Mostrando entradas con la etiqueta juan masía clavel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juan masía clavel. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de agosto de 2012

Sobre el aborto como sacerdote y profesor.


Juan Masiá, 04-Agosto-2012

Como Juan Masiá escribe siempre con rigor y libertad como sacerdote a quien acuden personas con problemas y como profesor de teología moral a quien toca dilucidar sobre la aplicación de los valores evangélicos a las circunstancias de hoy, sus artículos son acogidos siempre por ATRIO en su texto íntegro, aunque a veces el ruido mediático se base solo en titulares y afirmaciones parciales.



Aborto y vida naciente con malformaciones

Hay que respetar que sea ella quien tome la decisión, sin imposición prohibitiva, ni complicidad permisiva


No soy ginecólogo, ni jurista, ni casado. Mi relación con el aborto se produce en dos campos: el consultorio espiritual y la clase de ética. Desde esas perspectivas comento sobre las decisiones conflictivas de interrupción o prosecución de un embarazo amenazado por patologías que hacen dudar de la conveniencia de protegerlo.

Respetando la privacidad de las personas que acuden a consulta, se puede dar desde esa experiencia el testimonio siguiente: ni en el caso de la mujer embarazada que, con pesar e incertidumbre, optó por interrumpir el camino hacia el nacimiento de una vida seria e irremisiblemente afectada por malformaciones graves, ni en el caso de la que, en circunstancias semejantes, optó por llevar a término la gestación en medio de la angustia por la inseguridad acerca del futuro de esa vida; en ninguno de ambos casos, reitero, descubrimos indicios de que hayan tomado la decisión a la ligera, sin sufrir ni dudar. Claro es que, en el caso contrario, no habrían venido a esta consulta. Pero también es cierto que, tanto quienes analizan la sociología del comportamiento abortivo, como las mismas personas que mantienen una postura en pro de la mayor permisividad legal, coinciden en reconocer que el aborto conlleva aspectos traumáticos que impiden decidirlo sin más, frívolamente.

El acompañamiento de las personas en la toma de decisiónrequiere las condiciones siguientes en quien las atiende en el consultorio:
1) dolerse con la persona doliente;
2) ayudarla en su toma de decisión, con la información debida y el apoyo personal;
3) respetar que sea ella quien tome la decisión (sin imposición prohibitiva, ni complicidad permisiva);
4) no condenarla, aunque la decisión que haya tomado no sea la más deseable desde determinada perspectiva moral;
5) no abandonar a la persona después de la toma de decisión, cuando necesite apoyo postraumático.

Desde esta experiencia, no veo incompatibilidad entre asentir razonablemente al criterio de un moralista que califica determinada decisión de abortar como objetivamente no deseable y, al mismo tiempo, respetar la decisión responsable y en conciencia de esa persona que, tras sopesar las alternativas, optó por el mal menor, no sin sufrimiento. Si moralmente no lo condenamos, tampoco aceptaremos que legalmente la penalicen.


Si moralmente no lo condenamos, tampoco aceptaremos que legalmente se penalice

A quien trata estas cuestiones en el marco académico del estudio de la ética, le duele el tratamiento simplista del tema. Por ejemplo, hablar de malformaciones en general; meter en un solo paquete todos los casos, desde un simple estrechamiento del conducto esofágico en un síndrome de Down hasta una anencefalia; no caer en la cuenta de la incoherencia que supone penalizar la interrupción del embarazo en supuestos seriamente graves a la vez que se recorta el apoyo con la ley de dependencia a la crianza, sanidad y educación de esa vida discapacitada; y un largo etcétera de acusaciones de antivida a quienes optaron dolorosamente por un mal menor en situación de conflicto o presunciones de provida para quienes impusieron por motivaciones ideológicas la opción contraria.

Admito que no podemos tratar los problemas en la prensa como en la clase. Pero también es papel de los medios ayudar a la opinión pública a clarificar los problemas, tanto en ciencia como en ética. No voy a tocar aquí el tema del comienzo de la vida humana individual, que sitúa la cuestión de su interrupción, en el sentido estricto, no antes de la fase fetal, pasado el segundo mes tras la concepción. Me limitaré a unos ejemplos sobre la complejidad de las malformaciones de la vida naciente.

Un feto anencéfalo, carece de las mínimas estructuras neurológicas como soporte para la formación de una persona, desde respirar autónomamente hasta capacitarse para cualquier acto estrictamente humano de sentir, pensar o querer. Aunque hubiera razones para no interrumpir su alumbramiento, no sería por considerarlo una realidad humana personal. El aborto de un anencéfalo no es el aborto de un ser humano.

Un feto con una malformación incompatible con la vida extrauterina (supongamos el caso de una agenesia renal irremediable), no podrá llegar a realizar acción humana, porque no sobrevivirá. Es asemejable al ejemplo anterior.

Ejemplos más delicados: fetos con patología grave, sin solución curativa, solo paliativa. “Ante un diagnóstico prenatal de estas características, la mayoría de padres solicita una interrupción de la gestación acogiéndose al tercer supuesto de la ley del aborto”. Aunque objetivamente cueste asentir a este planteamiento “debemos”, dice el doctor F. Abel, ginecólogo y teólogo moral, “respetar a las personas que se encuentran en esta situación y las decisiones que toman” (Diagnóstico prenatal, Instituto Borja de Bioética, 2001, pp. 3-26). Al mismo tiempo habrá que seguir trabajando para que en nuestra sociedad no se discrimine a causa de la discapacidad y se responsabilice la sociedad entera del apoyo a la dependencia en todas las fases de la vida. Sin hacer esto último, no tendrá credibilidad el legislador que intente suprimir el citado tercer supuesto.

Estos ejemplos pretenden evitar precipitaciones en la manipulación de la opinión pública. Que motivaciones menos confesadas —política, ideológica o religiosamente— no nos impidan debatir con seriedad científica y responsabilidad ética.

Juan Masiá Clavel es jesuita y profesor de Bioética en la Universidad católica Sophia, de Tokio.

Fuente: ATRIO

domingo, 3 de junio de 2012

La energía creadora (ruah) nos hace creer y crear.


Juan Masiá ClavelTeología


Creemos en el Espíritu Santo, decimos en la tercera parte del Credo. Espíritu de Vida, que nos hizo nacer; Espíritu de Verdad, que nos hace creer; Espíritu creador, que nos hace capaces de recrear; Espíritu reconciliador, que nos hace capaces de sanar a la persona y transformar la sociedad; Espíritu resucitador, que nos vivifica definitivamente.
Los catecismos postridentinos nunca olvidaban mencionar el papel del Espíritu en el nacimiento de Jesús (aunque no aclaraban que también en todos los demás nacimientos actúa el dinamismo de su energía). Pero sí relegaban al olvido el papel del Espíritu en la Resurrección.
El libro de texto del cuarto curso de bachilerato, con el que preparé en 1954 el examen de la asignatura de religión, explicaba en la pregunta número 258 del programa, que la resurrección “por su propia virtud” era el “principal de los milagros que realizó”. Y, usando los conceptos aristotélico-escolásticos y la lectura bíblica literal, explicaba en el n. 247 cómo fue la resurrección, diciendo así: “En la madrugada del domingo, tercer día después de su muetre, al alma de Jesucristo volvió a juntarse con su cuerpo según lo había predicho, y, por un acto de su omnipotencia, salió, vivo, glorioso y triunfante del sepulcro” (El dogma católico, ed. Edelvives, Zaragoza, 1954).
Hoy la teología se recupera del olvido del Espíritu Santo, no se siente obligada a apuntalar la fe con el andamiaje de categorñias escolásticas y no necesita lecturas literales de las narraciones simbólicas de los evangelistas. Redescubrimos la riqueza de la tradición bíblica sobre la Ruah, el Espíritu creador y resucitador. Podemos decir: Jesús resucitó por obra de Espírtu .
El dálogo catquético sobre la resurrecciçón se puede reformular, por ejemplo, así:
¿Qué es resucitar? ¿Revivir o sobrevivir? No, sino renacer transformado, transfigurado y recreado para vivir definitivamente.
¿Qué es morir? Nacer transformado (Vita mutatur, non tollitur; la vida no es arrebatada, sino transformada).
¿Qué es resucitar? Respirar en Espíritu para vivir eternamente.
¿Quién resucitó a Jesús? El Espíritu de Vida.
¿Cómo resucitó Jesús? Por obra de Espíritu santo, inhalando, al morir, Espíritu de Vida.
¿Cómo nos da vida Jesús? Exhalando al morir, el Espíritu de Vida para transformarnos como Él fue transformado.
Ha sido lamentablemente olvidado uno de los textos principales sobre la resurrección en las cartas paulinas: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que le resucitó dará vida también a vuestro ser mortal, por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros” (Rom 8, 11). Es decir, el mismo dinamismo de la Ruah o energía divina que transformó la última expiración humana de Jesús en inhalación de Espíritu resucitador de Cristo y la convirtió en exhalación de Espíritu vivificador del mundo, esa misma energía vivificará nuestra vida y transformará nuestra muerte en vida definitiva en el seno de la Vida de la vida. Tomada en serio esta fe, debería tener fuertes repercusiones místicas, psicológicas y políticas, para la liberación y transformación de las personas y de la sociedad. Esta fe en el Espíritu resucitador debería desencadenar fuertes consecuencias terapéuticas, políticas y espirituales.
Esta intuición paulina, muy olvidada en muchas comunidades, se mantuvo viva en la tradición de comunidades que se remontan al discípulo Juan. La comunidad que transmitió la tradición de Juan, llamado portavoz del amor, debía respirar “Espíritu de Vida”, a juzgar por sus capacidades terapéuticas, políticas y místicas reflejadas en el cuarto evangelio.
Expresaban su fe diciendo: “Soplo vital es Dios” (Pneuma ho Theós, Jn 4,24). No necesitaban reunirse en el templo de un “dios nacional”, ni en los templos de “otros dioses extranjeros”, porque sabían que el templo (es decir, el lugar de adoración y celebración, de gratuidad y comensalidad, de misericordia en vez de sacrificio) eran todos ellos y ellas cuando se reunían “trans-religionalmente”en “verdadero espíritu” (en pneumati kai aletheia, Jn 4,24).
Comunicaban entre sí y transmitían la tradición de la buena noticia de Jesús, heredada a través de Juan y Malena, que contaron infinidad de veces y de mil maneras lo de Jesús El Que Vive, para animarnos a tener fe en el soplo de vida que da vida (Jn 20, 31). El mensaje no necesitaba exponerse en un diccionario grueso o en un curso complicado de teología, consistía en decir decir simplemente: Que hay Vida, hay Vida desde siempre, Vida que no muere; que Jesús, rostro de esa Vida, la manifestó; que esa vida nos reune como comunidad de personas llamadas a darse vida mutuamente con alegría (1 Jn 1,1-4).
Palabras y gestos, vida y muerte de Jesús fueron desvelación de esa Vida. Se siguen contando de generación en generación para que vivifiquen a quienes, al escucharlas, crean (Jn 20, 31). Creer en el Espíritu y ser vivificada por el Espíritu da a la comunidad creyente capacidad terapéutica, política y mística.
La comunidad que recibe el soplo de vida de Jesús (Jn 20, 21-22) es enviada al mundo con la misma misión de Jesús: curar, liberar y contemplar. La comunidad recibe del Espíritu capacidad para realizar esa misión terapéutica, política y mística. “Os envío, dice Jesús, con la misma misión con que fui enviado. Recibid soplo de vida y capacidad de curar, liberar y desvelar; ayudad a que haya sanación en lugar de enfermedad; liberación en lugar de opresión; reunificación y reconciliación, en lugar de ruptura y desintegración; desengaño y lucidez en lugar de ilusión; conciencia en lugar de manipulación… A quienes anunciéis la liberación, que se liberen, y a quienes denunciéis como opresores, que se conviertan (Jn 20,23). “Yo he venido para una crisis de discernimiento, es decir, para que quienes no ven vean y quienes presumen de ver, a pesar de no ver, reconozcan su ceguera y se conviertan” ( Jn 9, 39). Para que la personas oprimidas se liberen y las opresoras, que no se alegran de la liberación o la impiden, se conviertan y dejen de oprimir (cf. Jn 5, 14-18 y 9, 1-41).
La celebración principal, la mejor fiesta del año para esta comunidad, es la del Espíritu de Vida. Pentecostés es revivir el corazón del misterio pascual: el éxodo o tránsito de muerte a vida, el momento decisivo de la Muerte-Resurrección-Comunicación del Espíritu de Vida (Jn 19, 30-35: “entregó su espíritu… una lanza le traspasó el costado).
Para la catequesis popular han resultado casi siempre utilizadas las imágenes y narraciones del evangelista Lucas: ascensión de Jesús al cielo cuarenta días después y envío del Espíritu desde las alturas en la mañana de Pentecostés, seísmo, viento, lenguas de fuego y poliglotismo inexplicable. Pero la profundiad de Juan alimenta mejor la fe adulta. La presentación simultánea de muerte, glorificación y envío del Espíritu concentra el tránsito pascual y la efusión pentecostal en el crucificado con el pecho traspasado, como en el Apocalipsis la imagen de un cordero “degollado” y, al mismo tiempo, “en pie”, vivo y victorioso (cf. Ap. 5, 69). Jesús, al morir, pone en manos de Abba su espíritu y recibe el Espíritu resucitador que envía a la iglesia, nacida de su costado traspasado, sin necesidad de tener que esperar hasta unas semanas más tarde.
Ese Espíritu resucitador actúa resucitándonos ya ahora y aquí. Y actúa resucitando continuamente a su iglesia y suscitando nuevos Pentecostés en ella, purificando continuamente todo ambiente irrespirable para convertirlo en lugar habitable de vida.
(Publicado en el blog de Juan Masiá, “En La frontera“)

martes, 6 de marzo de 2012

Ni exorcismos, ni conjuros.



Juan Masiá Clavel

Cuando Nicki Minaj escenificó un exorcismo, con insinuaciones eróticas entrelazadas en simbología religiosa, creyentes escandalizados pusieron el grito en el cielo. Criticaron su actuación en la gala de los premios Grammy y a la organización que lo consintió. No seré yo quien salga en defensa de la rapera; dejando aparte sensibilidades religiosas, y aun sin comparar con caricaturas de Mahoma, burlas de Buda o alusiones impertinentes de Madonna sobre Cristo, el mal gusto de la pantomima era evidente. Pero la Liga Católica, tan ofendida con razón, debería protestar igualmente contra la creencia supersticiosa en demonios y poderes infernales de que hacen ostentación ante televidentes algunos exorcistas con licencia eclesiástica, tirilla al cuello y Ripalda en mano. A creyentes adultos bien formados les produce vergüenza ajena el espectáculo que ofrece en you tube un clérigo de la diócesis romana aparentemente convencido de la posesión diabólica.
Juan Masiá Clavel
Autor: Juan Masiá
Satanás no forma parte del credo. Si la fe es abandono confiado incondicional en manos de Dios -eso es lo que significa creer-, una persona cristiana no podrá decir que cree en el diablo. Le extrañará esta afirmación a los catolicismos fundamentalistas de movimientos neoconservadores que reprocharán ignorancia de la doctrina. ¿No se habla, dirán, en el catecismo sobre un ángel caído, que tienta a Adán y Eva, y sobre el odio de Satán a Dios o la batalla contra su Reinado? (Catecismo nn. 391-395). Efectivamente, porque el Catecismo, como recopilación histórica de las creencias, contiene muchos recuerdos como el museo de arqueología: se conservan expuestas en él las expresiones culturales de la fe a lo largo de la historia, pero eso no significa que sean válidas para hoy, si se toman a la letra sin reinterpretar su simbolismo. También se exponen en un museo los instrumentos de tortura de la Inquisición para conocer su historia, pero no para aprobar la tortura ni recomendarla; más para que no se repita.
Cuando el primer domingo de Cuaresma se lea en las iglesias el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto ¿cómo hablarán los opredicadores en las homilías sin hacer creer a la feligresía que está prohibido pensar? Habrá que hacer ejercicio de interpretación y hermenéutica para la fe adulta. Porque Jesús no estuvo ayunando cuarenta días, ni se le apareció ningún diablo en el desierto. Esta mitificación dramática, puesta en escena por los evangelistas, como hoy lo harían en un telefilme, personifica antropomórficamente el tema de la tentación y describe la vivencia de Jesús, auténtico hombre: la contradicción interna humana, reconocida por Pablo en su carta a la comunidad de Roma: “No entiendo lo que me pasa, pues lo que quiero no lo hago y, en cambio, hago lo que no quiero” (Rom 7, 15).
Las tres tentaciones típicas, escenificadas según el guión de los evangelistas, son tres versiones de una única tentación: convertir la religión en magia al servicio del poder; convertir piedras en pan, rendirse ante las ideologías para recibir a cambio migajas de dominio o deslumbrar con un milagro espectacular de estilo deus ex machina helénico para obligar al pueblo a creer a la fuerza.
No hace falta ningún demonio para tentarnos, nos bastamos solos; el exorcismo es una ingenuidad supersticiosa de quien cree en la posesión demoníaca: un engaño y no pocas veces un timo lucrativo. En la Edad Media se elaboró toda una demonología muy complicada, herencia mitológica de la antigüedad, que revive en los infiernos dantescos. Pero hoy día desmitologizamos esa fantasmagoría. En vez de exorcismos, la confianza en la liberación cristiana hace orar diciendo “líbranos del mal”, en vez de “líbranos drel Maligno”, y se compromete en la obra de la liberar a víctimas de opresiones: liberación del mal en las relaciones humanas, la mentira social, la injusticia o las ideologías.
Vendrá bien, en esta Cuaresma, desmontar y desenmascarar las tentaciones, diablos y exorcismos de la religión infantilizada, supersticiosa e inmadura. Mejor, redescubrir la importancia de confrontar la presencia de lo demoníaco en nuestro interior, en las relaciones humanas, en la insolidaridad e injusticia social y en la raíz de los males con que los humanos nos deshumanizamos.
Jesús se enfadó una vez con Pedro y le llamó “Satanás”, porque quería apartarle de su camino, recomendándole que se hiciera con el poder. ¿Se imaginan ustedes a la cúpula de la conferencia episcopal recibiendo un e-mail venido del cielo que dijera: “Vade retro, no me tentéis” ante la cohabitación de la iglesia institucional con los poderes político-finaciero-empresariales de este mundo? La tentación para Jesús,en la que no cayó, era tomar el poder, imponerse con un signo milagrero en los cielos (Mc 8,11) o bajarse mágicamente de la cruz (Mc 15, 30)…
Y a todo esto, dice mi paisano Ginés (pseudónimo, por supuesto) que, aunque él no es creyente y apuesta en todo por lo laico, pertenece a los amigos de la cultura del país y les explica a los turistas que la Campana Mora de la catedral de Murcia, con antigüedad de 1383, lleva grabado el Pentáculo estrellado de cinco puntas para ahuyentar al Maligno. “Pues claro que lo sé, amigo Ginesico; me lo contaba mi abuela Fuensanta cuando sonaban los conjuros, de Mayo a Septiembre, para ahuyentar de la huerta demonios, epidemias y riadas. Y me parece muy bien que lo cuentes en un libro de historia de la ciudad, si los recortes no impiden que te financien la edición. Pero lo de creer hoy en exorcismos es harina de otro costal”.
Puede estar tranquilo mi amigo, no voy a pedir que quiten de la torre la campana centenaria. Pero sí propondría, si no lo toman a mal en la cofradía del Resucitado, que supriman en la procesión del Domingo de Pascua el desfile del demonio. Ya es hora de educar a la infancia en la fe adulta, sin miedos, traumas, ni magias.
(Publicado en La Verdad de Murcia el 25 de febrero, 2012 y en el blog del autor)


Sobre Juan Masiá Clave

Jesuita, Profesor de Ética en la Universidad Sophia (Tokyo) desde 1970, ex-Director de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas, Asesor de la Asociación de Médicos Católicos de Japón, Consejero de la Asociación de Bioética de Japón, Investigador del Centro de Estudios sobre la Paz de la Sección japonesa de la Conferencia Mundial de Religiones por la Paz (WCRP), Colaborador del Centro Social “Pedro Claver”, de la Compañía de Jesús en Tokyo.

Fuente: Lupa protestante 
imagen