jueves, 18 de agosto de 2016

El Evangelio y la familia.



José M. Castillo, teólogo

Una de las cosas que más llaman la atención, cuando se leen detenidamente los evangelios, es la actitud personal de Jesús y las enseñanzas que transmitió respecto a la familia. No es posible, en el limitado espacio de este artículo, analizar al detalle la abundante documentación que ofrecen sobre todo los sinópticos sobre este asunto. Aquí me limito a señalar dónde y en qué está el problema. Más adelante (y con tiempo) espero poder explicar la hondura que entraña todo esto y las consecuencias que tiene.

Lo primero, que hizo Jesús al iniciar su ministerio público, fue abandonar su trabajo, su casa y su familia. A partir de aquella decisión, las relaciones de Jesús con sus parientes fueron tensas, complicadas y hasta difíciles. Su familia más cercana pensaba de él que había perdido la cabeza (Mc 3, 21). Y cuando fue a su pueblo, sin duda para explicar su mensaje, ni los vecinos de Nazaret creyeron en él, se escandalizaron de lo que enseñaba y el propio Jesús se sintió despreciado por los de su casa (Mc 6, 1-6; Mt 13, 53-58; Lc 4, 16-30). En el relato, que hace Lucas de esta visita, la cosa llegó hasta el extremo de que los vecinos del pueblo intentaron matarlo (Lc 4, 28-29). Y es que Jesús revolucionó el tema de la familia hasta el extremo de que, para él, su madre y sus hermanos son, ante todo, los que hacen la voluntad del Padre del cielo (Mc 3, 31-35; Mt 12, 46-50; Lc 8, 19-21). Aquí y en esto es donde se ve más claro hasta qué punto Jesús puso las cosas en su sitio. Y hasta qué extremo reordenó todas nuestras relaciones personales, económicas y sociales.

Por otra parte, cuando Jesús llamaba a los discípulos, que se agregaban al grupo, lo primero que les exigía, para “seguirle”, era abandonar la familia y los bienes (el dinero) (Mc 10, 17-31; Mt 19, 16-22; Lc 18, 18-30) sin poner condición alguna (Mc 1, 16-21; Mt 4, 18-22; Lc 5, 1-14). Jesús fue tan radical, en este orden de cosas, que no admitió, como justificante para retrasar la decisión de “seguirle”, ni el entierro del propio padre, ni siquiera despedirse de la familia (Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62).

Ahora bien, a partir de este radicalismo evangélico, lo más duro y lo más fuerte, que planteó Jesús, fue el conflicto radical en la institución familiar: “No he venido a sembrar paz, sino espadas”, destrozando las relaciones de parentesco. Las palabras de Jesús son elocuentes y sobrecogedoras por sí solas y por sí mismas (Mt 10, 34-42; Lc 12, 51-53; 14, 26-27).

Así las cosas, el problema de fondo, que aquí se plantea, solamente se puede comprender si se tiene en cuenta lo que han analizado pacientemente los historiadores y juristas, a saber: la casa – y consiguientemente la familia – era (y sigue siendo) “la estructura básica de la sociedad en que el cristianismo nació y se desarrolló, como en realidad lo es de toda sociedad sedentaria preindustrial” (R. Aguirre). Esto es lo que explica que, en el Nuevo Testamento, como indica el mismo profesor Aguirre, se nos habla de la conversión de casas enteras (Jn 4, 53; Hech 11, 14; 16, 15. 31-34; 1 Cor 1, 16; Hech 18, 8) e incluso parece que la casa era la forma básica de organización de la Iglesia en sus inicios (cf. Rom 16, 5; 1 Cor 16, 19; Col 4, 15; Flm 1-2).

Pero esto tuvo consecuencias dramáticas. Porque sabemos que las sociedades mediterráneas del siglo primero estaban estructuradas sobre la base de la organización familiar. Ahora bien, en la familia de aquel tiempo todo estaba organizado y legislado en torno a la figura del “pater-familias”, que era el cabeza, jefe y dueño de la casa y sus componentes. De ahí que lo determinante, en la familia, no eran las relaciones personales, sino el sometimiento al poder. Y, por consiguiente, el sometimiento también a la estructura y al sistema de la sociedad romana. Lo que llevaba consigo una consecuencia que impresiona: “mujeres, esclavos y niños” eran los sujetos que carecían de derechos y tenían que vivir callados y sumisos, es decir, eran seres humanos que tenían siempre sobre ellos a un hombre como dueño (J.Jeremias, J. Leipold). Se comprende, por esto, el enfrentamiento revolucionario de Jesús y su Evangelio a este sistema de familia y, en definitiva, de sociedad.

El problema, que se nos plantea a partir de los orígenes más remotos de la Iglesia, está en que las primeras “iglesias” (o asambleas cristianas) fueron fundadas por Pablo, según el modelo de las “comunidades domésticas” de las que nos habla el mismo Pablo en sus cartas y en las “deuteropaulinas” (Col y Ef), que reproducen el modelo de la sociedad romana: la mujer “callada y sumisa” (Col 3, 18-4, 1; Ef 5, 22-6, 9). Es el modelo que encontramos en las comunidades organizadas por Pablo desde los años 40 a los 60. Pero en aquellos años aún no se conocían los evangelios, en su redacción definitiva (la que ha llegado a nosotros), la que la Iglesia ha aceptado y propuesto como el texto oficial para los creyentes en Jesús.

En todo caso, me parece acertada la reflexión final que propone el profesor Rafel Aguirre: “el hecho de que la Iglesia haya puesto en primer lugar los evangelios y los haya rodeado de una estima muy particular indica que, en medio de las ambigüedades inevitables de sus opciones históricas, (la Iglesia) reconoce los principios carismáticos de Jesús como su norma fundamental… Por eso, el creyente que lee los códigos domésticos del Nuevo Testamento debe ser consciente de las opciones y repercusiones históricas y sociológicas que implican”. A lo que este modesto teólogo añade que, como he dicho recientemente y recordando un texto genial de san Juan de la Cruz, la Palabra definitiva de Dios a la humanidad es Jesús, su vida y su enseñanza.

Esto supuesto, lo que no cabe en mi cabeza es que, a estas alturas y en el momento que vivimos, siga habiendo tantos hombres de Iglesia, profundamente religiosos, que anteponen sus ideas y conveniencias a la Palabra definitiva de Dios en el Evangelio, que nos trasmitió Jesús.

miércoles, 17 de agosto de 2016

La lucha cotidiana por un mundo mejor.


Ken Loach en Locarno

Sergio Ferrari

Llegó a Locarno. Conmovió a la Piazza Grande. Ganó el Premio del Púbico con su última película I, Daniel Blake. Y ratificó desde el palco principal y la gran pantalla su ya innegociable discurso social y su puño izquierdo cerrado.
Ken Loach, el reconocido realizador inglés de 80 años, reiteró en Suiza su crítica al sistema global y su convicción sobre el valor del trabajo como condición de la dignidad humana.
El nuevo film de Loach, escrito junto con Paul Laverty – el mejor cómplice de su larga producción-, realizado en su Newscattle natal, presenta el drama del carpintero Dan Blacke que ya acercándose a la jubilación debe quitar su trabajo por causas graves de salud.

En el camino de su dramática lucha por sus derechos contra la burocracia, Dan Blacke encuentra a Katie, madre soltera de dos niños, también sancionada por funcionarios arrogantes. La solidaridad entre seres humanos desposeídos y su rebelión común contra un humillante sistema social cada vez más fragilizado por los recortes neoliberales del Estado, animan esta perla fílmica del realismo social británico.

“Creo que mucha gente ha vivido o vive especialmente en Europa una burocracia hecha para hacer enloquecer a los que necesitan el apoyo social y que, paradójicamente, es pagada con nuestros propios impuestos”, subraya Ken Loach a la prensa durante su reciente estadía en Locarno. Y expresa, también, su gran preocupación de futuro, especialmente por la juventud actual que se confronta a la falta de opciones profesionales y alternativas laborales, tal como lo refleja también en su film.

El cine como militancia

Menos de tres meses atrás, el 22 de mayo pasado, al recibir la Palma de Oro del Festival de Cannes con esta misma película, Loach había ya conmovido al público al recordar en su discurso de premiación que “otro mundo es posible”, principal eslogan del movimiento altermundialista y del Foro Social Mundial.
En esa ocasión –como ahora en Locarno- Loach defendió el valor del cine como forma de protesta y crítica contra un peligroso sistema dominante que con sus continuos ajustes neoliberales “ha provocado la miseria de millones de personas…., con una pequeña minoría que se enriquece de manera vergonzosa”.
Entre discurso conceptual e imágenes de denuncia, para Loach no existe fractura alguna sino coherencia total. Ha sido la columna vertebral de su trabajo como director cinematográfico y de TV en sus 50 años de vida profesional. Y se expresa en gran parte de sus más de 30 films producidos.

Desde Kes (1969) hasta el actual I, Daniel Blacke, pasando por obras maestras del compromiso como Land and Freedom (1995), My names is Joe (1998), Bread and Roses (2000), It’s a free world (2007). O perlas como Carla’s Song (1996), a través de la cual Ken Loach reactualizaba el drama de la guerra de agresión contra Nicaragua de los años ochenta y expresaba su convencimiento en la solidaridad internacional intra-humana.

Con la presencia de Loach en Locarno, el Festival de Cine le hizo un regalo a la conciencia ciudadana, al compromiso social y a la certeza que “otro mundo es posible y necesario”.

martes, 16 de agosto de 2016

Reactivan Grupo Parlamentario Indígena.

Grupo Parlamentario Indígena. Cortesía: Prensa Congreso.
- GPI es un espacio con capacidad de ejercer control político frente a instancias del Estado cuyas decisiones y políticas públicas afecten a los pueblos indígenas.
Este lunes 15 de agosto se instaló en el Congreso de la República el Grupo Parlamentario Indígena  (GPI), para el periodo 2016 – 2021 el cual da continuidad a  sus actividades iniciadas desde su creación en el año 2007.
El GPI es un espacio multipartidario, cuya coordinación será asumida por la congresista Tania Pariona Tarqui (FA), quien fue elegida por unanimidad. Conforman asimismo dicho grupo  los legisladores Alberto de Belaunde (PPK), Jorge Meléndez  (PPK), César Villanueva (APP), Nelly  Cuadros (FP), Oracio Pacori ( FA) y Richard Arce (FA) quienes se hicieron presentes a esta primera sesión.
El GPI tiene un carácter especial, con capacidad de promover iniciativas legislativas, así como para emitir opinión y contribuir a la labor de la Comisión de Pueblos Andinos, Amazónicos y Afroperuanos, Ambiente y Ecología, como a otras cuyos temas y decisiones afecten de modo transversal a los pueblos indígenas (PPII).
Asimismo, es un espacio multipartidario de diálogo, concertación y construcción de consensos desde los cuales puede ejercer control político frente a instancias del Estado que ejecuten políticas públicas en torno a los PPII.
De otro lado, también promueve un diálogo permanente con las organizaciones indígenas e instituciones que trabajen por los derechos de esta población.
Cabe recordar que el pasado martes 9 de agosto, día en que se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la congresista por la región Ayacucho, Tania Pariona presentó en el Congreso su agenda legislativa para el periodo 2016 -2021 en materia de PPII.

Fuente: Servindi

lunes, 15 de agosto de 2016

Veinte años de lucha contra el libre comercio en América Latina.


 

Algunas reflexiones para las nuevas campañas

"Si algo nos ha permitido la globalización es poder reconocer al capital en toda su crudeza: como una relación social global de explotación y dominación. Queda en las organizaciones sociales, así como en la academia, pensar las alternativas desde este novedoso contexto global, poniendo en el centro del análisis los peligros que el libre comercio puede significar para la vida humana y el medio ambiente, pero sin oponer a éste la idea de que cerrando las fronteras comerciales nos podemos salvar como Estado-nación individual."


Por Luciana Ghiotto


En 1989 se firmó el primer tratado de libre comercio (TLC) del continente americano entre EEUU y Canadá. Desde entonces hemos sido testigos del avance de la agenda de liberalización comercial, en una época marcada por el desplome de la Unión Soviética, la victoria del “pensamiento único” y los múltiples fines: de la historia, de la lucha de clases, de las ideologías, etc. Este contexto de derrota se presentaba como absoluto y definitivo. Sin embargo, de un modo antagonista a estas prácticas y discursos, se hicieron visibles diversas organizaciones sociales de las Américas que instalaron la idea de que el libre comercio era antagonista a la construcción de una sociedad más igualitaria, y que por ello debía ser discutido y enfrentado. Estas organizaciones también reinstalaron el debate acerca de las alternativas políticas: la construcción de prácticas de unser-otro, tal como lo hicieron los zapatistas, pero ahora en el contexto de la “cuarta guerra mundial”.


Hay un acuerdo general de que esta nueva historia la comenzaron los zapatistas. Pero también es cierto que a partir de allí, ya a fines de los años noventa, fue la generalidad de la organización social (campesinos, indígenas, sindicatos, organizaciones ambientalistas, feministas, movimientos territoriales urbanos, piqueteros, entre tantos otros), la que identificó a los TLC como uno de los ejes de la reorganización capitalista contemporánea. Cada organización desde su agenda, orientada por el anti-neoliberalismo, o el bolivarianismo, o el neo-desarrollismo, o el autonomismo, logró introducir el proyecto ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) entre las prioridades de su activismo político. En este sentido, en 1997 nació la Alianza Social Continental (ASC) como un espacio de articulación frente a la desorganización y desesperanza que significaba la derrota de los años noventa. La ASC dio sus frutos: entre 1998 y 2005, se convirtió en un espacio de referencia continental y global de lucha contra el libre comercio. En ese marco, los Encuentro Hemisféricos contra el ALCA que se realizaban anualmente en La Habana se convirtieron en un epicentro de constitución de estrategia política continental. Pero lo que articulaba era el rechazo: el No al ALCA se puso por encima de las especificidades temáticas y cosmovisiones políticas de las organizaciones. Luego del 2005, lo que el espanto al ALCA había unido, fue desunido por los posicionamientos frente a los gobiernos progresistas y por la priorización de las agendas sectoriales. Así, lo que primó fue la desarticulación y la ASC fue lentamente perdiendo su peso político y representatividad.


Exploremos qué sucedió. Resultaba bastante simple identificar al ALCA como el “imperialismo yanqui”, como aquello que no se quiere bajo ningún concepto: 34 países negociando bajo la órbita de la Organización de Estados Americanos (OEA), con el objetivo de generar un mercado abierto para los productos norteamericanos. El ALCA implicaba armar un área de libre comercio desde Alaska hasta Tierra del Fuego, lo cual beneficiaba esencialmente a las corporaciones norteamericanas con posibilidad de exportar capital y de relocalizar parte de su producción hacia economías con mano de obra más barata que la de EEUU. Sin embargo, el escenario de las negociaciones del ALCA no es el mismo que hoy existe en el continente. Esto no quiere decir que EEUU haya perdido su gravitación. El proyecto del Acuerdo Transpacífico (TPP) lo demuestra, donde este país compite con China por liderar la región Pacífico. Los movimientos ubicados en los países que firmaron este tratado (Chile, Perú, México, Canadá y EEUU) han identificado al TPP como una suerte de nuevo “gran monstruo”, por la crudeza de algunas de sus cláusulas, especialmente en la exigencia de “coherencia regulatoria”, inversiones y propiedad intelectual. Además, la vocación de sus impulsores podría ser la de intentar expandir el alcance de esas cláusulas a nuevos acuerdos comerciales que se firmen en la región.


El TPP entra por el lado Pacífico, especialmente vía el bloque de la Alianza del Pacífico. Por el lado Atlántico el tema se vuelve más complejo. Allí está Mercosur, que hasta hace poco sostenía una agenda más orientada a la industria local y al fortalecimiento de la “burguesía nacional” con eje en el sector automotriz, y presentándose como una región más anti-norteamericana. No obstante, desde 2012, Brasil, de la mano de sus grupos económicos “nacionales”, empezó a apurar la firma de un tratado con la Unión Europea, y el nuevo gobierno en Argentina le permite ahora avanzar en ese sentido (apoyado también por Uruguay y Paraguay). Las negociaciones entre los bloques del Mercosur y la UE se desarrollaron a la par que el ALCA, pero tuvieron menos marketing que aquel. Con la UE aparece otro actor sobre el escenario. Aquí hay que abrir un paréntesis. Mientras que el bloque de la Alianza del Pacífico es usualmente identificado con los intereses norteamericanos, también se trata de países que firmaron hace varios años Acuerdos de Asociación con la UE.


En un tercer plano, los países bolivarianos del ALBA hasta ahora se resistían a la firma de algún TLC. Sin embargo, la caída del precio de las commodities ha apurado nuevas definiciones más claramente pragmáticas. Hace dos años Ecuador adhirió al Acuerdo de Asociación[1]con la UE que ya habían firmado Colombia y Perú (adhesión aún no ratificada por la Asamblea Nacional). Sin embargo, el discurso del propio Rafael Correa sigue sosteniendo que lo que se firmó con la UE “no es un TLC”.


¿Y China? Claramente, otro actor que aparece sobre el escenario, este más novedoso e interesante porque cruza a varios de los países que clasificamos en grupos en los párrafos anteriores. Desde 2012 China ha desplegado una estrategia de inserción de sus empresas estatales en el continente americano, especialmente vía contratos con los Estados en sectores extractivos y de infraestructura, pero también con Inversión Extranjera Directa en la industria automotriz y de telecomunicaciones, entre otros. También el gobierno chino ha sido el salvataje de última instancia para los países atados al vaivén del precio de las commodities, como Venezuela y Ecuador con el petróleo, o Brasil y Argentina con el poroto de soja. En su interés en América Latina, China lleva firmados TLC con Chile y con Perú, y hoy Argentina también se incluye en la lista de los interesados.


Esta descripción del escenario reciente muestra que la firma de TLC no es sólo una estrategia norteamericana. También lo es de la Unión Europea, de China, de Japón, y de todas las grandes o medianas potencias. De hecho, diferentes países de la región (Perú, Chile, México, Colombia) ya tienen TLC con estos otros países o bloques. En realidad, el impulso de los TLC responde a los nuevos modos de internacionalización del capital y a la división internacional del trabajo estructurada a partir de la constitución de las empresas-red, es decir, de las corporaciones transnacionales. Todas las empresas de los países más industrializados compiten entre sí y deben garantizarse bajos costos de producción y mercados para el consumo de sus productos. Se trata de producir barato y vender, o morir, es decir, quebrar como capitalista individual. EEUU impulsa tratados en tanto modo de garantizar las mejores condiciones para la competencia de “sus” empresas, así como lo hacen los otros Estados. Todos los Estados, así sean grandes, medianos o incluso si se trata de pequeñas economías, se ven beneficiados por el hecho de que a sus empresas les vaya bien, ya que con eso se garantizan la entrada de dinero vía pago de impuestos, la generación de empleo, y con ello, la gobernabilidad interna. Por eso, la experiencia de los últimos cuarenta años nos permite dejar de identificar a “los malos” del libre comercio detrás de una u otra bandera: con el libre comercio las empresas más poderosas compiten entre sí y garantizan su ganancia.


Volver a poner sobre la mesa la discusión sobre alternativas


Cuando derrotamos el ALCA teníamos ante nosotros una tarea clara, aunque no sencilla: construir la integración alternativa. Pero mientras nosotros desmantelábamos virtualmente la ASC, discutíamos si la integración era de los Estados, de los pueblos o de las comunidades; si debía hacerse usando el dólar, o con trueque o con una moneda regional; si primero había que tomar el Estado o si se debía construir poder popular; si el capitalismo nacional es un paso hacia el socialismo o si se puede construir espacios socialistas al interior del capitalismo, la agenda librecambista avanzó con una Ferrari Testarossa. Nosotros nos movimos a 10 km/hora, ellos a 200. No hemos podido o sabido construir las alternativas. Claro que imaginar y realizar sociedades alternativas en el marco de las relaciones sociales capitalistas, que nos atraviesan como sujetos, no es tarea fácil. Pero a pesar de la urgencia, no hemos estado a la altura del momento histórico que heredamos de las luchas de los años noventa y de los estallidos sociales regionales de principios del siglo XXI.


Hoy la idea que gana terreno es que el libre comercio es la única opción. En pocos casos se ve con tanta claridad como en la Argentina en los últimos meses: hay que firmar TLC “para integrarnos al mundo”, “para que lleguen inversiones”, “para garantizar mercados a nuestras exportaciones”. No hay alternativas, nada se discute, no hay análisis posibles. Otra vez se nos impone el discurso único. Los Estados que discutían profundizar las relaciones comerciales de complementariedad y crear una arquitectura financiera regional que disputara el poder del dólar, hoy compiten entre sí para colocar sus exportaciones. El resultado de la desintegración es la competencia, y la exacerbación de los nacionalismos. Ahora continúa libremente la carrera por la desregulación y la liberalización, parte esencial de la reproducción del capitalismo.


Los próximos años mostrarán una tendencia al aislamiento (económico y financiero) de los países que no firmen TLC, con presiones para que se sumen a los procesos liberalizadores. En este contexto, los movimientos hacemos lo que sabemos hacer: resistir. La defensiva es siempre un lugar cómodo, donde muchos estamos de acuerdo. Volvemos a decir No al libre comercio, porque sabemos los efectos que éste tiene. Pero, en ese contexto, ¿seremos capaces de continuar los debates sobre las alternativas políticas?


La concentración e internacionalización del capital de los últimos cuarenta años ponen en tensión la idea de desarrollar una construcción política alternativa desde una óptica estado-céntrica. Cada vez se hace más notorio que los Estados no son entes autárquicos, que el objetivo de construir un “capitalismo nacional” o un “capitalismo con rostro humano” ha resultado ser una quimera. Los Estados se mueven al vaivén de la reconfiguración capitalista mundial, y no pueden cerrarse sobre sí mismos. No podían hacerlo hace sesenta años, tampoco hoy. Si algo nos ha permitido la globalización es poder reconocer al capital en toda su crudeza: como una relación social global de explotación y dominación. Queda en las organizaciones sociales, así como en la academia, pensar las alternativas desde este novedoso contexto global, poniendo en el centro del análisis los peligros que el libre comercio puede significar para la vida humana y el medio ambiente, pero sin oponer a éste la idea de que cerrando las fronteras comerciales nos podemos salvar como Estado-nación individual. Hoy está más claro que nunca que, o nos salvamos todos, o no se salva nadie. La discusión no puede reproducir ciegamente viejas fórmulas que tenían que ver con pactos de gobernabilidad (o más crudamente, con la paz de clases). El nuevo contexto, las nuevas agendas, nos proponen la urgencia de pensar no desde la óptica de los Estados, sino desde la crítica de lo existente.


- Luciana Ghiotto es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora de FLACSO/RRII. Es miembro de ATTAC Argentina y de la Asamblea “Argentina mejor sin TLC”. Ha participado activamente en la Campaña Continental contra el ALCA. Colaboradora de Transnational Institute (TNI).


Nota


[1] La UE no firma TLC, firma Acuerdos de Asociación (AdA), debido a la propia estructura de negociaciones de la UE. No obstante, las cláusulas de un Acuerdo de este tipo son similares a las que se incluyen en los TLC, mismo si no incorpora capítulo de solución de diferencias ni remite al arbitraje internacional. De todos modos, la UE ha empezado a renegociar sus AdA, por ejemplo con México y Chile, con el objetivo de incluir estos capítulos.


Fuente: ALAI, 10 de agosto, 2016

domingo, 14 de agosto de 2016

La mujer indígena es la más afectada por la minería.



Mujeres indígenas promueven la participación de sus comunidades en la defensa de los derechos socio-ambientales.
Nicole Marcel es francesa pero habla rapidito un español muy fluido. Llegó a Venezuela hace veinte años porque la Gran Sabana la eligió. Ella trabaja en la Fundación Mujeres del Agua, una organización compuesta por un grupo de mujeres rurales, indígenas y no indígenas, que promueven su participación en pro de la defensa de los derechos socio-ambientales.

La Fundación Mujeres del Agua se registró oficialmente en el año 2009 aunque desde hace tiempo realizaba un trabajo social en la comunidad de El Paují, ubicada en el municipio Gran Sabana del estado Bolívar.
El Paují es un pueblo mixto formado por indígenas de la etnia pemón, y no indígenas (venezolanos y extranjeros). Con aproximadamente cuatrocientos habitantes es un sitio que no tiene horario y en el que hasta hace poco no había ni teléfono ni Internet. Sus habitantes vivían en comunión con la naturaleza, con buenas experiencias educativas y culturales, hasta que en 2006 se desbordó la minería en la zona, trayendo muchos problemas y desplazando a muchos miembros de la comunidad.

Ante esa situación un grupo de mujeres, que tenían años conociéndose, comienzan a organizarse. Lo primero que hicieron fue un museo que se llamó Kunayewi, que significa casa del agua, y comenzaron a explicar a la población cuál era el impacto de la minería, el derecho a tener agua limpia y el derecho a la salud. También se unieron a la Misión Árbol y comenzaron a sembrar moriches y distintas plantas en las áreas contaminadas por la minería.

“Yo hice mucho trabajo a nivel comunitario, con la escuela y la cultura, pero había más relación con los jóvenes y las mujeres que siempre estaban en la casa. A mí me molestaba como mujer el hecho de no poder relacionarme con ellas, entonces ahí empecé a traer más mujeres indígenas al grupo. Hacíamos tejidos y siempre hablábamos de los problemas del pueblo y sobre cómo los podíamos solventar”, explica Marcel.
Pronto se dieron cuenta que tenían minas porque el capitán indígena, de aquel momento, estaba vendiendo los ríos a los mineros. “El modus operandi era el siguiente: los mineros buscaban un capitán indígena y agarraban un indígena común como testaferro. Si uno denunciaba eso en el Mibam, [antiguo Ministerio de Minas], ellos decían.”si nosotros no tenemos autorización del capitán indígena nosotros no nos metemos con eso”..”.

Desde la fundación entendieron que una forma de luchar era teniendo una mujer en la capitanía indígena. La elegida fue Carmen Raquel Benavides, pero cuando dijo que no quería más minas en su pueblo e intentó negociar con ellos empezaron a intimidarla de todas las formas posibles para que renunciara a su capitanía e hicieron una capitanía aparte. “Eso nos llevó a darnos cuenta que las mujeres necesitaban tener una formación integral para asumir esos cargos, para resolver las cosas dentro de su comunidad, no solo con la denuncia. De ahí comenzamos a hacer proyectos para formar lideresas. Otra cosa que nos dimos cuenta es que Carmen Raquel estaba sola, entonces necesitábamos que otra gente de la zona la conociera: periodistas, gente de la CVG, de la alcaldía, otras lideresas indígenas; y comenzamos a organizar encuentros de mujeres. Se llamaban Encuentro de Lideresas de la Gran Sabana”.
Los encuentros comenzaron en El Paují, y posteriormente en Kavanayen y Kumarakapay, mejor conocido como San Francisco de Yuruani. Estos espacios les permitió identificar a las defensoras indígenas y realizar lo que hasta ahora es el principal proyecto de la fundación: los talleres de formación de lideresas. Actualmente el trabajo se ha extendido a Uaiparu, Las Agallas o Karapaurai, San Gerónimo, Playa Blanca y al Parque Nacional Canaima, Kawy y San Ignacio de Yuruani. Acompañan entre cien y trescientas mujeres al año.
En la fundación son doce mujeres, entre ellas, Elba Benavides, presidenta de la organización. También pertenecen a la Unión Latinoamericana de Mujeres (ULAM).
Un negocio “lucrativo”

La mayoría de las minas se encuentran en Ikabaru y Los Caribes pero progresivamente se han extendido hacia Uaiparu y Playa Blanca. Hace diez años alcanzaron El Paují y desde hace tres años empezaron en el Parque Nacional Canaima, en Iboribo o Mantopay, cerca de Kavanayen, en las orillas del parque en Uroy Uaray o al pie del Auyan-tepuy. San Gerónimo, al lado de Ikabaru y Kawy, y Mapauri en el Parque Nacional Canaima, son los únicos lugares donde las comunidades no han permitido que entren los mineros.

“¿Tú sabes las bombas de agua? Se usaban normalmente para chupar el agua con una manguera, y con esta pistoleaban los bordes de los ríos, y los iban destrozando, hacían una especie de tamiz, las metían y ahí es donde agarraban el oro (…) Antes trabajaban con máquinas más grandes que eran de gasoil y no era tan fácil desplazarlas, necesitabas tres o cuatro hombres para mover eso. La que tienen ahorita se la meten debajo del brazo y salen corriendo, e incluso, la entierran. Como son bombas de agua que se pueden usar para las casas es mucho más fácil también que las compren y las pasen”.
Hace varios años introdujeron varias denuncias en Fiscalía pero se cansaron de hacerlo porque cuando milagrosamente enviaban una comisión de la guardia nacional o del Ministerio de Ambiente, alguien les avisaba a los mineros y estos sacaban las máquinas.

Como explica el documento de presentación de la Fundación Mujeres del Agua, la zona de actuación de esta organización pertenece al municipio Gran Sabana, un territorio que se encuentra en la frontera de Venezuela y Brasil, al borde de la Amazonia y cuenca del alto río Caroní. Su posición geográfica la identifica como fuente indispensable de agua para todo el estado Bolívar y para el embalse Guri que proporciona 70 % de la electricidad de Venezuela. Parte de la zona está consideradaárea bajo régimen de administración especial, (Abrae), de acuerdo con lo establecido por la Ley Orgánica para la Ordenación del Territorio aprobada en el año 1983. El marco legal establece los objetivos para la protección, conservación y aprovechamiento sustentable del territorio asociado al manejo de los recursos naturales disponibles. De estos espacios, parte se conformó como Parque Nacional Canaima en 1962 y ampliado en 1975 con el fin de conservar la belleza y diversidad del territorio y proteger las nacientes del río Caroní. La Ley de Aguas, en su artículo 17, establece la región hidrográfica Caroní como una de las 16 regiones hidrográficas del país. Precisamente un objetivo fundamental para la fundación es el mantenimiento de las aguas que rodean estos territorios.

El otro asunto es el tráfico de gasolina. Nicole nos dice que se prohibió la venta de gasoil para detener la minería, pero que las cooperativas mineras comenzaron a comprar equipos de gasolina. “Yo antes podía ir a la bomba de gasolina y compraba cincuenta litros para llevar para mi casa, ahorita no puedo hacer eso, porque necesito tener una pick up, varios permisos, y un tanque de doscientos litros mínimos para llevar eso. Entonces nos empezamos a reunir para pagar un camión y que eso llegara a la comunidad. El problema es que hay quien en vez de pedir un tambor, que es lo que necesita, pide cuatro y lo revende, y eso se ha vuelto un negocio. De hecho, yo que creo que en Santa Elena están vendiendo más gasolina que en la misma Caracas, por el número de tambores de gasolina que salen, salen y salen hacia las minas”.

Para julio de 2014, un tanque de doscientos litros de gasolina se podía conseguir en 190 bolívares y transportarlo costaba ochocientos bolívares. Este tanque revendido podía costar entre 3 mil y 5 mil bolívares; y mientras más lejos la comunidad, podía llegar a 10 mil o 15 mil bolívares. Actualmente está a 18 mil.
Algunas capitanías indígenas también han entrado en este negocio, ya que al pedir cupo para comprar gasolina para sus comunidades viven tranquilamente de revender combustible. Esto ha generado que surjan capitanías donde no las había. La comunidad de Bajo Amarillo es un ejemplo de esto. Si hay minas hay tráfico de combustible, si hay tráfico de combustible hay un capitán y él revende el combustible.

En algunas de estas zonas los capitanes tienen el control total, porque los mineros no entran si no tienen su permiso; y en general deben pagar un porcentaje al jefe indígena. También hay un fenómeno nuevo y es que los capitanes cobran porcentajes sobre cualquier negocio que se haga en la comunidad. Es el caso de Perro Loco, donde crearon una mina y una capitanía indígena y el capitán cobra entre 10 % y 15 % de interés a cualquier negocio.
“No es fácil. Porque el hecho que nosotras estemos diciendo que no estamos de acuerdo con la actividad minera nos ha acarreado muchas amenazas. Es peligroso porque estamos enfrentando niveles de poder altos: los capitanes generales, la Federación Indígena, la Guardia Nacional; no todos, porque pienso que hay gente honesta, pero sí hay unos que tienen puestos de autoridad que no son transparentes”.
El problema minero no es solo ambiental sino social

Una de las principales consecuencias de la minería es el abandono escolar porque los niños y los docentes están metidos en las minas ya que obtienen mayores beneficios. Incluso esto se extiende a los enfermeros y funcionarios públicos de la zona.

A causa de la contaminación y del uso incontrolado del mercurio se evidencia una propagación de diferentes enfermedades como malaria, asma, bronquitis y alergias cutáneas. La falta de información y educación en escuelas y familias impiden la cura y el entendimiento del problema.
La malaria o paludismo es frecuente debido a los pozos de agua que quedan al extraer el oro. Marcel explica que más del 80 % del paludismo está en el estado Bolívar: “Además es recurrente, se cura mal, se hacen mal los tratamientos, hay casos de niños que nacen con la enfermedad, niños de 12-13 años que han tenido cuatro o cinco veces paludismo”.

Otras enfermedades como la leishmaniasis y las úlceras en la vagina también están presentes, aunque lo último se mantenga oculto porque las mujeres no quieren hablar del tema. Marcel cuenta con preocupación que en la comunidad de Parkupi, que está más adentro, hablan mucho del SIDA, muertes violentas o asesinatos: “Los cuentos que te echan de las matanzas que ocurren dentro del sector 7 son bárbaros porque hay muchísimos brasileros metidos allá dentro”. En la comunidad de Uaiparu, por ejemplo, hace como dos años, cuando llegaron muchísimos mineros de afuera, murieron como doce personas.
También hay prostitución, altos índices de alcoholismo y contaminación por mercurio: “El tejido social de la comunidad se va perdiendo poco a poco. Ya la gente no quiere ir a los espacios de cayapa o mayú, como lo llaman ellos, que es el trabajo comunitario. Una cayapa era, por ejemplo, reunirse para limpiar el pueblo”.
Tierras productivas

En El Paují ha salido muchísimo oro. Pero todo lo que tienen que pagar ellos (comida, alcohol, drogas) está diez o veinte veces por encima del precio normal. “Cuando tú tienes una familia de seis o siete muchachos… tu tomaste, te drogaste, te queda muy poco dinero para ellos. Entonces, qué otro tipo de negocio se puede proponer ahí que supla la necesidad que tienen, creada o verdadera pero la tienen. El problema más grave para mí es que el dinero no ha generado calidad de vida”.

A partir del año 2010 la fundación decidió empezar a asesorar y crear proyectos económicos para las mujeres, como la recuperación productiva de áreas intervenidas por la minería. Marcel cuenta que lo productivo es crear un conuco, que es la hacienda tradicional de los indígenas. Por ejemplo, en un sitio que era solo arena se colocó capa vegetal, después estaca de yuca, piña, y ahora están trabajando con humus de lombrices para ir fertilizando.
Marcel habla de las ventajas: primero, las mujeres tienen un sitio donde sembrar ya que tradicionalmente el hombre era el que tumbaba el conuco, es decir, talaba la selva para que la mujer sembrara y cuidara, y la minería ha hecho que esta práctica se pierda. Segundo, se brinda una seguridad alimentaria porque el casabe y la yuca están más caros y cada vez hay menos comida porque todos están en la mina. Tercero, genera un reconocimiento de la mujer.

Una de las integrantes del grupo cuenta que ella estaba sacando oro y los hombres compraron alcohol con toda la venta del mineral. “No dejaron nada ni para los niños, ni para la escuela”. Ella debía esperar que ellos sacaran oro para luego ir y relavar, se metía en los huecos a buscar un poquito de oro para comprarle la comida a sus hijos. Un día regresó el marido en la noche, borracho, quería tomar más, sabía que ella había sacado oro, la agarró, le quitó el oro y se fue a tomar. Ahora, por ser una de las líderes de este proyecto ha ganado más respeto de parte de los hombres.

El norte, el objetivo, nos lo explica Marcel: “Siempre han sido nuestros planes de trabajo tratar de mejorar nuestras estrategias para que ellas puedan empoderarse, porque son las que más sufren con la minería. Si el río está sucio ellas tienen que lavar ropa; si los niños se enferman ellas los tienen que cuidar; el problema de la prostitución; hay mucha destrucción del hogar por el problema del alcohol. Quienes más se quejan de esos cambios son ellas. Porque el hombre siempre va a estar mejor, hacen el dinero, se compran el carro. Las mujeres son más de la calidad de vida, educación, salud”.

Una anécdota que cuenta Marcel es que un día estaba llevando a una de las mujeres con su esposo en el carro, se detuvieron porque el señor iba a comprar algo en la bodega y este le pidió el dinero a su esposa. Marcel se alegró mucho porque tiene seis años trabajando con ella: “Ella logró eso dentro de su pareja. Que el entendiera, que: ‘Está bien, te voy a dar tanto para que te vayas a echar los palos, pero el resto es para la casa’. Muchas veces hablo con los hombres porque les tengo confianza, porque son mis vecinos, ¿ves?, yo sí les digo, ¡cónchale! cómo es posible que ella todavía esté lavando a mano, cómprale una lavadora aunque sea. Es la manera de entrarles. La manera es dialogando y con la mujer para que ella, poco a poco, pueda tener la fuerza para hablar con el hombre”.

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales
Fuente: Servindi