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viernes, 28 de septiembre de 2018

¿Razones para el desarme? ¡Todas!



Nunca las armas sirvieron para hacer avanzar verdaderamente al ser humano. Siempre se utilizaron para beneficio de unos pocos a costa de la vida, el dolor y el sufrimiento de la gran mayoría, aunque se utilizara y se siga utilizando a ésta como reclamo. Y las victorias –de haberlas– siempre son pasajeras porque portan en su esencia la revancha de los perdedores, en una cadena de violencia que no encuentra fin.

El desarrollo de las armas como forma de supervivencia podría entenderse hace miles de años, lo que seguramente no quiere decir y no justifica que la “elección” de esa vía por parte de la humanidad no fuera un gran error, que todavía estamos pagando y del cual no hemos salido, habiendo llegado al día de hoy, en el que está en riesgo la supervivencia de la especie y del planeta entero.

A la carrera armamentística que estamos viviendo y que nos ha devuelto a los peores momentos de la llamada Guerra Fría, le acompaña las campañas para hacer crecer una sensibilidad que se va potenciando incluso en las escuelas, alimentando una imagen ideal –asociada al ocio– acerca del “beneficio” de las armas. Lo estamos viendo en países de la antigua Europa del Este o en Inglaterra últimamente. Estas campañas de sensibilización van acompañadas de la construcción imaginaria de “enemigos”: países como Rusia, Irán, Corea del Norte… (países que no se doblegan), grupos humanos como refugiados, migrantes (desplazados por los desastres que la misma industria de las armas produce), etc., aumentando violencias de otros tipos como el hambre, el racismo, la xenofobia, la discriminación por creencias religiosas, etc., que alimentan la espiral de la violencia en una carrera loca.

Es alarmante el incremento en gastos militares a nivel mundial[1], con EEUU[2] a la cabeza y su política de empleo de la fuerza y la amenaza, una política que impone y que aceptan sus socios de la OTAN; algunos gobiernos como el de Colombia[3], modificando sustancialmente el mapa geomilitar de la región, o Japón[4], el ejemplo más evidente de la barbarie a la que hemos llegado pero que hoy claudica a las presiones de Trump, multiplicando la tensión en una de las zonas más calientes del planeta.

Esta “moneda” que aumenta de tamaño cada día, la del gasto militar, tiene como toda moneda dos caras, ambas negativas. La otra cara es la cara de los daños colaterales, hablando en términos bélicos. Si el presupuesto de un país sube la partida de los gastos militares, de modo sistemático se recortan los derechos y baja el presupuesto en políticas sociales (educación, sanidad, pensiones donde las hay, investigación, etc.).

Ejemplos claros abundan. La misma población estadounidense ve cómo aumentan las armas mientras cuenta con una pésima sanidad pública; en España, durante la que han denominado engañosamente ‘crisis’, los gobiernos de turno han recortado en educación, sanidad, pensiones públicas… mientras mantenías sus compromisos con la industria armamentística y aumentaba el presupuesto militar[5]; la Grecia de Txipras traicionaba la voluntad popular, siguiendo la estela de gobiernos previos, y entregaba a su pueblo a los pies de los caballos de los intereses de bancos centroeuropeos, sin importarle recortar salarios, derechos laborales, sanidad, educación, pensiones públicas… mientras paradojalmente compraba material militar[6].

Esto por hablar de casos escandalosos que han estado y están en todos los medios de comunicación, claramente por pertenecer al ‘norte’ del planeta. Pero, si esto sabemos de la vieja Europa o de USA, ¿qué ocurre y no se cuenta de toda África, de gran parte de Asia, de zonas con grandes recursos naturales, cuya población vive en la pobreza más extrema como consecuencia de guerras que no eligieron y que los mantienen ‘entretenidos’ mientras les son robados todos los recursos?

Allí, donde se invierte en armas, aumenta la violencia en cualquiera de sus formas (física, económica, sicológica, moral, racial, religiosa, sexual…), aumentan las desigualdades sociales, las hambrunas, el cambio climático, los desplazamientos forzados de población, etc.

Es muy gráfico ver, además, cómo esta carrera armamentística acompaña el proceso de concentración de la riqueza[7]. El negocio de la guerra es el mayor del mundo, no lo olvidemos.

Supervivencia de la humanidad

En cualquiera de los casos, hoy no hay situaciones que justifiquen las armas y las guerras si hablamos de supervivencia y de la defensa de los intereses de toda la humanidad como planteáramos al comienzo de este escrito. Hoy existe en todos los campos riqueza suficiente acumulada, como consecuencia del trabajo de miles de generaciones, para que toda la Humanidad viva en condiciones de vida dignas. Y esa riqueza, que fue generada por todos, por justicia social ha de volver por tanto a todos. Y contamos con todos los medios para que la riqueza pueda compartirse.

¿Por qué decimos que le corresponde y cómo podríamos hacer? Sin necesidad de hacer historia siempre llena de injusticias traiciones, pongamos un ejemplo de absoluta actualidad y alrededor del cual existen conflictos armados. Sabemos que en el norte del planeta se cuenta con mayores avances científicos y tecnológicos y en el sur se cuenta con elementos como el coltán, que tan imprescindible es para los dispositivos electrónicos, para que aquellos avances tecnológicos del norte puedan concretarse. ¿Qué posición sabia o moral y que abra el futuro de todos justifica seguir derramando la sangre de millones de seres humanos para quitarles estos recursos y negarles poder disfrutar de esos avances?

Imaginemos por un momento cuánta energía en todos los campos podría ganar la humanidad entera si, en lugar de potenciar el enfrentamiento, renunciamos a la guerra como resolución de conflictos (ver ya el ejemplo de la Constitución de Bolivia 2009, en su artículo 10.1[8]), si trabajamos en políticas de acercamiento y cooperación, si invertimos en educación gratuita, en sanidad universal, en asegurar comida y vivienda para todos. ¿Qué pasaría si se investigara y se desarrollaran una educación y una cultura para desarmar la violencia interna y eliminar todas las formas de violencia externa?... Estaríamos ante el aumento exponencial de la salud física y sicológica de las poblaciones, ante un ser humano que ganaría en fe profunda en su futuro, estaríamos poniendo la condición para que las distintas formas de violencia no encuentren abono en las conciencias individuales y colectivas.

Si todos los recursos que se desvían hacia la carrera armamentística se emplearan en función de la vida y la liberación del ser humano, contaríamos con el suelo para pasar a otra etapa de la historia, podríamos pasar a construir y contar la verdadera historia humana, como dijera el pensador latinoamericano Mario Rodríguez (Silo)[9].

Así es que, mientras no encontramos razón alguna para seguir alimentando la violencia y a la industria armamentística, decimos alto y claro ‘¿Razones para el desarme? ¡Todas!’.

Juana Pérez, periodista y narradora de documentales, es editora y redactora de Pressenza para España, y activista humanista.




















Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento: Paz y NoViolencia: Rebeldía a un sistema violento 17/09/2018


https://www.alainet.org/es/articulo/195462
Fuente:  alainet.org

lunes, 23 de noviembre de 2015

Occidente ha escogido el peor camino: la guerra.


Leonardo Boff

Ciertamente son abominables y totalmente rechazables los atentados terroristas perpetrados el último 13 de noviembre en París por grupos terroristas de extracción islámica. Tales hechos nefastos no caen del cielo. Poseen una prehistoria de rabia, humillación y deseo de venganza.

Estudios académicos realizados en Estados Unidos han evidenciado que las continuadas intervenciones militares de Occidente con su geopolítica para la región y a fin de garantizar el abastecimiento de sangre del sistema mundial que es el petróleo, rico en el Medio Oriente, acrecentadas por el hecho del apoyo irrestricto dado por Estados Unidos al Estado de Israel con su notoria violencia brutal contra los palestinos, constituyen la principal motivación del terrorismo islámico contra Occidente y contra Estados Unidos (véase la vasta literatura firmada por Robert Barrowes: Terrorism: Ultimate Weapon of the Global Elite en su sitio: www.WarisaCrime.org ).

La respuesta que Occidente ha dado, comenzando con George W. Bush, retomada ahora vigorosamente por François Hollande y sus aliados europeos más Rusia y Estados Unidos es el camino de la guerra implacable contra el terrorismo, ya sea interno en Europa o externo contra el Estado Islámico en Siria y en Iraq. Pero este es el peor de los caminos, como criticó Edgar Morin, pues las guerras no se combaten con otras guerras ni con el fundamentalismo (el de la cultura occidental que se presume ser la mejor del mundo, con el derecho a ser impuesta a todos). La respuesta de la guerra, que probablemente será interminable por la dificultad de derrotar el fundamentalismo o a los grupos que deciden hacer de sus propios cuerpos bombas de alta destrucción, se inscribe todavía en el viejo paradigma de pre-globalización, paradigma enclaustrado en los estados-naciones, sin darse cuenta de que la historia ha cambiado y ha vuelto colectivo el destino de la especie humana y de la vida sobre el planeta Tierra. El camino de la guerra no ha traído nunca la paz, a lo máximo alguna pacificación, dejando un lastre macabro de rabia y de voluntad de venganza por parte de los derrotados que nunca, a decir verdad, serán totalmente vencidos.

El paradigma viejo respondía a la guerra con guerra. El nuevo, de la fase planetaria de la Tierra y de la humanidad, responde con el paradigma de la comprensión, de la hospitalidad de todos con todos, del diálogo sin barreras, de los intercambios sin fronteras, del gana-gana y de las alianzas entre todos. En caso contrario, al generalizar las guerras cada vez más destructivas, podremos poner fin a nuestra especie o volver inhabitable la Casa Común.

¿Quien nos garantiza que los terroristas actuales no se apropien de tecnologías sofisticadas y empiecen a usar armas químicas y biológicas que, por ejemplo, colocadas en los depósitos de agua de una gran ciudad, acaben produciendo una destrucción sin precedentes de vidas humanas? Sabemos que se están preparando para montar ataques cibernéticos y telemáticos que pueden afectar a todo el servicio de energía de una gran ciudad, los hospitales, las escuelas, los aeropuertos y los servicios públicos. La opción por la guerra puede llevar a estos extremos, todos posibles.

Debemos tomar en serio las advertencias de sabios como como Eric Hobswbam al concluir su conocido libro La era de los extremos: el breve siglo XX (1995:562): «El mundo corre el riesgo de explosión e implosión; tiene que cambiar… la alternativa al cambio es la oscuridad». O la del eminente historiador Arnold Toynbee, que después de escribir diez tomos sobre las grandes civilizaciones históricas, en su ensayo autobiográficoExperiencias (1969:422) nos dice: «Viví para ver el fin de la historia humana tornarse una posibilidad intrahistórica, capaz de ser traducida en hechos, no por un acto de Dios sino del propio hombre».

Occidente ha optado por la guerra sin tregua. Pero nunca más tendrá paz y vivirá lleno de miedo y rehén de posibles atentados que son la venganza de los islámicos. Ojalá no se haga realidad el escenario descrito por Jacques Attali en Una breve historia del futuro (2008): guerras regionales cada vez más destructivas hasta el punto de amenazar a la especie humana. Entonces la humanidad, para sobrevivir, pensará en una gobernanza global con una hiperdemocracia planetaria.

Lo que se impone, así nos parece, es reconocer la existencia de hecho de un Estado Islámico y luego formar una coalición pluralista de naciones y de medios diplomáticos y de paz para crear las condiciones de un diálogo para pensar el destino común de la Tierra y de la humanidad.

Temo que la arrogancia típica de Occidente, con su visión imperial al juzgarse mejor en todo, no acoja este camino pacificador y prefiera la guerra. En ese caso, vuelve a tener significado la sentencia profética de M. Heidegger, conocida después de su muerte: «Nur noch ein Gott kann uns retten: entonces solo un Dios puede salvarnos».

No debemos esperar ingenuamente la intervención divina, pues nuestro destino está bajo nuestra responsabilidad. Seremos lo que decidamos: una especie que prefirió autoexterminarse antes que renunciar a su voluntad absurda de poder sobre todos y sobre todo o bien forjamos las bases para una paz perpetua (Kant) que nos conceda vivir diferentes y unidos en la misma Casa Común.

Fuente: Atrio

jueves, 21 de mayo de 2015

En torno a las guerras, la religión y la esperanza.



En el contexto de la crisis entre Estados Unidos y Siria, repetidamente me preguntan sobre temas escatológicos. Por ejemplo, sobre el cumplimiento de las profecías bíblicas, la destrucción de Damasco, y la gran batalla del Armagedón. Además, en estos días desde Jerusalén he estado en varios medios de comunicación, respondiendo a inquietudes y afirmando la importancia de la paz en el mundo, particularmente en el Oriente Medio.

En medio de esos diálogos, sale con insistencia el tema de la religión, particularmente su importancia y contribuciones en momentos críticos y determinantes de la historia de los pueblos. La religión, que debe ser fuente de paz, seguridad y justicia, se ha usado como agente de disputa y como parte del conflicto en esta distante región del mundo.

Respecto a estos asuntos, debo indicar con claridad lo siguiente: Los problemas en el Oriente Medio no son religiosos, sino políticos. Y aunque reconocemos que el Islam juega un papel protagonista en esta región convulsionada del mundo, la verdad es que las dificultades se relacionan con los sistemas de gobierno dictatoriales, las injusticias sociales y económicas que han vivido esas comunidades durante siglos y, entre otras, las influencias de Occidente en esos gobiernos despóticos, que se han llevado una considerable parte de sus recursos naturales (p.ej., el petróleo).

La religión ciertamente es muy importante en estas sociedades, pero el corazón de los conflictos no es teológico, sino político: Por ejemplo, la distribución de las tierras y las aguas, las ocupaciones militares, la indefinición de las fronteras, la hegemonía regional, y la insurrección y los conflictos entre diversos grupos islámicos. Y en medio de estas inestabilidades, están los grupos cristianos que se ven heridos continuamente por todas estas dinámicas de violencia.

En ese complejo mundo de política nacional e internacional, la religión debería jugar un papel positivo y liberador. La verdad es, sin embargo, que el extremismo religioso, lejos de contribuir al avance de las negociaciones responsables de paz, justicia y respeto a los derechos humanos, polariza los grupos armados y distancia los sectores diplomáticos. La religión, cuando se manifiesta en modalidades irracionales, complica los diálogos, hiere profundamente a los protagonistas de los conflictos, y disminuye las posibilidades de alcanzar acuerdos justos, perdurables y aceptables.

En esos ambientes socio-políticos tan complejos, la religión necesaria es la que se preocupa por el bienestar humano y por la dignidad de las personas, más que en las ceremonias y las declaraciones teológicas. No son pertinentes las religiones y teologías que enfatizan continuamente la maldad y las imperfecciones de la gente, pues son temas que afectan de forma muy profunda la autoestima individual y los valores nacionales. Aprecio, sin embargo, los grupos de fe que se dedican a destacar el potencial de restauración y la capacidad de recuperación que tienen las personas. Me alegran las manifestaciones de piedad que ponen claramente de manifiesto el poder restaurador y liberador de la fe.

La Tierra Santa y la humanidad no necesitan más guerras ni religiones irracionales que le den prioridad a la condenación de los infieles sobre la transformación de la gente. ¡No es el camino de la superstición religiosa el que lleva a la vida plena! Lo que mueve al disfrute de la convivencia pacífica, responsable y digna, es la espiritualidad saludable que respeta las diferencias, afirma las individualidades y reconoce los derechos humanos.

La religión pura y sin mácula es la que se preocupa por la gente cautiva, atiende a las comunidades en crisis, supera los prejuicios, se sobrepone a las discriminaciones, y entiende que el camino de la paz, en el Oriente Medio, la Tierra Santa, Europa y las Américas, es el que se fundamenta en la justicia.



Dr Samuel Pagan

El Dr. Samuel Pagán es profesor de Biblia Hebrea en Dar al-Kalima College en Belén. El Dr. Pagán es un ministro ordenado de la Iglesia de Cristo (Discípulos de Cristo). Prolífico escritor, ha publicado más de 35 libros sobre temas teológicos, bíblicos y pastorales. Ha sido decano académico y presidente de instituciones teológicas de grado en Puerto Rico y EE. UU., y ha sido director del departamento de traducción de la Biblia de la United Bible Societies en las Américas.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Las armas y la muerte.


Marcelo Colussi

“Prefiero despertar en un mundo donde Estados Unidos sea proveedor del cien por ciento de las armas mundiales”

Lincoln Bloomfield, funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos.

I

Cuando nuestros ancestros descendieron de los árboles y comenzaron a caminar erguidos en dos patas hace dos millones y medio de años, por vez primera en la historia fabricaron un objeto, un elemento que trascendió la naturaleza. Ese inicio de la humanidad estuvo dado, nada más y nada menos, que por la obtención de una piedra afilada; en otros términos: un arma. ¿Es que la historia de nuestra especie está signada entonces por ese inicio? ¿Las armas están en el origen mismo del fenómeno humano?

Sí, sin ningún lugar a dudas. La violencia es humana, no es un “cuerpo extraño” en nuestra constitución. Ahora bien: ¿cómo fuimos pasando de la agresión necesaria para la sobrevivencia a la violencia humana, al desprecio del otro, a la industria de la muerte actual? La organización en torno al poder igualmente es humana; los animales, más allá de sus mecanismos instintivos de supervivencia, no ejercen poderíos. Nosotros sí. En esa dialéctica (¿quién dijo que un “blanco” vale más que un “negro”, o que una mujer es “menos” que un varón?…, pero esa dialéctica marca nuestras relaciones), el uso de algo que aumente la capacidad de ataque es vital. Lo fue en los albores, como necesidad para asegurar la lucha por la sobrevivencia (la piedra afilada, el garrote, la lanza), y lo sigue siendo hoy día. Ahora bien: las armas actuales en modo alguno están al servicio de la supervivencia biológica; las armas actuales, desde que conocemos que la historia dejó de ser la pura sobrevivencia en alguna caverna y en constante lucha con el medio ambiente natural, las armas de las sociedades de clases, entonces, están al servicio del ejercicio del poder dominante, desde la más rústica espada hasta la bomba de hidrógeno.

Sigmund Freud en su senectud, como reflexión más filosófica que como formulación de la práctica clínica, con la sabiduría que puede conferir toda una vida de aguda meditación, habló de una pulsión de muerte: retorno a lo inanimado. De allí que el psicoanálisis pueda hablar de un malestar intrínseco a toda formación cultural, a toda sociedad: ¿por qué hacemos la guerra? Se podrá decir que la organización social vertebrada en torno a las clases sociales lleva inexorablemente a ellas (y por tanto, a la producción de armas). Queda entonces en pie la pregunta: ¿pero por qué el ser humano construyó esas sociedades estratificadas y guerreristas y no, por el contrario, organizaciones horizontales basadas en la solidaridad? El socialismo es la propuesta que apunta a construir esas alternativas. ¿Lo lograremos alcanzar? ¿Será realizable lo que proponía el subcomandante Marcos en Chiapas: “tomamos las armas para construir un mundo donde ya no sean necesarios los ejércitos”, o la pulsión de muerte nos arrastrará antes a la autodestrucción como especie?

Salvo poquísimas, insignificantemente pocas armas fabricadas para el ámbito de la cacería, la parafernalia armamentística con que hoy contamos los seres humanos está destinada al mantenimiento de las diferencias de clases. Es decir: seres humanos matan a otros seres humanos para mantener su poder, y básicamente, para defender la propiedad privada, para saquear a otros en nombre de la apropiación privada. Y también para “resolver” conflictos de la cotidianeidad. Los desquiciados que alguna vez, armas en mano, matan a otros congéneres como suele suceder con bastante frecuencia en Estados Unidos, no es la pauta dominante. Las armas están para otra cosa: ¿se fabrica un tanque de guerra o una mina antipersonal para cazar lo que luego nos comeremos? Obviamente no.

Contrariamente al espejismo con que –por error o por mala intención– se presentan las armas como garantía de seguridad, es por demás evidente la función que en verdad cumplen en la dinámica social: son la prolongación artificial de nuestra violencia. ¿De qué estamos más seguros teniendo armas? Quienes nos matan, mutilan, aterrorizan, dejan secuelas psicológicas negativas e impiden desarrollos más armónicos de las sociedades son, justamente, las armas. O, dicho de otro modo, somos seres humanos que hacemos todo eso valiéndonos de esos instrumentos a los que llamamos armas, desde una pistola hasta un submarino con carga nuclear.

Pero las armas no tienen vida por sí mismas, claro está. En realidad, son ellas la expresión mortífera de las diferencias injustas que pueblan la vida humana, de la conflictividad que define nuestra condición. Son los seres humanos quienes las inventaron, perfeccionaron, y desde hace un tiempo con la lógica del mercado como eje de la vida social, quienes las conciben como una mercadería más (¡vaya mercadería!).

Y somos nosotros, los seres humanos organizados en sociedades clasistas hondamente marcadas por el afán de lucro económico individual que el capitalismo dominante en estos últimos siglos impuso, quienes transformamos el negocio de las armas (que es lo mismo que decir: el negocio de la muerte) en el ámbito más lucrativo del mundo moderno, más que el petróleo, el acero o las comunicaciones.

II

Cuando hoy decimos “armas” nos referimos al extendido universo de las armas de fuego (aquellas que utilizan la explosión de la pólvora para provocar el disparo de un proyectil), el cual comprende un variedad enorme que va desde lo que se conoce como armas pequeñas (revólveres y pistolas –las más comunes–, rifles, carabinas, sub-ametralladoras, fusiles de asalto, ametralladoras livianas, escopetas), armas livianas (ametralladoras pesadas, granadas de mano, lanza granadas, misiles antiaéreos portátiles, misiles antitanque portátiles, cañones sin retroceso portátiles, bazookas, morteros de menos de 100 mm.), a armas pesadas (cañones en una enorme diversidad con sus respectivos proyectiles, bombas, explosivos varios, dardos aéreos, proyectiles de uranio empobrecido), y los medios diseñados para su transporte y operativización (aviones, barcos, submarinos, tanques de guerra, misiles), a lo que hay que agregar minas antipersonales, minas antitanques, todo lo cual constituye el llamado armamento convencional. A ello se suman las armas de destrucción masiva, con poder letal cada vez mayor: armas químicas (agentes neurotóxicos, agentes irritantes, agentes asfixiantes, agentes sanguíneos, toxinas, gases lacrimógenos, productos psicoquímicos), armas biológicas (cargadas de peste, fiebre aftosa, ántrax), armas nucleares (con capacidad de borrar toda especie de vida en el planeta).

Siendo amplios en la definición, si hoy día los teóricos de la guerra pueden hablar de una “guerra de cuarta generación” sin derramamiento de sangre, pero conflicto que da resultados aún más promisorios para el ganador que todas aquellas armas que provocan muerte y destrucción, habría que hacer entrar allí la enorme batería de instrumentos que permiten esta guerra “en las mentes”, guerra mediática y psicológica. ¿Son también los medios de comunicación, en toda su amplísima gama, parte de ese arsenal? En algún sentido, sí: computadoras, internet, televisores y teléfonos inteligentes son “armas” que sirven no para matar, pero sí para neutralizar al enemigo. El tema es complejo, y al menos dejémoslo planteado como interrogante. ¿Cómo hemos llegado a una guerra “sin efusión de sangre” pero más victoriosa que cualquier invasión militar?

Toda esta cohorte de máquinas de la muerte en modo alguno favorece la seguridad; por el contrario, son un riesgo para la humanidad. El mito de la pistola personal para evitar asaltos y para conferir sensación de seguridad es solamente eso: mito. En manos de la población civil, muy rara vez sirve para evitar ataques; en general, sólo ocasionan accidentes hogareños. Y en manos de los cuerpos estatales que detentan el monopolio de la violencia armada, los arsenales crecientes –cada vez más amplios y más mortíferos– no garantizan un mundo más seguro sino que, por el contrario, hacen ver como posible la extinción de la humanidad (de liberarse todo el potencial bélico atómico con que cuentan las fuerzas armadas de la actualidad, la onda expansiva llegaría hasta la órbita de Plutón haciendo fragmentar completamente el planeta Tierra, y pese a ese extraordinario poder de disuasión, no estamos más seguros, sino justamente todo lo contrario). ¿Por qué los misiles nucleares estadounidenses serían “buenos” (¿pacíficos?) y los de Corea del Norte o los de Irán no?

No obstante la cantidad de vidas cegadas y el dolor inmenso que producen estos ingenios infernales que la especie humana ha inventado, la tendencia va hacia el aumento continuo de su producción y hacia el perfeccionamiento en su capacidad destructiva. Así entendidas las cosas, no puede menos que decirse que el negocio de la muerte crece. Crece, y mucho, porque es rentable. ¿Se entiende el sentido de la tesis freudiana entonces?

III

El negocio de las armas no se parece a ningún otro. Debido a su relación con la seguridad nacional y la política exterior de cada país, funciona en un ambiente de alto secretismo y su control no está regulado por la Organización Mundial del Comercio, sino por los diferentes gobiernos. En general –y esto es lo preocupante– los gobiernos no siempre están dispuestos o son capaces de controlar las ventas de armas de forma responsable. Asimismo, lo más frecuente es que las legislaciones nacionales en la materia, si la hay, sean inadecuadas y estén plagada de vacíos legales. Además, los mecanismos existentes no son obligatorios y apenas se aplican. ¿Quién de quienes ahora puedan estar leyendo este texto conoce en detalle cuántas y cuáles armas dispone el gobierno del país en que vive? ¿Alguna vez fue informado de ello? Muchos menos aún: ¿alguna vez se le consultó algo al respecto?

El negocio de las armas no es transparente. Por no ser de conocimiento público se maneja con extrema cautela sin estar sujeto casi a ninguna fiscalización. Por eso, las diversas iniciativas internacionales de la post Guerra Fría para fiscalizar este tipo de transacciones han resultado inútiles. Los intereses económicos, políticos y de seguridad hacen de este rubro un sector misterioso y peligroso, intocable en definitiva.

Desde el año 1998 los gastos en armas han comenzado una tendencia alcista después de haber llegado a su nivel más bajo en la era de la post Guerra Fría. En el 2000 éstos fueron de alrededor de 798.000 millones de dólares (25.000 dólares por segundo); a partir de allí comenzaron a trepar aceleradamente, y la fiebre antiterrorista desatada después del 11 de septiembre del 2001 los ha catapultado en forma espectacular, sobrepasando ampliamente el billón de dólares anual. Por lejos, hoy en día constituyen el rubro comercial más infinitamente rentable entre todos, el que más volúmenes de dinero mueve y el que más rápido crece en términos de investigación científico-técnica.

En el campo de las armas todo es negocio, tanto fabricar un submarino nuclear como una pistola. Incluso las llamadas armas pequeñas, con un poder de fuego más bajo que otras de las tantas armas que llegan al mercado, son un filón especialmente rentable. Más de 70 países en el mundo fabrican armas pequeñas y sus municiones, y nunca faltan compradores, tanto gobiernos como personas individuales (fundamentalmente varones). Las ventas directas de armas pequeñas (pistolas, revólveres y fusiles de asalto) a otros gobiernos o entidades privadas corresponden al 12 % de las ventas totales de armas en todo el planeta. El resto está provisto –¿astucias de la razón o burlas de la historia? diría Hegel– por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aquellos que se encargan (¿se encargan?) de la paz y seguridad del mundo: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China. Estados Unidos es en la actualidad el principal productor y vendedor mundial de armamentos, de todo tipo, con un 50 % del volumen general de ventas (aunque el sueño de más de algún funcionario de Washington, como lo dice nuestro epígrafe, sea aumentar ese porcentaje).

Ante todo esto: ¿qué hacer? ¿Comprarnos una pistola para defendernos? Apelar a campañas de desarme y de no uso de armas, al menos las pequeñas (pistolas y revólveres), es loable. Pero vemos que eso no alcanza para detener el crecimiento de un negocio poderosísimo. Apelar a la buena conciencia y al fomento de la no violencia es una buena intención, pero difícilmente logre su cometido de terminar con las armas ¿Con eso detendremos a multinacionales de poder casi ilimitado como Lockheed Martin, Raytheon, IBM, General Motors?, ¿o a gobiernos que basan sus estrategias de desarrollo nacional en la comercialización de armas? Cada nueva guerra que comienza (y continuamente está comenzando una) responde a frías estrategias mercadológicas pensadas en desapasionados términos comerciales. ¿Pulsión de muerte o no?

IV

La lucha contra la proliferación de las armas es eminentemente política: se trata de cambiar relaciones de poder. No es posible que los mercaderes de la muerte manejen el destino humano. No es posible…., pero sucede. Eso es lo que marca la dinámica internacional. Ahora bien: dado que es así, confiando en que otro mundo sí es posible, que las utopías son posibles, debemos plantearnos alternativas. Naturalmente el ser humano, desprovisto de alas, no vuela. Pero gracias a nuestro inconmensurable deseo de lograrlo ¡ya llegamos al planeta Marte! Y eso no se detiene. Cada vez, sin alas propias, volamos más lejos. Plantearse las utopías es lo que nos hace caminar (o volar…, para el caso). Como decía alguna pintada memorable del Mayo francés de 1968: “Seamos realistas. Pidamos lo imposible”.

Hoy día la producción de armas no es un negocio marginal, ligado a circuitos delincuenciales que se mueven en las sombras: es el principal sector económico de la humanidad. Y como consecuencia, esto significa que cada minuto mueren dos personas en el mundo por el uso de algún tipo de arma (casi 3.000 al día, mientras que el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” internacional, si hablamos en términos estadísticos, produce 11 decesos diarios). Desmontar esta tendencia humana del uso de armas se ve como tarea titánica, casi imposible: es terminar con la violencia, es terminar con las injusticias. Y ahí la reflexión freudiana cobra sentido, en cuanto nos permite ver la magnitud monumental de la temática en juego. ¿Se trata de luchar contra nuestra naturaleza? ¿Cómo ir contra esta energía primaria, original?

Que la muerte sea un destino ineluctable, de raigambre natural incluso, es una elucubración. Quizá sí (es una hipótesis teórica, y como tal puede servir para explicar el mundo. O tal vez no, y haya que desecharla); quizá sí, decíamos, y la destrucción completa del planeta nos espera a la vuelta de la esquina por la catástrofe termonuclear que podría producirse. Se supone que somos “muy” racionales, aunque no se sabe qué “loco” puede dar la orden de lanzar el primer ataque nuclear. ¿No podrá haber errores? Los actos fallidos (apretar un botón por error, por ejemplo) son lo más normal de nuestra especie. Pero pese a que la magnitud de la tarea propuesta pueda ser titánica, es absolutamente vital seguir planteándosela como requisito para la permanencia de la especie, y para una permanencia más digna. Quizá sea imposible terminar con la violencia como condición humana, aunque eduquemos para la convivencia tolerante. Los países más “educados” son los que más hacen la guerra, y con las armas más letales. Pero es imprescindible seguir luchando contra las injusticias y apuntando a una convivencia solidaria. Lo contrario es avalar el darwinismo social y la supervivencia del más fuerte.

Plantear que “otro mundo es posible” no significa que se terminará la conflictividad, que viviremos en un paraíso bucólico libre de contradicciones y que el amor sin límites se derramará generoso sobre todos los habitantes del planeta (¿alguien se creerá eso todavía?). Pero sí alerta sobre que es necesario apuntar a una sociedad que se avergüence, y por tanto reaccione, ante el negocio de la muerte. La causa de la justicia no puede aceptar la muerte como business. ¿O sí? ¿Triunfará finalmente la pulsión de muerte entonces? Apostemos firmemente porque sí es posible cambiar el curso de la historia. Si pudimos llegar al planeta Marte y liberar la energía del átomo, o domesticarnos y dejar de ser animales, ¿no será posible plantearnos no seguir matándonos?

Fuente: ApiaVirtual

jueves, 5 de septiembre de 2013

“La crisis siria requiere una intervención humanitaria, no militar”

Arzobispo Anglicano Desmond Tutu

Red Voltaire, 4 de setiembre, 2013.- La crisis siria requiere una intervención humanitaria, no una intervención militar, declaró el Premio Nobel de la Paz sudafricano, el arzobispo Desmond Tutu.

Tutu se opuso a una intervención militar en Siria que a su juicio puede provocar una escalada de tensiones y violencia en Oriente Medio y a la vez subrayó la necesidad de diálogo para evitar nuevos derramamientos de sangre.

«Sólo hablando se aprenderá a respetar al resto lo suficiente como para desarrollar respuesta colectiva a las crisis», declaró el arzobispo sudafricano.

Asimismo, abogó por dar más tiempo a los expertos de la ONU que están investigando en Siria con el fin de aclarar las alegaciones sobre el supuesto uso de armas químicas en el país árabe.

Respecto a las amenazas de ataque contra Siria de los países occidentales, Tutu reiteró que hay que a Estados Unidos y sus aliados que el Derecho Internacional exige la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU para cualquier ataque.

Tutu hizo estas declaraciones en momentos en que Estados Unidos y sus aliados ya tienen listo su despliegue naval frente a Siria, para atacar en cualquier momento unidades e instalaciones del Gobierno sirio afirmando que Damasco empleó el pasado miércoles, armas químicas contra su propio pueblo.
Otras noticias:

Fuente: Servindi

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Obama: ¡Escucha el clamor de los pueblos!


¡Escucha el clamor de los pueblos! pide Premio Nobel Pérez Esquivel a Barack Obama.
- Siria necesita una solución política, no militar, afirma.
Servindi

El Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel envió una carta abierta a Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, en la cual le pide que escuche el clamor de los pueblos.

“Siria necesita una solución política, no militar. La comunidad internacional debe dar su apoyo a las organizaciones sociales que buscan la paz. El pueblo sirio, como cualquier otro, tiene derecho a su autodeterminación y a definir su propio proceso democrático y debemos ayudar en lo que nos necesiten” afirma el premio Nobel.

“Obama, tu país no tiene autoridad moral, ni legitimidad, ni legalidad para invadir Siria ni ningún otro país. Mucho menos luego de haber asesinado 220.000 personas en Japón lanzando bombas de destrucción masiva” prosigue la misiva.

#Ningún congresal del parlamento de Estados Unidos puede legitimar lo ilegitimable, ni legalizar lo ilegalizable. En especial teniendo en cuenta lo que dijo hace unos días el ex presidente norteamericano James Carter: “EE.UU. no tiene una democracia que funcione”.

A continuación la carta completa:


Carta abierta al Presidente Barack Hussein Obama: ¡Escucha el clamor de los pueblos!

La situación en Siria es preocupante y una vez más los EE.UU., erigiéndose en gendarme del mundo, pretende invadir Siria en nombre de la “Libertad” y los “derechos humanos”.

Tu predecesor George W. Bush en su locura mesiánica supo instrumentalizar el fundamentalismo religioso para llevar a cabo las guerras mesiánicas en Afganistán e Irak. Cuando declaraba que conversaba con Dios, y Dios le decía que tenía que atacar a Irak, lo hacía porque era dictamen de Dios exportar la “libertad” al mundo.

Tú has hablado, con motivo de los 50 años de la muerte del Reverendo Luther King, también Premio Nobel de la Paz, de la necesidad de completar el “Sueño” de la mesa compartida, de quien fuera la más significativa expresión de lucha por los derechos civiles contra el racismo en la primera democracia esclavista del mundo. Luther King fue un hombre que dio su vida para dar vida, y por eso es un mártir de nuestro tiempo. Lo mataron después de la Marcha sobre Washington porque amenazaba con desobediencia civil a seguir siendo cómplices de la guerra imperialista contra el pueblo de Vietnam. ¿Realmente crees que invadir militarmente a otro pueblo es aportar a ese sueño?

Armar rebeldes para luego autorizar la intervención de la OTAN, no es algo nuevo por parte de tu país y tus aliados. Tampoco es nuevo que EE.UU. pretenda invadir países acusándolos de posesión de armas de destrucción masiva, que en el caso de Irak resultó no ser cierto. Tu país ha apoyado el régimen de Saddam Hussein que utilizó armas químicas para aniquilar a la población kurda y contra la Revolución Iraní y no hizo nada para sancionarlo porque en ese momento eran aliados. Sin embargo ahora pretenden invadir Siria sin siquiera saber los resultados de las investigaciones que está haciendo la ONU por autorización del mismo gobierno Sirio. Ciertamente que el uso de las armas químicas es inmoral y condenable, pero tu gobierno no tiene autoridad moral alguna para justificar una intervención.

El Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, expresó que un ataque militar en Siria podría empeorar el conflicto.

Mi país, la Argentina, que se encuentra ejerciendo la Presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU, ha hecho pública su posición contra una intervención militar extranjera en la República Siria negándose a ser “cómplice de nuevas muertes”.

El Papa Francisco también llamó a globalizar el pedido de paz y decretó una jornada de ayuno y oración en contra de la guerra para el día 7 de septiembre, a la cual nos adherimos.

Hasta tu histórico aliado, Gran Bretaña, se ha negado (al menos de momento) a ser parte de la invasión.

Tu país está transformando la “Primavera Árabe” en el infierno de la OTAN, provocando guerras en el Medio Oriente y desatando la rapiña de las corporaciones internacionales. La invasión que pretendes llevará a más violencia y más muertes, así como a la desestabilización de Siria y de la región. ¿Con qué objetivo? El lúcido analista, Robert Fisk, ha precisado que el objetivo es Irán y postergar la concreción del estado palestino, no es la indignación que producen la muerte de cientos de niños sirios lo que los motiva a ustedes a intervenir militarmente. Y justamente cuando ha triunfado en Irán un gobierno moderado, donde se podría tratar de contribuir a lograr escenarios de negociaci&oa cute;n pacífica a los conflictos existentes. Esa política será suicida de tu parte y de tu país.

Siria necesita una solución política, no militar. La comunidad internacional debe dar su apoyo a las organizaciones sociales que buscan la paz. El pueblo sirio, como cualquier otro, tiene derecho a su autodeterminación y a definir su propio proceso democrático y debemos ayudar en lo que nos necesiten.

Obama, tu país no tiene autoridad moral, ni legitimidad, ni legalidad para invadir Siria ni ningún otro país. Mucho menos luego de haber asesinado 220.000 personas en Japón lanzando bombas de destrucción masiva.

Ningún congresal del parlamento de Estados Unidos puede legitimar lo ilegitimable, ni legalizar lo ilegalizable. En especial teniendo en cuenta lo que dijo hace unos días el ex presidente norteamericano James Carter: “EE.UU. no tiene una democracia que funcione”.

Las escuchas ilegales que realiza tu gobierno al pueblo norteamericano parecen no ser del todo eficientes, porque según una encuesta pública de Reuters (http://www.reuters.com/article/2013/08/25/us-syria-crisis-usa-poll-idUSBRE97O00E20130825), el 60% de los estadounidenses se oponen a la invasión que quieres llevar a cabo.

Por eso te pregunto Obama ¿A quién obedeces?

Tu gobierno se ha convertido en un peligro para el equilibrio internacional y para el propio pueblo estadounidense. EE.UU. se ha vuelto un país que no puede dejar de exportar muerte para mantener su economía y poderío. Nosotros no dejaremos de intentar impedirlo.

Yo estuve en Irak luego de los bombardeos que realizó EE.UU. en la década de los 90′s, antes de la invasión que derrocó a Sadham Hussein. Ví un refugio lleno de niños y mujeres asesinados por misiles teledirigidos. “Daños colaterales” los llaman Uds.

Los pueblos están diciendo ¡BASTA! a las guerras. La humanidad reclama la Paz y el derecho a vivir en libertad. Los pueblos quieren transformar las armas en arados, y el camino para lograrlo es “DESARMAR LAS CONCIENCIAS ARMADAS”.

Obama, nunca olvides que siempre recogemos los frutos de lo que sembramos. Cualquier ser humano debería sembrar paz y humanidad, más aún un Premio Nobel de la Paz. Espero que no termines convirtiendo el “sueño de fraternidad” que anhelaba Luther King en una pesadilla para los pueblos y la humanidad.

Recibe el saludo de Paz y Bien

Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nobel de la Paz
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Fuente: Servindi

lunes, 2 de septiembre de 2013

“Nunca el uso de la violencia lleva a la paz”


Enérgico llamado del Papa:

Francisco usó el Angelus en la Plaza de San Pedro para llamar a las partes en conflicto a “no cerrarse en sus propios intereses”. Condenó el uso de armas químicas y reclamó: “La humanidad necesita ver gestos de paz”.
El papa Francisco aprovechó el tradicional rezo del Angelus en la Plaza de San Pedro para enviar una enérgica advertencia a las partes en conflicto en Siria. “Nunca el uso de la violencia lleva a la paz. La guerra llama a la guerra, la violencia llama a la violencia”, sostuvo.

El Pontífice invitó a las partes a “no cerrarse en sus propios intereses”, sino a “emprender con coraje y decisión el camino del encuentro y de la negociación, superando el ciego enfrentamiento”.

“En estos días mi corazón está profundamente herido por lo que está sucediendo en Siria y angustiado por los dramáticos desarrollos”, dijo el Papa.

“Con toda mi fuerza -sostuvo- pido a las partes en conflicto escuchar la voz de la propia conciencia, no cerrarse en sus propios intereses sino mirar al otro como un hermano y emprender con coraje y con decisión el camino del encuentro y de la negociación, superando la ciega contraposición”.

Francisco manifestó que decidió “convocar a toda la Iglesia para el 7 de septiembre próximo, víspera de la Natividad de María reina de la paz, a una jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria y en Medio Oriente y en el mundo entero”.

El Pontífice enfatizó que “el 7 de septiembre en plaza San Pedro, aquí de las 19 a las 24 locales, nos reuniremos en oración en espíritu de penitencia para invocar a Dios este gran don para la amada nación Siria”.

“La humanidad necesita ver gestos de paz”, destacó Jorge Bergoglio en un Angelus que comenzó marcando con fuerza el tono de sus palabras: “Nunca más la guerra”, sentenció.

Francisco, también condenó con “particular firmeza el uso de las armas químicas”.

“Cuánto sufrimiento, cuánta devastación ha llevado y lleva el uso de las armas en este martirizado país, especialmente en la población civil e inerme”, dijo el Pontífice.