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domingo, 2 de agosto de 2015

Credo de la común humanidad.


Creo en el regenerador descanso nocturno, en cada nueva caricia de la mañana que comienza,en la luminosa presencia del sol, que nos da calor y ganas de vivir, en el frescor del agua de la ducha que nos limpia las legañas de las sombras y la desidia.

Creo en los pasos de la gente hacia el trabajo que les permite vivir; hacia el instituto o la universidad que les abre nuevos caminos; hacia la diversión y el entretenimiento que les ayuda a reír y gozar de la amistad; hacia la profundización y conocimiento de su propio ser en solidaridad con los demás.

Creo en las personas que dan su tiempo por construir una nueva sociedad, en la medida de sus posibilidades. En quienes no se dejan anclar por el statu quo, lo de siempre, sino que se abren a nuevas realidades en todos los ámbitos de la vida. Eso les hace mujeres y hombres libres, siempre jóvenes, sin ataduras.

Creo en los seres humanos que acompañan y se dejan acompañar. Que acogen sin pedir el DNI, ni el papel de residencia, ni la idoneidad con las propias creencias. Simplemente porque son personas, de su misma familia humana. Y que luchan porque se acepte así en el seno de la sociedad y en las leyes.

Creo en la amistad, en la fraternidad, en la común humanidad, en el necesario cuidado del universo vital que nos rodea. Creo en la bondad de las personas, que está presente en sus genes, y que se puede imponer sobre la maldad (que también existe) hasta llegar un día a la plenitud humana.

Creo que estamos destinados al encuentro, a la profundidad, a la trascendencia, a la felicidad. Creo que todo esto se debe experimentar en esta vida sin término que estamos disfrutando ya, y que solo se podrá sentir si vivimos una honda espiritualidad humana, un profundo cambio de paradigmas, una verdadera asunción de la sobriedad y la solidaridad como norma de vida, y un desinterés hacia los valores que la sociedad de consumo intenta que sigamos.

Creo en el Amor, en la Ternura, en la Sinceridad, en la Pasión por la vida. Creo en la familia de sangre, abierta al otro, sin dogmas ni prevenciones, y en la gran familia humana de la que formamos parte. Creo en la Esperanza que se construye desde el día a día. Creo en la Solidaridad, en la Justicia. Y en la Paz, que es fruto de ellas. Creo en la Poesía, en la Belleza y en la Armonía que laten en todo nuestro Universo. Y que los hombres y mujeres de este hermoso Planeta azul debemos ser co-creadores y cuidadores de todo cuanto existe y existirá después de nosotros.

Fuente: Atrio

jueves, 23 de julio de 2015

El credo de la comunidad.


Jesús Gil García

(Leyendo al obispo anglicano J. Sh. Spong)*

Creemos que existe una Realidad trascendente presente en el corazón de la vida. A esta Realidad la llamamos Dios.

Creemos que esta Realidad tiene una tendencia hacia la vida y la plenitud, y que su presencia se experimenta como una llamada para ir más allá de nuestros límites humanos, frágiles y temerosos.

Creemos que esta Realidad se encuentra en todo lo que existe, pero alcanza la autoconciencia y la capacidad de ser nombrado, compartido y reconocido solo en el ser humano.

Creemos que el cielo, ese lugar con el que se ha identificado tradicionalmente esta Realidad, no es un lugar, sino un símbolo que representa el infinito del Ser mismo.

Creemos que entramos a este estado celestial cada vez que rompemos las barreras que limitan la vida humana o devalúan la capacidad que tiene.

Creemos en Jesús, llamado el Mesías, o el Cristo.

Creemos que esta Realidad trascendente se reveló en su vida con tal intensidad, que causó que la gente se refiriera a él como el hijo de Dios, o el Hijo único de Dios. La intensidad abrasadora de Dios era tan real en él, que al ver su vida decimos: “En ti, entendemos el significado de Dios, así, que para nosotros, tú eres el Señor y el Cristo”.

Creemos que ese Jesús era una presencia de Dios, una experiencia poderosa de la realidad de esa Base del Ser, que nos ciñe a todos con la profundidad de la vida.

Creemos en ese regalo del Espíritu, que llamaron “el dador de vida”.

Creemos que este Espíritu inevitablemente crea una comunidad de fe que, con el tiempo, abrirá este mundo a Dios como la verdadera Base de su vida y de su Ser.

Creemos que estar en contacto con la Base del Ser crea la comunión universal de santos, el perdón de los pecados, la realidad de la resurrección y la puerta hacia la vida eterna.

*J. Sh. Spong. Por qué el cristianismo tiene que cambiar o morir. Editorial Abya Yala. Quito. Ecuador 2014. Epílogo.

Comunidad Cristiana Popular de Balsas

Zaragoza, Junio 2015

Fuente: Atrio

domingo, 3 de junio de 2012

La energía creadora (ruah) nos hace creer y crear.


Juan Masiá ClavelTeología


Creemos en el Espíritu Santo, decimos en la tercera parte del Credo. Espíritu de Vida, que nos hizo nacer; Espíritu de Verdad, que nos hace creer; Espíritu creador, que nos hace capaces de recrear; Espíritu reconciliador, que nos hace capaces de sanar a la persona y transformar la sociedad; Espíritu resucitador, que nos vivifica definitivamente.
Los catecismos postridentinos nunca olvidaban mencionar el papel del Espíritu en el nacimiento de Jesús (aunque no aclaraban que también en todos los demás nacimientos actúa el dinamismo de su energía). Pero sí relegaban al olvido el papel del Espíritu en la Resurrección.
El libro de texto del cuarto curso de bachilerato, con el que preparé en 1954 el examen de la asignatura de religión, explicaba en la pregunta número 258 del programa, que la resurrección “por su propia virtud” era el “principal de los milagros que realizó”. Y, usando los conceptos aristotélico-escolásticos y la lectura bíblica literal, explicaba en el n. 247 cómo fue la resurrección, diciendo así: “En la madrugada del domingo, tercer día después de su muetre, al alma de Jesucristo volvió a juntarse con su cuerpo según lo había predicho, y, por un acto de su omnipotencia, salió, vivo, glorioso y triunfante del sepulcro” (El dogma católico, ed. Edelvives, Zaragoza, 1954).
Hoy la teología se recupera del olvido del Espíritu Santo, no se siente obligada a apuntalar la fe con el andamiaje de categorñias escolásticas y no necesita lecturas literales de las narraciones simbólicas de los evangelistas. Redescubrimos la riqueza de la tradición bíblica sobre la Ruah, el Espíritu creador y resucitador. Podemos decir: Jesús resucitó por obra de Espírtu .
El dálogo catquético sobre la resurrecciçón se puede reformular, por ejemplo, así:
¿Qué es resucitar? ¿Revivir o sobrevivir? No, sino renacer transformado, transfigurado y recreado para vivir definitivamente.
¿Qué es morir? Nacer transformado (Vita mutatur, non tollitur; la vida no es arrebatada, sino transformada).
¿Qué es resucitar? Respirar en Espíritu para vivir eternamente.
¿Quién resucitó a Jesús? El Espíritu de Vida.
¿Cómo resucitó Jesús? Por obra de Espíritu santo, inhalando, al morir, Espíritu de Vida.
¿Cómo nos da vida Jesús? Exhalando al morir, el Espíritu de Vida para transformarnos como Él fue transformado.
Ha sido lamentablemente olvidado uno de los textos principales sobre la resurrección en las cartas paulinas: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que le resucitó dará vida también a vuestro ser mortal, por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros” (Rom 8, 11). Es decir, el mismo dinamismo de la Ruah o energía divina que transformó la última expiración humana de Jesús en inhalación de Espíritu resucitador de Cristo y la convirtió en exhalación de Espíritu vivificador del mundo, esa misma energía vivificará nuestra vida y transformará nuestra muerte en vida definitiva en el seno de la Vida de la vida. Tomada en serio esta fe, debería tener fuertes repercusiones místicas, psicológicas y políticas, para la liberación y transformación de las personas y de la sociedad. Esta fe en el Espíritu resucitador debería desencadenar fuertes consecuencias terapéuticas, políticas y espirituales.
Esta intuición paulina, muy olvidada en muchas comunidades, se mantuvo viva en la tradición de comunidades que se remontan al discípulo Juan. La comunidad que transmitió la tradición de Juan, llamado portavoz del amor, debía respirar “Espíritu de Vida”, a juzgar por sus capacidades terapéuticas, políticas y místicas reflejadas en el cuarto evangelio.
Expresaban su fe diciendo: “Soplo vital es Dios” (Pneuma ho Theós, Jn 4,24). No necesitaban reunirse en el templo de un “dios nacional”, ni en los templos de “otros dioses extranjeros”, porque sabían que el templo (es decir, el lugar de adoración y celebración, de gratuidad y comensalidad, de misericordia en vez de sacrificio) eran todos ellos y ellas cuando se reunían “trans-religionalmente”en “verdadero espíritu” (en pneumati kai aletheia, Jn 4,24).
Comunicaban entre sí y transmitían la tradición de la buena noticia de Jesús, heredada a través de Juan y Malena, que contaron infinidad de veces y de mil maneras lo de Jesús El Que Vive, para animarnos a tener fe en el soplo de vida que da vida (Jn 20, 31). El mensaje no necesitaba exponerse en un diccionario grueso o en un curso complicado de teología, consistía en decir decir simplemente: Que hay Vida, hay Vida desde siempre, Vida que no muere; que Jesús, rostro de esa Vida, la manifestó; que esa vida nos reune como comunidad de personas llamadas a darse vida mutuamente con alegría (1 Jn 1,1-4).
Palabras y gestos, vida y muerte de Jesús fueron desvelación de esa Vida. Se siguen contando de generación en generación para que vivifiquen a quienes, al escucharlas, crean (Jn 20, 31). Creer en el Espíritu y ser vivificada por el Espíritu da a la comunidad creyente capacidad terapéutica, política y mística.
La comunidad que recibe el soplo de vida de Jesús (Jn 20, 21-22) es enviada al mundo con la misma misión de Jesús: curar, liberar y contemplar. La comunidad recibe del Espíritu capacidad para realizar esa misión terapéutica, política y mística. “Os envío, dice Jesús, con la misma misión con que fui enviado. Recibid soplo de vida y capacidad de curar, liberar y desvelar; ayudad a que haya sanación en lugar de enfermedad; liberación en lugar de opresión; reunificación y reconciliación, en lugar de ruptura y desintegración; desengaño y lucidez en lugar de ilusión; conciencia en lugar de manipulación… A quienes anunciéis la liberación, que se liberen, y a quienes denunciéis como opresores, que se conviertan (Jn 20,23). “Yo he venido para una crisis de discernimiento, es decir, para que quienes no ven vean y quienes presumen de ver, a pesar de no ver, reconozcan su ceguera y se conviertan” ( Jn 9, 39). Para que la personas oprimidas se liberen y las opresoras, que no se alegran de la liberación o la impiden, se conviertan y dejen de oprimir (cf. Jn 5, 14-18 y 9, 1-41).
La celebración principal, la mejor fiesta del año para esta comunidad, es la del Espíritu de Vida. Pentecostés es revivir el corazón del misterio pascual: el éxodo o tránsito de muerte a vida, el momento decisivo de la Muerte-Resurrección-Comunicación del Espíritu de Vida (Jn 19, 30-35: “entregó su espíritu… una lanza le traspasó el costado).
Para la catequesis popular han resultado casi siempre utilizadas las imágenes y narraciones del evangelista Lucas: ascensión de Jesús al cielo cuarenta días después y envío del Espíritu desde las alturas en la mañana de Pentecostés, seísmo, viento, lenguas de fuego y poliglotismo inexplicable. Pero la profundiad de Juan alimenta mejor la fe adulta. La presentación simultánea de muerte, glorificación y envío del Espíritu concentra el tránsito pascual y la efusión pentecostal en el crucificado con el pecho traspasado, como en el Apocalipsis la imagen de un cordero “degollado” y, al mismo tiempo, “en pie”, vivo y victorioso (cf. Ap. 5, 69). Jesús, al morir, pone en manos de Abba su espíritu y recibe el Espíritu resucitador que envía a la iglesia, nacida de su costado traspasado, sin necesidad de tener que esperar hasta unas semanas más tarde.
Ese Espíritu resucitador actúa resucitándonos ya ahora y aquí. Y actúa resucitando continuamente a su iglesia y suscitando nuevos Pentecostés en ella, purificando continuamente todo ambiente irrespirable para convertirlo en lugar habitable de vida.
(Publicado en el blog de Juan Masiá, “En La frontera“)