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lunes, 7 de noviembre de 2016

Política, guerra y cataclismo.


Quizás el tan anhelado acuerdo de paz sea la oportunidad para dejar claras las reglas que todos debemos acatar en la contienda por conquistar el poder político, sobre todo que sean evidentes las líneas rojas que no se pueden cruzar, para reducir el riesgo de que la confrontación política desemboque en guerra

Por Efraín Jaramillo Jaramillo*

6 de noviembre, 2016.- Los que han vivido un sismo hablan de que los cataclismos llegan antecedidos por un ruido lúgubre, antesala del desastre. Algo similar piensa García Márquez de la guerra en ‘Cien años de soledad’, que vendría acompañada de un rumor funesto. En ambos casos, tanto el choque de las placas tectónicas como el choque de las armas siguen un curso tenebroso, generando muerte y desolación a su alrededor. También en política se presentan situaciones similares, cuando dos posiciones se confrontan. Y como sin confrontación no puede haber política —el espacio natural de la política es el del antagonismo—, el choque entre dos placas tectónicas nos ofrece por analogía un modelo para entender la forma abominable como ha operado nuestro sistema político en Colombia, el real por supuesto.

Los terremotos son tanto más devastadores en cuanto en la colisión de las placas tectónicas, una —literalmente— ‘se monta’ sobre la otra; vienen entonces una serie de fricciones entre las placas —lo que se conoce como réplicas—, muchas de ellas también demoledoras, hasta que llega un momento de reacomodo de las placas, cesan las fricciones y vuelve de nuevo la tranquilidad a la faz de la tierra. Pero hay que decir algo más: El cataclismo es sólo el desenlace final de una tensión entre las placas, una tensión que se libera cuando una de ellas se sobrepone a la otra.

En nuestro sistema político sucede algo similar, cuando dos fuerzas políticas se enfrentan para conquistar el poder del Estado. La colisión entre las fuerzas lleva a que una de las fuerzas ‘se suba’ sobre la otra. Las tensiones terminan, después de ‘replicados’ enfrentamientos, cuando una de las fuerzas acepta la victoria de la otra. Por lo regular, en un sistema democrático liberal, esa colisión de las fuerzas políticas es pacífica y la victoria se obtiene por la vía electoral. En variadas ocasiones sin embargo, se ha tratado de asaltos al poder, derrotando por la fuerza de las armas al adversario, lo que llevó a Karl von Clausewitz a decir que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.

Colombia es un ‘laboratorio’ social para analizar históricamente esta contingencia de la política. Quizás las veces que no se ha tomado el poder por la fuerza han sido la excepción.

Alguien comentaba, cuando en relación al movimiento campesino todavía era posible, sin mediación de las ideologías, hacer debates sobre la situación de la distribución de la tierra en Colombia, que la historia de Colombia podría reducirse al enfrentamiento entre aquellos que le arrebataban con violencia la tierra a los campesinos y a los indígenas y aquellos que se organizaban para no dejársela quitar o para buscar recuperarla. Las últimas décadas de la historia de Colombia es un ejemplo de ello.

En los años 50 del siglo pasado, se inició una época terrible, que en menos de 10 años cobró la vida de por lo menos 300.000 campesinos. El producto final de esta época llamada “la violencia”, fue el despojo de tierras a cerca de 400.000 familias campesinas y la conformación de latifundios con base en ese despojo. Esta violencia fue la respuesta de una oligarquía terrateniente a un proceso anterior de avance campesino en los años 30 y 40, que logró apoderarse de buena cantidad de tierras de grandes hacendados, utilizando las reformas legales en favor de parceleros y arrendatarios introducidas por Alfonso López Pumarejo, primer presidente liberal después de varias décadas de hegemonía conservadora, un partido ligado a los intereses de los terratenientes y la iglesia.

En los años setenta comenzó de nuevo una movilización por la tierra que revertió a manos campesinas una considerable cantidad de tierras(1). Es esa época también cuando empiezan de nuevo las movilizaciones indígenas en defensa de las tierras de los resguardos. Decimos “de nuevo”, porque en los años 20 y 30 los indígenas del Cauca habían dado grandes luchas para evitar que los terratenientes se apoderaran de las tierras indígenas, como había sucedido en el departamento de Nariño, la región que para ese entonces era la más indígena de Colombia. Esas luchas del Cauca habían sido dirigidas con éxito por el exterrajero(2) páez Manuel Quintín Lame.

La violencia paramilitar de los años 90 contra campesinos, negros e indígenas tuvo como objetivo el despojo sistemático de la tierra y los recursos ambientales. Lo fatídico de esta última etapa de confrontación es que estuvo también acompañada de una inusitada crueldad para descolocar a sus oponentes. Se trató en parte de una estrategia macabra, asociada a los intereses de viejos y nuevos latifundistas para recuperar y ampliar sus fundos, con el agravante de que la tierra en Colombia se ha convertido en la principal estrategia de acumulación y lavado de activos provenientes del tráfico de drogas y revivido en vastas regiones del país un sistema social, que podríamos denominar de señorial latifundista. Este sistema implantado por los ‘victoriosos’ tiene como base económica grandes extensiones de tierra donde “pasta apaciblemente” el ganado, mientras miles de familias campesinas se aglomeran alrededor a contemplar estos “vacíos rumiantes”, en tierras de alta productividad agrícola.

La violencia y desplazamiento forzoso de la gente del campo afectó de forma severa a los pueblos indígenas, poniendo en peligro de extinción a varios de ellos. Los más afectados han sido aquellos que no tienen titulo de los territorios que tradicionalmente habitan, como los grupos seminómades del Llano. Esta violencia a la gente del campo, tenía como fin zanjar definitivamente a favor de los terratenientes el poder sobre la tierra. No de otra forma se puede entender aquel montaje ideológico para fundar una nueva Colombia (la vieja, la de los clérigos y los señores de la tierra).

Para terminar. Mientras las sociedades vienen optimizando los estándares en la industria de la construcción para evitar los daños de los inevitables cataclismos que causan la colisión de las placas tectónicas, no hemos desarrollado dispositivos legales y éticos para evitar los daños que producen en nuestro sistema político la colisión de intereses que compiten por el poder. En los sistemas biológicos, los seres vivos generan múltiples mecanismos para la sobrevivencia. Y generan leyes (“lo que vive, quiere mantenerse con vida”) en el proceso de su reproducción. En la historia de las sociedades esas leyes para la sobrevivencia no existen. Y aunque en este caso no es válida una extrapolación, si es posible deducir que el equivalente de esa ley para la sobrevivencia es la política. Por eso los que hacen política deben ser juzgados por las consecuencias de sus acciones en el mantenimiento o destrucción de sus sociedades.

Quizás el tan anhelado acuerdo de paz sea la oportunidad para dejar claras las reglas que todos debemos acatar en la contienda por conquistar el poder político, sobre todo que sean evidentes las líneas rojas que no se pueden cruzar, para reducir el riesgo de que la confrontación política desemboque en guerra.
Notas:

(1) Esta contienda se dio durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, cuando se puso en marcha un plan de reforma agraria y abrió espacios políticos para que los campesinos se organizaran y ocuparan latifundios en todo el país.

(2) En el sistema de terraje, el propietario de la tierra cede en usufructo un pedazo de tierra al indígena, a cambio de que este le preste servicios personales o le entregue una parte de lo producido, algo similar al Huasipungo en Ecuador.

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*Efraín Jaramillo Jaramillo pertenece al Colectivo de Trabajo Jenzera
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Fuente: Servindi

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Colombia: El paro agrario y la lucha por la tierra.


Por Efraín Jaramillo Jaramillo*

18 de setiembre, 2013.- Se han hecho muchos análisis sobre el paro agrario, pero a mi juicio faltan los que más necesitan los campesinos, sobre todo los que no tienen tierra. La mayoría de ensayos sobre el paro agrario, han sido ideológicos o textos que buscan los responsables de la crisis del agro colombiano en los Tratados de Libre Comercio (TLC), el neoliberalismo, la globalización, que remplazaron a los culpables de antes, el imperialismo, la CIA y otros espantos. Lo que debería hacerse es volver la mirada atrás y hacer una historia política de los procesos que han conducido a este levantamiento general de los campesinos, que ya llevan un mes y que aunque amainado, no ha terminado.

Este paro llama la atención porque en determinadas zonas ha adquiridorasgos de insubordinación, comparables a aquellos protagonizados por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) a comienzos de los años 70 del siglo pasado, puesto que de este paro hacen parte también campesinos sin tierra, que tienen otras necesidades diferentes a que se solucionen problemas de infraestructura, se subsidien insumos para la producción agrícola, haya control deprecios a fertilizantes y entrada de productos subsidiados, eliminación del contrabando, ampliación de créditos; pero también a que se frene la firma de TLC con otros países, o aún que se suspendan los ya firmados, etc.

Pero también llama la atenciónel que estos campesinos sin tierra,las cenicientas,que estando entre el montón no son fácilmente visibles, ven como en las rondas de negociación del gobierno con los líderes campesinos,corren chorros de babas (las del vicepresidente Angelino Garzón han sido las más abundantes y sinuosas), sin que en ningún momento se mencioneque en el centro de la problemática agraria de Colombiaestá la concentración y acaparamiento de tierras. Este ruidoso silencio se presenta porque para el Estado es más barato repartir plata, sobre todo no azuza los demonios terratenientes, más en un país donde todas las violencias han tenido origen en la alta concentración de la tierra.

Un campechano análisis mostraría que todas las guerras internas que han agitado al país, parten de que hay gente que le quiere quitar la tierra a otra gente y esta a su vez se defiende para no dejársela quitar. Y en caso de que la haya perdido,estará esperando condiciones favorables para recuperarla y así sucesivamente…

Quizás esa historia debería recordarse para sacudirnos ese esquema interiorizado por la izquierda de encontrar culpables y no profundizar en las razones de las luchas por la tierra en Colombia, haciendo un seguimiento serio a los acontecimientos que las han originado.

Este texto no pretende hacer un registro de esas razones, sino de mostrar un aspecto de ellas que ha sido poco tratado en estos días.

Para abordar este tema nos vamos a remontar a la segunda mitad del siglo pasado, cuando se originó esa época horrenda, que en menos de 10 años cobró la vida a 300.000 campesinos. Independientemente de las causas que se le atribuyen a esta época llamada “la violencia”,el resultado final de ella fue el despojo de tierras de cerca de 400.000 familias campesinas y la ampliación o conformación de nuevos latifundios con base en ese despojo.

Esta violencia fue la respuesta de las oligarquías terratenientes a un anterior proceso de avance campesino en los años 30 y 40, donde muchas familias campesinas lograron hacerse a una considerable cantidad de tierrashacendatarias, en poder de una élite terrateniente. Ello había sido posible gracias a las reformas legales en favor de parceleros y arrendatarios introducidas por Alfonso López Pumarejo, primer presidente liberal después de varias décadas de hegemonía conservadora, partido muy ligado a los intereses de la iglesia y de los terratenientes.

A principios de los años setenta comienzan las movilizaciones campesinas, originando la más importante lucha por la tierra que se ha dado en Colombia. En esa ocasión se movilizan de nuevo los indígenas en defensa de los resguardos. Decimos “de nuevo”, porque en los años 20 y 30 ya habían dado grandes batallas para evitar que los terratenientes se apoderaran de las tierras de resguardo en el Departamento del Cauca, como había sucedido en el Departamento de Nariño, para ese entonces la región más indígena de Colombia. Esas luchas habían sido dirigidas con éxito por el terrajeropáez Manuel Quintín Lame.

La presencia de organizaciones de izquierda fue un factor decisivo en la evolución y ascenso del movimiento campesino, pues jugaron un papel positivo al sacar a los usuarios campesinos de la orientación reformista del gobierno de Lleras Restrepo y posibilitar así la dinamización de sus luchas y la formación política de sus dirigentes.

Pero después estas mismas organizaciones ayudaron a desmantelar lo que habían ayudado a construir. Al pretender que unas comunidades campesinas de incipiente organización y conciencia se convirtieran en un medio de su asalto al poder, lo que lograron fue desmontar la base reivindicativa de un movimiento social con grandes perspectivas. Hoy no se menciona esa historia para no incomodar o recibir los estigmas de aquellos amigos de entonces, que como dice Fernando Mires,malos de la cabeza interiorizaron “la tesis que popularizó Galeano, la de que siempre somos víctimas y nunca hechores”.

Una primera pregunta que nos hacemos, mirando el pasado reciente, es de si la violencia paramilitar que vino después y que se intensificó en la década de los 90, no es otra cosa que una nueva anexión violenta de tierras por parte de antiguos y nuevos terratenientes. Sea cierto o no este interrogante, el resultado es que con dineros provenientes del narcotráfico y utilizando la violencia, se llevó a cabo en menos de una década, una “contrarreforma agraria”que desalojó de sus tierras a más de tres millones de campesinos. Un estudio de la Contraloría General de la República revela que durante esos 10 años los narcotraficantes se apoderaron del 48% de las tierras más fértiles del país. Esto hace suponer que el desplazamiento forzoso de campesinos, indígenas y negros no es sólo un efecto colateral del conflicto armado, sino que obedece en parte a una estrategia macabra, asociada a los intereses de esos antiguos y nuevos latifundistas de volverle a quitar la tierra a los campesinos.

La segunda pregunta que nos hacemos es de si el paro agrario actual no llevará temprano o tarde a plantear la recuperación de la tierra por parte de los que la perdieron ayer, de los sin tierra, de los campesinos desposeídos por la violencia de losacaparadores de tierras. Eso llevaría a plantear un cambio de nombre a esta movilización, significando que no es sólo un paro agrario, sino un “paro campesino por la tierra” o para anudarlo con las luchas de ayer un “movimiento campesino por la tierra”.

Pero parece que la izquierda y los movimientos ambientalistas están más interesados en irse lanza en ristre contra el TLC, transgénicos, etc., que siendo demandas importantes, lejos están de ser suficientes para solucionar la crisis del campo colombiano. Puede que eso dé réditos políticos de cara a las elecciones, o recursos del ambientalismo internacional.Hay mucha astucia charlatana rondando esas toldas.Pero no se está abordando el problema fundamental del país, que es la extrema desigualdad en la tenencia de la tierra. Con el agravante de que la tierra en Colombia se ha convertido en la principal estrategia de acumulación y lavado de activos provenientes del tráfico de drogas y revivido en vastas regiones del país un sistema social “señorial-latifundista”, que se engalanacon caballos de paso fino colombiano, poncho, carriel, sombrero aguadeño o “vueltiao” y otras parafernalias, que acostumbran a lucir los notables y poderosos señores de esas regiones. Este sistema fundamenta su poder en la tenencia de grandes extensiones de tierra de alta productividad agrícola, donde “pasta apaciblemente” el ganado, mientras miles de familias campesinas se aglomeran a su alrededor a contemplar estos “vacíos rumiantes”.
*Efraín Jaramillo Jaramillo es antropólogo colombiano, director del Colectivo de Trabajo Jenzerá, un grupo interdisciplinario e interétnico que se creó a finales del siglo pasado para luchar por los derechos de los embera katío, vulnerados por la empresa Urra S.A. El nombre Jenzerá, que en lengua embera significa hormiga fue dado a este colectivo por el desaparecido Kimy Pernía.
Otras noticias:

Fuente: Servindi

jueves, 26 de julio de 2012

Colombia: El Cauca y el resarcimiento de la memoria.


Por Efraín Jaramillo Jaramillo*
Los historiadores y los politólogos, además de que trabajan con fuentes secundarias, que ya de por sí son miradas de otros sobre hechos pasados, tienen las mañas de lanzar pronósticos sobre la evolución de los acontecimientos sociales. Los que predicen muy orondos la paz, que está a la vuelta de la esquina, o los que nos vaticinan una guerra de cien años (nos faltarían todavía 50), basados en tal o cual estrategia militar del Estado, por lo regular se pifian.
Los antropólogos, aunque no faltan los que se alucinan con la astrología y desde el movimiento de los astros también predicen, tienen más oportunidad, aunque tampoco muchos la utilizan, contacto con los fogones indígenas y pueden acercarse a la memoria colectiva y entender que la violencia y exclusión sufridas por estos pueblos no pueden ser olvidadas, pero también llegar a comprender la razón de que los indígenas persistan en la idea de que sólo luchando, como lo han hecho sus ancestros durante décadas, pueden superar los impases que se le han presentado en la historia. Lo más importante: de esa memoria colectiva es que derivan su fuerza y su optimismo. Y eso que viene desde las comunidades, pensado y decidido “desde los fogones de los ancestros” como dicen los indígenas, es lo que en últimas cuenta a la hora de pisar tierra y enfrentar a sus enemigos.
Mantener viva la memoria se constituye en un deber para la sobrevivencia de un pueblo, por aquello de que el olvido es “el triunfo definitivo del enemigo” y “una injusticia absoluta”, como lo consideraba el rumano Elie Wiesel, que como niño judío vivió los horrores del exterminio nazi en Buchenwald. En un hermoso texto de dos cuartillas, “Los peligros de la indiferencia” (1999), comenta que ese niño “Creyó que nunca volvería a ser feliz. Liberado un día antes por los soldados americanos, recuerda su rabia ante lo que encontraron allí. Y mientras viva, ese joven siempre les agradecerá su rabia y también su compasión. Aunque no entendía su idioma, sus ojos le informaron de lo que necesitaba saber: que ellos también recordarían y darían fe de lo que acababan de ver.” Y concluye su alocución diciendo que “Una vez más, pienso en el chico judío de los Cárpatos. Ha acompañado al hombre anciano en el que me he convertido a lo largo de estos años de lucha y búsqueda. Juntos caminamos hacia el nuevo milenio, impulsados por un profundo temor y una extraordinaria esperanza.”Las maravillas que hace la memoria. No es gratuito que el poder le tenga tanta animadversión a la memoria de sus súbditos.
Hace un par de años fui invitado por la universidad indígena del Cauca, la UAIIN, a dar un concepto sobre su desarrollo. No sabía mucho sobre lo que tenía que hacer. Pero sí tenía en la cabeza ese texto de Elie Wiesel sobre la necesidad de no olvidar. Y fue allí donde encontré el camino para enunciar un concepto sobre el proyecto de educación del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). Todavía no sé sirvió de algo. Para mi si fue útil, pues me di cuenta de la importancia que ha tenido el proyecto de educación para la recuperación y conservación de la memoria, ante todo para evitar que las nuevas generaciones que entran en escena, borren de la historia, por conveniencia o por indiferencia, episodios esenciales del desarrollo de la política y de las organizaciones indígenas. Un par de ejemplos sirven para ilustrar este fenómeno tan común en la historia.
Es muy conocido el hecho de que Stalin quitaba de las fotografías a sus contradictores; el más emblemático caso fue el de Trotsky, que fue borrado de todas las fotos, de la historia oficial y de este mundo. Pero también es conocido el caso de los Astecas, que para esconder y hacer olvidar su humilde origen de pueblos cazadores y guerreros de las praderas del Norte, construyeron sus templos sobre los templos Olmecas y Toltecas, una vez se tomaron el poder en México. Lo mismo hicieron los cristianos, que una vez caída Tenochtitlan, construyeron sus iglesias y catedrales encima de los templos Astekas. Abreviando, Esa especie de talibanes que destruyen templos y estatuas, y borran de la historia a sus contradictores los hay muchos, en todo el mundo y en todas las épocas y en todas las doctrinas. Por eso la necesidad de mantener viva la memoria, como la de ese chico judío, o la de las ya “abuelas” de la plaza de mayo en Argentina.
Pero volvamos al Cauca. En esa ocasión y queriendo honrar a la universidad indígena del Cauca, me aventuré a hacer memoria sobre las luchas del CRIC y el papel que habían jugado la educación en la formación de sus dirigentes y en el desarrollo de su organización, el CRIC. Hoy quiero volver a hacer memoria, para tratar de entender lo que sucede con las llamadas “revueltas indígenas” en el Cauca.
* * *
En el Cauca indígena se mueven tres proyectos políticos, cada cual pugnando por encontrar el camino de su supremacía sobre los otros, pues definitivamente son proyectos contrapuestos, están enfrentados y se excluyen mutuamente. Definitivamente no pueden convivir. Son proyectos arraigados en las comunidades, con ideologías propias. Nada más lejano entonces esa idea que sostenía el alcalde indígena de Toribío, Ezequiel Vitonás, que lo que sucedía era que todos los actores habían infiltrado a los indígenas. Esa inútil idea de la infiltración y conspiración, ni es cierta, ni explica nada. Es la maniobra del avestruz. Ni nada más torpe que la idea expresada por el senador indígena Marcos Avirama de que “nos mamamos”, para explicar las acciones de la guardia indígena, pues como el resto de burócratas indígenas del país, se entera por los noticieros de lo que sucede en sus pueblos.
El primer proyecto político que ha habido en el Cauca es el del Estado. Siempre ha estado ahí, agenciado por la iglesia (hoy tenemos que hablar en plural: iglesias), los terratenientes, los comerciantes y los partidos tradicionales (liberal y conservador) que los representaban. Contra este proyecto, dominante en su época,se enfrentó el legendario líder Páez Manuel Quintín Lame y posteriormente el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). La respuesta que dio este proyecto político del Estado para no perder su hegemonía, fue múltiple. Puso en práctica todas las formas de lucha.
Una violenta, que produjo en un lapso de 10 años más de medio millar de muertos indígenas. Combinando esta forma de lucha violenta, Cornelio Reyes, conservador laureanista y ministro de gobierno del presidente liberal Alfonso López Michelsen, puso en marcha la vía desarmada: creó el Consejo Regional Agrario del Cauca (CRAC) para hacerle contrapeso al CRIC y mantener en cintura a los cabildos indígenas, que se escapaban a su control.
La promesa del gobierno al CRAC era la entrega de tierras y recursos, siempre y cuando se abandonara la toma de tierras que venía impulsando el CRIC. Este intento del gobierno por reventar al CRIC fue vano y fracasó estruendosamente.
Es alucinante la similitud del CRAC con la creación en marzo de 2009 de la Organización de los Pueblos Indígenas del Cauca (OPIC), impulsada por el ministro del interior Fabio Valencia Cossio, durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Este engendro del gobierno, al igual que el del CRAC, se realizó para contener los avances del movimiento indígena, en este caso de sus marchas. No sorprendió a nadie el hecho de que tras su conformación, la OPIC hubiera declarado su apoyo a la Seguridad Democrática y alabara la Confianza Inversionista, proyectos bandera del presidente Uribe.
El proyecto político del Estado perdió terreno y dejó de ser el dominante, aunque todavía tiene vida en la OPIC, que actualmente se ha convertido en la principal contradictora de los indígenas del CRIC y de la ACIN. La presidenta de esta organización, Ana CiliaSecue, es hábilmente utilizada por la prensa cercana al gobierno, ante todo al expresidente Uribe, para desacreditar este pacífico levantamiento indígena contra todos los actores armados en el Cauca.
El segundo proyecto político en el Cauca indígena es el del Partido Comunista (PC), que tuvo su auge en los años 60 y se fortaleció con la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Toribio, hoy en el centro del conflicto, fue el baluarte más importante del PC en el Cauca. El gran dirigente indígena del Norte del Cauca, Avelino Ul, pertenecía al PC, en momentos en que las luchas indígenas por la tierra se extendían de la zona Centro a la zona Norte.
Avelino apoya las luchas indígenas por la tierra impulsadas por el CRIC y se presenta un distanciamiento de éste con su partido. Y aunque Avelino es asesinado, la movilización por la tierra continúa, dándole la supremacía al CRIC en esa región; el proyecto del PC se desvanece, no sin antes poner en práctica todas las formas de lucha, entregándole a las FARC el liderazgo del proyecto comunista.
En esos años algunos propietarios de tierras de resguardo habían entrado a hacer parte de la Unión Nacional de Oposición (UNO) fundada por el Partido Comunista, con el “combativo respaldo” del Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR). Fue esa la época donde los indígenas recibieron la advertencia de las FARC de no “invadir” (“recuperar” para los indígenas) las tierras de militantes de la UNO. Lo que comenzó siendo una amenaza, terminó con el asesinato (“ajusticiamiento” según las FARC) en febrero de 1981 del líder José María Ulcué y 8 indígenas más.
Para esa época se era tan pusilánime, que el comunicado del CRIC decía (no recuerdo bien) algo así como que “… nos extrañaría y deploraríamos que fuerzas que se dicen revolucionarias,tuvieran que ver con este hecho que hoy enluta a las comunidades indígenas del Cauca…” Fue el primer grupo de autodefensa indígena que surgió en un resguardo para contender las acciones de los “pájaros” (asesinos a sueldo de los terratenientes).
Este hecho acaecido en el resguardo de Munchique-Los Tigres, más el asesinato en 1982 de Ramón Júlicue, líder indígena páez del resguardo de San Francisco en el Norte del Cauca a manos de las FARC y el asesinato del querido sacerdote paéz Álvaro Ulcué Chocué en 1984 ordenado por los terratenientes, a los cuales se les había recuperado la tierra en Toribío y otros resguardos del Norte del Cauca, fueron los hechos más ostensibles para que se fundara el Movimiento Armado Quintín Lame (MAQL), con 139 hombres y mujeres, en su mayoría indígenas paeces.
Hay que recordar que el VI congreso del CRIC en marzo de 1981 (todavía estaban calientes los cuerpos de los asesinados del grupo de autodefensa indígena), se realizó en Toribio, donde el párroco era el paez Alvaro Ulcué. De ese congreso salió el impulso para recuperar las tierras de los resguardos. La recuperación de las tierras de resguardo en el Norte del Cauca no sólo derrotó a los terratenientes, sino que acabó con la hegemonía del PC en Toribío.
A Álvaro Ulcué, que había sido el anfitrión y principal promotor del VI Congreso lo responsabilizaron de esta derrota, no sólo del proyecto del Estado, sino del proyecto comunista. Aunque se sabe que entre los que asesinaron a Álvaro en Santander de Quilichao se encuentran dos policías del entonces F-2, hoy todavía persisten las dudas, de la misma forma que hay dudas frente al asesinato de Avelino Ul, después de que Avelino se acerca a las luchas del CRIC por la tierra (“torcida” según el proyecto político del PC).
Después de muchos enfrentamientos entre el MAQL y las FARC, que causaron más de un centenar de muertos de ambas partes se llegó a un acuerdo de no agresión. Ese acuerdo duerme el sueño de los justos, pues fueron suscritos por Jacobo Arenas, Manuel Marulanda y Alfonso Cano, que ya no viven.
Pero un acuerdo de no agresión no significó que las FARC abandonaran el territorio indígena. Por el contrario, para nadie es un secreto que estrechamente ligada a la ocupación de los territorios indígenas surgen una serie de organizaciones indígenas, cuyo objetivo central es recuperarle al CRIC el terreno político perdido. En agosto de 2006 en Caloto sale a la luz pública un grupo de indígenas provenientes de Caldono y Jambaló, que se hacen llamar “Movimiento Sin Tierra Nietos de Quintín Lame”. Y con indígenas de los resguardos de Miranda, Corinto, Tacueyó, Toribío y San Francisco, lasAsociaciones Indígenas Lorenzo Ramos y Avelino Ul, que comienzan a ser muy activos en la recuperación de tierras en la zona plana del Norte del Cauca y en el proyecto de Liberación de la Madre Tierra. Este proyecto político comunista está, como se dice en argot popular “vivito y coleando”.
El tercer proyecto político al cual queremos hacer referencia y que aquí describimos de último, pero que es el más importante, es el que surge en 1971 en Toribio, con la fundación del CRIC, en un contexto generalizado de lucha campesina por la tierra, que para el caso indígena tuvo que ver con la recuperación de las tierras de sus resguardos, agobiados como el resto de campesinos negros y mestizos del país, por la miseria debido a la falta de tierras. No extraña que la principal reivindicación del CRIC tuviera entonces que ver con la ‘recuperación de las tierras de los resguardos’. Y tampoco fue casual que los indígenas que más apoyaron la creación del CRIC fueran los ‘terrajeros’, aquellos indígenas sin tierra que tenían que trabajar gratuitamente para el patrón varios días al mes, a cambio de recibir en usufructo un pedazo de su propia tierra. Estos terrajeros provenían de varias zonas indígenas del Cauca. Los más conocidos y combativos eran los de El Credo, en el Municipio de Caloto, pero venían también terrajeros de San Fernando y el Gran Chimán (que según Álvaro Tombé eran los “más verracos para recuperar tierras”) en el resguardo de Guambía y de Loma Gorda, en Jambaló.
Este proyecto se fraguó principalmente en el Cauca por ser esta la región que se ha caracterizado por sus enérgicas protestas y levantamientos protagonizadas por sus pobladores ancestrales contra los poderes que los han dominado; por lo general estos alzamientos eran de naturaleza insurreccional en la medida en que estaban dirigidos contra gobiernos locales, que representaban los intereses de los gamonales, los terratenientes y la iglesia, que en casi todas las zonas estaban aliados o eran los mismos.
Esta lucha iniciada por los terrajeros, los más pobres y desposeídos, los más ofendidos, humillados y explotados por una clase semi-feudal, fue una gran lección. Cuando esos terrajeros impugnaron el poder de los gamonales, la iglesia y los partidos políticos para recuperar las tierras de sus ancestros, estaba surgiendo un proyecto político nuevo. Sobre este hecho hicimos memoria (con el corazón que es la memoria más auténtica, más inmediata) en la celebración de los 40 años del CRIC en febrero de 2011: “Nos lo decía el corazón, que estábamos viviendo una hora americana, de esas insurrectas que le han dado giros radicales a la historia. Hoy sus hijos y nietos tienen la obligación de mantener vivo este legado, no entregar jamás las conquistas logradas, no dejarse doblegar ante la fuerza y continuar el camino abierto por ellos”.
En febrero de 1985 se celebró en el resguardo de Vitoncó una asamblea del CRIC, donde participaron todos los cabildos indígenas del Cauca (para ese entonces 45). Esa asamblea es de una importancia proverbial para el proyecto político propio, por cuanto fue la primera vez que las autoridades indígenas resuelven unificar sus fuerzas para repeler todos los intentos de menoscabar su autonomía. En este encuentro hizo presencia pública, el MAQL, el cual se comprometió a repeler cualquier ataque a los resguardos y a los cabildos, y a respetar la autoridad indígena en sus territorios. Con la Resolución de Vitoncó se disuadió a aquellos adversarios de los indígenas de continuar con sus acciones punitivas contra los líderes que estaban al frente de la recuperación de tierras. De paso es bueno decir que en esa asamblea de Vitoncó se hizo presente las FARC con dos altos mandos del VI frente.
Para los que hemos participado de obra y pensamiento en ese proyecto político autónomo de los indígenas del Cauca y admiramos la resistencia de las comunidades, desde la cotidianidad del trabajo en sus huertos, para evitar que se destruyan cosas básicas de su entorno que están conectadas, como la tierra, el agua, los bosques, para proteger su comida, sus semillas y en fin, todo aquello que tiene que ver con la vida misma; y que observamos de cerca los esfuerzos que hacen por sacar adelante sus proyectos de educación y salud, pero también la resistencia que ofrecen para no dejarse quitar sus logros políticos y económicos, que son muchos, nos sentimos orgullosos de que ese proyecto político propio tome nuevos aires y vuelva a ser un referente organizativo para los afrocolombianos y campesinos del Cauca, y porqué no, para los colombianos.
Esos escenarios desde donde operan este proyecto político propio y autónomo, deja así de ser marginal para volverse una fuerza que pueda concluir el proceso de descolonización que se emprendió hace 40 años, y se pueda detener, y quizás algún día revertir, los procesos en marcha que continúan mercantilizando los territorios, la madre tierra que llaman los indígenas.
Para terminar me quiero disculpar ante el CRIC, si hace unos meses expresé mi desesperanza en una entrevista (“Hacia donde va el movimiento indígena colombiano”) manifestando mis dudas de que se ese proyecto propio y autónomo pudiera seguir con vida ante el avance de esos otros dos proyectos políticos, del Estado y de la izquierda. Y digo desesperanza porque del proyecto del Estado, manejado por la derecha, de allí los indígenas no pueden esperar nada; de allí sólo vienen empeños por deshumanizarlos y convertirlos en chivos expiatorios de todos los atrasos del país. Y Dios los salve que el expresidente Uribe, vuelva por sus fueros con su recién creado partido “Puro Centro Democrático”, que no tiene nada de puro ni de democrático, pero si aspira a ser el centro, alrededor del cual gire toda la vida política del país, un centro fascistoide que si sabe como emplear todas las formas de lucha. Pero tampoco el proyecto político del PC tiene algo que ofrecerles a los indígenas.
Son y continuaran siendo dos mundos diferentes en permanente colisión. Lo peor es que este proyecto esta sostenido por un aparato armado que impide cualquier ejercicio democrático en la región. Pero tampoco los indígenas pueden esperar algo de las izquierdas desarmadas. Y quiero reiterar aquí lo que dije en la entrevista que ha causado tantas respuestas airadas: “… las izquierdas de Colombia no son un dechado de virtudes y les falta la grandeza de espíritu, la elevada moral y los gestos nobles, que Rosa Luxemburgo consideraba fundamentales para hacer historia… Son colosos con pies de barro que se desploman al tocar tierra indígena, pues frente a la cuestión étnica tienen demasiadas ideas filosóficas, pero carecen de propuestas políticas prácticas para los pueblos indígenas y afrocolombianos.
El proyecto político del PC y de las otras izquierdas está declinando y el proyecto propio está con el viento a la espalda, por lo menos así se lo hicieron entender a los colombianos los indígenas paeces con sus bastones de mando. Ese hecho hace que el comportamiento agresivo de Lucho contra el ejército, pase a un segundo plano. El sargento lo entenderá, pero también recibirá una disculpa, pues conozco el talente guerrero, pero también sensato y generoso de Lucho.

*Efraín Jaramillo Jaramillo es antropólogo colombiano, director del Colectivo de Trabajo Jenzerá, un grupo interdisciplinario e interétnico que se creó a finales del siglo pasado para luchar por los derechos de los embera katío, vulnerados por la empresa Urra S.A. El nombre Jenzerá, que en lengua embera significa hormiga fue dado a este colectivo por el desaparecido Kimy Pernía.

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Fuente: Servindi

jueves, 12 de julio de 2012

Colombia: La interculturalidad en su laberinto. Estudiando una región multiétnica.


Por Efraín Jaramillo Jaramillo*
Introducción
La interculturalidad se ha vuelto un paradigma para el desarrollo político de Colombia, pero en especial para algunas regiones del país, donde son predominantes los grupos étnicos. Una de estas regiones es el Pacífico colombiano, región habitada mayoritariamente por poblaciones afrocolombianas e indígenas, y en menor medida por colonos provenientes de la región andina, desplazados por la violencia de los años cincuenta. Le damos esta valoración a la interculturalidad, pues somos del convencimiento que los conflictos culturales que se presentan entre los pobladores han menoscabado sus esfuerzos por constituirse como sujetos colectivos. Dicho de otra forma, las barreras culturales que separan a estos pueblos se tornan cada vez más infranqueables.
Son barreras que impiden que estos pueblos puedan juntar sus fuerzas y voluntades para remontar la inveterada exclusión a que han sido sometidos y poder reconstruir socialmente sus regiones, después que sus comunidades fueran asoladas por la violencia paramilitar y sus territorios arruinados por la vandálica explotación de sus bienes naturales (bosques, ríos y manglares), cambios en el uso del suelo para la ganadería extensiva, para cultivos de plantación (banano, palma aceitera y coca) y otras industrias.
Lea aquí el texto completo del ensayo:

* Efraín Jaramillo Jaramillo es antropólogo colombiano, director del Colectivo de Trabajo Jenzerá, un grupo interdisciplinario e interétnico que se creó a finales del siglo pasado para luchar por los derechos de los embera katío, vulnerados por la empresa Urra S.A. El nombre Jenzerá, que en lengua embera significa hormiga fue dado a este colectivo por el desaparecido Kimy Pernía.
Fuente: Servindi
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