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lunes, 19 de junio de 2017

Alimentos, oasis de un éxodo rural latinoamericano no tan lejano.


Pequeña finca en una localidad del corazón árido de la provincia de Santiago del Estero, en el norte de Argentina. De ahí los hombres se ven forzados a migrar a las ciudades o irse como temporeros en regiones más fértiles, para huir de las sequías y la pobreza. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS


Este artículo forma parte de la cobertura especial de IPS por el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación, el 17 de junio

Por Fabiana Frayssinet

IPS, 20 de junio, 2017.- Pese a que América Latina y el Caribe concentran 12 por ciento de los suelos cultivables del planeta y un tercio de sus reservas de agua dulce, varios factores contribuyen a la degradación de sus suelos y al éxodo rural que compromete la seguridad alimentaria en un futuro ya no tan improbable.

Los datos y el alerta surgen de estudios de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) cuando se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, el sábado 17, que este año pone énfasis en la migración rural como una de las consecuencias del aumento de los procesos de desertificación, la erosión de los suelos y la caída de las precipitaciones.

Durante los últimos 50 años, la superficie agrícola de la región aumentó de 561 a 741 millones de hectáreas, con una mayor expansión en América del Sur que fue de 441 a 607 millones de hectáreas. Ese incremento trajo por lo general el uso intensivo de insumos, la degradación de suelos y el agua, la reducción de la biodiversidad y la deforestación.


“El ciclo vicioso a qué se refieren tiene así mucho que ver con el rezago histórico de las zonas rurales latinoamericanas, donde la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos se suma a otros factores de vulnerabilidad que ‘empujan’ la gente a migrar, simplemente porque no hay oportunidades y porque lo que antes era su actividad principal, la agricultura, ya no les permite sobrevivir con dignidad”: André Saramago. 

Catorce por ciento de la degradación mundial de los suelos ocurre en esta región, siendo más grave en Mesoamérica, donde afecta a 26 por ciento de la tierra, mientras en América del Sur se sitúa en 14 por ciento.

“A medida que los suelos se degradan, la capacidad de producir alimentos se reduce, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria”, explicó Jorge Meza, oficial forestal de la FAO, desde su oficina regional en Santiago de Chile.

Según Meza la degradación de suelos, depende de factores como la gravedad y extensión de la degradación, la dureza de las condiciones climáticas, la situación económica de las poblaciones afectadas y el nivel de desarrollo nacional.

En ese sentido, explicó a IPS, la primera reacción de una población que intenta sobrevivir es intensificar la explotación ya excesiva de los recursos naturales más accesibles.

El segundo paso, añadió, es liquidar todo lo que posee como equipos, inclusive para encarar las necesidades monetarias para la educación, la salud o una crisis de alimentos.

“El tercero es el rápido aumento de la emigración rural: los varones adultos o los jóvenes de ambos sexos emigran por temporadas o durante años en busca de trabajo a otras regiones del país (especialmente a las ciudades) o al exterior. Estas estrategias de supervivencia suelen conllevar la ruptura de la comunidad y a veces de la familia”, completó sobre el pernicioso proceso.

“La perspectiva es que a medida que se incremente el cambio climático y no se mejore la resiliencia de las poblaciones rurales, sobre todo las que se encuentran en situación de vulnerabilidad, estas cifras se podrían incrementar de manera importante”, advirtió el experto regional.

Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), en la región hay cerca de 28,4 millones de migrantes internacionales que representan cerca de 4,8 por ciento de su población, de 599 millones de personas, según datos del informe construido con los censos nacionales.

América Central es el área que más contribuye a este número con cerca de 15 millones de migrantes que representan el 9,7 por ciento de su población (161 millones de personas).

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) define a los “migrantes ambientales” como las personas o grupos de ellas que se ven forzadas o eligen dejar sus poblaciones por los cambios repentinos o progresivos en el entorno que afectan sus modos de vida.

Pero según André Saramago, consultor de FAO para Desarrollo Territorrial Rural, la migración rural tiene una multiplicidad de causas como la pobreza, la falta de oportunidades y en algunos casos, como sucede en los países del llamado Triángulo Norte Centroamericano (Honduras, El Salvador y Guatemala) la violencia criminal.

A esos elementos se agrega ahora la vulnerabilidad de los hogares ante fenómenos climáticos, como sequías cada vez más intensas y frecuentes, comentó a IPS, también desde la oficina regional de la FAO.

“El ciclo vicioso a qué se refieren tiene así mucho que ver con el rezago histórico de las zonas rurales latinoamericanas, donde la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos se suma a otros factores de vulnerabilidad que ‘empujan’ la gente a migrar, simplemente porque no hay oportunidades y porque lo que antes era su actividad principal, la agricultura, ya no les permite sobrevivir con dignidad”, sostuvo.

Para el experto, revertir ese fenómeno implica respuestas integrales en el sentido de administrar las tierras de manera sostenible, de evitar la degradación y de promover su recuperación, aunque no sería suficiente para reducir la presión migratoria.

“Es fundamental generar inversiones estratégicas en las zonas rurales en el sentido de generar bienes públicos que permitan a los agricultores, principalmente los agricultores familiares, superar sus limitaciones históricas”, adujo.

Esas son las herramientas, planteó, “para lograr revertir el ciclo vicioso es fundamental recuperar y repensar el concepto de desarrollo rural territorial, donde la construcción participativa de políticas y la capacidad de abordar el problema de forma multidisciplinar y multisectorial es clave”.

Una de esas acciones, explicó Meza por su parte, es mejorar la administración y distribución del recursos de agua. En las últimas tres décadas la extracción de agua se ha duplicado en la región con un ritmo muy superior al mundial. El sector agrícola y especialmente la agricultura de riego representa 70 por ciento de las extracciones.

“Desde la perspectiva social, la pobreza rural se refleja también en la falta de acceso a los recursos tierra y agua. Los agricultores pobres tienen un menor acceso a la tierra y al agua, trabajando suelos de mala calidad y con una alta vulnerabilidad a la degradación. Un 40 por ciento de las tierras más degradadas del mundo están en zonas con elevadas tasas de pobreza”, indicó.

El experto explicó que existen numerosas experiencias que integran producción y conservación de la biodiversidad, en particular, sistemas agroalimentarios indígenas y tradicionales de producción, agricultura familiar, conservación de la agro-biodiversidad, así como manejo de recursos compartidos y protección de recursos naturales, que aportan una metodología y sistematización de prácticas y enfoques.

Norberto Ovando, presidente de la Asociación de Amigos de Parques Nacionales de Argentina y miembro de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas, relató a IPS algunas de esas experiencias en su país, donde 70 por ciento del territorio está sujeto a desertificación.

Argentina ocupa más de 80 por ciento de su territorio en actividades agrícolas, ganaderas y forestales. La erosión es más aguda y crítica en zonas áridas y semiáridas que componen las dos terceras partes del territorio, allí donde la pérdida de productividad se traduce en el deterioro de las condiciones de vida y expulsión de la población.

“Actualmente muchos agricultores en el mundo y en Argentina están aplicando el sistema de riego por goteo, que debería generalizarse en todo el mundo y que los gobiernos deberán tenerlo como política de estado, ayudando con préstamos blandos a los agricultores para su instalación. Mediante este sistema se consiguen ahorros de hasta un 50 por ciento del agua, en comparación con el sistema tradicional”, ilustró el consultor ambiental.

También consideró que se debe popularizar el sistema de producción de alimentos limpios, muy variados y productivos que se le conoce como “sistemas de policultivos agro-acuícola-ganaderos integrados”, actualmente difundido en Asia.

Pero para Ovando lo fundamental es la instauración de “políticas públicas que promuevan el apoyo a la agricultura familiar y fortalezcan el empleo rural”.

“Se podría afirmar que en América Latina y el Caribe el hambre no es un problema de producción, sino de acceso a alimentos. Por esto la seguridad alimentaria está relacionada a la superación de la pobreza y la desigualdad”, dijo.

“Es indispensable una gestión eficaz de la migración por causas ambientales para garantizar la seguridad humana, la salud y el bienestar y para facilitar el desarrollo sostenible”, concluyó.

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Editado por Estrella Gutiérrez
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IMPORTANTE: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

sábado, 11 de junio de 2016

Impactos de los modelos alimentarios.



Ana Belén Martín

El 60% del beneficio de un producto alimentario se queda en la gran distribución
Las cosechas cotizan en los mercados de materias primas, como si de un recurso más se tratara, y las cadenas alimentarias son controladas por poderosas corporaciones. Productores y consumidores pagan las consecuencias de un sistema desigual que tiene serias implicaciones sobre la salud y los ecosistemas.

El nuevo dosier publicado por FUHEM Ecosocial aborda los impactos de los modelos alimentarios con análisis que plantean la relación entre alimentación, estilos de vida y salud; la huella ecológica de la dieta mediterránea, los procesos que determinan los precios de los alimentos en el Estado español; y cuatro propuestas alternativas contadas por sus propios protagonistas. Para saber más, el Dosier ofrece recomendaciones de libros, revistas y recursos digitales que amplían los temas tratados.

En el texto titulado Alimentación, estilo de vida y salud, el oncólogo Carlos A. González plantea que la dieta mediterránea, considerada la más saludable, no ha dejado de descender en los países donde está más implantada -España, Italia y Grecia-, lo que ha generado un aumento sustancial de la obesidad y la diabetes, además de ser uno de los factores asociados al aumento de algunos tipos de cáncer en el sur de Europa. Según el experto, “la pandemia de obesidad mundial muestra el fracaso de las medidas que se han implementado hasta ahora” y reconoce que “aunque el aumento de peso en un problema individual, se requiere una solución social en la que las autoridades sanitarias deben plantearse nuevas y más radicales estrategias: forzando cambios en los modelos alimentarios, con impuestos especiales a los alimentos y bebidas con alto poder calórico, y promoviendo la actividad física organizada con gimnasios gratuitos en los barrios”. Según Carlos A. González, estas medidas no se implantan porque no existe voluntad política y por el temor de enfrentarse a poderosas compañías multinacionales.

En otro artículo, los miembros del grupo Global Footprint Network ofrecen un interesante estudio para analizar La huella ecológica de las dietas mediterráneas. Partiendo de la interacción crucial entre la naturaleza y la humanidad, en la que la primera ofrece el suministro de alimentos a cambio de una explotación que es una de las principales causas de la degradación medioambiental, los autores analizan la huella ecológica y la biocapacidad de 15 países mediterráneos. Entre las conclusiones del estudio, los autores subrayan que los alimentos constituyen una proporción sustancial (entre el 20% y el 70%), de las necesidades totales de recursos de los países mediterráneos. También aprecian que al aumentar los ingresos per cápita, las necesidades de recursos alimentarios no aumentan necesariamente ya que las poblaciones tienden a consumir artículos de mayor calidad y precio.

En su artículo Dos menos uno, dos. Quién decide el precio de los alimentos Ferrán Garcia, coordinador de Investigaciones de VSF-Justicia Alimentaria Global, parte de la concentración empresarial del sector alimentario en el Estado español, para explicar cómo se establecen los precios de los alimentos, cada vez más alejados del coste de producción y tratados como cualquier otro negocio, con las perversas implicaciones que ello conlleva. “El binomio gran industria alimentaria y gran distribución tiene el monopolio de la alimentación, son los que ostentan el poder de determinar qué se produce y qué se come, dónde, cómo y a qué precio”. Con datos y ejemplos, Ferrán Garcia plantea los desequilibrios existentes: Un alimento multiplica por 4,5 el precio, desde el campo hasta nuestras mesas, y el 60% del beneficio del producto se queda en la gran distribución”. Basta con poner unos cuantos ejemplos: ¿Leche? Cuatro empresas controlan el 60% del mercado. ¿Huevos? Cinco empresas controlan, aproximadamente, uno de cada 4 huevos que consumimos. ¿Frutas y verduras? En el Estado, cinco grupos controlan más del 45%. ¿Carne de pollo? Tres empresas la mitad del pollo consumido en el Estado, la primera de ellas controla casi un tercio ¿Productos cárnicos? el 70% lo controlan cuatro actores.

Al abordar esta concentración de poder, el autor se refiere también al oligopolio de las semillas, en manos de cuatro empresas, y a la menos conocida situación de los animales. La industrialización ganadera se basa en animales seleccionados genéticamente y en piensos que son controlados, a nivel mundial, por no más de 10 empresas. Para cambiar la situación descrita, el autor apunta acercarse a los modelos que defienden la soberanía alimentaria: sistemas alimentarios locales, de base campesina, de producción agroecológica y que comercializan alimentos en tiendas de barrio, en mercados municipales, en cooperativas de consumo. Por eso concluye en la necesidad de seguir avanzando hasta que estos sistemas ahora alternativos sean realmente hegemónicos y populares, no minoritarios ni elitistas.

Experiencias alternativas: de la producción al consumo

En los últimos años se han desarrollado múltiples iniciativas que construyen otro modelo alimentario. Entre ellas, las que más se han extendido han sido los circuitos cortos de producción y consumo a través de una amplia variedad de grupos de consumo que ponen en contacto directo (o con una intermediación pequeña), a agricultoras/as y consumidoras/es.

El Dosier presenta cuatro experiencias que apuntan en esta dirección, que recorren el mundo de la producción y la distribución-gestión de restauración colectiva escolar ecológica, contados por sus propios/as protagonistas que explican los puntos fuertes, objetivos, dificultades y retos de futuro. Ecosecha, una de las experiencias de cultivo agroecológico pioneras en Madrid; Ecomenja, una empresa gestora de comedores escolares ecológicos de Barcelona; el comedor escolar ecológico del C.E.I.P. Gómez Moreno de Granada; y el proyecto de comedores ecológicos que se desarrolla en los colegios de FUHEM, en Madrid.

Para saber más, se ofrece una selección de libros, revistas y recursos disponibles en Internet. Títulos que abordan las repercusiones de los modelos alimentarios en la salud y el medio ambiente, las claves de la industria alimentaria y varias propuestas de modelos alternativos.

*Todos los artículos publicados son de libre difusión: https://www.fuhem.es/ecosocial/boletin-ecos/numero.aspx?n=35

Para más información y/o entrevistar a alguna de las autoras:

Departamento de Comunicación de FUHEM

Ana Belén Martín Vázquez, anamartin@fuhem.es / 677 775 270

Mariola Olcina Alvarado, molcina@fuhem.es / 659 365 961

Tel. 91 431 02 80. Extensiones: 161/162

Fuente: Redes Cristianas

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Alimentación: ¿Calidad de Vida o Sumaq Kawsay?


Fiambre comunitario en el Primer Parlamento Aymara. Foto: Servindi

"El Sumaq Kawsay, se sustenta en la concepción vital del cosmos, en la complementariedad proporcional y recíproca en el modo de vida, en el trabajo y en el uso de los materiales que la Madre Tierra nos brinda, para producir bienes y servicios para vivir en armonía. El Sumaq Kawsay, comienza por que las personas tengan una buena alimentación (funcional, variada, saludable y segura)."


– La tecnologia alimentaria andina, una alternativa para el buen vivir o sumaq kawsay.

Por Julio Eduardo Torres Pallara*

La literatura científica indica que “alimento es cualquier sustancia diariamente ingerida por los seres vivos con fines nutricionales y psicológicos”.

“La finalidad nutricional, tiene que ver con la regulación del anabolismo y mantenimiento de las funciones fisiológicas. La finalidad psicológica, tiene que ver con la satisfacción y obtención de sensaciones gratificantes”.

La vida de los seres humanos depende de los alimentos que la Madre Tierra nos proporciona. En los alimentos, las sustancias de las cuales depende la vida son los nutrientes.

Sobre la alimentación, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que en su Artículo 25 inciso 1, declara: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, (…)”

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala: “existe seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico, social y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin de llevar una vida activa y sana”.

Además considera: “un hogar está en una situación de seguridad alimentaria cuando sus miembros disponen de manera sostenida de alimentos suficientes en cantidad y calidad según las necesidades biológicas”.


Por su parte la Ley Marco Derecho a la Alimentación, Seguridad y Soberanía Alimentariaaprobada en la XVIII Asamblea Ordinaria del Parlamento Latinoamericano, en diciembre de 2012 en Panamá, precisa: “Seguridad Alimentaria y Nutricional, se define como la garantía de que los individuos, las familias y la comunidad en su conjunto, accedan en todo momento a suficientes alimentos inocuos y nutritivos, principalmente producidos en el país en condiciones de competitividad, sostenibilidad y equidad, para que su consumo y utilización biológica les procure óptima nutrición, una vida sana y socialmente productiva, con respeto de la diversidad cultural y preferencias de los consumidores.

Y, Soberanía Alimentaria se entiende como el derecho de un país a definir sus propias políticas y estrategias sustentables de producción, distribución y consumo de alimentos, que garanticen el derecho a la alimentación sana y nutritiva para toda la población, respetando sus propias culturas y la diversidad de los sistemas productivos, de comercialización y de gestión de los espacios rurales”.

A pesar de estas declaraciones y definiciones, desgraciadamente, en el mundo gran parte de la población humana padece de hambre, como consecuencia de las invasiones, la apropiación de tierras, las políticas económicas (deuda externa, privatización, comercio injusto, TLC, etc.), las catástrofes naturales, todas causantes de la pobreza.

En este contexto, el Perú de haber sido un país con soberanía alimentaria, hoy somos un país dependiente alimentariamente.

Y en el caso concreto de nuestra región altiplánica de ser la despensa de alimentos para otras regiones del país, hoy, además de ser una región dependiente y con patrones alimentarios modificados, infortunadamente somos una región subsidiada y con déficit alimentario, lo que se evidencia con los elevados índices de desnutrición y anemia que presentan en especial nuestra niñez y juventud, así como las diversas enfermedades que padecemos los adultos como consecuencia de una deficiente dieta alimentaria.

Frente a esta situación los pobladores del altiplano del Lago Titicaca, no podemos seguir esperando que las ONG y “expertos” ajenos sigan interpretándonos.

Es tiempo de explicarnos por nosotros mismos las causas que han ocasionado tal realidad y las características manifiestas de la misma. Y en este devenir plantear y debatir alternativas de solución.

Para explicar las causas, debemos remontarnos históricamente al fatídico instante en que nuestro continente Abya Yala y nuestra patria el Tawantinsuyo, fueron invadidos por las hordas occidentales.

Los invasores, no sólo tomaron nuestro territorio provocando el más grande genocidio de la humanidad, sino que irrumpieron con perversidad y con propósito destructivo en contra de todas las manifestaciones culturales construidas hasta entonces por la cultura Inka.

Entre toda esa barbarie, arremetieron en contra de la ciencia y la tecnología agrícola-alimentaria, al extremo de prohibir el consumo por ejemplo de la quinua.

Más adelante, con la república criolla, la situación en términos generales no cambió; más bien, desde los últimos decenios del siglo pasado y en estos primeros quince años del presente siglo, con la imposición de políticas económicas por los organismos internacionales según los intereses del orden mundial imperante y la sumisión de los gobiernos de turno del Estado peruano, el problema alimentario del país y de manera específica de la región altiplánica se ha complicado aún más.

Para ser más concretos, nos referimos al modelo económico neoliberal impuesto en el Perú de manera radical y dogmática por la dictadura de Fujimori y Montesinos, e implementada por los gobiernos de Paniagua, Toledo, García y Humala.

Las características en materia alimentaria de esta realidad (exceptuando a la población que se encuentra en la condición de extrema pobreza) se explica, reconociendo que la mayoría de las personas; niños, jóvenes y adultos, mujeres y varones, vivimos encandilados por la modernidad, por todo aquello que simplifica la manera de vivir, y los cambios que estos hacen experimentar.

Se prefiere la comida rápida, la comida chatarra, las comidas y bebidas de moda, en especial los que tienen etiqueta de importada.

Se vive obsesionado con todo aquello que la “modernidad”, el mercado, la economía y muchas veces la vanidad pueden permitir, de modo que al tenerlo nos enajenamos; y si no lo tenemos, anhelamos tenerlo.

En ese trance extraño, poco interesa saber: con qué, cómo, dónde lo han producido; y cuáles son los beneficios o daños que genera el consumo del producto.

Entonces, tenemos que preguntarnos: ¿Qué es lo que nos impulsa a tener esta actitud de consumo?

Consumimos todo aquello que el mercado nos ofrece, en función de los patrones de consumo determinados y posicionados por la manipulación mediática en nuestro cerebro, reforzada por el marketing, la avalancha publicitaria, el aparente buen trato al cliente y las facilidades crediticias.

En ese escenario establecido, los defensores del sistema pregonan que esta forma de vida y consumo es lograr Calidad de Vida.

Calidad de vida que se define como la disponibilidad de determinadas condiciones materiales de vida y la satisfacción experimentada por la persona con dichas condiciones, las mismas que son apreciadas y medidas por una escala de valores establecidos por los progenitores y apologistas del orden imperante.

Conceptuada y valorada de ese modo la Calidad de Vida tiene una acepción eminentemente cuantitativa y materialista, para vivir sólo el presente, que se sustenta en el crecimiento desmedido, la competitividad, elegibilidad, cuyo propósito es la acumulación de riqueza para comprar bienes y servicios para “vivir bien” en el sentido occidental (con lujo y derroche), lo que en realidad genera individualismo y egoísmo, diferenciación y exclusión, consumismo y contaminación.

Por lo tanto el concepto de calidad de vida o vivir bien, en un país con marcadas diferencias y exclusiones, está predestinada sólo para el estrato privilegiado que puede acceder a esas condiciones materiales de vida.

Sin embargo y pesar de ello, los que acceden a esas condiciones y los que no accedemos a las mismas, no logramos satisfacer plenamente nuestras necesidades nutricionales básicas, lo que implica que nuestro organismo no funciona de manera armónica, con repercusiones negativas en la salud, en el vínculo familiar, comunitario y con la madre Tierra.

De ese modo el concepto de Calidad de Vida, está lejos de corresponder incluso a lo que la FAO define como Seguridad Alimentaria; y está en contraposición a la posibilidad de lograr vivir plenamente.

Entonces, ¿existe alguna alteridad? Claro que sí. Ahí está, el Sumaq Kawsay (Buen Vivir), objetivo estratégico de vida de nuestros antepasados los Inkas y sus antecesores los Pukara, Puquinas o Tiwanacos, cultura que se originó aquí en el altiplano del Lago Titicaca.

El Sumaq Kawsay, es una concepción cualitativa, pensado no sólo en la vida personal y para vivir el presente, sino está pensado para la convivencia en armonía entre los miembros de una comunidad y de la comunidad con su medio ambiente, sobre todo advirtiendo el bienestar de las futuras generaciones frente a los cataclismos socio-culturales y climatológicos (Pachakutis), como los que estamos confrontando por casi 500 años y el cambio climático que estamos empezando a experimentar.

El Sumaq Kawsay, se sustenta en la concepción vital del cosmos, en la complementariedad proporcional y recíproca en el modo de vida, en el trabajo y en el uso de los materiales que la Madre Tierra nos brinda, para producir bienes y servicios para vivir en armonía.

El Sumaq Kawsay, comienza por que las personas tengan una buena alimentación (funcional, variada, saludable y segura). Sólo así una persona podrá lograr armonía en sus funciones vitales, que le permitan:

– Construir sus saberes a partir de su plena vincularidad con el cosmos y sus vivencias comunitarias: Allin Yachay.

– Tener autoestima, amor por su familia, su comunidad y la madre Tierra: Allin Munay.

– Hacer bien su trabajo y realizarse como ser humano: Allin Ruay.

Es a partir de ese objetivo estratégico que nuestros padres los Inkas, construyeron su sabiduría agro-alimentaria, heredad que está a nuestra disposición, si investigamos bajo los principios y propósitos de forjar el Sumaq Kawsay.

En astronomía establecieron un extraordinario calendario agrario, a partir del conocimiento que lograron sobre el ciclo de los solsticios y equinoccios, del ángulo del eje de rotación de la tierra y de la trayectoria de las estrellas en la inmensidad del cosmos. En este tiempo, retomar esa sabiduría nos permitiría precisar los periodos agrícolas.

En geología e hidráulica, construyeron los andenes, waruwarus y q’ochas para gestionar de manera excepcionalmente eficiente el agua y contar con tierras de cultivo en espacios tan difíciles como el altiplano. Ahora que hacen falta tierras de cultivo seguro y se avizora escasez de agua, bien se puede recuperar toda esa infraestructura abandonada y construir donde sea necesario.

En biotecnología, en su vinculación con la naturaleza, identificaron una gran cantidad de bioindicadores en la flora y fauna, pronosticando las variaciones del periodo de lluvias, inundaciones y sequías. Este conocimiento hoy nos hace falta para fechar los cultivos y cosechas.

En genética están todas las variedades y la diversidad de alimentos, que la ciencia y tecnología alimentaria actual vienen reconociendo su valía, aunque muchas se están perdiendo y los pocos que se conocen se promocionan sólo con fines comerciales y utilitarios. Ahora que la producción agro-alimentaria enfrenta grandes riesgos y la población demanda alimentos con alto valor nutritivo, ahí tenemos todas esas variedades de alimentos resistentes a las adversidades climáticas y con alto valor nutritivo.

En conservación de alimentos, están las tecnologías aún inexplicadas del chuño, el charqui y la infraestructura de almacenamiento: las Pirwas y Qolcas. Estas tecnologías utilizan el frío de las heladas, la energía solar y la brisa del viento respectivamente, por tanto son una excelente alternativa para conservar y prolongar la vida útil de los alimentos en tiempos en que el costo de la energía está por las nubes.

En conclusión, si en occidente la aspiración máxima de su existencia es alcanzar, o mejor comprar, calidad de vida; aquí en este otro lado del mundo, en el continente Abya Yala y en nuestra patria el Tawantinsuyo antes de la llegada de los invasores e inmigrantes, existió una cultura cuyo objetivo estratégico fue alcanzar el Sumaq Kawsay o vivir plenamente en armonía, que en estos tiempos de globalización y pluriculturalidad, frente a la crisis alimentaria que se avecina, es un reto que nos propone el desafío de asumir y promover estos principios básicos refundando las escuelas de los Qapaq Kuna por la ruta de la sabiduría Inka del Qapaq Ñan.

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*Julio Eduardo Torres Pallara, es ingeniero químico, natural de Juliaca Puno.

Fuente: Servindi

martes, 29 de abril de 2014

Países andinos son más vulnerables al cambio climático e inseguridad alimentaria.


- Nuevo atlas resalta áreas vulnerables en cuatro países andinos: Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú.

Servindi, 27 de abril, 2014.- El Programa Mundial de Alimentos (PMA) presentó un nuevo atlas de la región andina en la que destaca las áreas más vulnerables al cambio climático, desastres e inseguridad alimentaria.

El Atlas de Seguridad Alimentaria, Desastres y Cambio Climático analiza la situación de cuatro países: Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, basado en la información que publicada u obtenida por fuentes oficiales de los gobiernos.

Miguel Barreto, director regional del PMA, afirmó que “El mapa muestra de manera muy visual una fractura a través del continente. En los cuatro países estudiados en la región andina, las comunidades de bajos ingresos tienen las mismas dificultades al tratar de acceder a servicios básicos como agua, energía y mercados.”

“Ello reduce sus capacidades de respuesta y los vuelve más vulnerables a los desastres provocados por el clima. Si logramos actuar juntos para reducir esas condiciones desiguales, podríamos revertir esta situación y lograr que esas comunidades sean resilientes a los efectos del cambio climático,” añadió.

El atlas destaca las áreas que necesitan apoyo e intervención y es el resultado de los trabajos de análisis en seguridad alimentaria que el PMA realiza y se conoce como VAM (Análisis y Mapeo de la Vulnerabilidad, por sus siglas en inglés).

“Este atlas también puede servir de guía en la toma de decisiones de los gobiernos ayudando a que planeen y tomen acción para mitigar el impacto de los desastres provocados por el clima, tales como la perdida de los medios de vida y el alza de precios de los alimentos, y para que inviertan en la reducción de los riesgos de desastres,” dijo Barreto.

De acuerdo con el atlas en Bolivia hay 148 municipalidades en Bolivia que están bajo la categoría “Grave Vulnerabilidad” y 32 bajo “Muy Alta Vulnerabilidad”.

En Colombia se identificaron seis departamentos bajo la categoría “Grave Vulnerabilidad” y otros seis bajo “Muy Alta Vulnerabilidad”.

En Ecuador existen 389 parroquias que sufren de “Grave Vulnerabilidad” y 586 de “Muy Alta Vulnerabilidad.”. Finalmente, en Perú 190 distritos sufren de “Grave Vulnerabilidad” y 673 de “Muy Alta Vulnerabilidad”.

El cambio climático está incrementando la frecuencia e intensidad de los desastres naturales, tales como las sequías, inundaciones, granizo, tormentas de nieve, heladas y el derretimiento de los glaciares, lo cual incrementará la población con necesidad de asistencia alimentaria.

El PMA es la agencia humanitaria más grande para combatir el hambre en el mundo en todo el mundo. Cada año el PMA alimenta a más de 90 millones de personas en más de 80 países.

El PMA trabaja junto con los gobiernos de la región andina para encontrar soluciones para que su población más vulnerable –especialmente mujeres y niños- sea menos vulnerable y cuente con más capacidad para soportar los choques climáticos.

Para ver el mapa visite el siguiente enlace:



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Fuente: Servindi