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martes, 8 de octubre de 2013

Fabricantes de armas, árbitros del mundo.


Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad poseen el 90% del arsenal bélico y controlan el resto de manera selectiva


Armas atómicas, químicas, bacteriológicas, cabezas nucleares, bombas de hidrógeno, de neutrones… A este listado caben añadir las armas digitales que en cierto modo ya se han perfilado como potencialmente devastadoras a través de acciones de hackers, robo de bancos de datos y todo un cúmulo, aún hoy insospechado, de posibles ciberataques que podrían sumir al mundo moderno en el caos más absoluto. Seguramente, las guerras del futuro se librarán por Internet. Sofisticados sistemas de software y contra-software podrían cortar la energía eléctrica, el abastecimiento de agua, de gas, alterar las señales radioeléctricas, paralizar los sistemas informáticos de un continente, todo cuanto hoy en día regula nuestra vida cotidiana, desde la comunicación de masas hasta la vida profesional, familiar y social… En definitiva, retroceder al siglo XIX, sin luz, sin teléfono, sin ondas hertzianas, sin gas, sin agua corriente potabilizada. En una palabra, el fin de la vida que las sociedades occidentales y desarrolladas han conocido y disfrutado desde hace muchos años. ¿Estamos preparados para esa posibilidad? Pues deberíamos, aunque hoy por hoy el tema sea objeto únicamente de películas de ciencia ficción.

Sin embargo, la cuestión que yo quería poner sobre el tapete es el uso de armas químicas sobre la población civil por parte de poderes sin escrúpulos como ha sido el reciente caso de Siria o lo fue en su momento el del Irak de Saddam Hussein sobre la población kurda en 1988. Por cierto, sin reacción internacional en aquel caso.

Hablamos día tras otro de los 1.500 civiles muertos a finales de agosto en la periferia de Damasco y de las represalias bélicas anunciadas precipitadamente por el presidente norteamericano Obama y frenadas por la iniciativa negociadora del presidente ruso, tras la cumbre del G-20 en San Petersburgo. De momento, parece que se ha sorteado la carrera hacia una ofensiva bélica de consecuencias imprevisibles para alivio de Obama, aunque queda mucho camino por andar y podríamos decir aquello de que las espadas permanecen en alto. Por delante, tenemos, en el mejor de los casos, un tortuoso camino de localización y entrega de dichas armas a inspectores de la ONU para depositarlas en algún lugar aún por determinar para su subsiguiente destrucción.


El acuerdo internacional sobre armas químicas prohíbe su uso, pero también su fabricación

¿Destrucción? ¿Y si hablamos de cómo y quién las fabrica y las vende? Porque en el acuerdo sobre la convención de armas químicas de 1993 (en vigor desde 1997), se prohibía no solo su uso, sino también su fabricación. Aunque Siria en este caso no firmara dicho tratado, por sí sola no es capaz de fabricar dichas armas sin el concurso de proveedores del exterior de los productos químicos necesarios. Convendría saber quiénes o qué países cometen tal infamia en aras de un negocio tan lucrativo, como el de la fabricación y venta de armas para alimentar los centenares de guerras y conflictos en todo el mundo que engrasan a poderosas firmas mundiales —también de armamento convencional—, algunas de ellas bien conocidas. Y en este capítulo Estados Unidos sigue siendo el primer productor mundial de armamento de todo tipo en el mundo.

Pero en este crimen contra la Humanidad que significa el enriquecimiento de holdings y también gobiernos a costa de matar a semejantes en todo el planeta hay un doble discurso entre las potencias que se llaman a sí mismas “grandes democracias” con enormes dosis de hipocresía. Recuérdese a este propósito el famoso escándalo delIrangate (1986-87) con el embargo por el Senado norteamericano de venta de armas al Irán de los ayatollahs mientras el propio presidente Reagan lo transgredía flagrantemente. En este orden de cosas tenemos hoy otros ejemplos. Tal o cual país no puede tener la bomba atómica, por nombrar una de las más mortíferas armas conocidas, porque están tan ofuscados o son tan fanáticos como para decidirse a emplearlas en un momento dado, cuando no se aduce que podrían caer en manos terroristas del signo que fueren y destruir medio mundo.

En los años de la llamada Guerra Fría en un mundo bipolar compuesto por dos grandes y únicas potencias mundiales, Estados Unidos y la URSS, se dijo que el miedo al arma atómica evitó una tercera guerra mundial. Tanto Washington como Moscú eran conscientes de lo que podía significar pulsar el botón del maletín rojo, la destrucción mutua. Entrados ya en el segundo decenio del siglo XXI, con un mundo multipolar, la bomba atómica, al margen de las potencias aliadas, ganadoras de la Segunda Guerra Mundial, la tienen, entre otros países emergentes, China, India, Pakistán, declaradamente aceptados y algunos otros, tolerados. Pero no algunos. Por ejemplo, Corea del Norte. O Irán, que merece un capítulo aparte tras años de enfrentamientos y sanciones internacionales por negarse a permitir el acceso a sus instalaciones nucleares por parte del Organismo Internacional de la Energía Atómica. Actualmente, tras las elecciones de un nuevo presidente, el moderado Hassan Rohaní, Teherán parece dispuesto a permitir ahora las inspecciones del OIEA para averiguar en qué estadio se hallan sus centrifugadoras en cuanto a obtener el uranio enriquecido necesario para la fabricación del arma atómica.


El único país que ha utilizado la bomba atómica, y de manera unilateral, es Estados Unidos

Sin embargo, no lejos de la nación persa, otro país más pequeño pero poderoso, Israel, posee estearmagedón desde hace años, precisamente en el centro del polvorín en que se ha convertido Oriente Medio. Y nos preguntamos, ¿por qué el Estado judío puede fabricar y almacenar en el desierto del Neguev la bomba atómica y no tiene el mismo derecho Irán? Razonamientos esgrimidos por altos responsables israelíes vienen a afirmar: “Nosotros nunca seríamos los primeros en usarla”.

En la memoria de todos está el reciente 68 aniversario del bombardeo, el 6 y el 8 de agosto de 1945, de Hiroshima y Nagasaki. Fue precisamente el gran mentor y protector de Israel, Estados Unidos, el único país que ha usado el arma nuclear por primera vez, unilateralmente y sin avisar, sobre dos ciudades japonesas con el argumento de acortar la Segunda Guerra Mundial y salvar así muchas vidas humanas. Entre Hiroshima y Nagasaki murieron más de 500.000 personas por consecuencias inmediatas y/o directas de los efectos nucleares, sin tener en cuenta las secuelas que aún perduran en los supervivientes y descendientes de aquellas desdichadas gentes, supervivientes del horror jamás imaginado: ver desaparecer sus ciudades en un segundo. Sí, fueron víctimas de un país enemigo. Pero víctimas civiles, claro.

Ahora que nos hallamos sumergidos en la recuperación de la memoria histórica de los genocidios y demás agresiones cometidas por poderes totalitarios en tantas partes del mundo, no atisbo la razón por la cual esa barbaridad no ha sido catalogada aún como un crimen contra la Humanidad. Y por qué recelamos más de Irán que de un país como Israel, que al fin y al cabo es el peón-centinela en Oriente Medio del único Estado que ya usó en el pasado el arma nuclear. Israel se permite, cuando lo cree pertinente en aras de su seguridad interior, bombardear, por ejemplo, el reactor iraquí de Osirak en 1981 o más recientemente, en 2007, llevar a cabo un ataque sobre un reactor “sospechoso” en Siria con el resultado de varios trabajadores norcoreanos muertos, hecho sobre el que cayó un sospechoso silencio informativo sin reclamaciones, por otra parte, de los dos países afectados.

Y un último interrogante: ¿Por qué Estados Unidos no cumple la convención firmada en 1993, en vigor desde 1997, sobre la no fabricación y almacenamiento de armas químicas y sigue siendo el primer productor y exportador mundial de armamento convencional y no convencional? ¿Y por qué junto con Inglaterra, Francia, Rusia y China, (el quinteto del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas) poseen cerca del 90% del armamento mundial?

María Dolores Masana Argüelles, expresidenta de Reporteros sin Fronteras, es vicepresidenta de la Comisión de Quejas y Deontología de la FAPE.

Fuente: elpais.com

jueves, 19 de septiembre de 2013

Las armas y la muerte.


Marcelo Colussi

“Prefiero despertar en un mundo donde Estados Unidos sea proveedor del cien por ciento de las armas mundiales”

Lincoln Bloomfield, funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos.

I

Cuando nuestros ancestros descendieron de los árboles y comenzaron a caminar erguidos en dos patas hace dos millones y medio de años, por vez primera en la historia fabricaron un objeto, un elemento que trascendió la naturaleza. Ese inicio de la humanidad estuvo dado, nada más y nada menos, que por la obtención de una piedra afilada; en otros términos: un arma. ¿Es que la historia de nuestra especie está signada entonces por ese inicio? ¿Las armas están en el origen mismo del fenómeno humano?

Sí, sin ningún lugar a dudas. La violencia es humana, no es un “cuerpo extraño” en nuestra constitución. Ahora bien: ¿cómo fuimos pasando de la agresión necesaria para la sobrevivencia a la violencia humana, al desprecio del otro, a la industria de la muerte actual? La organización en torno al poder igualmente es humana; los animales, más allá de sus mecanismos instintivos de supervivencia, no ejercen poderíos. Nosotros sí. En esa dialéctica (¿quién dijo que un “blanco” vale más que un “negro”, o que una mujer es “menos” que un varón?…, pero esa dialéctica marca nuestras relaciones), el uso de algo que aumente la capacidad de ataque es vital. Lo fue en los albores, como necesidad para asegurar la lucha por la sobrevivencia (la piedra afilada, el garrote, la lanza), y lo sigue siendo hoy día. Ahora bien: las armas actuales en modo alguno están al servicio de la supervivencia biológica; las armas actuales, desde que conocemos que la historia dejó de ser la pura sobrevivencia en alguna caverna y en constante lucha con el medio ambiente natural, las armas de las sociedades de clases, entonces, están al servicio del ejercicio del poder dominante, desde la más rústica espada hasta la bomba de hidrógeno.

Sigmund Freud en su senectud, como reflexión más filosófica que como formulación de la práctica clínica, con la sabiduría que puede conferir toda una vida de aguda meditación, habló de una pulsión de muerte: retorno a lo inanimado. De allí que el psicoanálisis pueda hablar de un malestar intrínseco a toda formación cultural, a toda sociedad: ¿por qué hacemos la guerra? Se podrá decir que la organización social vertebrada en torno a las clases sociales lleva inexorablemente a ellas (y por tanto, a la producción de armas). Queda entonces en pie la pregunta: ¿pero por qué el ser humano construyó esas sociedades estratificadas y guerreristas y no, por el contrario, organizaciones horizontales basadas en la solidaridad? El socialismo es la propuesta que apunta a construir esas alternativas. ¿Lo lograremos alcanzar? ¿Será realizable lo que proponía el subcomandante Marcos en Chiapas: “tomamos las armas para construir un mundo donde ya no sean necesarios los ejércitos”, o la pulsión de muerte nos arrastrará antes a la autodestrucción como especie?

Salvo poquísimas, insignificantemente pocas armas fabricadas para el ámbito de la cacería, la parafernalia armamentística con que hoy contamos los seres humanos está destinada al mantenimiento de las diferencias de clases. Es decir: seres humanos matan a otros seres humanos para mantener su poder, y básicamente, para defender la propiedad privada, para saquear a otros en nombre de la apropiación privada. Y también para “resolver” conflictos de la cotidianeidad. Los desquiciados que alguna vez, armas en mano, matan a otros congéneres como suele suceder con bastante frecuencia en Estados Unidos, no es la pauta dominante. Las armas están para otra cosa: ¿se fabrica un tanque de guerra o una mina antipersonal para cazar lo que luego nos comeremos? Obviamente no.

Contrariamente al espejismo con que –por error o por mala intención– se presentan las armas como garantía de seguridad, es por demás evidente la función que en verdad cumplen en la dinámica social: son la prolongación artificial de nuestra violencia. ¿De qué estamos más seguros teniendo armas? Quienes nos matan, mutilan, aterrorizan, dejan secuelas psicológicas negativas e impiden desarrollos más armónicos de las sociedades son, justamente, las armas. O, dicho de otro modo, somos seres humanos que hacemos todo eso valiéndonos de esos instrumentos a los que llamamos armas, desde una pistola hasta un submarino con carga nuclear.

Pero las armas no tienen vida por sí mismas, claro está. En realidad, son ellas la expresión mortífera de las diferencias injustas que pueblan la vida humana, de la conflictividad que define nuestra condición. Son los seres humanos quienes las inventaron, perfeccionaron, y desde hace un tiempo con la lógica del mercado como eje de la vida social, quienes las conciben como una mercadería más (¡vaya mercadería!).

Y somos nosotros, los seres humanos organizados en sociedades clasistas hondamente marcadas por el afán de lucro económico individual que el capitalismo dominante en estos últimos siglos impuso, quienes transformamos el negocio de las armas (que es lo mismo que decir: el negocio de la muerte) en el ámbito más lucrativo del mundo moderno, más que el petróleo, el acero o las comunicaciones.

II

Cuando hoy decimos “armas” nos referimos al extendido universo de las armas de fuego (aquellas que utilizan la explosión de la pólvora para provocar el disparo de un proyectil), el cual comprende un variedad enorme que va desde lo que se conoce como armas pequeñas (revólveres y pistolas –las más comunes–, rifles, carabinas, sub-ametralladoras, fusiles de asalto, ametralladoras livianas, escopetas), armas livianas (ametralladoras pesadas, granadas de mano, lanza granadas, misiles antiaéreos portátiles, misiles antitanque portátiles, cañones sin retroceso portátiles, bazookas, morteros de menos de 100 mm.), a armas pesadas (cañones en una enorme diversidad con sus respectivos proyectiles, bombas, explosivos varios, dardos aéreos, proyectiles de uranio empobrecido), y los medios diseñados para su transporte y operativización (aviones, barcos, submarinos, tanques de guerra, misiles), a lo que hay que agregar minas antipersonales, minas antitanques, todo lo cual constituye el llamado armamento convencional. A ello se suman las armas de destrucción masiva, con poder letal cada vez mayor: armas químicas (agentes neurotóxicos, agentes irritantes, agentes asfixiantes, agentes sanguíneos, toxinas, gases lacrimógenos, productos psicoquímicos), armas biológicas (cargadas de peste, fiebre aftosa, ántrax), armas nucleares (con capacidad de borrar toda especie de vida en el planeta).

Siendo amplios en la definición, si hoy día los teóricos de la guerra pueden hablar de una “guerra de cuarta generación” sin derramamiento de sangre, pero conflicto que da resultados aún más promisorios para el ganador que todas aquellas armas que provocan muerte y destrucción, habría que hacer entrar allí la enorme batería de instrumentos que permiten esta guerra “en las mentes”, guerra mediática y psicológica. ¿Son también los medios de comunicación, en toda su amplísima gama, parte de ese arsenal? En algún sentido, sí: computadoras, internet, televisores y teléfonos inteligentes son “armas” que sirven no para matar, pero sí para neutralizar al enemigo. El tema es complejo, y al menos dejémoslo planteado como interrogante. ¿Cómo hemos llegado a una guerra “sin efusión de sangre” pero más victoriosa que cualquier invasión militar?

Toda esta cohorte de máquinas de la muerte en modo alguno favorece la seguridad; por el contrario, son un riesgo para la humanidad. El mito de la pistola personal para evitar asaltos y para conferir sensación de seguridad es solamente eso: mito. En manos de la población civil, muy rara vez sirve para evitar ataques; en general, sólo ocasionan accidentes hogareños. Y en manos de los cuerpos estatales que detentan el monopolio de la violencia armada, los arsenales crecientes –cada vez más amplios y más mortíferos– no garantizan un mundo más seguro sino que, por el contrario, hacen ver como posible la extinción de la humanidad (de liberarse todo el potencial bélico atómico con que cuentan las fuerzas armadas de la actualidad, la onda expansiva llegaría hasta la órbita de Plutón haciendo fragmentar completamente el planeta Tierra, y pese a ese extraordinario poder de disuasión, no estamos más seguros, sino justamente todo lo contrario). ¿Por qué los misiles nucleares estadounidenses serían “buenos” (¿pacíficos?) y los de Corea del Norte o los de Irán no?

No obstante la cantidad de vidas cegadas y el dolor inmenso que producen estos ingenios infernales que la especie humana ha inventado, la tendencia va hacia el aumento continuo de su producción y hacia el perfeccionamiento en su capacidad destructiva. Así entendidas las cosas, no puede menos que decirse que el negocio de la muerte crece. Crece, y mucho, porque es rentable. ¿Se entiende el sentido de la tesis freudiana entonces?

III

El negocio de las armas no se parece a ningún otro. Debido a su relación con la seguridad nacional y la política exterior de cada país, funciona en un ambiente de alto secretismo y su control no está regulado por la Organización Mundial del Comercio, sino por los diferentes gobiernos. En general –y esto es lo preocupante– los gobiernos no siempre están dispuestos o son capaces de controlar las ventas de armas de forma responsable. Asimismo, lo más frecuente es que las legislaciones nacionales en la materia, si la hay, sean inadecuadas y estén plagada de vacíos legales. Además, los mecanismos existentes no son obligatorios y apenas se aplican. ¿Quién de quienes ahora puedan estar leyendo este texto conoce en detalle cuántas y cuáles armas dispone el gobierno del país en que vive? ¿Alguna vez fue informado de ello? Muchos menos aún: ¿alguna vez se le consultó algo al respecto?

El negocio de las armas no es transparente. Por no ser de conocimiento público se maneja con extrema cautela sin estar sujeto casi a ninguna fiscalización. Por eso, las diversas iniciativas internacionales de la post Guerra Fría para fiscalizar este tipo de transacciones han resultado inútiles. Los intereses económicos, políticos y de seguridad hacen de este rubro un sector misterioso y peligroso, intocable en definitiva.

Desde el año 1998 los gastos en armas han comenzado una tendencia alcista después de haber llegado a su nivel más bajo en la era de la post Guerra Fría. En el 2000 éstos fueron de alrededor de 798.000 millones de dólares (25.000 dólares por segundo); a partir de allí comenzaron a trepar aceleradamente, y la fiebre antiterrorista desatada después del 11 de septiembre del 2001 los ha catapultado en forma espectacular, sobrepasando ampliamente el billón de dólares anual. Por lejos, hoy en día constituyen el rubro comercial más infinitamente rentable entre todos, el que más volúmenes de dinero mueve y el que más rápido crece en términos de investigación científico-técnica.

En el campo de las armas todo es negocio, tanto fabricar un submarino nuclear como una pistola. Incluso las llamadas armas pequeñas, con un poder de fuego más bajo que otras de las tantas armas que llegan al mercado, son un filón especialmente rentable. Más de 70 países en el mundo fabrican armas pequeñas y sus municiones, y nunca faltan compradores, tanto gobiernos como personas individuales (fundamentalmente varones). Las ventas directas de armas pequeñas (pistolas, revólveres y fusiles de asalto) a otros gobiernos o entidades privadas corresponden al 12 % de las ventas totales de armas en todo el planeta. El resto está provisto –¿astucias de la razón o burlas de la historia? diría Hegel– por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aquellos que se encargan (¿se encargan?) de la paz y seguridad del mundo: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China. Estados Unidos es en la actualidad el principal productor y vendedor mundial de armamentos, de todo tipo, con un 50 % del volumen general de ventas (aunque el sueño de más de algún funcionario de Washington, como lo dice nuestro epígrafe, sea aumentar ese porcentaje).

Ante todo esto: ¿qué hacer? ¿Comprarnos una pistola para defendernos? Apelar a campañas de desarme y de no uso de armas, al menos las pequeñas (pistolas y revólveres), es loable. Pero vemos que eso no alcanza para detener el crecimiento de un negocio poderosísimo. Apelar a la buena conciencia y al fomento de la no violencia es una buena intención, pero difícilmente logre su cometido de terminar con las armas ¿Con eso detendremos a multinacionales de poder casi ilimitado como Lockheed Martin, Raytheon, IBM, General Motors?, ¿o a gobiernos que basan sus estrategias de desarrollo nacional en la comercialización de armas? Cada nueva guerra que comienza (y continuamente está comenzando una) responde a frías estrategias mercadológicas pensadas en desapasionados términos comerciales. ¿Pulsión de muerte o no?

IV

La lucha contra la proliferación de las armas es eminentemente política: se trata de cambiar relaciones de poder. No es posible que los mercaderes de la muerte manejen el destino humano. No es posible…., pero sucede. Eso es lo que marca la dinámica internacional. Ahora bien: dado que es así, confiando en que otro mundo sí es posible, que las utopías son posibles, debemos plantearnos alternativas. Naturalmente el ser humano, desprovisto de alas, no vuela. Pero gracias a nuestro inconmensurable deseo de lograrlo ¡ya llegamos al planeta Marte! Y eso no se detiene. Cada vez, sin alas propias, volamos más lejos. Plantearse las utopías es lo que nos hace caminar (o volar…, para el caso). Como decía alguna pintada memorable del Mayo francés de 1968: “Seamos realistas. Pidamos lo imposible”.

Hoy día la producción de armas no es un negocio marginal, ligado a circuitos delincuenciales que se mueven en las sombras: es el principal sector económico de la humanidad. Y como consecuencia, esto significa que cada minuto mueren dos personas en el mundo por el uso de algún tipo de arma (casi 3.000 al día, mientras que el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” internacional, si hablamos en términos estadísticos, produce 11 decesos diarios). Desmontar esta tendencia humana del uso de armas se ve como tarea titánica, casi imposible: es terminar con la violencia, es terminar con las injusticias. Y ahí la reflexión freudiana cobra sentido, en cuanto nos permite ver la magnitud monumental de la temática en juego. ¿Se trata de luchar contra nuestra naturaleza? ¿Cómo ir contra esta energía primaria, original?

Que la muerte sea un destino ineluctable, de raigambre natural incluso, es una elucubración. Quizá sí (es una hipótesis teórica, y como tal puede servir para explicar el mundo. O tal vez no, y haya que desecharla); quizá sí, decíamos, y la destrucción completa del planeta nos espera a la vuelta de la esquina por la catástrofe termonuclear que podría producirse. Se supone que somos “muy” racionales, aunque no se sabe qué “loco” puede dar la orden de lanzar el primer ataque nuclear. ¿No podrá haber errores? Los actos fallidos (apretar un botón por error, por ejemplo) son lo más normal de nuestra especie. Pero pese a que la magnitud de la tarea propuesta pueda ser titánica, es absolutamente vital seguir planteándosela como requisito para la permanencia de la especie, y para una permanencia más digna. Quizá sea imposible terminar con la violencia como condición humana, aunque eduquemos para la convivencia tolerante. Los países más “educados” son los que más hacen la guerra, y con las armas más letales. Pero es imprescindible seguir luchando contra las injusticias y apuntando a una convivencia solidaria. Lo contrario es avalar el darwinismo social y la supervivencia del más fuerte.

Plantear que “otro mundo es posible” no significa que se terminará la conflictividad, que viviremos en un paraíso bucólico libre de contradicciones y que el amor sin límites se derramará generoso sobre todos los habitantes del planeta (¿alguien se creerá eso todavía?). Pero sí alerta sobre que es necesario apuntar a una sociedad que se avergüence, y por tanto reaccione, ante el negocio de la muerte. La causa de la justicia no puede aceptar la muerte como business. ¿O sí? ¿Triunfará finalmente la pulsión de muerte entonces? Apostemos firmemente porque sí es posible cambiar el curso de la historia. Si pudimos llegar al planeta Marte y liberar la energía del átomo, o domesticarnos y dejar de ser animales, ¿no será posible plantearnos no seguir matándonos?

Fuente: ApiaVirtual

lunes, 8 de abril de 2013

Seis pasos, ¡estúpidos!, para reconstruir el Mundo.


Por Ricardo Natalichio*
8 de abril, 2013.- En seis pasos simples, simples por lo estúpidos y no porque fuera fácil realizarlos, el trágico final que nos acecha, podría cambiar rápidamente. Ningún genial invento, ningún milagro es necesario. Bastaría con usar los conocimientos que tenemos. Hacer, lo que todos ya sabemos que hay que hacer.
Estos pasos no pretenden ser una guía, y seguramente no son los mejores ni los ideales, sino que sólo intentan mostrar que la crisis social y ambiental en la que estamos inmersos, podría finalizar solamente tomando la decisión de que así fuera.

Paso 1. Las armas y las guerras

De todas las cosas ridículamente autodestructivas del mundo, las armas se encuentran en la posición de honor. Los recursos económicos destinados al negocio de las armas son tan enormes que se gasta 200 veces más que en alimentos. Los recursos naturales utilizados y la contaminación generada para su fabricación, su traslado y por supuesto el combustible y la energía malgastados en su utilización, son tan inmensos como innecesarios.
En el primer Paso de la reconstrucción del mundo, deberían desaparecer las armas. Reutilizarse las miles de millones de toneladas de hierro y otros materiales para otros fines, para cubrir otras necesidades. Deberían los cientos de millones de personas que conforman los ejércitos del mundo, comenzar dedicarse a otras tareas constructivas y no destructivas, como la agricultura, las ciencias, la salud, la educación, la reforestación de los bosques, etc.

Paso 2. La tierra

Durante las últimas décadas, la frontera agrícola-ganadera ha ido rápida y constantemente ganando espacio a costa principalmente de los bosques. La propiedad de la tierra viene siendo concentrada por grandes grupos económicos, que han suplantado la diversidad de cultivos y la utilización de técnicas tradicionales, por inmensos desiertos verdes donde monocultivos transgénicos como la soja, el maíz o la palma, son fumigados cada día con miles de millones de litros, de los más tóxicos y contaminantes venenos químicos.
En el segundo Paso, los campesinos y agricultores deberían volver al campo, a trabajar la tierra y a producir alimentos sanos y diversos. No debería quedar sobre el planeta un solo monocultivo, ni un solo terrateniente. Pero además, deberíamos establecer claramente que tierra se destina a la agricultura y cual debe volver a ser bosque, o monte.

Paso 3. El agua

Actualmente el derroche y la contaminación innecesaria del agua potable anulan toda posibilidad de supervivencia futura sobre el planeta. Malgastamos ese vital elemento de todas las formas imaginables y lo contaminamos con una irresponsabilidad terrorífica.
Estamos agotando rápidamente el elemento de la naturaleza más necesario para conservar la vida. La ecuación es simple, sin agua, no hay vida.
En el Paso 3 de la reconstrucción del mundo, deberían suspenderse todas las actividades humanas que consuman o contaminen el agua potable de forma innecesaria.

Paso 4. La energía

Utilizamos una cantidad de energía extremadamente superior a la que producimos de forma sustentable. Tenemos los conocimientos necesarios para revertir esa ecuación, sin embargo los intereses económicos lo evitan. Aun sigue siendo más rentable la producción de energía sucia, contaminante. Como así también, continúa siendo un buen negocio para algunos el derroche de esa energía.
Reduciendo el consumo a lo verdaderamente necesario, e invirtiendo fuertemente en energías renovables, el colapso energético podría evitarse.
En el cuarto Paso, deberían retirarse todos los subsidios a los hidrocarburos, apagarse las marquesinas, dejar de realizarse espectáculos públicos sin luz natural. Desconectar de la red eléctrica todo aparato que no estemos utilizando. Apagar las centrales eléctricas que funcionan con hidrocarburos y las atómicas y reemplazarlas por fuentes de energía renovables. Sea o no sea un negocio económicamente hablando, el mejor negocio es preservar la vida.

Paso 5. Las grandes ciudades

No es sano, ni para las personas ni para el planeta que existan grandes ciudades. No hay posibilidad alguna de que sean sustentables. El sólo hecho de tener que abastecer de alimentos, agua y energía a una ciudad con millones de habitantes, la convierte en un vampiro insaciable de recursos naturales.
Los medios de transporte necesarios para el movimiento interno de sus habitantes y de los que entran y salen cada día. El transporte de alimentos y demás productos desde otros sitios, ya que una gran ciudad no puede autoabastecerse. La concentración de efluentes cloacales. Las escaleras mecánicas, los elevadores, las bombas de agua, la iluminación de las calles, los semáforos, son sólo una pequeña muestra de la insustentabilidad de una gran ciudad.
En el quinto Paso, la población humana debería ser redistribuida. Establecerse en cada bioregión un número máximo de habitantes para que una población pueda autoabastecerse en cuanto a sus necesidades básicas de forma sustentable y en base a eso repoblar el mundo. Las grandes ciudades sólo deben ser utilizadas para reutilizar los materiales con los que están construidas.

Paso 6. La reeducación, una nueva conciencia

En la actualidad, la gran mayoría de nosotros, hemos sido educados bajo los preceptos de una sociedad capitalista-consumista, exacerbando el egoísmo y la competencia. Hemos sido educados para la búsqueda del éxito individual, por sobre el beneficio colectivo.
De tal forma, sin un cambio de mentalidad, que ubique la búsqueda del bien común como premisa fundamental de cada individuo, a través de la cooperación, de la solidaridad, de la comprensión de que debemos pensar como especie y no como individuos aislados y egoístas, volveremos a caer rápidamente en los mismos errores que nos trajeron hasta este punto crítico en la historia de la humanidad.
Habiendo resuelto los puntos anteriores, es necesario un cambio de conciencia para que el Nuevo Mundo, además de ser sustentable ambiental y socialmente, sea sostenible y así perdure en el tiempo.
En el sexto paso será necesario transmitir a los niños una escala de valores que sea sana para la vida, socialmente justa y ambientalmente sustentable.

*Ricardo Natalichio es director de Ecoportal.net
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Fuente: El presente texto es el editorial de Ambiente y Sociedad, boletín electrónico semanal y gratuito, año 13 Nº 548, correspondiente al 8 de abril de 2013:http://www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Desarrollo_Sustentable/Seis_pasos_!estupidos!_para_reconstruir_el_Mundo

* Ricardo Natalichio es director de Ecoportal.net. El presente texto es el editorial de Ambiente y Sociedad, boletín electrónico semanal y gratuito, año 9 Nº 376, correspondiente al 18 de febrero de 2009.

Otras noticias:

Fuente: Servindi