martes, 18 de abril de 2017

Geopolíticas imperiales: El Cuerno de África.



No es una casualidad que los espacios con la mayor cantidad y cualidad de recursos naturales sean, también, los puntos de mayor profusión de la violencia en el mundo. Productos de las dinámicas globales de producción y consumo materiales, de la centralización y concentración de la riqueza económico-financiera, los territorios desde los cuales se extraen las materias primas que mantienen en permanente crecimiento la comercialización de mercancías se distribuyen alrededor del mundo como una red de nodos de los cuales depende el extractivismo del capitalismo global.

No es azaroso, por consecuencia, que para Occidente los espacios-tiempos de mayor diversidad natural sean, asimismo, ejemplos arquetípicos de lo que significa ser un Estado fallido: Estados-nacionales que, de acuerdo con los ideólogos de la métrica axial occidental, proveen un especio de inigualable fertilidad para la proliferación de grupos terroristas, de redes dedicadas al crimen organizado internacional y de una vastedad de amenazas a la paz y la estabilidad de continentes enteros. Así pues, si bien es cierto que la importancia geopolítica y geoestratégica de una porción territorial se encuentra determinada por su funcionalidad para mantener la acumulación de capital en los centros neurálgicos de la economía-mundo, también lo es que esas porciones lo mismo se encuentran en la más remota y aislada comunidad indígena en América Latina que en la amplitud de los márgenes político-administrativos de una entidad estatal en el sudeste asiático.

Por supuesto, dentro de la lógica y el discurso occidentales, las razones de ser y las causalidades que originan a cualquier estado fallido, alrededor del mundo, siempre son tautológicas, autorreferenciadas en el sentido de que tanto unas como otras se validan por remitir a la misma serie de juicios de valor, al mismo conjunto de operaciones explicaciones causales que hacen del tercermundismo, del subdesarrollo, de la barbarie y el atraso las fuentes últimas de toda desgracia que ocurra dentro de las fronteras del Estado en cuestión.

En este sentido, un Estado fallido lo es debido a que sus instituciones públicas son débiles, a que sus instrumentos de participación política son insuficientes, poco actuales y viciados de origen; a que la construcción de ciudadanía aún se encuentra en ciernes, a que carece de una clase política profesional que se encargue de dirigir al país, a que la barbarie de su pasado colonial aún no es superada por la modernidad y el progreso y, sobre todo, a que el modo de producción, en su conjunto, aún no se encuentra organizado de la manera en que lo está en países como Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia, etcétera. Por eso un Estado fallido siempre es producto de sí mismo, de su resistencia a civilizarse y modernizarse.

Fuera de foco queda, en tales explicaciones, el valor geopolítico con el que se reviste a cada territorio. Y más aún, cuando el espacio-tiempo del mismo es, por su posición en el globo terráqueo, disputado por diversos Estados-nacionales, grupos empresariales, comunidades autóctonas y estratos sociales. Tal es el caso de aquellos espacios de los cuales se extraen diversas materias primas estratégicas para sostener el patrón de producción y consumo globales: los minerales estratégicos, por ejemplo; denominados así por el grueso de las economías centrales debido a que de su obtención depende el funcionamiento de grandes porciones de una o varias industrias, aunque de manera primordial aquellas relacionadas con la informática y el desarrollo de tecnologías de punta. Pero no sólo, pues lo estratégico de cada recurso natural deviene de su importancia tanto para la satisfacción de las necesidades de una población determinada cuanto para la exponenciación del lucro obtenido por su comercialización.

África, por lo anterior, es un continente en permanente disputa por los grandes capitales y complejos estatales, científicos y militares de todo el mundo: su masa territorial concentra alrededor del 81% de las reservas de cromo globales; pero también, y en la misma escala planetaria, alberga más del 50% de los yacimientos de cobalto, 52% de las reservas de manganeso y 13% de las de titanio: todos, materiales de vital importancia para la producción de gran maquinaria, en general; pero para el continuo desarrollo de aleaciones metálicas imprescindibles para las industrias de las telecomunicaciones, aeroespacial y militar, en particular.

Estados Unidos, por ejemplo, de un listado de sesenta elementos indexados, tanto por los Departamentos del Interior y de Seguridad Nacional como por la Oficina de Evaluación Tecnológica del Congreso, como minerales estratégicos para el mantenimiento de la hegemonía estadounidense en el mundo, depende en más del 60% de sus importaciones de treinta y nueve elementos —de los cuales, veintitrés se encuentran en el rango de 90% a 100% de dependencia del exterior. A ello se suman las reservas de oro y diamantes, las forestales, las acuíferas y, por supuesto, las concernientes a la enorme diversidad de especies animales y vegetales de las cuales dependen los complejos farmacéuticos.

Ahora bien, si se entiende que la operación de los servidores que permiten el funcionamiento del internet dependen del cobalto, que la producción de smartphones lo hace del litio y del cobre, que la industria eléctrica y la automotriz lo hacen del cromo, del titanio y el aluminio; que la síntesis de vacunas y nuevos medicamentos para viejas y nuevas enfermedades lo hace de los químicos presentes en diferentes especies de flora y fauna, etc., se comprende, también, que son imprescindibles, por un lado, la participación del capital privado en las cadenas de producción y suministro de las materias primas y sus derivados; y por el otro, el aseguramiento, tanto presente como futuro, de los espacios en los que se encuentran los recursos naturales, de la actividad empresarial, y de las rutas por las cuales transitan esas mercancías.

De aquí que el número de actores, de poderes, locales, nacionales y extranjeros en confrontación en un espacio-tiempo de vastos recursos naturales sea un factor definitivo en la comprensión de los porqués de los Estados fallidos. Porque contrario a las posiciones mainstream en torno del tema, lo fallido de cualquier Estado no es una condición dada en los genes de los individuos que conforman su sociedad. Más bien, lo que se encuentra en juego en cada uno de esos Estados es la posibilidad de que unos u otros poderes controlen la actividad productivo/consuntiva que se deriva de los recursos naturales albergados en el territorio, de la posición de tránsito del mismo, o de ambos.

Tal es el caso de Somalia, en África, un país localizado en el Cuerno de aquella masa continental que, sin importar el índice —cuantitativo o axial— al que se recurra, siempre se coloca dentro de las últimas diez posiciones del total de la muestra abarcada: ya sea en sus niveles de corrupción, de violencia, de empobrecimiento, de alimentación y salud, de educación, de ingresos monetarios, etcétera.

El caso de Somalia, lejos de representar una excepción a la regla dentro de los mecanismos que las grandes economías occidentales emplean para fabricar Estados fallidos, significa un caso paradigmático que ejemplifica la enorme cantidad de intereses en juego y la violencia tan avasalladora que se emplea para asegurar esos mismos intereses. En primera instancia, al margen de las reservas de recursos biológicos y otros minerales estratégicos con las que cuenta el país, Somalia alberga enormes yacimientos de gas y petróleo que colocan a su territorio como una de las principales fuentes de energía tanto para Europa como para Asia, después de todo, África, en términos de extraxctivismo, funciona para esas dos masas continentales a la manera en que América Latina lo hace para Estados Unidos.

En segundo lugar, su posición geográfica es estratégica para mantener las rutas comerciales marítimas que conectan a Asia y a Europa por el océano Índico: tanto, que sólo otros siete puntos alrededor del mundo gozan de la misma condición que este país. En efecto, colindando al Norte con el Golfo de Adén, Somalia es uno de los tres territorios — junto con Yibuti y Yemen— de los cuales depende que el oil transit chokepoint de Bab el-Mandeb permanezca abierto al tráfico comercial que rodea a la península arábiga y que conecta al sudeste asiático con el mar Mediterráneo.

Esa posición no es nada despreciable en términos geopolíticos: únicamente por concepto de tráfico petrolero, por el estrecho de el-Mandeb se mueven 3.8 millones de barriles diarios y transitan entre doscientos y trescientos millones de toneladas del hidrocarburo. Nada más los estrechos de Malaca, entre Indonesia y Malasia, y de Ormuz, entre los golfos Pérsico y de Omán, mueven mayores cantidades de energéticos de las que se mueven por las costas somalíes. De aquí que cualquier alteración en los flujos comerciales de las rutas que atraviesan el estrecho hacia o desde el canal de Suez implique la posibilidad de cortar el abastecimiento de energéticos a ambos lados del océano Índico, pero también, el encarecimiento de los costes de transportación, toda vez que sería necesario rodear al África o trasladar las mercancías por las conflictivas tierras del Oriente Medio.

Basta con observar los actores que se encuentran en disputa en la zona para percibir la manera en que, desde hace por lo menos una década, empujan el reacomodo de las orbitas geopolíticas de los grandes imperios en la zona. Por un lado, la presencia de Estados Unidos es indiscutible en el Cuerno de África desde la crisis de Suez. Con presencia de capitales privados y bases militares permanentes, la Caída del Halcón Negro y el hecho de que nueve (de nueve) presidentes somalíes hayan estado directamente vinculados con los servicios de inteligencia estadounidenses, hayan sido ciudadanos o empresarios de la misma nacionalidad no son más que el corolario de una larga historia de dominio colonial mantenida desde el Congreso de Berlín, en 1885.

Por supuesto no es, por ello, azaroso el que la intervención militar directa de Estados Unidos se haya dado dos años después de haber encontrado grandes yacimientos de hidrocarburos. Como no lo es, tampoco, el que las dos presidencias de Barack Obama se hayan caracterizado por el incremento permanente de presencia militar en el país, por la intensificación de los ataques en contra de civiles por vehículos no tripulados y por la profusión deayuda humanitaria materializada en armamento y entrenamiento militar.

Pero Estados Unidos no es el único Estado interesado en mantener su hegemonía en la zona. A la intensificación de las operaciones especiales estadounidenses en la zona han seguido, por un lado, el posicionamiento de bases militares chinas en la vecina República de Yibuti —bastión militar estadounidense por antonomasia. Por supuesto la diplomacia China disfrazó el acto de la misma manera en que lo suelen hacer Francia, Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido: apeló a un nombre políticamente más correcto y afirmó que la Base Logística solo serviría para propósitos humanitarios ligados al actuar de los cascos azules. Está demás señalar que el-Mandeb implica una importancia geoestratégica tan importante para china como la que representa Malaca.

Por el otro, y previsiblemente como respuesta a la expansión china en la zona, siguieron, también, tanto el reforzamiento japonés de la que también es su primera base militar de ultramar como la construcción de una base en la zona por parte de los saudíes. Y si bien la presencia militar japonesa es respuesta directa a la china, mientras que la saudí lo es a la influencia iraní post-acuerdo nuclear, ambas acciones se concatenan con la sangrienta intervención armada de Saudi Arabia en el vecino Yemen.

Somalia, Yemen y Yibuti son territorios indispensables para mantener cualquier orbita geopolítica imperial en la zona. Y la cuestión de fondo es que lo fallido que Occidente observa en ese Estado no cesará de regir en tanto la confrontación de los intereses comerciales que envuelven a la ruta comercial de el-Mandeb tampoco cese. Utilizar el argumento de combatir a la piratería local como pretexto para intervenir la zona en forma militar —cuando la piratería en el Cuerno de África es a Somalia, en tiempos de Trump, lo que Al-Qaeda fue a Afganistán en tiempos de Nixon— no hará más que escalar los dispositivos mediante los cuales se sigue empobreciendo a las poblaciones locales y fortalecer a los Señores de la Guerra que aplican dichos dispositivos.



Fuente: Rebelión

lunes, 17 de abril de 2017

Convocan conferencia mundial sobre comunicación y pueblos indígenas.

La conferencia mundial se realizará del 16 al 20 de julio en Cartagena, Colombia / Foto: IAMCR

Por Roger Tunque

La Conferencia mundial “Transformación de la cultura, la política y la comunicación: Nuevos medios, territorios y discursos” buscará debatir, problematizar y profundizar las transformaciones culturales y políticas en el campo de la comunicación.

El congreso es organizado por la Asociación Internacional de Estudios en Comunicación Social (IAMCR, por sus siglas en inglés), y se llevará a cabo en el Centro de Convenciones Cartagena de Indias del 16 al 20 de julio, en la ciudad colombiana de Cartagena.

A lo largo del evento se abordarán algunas líneas de trabajo que fueron aportes de América Latina al campo de la investigación en comunicación, para lo cual participarán investigadores sensibles a las transformaciones políticas, sociales y culturales que afectan tanto el ámbito local como global.

Asimismo, se buscará contribuir a la construcción colectiva de una comunicación intercultural que permita visibilizar la pluralidad, las cosmovisiones y maneras de ver el mundo de los diferentes pueblos del Abya Yala con la participación de los pueblos indígenas.





Cabe destacar que desde la experiencia del proyecto de la Red de Universidades Indígenas Interculturales y Comunitarias de Abya Yala (RUIICAY), la IAMCR viene convocando y participando del congreso.
Pre conferencia

La Minga de pensamiento “Comunicación y Pueblos Indígenas” se realizará el 15 de julio en la ciudad de Cartagena y buscará la unidad de diferentes personas o pueblos en el tema de comunicación con la finalidad de encontrar propuestas y procesos comunes para comprender y hallar soluciones a diversas situaciones.

Los interesados en participar de este encuentro de diálogo pueden inscribirse mediante el correo electrónico mingadepensamiento2017@gmail.com con el asunto "INSCRIPCIÓN PRECONFERENCIA" e indicar el motivo por el cual desea participar en la Minga.


Dora Muñoz de la UAIIN

El evento iniciará con la conferencia de apertura a cargo de Dora Muñoz Atillo, de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural de Colombia (UAIIN).

La actividad contará con un panel sobre políticas públicas de comunicación indígena y otra sobre Comunicación propia y comunicación apropiada y tendrá como moderadores a profesores de universidades de Noruega y Australia.

Asimismo, se aperturarán mesas de trabajo para construir el manifiesto a cargo de los colombianos Jair Vega, Adolfo Conejo y Eliana Herrera y finalizará con el Cine foro: saberes y haceres de la comunicación indígena dirigido por Mileidys Polanco.

Fuente: Servindi

sábado, 15 de abril de 2017

La fiesta de Pascua y ázimos.


Bases bíblicas veterotestamentarias de la celebración
Jesús PELÁEZ


El titulo del presente artículo puede resultar a simple vista extraño al lector. Hay una serie de interrogantes que afloran a la superficie espontáneamente:

¿Tienen algo que aportar las fiestas del Antiguo Testamento a nuestras celebraciones litúrgicas?

¿No ha cambiado fundamentalmente el concepto de celebración del Antiguo al Nuevo Testamento?

¿No están superadas ya todas las fiestas del Antiguo Testamento desde una óptica cristiana?...

Sin embargo, hay un dato incontestable: fiestas como la Pascua o Pentecostés y otras son la terminal indudable de un dinamismo que, nacido con frecuencia en culturas no bíblicas, pasa a formar parte del talante festivo del pueblo de Dios antes o al llegar a la Tierra Prometida, llegando a su plenitud en Jesús y la comunidad cristiana primitiva. Estas fiestas están tan enraizadas en el Antiguo Testamento que, sin éste como clave hermenéutica y punto de partida, resulta imposible descifrar su profundo significado liberador.

Por otra parte, el proceso evolutivo que han seguido las fiestas del Antiguo Testamento desde su origen hasta Jesús tiene muchos puntos de contacto con la evolución de nuestras fiestas cristianas (auténticas celebraciones de la vida, que han sido bautizadas, "liturgizadas", y se han convertido en celebraciones de sí mismas, lejos de la vida en que se originaron)[1].



CELEBRACIÓN O FIESTA

Por celebración entendemos "la expresión comunitaria, ritual y alegre de experiencias y anhelos comunes, centrados en un hecho histórico o contemporáneo"[2].

Según esta definición es fundamental para la fiesta que haya algo que celebrar (un hecho) y un grupo que celebre (una comunidad). El hecho que celebramos puede ser pasado o presente, pero la celebración lanza a los participantes al futuro (anhelo de que ese hecho pasado o contemporáneo siga produciendo efectos beneficiosos que se puedan disfrutar a partir de ahora). Toda fiesta debe tener, por tanto, una dimensión escatológica o apertura de la esperanza. Siendo la celebración expresión comunitaria hace falta ponerse de acuerdo en el cómo de la misma (un rito), y por ser celebración debe tener carácter festivo, alegre, jubiloso (alegría).

Son, por tanto, ingredientes esenciales de la fiesta: un hecho, una comunidad, un rito y alegría esperanzadora.



LAS FIESTAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

De todas las fiestas del Antiguo Testamento podemos hacer dos grupos:

1) Unas son de tipo familiar como la circuncisión, la fiesta de introducción en la vida religiosa del niño cuando éste lee por primera vez un trozo de la ley, llamada bar mitzvah, matrimonio, funerales.

2) Otras son fiestas nacionales. Las más antiguas de éstas son tres: Azimos, Semanas y Tabernáculos. La fiesta de Pascua quedó finalmente ligada a la de Azimos. Entre las posteriores se encuentran el Día de la expiación, la Fiesta de las luces, la de las Suertes.

Forma capítulo aparte el Sábado, verdadera institución judía.

Dada la abundancia de fiestas enumeradas y la limitación del presente artículo, nos vamos a ceñir al estudio de la fiesta de Pascua y Azimos, la más representativa de ellas, entre las de carácter nacional.



1. La fiesta de Pascua y Azimos. Origen y evolución

Son muchos los textos bíblicos que aluden a esta fiesta. Unos son más o menos litúrgicos[3], otros históricos y se refieren a la celebración de las diferentes pascuas históricas[4].

Siendo dos fiestas distintas en su origen (Pascua-Azimos), vamos a estudiarlas por separado.

- La Pascua[5]era fiesta de nómadas pastores o seminómadas Se celebraba fuera del santuario, sin sacerdote ni altar. Consistía en el sacrificio de un animal joven para obtener la fecundidad y prosperidad del ganado. La víctima era asada a fuego, no se le podía romper ningún hueso. Con su sangre se untaban los palos de la tienda (más tarde, las jambas de las puertas), para así alejar amenazas o desastres, verdadero rito protector de peligros. En principio, el rito del sacrificio del cordero no incluía banquete. Al incluirse éste, se comía acompañado de pan sin levadura de los beduinos y hierbas amargas, hierbas del desierto, no hortalizas. Se cenaba con el atuendo de quien está preparado para una larga marcha: báculo de pastor en mano, lomos ceñidos, sandalias en los pies[6] . La fiesta era de noche, noche de luna llena, la más luminosa.

Era una fiesta anual, fiesta de primavera, tiempo en que se salía con el rebaño a la búsqueda de pastos, momento decisivo y peligroso. El carácter de esta fiesta era cíclico (el eterno retorno de las estaciones) y tenía, en su origen, aire de ritmo mágico más que histórico.

- Los Azimos[7]aluden a la nueva cosecha. Esta fiesta indicaba el comienzo de la siega de las cebadas que se hace en primavera y culminaba en la fiesta de las semanas, fin de la cosecha, siete semanas después.

Para impedir que los espíritus nefastos del año anterior penetrasen en el año entrante, se descartaba toda la harina vieja y fermentada. Había que esperar a que la harina nueva fermentase sola para utilizar la nueva levadura. La espera duraba unos siete días, los días de los Azimos, es decir, días en que se comían los panes sin levadura, por no haber levadura disponible de la nueva cosecha.

Esta fiesta la tomaron los israelitas con toda probabilidad de los cananeos (Lv 23,10). Después de la conquista de Canaán, la Pascua de los nómadas se unificó seguramente con la fiesta agrícola de la primavera o Azimos y ambas fiestas cambiaron su significado originario.

De origen preisraelita (la Pascua) y cananeo (los Azimos) pasaron a ser una sola fiesta, fiesta de acción de gracias al Dios de la Alianza por la liberación de la esclavitud de Egipto.

En una primavera, Dios intervino para liberar a su pueblo de la esclavitud, comenzando así la historia de Israel como pueblo y como pueblo elegido. Esta liberación se consumó con la instalación en la Tierra Prometida. Las fiestas de Pascua y Azimos sirvieron para conmemorar estos acontecimientos (Exodo y Conquista o Asentamiento en la Tierra).

El sacrificio de los animales sustituye al de los primogénitos del pueblo; el exterminador pasa de largo ante las puertas rociadas con sangre; los panes Azimos indican las prisas de la partida; las hierbas amargas recuerdan la dureza de la esclavitud; el comienzo habitual del año para los nómadas (la primavera, trashumancia del ganado en busca de pastos) se convierte en el nuevo comienzo del año israelita (Ex 12,2).

Esta nueva fiesta, en su origen familiar, se hizo fiesta de peregrinación al templo tras la reforma cultual de Josías, fiesta nacional. El tiempo postexílico unió el degüello del animal en el templo con la comida sacrificial en la intimidad de la familia o círculos de amigos en las casas de Jerusalén, dándole así mayor importancia a: sacrificio que a la casa.

Hasta aquí la fiesta de Pascua y Azimos. Las otras dos grandes fiestas antiguas (la fiesta de las Semanas o Pentecostés y la de los Tabernáculos) siguieron un proceso similar al que acabamos de exponer[8].

De lo anteriormente expuesto se pueden destacar, en síntesis, los siguientes puntos:

Las fiestas de Pascua y Azimos eran fiestas nómadas o agrícolas en las que se celebraba cíclicamente el comienzo del año y la primera cosecha. Estaban vinculadas, en su origen, a dos momentos cruciales importantes de la vida del pueblo (trashumancia del ganado y recolección).

Estas fiestas, al ser aceptadas e integradas por Israel, se purifican de lo mágico y supersticioso y se cargan, en un segundo momento, de contenido histórico: celebran, con ocasión del año o la cosecha nuevos, el nacimiento de un pueblo a la libertad (Exodo) y la instalación en la tierra (Conquista o Asentamiento). Nace así una nueva fiesta enraizada en la historia de la salvación, historia lineal, no cíclica.

De fiesta familiar (sin templo, ni sacerdotes) se convierte, en una etapa posterior, en una celebración cúltica nacional (sacrificio del cordero en el templo), entroncada en la vida (cena en casa). La fiesta se hace liturgia.

La liturgia tiende a crear un nuevo tipo de relación comunitaria en el pueblo: alegría, juego, abolición de barreras y diferencias sociales. Zenger[9] comenta así: “Estrechamente ligada a la historización de las antiguas fiestas agrícolas está la creciente acentuación del papel de integración social. Las fiestas se consideran en Israel como actos genuinamente humanos y promotores de humanidad. Esto viene subrayado sobre todo por el movimiento deuteronomista que evoca continuamente la alegría y el juego como factores determinantes de esas fiestas y quiere comunicar mediante ellas experiencias liberadoras y gratificantes. Además no sólo se promueve el efecto comunitario de las fiestas trasladando su culmen ritual a Jerusalén, sino que el aspecto social se recalca también por la circunstancia de que durante los ritos deben caer las diferencias y barreras sociales al celebrar conjuntamente la fiesta. Así, los ritos no son un mero acto individual, sino que están ordenados al conjunto del pueblo de Yahvé."

En la liturgia festiva se actualiza constantemente el hecho salvífico pasado, convirtiendo la celebración en actual liberación del nuevo pueblo reunido o, lo que es igual, encuentro salvífico de Dios con su pueblo, garantía de futuras actuaciones salvíficas de Dios[10].

La fiesta de Pascua y Azimos es, como como acabamos de ver, una auténtica celebración en el sentido más arriba expresado: celebración enraizada en la vida, en la historia del pueblo, convertida en experiencia de la liberación actual y garantía de futuras liberaciones.



2. La decadencia de las fiestas en el Antiguo Testamento

Las fiestas del Antiguo Testamento, surgidas de la celebración de la vida, no tardaron mucho en ritualizarse y en dejar de ser celebraciones auténticas de los momentos fuertes de la cultura nómada o agrícola o de la historia de la salvación.

Fiestas nacidas de la cultura ambiental se israelizaron, se historificaron, pero, al mismo tiempo, se ritualizaron hasta el extremo de no ser ya celebraciones de la vida, sino celebraciones de sí mismas, separadas y desconectadas de la vida que las originó.

La corriente profética se enfrenta curiosamente con las fiestas y ritos de Israel porque se han apartado de su origen (la vida) y han creado en el seno de la comunidad la dicotomía vida-culto.

La protesta de los profetas va en una doble línea:

Por un lado, los ritos no llevan al encuentro con Yahvé, sino que representan en gran medida una adoración idolátrica de la naturaleza y su fertilidad. En esto la actitud de Oseas ante la celebración cultual es tajante. El segundo capítulo de su libro es un buen ejemplo de ello. “Los israelitas querían venerar simultánea­mente al Señor que los guiaba en la historia y a los baales que los alimentaban con el ciclo de las estaciones. Como el Señor es celoso y no admite dioses rivales, venerar otros dioses es hacerle traición. El ha querido encargarse también de la fecundidad de hombres y campos (Dt 28,4); si los israelitas buscan esas bendiciones cortejando a otras divinidades, el Señor los hará fracasar para que aprendan o recuerden quién los controla y otorga, y así se conviertan al amor exclusivo de su Señor"[11].

Por otro lado, los ritos se convierten en celebración de sí mismos. A este respecto, el profeta Amós tiene párrafos impresionantes. Transcribo uno: “Detesto y rehuso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas; por muchos holocaustos y ofrendas que me traigáis, no los aceptaré ni miraré vuestras víctimas cebadas. Retirad de mi presencia el barullo de los cantos, no quiero oír la música de fa cítara; que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne” (Am 5,21-24).

Con bastante claridad -comenta L. A. Schökel[12]- plantean estos versos los grandes problemas del Antiguo Testamento: la relación y tensión entre el culto y la justicia social. El israelita inventa el culto primero para honrar al Señor, cosa valiosa; después lo practica para asegurarse el favor de Dios, para aplacar su ira sin tener que cambiar su conducta, y esto es farsa, execración, intento de soborno... La injusticia vicia el culto.

En resumen, el rito ya no es celebración de la vida, sino que viene a confirmar la violación constante de la misma.

Finalmente, falta sobre todo a las fiestas -como dice E. Zenger[13] - "esa fuerza social constructiva que deberían tener en cuanto fiestas de Yahvé y en cuanto ritos hechos por seres humanos que, mediante ellos, habrían de configurar la historia de su vida colectiva como convivencia de personas liberadas y con iguales derechos. La actitud de la crítica profética del rito no va dirigida contra los ritos en sí, sino que pretende hacer patente que Israel se halla de hecho en una disposición indigna del rito y propiamente incapaz para él, en tanto no se haga realidad como principio básico de la convivencia el orden salvífico y jurídico de Yahvé. En este sentido, la crítica cultual de los profetas esal mismo tiempo crítica social y crítica de la fe: el rito sólo agrada a Yahvé cuando promueve la convivencia humana. Y al revés, un rito que desarrolle y libere la vida humana ha de abrir, al mismo tiempo, esa vida a la experiencia de que la vida humana es un regalo de Yahvé y debe aceptarse responsablemente como tal".

Lo que los profetas contestan, por tanto, no es el culto o la celebración, sino una celebración aislada de la vida; condenan fundamentalmente la dicotomía culto-vida[14].

En el Nuevo Testamentose abre un capítulo radicalmente nuevo. Jesús acaba con el culto, convirtiendo la vida del hombre en culto a Dios. La vida es la verdadera celebración y el único rito agradable a Dios es la ofrenda de la vida por amor. Jesús sustituye el templo, el cordero, los sacerdotes, la alianza, y se hace él mismo todo aquello. La liturgia será el amor hasta dar la vida; el cordero, su misma persona; el templo, él y la comunidad cristiana; él será también el sumo sacerdote de la nueva y definitiva alianza de Dios con su pueblo.

En un nuevo ciclo los cristianos se reunirán para celebrar la vida de Jesús y la propia en la celebración eucarística, verdadera celebración festiva y comunitaria del hecho salvador v liberador de la muerte y resurrección de Jesús en la comunidad, el éxodo definitivo, la verdadera Pascua del Cordero Inmolado[15].



Conclusiones

Formulo, para terminar, algunas de los interrogantes que las fiestas veterotestamentarias plantean a nuestras celebraciones cristianas:

- Las fiestas israelitas, como hemos visto, son fiestas enraizadas en la tradición festiva del pueblo preisraelita o cananeo. Asumieron los ritos y símbolos de otros pueblos como base para sus nuevas celebraciones. Integraron antiguos ritos, purificándolos de superstición o idolatría, y los llenaron de contenido histórico salvífico. Para celebrar utilizaron lenguaje, símbolos, ritos de otros pueblos asumiendo la tradición popular festiva de ellos.

¿Se da en nuestra celebración una valoración de la simbólica, lenguaje y ritos no estrictamente cristianos? Dicho de otro modo, ¿nuestra celebración está enraizada en la tradición festiva de nuestro pueblo?



- El rito es necesario en toda celebración comunitaria.

Pero ¿es igualmente necesario el ritualismo lleno de significaciones arcaicas y ocultas?



- El rito es medio de expresión comunitaria, el ritualismo impide la expresión.

Nuestras celebraciones, ¿son ritos auténticos o hemos caído en ritualismos vacíos de contenido?



- En toda celebración debe resaltarse el aspecto lúdico, festivo.

La fiesta transcurre siempre dentro de un marco, pero éste, con frecuencia, es desbordado. La fiesta es el exceso, lo que sobrepasa la cotidianeidad.

¿Hay en nuestras celebraciones un margen para la fiesta entendida como exceso, alegría, juego e improvisación? Mucho tendríamos que aprender de nuestras tradiciones festivas populares donde el marco ritual está constantemente asediado por la expresión espontánea e inesperada.



- La fiesta tiene un dinamismo social constructivo que tiende a crear una nueva comunidad de iguales en la diversidad, un mundo más justo y equitativo.

¿Se da este dinamismo en nuestras celebraciones? El poder de cambio y transformación está reducido en ellas a su mínima ex­presión.



- Finalmente, para que haya fiesta religiosa es necesaria una doble dimensión horizontal-vertical (yo-tú / nosotros-Dios).

Este esquema se transforma en nuestras celebraciones con frecuencia en yo-Dios, omitiendo los términos tú-nosotros.



Todos estos interrogantes, en la medida en que no hallen respuesta satisfactoria, hacen que la celebración muera y que la crítica profética veterotestamentaria caiga sobre ella con la misma intensidad que lo hizo con las antiguas celebraciones.



[1] Para la elaboración del presente artículo he tenido presente los siguientes títulos, que recomiendo como lectura complementarla y enriquecedora:

H. Cox, The Feast of Fools. A theological Essay on Festivity and Fantasy. Harvard Univ. Press. 1969. (Existe traducción castellana.)

J. Mateos, Cristianos en fiesta. Ed. Cristiandad. Madrid, 1972 (véase el capítulo v, dedicado a la Celebración: esencia, decadencia. definición, expresión, necesidad y cualidades. pp. 237-316).

Liturgia y fases de la vida humana, Concilium 132 (1978). En especial E. Zenger, Rito y crítica al rito en el Antiguo Testamento, pp. 196-209.

Para estudiar las fiestas en el Antiguo Testamento. Origen y evolución, véase R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, Ed. Herder, Barcelona. 1964, pp. 610-648.

En este tema, como en otros muchos, puede ayudar un buen comentario teológico a los Profetas como el de L. Alonso Schökel y J. L. Sicre, Profetas, Comentarlo I-II. Ed. Cristiandad, 1980.

La Celebración eucarística: caminos de futuro, Pastoral Misionera, 6 (1977). Por lo que se refiere a la Pascua Cristiana o Eucaristía, véase el artículo de J. M. Castillo, El significado fundamental de la Eucaristía, en esta misma revista, pp. 60-69.

[2] J. Mateos, o. c., n. 261.

[3] Ex 23,15;34,18-25; Lv 23,5-6; Nm 28.16-25; Dt 16,1-6; Ez 45,21-24.

[4] La pascua del Exodo (Ex 12); de Josué (Jos 5,1-12); de Josías (2Re 23,21-23); de la vueltadel destierro (Esd 6.19-22); de Ezequías (2Cr 30).

[5] La palabra "pascua" proviene según la Biblia de la raíz psh (cojear. andar con muletas, saltar): Dios saltó, omitió las casas donde se celebraba la pascua en la última de las plagas de Egipto (Ex 12.13.23.27). Pero esta etimología bíblica es secundaria. De hecho, la pascua de la salida de Egipto no es la primera que celebraron los israelitas; se habla de ella sin previa presentación o explicación en Ex 12,21, como de algo ya conocido y preexistente.

Otros han querido derivar su etimología del acádico pasâhu (calmar, apaci­guar) o de una raíz egipcia que significa "golpe".

[6] La misión de los 12 se describirá en estos términos también en el evangelio de Marcos: bastón y sandalias (Mc 6,8-9). E) enviado debe caminar libre de impedimenta y va a estar asediado de peligros.

[7] Los ázimos (massót) son panes sin levadura

[8] La fiesta de las semanas, o de la siega, se celebraba siete semanas después de la fiesta de Pascua y Azimos (50 días después: Pentecostés). Era una fiesta alegre, de origen cananeo. Se presentaban en ella las primicias de la cosecha a la divinidad. En un período posterior, la fiesta de las semanas se enraiza en la historia de la salvación, al ser asumida por el pueblo de Dios y pasa a conmemorar la alianza de Dios con el pueblo en el Sinaí, tras un proceso evolutivo no demasiado claro, utilizando la indicación de Ex 19,1. según la cual los israelitas llegaron al Sinaí el tercer mes después de la salida de Egipto, que había tenido lugar a mediados del mes primero. Y la fiesta, de agrícola y local, pasa a ser fiesta de peregrinación nacional al santuario de Jerusalén.

La fiesta de los tabernáculos (de las tiendas, cabañas o chozas) es también una fiesta agrícola que indica el fin de la recogida de las cosechas de la tierra (Ex 23,16). Después de la cosecha del trigo, la uva y la aceituna. se va a dar gracias a la divinidad. La fiesta era acompañada de alegría, regocijo, danzas y bailes populares en los campos y viñedos.

No se conoce a ciencia cierta el origen de Ia misma: si proviene de una fiesta de año nuevo o de una fiesta nómada de las tiendas.

Durante la fiesta se habitaba en tiendas o cabañas, "tal vez por la idea de que en ciertas épocas, especialmente en el paso de un año a otro, los poderes malignos se ponen en actividad y atacan a las viviendas. Para engañarlos y esquivarlos se pasarían aquellos días bajo techos provisionales. Más tarde, la fiesta es asumida por el pueblo de Dios cambiando de significación. Se conmemora en ella el paso de los israelitas por el desierto cuando Dios los hizo habitar en las chozas (Lv 23,42-43), convirtiéndose en una fiesta de peregrinación al santuario de Jerusalén, de siete (ocho) días de duración.

[9] E. Zenger, a.c., p. 202.

[10] Esta dimensión de apertura al futuro o escatológica esté resaltada en la celebración de la Pascua actual judía donde se ha introducido en el ritual de una cena una quinta copa, preparada para Ellas, a quien se espera como precursor de la instauración del reino de Dios y su Mesías.

[11] L. Alonso Schökel - J. L. Sicre, o. c.,. II, p. 874.

[12] L. Alonso Schökel - J. L. Sicre. o. c., II, p. 980.

[13] E. Zenger. a.c., p. 204.

[14] Léase a este respecto el magnífico discurso de Jeremías a la puerta del templo (Jr 7,1ss).

[15] Este apartado merece tratamiento aparte, por lo que aquí está solamente esbozado.

viernes, 14 de abril de 2017

Por qué muere Jesús y por qué le matan.



  • Ignacio Ellacuría

    Aparición original: «Misión Abierta» (marzo 1977)17-26

    El intento de poner en relación a Jesús con la historia y, consiguientemente, a la Iglesia con la historia, es esencial para la comprensión y realización del cristianismo, así como para la realización y la comprensión de la historia. Si no se llega a tener clara esta «relación», se cae en posturas religiosistas o en posturas secularistas, con menoscabo de lo que es realmente la salvación histórica.

    La encarnación histórica de Jesús, como paradigma de lo que ha de ser una historización de la salvación, puede presentarse desde diversos aspectos de su vida. Uno de ellos, especialmente privilegiado, es el de su pasión y su muerte. En efecto, éstas representan el núcleo original de los relatos evangélicos, permiten una mayor verificación histórica, representan la culminación de su vida mortal y, desde otro punto de vista, son elemento de divergencia entre quienes se atienen a que Jesús murió por nuestros pecados y quienes piensan que se le mató en razón de su lucha por el hombre y en virtud de motivos políticos.

    El estudio, por tanto, de la pasión en su doble vertiente de por qué muere Jesús y de por qué le matan, es un lugar adecuado para iluminar la unidad intrínseca y necesaria entre la lucha por el hombre y la implantación del Reino de Dios.

    Es un problema muy presente en el Nuevo Testamento. Ya en el primero de sus escritos se nos dice, por un lado: «porque Dios no nos destinó a la ira, sino a adquirir la salvación por medio de Nuestro Señor Jesucristo, el que murió por nosotros, a fin de que... lleguemos a la vida juntamente con él» (I Tes 5, 910); por otro: «pues vosotros hermanos os hicisteis imitadores de las Iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús, porque también vosotros padecisteis de parte de vuestros compatriotas las mismas persecuciones que ellos de parte de los judíos, los que mataron al Señor, a Jesús, y a los profetas...» (ib., 2, 14-15). Y es un problema que no puede resolverse a la ligera. Un autor, tan ponderado como Rahner, considera, por ejemplo, que es discutible si el propio Jesús atribuyó a su muerte una función soteriológica; esto es, si a él mismo le era clara la conexión entre el significado histórico de su muerte y su sentido trascendente1 .

    Consideramos nuestro problema desde tres puntos de vista: 1) la dimensión histórica de la muerte de Jesús; 2) la conciencia histórica de Jesús sobre su muerte; 3) significado teológico de su muerte. Nos ceñiremos a los relatos de la pasión y el punto de vista será exclusivamente exegético-histórico.

    1. Dimensión histórica de la muerte de Jesús

    a) Creciente oposición entre Jesús y sus enemigos.

    Los autores evangélicos presentan la vida de Jesús como una creciente oposición entre él y quienes van a ser los causantes de su muerte. Pocas dudas pueden caber sobre este punto, léase la vida de Jesús según Marcos o, en el otro extremo, según Juan2 . Jesús y sus enemigos representan dos totalidades distintas, que pretenden dirigir contrapuestamente la vida humana; se trata de dos totalidades prácticas, que llevan la contradicción al campo de la existencia cotidiana. Ya en el pasaje de la curación del hombre con la mano paralizada (Mc 3,1-6; Lc 6, 6-11) aparecen sus enemigos espiándole para acusarle y condenarle y Jesús encolerizado, con el resultado de que los fariseos y herodianos salieran dispuestos a deshacerse de él.

    Pero el complot definitivo aparece en la pasión y está narrado por los cuatro evangelistas. Parecería que hasta Juan se ha vuelto «sinóptico», a la hora de contar el proceso de la muerte de Jesús. Esta relativa «coincidencia sinóptica» de los cuatro evangelistas indica el carácter histórico del fondo de la narración. Reunamos los rasgos más sobresalientes.

    Se reúnen los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 26, 3), los escribas (Mc 14, 1 y Lc 22, 2) y los fariseos (Jo 11, 47). Coinciden todos en querer matar a Jesús y los tres sinópticos señalan que no se atreven a hacerlo por miedo al pueblo, con lo cual se sobrepasa el nivel de la confrontación puramente personal. Pero se aprovechan de Judas, que llega a capturarlo con un grupo numeroso, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 26, 47), de los escribas (Mc 14, 43) y de los fariseos (Jo 18, 3). Juan añade que se trata de la cohorte y de los guardias; al parecer, la cohorte era romana y los guardias lo eran de los sumos sacerdotes. Hay, pues, una captura en que se aunan los poderes sociales, políticos y religiosos. La acusación, a pesar de las divergencias entre los evangelistas, muestra por qué le persiguen y le combaten estos poderes.

    b) Por qué persiguen a Jesús.

    Según Juan (18, 19-27) el sumo sacerdote le interroga a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina; se trataría, por tanto, de un problema de ortodoxia, pero tras este primer plano de la ortodoxia aparece el de sus seguidores, esto es, el de un movimiento, que ha cobrado fuerza y frente al cual no tienen control los dominantes oficiales de la situación religioso-oficial. No deja de ser significativo que los guardianes le insulten como a profeta; debieron de percibir en sus amos la persuasión de que Jesús era profeta y ponía en marcha dinamismos proféticos.

    En el juicio ante el Sanedrín se le acusa de querer destruir el templo. No puede pasarse por alto lo que suponía el templo jerosolimitano en la configuración religiosa y política de Judea; la afirmación del templo nuevo que sustituye al antiguo era una blasfemia, que exigía la lapidación. Distintos motivos redaccionales han hecho que se ampliara la acusación a la más llamativa de hacerse el Mesías, pero este punto lo trataremos en la tercera parte. En este primer estadio Jesús aparece como blasfemo, pero como blasfemo público, que pone en conmoción los pilares de la estructura del judaísmo.

    Las acusaciones cambian ante Pilato. El punto de conexión está en la acusación de presentarse como Mesías, que de cara a los judíos se presenta como Hijo del Bendito y de cara a los romanos como rey de los judíos. Es Lucas quien propone el sumario de la acusación: «Hemos encontrado a este hombre excitando al pueblo a la rebelión e impidiendo pagar los tributos al César y diciéndose ser el Mesías, Rey» (23, 2). Pilato sabía que el Mesías sería enemigo de los romanos; toda la época de su mandato estaría llena de expectativas mesiánicas y de levantamientos armados de tinte mesiánico. Por eso pregunta a Jesús: ¿eres el Rey de los judíos? Ninguno de los cuatro evangelistas pone en boca de Jesús el rechazo de esta acusación. Ante las reticencias de Pilato los sumos sacerdotes y los escribas le siguen acusando violentamente (Lc 23, 10) e insisten en que Jesús subleva al pueblo con su enseñanza. Ni Herodes ni Pilato recogen la acusación; pero cuando le amenazan a Pilato con que si no condena a Jesús se convierte en enemigo del César, acaba por ceder. De hecho le condena a la crucifixión, pena típicamente política impuesta a los rebeldes contra Roma, y como titulus de la condenación se establece su pretensión de convertirse en rey de los judíos.

    c) Jesucristo como enemigo del poder y estructura social.

    Es claro que, fuera de intereses redaccionales, los enemigos de Jesús extreman y distorsionan las apariencias, pero estas apariencias lo eran de hechos reales. Ante todo, está el hecho real de la oposición a muerte de los poderes socio-religiosos contra Jesús; si no hubieran visto en él a un enemigo de su poder y de la estructura social, no lo hubieran condenado a muerte; y si la acción de Jesús no hubiera tenido nada que ver con aquello de que le acusan, tampoco hubiera prosperado. Ambos aspectos que en su unidad se hacen presentes a todo lo largo de la vida de Jesús, prueban el carácter de su vida: el anuncio del Reino de Dios tenía mucho que ver con la historia de los hombres y esta historia quedaba contradicha por el anuncio efectivo del Reino. Tan peligrosa aparecía la persona y la acción de Jesús, que las autoridades judías habían calculado que esa peligrosidad iba a traer una mayor represión por parte de los romanos. Lo cuenta San Juan: reunidos los sumos sacerdotes y los fariseos se preguntaban qué hacer, porque Jesús hacía muchos signos; si le dejaban seguir, todos iban a creer en él, lo cual ocasionaría la intervención de los romanos, que destruirían el lugar santo y la nación entera; a lo cual respondió Caifás que era mejor que muriera un solo hombre por el pueblo y no que pereciera toda la nación (11, 47-50). La apelación a los romanos y al peligro del lugar santo y de la nación, muestra la conexión de la palabra y de los signos de Jesús con la realidad histórica, tanto en su vertiente religiosa como política. Curiosamente esta frase de Caifás de tinte tan marcadamente político va a ser leída por Juan teológicamente y, además, en un sentido expiatorio. El por qué le matan a Jesús queda unido al por qué muere en la propia historia teológica de Juan.

    La preponderancia de los elementos histórico-políticos en el juicio de Jesús y aun en el relato entero de la pasión es grande. Lo que más resaltan los evangelistas es una serie de elementos históricos, como si estuvieran preocupados por responder a por qué le mataron a Jesús. Sobre este punto crucial se han deslizado los comentaristas teológicos con peligrosa e ideologizada facilidad; hoy se trata de evitar ese deslizamiento interesado. No en vano este punto tiene tal importancia en los relatos evangélicos; considerar la morosidad de los evangelistas como algo anecdótico o como concesión sentimental, sería caer en lo que Zubiri ha llamado docetismo biográfico. Insistir en lo que realmente significa nos lleva a la que fue la raíz humana de la vida de Jesús y, consiguientemente, al lugar adecuado de la fe y de la trascendencia.



    2. Conciencia histórica de Jesús ante su muerte


    a) Jesús sabía que su modo de actuar era peligroso y lo llevaba a la muerte.


    Entramos en un tema lleno de dificultades exegéticas y dogmáticas. Dando por supuesta la literatura sobre la conciencia de Jesús, nos vamos a ceñir a lo que los evangelistas muestran de esa conciencia en los relatos de la pasión.

    Como preámbulo podemos dar por supuesto que Jesús era consciente de la peligrosidad de su vida y de que su actuación ofrecía motivos para llevarlo a la muerte. La hipótesis contraria no es aceptable: una cosa es que los anuncios de la pasión sean port-pascuales, otra que Jesús no previera el peligro mortal que corría. La confrontación con sus enemigos, tal como la señalan los evangelistas, no podía llevar a otro final; Juan reitera incansablemente cómo Jesús conocía el propósito de sus adversarios: «algún tiempo después recorría Jesús Galilea, evitando andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo» (7, 1; cfr. 2, 24-25; 5, 16-17; 7,19, 25-26, 30-35; 8, 20, 59; 10, 30-31, 39; 11, 8, 53-54, 57).

    ¿Cómo se le presenta a Jesús no tanto la inminencia de su muerte sino lo que la muerte significaba para él y para los hombres? Esta conciencia puede sospecharse a partir de dos pasajes: el huerto y la crucifixión.

    b) La muerte de Jesús, consecuencia de haber anunciado el Reino de Dios.

    Boismard3 rastrea tres documentos anteriores al actual relato de Getsemaní, de los cuales el más primitivo ofrecería un sensible paralelismo con algunos versículos de Juan, no referidos por éste a la escena del huerto. El más antiguo diría:

    "ha llegado la hora en la que es entregado el hijo del hombre en manos de los pecadores; mi alma está triste hasta la muerte, y oraba para que si fuera posible pasase de él la hora; he aquí que se acerca el que me entrega; levantaos, vayamos». Jesús, pues, esperaría la "hora", pero la "hora" tiene un claro carácter mesiánico que, sobre todo en Juan, implica el paso por la glorificación de la muerte, lo cual le causa profunda turbación. No aparece explícitamente ni el sentido expiatorio de su muerte ni siquiera de su inmediata resurrección. Tanto la oración de Jesús como su tristeza mortal son datos no conciliables con una visión clara de su triunfo glorioso sobre el príncipe de este mundo.

    Igualmente las palabras de Jesús en la cruz muestran el dramatismo de una conciencia oscura respecto del sentido de la muerte. Boismard4 trata aquí también de reconstruir los documentos que reflejan la tradición más antigua: en el más antiguo no habría ni siquiera una palabra de Jesús; en el segundo, mucho más elaborado, sólo estaría la palabra del abandono: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. Sólo en el tercer nivel aparecerían las otras "seis palabras", de las cuales las recogidas por Lucas serian las más significativas: el perdón a los que le matan, el premio al que se arrepiente y un último suspiro de confianza en el Padre.

    Lo que en el huerto aparecía todavía como autoconciencia del «hijo del hombre entregado en manos de los pecadores», todavía queda más oscurecido en la cruz. Ni siquiera la reelaboración teológica de los evangelistas se creyó autorizada a poner en los labios y en la conciencia manifiesta de Jesús un planteamiento claro del sentido de su muerte. Jesús muere en la cruz acosado por sus enemigos, abandonado por sus discípulos; todo ello como resultado de lo que hizo en vida, todo ello como resultado de su oposición radical a quienes acaban venciéndole en la cruz. No aparece ningún sentido místico expiatorio: lo que le ocurrió en la muerte fue la consecuencia de lo que actuó en vida: el anuncio y la realización del Reino de Dios entre los hombres, a lo que se oponían los representantes del poder religioso, del poder social y del poder político, como plasmación visible del príncipe este mundo.


    3. Significado teológico de su muerte


    ¿Es, entonces, arbitraria la referencia al por qué muere Jesús, cuando el acento de los evangelistas en la pasión está puesto en por qué le matan los judíos y los romanos? Para responder a esta cuestión quedan por examinar dos pasajes fundamentales del relato de la pasión: la institución de la Eucaristía y las palabras puestas en boca de Jesús con ocasión de su condena.

    a) La institución de la Eucaristía.


    No pretendemos entrar en el problema general de la cena pascual y de la institución de la Eucaristía ni desde el punto de vista exegético ni desde el punto de vista dogmático. Nuestra pretensión se reduce a mostrar la conexión del por qué muere Jesús y del por qué le matan, la conexión entre el sentido histórico de su muerte y el sentido teológico respecto de un punto particular.

    Si consideramos las diferentes redacciones de la institución eucarística (1 Cor 11, 24-25; Lc 22, 19-20; Mc 14, 22-24 y Mt 26, 28) en su versión actual, parecería evidente que Jesús, en la víspera de su pasión, consideraba expiatoria y soteriológica su muerte. Aunque respecto del pan, como cuerpo suyo, nada dicen Marcos y Mateo, Pablo afirma que es por vosotros y Lucas que es entregado por vosotros; con estos últimos coincide Juan (6, 51) cuando pone en boca de Jesús que su carne es para la vida del mundo. Pero, al hablar del vino y de la sangre los tres sinópticos y Pablo hablan de la (nueva) alianza, mientras que sólo los tres5 hablan de la sangre derramada por vosotros o por muchos, añadiendo Mateo -y sólo él- «para el perdón de los pecados». Según Pablo y Lucas, Jesús les manda a sus discípulos que lo sigan haciendo en su memoria y Pablo señala que, haciéndolo así, anunciarán la muerte del Señor mientras vuelva.

    Este recuerdo de datos mostraría que Jesús en la cena habría tenido clara conciencia de la relación entre la institución eucarística y su sangre derramada por el perdón de los pecados y aun con una segunda venida suya. Se trataría de una nueva alianza sellada con un nuevo sacrificio. Vista la muerte de Jesús desde la cena poco o nada importaría el planteamiento del por qué le matan; lo importante sería el sentido de su muerte. De ahí a considerar que lo importante en el cristianismo es la celebración cultual de la pasión y de la resurrección de Jesús, dejando de lado la celebración real e histórica de su vida, no hay más que un paso. El culto sería el álibi perfecto de la realidad cristiana.

    Pero un análisis del modo en que están redactados los textos pone en entredicho esta apariencia del relato eucarístico, si queremos saber lo que realmente ocurrió en la víspera de la pasión. En efecto, dos planos fundamentales deben distinguirse en el texto evangélico: el relato de la cena ritual de la pascua y el relato de la institución eucarística; el primero más histórico y el segundo más litúrgico.

    En el relato más primitivo de Marcos6 se hace explícita referencia a la celebración de la pascua judía: Jesús toma la copa, da gracias, se la pasa a los discípulos, que beben de ella, mientras les dice que no beberá más del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el reino de Dios. Es a esta cena a lo que aludirían las palabras: «con gran deseo, he deseado comer con vosotros esta pascua». En este plano del relato pascual nada rompe la continuidad de la conciencia histórica de Jesús. Jesús prevé su final, pero no desespera del sentido de su muerte sino que positivamente establece su firme esperanza en el triunfo del Reino y el de su causa personal.

    Pero, además del relato pascual, está el relato de la institución eucarística, cuyo texto más antiguo es el de Pablo; se trata de un texto litúrgico de vocabulario distinto al de Pablo y que retrotrae la tradición usada más allá del año 54, fecha de la carta, pero al mismo tiempo, muestra un texto transformado por exigencias litúrgicas e incluso una helenización de la fórmula eucarística7 . Reunidos los textos de los sinópticos y de Pablo tendríamos los siguientes elementos: a) esto es mi cuerpo; b) entregado por vosotros; c) esto es mi sangre; d) derramada por muchos; e) para el perdón de los pecados; f) como alianza (nueva); g) mandato de su recuerdo.

    Ahora bien, si el texto de Marcos es el que responde a una tradición mas antigua y es el menos afectado por el lenguaje litúrgico, los elementos más originales serían: a) una cena de despedida en que Jesús anuncia la inminencia del final de su vida de predicador y anunciador del Reino de Dios; b) una cierta esperanza escatológica en continuidad con lo que ha sido su predicación del Reino y su relación con el Padre; c) la referencia a su cuerpo y a su sangre como alimentos nuevos de la alianza de Dios con el hombre; d) un profundo sentido sacrificial de toda su vida entregada a los demás.

    Que esto ofrezca suficiente base para que una tradición, muy primitiva, viera en los sucesos de la cena y de la crucifixión un claro sentido soteriológico y expiatorio, no permite concluir que Jesús apreciara su muerte en los mismos términos.

    b) Los títulos trascendentes de Jesús.

    En los diferentes enfrentamientos de Jesús con sus enemigos con ocasión de su enjuiciamiento, los evangelistas proponen una serie de títulos, que mostrarían cómo el propio Jesús teologizaba creyentemente lo que estaba ocurriendo, sobre todo con ocasión del interrogatorio del Sumo Sacerdote. Le pregunta, en efecto, si es el Mesías, el Hijo del Bendito. Jesús acepta estos títulos, pero los reinterpreta desde el título de Hijo del Hombre, sentado a la derecha del Padre y que ha de volver entre las nubes del cielo (Mc 14, 61-62). El sentido de la pregunta no hace referencia a una presunta divinidad de Jesús, que caía completamente fuera del horizonte mental del Sumo Sacerdote; significaba tan sólo una pregunta por su carácter de rey mesiánico, que gozaría de la total protección de Yahvé. Jesús, por su parte, le responde con el salmo 110,1, referido al rey mesiánico y con Daniel 7,13 referido al Hijo del hombre; esto es, en ninguno de los dos casos autoproclamaría su divinidad sino que se limitaría a colocarse en la línea de un nuevo mesianismo y anunciaría la certeza de su triunfo final y de su potestad de juicio definitivo.

    ¿Qué supondrían, entonces para Jesús estos títulos de Hijo del hombre y de Mesías en referencia al sentido de su muerte?

    No tiene razón Bultmann, al rechazar tan rápidamente la conexión de este título con la vida histórica de Jesús8 . Aunque se acepte que las profecías de la pasión, tal como hoy se encuentran en el texto evangélico, son formulaciones de la comunidad primitiva, no hay por qué negar la proyección escatológica del Hijo del hombre. Si se acepta un sentido escatológico del Reino de Dios, no hay por qué desechar la proyección escatológica de Jesús como Hijo del hombre en función del Reino de Dios, aunque la plena identificación de toda la carga teológica del Hijo del hombre con el Jesús histórico sólo se realizara en la experiencia creyente de la comunidad primitiva. En la propia vida de Jesús se dan las bases de esa identificación: Jesús habría acentuado cómo su misión le iba llevando al sufrimiento, a la oposición y a la muerte habría proclamado también el carácter definitivo del Reino de Dios y de su persona; habría anunciado que el criterio definitivo del juicio es la relación con su vida y con su persona (Lc 12, 8ss.), y, en este sentido, habría preanunciado una esperanza que la comunidad primitiva habría clarificado tras la experiencia creyente de la resurrección. Pero esto no supone que Jesús se haya concebido a sí mismo como siervo de Yahvé, que cumple su misión mesiánica mediante una muerte expiatoria. Aunque la presencia de este título llene los evangelios y remita a un estadio muy primitivo de la redacción9 , no debe olvidarse la resonancia teológica diversa que han ido poniendo en el Hijo del hombre las distintas comunidades. Las referencias evangélicas al Hijo del hombre apuntan a una justificación del paso del por qué le matan al por qué muere, pero no permiten independizar la segunda pregunta de la primera.

    Algo parecido ha de decirse de la autoproclamación como Mesías. La disposición del texto (Mc 14, 62 y paralelos) muestra que Jesús no rechaza el título, pero muestra asimismo que él no lo toma en el contexto del mesianismo judío; por otra parte, el mismo Jesús desvía el significado demasiado político hacia la consideración del Hijo del hombre. Pero esto no permite confundir la mesio-logía del Nuevo Testamento en su sentido judaico con la cristología en su sentido helénico. Es cierto que Jesús intentó purificar el mesianismo politizado, entendido como una toma del poder en la linea de una concepción teocrática, pero de ahí no se sigue que se haya entendido a sí mismo como Cristo-Señor, que poco tiene que ver con la historia material de los hombres.

    No puede interpretarse el «Heilsbringer», el salvador, como alguien que tan sólo aporta una salvación individual y espiritualizada. Moltmann lo ha resaltado con razón, así como lo han hecho con insistencia los teólogos de la liberación. Una lectura objetiva de la vida y, sobre todo, de la pasión de Jesús no deja lugar a dudas, sobre todo si se subraya que se trata de relatos posteriores -mucho más historizados- a algunos de los textos paulinos. ¿Qué interés pudo tener la comunidad postpascual al mostrar tan numerosos y precisos rasgos histórico-sociales, una vez que estaba en posesión del Jesús resucitado y exaltado? No otro sino el de mostrar la conexión real entre el Cristo de la fe con el Jesús de la historia.

    4. A Jesús le mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió

    Podemos ahora aproximarnos a la respuesta de nuestra pregunta. Circunscritos a lo que sucedió al Jesús histórico y, por tanto, dejando sólo metódicamente de lado el resto del Nuevo Testamento y las formulaciones ulteriores de la Iglesia, podemos decir que el por qué murió Jesús no se explica con independencia del por qué le mataron; más aún, la prioridad histórica ha de buscarse en el por qué le mataron. A Jesús le mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió. Sobre este por qué de su muerte puede plantearse el para qué de su muerte. Si desde un punto de vista teológico-histórico puede decirse que Jesús murió por nuestros pecados y para la salvación de los hombres, desde un punto de vista histórico-teológico ha de sostenerse que lo mataron por la vida que llevó. La historia de la salvación no es ajena nunca a la salvación en la historia. No fue ocasional que la vida de Jesús fuera como fue; no fue tampoco ocasional que esa vida le llevara a la muerte que tuvo. La lucha por el Reino de Dios suponía necesariamente una lucha en favor del hombre injustamente oprimido; esta lucha le llevó al enfrentamiento con los responsables de esa opresión. Por eso murió y en esa muerte les venció.


    5. Conclusiones principales



    a) Jesús no fue muerto por confusión de sus enemigos. Ni los judíos ni los romanos se confundieron, pues la acción de Jesús, pretendiendo ser primariamente un anuncio del Reino de Dios, era necesariamente una amenaza contra el orden social establecido, en cuanto estaba estructurado sobre fundamentos opuestos a los del Reino de Dios.

    b) Esta conexión se funda en una necesidad histórica. Jesús no predica un Reino de Dios abstracto o puramente transterreno sino un Reino concreto, que es la contradicción de un mundo estructurado por el poder del pecado; un poder que va más allá del corazón del hombre y se convierte en pecado histórico y estructural. En estas condiciones históricas la contradicción es inevitable y la muerte de Jesús se constituye en necesidad histórica.

    c) La comunidad post-pascual, aun tras la experiencia creyente de la resurrección y de la divinidad de Jesús consideró imprescindible no dejar anulado el Jesús histórico sino que le dio máxima importancia para mostrar cómo la experiencia creyente está ligada necesariamente al proseguimiento de lo que fue la vida de Jesús, muerto y crucificado por lo que representaba como oposición al mundo de su tiempo.

    d) Sólo en el proseguimiento esperanzado de esa vida de Jesús, se hace posible una fe verdadera, que testifique la fuerza nueva de la resurrección. Porque Jesús ha resucitado como Señor, ha quedado confirmada la validez salvífica de su vida; pero al mismo tiempo, por la relación de su vida con su resurrección ha quedado mostrado cuál es el camino histórico de la fe y de la resurrección.

    e) La conmemoración de la muerte de Jesús hasta que vuelva no se realiza adecuadamente en una celebración cultual y mistérica ni en una vivencia interior de la fe, sino que ha de ser también la celebración creyente de una vida que sigue los pasos de quien fue muerto violentamente por quienes no aceptan los caminos de Dios, tal como han sido revelados en Jesús

    f) La separación en la vida de la Iglesia y de los cristianos del por qué muere Jesús y del por qué le matan, no está justificada. Es una disyunción que reduce la fe a una pura evasión o reduce la acción a una pura praxis histórica. La praxis verdadera, la plena historicidad, está en la unidad de ambos aspectos, aunque esa unidad se presente a veces con la misma oscuridad, que se hizo presente en la vida del Jesús histórico.

    g) No puede olvidarse que si la vida de Jesús hubiera terminado definitivamente en la cruz, nosotros estaríamos en la misma oscuridad que su muerte produjo entre sus discípulos. El que su vida no pudo terminar en la cruz muestra retroactivamente la plenitud que esa vida encerraba y da la base firme para que la comunidad creyente actualizara las posibilidades reales que esa vida tuvo. Jesús fue y se proclamó el verdadero templo de Dios, el lugar definitivo de la presencia de Dios entre los hombres y del acceso de los hombres a Dios. Por eso murió y por eso nos dio la vida nueva.

    Notas:


    1 RAHNER y W. THÜSSING, Christologie systematisch und exegetisch. Freiburg 1972, pp. 27 y 33.
    2 I. ELLACURIA, Teología política, San Salvador, 1973; traducción inglesa: Freedom made flesh, New York, 1976.
    3 P. BENOIT, M. BOISMARD, Synopse des quatre évangiles, París, 1972, pp. 390ss.
    4 l.c., 428 ss.
    5 Dejamos de lado, a pesar de su gran importancia para nuestro propósito, el problema del texto largo y del texto corto de Lucas. Cfr. P. BENOIT, Exegese et theologie, Paris, 1961, I, pp. 163-203 y J. JEREMIAS, Die AbendmaHlsworte Jesu, Goettingen, 1960, pp. 133-135.
    6 Cfr. BOISMARD, l.c., pp. 381 SS.; Jeremías, l.c., pp. 153 ss.
    7 Cfr. BOISMARD, l.c.
    8 R. BULTMANN, Theologie des neuen Testaments, Tübingen, 1968, p. 31 ss.
    9 F. HANN, Christologische Hoheitstitel, Goettingen, 1966, p. 13 ss.

    miércoles, 12 de abril de 2017

    Jueves Santo: Comer juntos es Reino de Dios.


    Rufo González

    Introducción: “Yo he recibido una tradición que procede del Señor” (1Cor 11, 23-26)
    El Jueves Santo está centrado en la Cena del Señor, “el sacramento de la iglesia como tal” (Karl Rahner), al que “los otros sacramentos ( … ) están unidos y ordenados”, el que “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia”, “fuente y cima de toda la predicación evangélica” (PO 5); el que es “raíz y quicio de la comunidad cristiana” (PO 6). Pablo cita esta “tradición” sobre el año 56, como “procedente del Señor, que él ha recibido y transmitido”. Se usaría en Antioquía de Siria sobre los años 40; es la más cercana a Jesús junto con Lc 22,14-20.

    Pablo recuerda la institución de la cena al criticar el modo insolidario de celebrarla
    – “tal como os reunís vosotros en común, no es posible comer la cena del Señor” (v. 21).
    Parece que antes de la eucaristía hacían una comida fraterna. Pero esa comida es poco fraterna: no se esperaban para compartirla; cuando llegan los más pobres, ya no había comida para ellos y se ven obligados a pasar hambre. Basta recordar en qué consiste la Cena del Señor para que perciban la contradicción entre lo que celebran y lo que viven.

    – “Haced esto en memoria mía” se dice respecto del pan y del vino. Sólo “en su recuerdo”, en su amor, está bien celebrarla. Si no se hace “en su amor”, no “recuerda al Señor”. Entonces la comida previa “no recordaba al Señor” porque no compartían amorosamente: no se esperan para comer juntos, hacen pasar hambre a los que no tienen, mientras otros exhiben hartura y ebriedad…

    Sin “mesa compartida” no hay “memoria del Señor”
    La estructura eclesial actual y la normativa litúrgica vigente hacen casi imposible el “recuerdo del Señor”. Es la consecuencia de la marginación secular del pueblo cristiano en la confección de la eucaristía y en la marcha de la Iglesia.
    – ¿Puede ser signo del amor de Dios la lengua desconocida, la mesa-altar lejos y el ministro de espalda, los ropajes de farándula, el escalafón señorial y menestral, el hieratismo teatral, la falta de diálogo libre y la carencia de signos de igualdad, de sencillez, de amor mutuo, de verdad…?

    – Para desgracia nuestra. lo más perceptible es hoy: la escala jerárquica del poder residente sólo en varones célibes, distinción de personas -no por su servicio, sino por lo rico de sus atuendos, el relieve político o social, etc.-, la inexpresividad ritual, la palabra clerical en exclusiva, no exigencia de ser justo y fraternal, la costumbre cultural, la carencia de espontaneidad y de vida, etc.
    – una comunidad que celebra la eucaristía como una devoción religiosa, por imperativo legal, que entiende a Dios como Padre-patriarca-patrono, sometiéndose a Él para que le ayude en la vida.
    – una comunidad que no es “pobre de espíritu”, ni los pobres pueden tener como suya, que exhibe lujo y diferencias innecesarias, que sólo varones célibes pueden decidir y ocupar ministerios, que impone leyes no evangélicas como indiscutibles, que margina a sectores eclesiales, etc.
    – una comunidad que no sabe “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir” juntos en el Espíritu de Jesús…

    La eucaristía la hace la Iglesia y hace Iglesia
    Hay que trabajar por que haya comunidades que puedan “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir” juntos con el Espíritu de Jesús. Estas comunidades adultas volverán más significativa la “Cena del Señor”. La presencia de Jesús resucitado está en el pan y el vino compartidos en mesa de hermanos. Comerlos y beberlos es aceptar la entrega sacramental de Jesús por todos, actualizando su muerte y resurrección “hasta que vuelva” y nos incorpore a su reino definitivo. Pablo, al narrar la Cena en un clima “indigno”, nos está recordando la Cena que Jesús quiere: la celebrada en común amor y servicio mutuo, la que puede considerarse “el sacramento de la iglesia como tal” (Karl Rahner), el signo por el que se llega a conocer a la comunidad de Jesús y que la realiza. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros” (Jn 14, 35). Una comunidad verdadera hace una verdadera eucaristía, que a su vez la hace más comunidad.

    Oración: “Yo he recibido una tradición que procede del Señor” (1Cor 11,23-26)

    Jesús de la eucaristía:
    ¿Puede decirnos hoy Pablo con razón:
    “tal como os reunís vosotros en común, no es posible comer la cena del Señor”?

    Los corintios habían pervertido tu Cena:
    no respetaban tu amor, especialmente a los más débiles;
    “cada cual se adelantaba a comer su propia cena”;
    no se esperaban ni compartían los bienes;
    los pobres pasan hambre y los ricos comen y beben demasiado;
    “unos pasan hambre y otros están ebrios”;
    “despreciaban así a la Iglesia de Dios y avergonzaban a los que no tienen”.

    Ante esta situación, Pablo les recuerda el memorial de tu entrega:
    es la catequesis que Pablo “recibió” tras su conversión;
    tu vida se hace presente al comer y beber fraternalmente el pan y el vino;
    en ese pan y vino bendecidos, está tu vida resucitada;
    cada vez que lo comemos y bebemos, “anunciamos tu muerte”:
    – “tu muerte”, resumen de tu vida a favor del Reino;
    – “tu muerte” violenta, injusta, procurada por quienes no querían el Reino;
    – “tu muerte” reveladora del amor del Padre que no abandona y llena de gloria.

    Hoy, Jueves Santo, celebramos tu “última cena” con los discípulos:
    todo sucedió en clima de fraternidad;
    te arrodillaste ante cada uno, les lavaste los pies;
    les inculcaste tu amor: “amaos como yo os amo”;
    creaste cena nueva, la que realizaba simbólicamente tu muerte y resurrección;
    será tu memorial comprometido con el Reino de Dios;
    el pan y el vino compartidos es tu vida compartida con todos;
    nuestra vida, si quiere “estar en ti”, ha de ser compartida como la tuya.

    Aquí está la tragedia de nuestras “eucaristías”:
    las celebramos al margen de la fraternidad y el compromiso con los pobres;
    sigue siendo verdad que “unos pasan hambre y otros están ebrios”;
    hemos convertido tu Cena en una ceremonia alienante:
    – cargada de hieratismo inexpresivo;
    – con signos ininteligibles y palabras inusuales y vacías;
    – protagonizada por varones solteros, ricamente adornados;
    – la comunidad apenas interviene;
    – la fraternidad no se vive, pero da igual;
    – lo importante es “cumplir”, estar presente, asistir, oír;
    – creemos que así Dios nos protegerá y nos dará su premio…

    A pesar de todo, Jesús del amor gratuito, te haces presente de muchos modos,
    alentando a tu pueblo con tu presencia resucitada:
    – “donde dos o más se reúnen en tu nombre, tú estás en medio” (Mt 18, 20);
    – cuando nos acogemos, nos escuchamos, nos aceptamos como hermanos;
    – cuando leemos tus palabras y recordamos tu vida;
    – cuando trabajamos por un mundo mejor;
    – cuando fomentamos la igualdad, la libertad, la fraternidad, el trabajo…;
    – cuando recordamos tu vida entregada y nos atrevemos:
    – a llamar Padre-Madre al Misterio inabarcable de la vida;
    – a pedir y dar perdón y paz a todos;
    – a comer y beber el pan y vino, signos de tu presencia entregada.

    Ayúdanos, Jesús del Jueves Santo, a valorar la comunidad cristiana:
    a sentirnos miembros vivos de tu Cuerpo, animado por tu mismo Espíritu;
    a encontrarnos sinceramente fraternales, iguales en dignidad;
    a eliminar todo aquello que no transparenta tu presencia;
    a respetar y fomentar los diversos ministerios de la comunidad;
    a poner alegría, libertad, participación, sencillez, pobreza.

    Rufo González