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lunes, 19 de junio de 2017

Alimentos, oasis de un éxodo rural latinoamericano no tan lejano.


Pequeña finca en una localidad del corazón árido de la provincia de Santiago del Estero, en el norte de Argentina. De ahí los hombres se ven forzados a migrar a las ciudades o irse como temporeros en regiones más fértiles, para huir de las sequías y la pobreza. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS


Este artículo forma parte de la cobertura especial de IPS por el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación, el 17 de junio

Por Fabiana Frayssinet

IPS, 20 de junio, 2017.- Pese a que América Latina y el Caribe concentran 12 por ciento de los suelos cultivables del planeta y un tercio de sus reservas de agua dulce, varios factores contribuyen a la degradación de sus suelos y al éxodo rural que compromete la seguridad alimentaria en un futuro ya no tan improbable.

Los datos y el alerta surgen de estudios de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) cuando se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, el sábado 17, que este año pone énfasis en la migración rural como una de las consecuencias del aumento de los procesos de desertificación, la erosión de los suelos y la caída de las precipitaciones.

Durante los últimos 50 años, la superficie agrícola de la región aumentó de 561 a 741 millones de hectáreas, con una mayor expansión en América del Sur que fue de 441 a 607 millones de hectáreas. Ese incremento trajo por lo general el uso intensivo de insumos, la degradación de suelos y el agua, la reducción de la biodiversidad y la deforestación.


“El ciclo vicioso a qué se refieren tiene así mucho que ver con el rezago histórico de las zonas rurales latinoamericanas, donde la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos se suma a otros factores de vulnerabilidad que ‘empujan’ la gente a migrar, simplemente porque no hay oportunidades y porque lo que antes era su actividad principal, la agricultura, ya no les permite sobrevivir con dignidad”: André Saramago. 

Catorce por ciento de la degradación mundial de los suelos ocurre en esta región, siendo más grave en Mesoamérica, donde afecta a 26 por ciento de la tierra, mientras en América del Sur se sitúa en 14 por ciento.

“A medida que los suelos se degradan, la capacidad de producir alimentos se reduce, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria”, explicó Jorge Meza, oficial forestal de la FAO, desde su oficina regional en Santiago de Chile.

Según Meza la degradación de suelos, depende de factores como la gravedad y extensión de la degradación, la dureza de las condiciones climáticas, la situación económica de las poblaciones afectadas y el nivel de desarrollo nacional.

En ese sentido, explicó a IPS, la primera reacción de una población que intenta sobrevivir es intensificar la explotación ya excesiva de los recursos naturales más accesibles.

El segundo paso, añadió, es liquidar todo lo que posee como equipos, inclusive para encarar las necesidades monetarias para la educación, la salud o una crisis de alimentos.

“El tercero es el rápido aumento de la emigración rural: los varones adultos o los jóvenes de ambos sexos emigran por temporadas o durante años en busca de trabajo a otras regiones del país (especialmente a las ciudades) o al exterior. Estas estrategias de supervivencia suelen conllevar la ruptura de la comunidad y a veces de la familia”, completó sobre el pernicioso proceso.

“La perspectiva es que a medida que se incremente el cambio climático y no se mejore la resiliencia de las poblaciones rurales, sobre todo las que se encuentran en situación de vulnerabilidad, estas cifras se podrían incrementar de manera importante”, advirtió el experto regional.

Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), en la región hay cerca de 28,4 millones de migrantes internacionales que representan cerca de 4,8 por ciento de su población, de 599 millones de personas, según datos del informe construido con los censos nacionales.

América Central es el área que más contribuye a este número con cerca de 15 millones de migrantes que representan el 9,7 por ciento de su población (161 millones de personas).

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) define a los “migrantes ambientales” como las personas o grupos de ellas que se ven forzadas o eligen dejar sus poblaciones por los cambios repentinos o progresivos en el entorno que afectan sus modos de vida.

Pero según André Saramago, consultor de FAO para Desarrollo Territorrial Rural, la migración rural tiene una multiplicidad de causas como la pobreza, la falta de oportunidades y en algunos casos, como sucede en los países del llamado Triángulo Norte Centroamericano (Honduras, El Salvador y Guatemala) la violencia criminal.

A esos elementos se agrega ahora la vulnerabilidad de los hogares ante fenómenos climáticos, como sequías cada vez más intensas y frecuentes, comentó a IPS, también desde la oficina regional de la FAO.

“El ciclo vicioso a qué se refieren tiene así mucho que ver con el rezago histórico de las zonas rurales latinoamericanas, donde la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos se suma a otros factores de vulnerabilidad que ‘empujan’ la gente a migrar, simplemente porque no hay oportunidades y porque lo que antes era su actividad principal, la agricultura, ya no les permite sobrevivir con dignidad”, sostuvo.

Para el experto, revertir ese fenómeno implica respuestas integrales en el sentido de administrar las tierras de manera sostenible, de evitar la degradación y de promover su recuperación, aunque no sería suficiente para reducir la presión migratoria.

“Es fundamental generar inversiones estratégicas en las zonas rurales en el sentido de generar bienes públicos que permitan a los agricultores, principalmente los agricultores familiares, superar sus limitaciones históricas”, adujo.

Esas son las herramientas, planteó, “para lograr revertir el ciclo vicioso es fundamental recuperar y repensar el concepto de desarrollo rural territorial, donde la construcción participativa de políticas y la capacidad de abordar el problema de forma multidisciplinar y multisectorial es clave”.

Una de esas acciones, explicó Meza por su parte, es mejorar la administración y distribución del recursos de agua. En las últimas tres décadas la extracción de agua se ha duplicado en la región con un ritmo muy superior al mundial. El sector agrícola y especialmente la agricultura de riego representa 70 por ciento de las extracciones.

“Desde la perspectiva social, la pobreza rural se refleja también en la falta de acceso a los recursos tierra y agua. Los agricultores pobres tienen un menor acceso a la tierra y al agua, trabajando suelos de mala calidad y con una alta vulnerabilidad a la degradación. Un 40 por ciento de las tierras más degradadas del mundo están en zonas con elevadas tasas de pobreza”, indicó.

El experto explicó que existen numerosas experiencias que integran producción y conservación de la biodiversidad, en particular, sistemas agroalimentarios indígenas y tradicionales de producción, agricultura familiar, conservación de la agro-biodiversidad, así como manejo de recursos compartidos y protección de recursos naturales, que aportan una metodología y sistematización de prácticas y enfoques.

Norberto Ovando, presidente de la Asociación de Amigos de Parques Nacionales de Argentina y miembro de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas, relató a IPS algunas de esas experiencias en su país, donde 70 por ciento del territorio está sujeto a desertificación.

Argentina ocupa más de 80 por ciento de su territorio en actividades agrícolas, ganaderas y forestales. La erosión es más aguda y crítica en zonas áridas y semiáridas que componen las dos terceras partes del territorio, allí donde la pérdida de productividad se traduce en el deterioro de las condiciones de vida y expulsión de la población.

“Actualmente muchos agricultores en el mundo y en Argentina están aplicando el sistema de riego por goteo, que debería generalizarse en todo el mundo y que los gobiernos deberán tenerlo como política de estado, ayudando con préstamos blandos a los agricultores para su instalación. Mediante este sistema se consiguen ahorros de hasta un 50 por ciento del agua, en comparación con el sistema tradicional”, ilustró el consultor ambiental.

También consideró que se debe popularizar el sistema de producción de alimentos limpios, muy variados y productivos que se le conoce como “sistemas de policultivos agro-acuícola-ganaderos integrados”, actualmente difundido en Asia.

Pero para Ovando lo fundamental es la instauración de “políticas públicas que promuevan el apoyo a la agricultura familiar y fortalezcan el empleo rural”.

“Se podría afirmar que en América Latina y el Caribe el hambre no es un problema de producción, sino de acceso a alimentos. Por esto la seguridad alimentaria está relacionada a la superación de la pobreza y la desigualdad”, dijo.

“Es indispensable una gestión eficaz de la migración por causas ambientales para garantizar la seguridad humana, la salud y el bienestar y para facilitar el desarrollo sostenible”, concluyó.

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Editado por Estrella Gutiérrez
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IMPORTANTE: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

sábado, 20 de agosto de 2016

El planeta pierde 33 mil hectáreas de tierra fértil por día.


Por Baher Kamal

El mundo pierde 12 millones de hectáreas de tierra fértil por año, lo que equivale a 33.000 hectáreas diarias, de 30 a 35 veces más que la proporción histórica.

Estudios científicos calculan que la superficie terrestre en condiciones de sequía pasó de 10 a 15 por ciento a principios de 1970 a más de 30 por ciento a principios de 2000, y que esas cifras seguirán aumentando.

"La sequía ya no es más un evento aislado y ni siquiera una ‘crisis’. Va a ser más frecuente, grave y de mayor duración. Es un riesgo constante”: Daniel Tsegai. 

Aunque las sequías ocurren en todas partes, África parece ser el continente más perjudicado. De acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación (UNCCD, en inglés), dos tercios de las tierras africanas son desierto o tierras áridas.

El reto es enorme para el segundo continente en tamaño del planeta, con 1.200 millones de habitantes distribuidos en 54 países y que fue la región más afectada en 2015-2016 por el fenómeno climatológico conocido como El Niño.

“A nivel mundial, las sequías son cada vez más graves, con mayor frecuencia, más duración y extensión espacial. Su impacto es cada vez mayor e incluye al desplazamiento humano masivo y la migración. La sequía actual es evidencia”, expresó Daniel Tsegai, funcionario de la UNCCD, en la Conferencia sobre la Sequía en África que se desarrolla en Windhoek hasta el viernes 19, organizada por el organismo y el gobierno de Namibia.

La conferencia hace hincapié en la llamada “resiliencia ante la sequía”.

“La resiliencia ante la sequía se define simplemente como la capacidad de un país para sobrevivir sequías consecutivas y ser capaz de recuperar las condiciones previas”, explicó Tsegai, en diálogo con IPS.

“Para empezar, hay cuatro aspectos en la sequía, el meteorológico (clima), el hidrológico (aguas superficiales), el agrícola (cultivo) y el socioeconómico (las consecuencias para los seres humanos)”, indicó.


Daniel Tsegai


Los cinco grandes “ausentes”

Para Tsegai, los principales obstáculos para lograr la resiliencia ante la sequía en África son:

1. La falta de una adecuada base de datos que incluya al clima, los recursos hídricos – superficiales y subterráneos -, la humedad del suelo, así como las incidencias de sequías pasadas y sus impactos.

2. La mala coordinación entre los diversos sectores y actores relevantes en un país y entre países de una región.

3. El bajo nivel de capacidad para aplicar medidas de reducción del riesgo de sequía, especialmente a nivel local.

4. La falta de voluntad política para implementar políticas nacionales de sequía.

5. El elemento económico de la preparación para la sequía no está bien investigado.

En cuanto a los objetivos de la UNCCD, Tsegai explicó que esta procura mejorar la productividad de la tierra, restaurar o preservarla para establecer un uso más eficiente del agua y mejorar las condiciones de vida de las poblaciones afectadas por la sequía y la desertificación.

El funcionario señaló algunas de las estrategias que se pueden adoptar para aumentar la resiliencia ante la sequía. En primer lugar, un cambio de paradigma en la manera de lidiar con el problema. Debemos cambiar la forma de pensar sobre la sequía, añadió.

“La sequía ya no es más un evento aislado y ni siquiera una ‘crisis’. Va a ser más frecuente, grave y de mayor duración. Es un riesgo constante”, aseguró Tsegai.

“Por lo tanto, tenemos que dejar de ser reactivos y ser proactivos, pasar del enfoque de la gestión de crisis a la gestión de riesgos, del enfoque fragmentado a uno más coordinado / integrado. Tratar a la sequía como una crisis implica tratar con los síntomas… y no las causas”, advirtió.

“En resumen, el camino a seguir es el desarrollo de una (política de) sequía nacional basada en los principios de la reducción del riesgo”, recomendó.

En segundo lugar es necesario fortalecer los sistemas de control y de alerta temprana de las sequías. También es importante evaluar la vulnerabilidad del país ante el fenómeno y realizar perfiles de riesgo: quiénes se verán afectados, en qué zonas y cuáles serán los impactos.

La ejecución de medidas de reducción del riesgo incluye el desarrollo de sistemas de riego sostenible para los cultivos y el ganado, el seguimiento y la medición del abastecimiento de agua y sus usos, el reciclaje y la reutilización de las aguas, y la posibilidad de cultivos más tolerantes a la sequía y la ampliación de seguros de cosechas.
Las cinco grandes opciones

Tsegai espera cinco resultados de la conferencia de Windhoek:

1. Un documento de estrategia común a nivel de África para fortalecer la preparación ante la sequía del continente, que pueda aplicarse y compartirse entre los países.

2. Que conduzca al desarrollo de políticas nacionales integradas destinadas a la construcción de sociedades más resilientes a la sequía, basadas ​​en el uso sostenible y la gestión de los recursos naturales – tierra, bosques, biodiversidad, agua, energía, etc.

3. Se espera que los países acuerden un protocolo que sea vinculante y que se presentará en la Conferencia Ministerial Africana sobre el Ambiente en 2017, para su aprobación en la cumbre de la Unión Africana (UA).

4. Los resultados de la conferencia se presentarán ante los gobernantes de la UA para obtener su respaldo.

5. Se espera, además, que la conferencia fortalezca las alianzas y la cooperación Sur-Sur, para apoyar el desarrollo de políticas nacionales y la mejora de las ya existentes sobre gestión de la sequía.

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Traducido por Álvaro Queiruga
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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

Fuente: Servindi

martes, 30 de diciembre de 2014

¿Por qué el cambio climático perjudica más a las mujeres?

Las frecuentes sequías obligan a las mujeres a desplazarse durante largas horas para encontrar fuentes de agua.

La Tribuna, 29 de diciembre, 2014.- Las sequías intensas, las inundaciones, los desastres naturales en general nada conocen del machismo. Simplemente asolan regiones del planeta con la fuerza ciega de la naturaleza. Pero en los lugares donde ocurren las catástrofes las mujeres suelen sufrir las peores consecuencias, a causa de la misión que les ha asignado la mayoría de las sociedades.
Malos tiempos para mantener una familia

El impacto dista de ser una abstracción feminista o de grupos preocupados por el ambiente. Según ONU Mujeres, las pequeñas agricultoras producen entre 45 y 80 por ciento de los alimentos consumidos en el planeta. La eficiencia de este trabajo, imprescindible para la supervivencia de comunidades rurales pobres, se reduce notablemente cuando ellas deben caminar varias horas al día para buscar agua. Se estima que las campesinas de Asia y África subsahariana destinan 200 millones de horas al día en esta tarea.

La sequía o el trastorno de las estaciones de lluvias disminuyen las cosechas. Las mujeres del campo, que deben garantizar la alimentación de sus familias en los países en desarrollo, laboran más para extraer los frutos. Cuando el clima se ensaña con la tierra, pierden por completo la fuente de sustento. Mientras los hombres pueden emigrar solos en busca de oportunidades económicas, ellas quedan varadas en los hogares, presas de las hambrunas. Las mujeres representan el 70 por ciento de las personas pobres.

En épocas difíciles las madres recurren a la ayuda de sus hijas. Como resultado las niñas y adolescentes abandonan la escuela con más frecuencia que sus compañeros varones. A mediano plazo esta deserción erosiona el potencial de las muchachas de aspirar a un mejor estatus económico. En naciones del África subsahariana los padres venden a sus hijas pequeñas para aliviar la escasez de alimentos. Para estas jóvenes esposas el matrimonio representa casi siempre el cierre de sus aspiraciones y un mayor riesgo de morir por complicaciones reproductivas.

Las estadísticas de los últimos desastres naturales revelan un desbalance de género. De acuerdo con Naciones Unidas las mujeres tienen 14 veces más probabilidades de morir en un fenómeno climatológico extremo que los hombres.

Pero las mujeres no se están quedando de brazos cruzados. Ellas saben que cualquier estrategia para enfrentar el cambio climático debe incluirlas, o seguirán protagonizando las historias más trágicas.

Aleta Baun (izq.), como Gandhi, encabezó un movimiento de resistencia pacífica a las mineras.

Una de estas líderes ambientalistas es Aleta Baun, una indígena de Timor Oeste, en Indonesia. “Mama Aleta”, como la conocen sus compatriotas, encabezó un movimiento de resistencia pacífica contra las minas del mármol en esa isla. Durante más de una década se opuso a la destrucción del entorno en la Montaña Mutis. Ella y un centenar de mujeres se sentaban a la entrada de las minas y tejían atuendos tradicionales del pueblo Molo.

Baun sufrió amenazas. En una emboscada de asesinos a sueldo de una empresa minera le perdonaron la vida, no sin antes golpearla y herir sus piernas con machetes. Durante seis meses vivió oculta en la selva. Tuvo que huir después con sus hijos, cuando las amenazas subieron de tono. Pero finalmente las compañías abandonaron la región en 2010.

En abril pasado Mama Aleta fue elegida para representar a su pueblo en el parlamento de la provincia de East Nusa Tenggara. Los ambientalistas locales la llaman la “Avatar de Indonesia”, en referencia a la película de James Cameron (2009). Los Molo consideran sagrados los árboles, el agua, el suelo y las piedras de su isla. Sus nombres vienen de las rocas. Si alguien destruye estos recursos, morirían.

La historia de Baun, aunque extraordinaria, no es única. Mujeres de comunidades rurales e indígenas de otros países trabajan en proyectos para defender sus recursos y paliar los efectos del calentamiento global. El planeta necesita que escuchemos sus voces, antes de que el caos climático no tenga remedio.

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Otras noticias:

Fuente: Servindi