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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Reflexión Cristiana sobre la Caravana hacia USA.


Ismael Moreno, S.J. (Padre Melo)

La Caravana es un fenómeno social migratorio que ha desbordado cualquier previsión política e institucional. Es noticia mundial. En todos los medios internacionales, que nunca dicen nada de Honduras, hoy la han puesto en el ojo del huracán noticioso. Es un fenómeno que ha desbordado a las iglesias, a los sectores de la sociedad civil, a las ongs y a los gobiernos. Es una avalancha que en sus inicios de esta etapa dramática comenzó con unos cuantos centenares de hondureños hasta convertirse en un número incontable, creciente e incontrolable, a la que se responde con sencillos gestos solidarios, generosos y espontáneos por parte de la gente que ve a los migrantes pasar, hasta con las respuestas de más alto nivel militar como lo amenaza la administración Trump, y como lo está haciendo el régimen hondureño al tratar de crear infructuosamente una muralla policial en la frontera entre Honduras y Guatemala.

Nació en la “Ciudad Juárez del sur”

No es solo una caravana. Es un fenómeno social liderado por miles de pobladores rurales y urbanos empobrecidos que se manifiesta en amplias y masivas caravanas espontáneas e improvisadas, sin más organización que la que aconseja la sobrevivencia y la manifiesta decisión de avanzar hacia el norte hasta alcanzar territorio estadunidense. No es la primera vez. El año pasado, 2017, en el mes de abril hubo una caravana de unos 800 centroamericanos, con un 75 por ciento de hondureños. A su vez, existe un movimiento de unos 300 hondureños que diariamente buscan cruzar la frontera de Aguascalientes, entre Honduras y Guatemala, muchos de ellos se van quedando en el camino.

Esta avalancha humana y social explotó como una poderosa bomba expansiva con una noticia de segunda o de tercera importancia justamente en la ciudad de San Pedro Sula, conocida mundialmente como una de las más violentas, y que diversos investigadores y analistas suelen llamarla como la “Ciudad Juárez del Sur”, por su similitud con el boom de las maquilas que en esta ciudad mexicana fronteriza con el El Paso, Texas, se promocionó en la década de los setenta del siglo veinte, como respuesta a la pobreza, dejando lo que ya todo mundo conoce como subproductos: un interminable aluvión de migración interna, violencia delincuencial juvenil, el narcotráfico. ¿Cuál fue la noticia? Un grupo de unos 200 hondureños anunciaron que organizaban una caravana para emigrar hacia el norte, saliendo de la terminal de autobuses de San Pedro Sula, en la costa atlántica hondureña, el sábado 13 de octubre.
¿Quién la empujó?

En el inicio, la caravana identificó el nombre de Bartolo Fuentes, un líder social y político con sede en la ciudad de El Progreso, quien dejó dicho en una entrevista a los medios de comunicación locales, que se uniría por unos días. Bartolo Fuentes estuvo acompañando como periodista la caravana de abril del año 2017. Siendo además un político del partido LIBRE (Libertad y Refundación), de la oposición, Bartolo Fuentes se convirtió con los días en “chivo expiatorio”. Así lo acusó en rueda de prensa la titular de Relaciones Exteriores mientras se hizo acompañar de la Ministra de Derechos Humanos. “Bartolo Fuentes es el responsable de la caravana, él organizó e instigó a muchas personas hasta manipularlas y conducirlas en este trayecto peligroso”, al tiempo que hizo un llamado al Ministerio Público para que procediera en contra de la persona a la que el régimen descargó toda la responsabilidad como representante de la oposición política radical de Honduras. Como ocurre con todo, el nombre de Bartolo quedó atrás, y fueron surgiendo otros chivos expiatorios, todavía más poderosos que un líder social y político local y nacional.

Cuando la caravana cruzó la frontera en el puesto de Aguascalientes rumbo a Guatemala, ya sumaban unas cuatro mil personas, las que lograron romper el cerco que la policía tanto de Honduras como de Guatemala había establecido en el puesto fronterizo. Y así fue en aumento en la medida que cruzaba territorio guatemalteco y se acercaba a la frontera mexicana. El régimen hondureño, sin duda con financiamiento del gobierno de los Estados Unidos, implementó un plan entre los días 17 y 20 de octubre con el propósito de convencer a los migrantes a retornar al país. Logró que algunos centenares aceptaran, muchos de los cuales fueron transportados en buses, y otros por puente aéreo, y a cada persona se le prometió ayuda inmediata y un paquete de servicios posteriores. Cuentan testigos que no pocas de las personas que se transportaban en el supuesto retorno eran activistas del Partido Nacional que sirvieron de carnada, y sobre todo, de publicidad oficial. No obstante, a partir del día 23 de octubre y con cifras que aumentaban según pasaban los días, ya hablaba de un número de 10 mil migrantes cruzando territorio chiapaneco, en la República mexicana.
Una olla de presión

El gobierno hondureño acusa a la oposición y a grupos criminales como responsables de las caravanas con propósitos políticos desestabilizadores. A esta acusación se une el gobierno de los Estados Unidos, el cual ha llegado al extremo de acusar al Partido Demócrata de instigar y financiar a grupos políticos y criminales para que los migrantes invadan territorio estadunidense con el fin de desestabilizar al gobierno. Todas estas acusaciones no tienen asidero real. El fenómeno de las caravanas es la expresión de la desesperación de una población para la cual cada vez resulta más arriesgado vivir en un país que niega empleo, seguridad ciudadana y la orilla a vivir en un permanente estado de rebusca. La caravana es la explosión de una olla de presión que el gobierno hondureño en asocio con una reducida élite empresarial y transnacionales viene atizando desde hace al menos una década. Un gobierno que abandonó las políticas públicas sociales y las ha sustituido con programas de compensación social, al tiempo que consolida el modelo de desarrollo basado en la inversión en la industria extractiva y en la privatización y concesión de los bienes comunes y servicios públicos.
Estado y corrupción entendidos como negocio

A su vez, la administración pública está conducida por un sector de políticos que ha entendido el Estado como su negocio, han saqueado instituciones públicas, como el Instituto Hondureño del Seguro Social, el sistema de salud en general, la empresaria de energía eléctrica, entre muchas otras. Y se protegen a sí mismos con el control político del sistema de justicia. La población ha ido progresivamente experimentando indefensión y abandono, experiencia y sentimiento que se acrecentó con las elecciones de noviembre de 2017 cuando el gobierno se reeligió violando la Constitución de la República y se adjudicó un triunfo que de acuerdo a cerca del 70 por ciento de la población fue el resultado de un fraude organizado. La población ha dejado de confiar en los políticos, en el gobierno y en la alta empresa privada. Las caravanas es un fenómeno que expresa la desesperación y angustia de un pueblo que dejó de creer en soluciones dentro del país. Se van como expresión extrema de la decisión de la población de tomarse la justicia por su propia mano.
Cada quien buscando a quien culpar y sacar ventajas

El gobierno de Honduras y el gobierno de Estados Unidos parecen necesitar a quien responsabilizar. Esto es así porque a fin de cuentas representan a un sector elitista de la sociedad que desprecia sistémicamente a las poblaciones con bajos recursos económicos, y nunca le darán crédito a sus iniciativas. Todo lo que proviene de estos sectores es entendido como amenaza, y en muchas ocasiones como la que ahora se observa con los migrantes, las iniciativas son percibidas como actos delincuenciales o de criminalidad. No creen ni aceptan las decisiones, iniciativas y creatividad del pueblo. Es la expresión de desprecio, discriminación y racismo. Dan por hecho que la gente no piensa, no decide por sí sola. Tiene que existir un factor, un actor externo que atiza, que manipula esas decisiones. Obviamente, el fenómeno de la caravana busca ser capitalizado por diversos sectores. Hay sectores opositores en Honduras, y quizás en Estados Unidos, que buscan beneficiarse con la inestabilidad que produce este movimiento migratorio.

Seguramente, la extrema derecha de Trump está especialmente interesada en capitalizar este fenómeno para fortalecer la lucha anti migrante, una de las políticas fundamentales de su administración. Las elecciones de medio tiempo en Estados Unidos son un termómetro para establecer si Trump proseguirá o no en un segundo mandato. Acusar a los Demócratas de financiar las migraciones, es un argumento estupendo para empoderar a Trump en el triunfo republicano en las elecciones de noviembre. A su vez, sectores políticos opositores en Honduras han dado muestras en aprovechar este fenómeno para debilitar todavía más al gobierno de Juan Orlando Hernández, quien igualmente está interesado en usar a los migrantes para acusar a la oposición de ser responsable de provocar mayor inestabilidad en su gobierno.
De vergonzante a dignificante

El fenómeno de la caravana ha significado una explosión de una realidad cotidiana. La caravana viene ocurriendo a diario, y seguramente en menos de un mes salen las cantidades de personas que se dieron en la salida masiva en un solo día. Ha sido la caravana silenciosa, asolapada, discreta, privada, invisibilizada y hasta vergonzante que con esta explosión se ha convertido en una caravana visible, pública y hasta dignificante. Este fenómeno ha desenmascarado el falso discurso y evidencia el fracaso oficial. Ha desmontado ese triunfalismo que ha sostenido que el país va mejorando. Ha dejado en evidencia que los programas de compensación social no solo no resuelven sino que profundizan el estado de precariedad de la mayoría de la sociedad. Ha dejado al descubierto que una sociedad que al garantizar que solo el 35 por ciento se incluya en la economía formal, es insostenible. La caravana masiva es la expresión de un fenómeno masivo de un modelo de exclusión social sistémico.
Élites y régimen, heridos en su amor propio

La caravana que arrancó el 13 de octubre, y que abrió la válvula para subsiguientes caravanas despertó de golpe a los sectores políticos y a la élite empresarial acostumbrados a tener férreo control sobre todo lo que ocurre en el país, y se esfuerzan en evitar sorpresas indeseables, o incluso son expertos en capitalizar a su favor los malestares o escaramuzas de protestas y reclamos de los sectores sociales. Las élites han gozado de privilegios del Estado y solo reaccionan cuando sus ganancias infinitas se ven entorpecidas por reacciones adversas, como está ocurriendo con la oposición de comunidades y organizaciones a los proyectos extractivos y concesiones otorgadas por el gobierno a empresas nacionales y transnacionales. Es así como se explica que las élites empresariales reaccionan con agresividad extrema cuando hay gentes que entorpecen su proceso de acumulación, hasta el extremo de asesinar a sus líderes como ocurrió en marzo de 2016 con el asesinato de Berta Cáceres.

De igual manera, estos sectores se sienten golpeados en su amor propio cuando, sintiéndose a sus anchas en sus privilegios, la realidad de los excluidos los desenmascara con un solo hecho sus mentiras. Esto es lo que ha hecho la caravana. Después de que las élites y el régimen de Juan Orlando Hernández han invertido millonarias sumas en publicitar que el país va por buen camino, que la economía está sana, que los programas sociales tienen contenta a la gente, irrumpe la caravana de miles de ciudadanos, una noticia que alcanza nivel mundial. La vergüenza de las élites se transforma en acusaciones a la oposición y se dedican a invertir para buscar chivos expiatorios, que en los últimos días de octubre pasó de una persona concreta, a la oposición política radical, a los Demócratas, al empresario Soros, hasta culminar con responsabilizar al eje del mal, conformado por Cuba, Venezuela y Ortega de Nicaragua. Es la respuesta a una vergüenza que las élites hondureños les duele en la medida que quienes los desenmascaran son aquellos sectores que no merecen ser considerados iguales porque son ciudadanos de segunda, tercera o cuarta categoría.
Rasgos que ayuden a interpretar éxodo masivo

Este fenómeno de masas que se dispara hacia el exterior, denota igualmente algunos rasgos que contribuyen a interpretar qué es lo que subyace en la sociedad hondureña:

Primer factor: la dependencia extrema del exterior. Buscar fuera del país las respuestas y solución a las necesidades y problemas. Es una mentalidad que se ha ido acentuando a lo largo de más de un siglo, luego de la implantación del enclave bananero a comienzos del siglo veinte. Echar la mirada y emprender el camino hacia Estados Unidos, es la reminiscencia dramática de una sociedad que configuró su mente y su corazón en torno al “sueño americano”, querer ser como un estadunidense, con sus dólares, con la esperanza de ganar dólares para comprar cosas, para ser como se gasta dinero en Estados Unidos. Salir hacia Estados Unidos es ese deseo profundo de buscar el amor de un capitalismo que dentro del país no lo han experimentado.

Es un movimiento espontáneo por ir en busca de la tierra prometida, es una defensa desesperada del país del consumo y de “la tierra de pan llevar”, como dijo un día el poeta hondureño Rafael Heliodoro Valle. No es un movimiento masivo anti-sistema. Es una avalancha intrasistema de los harapientos que siguen empecinados en buscar arriba, en el norte, el sueño que dentro de Honduras lo han vivido como pesadilla. No saben los migrantes hambrientos que su iniciativa está estremeciendo al sistema; ellos lo que hacen es buscar en el centro del sistema una respuesta para sus necesidades y problemas. Como de otras manera lo hacen los políticos y las élites pudientes, siempre tienen puesta su mirada y su corazón hacia arriba, hacia los Estados Unidos, en franca actitud servilista. Es la misma actitud de los millares de migrantes, solo que desde posición de capataces, de protectores internos de los intereses del imperio.

Segundo factor: una sociedad atrapada en la sobrevivencia. En el rebusque del día a día, cada quien buscando por lo suyo, cada quien e individualmente arañando migajas al sistema, sin cuestionarlo. El éxodo masivo de hondureños, no tiene más organización que la protección en los demás del camino del interés individual de rebuscarse la vida en otro país, en el país del norte. Porque la decisión de salir del país, no es el resultado organizativo de los pobres, sino la expresión de rebuscar cada quien, individualmente, la solución a sus problemas.

Ese rasgo de la mentalidad y comportamiento de la sociedad hondureña, sumerge a su gente en el encierro, en el mal político del encierro, que lleva a que cada quien se encierre en su propia búsqueda, en vivir cada quien ocupado en resolver sus asuntos, bajo el adagio de que “el buey solo se lame”, o lo que dicen en los caminos y calles de nuestros barrios y aldeas: “Cada quien librando su cacaste”. Es la lógica de la sobrevivencia, cada quien busca resolver a su modo y estableciendo compromisos con quien sea, con tal de salir adelante. Los demás estorban, el encuentro con otros para reunirse y buscar juntos, estorba. Todo mundo despotrica por lo que ocurre, por el alza del combustible, del agua, de la energía eléctrica.

Todo mundo protesta en contra del gobierno, pero al momento de buscar soluciones conjuntas, que lo hagan otros. La salida masiva hacia el norte revela que la gente sigue sin poner la confianza en los demás, en la comunidad, expresa el rechazo hacia la organización, hacia los partidos políticos y hacia toda la institucionalidad. La salida masiva es el fracaso de todo tipo de respuesta pública, y el triunfo rotundo del rebusque individualista. El fenómeno de las caravanas es la expresión extrema de las salidas individuales a un problema estructural y sistémico. En un ambiente así, todo lo que venga de arriba y de afuera se recibe, y hasta se puede dar un voto a quien tiene aplastada a la gente, a cambio de una “bolsa solidaria” o de diversas regalías. En una sociedad atrapada en el rebusque, los programas compensatorios tienen un enorme éxito, pero al quedar intactos los problemas, y se profundizan las políticas privatizadoras o de concesiones, la vida de la sociedad se va deteriorando, hasta acabar con explosiones como las caravanas masivas de migrantes.

Tercer factor: una sociedad que acentúa la relación vertical. En detrimento de las relaciones horizontales. La gente se va para el norte, para arriba. La mirada de los migrantes está puesta hacia afuera y arriba, dejaron de ver a su lado, cada quien camina, avanza con sus propios pasos hacia adelante, sin ver quienes están a su lado. Es el síndrome de la “banana repúblic” que sembraron los norteamericanos y dejaron esperando, embelesados, el regreso de los blancos. Son muchos, miles que van dando los mismos pasos, pero cada quien buscando lo suyo, lo particular, lo individual. En esas condiciones individualistas nacieron, así lo aprendieron, así crecieron, así han sufrido. Y así buscan su salida en el norte. Individualmente. Aunque sean caravana, aunque sean miles. Es una caravana de individualidades.

Las relaciones hondureñas se basan en la mirada hacia arriba, en la verticalidad, depender de los de arriba en una relación en donde la línea vertical es la decisiva. Es el paradigma del poder, del patriarca, del caudillo en el caso hondureño. El caudillo que me ha de resolver mi problema personal o familiar, el caudillo que me resuelve a cambio de lealtad. Es Estados Unidos, el máximo de los caudillos, el padre de los caudillos. Esa línea vertical se sostiene a costa de debilitar la línea de los lados, de los iguales. La línea horizontal es tan tenue que casi es invisible, no existe, a lo sumo nos vemos unos a los otros, para ver quien las puede más con quien o quienes están arriba, para ver quién tiene más poder ante los que están en el mando.

Esta mentalidad vertical ha permeado con fuerza a las organizaciones sociales, las organizaciones comunitarias, a las ongs y a sus liderazgos. En esto ha contribuido con especial fuerza el fenómeno de la cooperación internacional. Las relaciones que se establecen con especial acento son bilaterales entre el organismo donante y la organización beneficiaria, la que a su vez acentúa relaciones directas y verticales con las organizaciones de base. Y estas, por beneficiarse de fondos de la cooperación, fortalecen las relaciones de dependencia con la ong la que a su vez tiene una dependencia vertical con el organismo donante.

Esta línea vertical se prioriza sobre las líneas horizontales. Las relaciones entre las organizaciones de base, los encuentros entre los diversos liderazgos de base, están unidos por una tenue línea horizontal, porque la fuerza está puesta en la línea vertical, en la dependencia hacia arriba. Finalmente, las organizaciones sociales y las ongs se van quedando solas, con muy poca incidencia hacia el pueblo. Cuando la gente se vuelca hacia a fuerza, no solo rebasa la capacidad de las organizaciones existentes, sino que las primeras sorprendidas son las organizaciones y liderazgos sociales y populares. En estas hay muchas palabras y muchas formulaciones, pero muy poco pueblo.

El eje del mal. En lugar de buscar “chivos expiatorios” dentro y fuera de Honduras, el problema fundamental es Honduras en manos de unas alianzas a las que se pueden nombrar como el eje del mal. Esas alianzas están conformadas por una reducida élite política que ha vivido incrustada en el Estado y usa sus recursos como su propiedad, en contubernio con una élite empresarial auténticamente oligárquica que manejan los hilos de toda la economía e inversiones la cual es socia menor del capital de empresas transnacionales. Este triple contubernio conforma el verdadero gobierno hondureño, que se estructura en torno a un modelo de acumulación infinita a costa de negar crecientemente oportunidades a unos seis millones de los nueve millones de hondureños que conforman la población.

Estos tres actores están acuerpados por otros tres poderosos actores: la Embajada Americana con sede en la capital, los cuerpos armados liderados por los altos oficiales de las Fuerzas Armadas, y por personajes públicos y ocultos del crimen organizado. Estos seis actores en alianza conforman el eje del mal, en donde reside la más alta cuota de responsabilidad de lo que ocurre con el deterioro ya casi sin fin de la sociedad hondureña. En este eje del mal y su modelo de desarrollo, basado en la acumulación de riquezas con el control corrupto y explotación de los bienes naturales y la privatización de los bienes y servicios públicos, es en donde se encuentra la respuesta fundamental a la pregunta de por qué se van los hondureños y por qué se organizan caravanas que provocan la atracción de millares de hondureños.
¿Cómo situarnos ante los migrantes en este fenómeno de caravanas?

1 ) Ante todo acompañar con el análisis y la investigación, para escudriñar sus dinamismos internos y aportar elementos para que la sociedad pueda tener su propio criterio, y evitar manipulaciones por parte de sectores políticos, medios corporativos y oficiales interesados en manipular y capitalizar a su favor la tragedia humana. La población migrante tiene algo que decirnos, tiene en sí misma una palabra, buscar en todo a actores extraños a ella, es importante, pero el actor más importante es el pueblo que emigra, que se desarraiga. No escucharlo por buscar fuerzas que lo empujan, es caer en lo mismo que hace Trump y Juan Orlando Hernández. El pueblo migrante tiene una palabra que decir, su sufrimiento y exclusión le otorga el derecho a ser sagrado, y nos toca respetarlo y escucharlo.

2 ) Acompañar, estar cerca de las caravanas para escuchar su voz y aportar en la atención a sus necesidades inmediatas y básicas, es una condición que hace válido el análisis y la reflexión. No necesariamente acompañar significa dar ayudas materiales, puede ser que sea necesario apoyar con recursos, pero puede ser una tentación para librarnos el bulto de la impotencia de no saber dar respuestas a las preguntas de fondo que surgen de sus sufrimientos y angustias.

3 ) La coordinación entre instancias nacionales y con redes centroamericanas, mexicanas y continentales, resulta fundamental puesto que se trata de un fenómeno que se origina en Honduras, pero con repercusiones y connotaciones internacionales. Ninguna red resulta suficiente, la realidad del fenómeno de las caravanas rebasa todos los esfuerzos. Pero los esfuerzos en solitario hacen más estéril el servicio. La eficacia está en unir esfuerzos con el mayor número de instancias.

4 ) Denunciar y develar el discurso oficial de la manipulación política de la caravana. Los diversos sectores internacionales debían ayudar a buscar respuestas en primer lugar desde Honduras, y desde los hondureños, no de la oficialidad hondureña, sino de los sectores que han estado y están cerca de las poblaciones de donde más se nutren los hondureños que se apuntan en las caravanas. Esta búsqueda de respuestas ha de partir de una constatación principal: la responsabilidad política reside fundamentalmente en el actual régimen hondureño y en el modelo de desarrollo basado en la inversión en el extractivismo y privatización de bienes y servicios públicos, unido a la corrupción e impunidad. Desde esta denuncia, los hondureños demandamos que haya adelante de elecciones para un pronto retorno al orden constitucional, que con un nuevo gobierno se convoque a un gran diálogo nacional para consensuar las prioridades hacia una reversión del actual estado de calamidad social que explotó en esta migración masiva.

5 ) Una pastoral directa de consuelo, misericordia y solidaridad con el dolor y desesperación de nuestro pueblo, que se exprese en estrategias de comunicación que vincule los medios tradicionales, como la radio, la televisión y los medios escritos, con las redes sociales.

Ismael Moreno, S.J. (Padre Melo)

Agencias en Honduras – Reflexión y Liberación.

martes, 25 de junio de 2013

Brasil: el precio del progreso.




Boaventura de Sousa Santos, Doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coímbra


Con la elección de la presidenta Dilma Roussef, Brasil quiso acelerar el paso para convertirse en una potencia global. Muchas de las iniciativas en ese sentido venían de atrás, pero tuvieron un nuevo impulso: Conferencia de la ONU sobre el Medio Ambiente, Rio+20 en 2012, Mundial de Fútbol en 2014, Juegos Olímpicos en 2016, lucha por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, papel activo en el creciente protagonismo de las “economías emergentes”, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y África del Sur), nombramiento de José Graziano da Silva como director general de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 2012 y de Roberto Azevedo como director general de la Organización Mundial del Comercio a partir de 2013, una política agresiva de explotación de los recursos naturales, tanto en Brasil como en África, principalmente en Mozambique, fomento de la gran agricultura industrial, sobre todo para la producción de soja, agrocombustibles y la cría de ganado.

Beneficiado por una buena imagen pública internacional granjeada por el presidente Lula y sus políticas de inclusión social, este Brasil desarrollista se impone ante el mundo como una potencia de nuevo tipo, benévola e inclusiva. No podía, pues, ser mayor la sorpresa internacional ante las manifestaciones que en la última semana sacaron a la calle a centenares de miles de personas en las principales ciudades del país. Si ante las recientes manifestaciones en Turquía la lectura sobre las “dos Turquías” fue inmediata, en el caso de Brasil fue más difícil reconocer la existencia de “dos Brasiles”. Pero está ahí a ojos de todos. La dificultad para reconocerla reside en la propia natureza del “otro Brasil”, un Brasil furtivo a análisis simplistas. Ese Brasil está hecho de tres narrativas y temporalidades. La primera es la narrativa de la exclusión social (uno de los países más desiguales del mundo), de las oligarquías latifundistas, del caciquismo violento, de las élites políticas restrictas y racistas, una narrativa que se remonta a la colonia y se ha reproducido sobre formas siempre mutantes hasta hoy.

La segunda narrativa es la de la reivindicación de la democracia participativa, que se remonta a los últimos 25 años y tuvo sus puntos más altos en el proceso constituyente que condujo a la Constitución de 1988, en los presupuestos participativos sobre políticas urbanas en centenares de municipios, en el impeachment del presidente Collor de Mello en 1992, en la creación de consejos de ciudadanos en las principales áreas de políticas públicas, especialmente en salud y educación, a diferentes niveles de la acción estatal (municipal, regional y federal). La tercera narrativa tiene apenas diez años de edad y versa sobre las vastas políticas de inclusión social adoptadas por el presidente Lula da Silva a partir de 2003, que condujeron a una significativa reducción de la pobreza, a la creación de una clase media con elevada vocación consumista, al reconocimiento de la discriminación racial contra la población afrodescendiente e indígena y a las políticas de acción afirmativa, y a la ampliación del reconocimiento de territorios y quilombolas [descendientes de esclavos] e indígenas.

Lo que sucedió desde que la presidenta Dilma asumió el cargo fue la desaceleración o incluso el estancamiento de las dos últimas narrativas. Y como en política no existe el vacío, ese terreno baldío que dejaron fue aprovechado por la primera y más antigua narrativa, fortalecida bajo los nuevos ropajes del desarrollo capitalista y las nuevas (y viejas) formas de corrupción. Las formas de democracia participativa fueron cooptadas, neutralizadas en el dominio de las grandes infraestructuras y megaproyectos, y dejaron de motivar a las generaciones más jóvenes, huérfanas de vida familiar y comunitaria integradora, deslumbradas por el nuevo consumismo u obcecadas por el deseo de éste.

Las políticas de inclusión social se agotaron y dejaron de responder a las expectativas de quien se sentía merecedor de más y mejor. La calidad de vida urbana empeoró en nombre de los eventos de prestigio internacional, que absorbieron las inversiones que debían mejorar los transportes, la educación y los servicios públicos en general. El racismo mostró su persistencia en el tejido social y en las fuerzas policiales. Aumentó el asesinato de líderes indígenas y campesinos, demonizados por el poder político como “obstáculos al crecimiento” simplemente por luchar por sus tierras y formas de vida, contra el agronegocio y los megaproyectos mineros e hidroeléctricos (como la presa de Belo Monte, destinada a abastecer de energía barata a la industria extractiva).

La presidenta Dilma fue el termómetro de este cambio insidioso. Asumió una actitud de indisimulable hostilidad hacia los movimientos sociales y los pueblos indígenas, un cambio drástico respecto a su antecesor. Luchó contra la corrupción, pero dejó para los aliados políticos más conservadores las agendas que consideró menos importantes. Así, la Comisión de Derechos Humanos, históricamente comprometida con los derechos de las minorías, fue entregada a un pastor evangélico homófobo, que promovió una propuesta legislativa conocida como cura gay. Las manifestaciones revelan que, lejos de haber sido el país que se despertó, fue la presidenta quien se despertó. Con los ojos puestos en la experiencia internacional y también en las elecciones presidenciales de 2014, la presidenta Dilma dejó claro que las respuestas represivas solo agudizan los conflictos y aislan a los gobiernos.

En ese sentido, los alcaldes de nueve capitales ya han decidido bajar el precio de los transportes. Es apenas un comienzo. Para que sea consistente, es necesario que las dos narrativas (democracia participativa e inclusión social intercultural) retomen el dinamismo que ya habían tenido. Si fuese así, Brasil mostrará al mundo que sólo merece la pena pagar el precio del progreso profundizando en la democracia, redistribuyendo la riqueza generada y reconociendo la diferencia cultural y política de aquellos que consideran que el progreso sin dignidad es retroceso.