de decisión, cuando necesite apoyo postraumático.

Desde esta experiencia, no veo incompatibilidad entre asentir razonablemente al criterio de un moralista que califica determinada decisión de abortar como objetivamente no deseable y, al mismo tiempo, respetar la decisión responsable y en conciencia de esa persona que, tras sopesar las alternativas, optó por el mal menor, no sin sufrimiento. Si moralmente no lo condenamos, tampoco aceptaremos que legalmente la penalicen.


Si moralmente no lo condenamos, tampoco aceptaremos que legalmente se penalice

A quien trata estas cuestiones en el marco académico del estudio de la ética, le duele el tratamiento simplista del tema. Por ejemplo, hablar de malformaciones en general; meter en un solo paquete todos los casos, desde un simple estrechamiento del conducto esofágico en un síndrome de Down hasta una anencefalia; no caer en la cuenta de la incoherencia que supone penalizar la interrupción del embarazo en supuestos seriamente graves a la vez que se recorta el apoyo con la ley de dependencia a la crianza, sanidad y educación de esa vida discapacitada; y un largo etcétera de acusaciones de antivida a quienes optaron dolorosamente por un mal menor en situación de conflicto o presunciones de provida para quienes impusieron por motivaciones ideológicas la opción contraria.

Admito que no podemos tratar los problemas en la prensa como en la clase. Pero también es papel de los medios ayudar a la opinión pública a clarificar los problemas, tanto en ciencia como en ética. No voy a tocar aquí el tema del comienzo de la vida humana individual, que sitúa la cuestión de su interrupción, en el sentido estricto, no antes de la fase fetal, pasado el segundo mes tras la concepción. Me limitaré a unos ejemplos sobre la complejidad de las malformaciones de la vida naciente.

Un feto anencéfalo, carece de las mínimas estructuras neurológicas como soporte para la formación de una persona, desde respirar autónomamente hasta capacitarse para cualquier acto estrictamente humano de sentir, pensar o querer. Aunque hubiera razones para no interrumpir su alumbramiento, no sería por considerarlo una realidad humana personal. El aborto de un anencéfalo no es el aborto de un ser humano.

Un feto con una malformación incompatible con la vida extrauterina (supongamos el caso de una agenesia renal irremediable), no podrá llegar a realizar acción humana, porque no sobrevivirá. Es asemejable al ejemplo anterior.

Ejemplos más delicados: fetos con patología grave, sin solución curativa, solo paliativa. “Ante un diagnóstico prenatal de estas características, la mayoría de padres solicita una interrupción de la gestación acogiéndose al tercer supuesto de la ley del aborto”. Aunque objetivamente cueste asentir a este planteamiento “debemos”, dice el doctor F. Abel, ginecólogo y teólogo moral, “respetar a las personas que se encuentran en esta situación y las decisiones que toman” (Diagnóstico prenatal, Instituto Borja de Bioética, 2001, pp. 3-26). Al mismo tiempo habrá que seguir trabajando para que en nuestra sociedad no se discrimine a causa de la discapacidad y se responsabilice la sociedad entera del apoyo a la dependencia en todas las fases de la vida. Sin hacer esto último, no tendrá credibilidad el legislador que intente suprimir el citado tercer supuesto.

Estos ejemplos pretenden evitar precipitaciones en la manipulación de la opinión pública. Que motivaciones menos confesadas —política, ideológica o religiosamente— no nos impidan debatir con seriedad científica y responsabilidad ética.

Juan Masiá Clavel es jesuita y profesor de Bioética en la Universidad católica Sophia, de Tokio.

Fuente: ATRIO