lunes, 18 de enero de 2021

Uruguay: 2021 de pandemia: detener el mundo y liberar la creatividad

 


por Adriana Goñi en Posturas


Cuando todos pensaban que el verano traería serenidad y la vacuna restablecería las condiciones previas velozmente, las últimas semanas han demostrado que no se puede vivir aislados de lo que sucede. Los números de contagios crecen y un halo de incerteza comienza a cubrir 2021. Si bien Uruguay ha caminado en 2020 a contramano del resto del mundo, mostrando las tasas más bajas de contagios de la región, y muchas personas han trabajado arduamente para eso y otras están sufriendo graves consecuencias por sus efectos, las discusiones de fondo sobre las transformaciones que tenemos que iniciar como sociedad a partir de la devastadora evidencia de la pandemia aún están pendientes.

En este año que recién inicia, necesitamos estar concentrados y mostrarnos más lúcidos que nunca si queremos escuchar el malestar profundo que ya teníamos como sociedad y que se ha agravado con la pandemia. Comprender las rápidas reconfiguraciones de poder, discursos y alianzas internacionales, que aún se ven claramente, pero que luego serán aceptadas y metabolizadas en la organización de la vida cotidiana. Será un año que necesitará unir las batallas de los oprimidos y construir entre todos un sentimiento común que nos permita visualizar, nombrar y empezar a actuar coordinados hacia un horizonte distinto del que se está proclamando como la única opción.

Por un lado, se propone the great reset, el gran ajuste, es decir, el “giro ético del capitalismo”. Así lo llama el primer número de The Time del año junto al Foro Económico Mundial, convocando a pensadores que llenan páginas sobre un nuevo capitalismo: verde, que incorpora el valor social, que apunta a la revolución del comercio en línea, que propone construir ciudades adaptadas al cambio climático, una industria tecnológica de punta, entre otras propuestas.

Sin embargo, la novedad que ha evidenciado la pandemia es la gran inyección de recursos que se le solicita a los estados, es decir que la reconversión del capitalismo la pagaremos entre todos. Esto ya sucedía antes de la covid-19. Un ejemplo claro es lo que en Europa se llama el Green New Deal, que parte de la idea de confeccionar un paquete de programas y políticas con fondos públicos que cumplan con el compromiso europeo para alcanzar los objetivos de la COP21 de reducir el impacto del sistema industrial en el ambiente. Esto responde a la profunda crisis ecológica y social del modelo, y debería redireccionar la economía a ser sostenible y generar trabajo, con una inversión de dinero público hacia las empresas europeas, colocándolas a la vanguardia en áreas que otros países y continentes no hubieran aún explorado. La reconversión a energías no fósiles es fundamental, pero claramente por sí sola no cambia las formas de acumulación del capital, ni el extractivismo de materias primas, o el trabajo precario y la concentración de la propiedad de los medios de producción, entre otros factores.

Todo parece apuntar a que el capitalismo no se rinde frente a una de sus crisis más importantes. Según los datos del “Global Wealth Report 2020”, de Credit Suisse, sólo 15 empresas transnacionales controlan 50% de la producción mundial, y si esto no bastara para entender que tanto el viejo como el nuevo capitalismo responden a la acumulación por desposesión, el mismo informe nos confirma que al día de hoy 1% de la población posee 43,4% de la riqueza global. Entonces, se puede decir que no hay nada de nuevo en estas propuestas “transformadoras”, aunque utilicen en el discurso los términos “revolución”, “innovación” o “reinventar el capitalismo poscovid-19”.

Una gran parte de la batalla se da en el imaginario, y la crisis del consumo ha sido profunda. Un claro ejemplo son las subvenciones directas al consumo por primera vez en países como Italia: es decir, dar dinero a las familias para comprarse alimentos y aparatos electrónicos, para utilizar medios de transporte, para irse de vacaciones, para contratar niñeras/os que les permitan seguir trabajando. Los miedos eran al menos dos: que uno de los componentes más importantes de la cadena de la producción de masas, los consumidores, se quebrara; y arriesgarse a que la ilusión de una vida construida sobre el consumo superficial tuviera una crisis profunda, y tendiera a interrogarse en lo más íntimo si era realmente necesario ese estilo al precio de destruir el planeta y causar la muerte de los seres queridos.

La novedad que ha evidenciado la pandemia es la gran inyección de recursos que se le solicita a los estados, es decir que la reconversión del capitalismo la pagaremos entre todos.

Entonces, el debate pendiente en Uruguay, pasadas las elecciones, y tomando nosotros también la pandemia como excusa refundacional de un diálogo entre toda la sociedad, debería ser retomar las preguntas que nos hicimos el 13 de marzo de 2020, cuando nos sorprendíamos por el encierro y por el aparente colapso de todo lo conocido.

En ese momento nos encontramos entre varios colectivos y personas preocupadas por afrontar de manera colaborativa los desafíos que se presentaban, se multiplicaron plataformas virtuales de apoyo a iniciativas ciudadanas creativas que daban respuestas autoorganizadas a los desafíos sociales y económicos del aislamiento voluntario. Nos preguntamos qué hacer con la alimentación y surgieron las ollas populares, se reforzó el Mercado Popular de Subsistencia, nacieron plataformas de distribución del movimiento de agroecología y de la agricultura familiar y consumo crítico, entre otras.

Luego, la pandemia pareció alejarse, los casos se controlaron. Las ollas populares y los movimientos de base siguieron firmemente con la autoorganización y las redes de apoyo indispensables, dada la situación de vulnerabilidad. Otros adoptaron, con un enorme esfuerzo, los protocolos en el trabajo y el “encierro” en las relaciones permitidas, las burbujas, que se han vuelto la única certeza en que nos movemos. Pero la mayor parte de la población siguió con una vida en la “nueva normalidad”, en que el virus parecía un telón de fondo de una película que observamos pasivamente, sin poder liberar nuestras energías para mejorar nuestras condiciones en lo cotidiano.

Esta tensión omnipresente y desorientadora de la crisis de la covid-19 genera sobre todo, como señala la filósofa italiana Federica Giardini, una condición de incerteza, una tensión afectiva, pasional, del humano en fase de crisis que observa la distensión temporal de la propia existencia, es decir, el no saber cuándo será la salida de esa incerteza que condiciona el sentido del futuro. No nos alejamos mucho de lo que Hobbes identificó como el anhelo de seguridad, aunque este fuera concedido a cambio de una obediencia silenciosa. Es un cambio de perspectiva relevante. Más que el miedo, que parece evocar una reacción a una causa, la incerteza –entendida como un afecto aún más elemental– nos habla de desorientación, de pérdida de control, de incógnitas.

Un miedo sin agresiones. La incerteza es la señal afectiva de la experiencia de elementos, causas, sujetos, circunstancias que no podemos controlar con nuestra voluntad. En un mundo que acentúa el individualismo, el éxito o el fracaso personal, el sentimiento de desorientación es doble, y el capitalismo nos ofrece “certezas” para volver a tener ese control individual sobre nosotros y nuestro futuro. Seguir creyendo en él, al costo del sacrificio actual de nuestra libertad para soñar y construir mundos distintos, al costo de buscar “culpables” entre nosotros, en una “guerra de todos contra todos” que no nos permite ver la necesidad de colaborar, sería, además de peligroso, una ocasión desperdiciada.

Las alternativas existen. En 2020 hubiera tenido lugar el Primer Foro Mundial de Economías Transformadoras en España, en que las redes de emprendimientos cooperativos de todo el mundo buscaban afianzar la narración de un nuevo modelo emergente. En 2019, el informe del World Cooperative Monitor reportaba un crecimiento en los sectores de la agricultura y el comercio del mundo cooperativo. A nivel mundial, las cooperativas cuentan con más de 1.000 millones de socios, en una población mundial de 7.700 millones, según el último informe al respecto de las Naciones Unidas. Las cooperativas generan 100 millones de empleos, pero además en estos datos no se considera el mundo asociativo sin fines de lucro, el activismo, la agricultura familiar, así como las redes de cuidados no formales y otras formas de cooperación que cuidan el planeta, mantienen la diversidad cultural y desarrollan actividades productivas y de consumo responsable.

¿Qué sacudón debería darnos el inicio de un año nuevo? Los meses que tenemos por delante necesitan un radical cambio de actitud respecto de las formas en que se ha afrontado hasta ahora la emergencia sanitaria y económica. Esto significa que al inicio del año deberíamos profundizar las discusiones iniciadas el 13 de marzo de 2020, pensando en cómo convivir con la covid-19, con esta enfermedad limitante, pero hoy conscientes y decididos a no renunciar a construirnos una calidad de vida para lo que debería ser un hito en una transición larga hacia otros modelos.

Necesitamos un nuevo slogan. En 2020 fue “quedate en casa”, que, como forma radical de demostrar la importancia y gravedad del contagio y el posible colapso de los sistemas de asistencia médica, era el mensaje más apropiado. Pero para 2021, tal vez “cuidémonos y actuemos juntos hacia la transición” es la actitud que necesitamos para aliviar el sufrimiento que crea el sentimiento de incerteza e impotencia actual y para liberar energías, asociarnos con otros, recobrar la calidad en cada ámbito de nuestras vidas y caminar hacia horizontes compartidos de reconversión ecológica y social.

Adriana Goñi es doctora en Urbanismo, profesora adjunta del Instituto de Teoría y Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República.

martes, 5 de mayo de 2020

Enfrentaremos peores pandemias si no protegemos la naturaleza.

Imagen: Shutterstock.com

por Josef Settele, Sandra Díaz, Eduardo Brondizio y Dr. Peter Daszak. 

Los humanos son la única especie responsable de la pandemia de COVID-19, aseguran prestigiosos científicos.

NHM, 3 de mayo, 2020.- Un artículo describe cómo el abuso del mundo natural por parte de la humanidad ha causado una "tormenta perfecta", permitiendo que patógenos mortales se propaguen por todo el mundo.

El documento publicado por la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), advierte que podría haber algo aún peor en camino: enfrentarnos a pandemias más frecuentes a menos que abordemos las causas profundas de ésta, que ya ha afectado a millones de personas en todo el mundo.

Nuestra mala relación con la naturaleza

La IPBES es un grupo global que estudia la biodiversidad o la variedad de vida en la Tierra. Respaldada por las Naciones Unidas, examina cómo interactúan los humanos y la naturaleza y hace recomendaciones a los gobiernos sobre cómo ambos pueden prosperar.

Varios científicos del Museo trabajan junto a expertos de la IPBES, que incluso en un informe histórico en 2019 advirtió que los humanos enfrentaremos graves consecuencias si continuamos ejerciendo presión sobre los recursos naturales.

Se descubrió que la salud de los ecosistemas de los que todos dependemos se está deteriorando más rápidamente que nunca debido a cómo los humanos explotan y contaminan la naturaleza.


Uno de los mayores problemas que enfrentamos es la cantidad de superficie de la Tierra destinada a la producción de alimentos. Más de un tercio de la superficie terrestre del mundo y casi el 75% de los recursos de agua dulce ahora se dedican a la producción agrícola o ganadera, lo que reduce los lugares silvestres de la Tierra y presiona a las especies nativas. 

Ahora, los colegas han dado seguimiento aquella advertencia anterior y han echado la culpa de la crisis del COVID-19 a la puerta de los sistemas capitalistas globales que priorizan el dinero sobre el bienestar humano.

Según el informe de 2020 de cuatro investigadores líderes en biodiversidad, "enfermedades como COVID-19 son causadas por microorganismos que infectan nuestros cuerpos, con más del 70% de todas las enfermedades emergentes que afectan a las personas originadas en la vida silvestre y los animales domésticos".

Sin embargo, las pandemias son causadas por actividades que ponen en contacto directo a un número creciente de personas y, a menudo, entran en conflicto con los animales que portan estos patógenos.

"La deforestación desenfrenada, la expansión incontrolada de la agricultura, la agricultura intensiva, la minería y el desarrollo de infraestructura, así como la explotación de especies silvestres han creado una 'tormenta perfecta' para la propagación de enfermedades desde la vida silvestre a las personas".

Uno de los mayores problemas que enfrentamos es la cantidad de superficie de la Tierra destinada a la producción de alimentos. Más de un tercio de la superficie terrestre del mundo y casi el 75% de los recursos de agua dulce ahora se dedican a la producción agrícola o ganadera, lo que reduce los lugares silvestres de la Tierra y presiona a las especies nativas. 

También obliga a los animales salvajes a acercarse aún más a los humanos, por lo que es cada vez más probable que las enfermedades hagan el salto entre los dos.


Sin embargo, los científicos advierten que, incluso a medida que se reactiven las economías, las regulaciones ambientales deben ser prioritarias en todas las listas de prioridades de los gobiernos. 

El pensamiento actual es que es probable que el comercio no regulado de animales salvajes haya sido el catalizador de la pandemia de COVID-19, que comenzó en un mercado de animales vivos. 

Los científicos aún no están seguros de qué especie transmitió el virus a los humanos, pero es cierto que la forma en que tratamos a los animales juega un papel importante en cómo comienzan y se propagan las enfermedades contagiosas.
La amenaza permanece

El COVID-19 puede ser solo el comienzo, ya que el informe advierte que "es probable que las futuras pandemias ocurran con mayor frecuencia, se propaguen más rápidamente, tengan un mayor impacto económico y maten a más personas si no tenemos mucho cuidado con los posibles impactos de las elecciones que tenemos que hacer hoy".

Los gobiernos de todo el mundo ya están considerando cómo reparar parte del daño que el COVID-19 ha causado.

Sin embargo, los científicos advierten que, incluso a medida que se reactiven las economías, las regulaciones ambientales deben ser prioritarias en todas las listas de prioridades de los gobiernos. 

Sostienen que en lugar de apresurarse a entregar paquetes de rescate a industrias perjudiciales, los gobiernos deberían encontrar una manera de equilibrar el crecimiento económico y mantener a sus ciudadanos a salvo de daños.

Se sugiere un enfoque de "una sola salud", en el que los gobiernos reconocen que la salud de la humanidad depende de un medio ambiente saludable.

Y concluye: "Podemos reconstruir mejor y salir de la crisis actual más fuertes y resistentes que nunca, pero hacerlo significa elegir políticas y acciones que protejan la naturaleza, para que la naturaleza pueda ayudar a protegernos.

Lea el artículo completo en el sitio web de IPBES. Fue escrito por Josef Settele, Sandra Díaz, Eduardo Brondizio (copresidentes del Informe de Evaluación Global IPBES 2019 sobre Biodiversidad y Servicios de Ecosistemas) y el Presidente de EcoHealth Alliance, Dr. Peter Daszak. Los científicos del Museo de Historia Natural no estuvieron involucrados.
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domingo, 26 de abril de 2020

Propuestas realistas para que la época del coronavirus sea la del cambio.



Fortalecimiento de la democracia, desmantelamiento de la carrera armamentista, reforzamiento de la cooperación global, transformación de la arquitectura financiera mundial, configuración de la economía con criterios sociales y ecológicos, valoración del bien común como primer mandamiento, las deuda de los sistemas de salud y la seguridad social; son las propuestas del economista Hans-Jürgen Burchardt para que la época del coronavirus sea la del cambio.

Por Hans-Jürgen Burchardt*

Nueva Sociedad, 24 de abril, 2020.- El coronavirus ha desnudado las desigualdades del capitalismo y ha mostrado más claramente el sufrimiento de los países de América Latina. Esta crisis puede abrir el camino hacia una redefinición del orden mundial que establezca criterios de justicia, igualdad y transformación social y ecológica. Para eso, habrá que dar una dura batalla.

Las imágenes de los muertos en las calles de la ciudad de Guayaquil, en Ecuador, o en los abarrotados estadios-hospitales en Brasil, serán recordadas por mucho tiempo. Pronto se leerá: «El virus fue mortal. Era rápido como un rayo, invisible e imparable. Particularmente insidioso, pérfido: se alimentaba de los viejos y los débiles».

Así, o similares, serán las narraciones que un día describan la crisis en la época del coronavirus. Se hablará de «época», porque una cosa está clara: para cuando hayamos enterrado a nuestros muertos y hayamos hecho nuestros duelos, ya todo habrá cambiado. Es por eso que vale la pena ir pensando, desde ahora, en lo que estamos viviendo.

La política también mata. Desde el decenio de 1980, la política ha avanzado decidida y convincentemente, sin límites ni sensibilidad. Desde entonces, tanto en América Latina como a escala internacional, se ha volcado hacia la optimización de las condiciones de los mercados financieros, de las grandes fortunas y de las empresas. Abrió la puerta a la globalización económica y obstaculizó su regulación social y ecológica. En todo el mundo se descuidaron las políticas de protección social y se destruyó el medio ambiente.

Con el desarrollo del neoliberalismo, muchos fueron lanzados a la pobreza. Hoy en día, miles de millones de personas en todo el mundo viven en la miseria. Este ha sido un escenario particularmente obsceno porque se ha producido, además, bajo la bandera de la prosperidad, la libertad y la democracia.


No solo mata el altamente infeccioso coronavirus. También son letales las profundas trincheras de la desigualdad social, la miseria material de gran parte de la población y la completa ausencia o fragmentación de los servicios sociales. 

No solo mata el altamente infeccioso coronavirus. También son letales las profundas trincheras de la desigualdad social, la miseria material de gran parte de la población y la completa ausencia o fragmentación de los servicios sociales. Todas estas son cuestiones que la política ha ignorado, tolerado o, incluso, promovido.

Al igual que en Estados Unidos o en Europa, en América Latina las vidas se pierden no solo por la agresividad de un virus, sino por la fractura social, la sobrecarga laboral y la ausencia de financiación de los servicios de cuidado y de salud.


En América Latina –como en la mayoría de las demás regiones del Sur global–, el distanciamiento social es una terapia de lujo que solo una minoría puede permitirse. 

En América Latina –como en la mayoría de las demás regiones del Sur global–, el distanciamiento social es una terapia de lujo que solo una minoría puede permitirse. Más de la mitad de la población económicamente activa de la región trabaja en la economía informal. La subsistencia de familias enteras depende de su desempeño en calles y mercados.

Por lo tanto, la cuarentena y la interrupción del trabajo significan hambre, inanición o incluso la muerte. Esto alimenta la escalada social, la violencia y los conflictos políticos. Además, el virus no distingue fronteras ni estratos sociales. Las clases medias y altas también sufren recortes y sienten, por primera vez, lo dependientes que son sus privilegios de sus mal pagados empleados. Por eso la cuarentena no puede ser la única respuesta para el contexto latinoamericano.

La crisis del coronavirus, que pone en cuarentena a un tercio de la población mundial, está llevando a muchas familias a los límites de su resiliencia. La cuarentena, sin embargo, también abre espacios para pensar en nuestro mundo después del coronavirus.

Seguimos sin estar preparados. Nos encontramos inseguros y asustados. Pero quizás podamos, al menos, ganar algo nuevo durante la desaceleración forzada, sobre todo desde los lugares donde no hay una lucha diaria por la supervivencia: una reflexión sobre el futuro.


La «coronacrisis» legitima la concentración del poder en el Ejecutivo y vuelve seductoras las medidas autoritarias y represivas. 
Fortalecer la democracia

En la actualidad, muchos países se encuentran en circunstancias excepcionales y requieren medidas de ese mismo tipo. Los Estados del mundo parecen estar respondiendo al llamado del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, y están declarando la «guerra al coronavirus». Sin embargo, muchas medidas, como las operaciones militares, los toques de queda y las prohibiciones de reunión, traen consigo recuerdos desagradables de tiempos que creíamos que habían pasado. Los Estados de América Latina saben muy bien cómo se manejan las guerras, especialmente las domésticas. La «coronacrisis» legitima la concentración del poder en el Ejecutivo y vuelve seductoras las medidas autoritarias y represivas. ¿Cuánto se socava la democracia en esta lucha contra el coronavirus? Una acción decisiva es tan indispensable como mantener la máxima transparencia en la información sobre las medidas y su aplicación. Los derechos democráticos no deben ser restringidos en tiempos de crisis. Se debe prestar especial atención a la participación social y política y a las minorías.


Europa y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) deberían ser los abanderados y frenar la actual carrera armamentista. 
Desmantelando la carrera armamentista 

La lucha contra el virus como «enemigo invisible» ha estado, con demasiada frecuencia, plagada de metáforas bélicas por parte de los gobernantes de Estados Unidos, Europa, China e incluso por los líderes de América Latina. Pero el coronavirus no conoce fronteras nacionales y no puede ser derribado con disparos. Quien quiera derrotarlo debe ajustar sus estrategias: un primer paso sería la suspensión inmediata de todas las acciones bélicas, seguida del cese de todas las acciones militares amenazantes, como las de Estados Unidos hacia Venezuela. Otra medida debería reorientar de forma inmediata los fondos de los gastos militares hacia la financiación de la salud pública mundial. Actualmente, los gastos para armamentos ascienden a 1,8 billones de dólares. Con fondos de esta magnitud no solo se logrará combatir el coronavirus, sino también establecer una atención médica básica en muchos países del Sur global. Esta propuesta tiene implicancias concretas para América Latina, en tanto el gasto militar de la región en 2018 aumentó en 3% en comparación con el año anterior. Con un gasto de alrededor de 1,5% del PIB, Brasil es actualmente el país que más está invirtiendo en armamento. Quien decide sobre los armamentos es exclusivamente el Estado. Europa y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) deberían ser los abanderados y frenar la actual carrera armamentista.


La pandemia es, por lo tanto, una advertencia para fortalecer y ampliar nuevamente el multilateralismo. 
Reforzar la cooperación global

La pandemia transfronteriza exige una respuesta mundial coordinada. El aterrorizante número de muertos en Estados Unidos da un nuevo y brutal significado al postulado de «América primero». Nos recuerda que los esfuerzos nacionales aislados no han podido prevenir ni evitar la propagación del virus. Por el contrario, estas posturas están exacerbando sus consecuencias. Una respuesta internacional concertada habría frenado y contenido la difusión del virus. Pero la cooperación multilateral ha perdido influencia en estos últimos años. La pandemia es, por lo tanto, una advertencia para fortalecer y ampliar nuevamente el multilateralismo.

En la lucha contra la pandemia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha demostrado –a pesar de todas las criticas recientes– la eficacia de la cooperación multilateral. El Fondo Monetario Internacional (FMI), en cambio, hace alarde de su desprecio por la humanidad cuando se niega a ayudar a un país como Venezuela, que ha sido asolado por una catástrofe social. Las lecciones son simples: más recursos y más democratización para la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y para las organizaciones regionales e internacionales, suspensión inmediata de todas las sanciones contra países como Irán, Cuba o Venezuela por motivos humanitarios. Se necesita rápidamente condonar la deuda de los países vulnerables, a través del FMI y el Club de París. También con este fin resulta necesario el establecimiento de un amplio fondo de ayuda internacional para el Sur global. La propuesta de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo de un Plan Marshall global de 2,5 billones de dólares es un paso en la dirección correcta. Todo sistema sanitario débil crea residuos locales para el virus, a través de los cuales nuevas olas pandémicas se propagarán globalmente a mediano plazo.
Transformar la arquitectura financiera mundial

En la última crisis financiera, los responsables (los grandes bancos y otros actores globales) solo fueron rescatados gracias a una drástica intervención estatal. Esta experiencia no ha frenado a estos sectores en su insaciable búsqueda de ganancias: el número de multimillonarios en todo el mundo casi se ha duplicado desde 2008. Incluso ahora se ha intentado sacar provecho de la crisis del coronavirus, como lo ha demostrado la especulación contra el euro. Los instrumentos económicos solo pueden, en escasa medida, alinear los mercados financieros con la financiación de los servicios públicos o con las inversiones ecológicas. Por lo tanto, debemos erradicar las ideas neoliberales de austeridad e implementar préstamos públicos masivos, que deben ser garantizados internacionalmente por el FMI y los bancos regionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).


Es hora de asumir la responsabilidad de estos superricos y aumentar sus tasas tributarias. Desde el punto de vista técnico, su implementación no es tan difícil. 

Al mismo tiempo, necesitamos una regulación democrática de los mercados financieros mediante controles más estrictos de los créditos y las transferencias de capital. Las ganancias de los activos y del capital deben ser gravadas más fuertemente. Según Oxfam, alrededor de 2.150 multimillonarios tienen ahora más riquezas que 60% de la población mundial. Es hora de asumir la responsabilidad de estos superricos y aumentar sus tasas tributarias. Desde el punto de vista técnico, su implementación no es tan difícil. De hecho, cada país de América Latina puede hacerlo por sí mismo. Lo relevante de la cooperación internacional es que puede drenar a los paraísos fiscales y evitar la fuga de capitales. El debilitamiento de la Bolsa de Valores de Londres está abriendo excelentes oportunidades en esta dirección.
Configurar la economía con criterios sociales y ecológicos

Hoy en día, es en Estados Unidos y Europa donde se están elaborando los mayores paquetes de apoyo económico después de la Segunda Guerra Mundial. También en algunos países latinoamericanos como México se pretende contener los efectos económicos de la crisis mediante programas de ayuda gubernamentales. Este apoyo es esencial para amortiguar los efectos de la crisis. El tiempo del coronavirus debe convertirse en el tiempo de un nuevo New Deal mundial, que no solo incluya a todos, sino que comprometa a todos (incluidas las empresas y los ricos) y en el que el Estado democrático no solo despeje el camino, sino que marque el ritmo y establezca los objetivos.

Es sorprendente lo poco imaginativos que han sido hasta ahora los programas de muchos gobiernos. Sus enfoques principales han sido la estabilización y el mantenimiento sistémico. Pero especialmente ahora hay oportunidades extraordinarias para comprometer más fuertemente toda la economía con formas de producción ecológicamente compatibles, para reducir el transporte privado en favor de la movilidad pública, para ampliar las fuentes de energía sostenible, etc. También hay que velar por que se preste un apoyo especial a la economía local, a las pequeñas y medianas empresas y a las economías regionales y por que se acorten las cadenas de suministro y producción, en particular en lo que respecta a los criterios de sostenibilidad.

Este es el momento en que América Latina puede realinear su matriz productiva, reflexionar sobre el potencial del mercado interno y reducir la dependencia de las exportaciones de materias primas, las remesas y el turismo. Sin renunciar drásticamente al comercio mundial, que a través de una ponderada e inteligente regulación puede generar efectos de bienestar para todos, los gobiernos deberían considerar hasta qué punto una re-regionalización de ciertas relaciones económicas no solo sería buena para el clima. La noticia de que ciertos países alcanzarán inesperadamente sus objetivos climáticos debido a la «coronacrisis» solo parece cínica a primera vista. Lo que hay que proyectar ahora es un cambio social que sea tanto ecológico como socialmente decente, como sugieren los enfoques de la llamada «transición justa».
El bien común como primer mandamiento

Si no es solo el coronavirus lo que mata, sino también el descuido de nuestros bienes comunes, debemos finalmente dedicar suficientes recursos a nuestros servicios públicos. Aquí, las actividades reproductivas del cuidado deben ser revalorizadas. 18 millones de personas en América Latina (7% de la fuerza de trabajo) se desempeñan en el servicio doméstico. Más de 90% de ellas son mujeres y casi 80% están empleadas sin contrato de trabajo, sin seguridad social y con salarios bajos. Los indígenas y los negros están sobrerrepresentados en este grupo.

Solo la crisis del coronavirus les ha atribuido a estas actividades la importancia que siempre han tenido para todos nosotros: son «sistémicamente relevantes». La OMS estima que habría que cubrir alrededor de seis millones de puestos de trabajo a escala mundial en el sector del cuidado para poder cumplir la meta para 2030 de garantizar el objetivo 3 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) vinculado a la salud y el bienestar. Grandes zonas de América Latina, también experimentan el grave impacto de esta escasez.
La deuda de los sistemas de salud

Lo más imperioso en esta coyuntura es poner aceleradamente los fracturados y disfuncionales sistemas de salud en condiciones de poder hacer frente a la avalancha de enfermos de Covid-19. Sin embargo, para el escenario latinoamericano, esto sería una tarea titánica, pues apenas hay servicios públicos eficientes. Esto claramente demuestra otras de las limitaciones de los gobiernos progresistas de América Latina de los dos últimos decenios. Aun cuando han sacado a muchas personas de la pobreza, no han utilizado los enormes ingresos del boom de las materias primas para construir sistemas de salud pública robustos y consolidar las garantías de derechos sociales. La situación actual de Venezuela es particularmente trágica a este respecto, pero los países con sistemas de atención de salud de amplia cobertura, como Cuba y Uruguay, también están siendo sometidos a una enorme prueba de estrés debido al alto nivel de envejecimiento de sus sociedades.
Seguridad social

En los países con una atención sanitaria deficiente y una elevada proporción de economía informal, solo quedaría la alternativa de una ayuda inmediata y directa para la seguridad básica de la población pobre. La experiencia de los gobiernos progresistas que implementaron políticas de transferencias de ingresos (como el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff) ha demostrado que esas medidas pueden ser muy eficaces y tienen bajos costos (en promedio, menos de 1% del PIB nacional). La creatividad para trazar estrategias de garantías de seguridad básica ha quedado demostrada por el presidente de El Salvador, quien no solo ordenó una cuarentena de un mes en un plan de emergencia, sino que al mismo tiempo decretó una amplia equiparación de cargas (como la suspensión de pagos de alquileres, préstamos, electricidad, etc.), lo que garantiza una red de protección básica para los más pobres. También el gobierno argentino sostiene una amplia política social de emergencia, Esta política contrasta con la adoptada por Chile, que implementó un paquete económico que supuso un notable 4,7% del PIB, pero que ofrece pocas medidas para los vulnerables. En aquellos países donde no se han implementado estrategias de seguridad básica adecuadas –o donde no ha existido la voluntad política–, los resultados pueden no ser los más deseados. El costo de la sangre será imperdonablemente alto, como muestran las dramáticas imágenes de Guayaquil.

Después de la crisis del coronavirus, el objetivo debe ser construir una estructura pública lo más universal posible, mediante una inversión masiva en infraestructura de salud, cuidado, educación, protección social, servicios básicos, transporte y fortalecimiento de las zonas rurales. Esto solo puede lograrse a través del espíritu colectivo. Aquí es donde las elites económicas de América Latina tienen un primer deber. En algunos países, su concentración de riqueza corresponde a 60% del PIB nacional. Apenas se pagan impuestos por estas enormes fortunas. En la región, los ingresos estatales en concepto de impuesto al patrimonio corresponden a menos de 2% del PIB. En comparación, en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se sitúan en torno de 8%. Los gobiernos progresistas de los dos últimos decenios no han logrado establecer un sistema fiscal justo en ninguno de los países de la región.

El tiempo del coronavirus es un momento para tomar decisiones aquí y ahora. La pandemia ha privado a las elites de su exit option más importante: pueden todavía enviar su dinero a Estados Unidos, pero no pueden acompañarlo. Este es un buen momento para ganarse al 10% más rico de la región, para lograr un equilibrio en la carga pública, algo de lo que ellos también pueden beneficiarse. Los virus como el del Covid-19 no pueden ser detenidos por los seguros privados o los muros de las comunidades cerradas. Lo que necesitamos en el futuro es un buen cuidado para todos y con todos.

Pero no nos engañemos: ¡después de la crisis, será el antes de la crisis! Las ondas de choque con las que el coronavirus hace explotar esta América Latina fracturada no garantizan ningún cambio. Las crisis son procesos en los que las constelaciones sociales, económicas, culturales y políticas se sacuden, se rompen y se crean nuevas constelaciones. Pero las existentes pueden fortalecerse de la misma manera.

Todos estamos pagando las facturas de la crisis. ¿Todos? Si después de la crisis volvemos a caer en los viejos patrones, los mercados financieros y los bancos pronto volverán a dominar y las políticas de austeridad se harán presentes y conducirán a recortes sociales que se cobrarán la vida de más personas de las que ya se ha llevado el Covid-19. Nuestros servicios sociales se agotarán aún más y ofrecerán cada vez menos protección. Si la próxima pandemia –o el cambio climático, que tampoco conoce fronteras– llega y ataca a estos últimos restos de la humanidad, es poco probable que nuestros hijos se salven una vez más.

Todos decidimos hoy qué historia hay que contar. La época del coronavirus debe ser la del cambio.

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*Hans-Jürgen Burchardt* es economista y científico social alemán. Actualmente es Profesor Titular de Relaciones Internacionales e Intersociales en la Universidad de Kassel. 
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Fuente: Publicado en abril de 2020 en la Revista Nueva Sociedad: https://nuso.org/articulo/coronavirus-futuro-propuestas-cambio/

sábado, 25 de abril de 2020

Los migrantes, los más vulnerables ante el cierre de fronteras.

Foto: OIM / Rafael Rodríguez. Una caravana de migrantes llega la localidad de Matías Romero en Oaxaca el 1 de noviembre de 2018, la mayoría en camino hacia la frontera sur de Estados Unidos.


Los equipos de derechos humanos de la ONU en la región centroamericana y en México piden que se proteja a los migrantes, refugiados y desplazados, así como otras personas en movimiento que se han quedado atrapados por la crisis del COVID-19, muchos en condiciones de hacinamiento y sin acceso a la salud y otros derechos humanos.

Noticias ONU, 24 de abril, 2020.- Algunas medidas adoptadas por los Gobiernos de Centroamérica y México para contener y prevenir la propagación de la pandemia de coronavirus están afectando desproporcionadamente a los migrantes, refugiados y desplazados en la región, alertó la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Los cierres de fronteras han provocado que numerosas personas, entre ellas niños y adultos mayores, se hayan quedado atrapadas en lugares fronterizos.

“Estas personas permanecen en campamentos improvisados, en situación de calle, en comunidades o centros de acogida, en los que no siempre se han implementado los protocolos sanitarios para protegerlas, según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud”, advierte en un comunicado la Oficina, que dirige Michelle Bachelet.

Por ejemplo, el cierre de la frontera de Panamá con Costa Rica, así como la de El Salvador y Honduras, ha provocado que migrantes queden atrapados en condiciones de hacinamiento y limitado acceso de salud, información, alimentación, agua y saneamiento.

“Panamá enfrenta un desafío particular por su posición geográfica y por el cierre de frontera con Costa Rica, que ha generado que más de 2500 personas migrantes irregulares permanezcan en el país”, asegura el equipo de Michelle Bachelet en México y Centroamérica.

También se ha documentado la presencia de personas migrantes centroamericanas que fueron llevadas hasta la frontera entre México y Guatemala, que permanece cerrada, y enfrentan dificultades para llegar por la vía regular a su país de origen.

Foto: UNICEF / Adriana Zehbrauskas. Migrantes en las afueras de Reynosa, México.
Sometidos al estigma

Las personas que están en movimiento, como los refugiados, los migrantes, los desplazados, apátridas y solicitantes de asilo, entre otros, son particularmente vulnerables a actitudes y comportamientos que las estigmatizan y discriminan y éstas se ven fomentadas por las narrativas que les asocian con la propagación de la COVID-19”, explicaron.

En Honduras, un Centro de Atención al Migrante Retornado tuvo que cerrar por protestas de la población local en contra del ingreso al país de estas personas por miedo a contagiarse.

La Oficina afirma que se debería considerar la posibilidad de suspender temporalmente los retornos forzados a la región durante la pandemia; establecer mecanismos para la regularización de personas y garantizar su pleno acceso a las medidas de protección y atención oportuna en salud.

“Sin embargo, de continuar con los retornos, éstos sólo podrían llevarse a cabo si cumplen con el principio de no devolución y con la prohibición de las expulsiones colectivas, así como con las garantías del debido proceso”, asegura el comunicado.

También ha pedido a los países que se ponga a los migrantes y demás personas en condición de movilidad en el centro de la respuesta contra la pandemia.

Foto: OIM / Rafael Rodríguez. Los emigrantes centroamericanos se desplazan con los medios que pueden a través de México para intentar alcanzar la frontera de Estados Unidos.
Un derecho de todos sin importar el estatus

Sin importar su estatus migratorio, todos deben tener acceso a la salud, la alimentación, la información en un idioma de su comprensión, el derecho a solicitar asilo y a una evaluación individual de otras necesidades de protección. Así mismo, se debe garantizar acceso a servicios básicos en igualdad de condiciones, sin discriminación y con perspectiva de género y enfoque diferenciado.

“Incluir a las personas migrantes en la respuesta a esta crisis es esencial para proteger no sólo los derechos de las personas migrantes, sino también la salud de la sociedad en su conjunto. Todos los países, tanto los de origen como los de destino, tienen la obligación de respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de los migrantes. Es fundamental que en las respuestas contra la COVID-19 predomine la solidaridad entre la comunidad internacional y los países fronterizos a lo largo de los corredores migratorios”.
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jueves, 23 de abril de 2020

Brasil registra un récord de fallecimientos con 407 en las últimas 24 horas.


Estados Unidos sigue siendo el foco rojo de la covid-19 y desde este jueves ya supera los 842.600 contagios, según los datos de la Universidad Johns Hopkins, con 46.785 muertes, la cifra de fallecimientos más alta del mundo hasta ahora. 

El presidente Donald Trump ha suspendido la tramitación de algunas ‘green cards’ durante dos meses porque considera a los inmigrantes como un “riesgo para el mercado laboral de EE UU”. El epicentro latinoamericano está en Brasil, que suma 407 muertos en las últimas 24 horas y alcanza los 3.313 decesos. 

El nuevo ministro de Salud de este país ha elegido a un general como su número dos. México, donde el número de contagios ha escalado a 10.544 y la cifra de muertos a 970, entró en la fase más crítica de la epidemia. El Gobierno ha anunciado que reducirá el gasto público y los salarios más altos para hacer frente a la crisis. 

Ecuador suma ya 22.160 diagnósticos positivos tras procesar las pruebas pendientes y se ubica como el segundo país con más contagios de la región después de Brasil. 

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha alertado sobre una “crisis de derechos humanos” a raíz del coronavirus y ha urgido a los Estados a garantizar protecciones básicas para todos los ciudadanos y a no abusar de las medidas de emergencia.

En el mundo, hay más de 2,6 millones de contagiados y 184.643 muertos por el virus, según el conteo de la Universidad Johns Hopkins.

Perú acumula 20.914 contagios y 572 muertes.

Colombia supera los 4.350 casos positivos y más de 200 decesos.

En Chile, han fallecido 168 personas y hay 11.812 casos confirmados.

Fuente: elpais.com