Mostrando entradas con la etiqueta existencialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta existencialismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de agosto de 2014

Notas para una antropología existencialista del amor-


La filosofía existencialista revisitada esclarece algunos de los aspectos más profundos de una antropología del amor. El rol del amor es ser clave, rescate, pero también solución inacabada de nuestra condición humana.

por Blas Lara

NACIMOS Y MORIMOS SOLOS

El existencialismo era una posición filosófica que compartíamos los que en los años cincuenta empezábamos a abrirnos al mundo de las ideas en aquellos parajes intelectualmente áridos de España de entonces. Pero que sigue siendo un sólido fundamento para una antropología del amor compatible con las modernas neurociencias.

Para Heidegger somos seres lanzados al mundo (geworfene), seres para la muerte.

Cada viviente se enfrenta solo a la vida y a la muerte.

Un día dejaremos este mundo atravesando el túnel de la muerte en la soledad más absoluta y más pavorosa. Morimos solos. Solos, irremediablemente solos.

Entre nacimiento y muerte vivimos los hombres como islotes aislados unos de otros en un océano de indiferencia. Solo en el amor al Otro hay esperanza de rescate.

Trágica paradoja

Kierkegaard : En el fondo de la enemistad entre extraños se encuentra la indiferencia.

El Otro « es el infierno para mí » –según la interpretación que algunos han dado a la muy citada frase de Sartre en La Nausée. Diciéndolo de manera menos tensa y más popular, el Otro, últimamente, nos importa un bledo. Es casi una actitud forzosa si queremos poder sobrevivir frente a la miseria, el hambre, las guerras, y la abominable soledad de otros.

La paradoja está en que sin embargo tenemos una más que imperiosa necesidad del Otro. Es que no es concebible la existencia sin el Otro, porque es una necesidad constitutiva del hombre. El bebé humano es arrojado al mundo, incompleto en su fisiología y tremendamente inacabado en su cerebro. Una parte esencial del programa de construcción de sus redes neuronales está supeditada a recibir las secuencias indispensables de transacciones con su entorno inmediato. (Rómulo y Remo son un mito).

A lo largo de la vida, las interacciones con el Otro le harán vivir como personas, nutriendo y manteniendo el cerebro con incesantes estimulaciones.

Tender puentes entre islotes

La primera interacción del bebé con el mundo externo en el que ha sido arrojado, tiene lugar con su madre que empieza siendo para el bebé, un objeto, un útil (Zuhandene de Heidegger), para satisfacer sus necesidades vitales.

El primer puente real de un islote a otro vendrá en el momento en que se produzca el « reconocimiento del Otro en tanto que Otro, en tanto que persona, y no sólo útil ».

Al ir creciendo, el reconocer a Otro como persona es tanto como extraerlo del mundo de los útiles y atribuirle un estatuto de persona. Un proceso que es además indispensable, por vía especular, para la construcción del propio Yo.

En nuestro desarrollo ulterior, los amigos, las relaciones, continúan siendo por inercia, objetos útiles del entorno, aunque nos lo ocultemos hipócritamente a nosotros mismos. La empatía será el primer paso para el reconocimiento del Otro en tanto que persona, una etapa inicial hacia el amor.

Las interacciones subsiguientes a lo largo de la vida, nos permiten seguir viviendo. Tenemos un hambre fisiológica (y metafísica, existencial) de interacción. Una de las peores torturas imaginables es el aislamiento y la privación de sensaciones y estímulos. Lo sabían muy bien en las checas, las cárceles de los regímenes nefastos del centro de Europa. La pérdida de la razón era la consecuencia inevitable(1).

Amores, hay muchos en nuestra vida

Son muchos y de muy diferente naturaleza: el amor materno, el amor en la pareja, el amor a los hermanos, la amistad, el amor a la patria, el amor al prójimo, a Dios, etc. Tantas son las variaciones y tan polisémico el concepto de amor que es difícil hacer una caracterización y clasificación.

Hay sin duda amores que tienen un clarísimo correlato biológico y otros que se originan en un trasfondo ideológico o cultural. Muy aproximativa y esquemáticamente, existen amores instintivos –límbicos, podíamos decir– como el de la pareja y entre padres e hijos, o el de la familia. Y hay otros amores fundamentados en la razón (neocorticales) como el amor a la patria, el del prójimo y quizás el amor a Dios.

Unas reflexiones sobre la intensidad del amor me parecen oportunas, en la medida en que la gradación de las intensidades en el amor es indispensable para la protección personal y para la sensata gestión de nuestra afectividad.

Amar es ante todo salir de sí. Ir hacia el otro de alguna manera y en algún grado. Pero ¿hasta qué distancia?

Uno de los parámetros que definen la intensidad de la relación es precisamente el de la distancia deseable entre las personas A y B. Hay que aceptar el principio de que existe una distancia apropiada para cada relación. Hay que saber escoger en cada caso y para cada persona la distancia conveniente.

El amor universal, el amor cristiano ilimitado, sin matices ni reservas, tal como una primera lectura de San Mateo sugeriría aparentemente, tal vez sea una aberración, un contrasentido, una utopía que ignora la realidad del comercio entre seres humanos. Los errores en la distancia son una fuente potencial de sufrimientos en la vida de cada día. Dos personas pueden ser excelentes amigos con tal de que la amistad se mantenga a la distancia apropiada. Mucha distancia es insatisfactoria, poca puede ser destructiva. La proximidad hay que saberla manejar. Una intimidad excesiva es frecuentemente poco inteligente.

En correlación directa con la distancia se encuentra un marcador de intensidad, la transparencia del uno para con el otro. ¿A qué grado de transparencia de hechos, ideas e intenciones me obligan la amistad y el amor? ¿Puedo ocultar algo? La simplicidad evangélica –ser cándidos como palomas– nos puede jugar muy malas pasadas. Está claro que en las relaciones personales la ficción y la mentira no son juego limpio y por tanto éticamente inaceptables (¿Y en la guerra? ¿Y en particular en el estado de guerra psicológica entre dos personas? (Tengo entendido que la moral musulmana acepta la ficción, jila).

En otra ocasión hablaremos no ya solamente de la actitud estratégica respecto al Otro, sino también de la dinámica del amor, el juego de intercambios, tan importante por ejemplo en la relación de pareja, o entre amigos.

MORIMOS SOLOS

Los pájaros se esconden para morir, escribió alguien.

Las personas que más queremos se nos irán un día para perderse en una bruma sin límites. No podemos asirlos por la ropa, ni retenerlos con nuestra mano. Una ola inmensa nos los arrebata y los arrastra.

A quién contarle, con quién compartir estos últimos temblores del alma. En vano buscar entonces un Otro a quien hablar. La soledad es el anticipo del último hundimiento en el silencio perpetuo, en la tranquilidad sin bornes del Uno.

Nos iremos solos y se nos irán solas las personas que amamos. En la más absoluta soledad. Lo que nos devuelve a nuestra última verdad metafísica. La vejez del alma es eso, desnudarse poco a poco y uno tras otro, de los amores que habíamos pensado y querido eternos.

Tan bella ha sido durante la vida la ilusión del amor, del cariño y la amistad como cruel es este despojo! Pero se nos irán, dejándonos solos y desvalidos o los dejaremos cuando nosotros nos vayamos. Morirse es el último despojo.

Entre dos soledades la del nacimiento y la de la muerte, mi vida no fue solamente un sueño, una ilusión. Fue la fuente intima de la verdad del ser humano, la flecha lanzada hacia una diana situada en el infinito. ¿Cómo entender, si nó, tantas vidas derrotadas, tantas ilusiones quemadas en el mismo fuego del ansia de trascendencia y de amores sin límites?

Una lección para aprender a toda prisa ahora que las campanas empiezan a tocar a vísperas.

NOTA AL MARGEN

(1) A ese propósito recuerdo al lector el drama desgarrador que sufre un amplio sector de nuestra sociedad que envejece, y más en estos tiempos en los que la familia se deshilacha. Atención a nuestros padres y a nuestros abuelos. También ellos necesitan el efecto especular de sus personas y sus acciones sobre nosotros, como un alimento indispensable para su cerebro. Aunque la imagen especular sea negativa, más vale eso que la privación total de imágenes.

Fuente: Atrio

martes, 3 de septiembre de 2013

El payaso.


por  Jaume Triginé

El filósofo protestante Soren Kierkegaard, considerado como uno de los precursores del existencialismo, con el fin de explicitar las dificultades a la hora de trasmitir y comunicar los contenidos de la fe al hombre y a la mujer contemporáneos, escribió la denominada parábola del payaso.

La acción se sitúa en Dinamarca, su tierra natal. Más concretamente en un circo ambulante en el que se declaró un incendio. El director del circo, al percatarse del hecho, envió a un payaso, vestido con su indumentaria, que estaba a punto de salir a la pista del circo para hacer reír a niños y adultos, al pueblo en el que el circo había recabado para pedir ayuda para sofocar las llamas.

El payaso corrió tanto como pudo y al llegar al pueblo empezó a pedir a sus habitantes que fueran con urgencia al circo para ayudar a extinguir el fuego. Pero los habitantes del pueblo creyeron que se trataba de una estratagema para que la gente asistiese a la representación. Por mucho que el payaso tratase de convencerles de la veracidad de sus palabras, los habitantes del pueblo creían que el payaso estaba interpretando su papel. Sus ropas le jugaron una mala pasada. Cuando vieron el fuego, ya era demasiado tarde. El circo y el pueblo fueron pasto de las llamas.

La parábola del payaso ejemplariza la situación de la iglesia a la hora de compartir la fe. Poca gente otorga credibilidad al mensaje que pretendemos transmitir por el hecho de ir vestidos con ropas propias de otros momentos históricos. El pobre payaso puede decir lo que quiera, pero todos saben que sus ideas y sus expresiones nada tienen que ver con la realidad. Sus atuendos no le ayudan.

La parábola del payaso debería sugerirnos algunas preguntas acerca de los ropajes con los que nos dirigimos, a quienes quieren escucharnos, a la hora de compartir nuestras convicciones cristianas: ¿Los presupuestos fundamentalistas, muy presentes en nuestros lares, ayudan o dificultan una aceptación razonable de la fe? ¿Cuál es el resultado de una interpretación literal de la Biblia que no tiene en cuenta la necesidad de adecuar los presupuestos y el lenguaje de una mentalidad semítica a nuestra realidad occidental? Por mucho que nos esforcemos, como el payaso, es prácticamente imposible que nuestros contemporáneos puedan aceptar, valga como ejemplo, los mitos bíblicos como si fueran historia objetiva.

Difícilmente se comprende el antropomorfismo psicológico que proyectamos en Dios. Es cierto que en la mayoría de las religiones se atribuye a Dios un carácter personal (también el cristianismo) porque la noción de persona integra los aspectos más sustantivos de todo ente existente. Ahora bien, ¿cuál es el riesgo del antropomorfismo, insuficientemente explicado? ¿Qué imagen de Dios se genera cuando este es presentado a través de imágenes, emociones y reacciones humanas que más bien desacreditan el componente de trascendencia y esencialidad inherente a la divinidad? ¿No se hace necesario explicar que siempre que hablamos de Dios lo hacemos por la vía de la analogía?

¿Qué impacto produce un relato preñado de posturas anticientíficas frente a leyes y teorías contrastadas como el origen del universo y de la materia, el emerger de la vida, la integralidad del ser humano, las bases neurológicas de la conciencia…?

Nos cuesta, además, hacernos entender. Nuestro lenguaje religioso, por un lado, poco o nada comunica a una generación con una cultura religiosa de mínimos. Por otro lado, nuestro relato se halla impregnado de conceptos y paradigmas ausentes en el discurso social. ¿Qué deben entender nuestros interlocutores cuando empleamos nuestra jerga evangélica?

Por otro lado, ¿es asumible, en plena globalización, la pretensión de ser depositarios de toda la verdad, negando a los demás su parcela de conocimiento de lo sagrado? ¿Es lógico el exclusivismo reduccionista que nos arrogamos? ¿Qué imagen traspasamos?

Como en el caso del payaso, con todos estos ropajes difícilmente alcanzaremos credibilidad. Cualquier configuración de la trascendencia, además de la experiencia individual y por ello subjetiva, requiere de la razonabilidad.

La evolución del conocimiento, de la técnica, de las ciencias y de la cultura en general, ¿no nos obliga a un ejercicio de mayor humildad? Históricamente, la religión ha pretendido monopolizar áreas como las ciencias o la política. Es hora de que otros gestores se ocupen de estos temas: los científicos de las ciencias y los políticos de la estructuración social. ¿Acaso no perdemos credibilidad, como le ocurrió al payaso, cuando pretendemos transmitir ciencia empírica (como en el caso del creacionismo) desde la Biblia?

Uno de los principios básicos en el modelo de la comunicación humana es emplear el código lingüístico del receptor del mensaje. Nuestro lenguaje debe ser culturalmente comprensible. Es cierto que el lenguaje espiritual o religioso debe apoyarse en el elemento simbólico y la metáfora. Ahora bien, de modo compatible con el lenguaje más objetivo de las ciencias naturales y sociales. Es urgente lograr que la experiencia de fe resulte comprensible, creíble y practicable para los hombres y mujeres de nuestro tiempo histórico.

Ya que Dios no es reducible a ninguna expresión religiosa, ¿no nos permitiría captar más globalmente la dimensión del hecho espiritual y religioso la aceptación del pluralismo, la práctica del ecumenismo espiritual y el diálogo interreligioso? ¿No se hace necesario estar abiertos a otros puntos de vista para ampliar la conceptualización de Dios? No hablamos de sincretismo o de amalgama de credos, sino de síntesis creativa y enriquecedora desde la propia identidad.

Con sus ropajes, el pobre payaso, a pesar de su vehemencia no logró convencer a los vecinos del pueblo. Nuestra vehemencia, con los ropajes equivocados, tampoco logra grandes resultados en nuestro contexto. ¿Quizá el contenido y la finalidad del mensaje cristiano requieren de ropajes de mayor rigurosidad y actualidad?



Jaume Triginé


Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

miércoles, 25 de enero de 2012

Camus, el absurdo y el existencialismo.



Escrito el 22 enero 2012 por Víctor Rey Riquelme

A mediados de los 70 yo vivía y estudiaba filosofía en Concepción, ciudad al sur de Chile y trataba de ponerme al día con los clásicos de la literatura. Había leído a los latinoamericanos, Vargas Llosa, García Márquez, Sábato, Donoso, Cortázar y gracias a ellos descubrí a Jean Paul Sartre, Kafka, Herman Hesse y Albert Camus. Esas lecturas hicieron que viviera esos veinte años convertido en un fervoroso existencialista que venía saliendo del marxismo. Pensaba que la vida era un absurdo y que la verdadera filosofía consistía en saber que cinco minutos después de estar muerto no quedaría nada de mí. Veía lo absurdo y el existencialismo por todas partes, en el cine, las canciones, las conversaciones, la pintura, etc.

He quedado sorprendido que estos libros que yo leí en mi época de universitario, mis hijos los leyeron en francés en su tiempo de estudiantes secundarios en la Alianza Francesa. Creo que no tenían la angustia existencial que yo tenía ni tampoco lucharon con las contradicciones existenciales que me devoraban.

Me movía entre Sartre y Camus y de alguna manera quería optar por uno de ellos. Sartre estaba prohibido en la universidad y de Camus se decía muy poco. Con algunos compañeros intercambiamos información y uno que otro libro. Recuerdo que La Náusea de Sartre me pareció una buena novela, con esas escenas en las que Ronquentín descubre la alienación de su propio cuerpo; sin embargo los ensayos de Sartre me parecían pantanosos y no podía terminarlos. Pero con Camus me parecía todo lo contrario. No entendí en mi primera lectura El Extranjero, pero Mersault me conmovía y me sentía interpretado, y en Los Carnets había momentos de belleza aterradora. Los mismo que La Peste, que casi terminé enfermo después de la última página.

Después leí El Hombre Rebelde y El Mito de Sísifo, que se convirtieron en mis libros de cabecera. Con ellos descubrí que había diferencias entre el existencialismo de Sartre y de Camus. El de Sartre no ofrecía salidas; el de Camus era una suerte de “buen nihilismo”, es decir que el absurdo no debería llevar al suicidio, sino más bien a la rebeldía. Había que vivir la contradicción de una vida destinada a la muerte, asumirse como un Sísifo feliz de llevar a la cima una y otra vez esa roca que inevitablemente volvería a rodar hacia abajo.

Camus había nacido en Argelia, el 7 de noviembre de 1013, en el seno de una familia pobre – el padre muerto cuando él tenía apenas un año, la madre muda-, y nunca hizo de esa marginalidad una bandera. La pasión por el fútbol lo marca en su niñez, donde fue arquero del Club Racing, de donde dice que sus primeras lecciones de ética vienen de esos partidos de fútbol. Pensó de verdad, que Argelia podía tener un lugar dentro de Francia.

Camus encarnó un modelo de intelectual que ya casi no existe: el del hombre comprometido con las grandes cusas políticas y sociales de su tiempo. Luchó contra el nazismo uniéndose a la resistencia y creando el periódico clandestino Combat. Fue uno de los primeros en denunciar las atrocidades del estalinismo, allá en los principios de los 50, cuando muchos intelectuales de izquierda minimizaban las purgas y el gulag; ante aquellos que decían que la violencia era necesaria para lograr la sociedad comunista sobre la tierra, Camus señaló que ninguna ideología podía justificar la muerte de un solo hombre. Durante la Guerra Fría, esas palabras podían sonar ingenuas y románticas, pero el tiempo ha demostrado que había lucidez en ellas, honestidad moral de alguien que supo ver antes que otros que hay valores humanos más importantes que el triunfo de una ideología bajo la premisa maquiavélica de que el fin justifica los medios.

El anarquista Andre Proudhommeaux lo presentó en 1948 por primera vez en el movimiento libertario, en una reunión del Círculo de Estudiantes Anarquistas. Camus escribió a partir de entonces para publicaciones anarquistas, siendo articulista de Libertaire, Le Revolutian Proletairenne y Solidaridad Obrera. Camus junto a los anarquistas, expresó su apoyo a la revuelta de 1953 en Alemania Oriental. Estuvo apoyando a los anarquistas en 1956 primero a favor del levantamiento de los trabajadores en Poznan, Polonia y luego en la Revolución Húngara.

Camus murió el 4 de enero de 1960 en un accidente de automóvil. Sus restos fueron enterrados en Lourmarin, pueblo del sur de Francia.

Hoy el contexto es otro. Pero el ejemplo de Camus sigue vigente y más vivo que nunca. Hay que volver a Camus no con el deseo nostálgico de que los intelectuales recuperen un lugar privilegiado en la esfera pública, sino con el deseo de aprender de un escritor para quien no había divorcio entre las palabras y las cosas. Camus fue un intelectual comprometido con la Humanidad, es decir fue un gran humanista.


Sobre Víctor Rey Riquelme

Fue Presidente de la Fraternidad Teológica Latinoamericana hasta el mes de octubre de 2011. A partir del mes de enero de 2012, en el marco de la Fundación Kairós, será Coordinador del Centro de Estudios Interdisciplinarios, CETI, y del programa de Desarrollo Integral de la Niñez, DINA y profesor de Filosofía, licenciado en Filosofía en la Universidad de Concepción, Ciencias Sociales en la universidad Alberto Hurtado, Teología en el Seminario Teológico Bautista y Comunicación social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.