viernes, 17 de octubre de 2014

16 de Octubre Día Mundial de la Alimentación Agroecológica 2014



Escrito por LaGarbancitaEcológica

Día Mundial de la Alimentación Agroecológica 2014

Algunas enfermedades propias de edades avanzadas están surgiendo en edades tempranas. Sobrepeso, obesidad, diabetes “tipo B” o hipertensión, aparecen en adolescentes y jóvenes por la modificación de nuestras pautas alimentarias inducida por la publicidad de las grandes empresas del negocio alimentario. Desgraciadamente, los poderes públicos no actúan con la debida contundencia respecto a este problema.

La llamada “comida basura” es consecuencia de la mercantilización y globalización de los alimentos. Cuando los alimentos se convierten en una mercancía, su finalidad ya no es procurar una nutrición saludable a las personas, sino ganar dinero. La comida basura se caracteriza por alimentos con un exceso de hidratos de carbono de tipo “rápido” y grasas y proteínas de origen animal. Refrescos, lácteos, dulces y comida rápida de bajo coste que se venden en grandes cadenas multinacionales. Estos alimentos, saturados de sustancias químicas, como colorantes, saborizantes, conservantes, emulgentes, etc., que son tóxicas por su acumulación paulatina, son objeto de una promoción incesante, dirigida especialmente a nuestros niños y niñas.

Quienes tenemos la responsabilidad de formar a nuestros niños y niñas en unos hábitos alimentarios que les procuren salud y no enfermedades para el resto de su vida, debemos enfrentarnos a 3 tipos de problemas. El primero es nuestra ignorancia nutricional. El segundo es la intoxicación publicitaria que estimula en nuestros niños y niñas el deseo de alimentos indeseables mediante la manipulación de su fantasía para que nos presionen hasta que se los compremos y la creación artificial de sabores agradables para ellos. El tercero, la necesidad de salir de la cultura de la queja, cuando ya es tarde, y tomar en nuestras manos la tarea de educar a nuestros niños, niñas y adolescentes en unos hábitos de alimentación saludables, responsables y agradables.

En los encuentros con madres, padres y educadores, se trataría de:
1. Detectar problemas, inquietudes y dudas acerca de los buenos y malos hábitos alimentarios de nuestr@s hij@s … y los propios (Difícilmente podemos enseñar a nadie a comer bien si nosotros mismos no lo hacemos).
2. Clarificar los criterios básicos para una alimentación saludable:
A) Calidad, vitalidad, cantidad, variedad, orden de la ingesta, combinación, temporada y elaboración;
B) Propiedades nutritivas y propiedades “sociales” de los alimentos; la seguridad alimentaria no puede limitarse a unos pocos alimentos de élite ni a unas pocas familias, debe ser accesible a tod@s.
C) Nadie cambia un hábito alimentario si no lo desea. No se trata sólo de “saber” qué es una alimentación sana, sino de saber comunicarlo y conseguir que nuestros niños y niñas disfruten defendiendo los hábitos alimentarios saludables y rechazando los hábitos y los alimentos enfermantes.
3. Poner en marcha procesos de medio y largo alcance -aunque de baja intensidad-, en los que cooperen maestr@s, madres y padres, niñ@s y proyectos de consumo responsable agroecológico. Establecer un “observatorio” de la calidad alimentaria de nuestras niñas y niños. Manejar como indicadores las enfermedades infantiles, los malos y buenos hábitos, los mensajes publicitarios. Utilizar juegos, recetas, talleres de consumo y elaboración de alimentos agroecológicos, excursiones a fincas de alimentos agroecológicos, participación en el consumo responsable agroecológico autogestionado y utilización de audiovisuales que muestran los daños de una alimentación enfermante y los beneficios de una alimentación responsable.

DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN AGROECOLÓGICA
(16 OCTUBRE 2014)
Alimentar al mundo, cuidar el planeta
Defender la Agricultura Familiar Agroecológica
Garantizar una Alimentación sin Transgénicos ni Agrotóxicos

Fuente: ApiaVirtual

jueves, 16 de octubre de 2014

El sentido de una bioeconomía o de un ecodesarrollo.



Las actuales elecciones presidenciales han sacado a la luz la cuestión del desarrollo, tema clásico de la macroeconomía globalizada. Temas de absoluta gravedad como las amenazas que pesan sobre la vida y sobre nuestra civilización, que pueden ser destruidas ya sea por la máquina nuclear, química y biológica, o por el calentamiento creciente, eventualmente abrupto, que, como sugieren muchos científicos, destruiría gran parte de la vida que conocemos y podría poner en peligro la propia especie humana, ni siquiera fueron mencionados, bien por ignorancia, bien porque los candidatos se habrían dado cuenta de que tendrían que cambiar todo. Como dice la Carta de la Tierra: «el destino común nos convoca a un nuevo comienzo». Nadie ha tenido ese tipo de osadía, ni siquiera Marina que suscitó – ese es su gran mérito– el paradigma de la sostenibilidad.

Lo que podemos decir con toda certeza es que así como está no podemos continuar. El precio de nuestra supervivencia es un cambio radical en la forma de habitar la Tierra. La propuesta de un ecodesarrollo o de una bioeconomía como nos la presentan Ladislau Dowbor e Ignacy Sachs, entre otros, nos anima a caminar en esa dirección.

Uno de los primeros en ver la relación intrínseca entre economía y biología fue el matemático y economista rumano Nicholas Georgescu Roegen (1906-1994). En contra el pensamiento dominante, este autor, ya en los años 60 del siglo pasado, llamaba la atención sobre la insostenibilidad del crecimiento debido a los límites de los bienes y servicios de la Tierra. Se empezó a hablar de «decrecimiento económico para la sostenibilidad ambiental y la equidad social» (www.degrowth.net). Ese decrecimiento, mejor sería llamarlo “crecimiento”, significa reducir el crecimiento cuantitativo para dar más importancia al cualitativo en el sentido de preservar los bienes y servicios que les serán necesarios a las futuras generaciones. La bioeconomía es en realidad un subsistema del sistema de la naturaleza, siempre limitada, y, por eso, objeto de permanente cuidado por parte del ser humano. La economía debe obedecer y seguir los niveles de preservación y regeneración de la naturaleza (vea las tesis de Roegen en la entrevista de Andrei Cechin en IHU (28/10/2011).

Un modelo semejante, llamado ecodesarrollo y bioeconomía viene siendo propuesto entre otros por el ya mencionado profesor de economía de la PUC-SP Ladislau Dowbor, que piensa en la línea de otro economista, Ignacy Sachs, un polaco, naturalizado francés y brasilero por amor. Vino a Brasil en 1941, trabajó aquí varios años y mantiene actualmente un centro de estudios brasileros en la Universidad de Paris. Es un economista que a partir de 1980 despertó a la cuestión ecológica y es posiblemente el primero que hace sus reflexiones en el contexto del antropoceno. Es decir, en el contexto de la fuerte presión que las actividades humanas hacen sobre los ecosistemas y sobre el planeta Tierra como un todo hasta el punto de hacerle perder su equilibrio sistémico, que se manifiesta por los eventos extremos. El antropoceno inauguraría, entonces, una nueva era geológica, que tendría al ser humano como factor de riesgo global, un peligroso meteoro rasante y avasallador. Sachs tiene en cuenta ese dato nuevo en el discurso ecológico-social.

Los análisis de Dowbor y de Sachs combinan economía, ecología, justicia e inclusión social. De ahí nace un concepto de sostenibilidad posible, dentro todavía de las limitaciones impuestas por el modo de producción predominante, industrialista, consumista, individualista, predador y contaminador.

Ambos están convencidos de que no se alcanzará una sostenibilidad aceptable si no hay una disminución sensible de las desigualdades sociales, incorporación de la ciudadanía como participación popular en el juego democrático, respeto a las diferencias culturales, la introducción de valores éticos de respeto a toda la vida y sin un cuidado permanente del medio ambiente. Cumplidos estos requisitos, se crearían las condiciones de un ecodesarrollo sostenible.

La sostenibilidad exige cierta equidad social, o sea, «nivelación promedio entre países ricos y pobres» y una distribución más o menos homogénea de los costes y los beneficios del desarrollo. Así, por ejemplo, los países más pobres tienen derecho de expandir más su huella ecológica (sus necesidades de tierra, agua, nutrientes y energía) para atender sus demandas, mientras que los más ricos deben reducirla o controlarla. No se trata de asumir la tesis equivocada del decrecimiento, sino de dar otro rumbo al desarrollo, descarbonizando la producción, reduciendo el impacto ambiental y propiciando la vigencia de valores intangibles como la generosidad, la cooperación, la solidaridad y la compasión. Enfáticamente repiten Dowbor y Sachs que la solidaridad es un dato esencial al fenómeno humano y el individualismo cruel que estamos presenciando en los días actuales, expresión de la competencia sin freno y de la ganancia de acumular, significa una excrecencia que destruye los lazos de la convivencia, volviendo a la sociedad fatalmente insostenible.

Es de ellos la hermosa expresión «biocivilización», una civilización que da centralidad a la vida, a la Tierra, a los ecosistemas y a cada persona. De ahí surge, en su bella manera de decir, la «Tierra de la Buena Esperanza» (vea Ecodesarrollo: crecer sin destruir 1986 y la entrevista en Carta Maior del 29/8/2011).

Esta propuesta nos parece una de la más sensatas y responsables frente a los peligros que corre el planeta y el futuro de la especie humana. La propuesta de Dowbor (http://dowbor.org) y de Sachs merece ser considerada pues muestra gran funcionalidad y viabilidad.

Traducción de Mª José Gavito Milano

martes, 14 de octubre de 2014

Capitalismo, desarrollo y cambio climático.


Por Jesús González Pazos*

14 de octubre, 2014.- Hace todavía unas pocas semanas que se celebró, en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, la última Cumbre Mundial sobre el Cambio Climático. Las noticias esos días nos hablaron del encendido de todas las alarmas ante las graves consecuencias que ya sufre el planeta y todos los seres vivos del mismo, incluido el ser humano; también nos decían que el futuro inmediato se presenta aún más grave.

Sin embargo, en unos pocos días nuevamente se dejó de hablar de este problema en los mismos grandes medios de comunicación y el asunto pareciera volver al olvido. Un resumen sencillo, casi telegráfico, de esta gran reunión de jefes de estado de todo el mundo podría hacerse señalando que la misma se ha reducido (una vez más) a grandes discursos, muchas buenas intenciones, pocas medidas prácticas y menos compromisos firmes para combatir realmente el cambio climático.

Cierto es que no se convocaba esta cumbre con la resuelta intención de alcanzar esos compromisos. Estos se pretenden lograr en la próxima cumbre, a celebrarse a finales de 2015 en París, con un nuevo tratado vinculante que sustituya al fracasado de Kioto para, sobre todo, la disminución de los gases de efecto invernadero. Pero el problema real es que el creciente y ya claramente percibido cambio climático exige ya tomar medidas profundas, y no seguir «mareando la perdiz» con conversaciones, consultas y buenas intenciones.

Esa es la cuestión esencial, y que los grandes poderes económicos y políticos pretenden seguir ocultando, que enfrentar este problema no puede seguir siendo retrasado. Es evidente que en esta actitud tienen mucho que ver el saber que dicha cuestión ha sido creada, precisamente, por las decisiones y actuaciones de estos poderes a lo largo de los dos últimos siglos, pero con especial gravedad en las últimas décadas.

Saben que si el problema se enfrenta en las dimensiones que debe de abordarse, se deberán cuestionar radicalmente los pilares más básicos del sistema capitalista y su modelo de desarrollo. Y eso es algo que se niegan a afrontar mientras sigan siendo poder dominante, porque ese sistema y ese modelo son precisamente la base del mismo.

A ello se suma el hecho de que quienes realmente sufren, a día de hoy, los peores efectos del cambio climático, a pesar de ser los menos responsables del mismo, son los todavía llamados países en vías de desarrollo, países alejados de esos centros de poder. Injusticia absoluta que tiene rostros y nombres en los millones de personas golpeadas casi diariamente por los desastres más devastadores como, entre otros, aquellos derivados de los fenómenos metereológicos extremos (sequías, inundaciones, tifones…). Entre ellos, y más específicamente, millones de mujeres que, una vez más, también sufren doblemente por su exposición permanente a la continua violación de los derechos más elementales y, en muchos de estos casos, por llevarlas a cargar con las consecuencias más duras de estos desastres, generalmente traducido en nuevas y mayores cotas de empobrecimiento.

Pero, al igual que hay protagonistas en lo negativo de estas situaciones, hay también unos titulares de obligaciones sobre las mismas; dicho de otra manera, hay claramente identificables unos responsables, también con caras y apellidos (generalmente la alta clase política y aquellos que engrosan consejos de administración de grandes transnacionales, bancos…). Aquellos que han propugnado y llevado adelante el actual modelo desenfrenado de desarrollo en el marco del sistema capitalista (expolio absoluto de la naturaleza, privatización de servicios y sectores productivos estratégicos, endeudamiento y austeridad, desaparición del estado y sumisión de la política a la economía), en la búsqueda única y permanente del máximo de beneficios y el aumento exponencial de sus tasas de ganancias a cualquier precio.

Y ese precio, además de en la explotación sistemática de las personas (precarización del trabajo, desvío de la riqueza generada por el trabajo hacia los grandes capitales…), se encuentra también en el aumento de la temperatura del planeta, el deshielo y subida del nivel de los mares, los altísimos grados de contaminación y degradación medioambiental, las sequías e inundaciones extremas… Esta es la cuenta de resultados que el sistema de desarrollo capitalista pretende seguir escondiendo, incluso cuando se reúne en las grandes cumbres internacionales.

Todo este escenario construido por dicho sistema hipoteca no solo las perspectivas de desarrollo sostenible de muchos pueblos y personas, sino también la propia existencia física de algunos países (estados insulares condenados a desaparecer tragados literalmente por los océanos) y la viabilidad de otros muchos como sociedades sostenibles, además de ejercer su dominio cuasi imperial sobre la mayoría de los pueblos. Por otra parte, y como ya se ha reiterado en multitud de estudios científicos, hoy está en cuestión la misma existencia de miles de ecosistemas (algunos ya desaparecidos) y, por lo tanto, la misma tierra como planeta apto para la vida humana.

La erradicación de la pobreza, la redistribución equitativa de la riqueza y la construcción de sociedades más justas y democráticas deberían seguir siendo prioridades para el mundo. Pero el actual modelo de desarrollo, con las innegables consecuencias ya mencionadas, no hace sino contribuir a que esos objetivos sigan siendo utopía inalcanzable para millones y millones de personas.

Por todo ello, habría que reiterar que no es aceptable, una vez más, el retraso en la adopción de medidas concretas y firmes para la urgente estabilización y disminución de las altas concentraciones de gases de efecto invernadero, a fin de reasegurar la vida en el planeta y combatir eficientemente el cambio climático. Pero hay que afirmar igualmente que tampoco es postergable la eliminación de la alta concentración de «gases nocivos para la vida humana digna»; léase como alta concentración de riqueza en unas pocas manos en detrimento de las mayorías y el mantenimiento del modelo actual modelo neoliberal de desarrollo capitalista.

Dígase con claridad. Ya no se trata solo de mitigar las consecuencias del cambio climático, «de seguir poniendo tiritas», sino de transformar radicalmente al responsable último de esta situación. Por eso, erradicar el sistema capitalista, protagonista de este proceso de deterioro de la vida, es una condición necesaria para la verdadera eliminación de la pobreza en el mundo, así como de las desigualdades de género y de riqueza entre los pueblos, al igual que las causas que, en suma, han generado en los últimos 200 años la situación de riesgo para la continuidad del planeta y para la propia existencia en el mismo. En suma, para asegurar la viabilidad hoy de la Tierra como espacio sostenible para la vida de las generaciones futuras.

Porque, tal y como declaró en las propias Naciones Unidas el presidente Evo Morales, «la solución a la crisis climática requiere cambios profundos en nuestras visiones del desarrollo, tenemos que promover un desarrollo integral en armonía con la Madre Naturaleza». Dicho de otra manera, ya que el capitalismo no ha contribuido sino a la destrucción sistemática de la naturaleza, hora es ya de reconocer que la solución al cambio climático y al desarrollo sostenible de los pueblos no puede estar ni venir de este sistema, aunque algunos quieran disfrazarlo de verde y sostenible. Pasó el tiempo de medidas mitigadoras o adaptativas al cambio climático. Es el tiempo de las alternativas profundas al modelo de desarrollo para realmente poder revertir las consecuencias dramáticas que ya vivimos las personas, los pueblos y el propio planeta Tierra.
* Jesús González Pazos es miembro de Mugarik Gabe.
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lunes, 13 de octubre de 2014

12 de octubre, ¿día de la raza, del racismo o del holocausto de los aborígenes?



Ollantay Itzamná

En Latinoamérica y en España, las entidades públicas y privadas celebran el 12 d octubre, con diversos actos culturales, como el Día de la Raza y/o Día de la Hispanidad.
El origen de esta fecha se debe al primer recibimiento fraterno que hicieron nuestros ancestros aborígenes, en las costas de la actual República Dominicana, a los primeros europeos/españoles, en octubre de 1492. Aquella hospitalidad fue traicionada con saqueos, enfermedades, desposesión, esclavitud y genocidio. Sí. Genocidio. En menos de siglo y medio, los “huéspedes” cristianos masacraron violentamente cerca de 70 millones de nuestros abuelos/as para apropiarse de nuestros bienes comunes. Fue y es el primer holocausto humano en nombre del tal Dios desconocido y de la paradisiaca civilividad prometida que jamás llegó.

La oficialidad de los actuales españolitos, y las autómatas élites políticas y culturales que reditúan del holocausto colonial en las actuales tierras de Abya Yala, promueven la remembranza del 12 octubre como el Día de la Hispanidad o Día de la Raza con la finalidad de mantenernos dormidos y colonizados, serviles a sus intereses.

El 12 de octubre no es ningún Día de la Raza, porque la misma antropología occidental demostró con demasía que razas humanas no existen. Existe una sola especie humana. Y, quien diga lo contrario no es más que un ladrón y saqueador que intenta justificar el despojo y la esclavitud contemporánea.

En 12 de octubre tampoco es Día de la Hispanidad, porque en la realidad, la categoría cultural de “hispanidad” fue y es un espejismo. En ese territorio que, hoy, llaman España, vascos y catalanes se ofenden si se les llama español/a. España como unidad cultural no existe. Este idioma en el que intentamos comunicarnos no se llama español, se llama castellano. Entonces, ¿qué es hispanidad? Un concepto vacío y aborrecido, como la actual Monarquía madrileña.

El 12 de octubre es el Día del Holocausto de nuestros abuelos/as. Es el Día del Racismo endémico que justificó la humillación y el despojo que cometieron y cometen los misioneros del Dios desconocido. Y los actos abominables no se celebran. Mucho menos se agradecen. Pero, sí: es una lección por donde no debemos transitar jamás.

Entonces, ¿por qué se estableció el 12 de octubre como el Día de la Raza o de la Hispanidad? Ellos lo establecieron para intentar limpiar y tranquilizar su conciencia sanguinaria que jamás los dejará en paz. Para intentar afianzar y mantener su supuesta superioridad biológica y cultural frente a los demás pueblos. ¿Una sociedad que vive de la violencia y del saqueo, consumopáticos que devoran más allá de la capacidad regenerativa de la Madre Tierra, puede ser considerada como civilización? En estos y otros territorios de Abya Yala, ¿vivimos mejor o peor a más de cinco siglos de confesar la fe cristiana? ¿Quién disfruta de paraíso terrenal proclamado por más de 2000 años en el planeta? Y el Dios desconocido, sólo guarda silencio cómplice… Los enviados de Dios se apropiaron de la tierra, los ríos, los bosques, las playas, los yacimientos mineros e hidrocarburíferos. Sólo nos dejaron la cruz y la Biblia que no hacen milagros.

Quienes tenemos el privilegio de portar en nuestra identidad parte del cúmulo de la dignidad de las milenarias civilizaciones nativas de Abya Yala, tenemos la responsabilidad histórica de nominar a la realidad histórica y fáctica con la verdad que corresponde. Pero, para ello, no es suficiente con desaprender o sospechar de las mentiras de los genocidas impuestas como verdades. Es necesario hacer el camino hacia adentro (metanoia dirían los ascetas), para desconfigurarnos y reconfigurarnos psicológica, mental y espiritualmente. Sólo así esta Abya Yala que florece hará que sea posible la esperada primavera de múltiples colores en la Madre Tierra.

viernes, 10 de octubre de 2014

La enfermedad del fundamentalismo.


Todo lo que está sano puede enfermar. La religión, al contrario de lo que dicen sus críticos como Freud, Marx, Dawkins y otros, se inscribe dentro de una realidad saludable: la búsqueda de la Última Realidad por el ser humano, que da un sentido último a la historia y al universo. Esa búsqueda es legítima y se encuentra atestiguada en las más antiguas expresiones del homo sapiens/demens, pero puede conocer expresiones enfermizas. Una de ellas, la más frecuente hoy, es el fundamentalismo religioso, que también se manifiesta donde reina el pensamiento único en política.

El fundamentalismo no es una doctrina en sí, sino una actitud y una forma de vivir la doctrina. La actitud fundamentalista surge cuando la verdad de su iglesia o de su grupo es entendida como la única legítima con exclusión de todas las demás, consideradas erróneas y por eso sin derecho a existir. Quien imagina que su punto de vista es el único válido está condenado a ser intolerante. Esta actitud cerrada conduce al desprecio, a la discriminación y a la violencia religiosa o política.

El nicho del fundamentalismo se encuentra históricamente en el protestantismo norteamericano de finales del siglo XIX cuando irrumpió la modernidad no solo en lo tecnológico, sino también en las formas democráticas de convivencia política y en la liberalización de las costumbres. En este contexto surgió una fuerte reacción por parte de la tradición protestante, fiel a los ideales de los «padres fundadores», todos procedentes del rigorismo de la ética protestante. El término fundamentalismo está unido a una colección de libros publicados por la Universidad de Princeton por los presbiterianos que llevaba por título Fundamentals. A Testimony of Truth, 1909-1915 (“Los fundamentos, el testimonio de la verdad”).

En esta colección se proponía un antídoto a la modernización: un cristianismo riguroso, dogmático, fundado en una lectura literalista de la Biblia, considerada infalible e inequívoca en cada una de sus palabras, por ser considerada Palabra de Dios. Se oponían a toda interpretación exegético-crítica de la Biblia y a la actualización de su mensaje para los contextos actuales.

Esta tendencia fundamentalista ha estado siempre presente desde entonces en la sociedad y en la política norteamericana. Adquirió expresión religiosa en las llamadas «electronic Churches», esas iglesias que se valen de los modernos medios televisivos de comunicación que cubren el país de costa a costa y que tienen otras semejantes en Brasil y en América Latina. Combaten a los cristianos liberales, los que practican una interpretación científica de la Biblia y aceptan los movimientos modernos de las feministas, de los homoafectivos, de los que defienden la descriminalización del aborto. Todo eso es interpretado por ellos como obra de Satanás.

La vertiente política asimiló a la religiosa, uniéndola a la ideología política del «destino manifiesto», creada después de la incorporación de territorios de México por parte de Estados Unidos, según la cual los norteamericanos tienen el destino divino de llevar claridad, los valores de la propiedad privada, del libre mercado, de la democracia y de los derechos a todos los pueblos, como lo afirmó el segundo presidente de Estados Unidos, John Adams. Como rezaba la versión popular y política, los americanos son «el nuevo pueblo escogido» que va a llevar a todos a la «Tierra de Emanuel, sede de aquel Reino nuevo y singular que será concedido a los Santos del Altísimo» (K. Amstrong, En nombre de Dios, Companhia das Letras, São Paulo 2001).

Esa amalgama religioso-política ha dado origen a la arrogancia y al unilateralismo en las relaciones internacionales de la política exterior norteamericana que perdura también bajo Barack Obama.

Un tipo semejante de fundamentalismo lo encontramos en grupos católicos extremadamente conservadores que todavía sostienen que «fuera de la Iglesia no hay salvación». Se afanan en convertir al mayor número de personas que pueden para librarlas del infierno. Algunos grupos evangélicos, especialmente en sectores de las iglesias carismáticas con sus programas de TV, revelan discursos fundamentalistas, particularmente de cara a las religiones afrobrasileras, pues consideran sus celebraciones como obras de Satanás. De ahí los frecuentes exorcismos y hasta invasiones de terreiros para «purificarlos» del Exu.

El fundamentalismo más visible tanto en grupos católicos como en algunos grupos evangélicos se muestra en las cuestiones morales: son inflexibles ante los problemas del aborto, las uniones de los homoafetivos, el empeño de las mujeres por su libertad de decisión. Promueven verdaderas guerras ideológicas en las redes sociales y medios de comunicación contra todos los que discuten tales cuestiones, aunque estas formen parte de la agenda de todas las sociedades abiertas.

Lamentablemente tenemos una candidata a la presidencia de la República, Marina Silva, que manifiesta un tipo de fundamentalismo que es el biblicismo. Hace una lectura literalista de la Biblia, como si en ella se encontrase la solución de todos los problemas. Como bien dijo el Papa Francisco, la Biblia antes que un depósito de verdades es una fuente inspiradora para la iniciativas humanas benéficas. Hay que ponerla detrás de la cabeza para iluminar la realidad, no delante de los ojos, tapando así la realidad.

El Estado brasilero es laico y pluralista. Acoge todas las religiones sin adherirse a ninguna. Según la constitución no es lícito que una determinada religión imponga a toda la nación sus puntos de vista. Una autoridad puede tener sus convicciones religiosas pero no es por ellas, sino por las leyes como debe gobernar. Existen cuatro evangelios, no solo uno. Y todos ellos conviven entre sí en la diversidad de las interpretaciones que dan del mensaje de Jesús. Es un ejemplo de la riqueza de la diversidad. El mismo Dios es la convivencia eterna de Tres Divinas Personas que por el amor forman un sólo Dios. La diversidad es fecunda.

Traducción de Mª José Gavito Milano