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sábado, 9 de julio de 2016

El crimen de silenciar al apóstol Pablo (1Tim. 1:9-11).



En la mitología griega Zeus tiene un amante infantil. El dios griego posee un amante casi niño. Se llama Ganímedes (Gr. Γανυμήδης). Algunos escritores sugieren que el nombre significa “alegrándose en la virilidad”. Ganímedes fue secuestrado por Zeus en Frigia. Zeus es simbolizado como un águila que rapta al niño. Ya en el Olimpo lo transformó en su amante y su copero. Todos los dioses admiraban la belleza del joven, excepto la esposa de Zeus, llamada Hera.

Para los romanos existía una especie de amante joven o infantil llamado “catamitus”, palabra que se deriva del personaje griego de Ganímedes. Parece haber consenso en que había una costumbre, entre griegos y romanos, de mantener niños o jóvenes como esclavos sexuales. Más adelante parece entenderse la palabra como un “niño prostituto”, es decir: Un niño cautivo, un niño esclavo que era objeto sexual de sus amos.

En la Fábula de Proserpina de Anastacio Pantaleón de Ribera, quien sirve el vino es un “catamito”

Rieto a tu mesa redonda
quanto néctar, quanto vino
en tartesios Venecianos
te sirve tu Catamito.

El Nuevo Testamento se encuentra inmerso en la cultura grecorromana, esto es importante porque debemos entender que para los escritores del Nuevo Testamento, como para lo primeros cristianos, las costumbres descritas más arriba no eran un secreto, ellos no eran ajenos a la realidad cultural en la que vivían.

Hay un pasaje escrito por Pablo que menciona esta práctica y la prohíbe rotundamente. Sin embargo la mayoría de las traducciones no permiten comprender cabalmente lo que Pablo tenía en mente. Esto sucede al traducir dos palabras del griego del pasaje de una manera no contextual. El resultado de esa traducción no contextual es muy lamentable, ya que ha provocado que este renglón de Pablo haya permanecido casi oculto en su sentido más profundo y, en consecuencia, haya permanecido también oculto el corazón de Dios que nos grita, por decirlo de alguna manera, en contra de una práctica que le duele a él, que rechaza él, que le resulta abominable. La Iglesia entonces, basada en una traducción que se ha alejado del sentido más profundo del texto, se ha alejado también de la defensa contundente de la población más indefensa de todas. Se trata de 1 de Timoteo 1:9-11. Leamos el texto primero en la versión Reina Valera de 1960:


9 conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas,
10 para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina,
11 según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado.

El texto inicia con la frase “conociendo esto”. Es decir: sabiendo que la ley no se ha hecho para los justos. Los justos son los cristianos, porque para el Nuevo Testamenteo los justos habitan en la caridad (Romanos 5:5) y obran caridad (cf. Gálatas 5:18). Haciendo esa salvedad, Pablo entonces enumera catorce clases de personas injustas. Y las agrupa en una especie de listas conjuntas. Son seis listas de palabras, cada una de ellas con un tema específico en mente, como veremos a continuación.

 1. Transgresores y desobedientes.
 2. Impíos y pecadores. 3. Irreverentes y profanos. 4. Parricidas, matricidas y homicidas. 5. Fornicarios, sodomitas y secuestradores. 6. Mentirosos y perjuros.

Si lo vemos con detenimeinto, parace que Pablo tiene en mente los diez mandamientos de Éxodo 20. Cada una de las listas de injusticias corresponden a una sección del Decálogo. Veamoslo:
Transgresores y desobedientes corresponde al primer mandamiento “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Ex. 20:3).
Impíos y pecadores corresponde al segundo mandamiento “No te harás ídolos” (Ex. 20:4-5).
Irreverentes y profanos corresponde al tercer y cuarto mandamiento “No tomarás el nombre de Dios en vano” (Ex. 20:7) y “No trabajaás el día sábado” (Ex. 20:8).
Parricidas, matricidas y homicidas corresponde a los mandamentos quinto y sexto “Honrarás a tu padre y a tu madre” (Ex. 20:12) y “No matarás” (Ex. 20:13).
Fornicarios, sodomitas y secuestradores correspondería a los mandamientos séptimo y octavo, es decir al rompimiento del mandamiento sobre la sexualidad (Ex. 20:14) y al quebrantamiento de los límites de la propiedad y libertad del prójimo (Ex. 20:15).
Mentirosos y pérjuros corresponde al noveno mandamiento “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex. 20:16).

El décimo mandamiento (Ex. 20:17) que versa sobre la codicia, principio de todos los pecados e injusticias, coincidiría con el final que utiliza Pablo en su lista de injusticias de 1 de Timoteo 1:11, cuando dice: “y para cuanto se oponga a la sana doctrina”.

Pablo enlista y agrupa de forma muy ordenada y meditada. Cada palabra la ha elegido para que concuerde, para que coincida, no hay nada al azar, ninguna palabra es arbitraria ni escrita sin haberlo meditado antes. Podemos ver que cada una de las listas de injusticias contienen palabras que tienen un sentido coherente entre sí, incluso podrían ser palabras sinónimas. Observemos que “transgresores y desobedientes” (lista 1) son dos palabras coherentes entre sí, transgredir la ley y desobedecerla es un equivalente. Lo mismo sucede en lo sucesivo, continuando con la lista 2, “Impíos y pecadores” concuerdan en sentido y significado, “irreverentes y profanos” (lista 3) también, siendo que la irreverencia y la profanación podrían usarse sinónimamente. La cuarta lista es también absolutamente coincidente “parricidas, matricidas y homicidas” se podría resumir en “asesinos”.

Pero al llegar a la quinta lista, notamos que algo se rompe en la armonía. No hay coherencia entre todas las palabras. Se rompe de cuajo la forma en que Pablo va construyendo su argumento. Y es aquí donde debemos detenernos. ¿Por qué se rompe la armonía? ¿Por qué no coinciden las palabras? ¿Por qué parecen pertenecer a listas distintas? ¿Por qué no podrían usarse como sinónimos? ¿Qué tienen que ver los secuestradores con los fornicarios? ¿Y qué podrían tener en común los “sodomitas” con los secuestradores? Nada. Sin embargo, si con toda humildad y reverencia nos dirigimos al texto griego del Nuevo Testamento, podemos comprender que Pablo sí hizo bien su trabajo, todas las palabras de la lista número cinco coinciden entre sí. ¿Por qué no sucede eso en la traducción?

Las tres palabras agrupadas en la quinta lista son: pornois (Gr. πόρνοις), arsenokoitais (Gr. ἀρσενοκοίταις) y andrapodistais (Gr. ἀνδραποδισταῖς). Veamos varias traducciones:

La King James Version las traduce “For whoremongers, for them that defile themselves with mankind, for menstealers” Lo que se puede traducir como “Proxenetas (o el que usa prostitutas), los que se profanan a sí mismos con otros, ladrones de hombres”.

La New International Version traduce “the sexually immoral, for those practicing homosexuality, for slave traders”. Es decir: “inmorales sexualmente, homosexuales, traficantes de esclavos.

Así que podemos ver que no existe un consenso en las traducciones. Eso quiere decir que estas palabras no han sido de fácil traducción. La primera de ellas “pornois” deriva del verbo “pernemi” que significa “vender” y puede significar alguien que se prostituye, alguien que prostituye a otra persona o alguien que paga por sexo. Esta ultima acepción es la que derivaría en nuestra noción de “fornicario”.

La tercera palabra del texto es “andrapodistais” y al parecer los traductores no han tenido dificultad en coincidir en su significado. La grandísima mayoría de las versiones la traducen por “secuestrador” o por “traficante de humanos”.

Hemos dejado para el final la segunda palabra del texto para poder detenernos más en ella. La palabra es “arsenokoitais” y está compuesta por la palabra griega para “macho” (arseno) y la palabra griega para “camas” (koitai). Literalmente “macho encamador” O alguien que introduce forzosamente a otra persona en su cama. Si Pablo quería que todas las palabras tuvieran un sentido común, una coherencia conceptual, el griego no nos decepciona. Las tres palabras cobran un sentido coherente ahora. La primera tiene que ver con la práctica del proxenetismo, la segunda con la violación o el abuso sexual y la tercera tiene que ver con el secuestro, el tráfico o la esclavización. Las tres palabras son abusos contra personas. De hecho, las tres palabras coinciden en la supresión de la libertad de las personas. Esta ultima coincidencia nos debe remitir al concepto ya mencionado del “catamita” o niño secuestrado o esclavizado para fines sexuales. Lo cual tendría mucho sentido en el entorno de la quinta lista que hace Pablo. La primera palabra tiene la noción de violentar la libertad de las personas mediante la prostitución, la segunda palabra nos remite a la violación de la libertad de un menor de edad, esclavizándolo para fines sexuales, la tercera describe el tráfico de personas con el fin de venderlos como esclavos. En la época de Pablo era común que los hombres poseyeran niños esclavos, quizás hijos de sus esclavos, que eran considerados una especie de mascota y a los cuales tenían derecho a explotar sexualmente. A esta practica se le llama hoy en día “pederastía”.

“Proxenetas, violadores de niños y traficantes de humanos” Ahora el texto adquiere una reveladora coherencia, un profundo y alarmante sentido. El corazón de Dios se rompe y grita en contra de estas cosas. Y Pablo grita con Dios, incluso rompiendo lo que era considerado normal en la cultura grecorromana.

Si esto es así, es doblemente confirmatorio cuando regresamos al marco ideado por Pablo para hacer coincidir su lista de injusticias con el Decálogo. La quinta lista coincidiría con los mandamientos séptimo y octavo. El séptimo tiene que ver con las prácticas de fornicación o adulterio, que generalmente se daban en contextos de prostitución, sagrada o profana (Ex. 20:14) y, con toda sorpresa podemos notar que el octavo mandamiento tiene que ver con el hurto (Ex.20:15). El texto de Pablo nos habla del proxeneta que hurta humanos con fines sexuales comerciales; de niños hurtados, secuestrados, para ser esclavos sexuales (catamitas); y del hurto o tráfico de humanos con fines esclavizadores.

En el mundo, cada año más de 3 millones de humanos son víctimas del tráfico de personas. El 80% de los que sufren este tipo de esclavitud moderna en el mundo son mujeres y niñas y ya se ha convertido en el segundo negocio clandestino más lucrativo del mundo, solo por detrás del tráfico de armas y drogas. Según el último índice de Walk Free Foundation (WFF) sobre la trata de personas en el mundo nada menos que 29,8 millones de personas viven como esclavos.

Es momento de ponerle atención a los gritos de Dios, a los gritos de Pablo, y hacer que la Iglesia grite con ellos. Que la Iglesia trabaje en la protección de las víctimas más indefensas de la humanidad: los niños y las niñas.

martes, 20 de mayo de 2014

El que se enoja (con Dios) ¿pierde?


JOSÉ PABLO CHACÓN

“Gusano soy y no hombre” (Salmo 22:6) afirma el escritor del salterio con voz desgarrada y herida. Y no es el único, lo acompañan millones de voces humanas en una añeja sinfonía cuyo leit motiv, recurrente y oscuro, toma a Job por el cuello y lo obliga a proferir con rudeza:

“¿Cómo puede el hombre
declararse inocente ante Dios? 
¿Cómo puede alegar pureza
 quien ha nacido de mujer?

Si a sus ojos no tiene brillo la luna,
ni son puras las estrellas,

mucho menos el hombre, simple gusano; ¡mucho menos el hombre, miserable lombriz!”(Job 25:4-6).

Y, frente al mismo Dios, el Dios del hombre-gusano, el Dios del hombre-lombriz, está el mismo ser humano que, también, se siente “poco menos que un dios”,coronado de gloria y honra” (Salmo 8:5), un ser extraordinario que tiene “el mundo a sus pies” (Salmo 8:6).

Ante el mismo Dios de siempre, el hombre puede ser hoy un hombre-lombriz y mañana un hombre-casi-dios. Un vaivén emocional que viaja constantemente del agradecimiento al reclamo . Un día el hombre-Jesús entra a la ciudad lleno de aceptación y respeto, en medio de palabras de alegría y esperanzas de triunfo (Juan 12:13), y un instante después cuelga de una cruz y articula nuestro leit motiv, solitario y desahuciado: “¿Por qué me has abandonado? “ (Marcos 15:34). ¿Hay enojo en la expresión del crucificado? ¡Lo hay sin duda!.

Goethe no se queda atrás al retratar este vaivén emocional. Fausto se comparaba con los ángeles, “Yo, imagen de la divinidad” pero a renglón seguido cae al precipicio insondable del hombre-gusano:

“Me asemejo al gusano que escarba en el polvo

Y mientras busca allí el sustento de su vida

Le aniquila y sepulta el pie del caminante. “

Encontramos un bordado de reclamos del hombre hacia Dios en las Escrituras, un bajorrelieve de preguntas recurrentes. Los ¿Por qué? y ¿Hasta cuándo? se estrellan contra Yahvé sin disimulo y con un evidente aire acusatorio.

“¿Por qué, Señor, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia?” (Salmo 10:1)

“¿Por qué me rechazas, Señor? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?” (Salmo 88:14)

Solo en el salterio podemos encontrar el duro cuestionamiento לָ֭מָּה (lam-ma = ¿por qué?) una veintena de ocasiones.

“Angustiada está mi alma; ¿hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?” (Salmo 6:3)

“¿Hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?” (Salmo 13:1)

La acusación por la dilación de la ayuda, por el tiempo que transita sin respuesta, por la sensación de abandono, discurre sinuosamente por los entresijos de la fe. Solo en el salterio encontramos unas 9 veces la angustiosa pregunta עַד־אָ֣נָהיְ֭הוָה (ad anah YHVH = ¿hasta cuándo Yahvé?).

Nada hacen los salmodiados reduccionismos al estilo “No le preguntes ¿por qué? a Dios, pregúntale ¿para qué?” porque muchas veces el ser humano no hallará respuesta a ninguna de las dos cuestiones.

Ahí encontramos a Moisés, al final de sus días, habiendo entregado su vida al proyecto de liberación de su pueblo, 40 años de trabajo arduo en el desierto, expresando su amargura por la incomprensible determinación de Dios. Como una sentencia de muerte, su deber era morir sin entrar a la Tierra Prometida (Deuteronomio 4:21-22). De pie frente a la Tierra de su deseo, frente al sueño de todo su esfuerzo es cuando Moisés eleva su reclamo a Dios: “¿Quién puede comprender el furor de tu enojo?” (Salmo 90:11). Porque el hombre encuentra incomprensible su vida, sus circunstancias carecen de sentido una y otra vez. Y, entonces, se sitúa frente a su Dios, lo encara y lo cuestiona.

¿Es entonces posible que un creyente sienta enojo contra Dios? ¿Tolera Dios el reclamo del ser humano? ¿Hay pecado en el enojo contra Dios?

Es notorio que el creyente de la Escritura encuentra espacio para el enojo contra su Dios. Es también evidente que lo sabe expresar libre y directamente y, también no queda duda, que para Dios no hay malicia o pecaminosidad en estos reclamos sinceros.

Porque enojo con Dios no significa separación de Dios; tampoco significa ruptura con Dios, ni cese de la fe en Dios o renuncia de la esperanza en Dios. Porque nuestros cuestionamientos no denotan negación de su existencia ni en ellos subyace la abjuración de la deidad. Porque, justamente, en ellas podemos encontrar la continuación de la relación del hombre con su creador, porque sin relación no hay preguntas, ni reclamo ni enojo.

A las preguntas ¿por qué? y ¿hasta cuándo? del Antiguo Testamento se les une la expresión del Nuevo Testamento: “Si hubieras”. Es el caso de las hermanas que pierden a su hermano. Marta y María encuentran su propio espacio para el enojo contra Jesús. Saben encararlo en medio de su angustia y saben, también, abrir su corazón con sus propias palabras cuando comunican su enfado por partida doble:“si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” (Juan 11:21,32).

Y no hubo mal en ese reclamo, su enojo se encuentra muy lejos de la maldad y del pecado y, paradójicamente, muy cerca de Jesús y de su poder para resucitar a Lázaro.

Dios sabe que la corta plomada de nuestra inteligencia no siempre logra comprender. Sabe que aun al hombre creyente lo asalta la angustia y lo acosa la ansiedad. Para el hombre de fe el enojo es una expresión más de su confianza en Dios. Es la expresión de la esperanza que desespera porque sabe que de Dios puede recibir auxilio y consuelo. Y porque sabe que la fuente de su paz está en Dios, lo busca y lo invoca para que acuda cuanto antes en su ayuda.

Dios permite el enojo (Efesios 4:26) pero la perpetuación del enfado es comparada con el homicidio (Mateo 5:22 ss) porque el enojo puede ser un mecanismo sano o un instrumento de destrucción.

De una forma u otra nos han enseñado a no efadarnos en vez de enseñarnos cómo lidiar con los sentimientos de enojo. Nos enseñaron a satanizar el enojo, a sentirnos culpables y a pensar que no es natural enojarse. Enojarse corresponde a seres humanos malos, débiles y poco espirituales según la construcción social.

Un aspecto teológico que no debemos ignorar es que Dios equipó al ser humano con emociones, el enojo es una de ellas. También lo creó con libertad de expresión. Lo dotó con una extraordinaria capacidad de comunicación. Dios espera que expresemos nuestros sentimientos con libertad. La psicología enseña que el enojo reprimido es una de las principales causas de la depresión. El antidoto contra el enojo es la honestidad y no la represión. Por el contrario, el enojo reprimido atenta contra la autoestima.

Se considera intrínsecamente que el enojo es contrario al amor. Pero esto también está muy alejado de la verdad. Esa concepción empuja a muchas personas a relaciones de codependencia y autoanulación temiendo expresar su enojo o desacuerdo con la pareja por miedo a ser abandonado.

Lo mismo sucede referido a Dios. Una espiritualidad enferma anula los sentimientos de frustración, reclamo y enojo contra Dios. Una espiritualidad que cree que no tiene derecho a sentir y a disentir por temor al abandono divino. Una fe represiva que cohíbe al hombre y a la mujer en su dimensión más humana, lo deshumaniza.

La evidencia bíblica nos da permiso para enojarnos con Dios. Un Dios que muchas veces resulta incomprensible. Y esa misma evidencia escrituraria nos muestra a un Dios que sigue mostrando misericordia y gracia, un Dios condescendiente que convive con el hombre, un Dios con/en nosotros, emmanuel.

miércoles, 15 de enero de 2014

Cuando llora el pastor.


José Pablo Chacón

Hace dos años y medio nació Santiago. Nació con severas malformaciones congénitas. Su primera cirugía mayor la tuvo a las 24 horas de nacido. Ese día nos dijeron que lo bautizáramos porque habían muy pocas posibilidades de vida. Estos párrafos que comparto hoy se enmarcan en ese contexto. Es un diálogo interno (imaginario o real) que brota en medio de una situación límite.

Hace muy poco recibimos una lamentable noticia. Muchos leímos con estupor que un hijo del pastor Rick Warren se había quitado la vida. Algunos aprovecharon la ocasión y se expresaron con sarcasmo haciendo alusión al libro de Warren “Una vida con propósito”. Pero yo intuyo que Rick Warren no es el primer pastor que llora.

Según Peter Drucker, un gurú de liderazgo a nivel mundial, los cuatro trabajos más duros en Estados Unidos son: Presidente de Estados Unidos; Presidente de una Universidad; CEO de un hospital y Pastor.

¿Por qué lloran los pastores y profetas de Israel en la Biblia? Es una pregunta que quise responderme a mí mismo. Todas las vías me llevaban siempre a otra pregunta, quizás, más relevante: ¿Por qué lloró Jesús?

Los pastores lloramos por muchas razones. Lloramos por las personas que aún no han encontrado descanso y esperanza para sus vidas, por esas personas que se sienten desesperadas, abandonadas y sin pastor. Esas lágrimas también las lloró Jesús (Mt. 9:36).

En un artículo recientemente publicado por Phillip Wagner encontramos datos sumamente llamativos: el 70% de los pastores dice tener la autoestima más baja ahora que cuando iniciaron su ministerio, y el 90% afirma que el ministerio es muy diferente a lo que se imaginaban o a lo que estudiaron en los seminarios.

Las lágrimas de un pastor por el sufrimiento de la gente son lágrimas conocidas y deseables. Y todos nos sentimos compelidos a mostrar ese tipo de lágrimas, tal como lo hizo Job (Job 30:25). Pero los pastores lloran mucho, a escondidas y en silencio. Lo confieso abiertamente. Y no solo me pasa a mí, sé que miles de pastores derraman lágrimas silenciosas mientras continúan animando a otros incansablemente. Lloran como Jesús, por la ingratitud de la gente que hace daño al ministerio (Mateo 12:1-12), llora por esa gente que está dentro de su iglesia y que la hiere constantemente (Josué 7). Los pastores lloran de alegría cuando ven el resultado de la obra de Dios en la vida de las personas a través de su Palabra (Nehemías 8:1-10). Los pastores lloran por las críticas despiadadas, las divisiones de la iglesia, las luchas de poder, la falta de compromiso, la deslealtad, la falta de recursos y la soledad.

Según una encuesta realizada a pastores por The Barna Group: el 40% dice tener un conflicto importante con un miembro de su staff al menos una vez al mes; el 85% dice que sus problemas más importantes los tienen con el liderazgo de la iglesia; el 40% dice haber considerado abandonar el pastorado en los últimos 3 meses; el 70% dice no tener un amigo de confianza; unas cuatro mil nuevas iglesias nacen cada año en Estados Unidos, pero siete mil se cierran en el mismo periodo; 1700 pastores abandonaron el pastorado cada mes durante el año 2012.

El 21 de mayo del 2011, a las 10:20 de la noche, yo publicaba en mi cuenta de Facebook una frase. Me encontraba acostado en un sillón incómodo, al lado de la camilla de mi esposa, que recién había dado a luz a nuestro primogénito. Estábamos en la clínica, acababa de nacer nuestro hijo, pero él no estaba con nosotros. La frase en cuestión era esta: “A veces la vida nos pone cara de seria, pero los que tenemos fe le hacemos muecas hasta que suelte una sonrisa…”

De inmediato inicié una larga conversación con Dios como nunca antes la había tenido. Discutimos largamente y ese día se abrió un diálogo que aún no acaba.

- Eso no fue lo que te pedí -me dijo- Te pedí que mostraras tus lágrimas.

Y la verdad es que no estaba mostrando lo que realmente había en mi corazón. Estaba devastado, llorando como un loco y sin esperanza. No estaba siendo sincero con la gente. Me sentía enojado, sin saber a quién endosarle mi furia y sin sentir el derecho a mostrarme débil.

-Enséñale a tu iglesia que los pastores se sienten solos, muy solos. Enséñales que los pastores se sienten abandonados y se deprimen. Enséñale a tu iglesia que los pastores siguen a Jesús, pero no son Cristo.

- Pero Señor -le reclamé- van a creer que soy un mal pastor, que no tengo fe. Ya me ha costado mucho que algunos crean en mí, si me muestro débil, lo perderé todo.

- Deja que en tu debilidad yo pueda crecer y me gloríe (2 Cor. 12:9). Muestra tu corazón tal como es , enséñales que los pastores también se asustan, tienen miedo, se esconden y quieren salir huyendo. Quiero que tu iglesia sea diferente, que todos se vean como humanos. Enséñales que los pastores también vuelven a ver a su alrededor y se preguntan lo mismo que ellos: ¿Quién podrá ayudarme?

Desde entonces he tenido que acostumbrarme a llorar en público. No guardo mis lágrimas, mi dolor, mi quebranto, mi cansancio ni mi desesperación. Me he ido acostumbrando a llorar mientras predico, cuando tomo un café, camino por el pasillo de un mall o cuando conduzco. Más de una persona me habrá visto llorar en un semáforo. La mujer china del restaurante, al lado de mi oficina, ya me ha visto llorar muchas veces, sin preguntar nada. Y he aprendido a matar mi orgullo mientras recito el estribillo “Hay un tiempo para llorar, un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto y un tiempo para saltar de gusto. ” (Eclesiastés 3:4).

-¿Y tu matrimonio? -me increpó hace un par de días- No intentes mostrar un matrimonio perfecto. No lo tienes. No mientas. Muestra lo que tienes, nada más que eso. Yo me encargaré de mostrar el resto.

“Hoy ha sido un buen día para Santiago. Vuelve a respirar sin máquinas, vuelve a tomar leche y ya no está hinchado. Los doctores no se explican por qué no aparecen bacterias en los exámenes… Yo si sé por qué.”

Una y otra vez, él se ha encargado de mostrar el resto. Su amor, su fidelidad, su gracia, su poder. Me ha hecho entender que llorar abiertamente realmente nos hace bien (Eclesiastés 7:3) y que las lágrimas sinceras son semillas que germinan en primaveras de alegría (Salmo 126:6). He aprendido que somos dichosos los que lloramos (también en público) porque recibimos consuelo (Mateo 5:4).

Cuando llora el pastor suceden muchas cosas buenas. En su vida, en su familia y en su iglesia.

Cuando llora el pastor, más le vale tener una iglesia que haya aprendido que los pastores lloran. Y yo he tenido la suerte de pertenecer a una comunidad que ha aprendido que la familia de sus pastores lleva dos años llorando abiertamente. Una iglesia que ha tenido la paciencia de cedernos el tiempo, la comprensión; de darnos esperanza y apoyo, de acompañarnos y abrazarnos sin pedirnos nada a cambio. Hemos sido bendecidos porque nuestra iglesia sabe que los pastores también lloran, porque cuando el pastor ha llorado, toda la iglesia se ha convertido en nuestra pastora. Nada más bello, nada más grande, nada más sublime en esta tierra para una familia pastoral: ser pastoreada por su propia iglesia.

Quiero terminar esta sincera nota de confesión, con un pasaje que me llena de esperanza. Si has trabajado en el ministerio y lloras en lo oculto, si has servido en la iglesia y estás solo y herido, en Isaías 38:5 podemos encontrar una verdad que nos puede sanar: Dios ha escuchado tu oración y ha visto tus lágrimas. ¡Animo!



José Pablo Chacón


José Pablo Chacón, nacido en San José, Costa Rica, ha realizado estudios de Periodismo, Biblia y Teología. Es autor de "El Decálogo, un canto de adoración" y fundador de la Comunidad Interludio.

Fuente: Lupa Protestante