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lunes, 26 de agosto de 2013

Gandhi y Marx.


Honorio Cadarso

Artículo inspirado en el debate sobre El perdón es liberación

En 1958 se publicó en Sur, Buenos Aires, una obra de Kishorelal Mashruwala con el título de Gandhi y Marx. El tema da para sabrosas reflexiones.

Gandhi suscribe los mismos razonamientos de Marx en el capítulo de la crítica del capitalismo.

La acumulación de la producción debida a la industrialización inglesa y al sistema capitalista no ha favorecido en nada al pueblo indio. La tierra es poseída cada vez más por grandes propietarios que viven en las ciudades, pagan impuestos al Gobierno y viven a expensas del trabajo de verdaderos esclavos. El pueblo se convierte paso a paso en un inmenso proletariado que no goza ni siquiera de las ventajas del antiguo régimen patriarcal y feudal, en el que el amo daba trabajo y comida y convivía en la aldea con su “familia” de hijos y criados.

Esta situación se da también en todos los países del Tercer Mundo, donde el colonialismo no ha superado la supremacía económica de los países ricos.

Viniendo al sector industrial o urbano, Gandhi declara en una entrevista a Camille Drevet: “la producción industrial, sin relación alguna con el consumo, es la responsables de las crisis mundiales y de las guerras. Sería necesario que producción y distribución fuesen reguladas simultáneamente, basándose en las necesidades del pueblo, y no en los beneficios…

Y sigue: “el mal procede del sistema capitalista en sí mismo. Las naciones occidentales deberían emplear sus talentos, que son reales, en fomentar el desarrollo a escala mundial de las industrias necesarias a cada país, en lugar de imponer sus productos al mundo entero. La concentración de la producción lleva al paro forzoso y a la miseria”.

Por supuesto, Gandhi niega rotundamente el derecho de propiedad. La propiedad, tomada como absoluto, es un robo, una violencia hecha a los demás. Nadie es, ni puede ser propietario de nada, solo Dios mismo. El hombre es solamente gerente o administrador en vistas al bien común.

El propietario actual se convierte así en simple gestor de la propiedad que posee hasta este momento: “Supongamos que mañana la India sea un país libre, todos los capitalistas tendrían ocasión de hacerse administradores legales. El Estado precisaría el monto de la comisión a la que tendrían derecho. Y sería proporcionado al beneficio prestado y al beneficio conseguido por la sociedad. Los hijos heredarían el derecho a la gestión, siempre que probaran su competencia y eficacia en este trabajo”

Y ¿qué decir de la lucha de clases? Ante la explotación del capitalista, Gandhi preconiza la desobediencia, la huelga, la negativa al trabajo: los campesinos se marcharán y dejarán sentado que la tierra es de los que la trabajan… El propietario no puede trabajarla por sí solo, por lo tanto se verá obligado a dar curso a una justa reivindicación.

Refiriéndose al sector industrial, Gandhi plantea primero la negociación y el diálogo, y si no hay resultados, la huelga, que no solo es justa, sino un deber de justicia, porque someterse a unas condiciones injustas es pactar con el mal. La no cooperación es el arma propia del obrero frente al capital.

Para aguantar una situación de huelga, se precisa que todo trabajador, todo ciudadano, sea capaz de recurrir al trabajo manual y artesanal con el cual conseguirá autoabastecerse y cubrir sus necesidades mínimas y sobrevivir a una situación prolongada de privación de ingresos. De ahí la importancia del recurso a la rueca, y a la cabra.

Hasta aquí, excepto en lo de la rueca y la cabra, todo son coincidencias. Pero las perspectivas a largo plazo cambian radicalmente entre marxismo y pensamiento-praxis gandhiana.

El movimiento obrero, el sindicalismo, son buenos. Pero no para traspasar el capital de las manos de unos a las de los otros, de una clase a otra, ni de una clase cualquiera al Estado. Sino para suprimir el sistema por la descentralización económica en la producción. Es la acumulación del capital lo que hay que tratar de impedir.

“Quiero decirles por qué el movimiento obrero capitula tan a menudo. En lugar de esterilizar el capital, intenta posesionarse del capital para convertirse a su vez en capitalista. Consecuencia, el capitalismo, cuidadosamente atrincherado y bien organizado, no tiene por qué inquietarse, encuentra en el movimiento obrero elementos que sostendrán su causa y estarán dispuestos a reemplazarlo”.

Hay una versión hermosa y profética del slogan marxista: “proletarios del mundo entero, uníos”. Mucho más concreta, mucho más realista y ajustada al mundo real, como que la proclama una vez que sale desde las mismas entrañas del Tercer Mundo, desde la muchedumbre de parias de la tierra: “Los deberes para uno mismo, para la familia, para el país y para el mundo no son independientes unos de otros. No puede ser uno bueno para su nación perjudicándose a sí mismo y a su familia. Del mismo modo, TAMPOCO SE PUEDE SERVIR AL PAÍS PERJUDICANDO AL MUNDO. EN ULTIMO TERMINO HEMOS DE MORIR PARA QUE LA FAMILIA VIVA, Y LA FAMILIA DEBE MORIR PARA QUE VIVA LA NACIÓN, Y LA NACIÓN PARA QUE VIVA EL MUNDO.”

De hecho, Gandhi se planteó alcanzar la independencia de la India como una forma de despertar en todo el mundo sometido por los países ricos, en todo el Tercer Mundo: “Mi ambición es mucho más alta que la independencia. Por la liberación de la India, espero liberar a las llamadas razas débiles del mundo que están explotadas y aplastadas por Occidente. Si la India logra pertenecerse, todas las naciones querrán ser libres”.

Deliberadamente, Gandhi evita utilizar el término Estado, puesto que su objetivo es exactamente hacer desaparecer el Estado, y sin embargo incide en el término Nación, que se identifica con el de pueblo. Asimismo procura sustituir el término independencia, o completarlo, con el de interdependencia, recalcando que la humanidad entera está llamada a entablar a nivel planetario una relación de fraternidad, igualdad y libertad.

Hay un motor esencial en el impulso revolucionario no violento de Gandhi. Se trata de una religiosidad que ha cuajado desde lo más auténtico y verdadero del hinduismo, el islamismo, el contacto con la civilización occidental, y sobre todo el cristianismo, no los cristianos, sino el cristianismo, y como crema del cristianismo el Sermón de la Montaña de los evangelios.

Hay una idea de Dios quizá poco corriente: “La verdad es Dios. Antes decía yo: Dios es la verdad. Pero ocurre que hay hombres que niegan a Dios. Ocurre que su pasión misma por la verdad les lleva a negar a Dios, y, a su modo, tienen razón. Por eso digo ahora: la verdad es Dios. Nadie, ene efecto, puede decir “la verdad no existe” sin quitar a su decir toda verdad. Por eso prefiero decir: la verdad es Dios.

El hombre, para Gandhi, es la manifestación suprema de la vida, y también su responsable. El Absoluto es la vida, una vida que nos sobrepasa y nos envuelve. Una vida que no comprendemos y no es nuestra. Pero que es también nuestra propia vida y la vida de todos los seres que bullen a nuestro alrededor, el elefante y la hormiga, la serpiente y el hombre, el otro hombre.
Digamos, finalmente, que esta visión del hermoso final de la lucha que Gandhi se propone tiene los mismos perfiles que ese paraíso comunista que sueña Marx en el que desaparecerán las clases y desaparecerá el estado, o el que sueñan Proudhon y Bakunin. En el caso de Gandhi, este paraíso que se espera en la lejanía recibe a veces el nombre explícito de Reino de Dios.

Ese paraíso cuya llegada quedó aplazada para Gandhi cuando fue asesinado y derrotado en su enorme esfuerzo por lograr una sola India en la que conviviesen fraternalmente musulmanes, hindúes y cristianos, y una revolución social en la que desapareciese la propiedad privada.

Fuente: Atrio

lunes, 24 de junio de 2013

El capitalismo como religión y el neofranciscanismo como su disciplina.


Por Maciek Wisniewski, periodista polaco. La Jornada, 21-06-2013.

A cien días del relevo en el Vaticano el nuevo Papa cautiva sobre todo con sus gestos. Desde los fieles hasta los teólogos de la liberación como Leonardo Boff u otros disidentes como Hans Küng, casi todos se dejaron seducir. Francisco estableció un estilo sencillo y austero: evita prendas adornadas, optó por un anillo y una cruz de plata, calza zapatos negros viejos, rechazó un lujoso apartamento; más de una vez dijo que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. Como recuerda Damián Pierbattisti, Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975) define el poder disciplinario como la anatomía política del detalle; no había últimamente otra ocasión donde aquella definición se vea con tal nitidez como con Francisco ( Página/12, 28/3/13).

Para estar claro: los gestos y los símbolos son importantes (lo dice el mismo Foucault). El elogio a la pobreza, humildad y sencillez que predicaba Francisco de Asís, como subraya Küng ( El País, 10/5/13) también, sobre todo si pensamos en Benedicto XVI con su muceta y zapatos rojos a la medida. En este sentido el encanto de Francisco reside hasta ahora en las diferencias con su(s) predecesor(es) y en lo superficial (para más, habrá que esperar). Pero si es verdad que las épocas de crisis –como la de hoy– permiten ver las cosas con más claridad, entonces necesitamos una mirada más amplia. La austeridad papal, más que desnudar los mecanismos del orden dominante, los encubre.

Si algo abunda hoy es el anticapitalismo superficial: de todos lados se escuchan quejas por los excesos de empresas, bancos y mercados. Este tipo de crítica moral es también la de Francisco. El Papa pide justicia social, cuya falta resulta en desocupación ( La Jornada,1/5/13); instruye al clero a aprender de la pobreza de los humildes y a evitar ídolos del materialismo que empañan el sentido de la vida ( La Jornada, 9/5/13); pide reformas al sistema financiero para distribuir mejor la riqueza y condena la tiranía del dinero y mercados. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero, dice ( La Jornada, 17/5/13).

El mejor ejemplo de lo inocuo de esta crítica: Angela Merkel se reúne con Francisco y dice que el Papa tiene razón ( La Jornada, 19/5/13). Lo verdaderamente subversivo sería si el Papa argentino indicara por ejemplo el camino latinoamericano: la solución política a la crisis (sobre la que la UE calla) y un nuevo contrato social (todos están ocupados en destruir el viejo). Pero Bergoglio siempre estuvo de espaldas a los gobiernos populares, como los kirchneristas, a los cuales nunca ha reconocido por sacar a Argentina de la debacle 2001/2002 (él mismo en aquel entonces se limitó a distanciarse de los responsables y a llamar a la resurrección moral del país). Al no hablar de la lección argentina (la decisión acerca de la deuda, la importancia de la inversión social) o de los movimientos que hoy se oponen a la austeridad, con su culto de la pobreza sólo ofrece un componente espiritual a la austeridad autoritaria en Europa.

Si bien Francisco va más allá de Benedicto XVI (que cuando estalló la crisis sólo moralizaba sobre la excesiva avaricia y consumismo), acercándose a la crítica soft del capital de Juan Pablo II (que de todos modos destacaba en los 80 y 90), se queda corto comparado con el enfoque sistémico de la teología de liberación (Bergoglio siempre se encontraba en los antípodas de esta corriente; hoy sus representantes le dan el voto de confianza por el bien de la atormentada Iglesia). Como bien apunta Michael Löwy, el nuevo Papa sigue la tradicional doctrina social de la Iglesia, donde los pobres son sólo objetos de caridad y compasión, no sujetos de su propia historia que deben liberarse, estando muy lejos por ejemplo del pensamiento de Hugo Assmann o Franz Hinkelammert. Éstos, vinculando el catolicismo con el marxismo desarrollaron una crítica del capitalismo como una falsa religión, donde los ídolos del dinero, la ganancia y la deuda, como los del Antiguo Testamento exigen sacrificios humanos, imagen empleada por Marx en El capital ( Le Monde, 30/3/13).

Francisco critica el culto al dinero (becerro de oro), pero no cuestiona nuestra fe en el capitalismo. Su neofranciscanismo no es una herramienta de liberación, sino una nueva estrategia de disciplina; no está dirigida al sistema, ni a los banqueros, sino a la gente común. Es un mecanismo de contención que pretende hacer la crisis más manejable y hacernos asumir sus costos (lo que sería una paradoja ya que el gesto original de San Francisco, nacido en una familia de empresarios proto-capitalistas, fue profundamente antisistémico). La austeridad papal como la política de detalle foucaultiana pretende enseñarnos las bondades de vivir con menos y de pedir menos (sueldo, prestaciones, derechos, servicios), a contentarnos con lo poco que hay y neutralizar a la vez el potencial político de la pobreza.

Giorgio Agamben leyendo a Walter Benjamin y su texto El capitalismo como religión(1921) –comentado también extensamente por Löwy– subraya que su análisis y comparación cobran incluso mayor relevancia después de que fuera cancelado el patrón oro y aumentara el papel de la deuda. Pero la más iluminadora fue su intuición de que el capitalismo como religión no tiende a la redención sino a la culpa, no a la esperanza sino a la desesperación, no a la transformación del mundo sino a su destrucción ( Rebelión,14/5/13). Incluso pocos marxistas, en su mayoría cegados por la acumulación de las fuerzas productivas, lo veían así, y no es sólo la ceguera del nuevo Papa. Pero la disciplina neofranciscana seguramente ayuda a hacer más suave nuestro viaje al precipicio (en un tren llamado progreso, por supuesto).

Fuente: ATRIO

viernes, 13 de julio de 2012

Entrevista con el teólogo Rubén Dri: “Jesús, el primer socialista de la historia”



Punto Final
El teólogo Rubén Dri, autor de El movimiento antimperial de Jesús y otros libros(1), nació en la provincia de Entre Ríos, Argentina, en 1929. Sus padres eran campesinos pobres, católicos y peronistas. Rubén se ordenó sacerdote salesiano siguiendo los deseos de su madre. Estudió teología en Turín, Italia. Hizo estudios de filosofía y ciencias sociales en Francia y México. En los años 60 comenzó a militar en las Fuerzas Armadas Peronistas y participó en la fundación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.
En 1974 colgó los hábitos y pasa a la clandestinidad, luego de escapar en la norteña provincia del Chaco a un cerco que el ejército tendió a la guerrilla de las FAP: trabajó dos años en un frigorífico y tuvo que exiliarse en México después del golpe militar de 1976. Regresó a su país en 1984 y es profesor universitario e investigador. Estuvo recientemente en Venezuela donde fue entrevistado por el semanario Debate Socialista, publicación hermana de Punto Final.
“El Movimiento Sacerdotes para el Tercer Mundo -explica Rubén Dri- se caracterizó por su intento de recuperar las raíces liberadoras del cristianismo. Teníamos una inserción social y política muy fuerte. Esto nos llevó a identificarnos con los sectores populares cometiendo lo que podría denominarse ‘una traición de clase’. Traición a una estructura que perteneció siempre a la clase dominante. Nos habíamos pasado al bando de los dominados, de los pobres, de la clase obrera. Esto nos llevó a muchos enfrentamientos, tanto con los poderes políticos como militares, también con las estructuras eclesiásticas, porque todos estaban mancomunados”.

¿Leían literatura marxista y revolucionaria?

En el proceso de identificación con las luchas populares, es natural que uno recurra a Marx. En la medida que fuimos asumiendo compromisos políticos descubrimos a quienes podían alimentarnos en esa ruta. Necesariamente llegamos a Marx. Una puerta a Marx fue Hegel, es decir, la dialéctica. Es en el mundo de la dialéctica que comencé a entender a Marx. Pero la confluencia de cristianismo y marxismo, cuando se dan compromisos revolucionarios, es una confluencia natural. Los que temen un conflicto insondable entre marxismo y cristianismo son siempre dogmáticos, ya sea de derecha o de Izquierda.
LA RELIGION: ¿OPIO DEL PUEBLO?
¿De dónde proviene la afirmación de que marxismo y cristianismo son antagónicos?
Para la derecha y para la Iglesia, lo son. Pero el socialismo no empieza con Marx, tiene una historia de siglos y en el cristianismo hay raíces socialistas. De hecho, encontramos proyectos de sociedades socialistas 1.200 años antes de Cristo. Lo que conocemos con el nombre de Doce Tribus, era un proyecto de sociedad antimonárquica, los bienes se compartían, era una sociedad que podemos denominar socialista. El origen del pueblo hebreo está en los pactos intertribales y en un pacto central.
Uno de los grupos es el que escapa de Egipto, el de Moisés; después hay otros grupos, que se habían sublevado contra las monarquías reinantes. Todos habían sido oprimidos. Del grupo que viene de Egipto surge la propuesta de un pacto central para construir un nuevo tipo de sociedad. En ese nuevo tipo de sociedad se reflexiona que no puede ser monárquica, porque si Dios los había liberado de la monarquía, no podía querer otra sociedad monárquica sino una liberada. Entonces surge el pacto central, pactan todos los grupos que se constituyen ahora como tribus, entre sí y con Dios.
En ese pacto no se reconocen tributos, no se reconoce el ejército ni la monarquía, tampoco las deudas; es un tipo de sociedad socialista. Ese es el modelo de sociedad liberada que tenían en mente los profetas y es el modelo de sociedad que tiene en cuenta Jesús, por eso enfrenta a los sacerdotes, los escribas y al Imperio Romano. Dios está en el pueblo, Dios quiere la liberación.
De manera que cuando uno recupera desde el cristianismo estas raíces, naturalmente se encuentra con el marxismo. Pero no con un marxismo burocratizado, o dogmático, sino con un marxismo que enseña a hacer los análisis de clase, y por lo tanto, a saber desde dónde estamos actuando.
¿Y la frase de Marx de que la religión es el opio del pueblo?
Esa frase no hay que descontextualizarla: pertenece al trabajo de Marx Introducción a la crítica de la filosofía del derecho. Se publicó en los Anales Francoalemanes, que por lo demás fue el único número de ese periódico. Es un trabajo brillante. En lo literario, es uno de los trabajos más brillantes de Marx, tiene metáforas realmente impactantes. Marx considera en ese escrito que la religión es el mundo al revés, porque pone la realidad material como producto de Dios y de la religión; entonces sostiene que esa concepción es el opio del pueblo. En ese sentido tiene razón. No obstante, en el mismo trabajo Marx señala que la religión pone de manifiesto la opresión, porque es clamor del oprimido.
Ahora bien, a Marx hay que interpretarlo por su trabajo filosófico de fondo, como la epistemología de Las tesis sobre Feuerbach por ejemplo, o La ideología alemana, o Los Grundrisse que contienen los fundamentos de El Capital. En esos trabajos de ninguna manera se expresa que la religión sea el opio del pueblo, o ese no es un tema central de Marx. En todo caso es en el fetichismo cuando interpreta que la religión es el opio del pueblo. Está indicando que el fetichismo religioso es el opio del pueblo.
En los análisis que hacemos los cristianos comprometidos con las luchas del pueblo y que trabajamos con el marxismo, entendemos que este fetichismo que Marx analiza y denuncia, es el que también denunciaron los profetas cuando denunciaron a los que se arrodillaban para adorar una estatua. Ellos dicen lo mismo que Marx analiza en el fetichismo de las mercancías. Entonces, en la medida en que muera el dios-fetiche, se recuperará realmente el dios-vida, que es la vida del ser humano, que no termina en la materialidad, sino que trasciende.
El sentido de trascendencia es fundamental en el marxismo y en el ser humano. No queremos el socialismo simplemente para que la gente pueda comer y hartarse. Queremos un socialismo para que el ser humano se realice en todas las facetas de su vida, para que sea libre.

MATERIALISTA O IDEALISTA

También se dice que la religión es puramente idealista y que hay que basarse en el materialismo para enfrentar los problemas científicamente. ¿Qué opina?

La religión es una expresión cultural. De hecho es una creación, pero forma parte de las identidades populares. En este sentido la experiencia cubana debe servir mucho; yo creo que los cubanos están de vuelta en cuanto a esto. Aquello de que para ser revolucionario hay que ser ateo, ha terminado y si no ha terminado, tiene que terminar. De lo que se trata es de dar instrumentos (y esto sí para mí es una preocupación central) a los cristianos para que su religión no sea un obstáculo para la lucha revolucionaria.
Esa debe ser la tarea principal. No se logra tratando que los creyentes se vuelvan ateos, sino haciendo que sus creencias sean un momento fundamental de su realización como sujeto, lo cual no es asunto individual, tiene que ser la realización de la sociedad.
En Latinoamérica proliferan las sectas religiosas norteamericanas. ¿Qué opinión tiene usted?
El imperio no ignora el poder de penetración de lo religioso. Hay que recordar que se afirmaba que el enemigo fundamental de EE.UU. en Latinoamérica era la Teología de la Liberación. Sabían que si el cristianismo latinoamericano tomaba conciencia de sus raíces liberadoras, la revolución sería incontenible.
No hay que confundirse, no se trata de una lucha para que el militante sea ateo, o creyente, sino que su ateísmo no lo encierre en el dogmatismo o que la creencia religiosa lo encierre en otro dogmatismo.
¿Cuáles son las corrientes que pugnan por el control de la Iglesia Católica?
La Iglesia Católica se ha conformado como una institución de poder. Es una construcción para la dominación y ha perdurado con distintas transformaciones. En nuestro tiempo cercano se produce un paréntesis de 1959 a 1979, dos décadas en las cuales hubo dos Papas que rompieron algo esta tradición: Juan XXIII y Pablo VI. Se dieron cuenta que la Iglesia perdía terreno y tenía que cambiar; producen una apertura que posibilitó la expresión y el crecimiento de movimientos de liberación al interior de la Iglesia.
Esto sólo duró dos décadas, que a su vez fueron de grandes luchas en el Tercer Mundo. Cuando muere Pablo VI eligen a Juan Pablo I, con el proyecto de cerrar ese periodo, pero ocurrió que no era el Papa adecuado sino que amenazaba continuar la apertura. El Papa Juan Pablo I pasa a la otra vida y eligen a Juan Pablo II, con quien comienza una nueva etapa de predominio absoluto de la derecha en la Iglesia.
En esta lucha de clases y de proyectos, comienza a triunfar el proyecto de la dominación junto con el triunfo del neoliberalismo. Una cosa no está separada de la otra, la victoria del neoliberalismo está signada por Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Juan Pablo II.
En 1989 el Papa proclama en una encíclica a la economía de mercado como la solución de los problemas del Tercer Mundo, es decir, legitima al neoliberalismo. Esto sigue vigente.
JESUS Y EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI
¿Cómo ve usted el escenario político de Venezuela en relación con la Iglesia?
Cuando el presidente Chávez define el socialismo del siglo XXI incorporándole la ética cristiana y ve a Jesús de Nazaret como el primer socialista de la historia, se le produce un shock a la jerarquía eclesiástica, que tiene que luchar contra Chávez porque le está robando el símbolo fundamental que sirve de fundamento a la Iglesia: Jesús de Nazaret. Cristo ya no es interpretado por la Iglesia sino por un líder popular.
La Iglesia venezolana está por completo en contra del proyecto de la revolución bolivariana. Pero eso tiene que ser así, no debe extrañarnos. Sin embargo, no hay que confundir la jerarquía con el conjunto de la Iglesia Católica. Muchos curas que están en contacto con el pueblo, trabajan en el movimiento que respalda la revolución y se transforman en sujetos muy importantes para el movimiento popular. Yo ayudo a veces a algunos de estos curas, que hacen un trabajo formidable en Argentina. Me llaman precisamente para hacer este tipo de reflexiones, para ayudarlos a reflexionar con los grupos de base. También para entregarles instrumentos teóricos.
¿Cómo era la organización que fundó Cristo, cómo funcionaba?
Jesús prepara su movimiento en el seno del pueblo; en cuanto a su organización, podemos pensar en una ‘dirección’, en que estaban Jesús y algunos pocos. En los datos evangélicos se cita a Pedro, Santiago y Juan, a veces también a Andrés, y ahí debería estar Magdalena, seguramente, cosa que no dicen los textos que se escriben varias décadas después. Existe, por lo tanto, una especie de mesa grande de dirigentes: los apóstoles, que eran los que recorrían el territorio. Y después estaba la militancia de base en las aldeas, que era donde tenían que trabajar para construir la contrahegemonía cultural, y por supuesto una conciencia antiimperial.
Jesús también recorría el territorio, pero desde el principio fue perseguido, corría peligro de ser asesinado. Por lo tanto, tenía escondites, no podía entrar en las ciudades. La única ciudad en la que entró fue Jerusalén y allí lo mataron. Jesús andaba por las aldeas y sus alrededores, tenía también grupos clandestinos de apoyo, sobre todo en la parte sur de Palestina, llamada Judea, que era terreno enemigo. De eso tenemos noticias porque la entrada a Jerusalén y la toma del templo se prepararon en forma clandestina. El lenguaje en que se comunicaban era en clave, propio de la clandestinidad. La última cena la preparan de la misma manera.
CRISTIANISMO Y CAPITALISMO SON INCOMPATIBLES
¿Finalmente, es compatible el capitalismo con el cristianismo?
No, son absolutamente incompatibles, eso está muy claro. Jesús lo dijo: los ricos no pueden entrar al reino de Dios. Jesús no va a hablar de capitalismo, pero sí de aquellos que habían acumulado riqueza, los ricos, que son los que ocasionan la pobreza; ellos no pueden entrar en el reino de Dios, es decir, no pueden ser cristianos. En eso Chávez tiene toda la razón, más razón que todos los obispos”.
Y si le dijera que en Venezuela hay “empresarios socialistas”, ¿qué diría usted?
Es una contradicción en los términos: capitalista y socialista es contradictorio, capitalista y cristiano es contradictorio, es así. Ahora, que uno se llame cristiano siendo capitalista, bueno, no se le puede impedir. Pero, es contradictorio, no hay ninguna duda.
Nota
(1) Revolución burguesa y nueva racionalidad; Razón y libertad; Autoritarismo y democracia en la Biblia y en la Iglesia; La utopía de Jesús; Hegel y la lógica de la liberación.

Roberto Carlos Palacios es Director del semanario Debate Socialista, Venezuela.

viernes, 13 de abril de 2012

El Papa y la utilidad del Marxismo.


Por Frei Betto. (*)
Brasil.

El Papa Benedicto XVI tiene razón: el marxismo ya no responde a la realidad. Sí, ya no responde a la realidad el marxismo tal como tal como lo entienden muchos en la Iglesia Católica: una ideología ateísta que justificó los crímenes de Stalin y las atrocidades de la Revolución Cultural china. Pero aceptar que el marxismo según la óptica de Ratzinger es lo mismo que el marxismo según la óptica de Marx equivaldría a identificar el catolicismo con la Inquisición.

Hoy podría decirse también que el catolicismo no responde a la realidad. Porque ya no se justifica quemar en la hoguera a las mujeres que se tienen por brujas ni torturar a los sospechosos de herejía. Pero, por fortuna, no es posible identificar el catolicismo con la Inquisición, ni con la pedofilia de algunos curas y obispos.

Del mismo modo, no es posible confundir el marxismo con los marxistas que lo utilizaron para sembrar el miedo, el terror, y para sofocar la libertad religiosa. Hay que volver a Marx para saber lo que es el marxismo, del mismo modo que hay que regresar a los Evangelios y a Jesús para saber lo que es el cristianismo, y a Francisco de Asís para saber lo que es el catolicismo.

A lo largo de la historia, se han cometido los más horrendos crímenes en nombre de las más bellas palabras. En nombre de la democracia, los Estados Unidos se apoderaron de Puerto Rico y de la base cubana de Guantánamo. En nombre del progreso, algunos países de Europa Occidental colonizaron a los pueblos africanos y dejaron allí un rastro de miseria. En nombre de la libertad, la reina Victoria de Gran Bretaña libró en China las devastadoras Guerras del Opio. En nombre de la paz, la Casa Blanca cometió el acto terrorista más peligroso y genocida de la historia: el lanzamiento de bombas atómicas sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki. En nombre de la libertad, los Estados Unidos instituyeron en casi toda la América Latina dictaduras sangrientas a lo largo de tres décadas (1960-1980).

El marxismo es un método de análisis de la realidad. Resulta más útil que nunca para comprender la actual crisis del capitalismo. El capitalismo sí que ya no responde a la realidad, porque ha impulsado la desigualdad social más acentuada en el seno de la población mundial; se ha apoderado de las riquezas naturales de otros pueblos; ha desplegado su fase imperialista y monopolista; ha hecho que el centro del equilibrio mundial sean los arsenales nucleares; y ha difundido la ideología neoliberal, que reduce al ser humano a mero consumista sometido a los encantos de la mercancía.

Hoy el capitalismo es hegemónico en el mundo. Y de los 7 mil millones de habitantes del planeta, 4 mil millones viven por debajo del nivel de pobreza, y 1 200 millones padecen de hambre crónica. El capitalismo ha fracasado para las dos terceras partes de la humanidad que no tienen acceso a una vida digna. Allí donde el cristianismo y el marxismo hablan de solidaridad, el capitalismo introdujo la competencia; donde hablan de cooperación, introdujo la concurrencia; donde hablan de respeto a la soberanía de los pueblos, introdujo la globocolonización.

La religión no es un método de análisis de la realidad. El marxismo no es una religión. Quiéralo o no el Vaticano, la luz que proyecta la fe sobre la realidad siempre está mediada por una ideología. La ideología neoliberal, que identifica a la democracia con el capitalismo, impera hoy en la conciencia de muchos cristianos y les impide percibir que el capitalismo es intrínsecamente perverso. La Iglesia Católica se muestra muchas veces connivente con el capitalismo porque este la cubre de privilegios y le franquea una libertad que la pobreza les niega a millones de seres humanos.

Ya se ha probado que el capitalismo no le garantiza un futuro digno a la humanidad. Benedicto XVI lo admitió al afirmar que debemos buscar nuevos modelos. El marxismo, al analizar las contradicciones e insuficiencias del capitalismo, nos abre una puerta de esperanza a una sociedad que los católicos caracterizan, en la celebración eucarística, como aquella en la que todos compartirán "los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano”. Marx le llamó a eso socialismo.

Reinhard Marx, el arzobispo católico de Munich, publicó en el año 2011 un libro titulado El Capital. Un alegato a favor de la humanidad. En la cubierta aparecen los mismos colores y la misma tipografía de la primera edición de El capital de Carlos Marx, publicado en Hamburgo en 1867.

"Marx no ha muerto y es necesario tomarlo en serio”, dijo el prelado al presentar su obra. "Hay que confrontarse con la obra de Carlos Marx, que nos ayuda a entender las teorías de la acumulación capitalista y el mercantilismo. Eso no significa dejarse atraer por las aberraciones y atrocidades cometidas en su nombre durante el siglo XX”.

El autor del nuevo El capital, nombrado cardenal por Benedicto XVI en noviembre de 2010, denomina "social-éticos” los principios que defiende en su libro, critica el capitalismo neoliberal, califica la especulación de "salvaje” y "pecado”, y aboga por un rediseño de la economía según las normas éticas de un nuevo orden económico y político.

"Las reglas del juego deben ser de orden ético. En ese sentido, la doctrina social de la Iglesia es crítica del capitalismo”, afirma el arzobispo.

El libro se inicia con una carta de Reinhard Marx a Carlos Marx, fallecido en 1883, a quien llama "querido homónimo”. En ella, le ruega que reconozca ahora que se equivocó en lo que toca a la inexistencia de Dios. Ello sugiere, entre líneas, que el religioso admite que el autor del Manifiesto comunista es uno de los que, del otro lado de la vida, disfrutan de la visión beatífica de Dios.+ (PE)

(*) Frei Betto es escritor. Es autor, entre otros libros, de Un hombre llamado Jesús (Editorial Caminos, La Habana, 2009).www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.

Traducción: Esther Pérez.
PreNot 9943
120413
Fuente: Ecupres