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viernes, 5 de octubre de 2018

La versión humanista del cristianismo.


J. A. Estrada

A la luz de la deconstrucción de la fe tradicional y de sus fundamentos teológicos, ¿es posible seguir siendo cristiano hoy? ¿Cómo superar el nihilismo ambiental y salir de un pensamiento deconstructivo? ¿Cómo se puede creer después de la muerte de Dios? ¿Es posible ser un cristiano no teísta? ¿Se puede reducir el cristianismo a una espiritualidad y un humanismo ético, sin que se pierda la continuidad con la fe tradicional? ¿Es posible afirmar al cristianismo como una oferta de sentido, sin plantearse la verdad del significado que se ofrece?


¿Se puede mantener la pretensión de universalidad y de salvación del cristianismo a pesar de que hoy tenemos un mayor conocimiento de las otras religiones? ¿Es posible una pretensión de absoluto en formulaciones y hechos que son siempre históricos y contingentes? Estas son algunas de las preguntas en el nuevo marco cultural, social y religioso que ha surgido a finales del siglo XX. Para responder a ellas hay que analizar el contexto social y cultural actual. La postmodernidad y la globalización caracterizan al tercer milenio.

El simbolismo de la muerte de Dios está vinculado al creciente déficit de sentido, al nihilismo ontológico, cognitivo y moral de nuestras sociedades. La pluralidad y la carencia de fundamentos son constitutivos de la mentalidad postmoderna. La globalización genera la relativización de lo particular y arruina los sistemas con pretensiones de universalidad. Hago aquí una adaptación para FronterasCTR de algunos párrafos del capítulo V de mi obra, publicada recientemente en la Editorial Trotta, Las muertes de Dios. Ateismo y espiritualidad (Trotta, Madrid 2018). A esta obra me refiero para ampliación, clarificaciones, matices y referencia a las notas a pie de página.

La crítica de la modernidad llevó a la laicización del Estado y a la secularización de la sociedad, que generó la crisis de las religiones y la pérdida de irradiación de lo religioso en la cultura. Con la postmodernidad podemos hablar de una segunda secularización, que ha agravado la falta de correspondencia entre la sociedad y la cultura, por un lado, y las religiones por otra. El cristianismo tiene dificultades para echar raíces en la nueva sociedad democrática y pluralista de los últimos cincuenta años. La mentalidad científica ha desplazado a la religión, y con ella se ha impuesto una forma de conocimiento en que solo se puede hablar de aquello que es observable y comprobable empíricamente. Las propuestas que no pueden falsarse con hechos comprobables carecen de validez.

A esto se añaden las consecuencias culturales de la “muerte de Dios” en la época de la postmodernidad. Se ha impuesto una inmanencia cerrada, que limita radicalmente las trascendencias intra mundanas de las utopías, las éticas y los proyectos de emancipación. En este marco, también lo sobrenatural y cualquier teología del más allá queda descalificada como especulación o proyección sin posibilidad de refrendo. Epistemológicamente podemos hablar de una cosmovisión cerrada, del cierre categorial para lo que trasciende lo comprobable. Hay una doble crisis de sentido y de fe, que es la otra cara del nihilismo. Cada vez es más difícil creer en algo o alguien y abrirse a que otra sociedad y forma de vida son posibles.

La epistemología actual es más agnóstica que atea, aunque la primera sea frecuentemente un estadio para llegar a la segunda. Choca frontalmente con el sobrenaturalismo tradicional y con un modelo de religión y de iglesia de cristiandad. Además, las estructuras y doctrinas vigentes en las iglesias son obsoletas y no se adecuan a la situación actual. Persisten instituciones, creencias y rituales que corresponden a las antiguas sociedades de cristiandad. Al cambiar la antropología, la cultura y los proyectos de vida, ya no hay correspondencia entre las preguntas de los ciudadanos y las respuestas de las religiones. Los mismos valores humanos vinculados en sus orígenes al cristianismo, se han autonomizado y forman parte de la cultura.

Ya no son específicos de las religiones y estas pierden capacidad de atracción y de ofrecer alternativas a lo establecido. Lo importante es ser buena persona y basta con el humanismo laico, ¿para qué hacen falta las religiones? Crece el número de los que “pasan” de religión, porque no ven qué puede ofrecer al progreso, incluso la ven como un obstáculo para una sociedad emancipada. No es solo el anticlericalismo del pasado ante una Iglesia aliada con los grupos dominantes, sino de ciudadanos que no ven qué pueden apor­tar las religiones. Hay un trasfondo de ateísmo práctico y desinteresado por lo religioso. La paradoja es que los ateos son estadísticamente minoritarios en la sociedad y sin embargo se impone el silencio sobre Dios.

El silencio sobre lo religioso se impone socialmente
En este marco es difícil justificar una teología postmoderna y lograr una teología pública, que pueda hablar cristianamente en términos seculares. Las preguntas propias del agnosticismo y del ateísmo, han pasado también a los que se consideran cristianos. La sensibilidad postmoderna ha sustituido las verdades objetivas por la subjetividad de las creencias. Hemos pasado del teocentrismo del pasado al antropocentrismo actual. La autonomía cognitiva personal se ha desplazado en favor del contexto sociocultural, que impregnan la subjetividad y constituyen el trasfondo de las creencias y deseos. Ya no hay experiencias fundadoras para avalar las doctrinas. Cualquier pretensión de absoluto, tanto secular como religiosa, es hoy impugnada. Hoy impera la deconstrucción y la crítica. Resulta más fácil cuestionar las propuestas, su fundamento y su verdad, que ofrecer alternativas válidas. El escepticismo y la increencia son mayoritarias, amparadas por la banalidad de ofertas de la sociedad de consumo y los medios de comunicación.

Se impone el relativismo de las creencias y el pluralismo competitivo, por la imposibilidad de encontrar alguna que genere consenso. El eclecticismo postmoderno, que comenzó en el arte (en la arquitectura, literatura y pintura), se extiende también a la filosofía y a la religión. No hay hechos objetivos, sino interpretaciones que se imponen. Se rechaza todo lo que sea normativo en nombre de la tolerancia y la permisividad. Son virtudes cívicas necesarias en las sociedades plurales, pero necesitan el complemento de la crítica, porque las ideologías no son respetables, aunque lo sean las personas. Podemos hablar de una crisis de civilización en una época histórica de cambio, en la que subsiste pero decae la cultura heredada del pasado y todavía no se ha constituido la emergente. Sabemos más lo que no queremos que hacia dónde dirigir nuestras expectativas. Pero hay muchos que rechazan el horizonte del consumismo y la sociedad de mercado, y buscan un sentido humanista para sus vidas.

Fuente: redescristianas, net
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martes, 20 de mayo de 2014

El que se enoja (con Dios) ¿pierde?


JOSÉ PABLO CHACÓN

“Gusano soy y no hombre” (Salmo 22:6) afirma el escritor del salterio con voz desgarrada y herida. Y no es el único, lo acompañan millones de voces humanas en una añeja sinfonía cuyo leit motiv, recurrente y oscuro, toma a Job por el cuello y lo obliga a proferir con rudeza:

“¿Cómo puede el hombre
declararse inocente ante Dios? 
¿Cómo puede alegar pureza
 quien ha nacido de mujer?

Si a sus ojos no tiene brillo la luna,
ni son puras las estrellas,

mucho menos el hombre, simple gusano; ¡mucho menos el hombre, miserable lombriz!”(Job 25:4-6).

Y, frente al mismo Dios, el Dios del hombre-gusano, el Dios del hombre-lombriz, está el mismo ser humano que, también, se siente “poco menos que un dios”,coronado de gloria y honra” (Salmo 8:5), un ser extraordinario que tiene “el mundo a sus pies” (Salmo 8:6).

Ante el mismo Dios de siempre, el hombre puede ser hoy un hombre-lombriz y mañana un hombre-casi-dios. Un vaivén emocional que viaja constantemente del agradecimiento al reclamo . Un día el hombre-Jesús entra a la ciudad lleno de aceptación y respeto, en medio de palabras de alegría y esperanzas de triunfo (Juan 12:13), y un instante después cuelga de una cruz y articula nuestro leit motiv, solitario y desahuciado: “¿Por qué me has abandonado? “ (Marcos 15:34). ¿Hay enojo en la expresión del crucificado? ¡Lo hay sin duda!.

Goethe no se queda atrás al retratar este vaivén emocional. Fausto se comparaba con los ángeles, “Yo, imagen de la divinidad” pero a renglón seguido cae al precipicio insondable del hombre-gusano:

“Me asemejo al gusano que escarba en el polvo

Y mientras busca allí el sustento de su vida

Le aniquila y sepulta el pie del caminante. “

Encontramos un bordado de reclamos del hombre hacia Dios en las Escrituras, un bajorrelieve de preguntas recurrentes. Los ¿Por qué? y ¿Hasta cuándo? se estrellan contra Yahvé sin disimulo y con un evidente aire acusatorio.

“¿Por qué, Señor, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia?” (Salmo 10:1)

“¿Por qué me rechazas, Señor? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?” (Salmo 88:14)

Solo en el salterio podemos encontrar el duro cuestionamiento לָ֭מָּה (lam-ma = ¿por qué?) una veintena de ocasiones.

“Angustiada está mi alma; ¿hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?” (Salmo 6:3)

“¿Hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?” (Salmo 13:1)

La acusación por la dilación de la ayuda, por el tiempo que transita sin respuesta, por la sensación de abandono, discurre sinuosamente por los entresijos de la fe. Solo en el salterio encontramos unas 9 veces la angustiosa pregunta עַד־אָ֣נָהיְ֭הוָה (ad anah YHVH = ¿hasta cuándo Yahvé?).

Nada hacen los salmodiados reduccionismos al estilo “No le preguntes ¿por qué? a Dios, pregúntale ¿para qué?” porque muchas veces el ser humano no hallará respuesta a ninguna de las dos cuestiones.

Ahí encontramos a Moisés, al final de sus días, habiendo entregado su vida al proyecto de liberación de su pueblo, 40 años de trabajo arduo en el desierto, expresando su amargura por la incomprensible determinación de Dios. Como una sentencia de muerte, su deber era morir sin entrar a la Tierra Prometida (Deuteronomio 4:21-22). De pie frente a la Tierra de su deseo, frente al sueño de todo su esfuerzo es cuando Moisés eleva su reclamo a Dios: “¿Quién puede comprender el furor de tu enojo?” (Salmo 90:11). Porque el hombre encuentra incomprensible su vida, sus circunstancias carecen de sentido una y otra vez. Y, entonces, se sitúa frente a su Dios, lo encara y lo cuestiona.

¿Es entonces posible que un creyente sienta enojo contra Dios? ¿Tolera Dios el reclamo del ser humano? ¿Hay pecado en el enojo contra Dios?

Es notorio que el creyente de la Escritura encuentra espacio para el enojo contra su Dios. Es también evidente que lo sabe expresar libre y directamente y, también no queda duda, que para Dios no hay malicia o pecaminosidad en estos reclamos sinceros.

Porque enojo con Dios no significa separación de Dios; tampoco significa ruptura con Dios, ni cese de la fe en Dios o renuncia de la esperanza en Dios. Porque nuestros cuestionamientos no denotan negación de su existencia ni en ellos subyace la abjuración de la deidad. Porque, justamente, en ellas podemos encontrar la continuación de la relación del hombre con su creador, porque sin relación no hay preguntas, ni reclamo ni enojo.

A las preguntas ¿por qué? y ¿hasta cuándo? del Antiguo Testamento se les une la expresión del Nuevo Testamento: “Si hubieras”. Es el caso de las hermanas que pierden a su hermano. Marta y María encuentran su propio espacio para el enojo contra Jesús. Saben encararlo en medio de su angustia y saben, también, abrir su corazón con sus propias palabras cuando comunican su enfado por partida doble:“si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” (Juan 11:21,32).

Y no hubo mal en ese reclamo, su enojo se encuentra muy lejos de la maldad y del pecado y, paradójicamente, muy cerca de Jesús y de su poder para resucitar a Lázaro.

Dios sabe que la corta plomada de nuestra inteligencia no siempre logra comprender. Sabe que aun al hombre creyente lo asalta la angustia y lo acosa la ansiedad. Para el hombre de fe el enojo es una expresión más de su confianza en Dios. Es la expresión de la esperanza que desespera porque sabe que de Dios puede recibir auxilio y consuelo. Y porque sabe que la fuente de su paz está en Dios, lo busca y lo invoca para que acuda cuanto antes en su ayuda.

Dios permite el enojo (Efesios 4:26) pero la perpetuación del enfado es comparada con el homicidio (Mateo 5:22 ss) porque el enojo puede ser un mecanismo sano o un instrumento de destrucción.

De una forma u otra nos han enseñado a no efadarnos en vez de enseñarnos cómo lidiar con los sentimientos de enojo. Nos enseñaron a satanizar el enojo, a sentirnos culpables y a pensar que no es natural enojarse. Enojarse corresponde a seres humanos malos, débiles y poco espirituales según la construcción social.

Un aspecto teológico que no debemos ignorar es que Dios equipó al ser humano con emociones, el enojo es una de ellas. También lo creó con libertad de expresión. Lo dotó con una extraordinaria capacidad de comunicación. Dios espera que expresemos nuestros sentimientos con libertad. La psicología enseña que el enojo reprimido es una de las principales causas de la depresión. El antidoto contra el enojo es la honestidad y no la represión. Por el contrario, el enojo reprimido atenta contra la autoestima.

Se considera intrínsecamente que el enojo es contrario al amor. Pero esto también está muy alejado de la verdad. Esa concepción empuja a muchas personas a relaciones de codependencia y autoanulación temiendo expresar su enojo o desacuerdo con la pareja por miedo a ser abandonado.

Lo mismo sucede referido a Dios. Una espiritualidad enferma anula los sentimientos de frustración, reclamo y enojo contra Dios. Una espiritualidad que cree que no tiene derecho a sentir y a disentir por temor al abandono divino. Una fe represiva que cohíbe al hombre y a la mujer en su dimensión más humana, lo deshumaniza.

La evidencia bíblica nos da permiso para enojarnos con Dios. Un Dios que muchas veces resulta incomprensible. Y esa misma evidencia escrituraria nos muestra a un Dios que sigue mostrando misericordia y gracia, un Dios condescendiente que convive con el hombre, un Dios con/en nosotros, emmanuel.

viernes, 23 de agosto de 2013

Salvación Individual, mal manejada, concepto peligroso.


Quizás este título te ha llamado la atención y pensarás que este artículo está diseñado para rebatir la idea de la salvación individual. Bueno, no necesariamente, ya que como ministro creo abiertamente en este principio y está claro que existe mucha evidencia bíblica que lo sostiene.  No obstante, la pregunta que podemos formular es: ¿por qué la salvación individual puede ser un concepto peligroso?
Este concepto como verdad bíblica lo encontramos a través de todo el nuevo testamento, citas como Juan 3:16; Juan 14 y 15; Hebreos 3-5; Gálatas 2:8-9 y muchas más, dan evidencia de su veracidad. Además, el concepto es apoyado por la mayoría de la cristiandad y es altamente conocido. Entonces, ¿cuál es el problema? Simple, se trata de la actitud con la cual el creyente interpela la idea en su medio ambiente. Es sabido que muchos conceptos teológicos mal interpretados y aplicados pueden llevar a conductas heréticas o a malas prácticas que adulteran el mensaje del evangelio. De ahí  la importancia de su cuestionamiento y comprensión para que, a su vez, evitemos caer en conductas contrarias a la fe.
No obstante, es en las iglesias protestantes donde este concepto encuentra su mayor aceptación y,  aunque la Iglesia Católica también lo sostiene, pone más enfasis en el efecto comunitario de la salvación. Las iglesias protestantes predican a viva voz esta idea, sin embargo y como ya se ha dicho,  el problema  no es la idea,  sino las implicaciones del concepto una vez recibido y administrado por cada individuo en su vida personal.  Para llegar al punto que queremos,  será saludable ver dos conceptos que, aunque en cierta manera relacionados, son completamente opuestos:
Individuo – (no divisible) en el caso de las ciencias sociales se le adjudica este concepto a toda persona que tiene características particulares y únicas. Deseo, voluntad, actitudes, formas de pensar que permiten su aprendizaje y definición de la personalidad.
Individualismo – es la actitud del individuo de separarse o aislarse de sus comunes en momentos determinados o permanentes. Ejecutar su deseo a base de su criterio o forma de pensar.  Esta puede ser una actitud del individuo o de una comunidad.
Quizás comprendiendo parcialmente estas definiciones podemos visualizar el peligro del concepto si no se concientiza adecuadamente. La realidad que permea muchas denominaciones protestantes es el énfasis en la salvación individual,  olvidando, de alguna manera, su efecto en la totalidad del Cuerpo de Cristo. Podríamos decir lo siguiente: “La Salvación es individual, pero no individualista”.  La iglesia debe entender que existen muchos peligros cuando esto pasa, ya que cuando un creyente asume, y posiblemente sin intención, una actitud individualista,  rechaza el concepto comunitario al que fue llamado.
Si bien está claro que la salvación es individual, ésta no se aleja del concepto comunitario, ya que cuando una persona recibe el mensaje de la Cruz no se convierte sólo en un individuo con fe, sino que es parte de una comunidad de fe: la Iglesia. Esta es un conglomerado de personas que tienen una misma fe (Cristo), una finalidad y una acción,  y es imposible que una persona que la haya conocido crea que puede llevar un evangelio aislado y a su manera.
Existen algunos indicadores que nos avisan acerca de los peligros de entender el concepto de salvación individual como salvación individualista:
  • El creyente cree que maneja su salvación: Sólo llevará a su vida  lo que a su entender “edifica”, desarrollando un criterio no necesariamente inclusivo y eclesial. No reconoce adecuadamente el significado de lo que representa una comunidad de fe.
  • Se centra en el éxito personal secular y espiritual.
  • Desarrolla cierto escepticismo y exclusivismo.
  • Su apoyo a las actividades de la iglesia estarán condicionadas (selectivo).  Al final dicen:  no ir a un servicio o ayuda comunitaria no hará que pierda la salvación”. Esto le lleva a secularizar la fe y a matizarla como una actividad más, olvidando el valor salvífico para otros.
Desde la perspectiva de Dios, la criatura es una moneda de dos caras, individual y comunitaria.  Por esto puedo afirmar que el propósito de Dios persigue un fin en ambos aspectos y que el balance merece tener una adecuada ejecución como creyentes en Cristo y como parte de una comunidad de fe.
No obstante, creo que ya hemos aclarado los peligros de una comprensión inadecuada del concepto y hasta dónde puede llegar su deformación. Sin embargo, deberíamos preguntarnos: ¿por qué pasa esto? y ¿qué lo alimenta?  Varias son las razones:
  • Los discipulados de las iglesias forman inadecuadamente al recién convertido.
  • Predicaciones modernistas, seminarios de motivación o liderazgo usando a Cristo como pretexto, enfatizan más el éxito que un individuo puede lograr que el éxito de éste como iglesia.
  • Las Leyes y Constituciones de algunos países enfatizan la defensa de los derechos del individuo.
  • En distintos países se educa a los hijos a ser grandes profesionales, políticos o figuras públicas y no con valores sociales o comunitarios profundos.
Como podemos ver no sólo es la mala aplicación o comprensión del concepto, sino que nuestra sociedad está diseñada del mismo modo hacia el individuo. Por eso, la pregunta la pregunta en la que deberíamos reflexionar es: ¿Qué podemos hacer? Pues bien, la Sagradas Escrituras son muy claras al exponer que nuestras actitudes como iglesia no pueden ser como las del mundo, el Apóstol Pablo aconseja que “no nos conformemos con el mundo” Romanos 12:2. Nuestro modelo de acercarnos como creyentes, iglesia y sociedad es espiritual y por eso sus componentes deben actuar.
Aunque es cierto el efecto de la salvación en el individuo, no podemos olvidar que nadie es salvado sin ser iglesia. Cristo no dijo que venía a buscar a individuos, sino a una iglesia.  Debemos cuidar nuestros enfoques colectivos y comunitarios, predicarlos y enseñarlos a las nuevas generaciones de creyentes y alejarlos del gran mal que representa el individualismo en el cuerpo de Cristo.


Edward Falto


Pastor y profesor universitario, posee un grado de Bachiller en Administración Comercial de la UCPR (Universidad Católica de Puerto Rico), Ex-profesor y Graduado del Colegio Teológico del Caribe AD. Estudios Graduados en Artes de Filosofía, concentración en Estudios Teológicos de la Universidad Central de Bayamón en Puerto Rico. Ministro protestante durante mas 20 años, ha conducido programas de radio y televisión en distintos medios de comunicación.

Fuente: Lupa Protestante

martes, 5 de febrero de 2013

Salvemos a la humanidad de su extinción.


"Hablamos de la amenaza de extinción de la especie humana por el feroz ataque que sufre la naturaleza en general, y por lo tanto la humanidad, por parte del sistema capitalista neoliberal gobernante. El móvil de quienes mandan en las grandes empresas transnacionales que gobiernan el mundo, es cumplir con su sagrado mandamiento: `Cómo ganar más dinero en el menor tiempo posible´."

Hugo Blanco

(Para la revista ecosocialista de Estados Unidos “Capitalism Nature Socialism")

La humanidad, innegablemente, ha obtenido muchas ventajas del avance de la civilización. Sin embargo, hoy, que en nombre del “desarrollo”, el sistema capitalista en su etapa neoliberal, con su feroz ataque a la naturaleza, está conduciéndonos a la extinción de nuestra especie, es necesario hacer una evaluación sobre ese precio a pagar en aras del “progreso”.

A las generaciones actuales nos corresponde la tarea de evitar la extinción de la humanidad y a la vez conservar las ventajas de la civilización que no pongan en peligro la supervivencia de nuestra especie.

Ataque a la naturaleza

Hablamos de la amenaza de extinción de la especie humana por el feroz ataque que sufre la naturaleza en general, y por lo tanto la humanidad, por parte del sistema capitalista neoliberal gobernante. El móvil de quienes mandan en las grandes empresas transnacionales que gobiernan el mundo, es cumplir con su sagrado mandamiento: “Cómo ganar más dinero en el menor tiempo posible”. Al acatamiento de este mandato sacrifican todo, incluyendo la vida de sus descendientes. Esto no depende ni siquiera de la conciencia individual que puedan tener ellos, pues si alguno por amor a sus descendientes renuncia a poner una instalación que perjudique el medio ambiente, vendrá otro que la ponga. Por lo tanto, no se trata de acabar con los grandes capitalistas, sino con el sistema que hace que ellos gobiernen el mundo.

Los ataques a la naturaleza son múltiples y cada día mayores. Están siendo exterminadas especies vegetales y animales.

Me parece que el ataque más peligroso es el calentamiento global de la atmósfera producido por la emisión de gases de efecto invernadero que la calienta en forma creciente. Antes los amos del mundo negaban su existencia, ahora eso ya es imposible, por lo tanto la ONU impulsa reuniones de los gobiernos de los grandes calentadores del mundo que se realizan repetidas veces, pero en ellas, que constatan que el calentamiento es cada vez mayor, no toman ningún acuerdo para detenerlo, sino para comercializar el tema. El calentamiento produce la disolución de los cascos polares y de los nevados del mundo, hay arroyos que han desaparecido y los ríos están cada vez más delgados. Como sube el nivel del mar, hay islas que han desaparecido, otras y regiones costeras están siendo inundadas.

Además el calentamiento provoca alteraciones del clima, inviernos más fríos, veranos más calientes, huracanes como el Katrina y el Sandy, que al igual que las inundaciones, sequías y otros efectos son denominados “desastres naturales” por los medios de comunicación del sistema. Son desastres que no tienen nada de “naturales”, son efectos del calentamiento global impulsado por los dueños del mundo.

La deforestación de selvas y bosques es un gran atentado que favorece el calentamiento global, pues mata la vegetación que absorbe el carbono y por lo tanto favorece el calentamiento global. Se comete ese crimen para servir a la agroindustria, que, entre otras cosas, usará el terreno para agrocombustibles y productos transgénicos, para servir a la ganadería, a la extracción de combustibles fósiles, a la minería, a la construcción de vías de comunicación, etc.

Otro gran ataque son las minas a cielo abierto, poco practicadas en los países desarrollados, los que vuelcan su ejecución sobre las espaldas de sus colonias, los llamados “países del tercer mundo” o “países en desarrollo”. Como cada vez hay menos vetas de metales, hacen explosionar 4 toneladas de roca o tierra para extraer un gramo de oro, envenenando mucha agua con sustancias químicas. Esto, que es nocivo para la naturaleza, es criminal en cabeceras de cuenca, como el proyecto Conga en el Perú que mataría la vida envenenando cinco valles cuyos ríos desembocan en los océanos Pacífico y Atlántico.

Otro ataque es la agroindustria o industria alimentaria en general, que practica el monocultivo, nocivo para el suelo, usa agroquímicos (fertilizantes, insecticidas, herbicidas) y nos envenena con transgénicos.

Utiliza la más moderna tecnología, no en beneficio del consumidor sino con el objetivo de aumentar los caudales del productor a costa de la salud del consumidor (hay una hormona que cuando se le pone a una vaca, ésta da más leche; esa leche produce cáncer, pero eso no le importa a la compañía productora, lo único que le interesa es que le produce más ganancia).

Otro ataque son las centrales hidroeléctricas que arrebatan el agua a los pequeños productores que nos alimentan en forma sana e inundan viviendas y cultivos indígena y campesinos en general.

Otro son las vías rápidas de comunicación depredando la naturaleza, como en Bolivia y Perú asolando la selva. En Europa vemos que la nueva vía férrea que unirá Turín y Lyon ha provocado el surgimiento del movimiento “No al TAV” en el norte de Italia.

Además están: La explotación de las arenas bituminosas en Canadá y su canalización a Estados Unidos, la exploración retumbante de petróleo submarino, la pesca de arrastre, las poluciones de las fábricas, la perforación de la capa de ozono, el uso actual de la energía atómica, el peligro de una guerra atómica, etc.

Indígenas

El final que nos amenaza hace imprescindible mirar con espíritu crítico el transcurrir de la existencia humana, evaluar qué aspectos del avance de la humanidad son positivos y que otros nos conducen a la tumba de la especie.

Debemos comenzar examinando nuestros orígenes. Afortunadamente en muchas partes del mundo existen poblaciones originarias, indígenas, llamadas “salvajes”. Si a esta denominación le quitamos su carga peyorativa, es correcta, significa no domesticada, silvestre, natural.

Los indígenas son quienes disfrutan menos de las ventajas de la civilización y son atacados fuertemente por ella.

Al estudiar esas poblaciones veremos que hay características comunes a ellas, de cualquier lugar que sean, y que por lo tanto dichas características no tienen un carácter étnico, sino cultural primitivo, verdaderamente humano, sin las deformaciones que trajo consigo la civilización.

Los indígenas Nunga de Australia, Dongria Kondh de la India, Bosquimano de África, Sami de Escandinavia, Attawapiskat de Canadá, Navajo de Estados Unidos, Maya de México, Nasa de Colombia, Mapuche de Chile, Quechua del Perú, pensamos lo mismo:

- La naturaleza es nuestra madre, debemos respetarla, quererla y cuidarla. A ese sentimiento ahora se le llama ecológico.

- En los asuntos que atañen a la sociedad, es ésta quien debe determinar, no un individuo ni un grupo de ellos. A ese colectivismo ahora se le da diversos nombres: Socialismo, comunismo, anarquismo.

- La felicidad consiste en vivir satisfactoriamente (lo que se ha dado en llamar “el buen vivir”). El indígena no tiene el principio de la sociedad de consumo, el criterio de que la felicidad la da el dinero y las cosas que se compran con éste.

- El indígena es profundamente solidario.

- Respeta las diferencias, entiende que hay otra gente que viste diferente y habla diferente. Los pueblos indígenas se saben diferentes y se respetan en esa diferencia.

- Enseña a los niños y jóvenes las cosas que sabe, la educación no es un negocio, es tarea de los adultos y ancianos.

- La medicina la da la madre naturaleza, no es un negocio, a todos nos conviene que todos estemos sanos.

Los pueblos indígenas más primitivos, los más salvajes, los menos contaminados por la civilización, son quienes conservan más vigorosos estos principios.

En el Perú es notoria la diferencia entre los pueblos de la selva más puros y los quechuas y aymaras de la sierra, ya contaminados.

Pongo algunos ejemplos:

- El indígena serrano hace un cultivo de papas, maíz, o frejol.

El indígena selvático no tiene un cultivo de una planta determinada. Tala una pequeña extensión de selva y planta varias especies juntas, imitando a la naturaleza. Modernamente a este sistema, ecológico por excelencia, se denomina permacultura. Luego de unos años devolverá esa parcela a la selva y talará otra.

- El indígena selvático cuando caza un animal de gran tamaño, no lo sala para conservarlo. Llama a los vecinos y la colectividad disfruta del producto de la caza individual.

- Un indígena quechua me dijo en nuestro idioma que los “chunchos” (término quechua despectivo dado al selvático desde la época incaica) eran ociosos y me relató la siguiente anécdota: Un hacendado dijo a un selvático que talara una determinada extensión y que le pagaría un machete. El nativo lo hizo tan bien y tan rápido que el hacendado quedó positivamente impresionado, le pagó el machete y le dijo: “Ahora te ofrezco un negocio muy conveniente para ti: Tala la cuarta parte de lo que talaste y te doy otro machete”. El nativo le miró extrañado y le dijo: “Tengo sólo una mano derecha ¿Para qué necesito dos machetes?” y se fue. No quería progresar, sólo quería vivir. El quechua que me lo contó lo tomó como “ocioso”.

- Hace unos años los selváticos, quienes hablan diversas lenguas se unieron los del norte, centro y sur del Perú en una sola lucha en defensa de la naturaleza. En la sierra somos sólo quechuas y aymaras y no podemos unirnos.

- El indígena amazónico no contaminado no sabe si es domingo o lunes ni le interesa. Sale de su vivienda con su arco y flechas, si encuentra algo digno de ser cazado lo hace, si encuentra frutos silvestres útiles los recoge, al pasar por su cultivo recoge algo y si hay arreglos que hacer los hace. Regresa a su vivienda, no le interesa la hora. No sabemos si ha estado paseando o trabajando: Ha estado viviendo.

Que los indígenas amazónicos sean menos contaminados que nosotros los quechuas no quiere decir que no conservemos mucho del amor a la naturaleza, del sentido colectivista del “ayllu” o comunidad campesina, del “buen vivir”, de la solidaridad humana, etc.

Afortunadamente el indígena quechua todavía hace rotación de cultivos, un año siembra habas y al año siguiente papas. También a veces hace cultivos asociados, como maíz con leguminosas.

No se vanagloria por la cantidad de cosecha que tenga, sino por el número de especies y de variedades que cultiva.

Me sentí orgulloso al ver que la revista de los verdes en Francia se llamaba “Pachamama” (“Madre Tierra” en quechua), entendí que era el reconocimiento a nuestro amor y lucha en defensa de la naturaleza. Escuché que esa palabra es usada comúnmente en Cataluña y también la oí en el Día de la Tierra en San Pablo, Brasil.

Comunidad de comunidades

El espíritu comunitario se extiende más allá de la comunidad..Conozco tres casos (debe haber más) de comunidad de comunidades:

En el norte de Colombia existe el Consejo Regional Indígena del Cauca CRIC, a cuyo 40º aniversario fui invitado el pasado año (pedir su boletín a prensa@cric-colombia.org). A pesar de la guerra interna que la hace víctima de ataques de los actores de esa guerra, continúa fuerte. Es reconocido por la constitución Colombiana. Está constituido por 115 Cabildos y 11 Asociaciones de Cabildos de los pueblos Totoró, Guanaco, Coconuco, Nasa,Guambiano, Yanacona, Inga y Eperara, agrupados en 9 zonas, cada una de las cuales está representada en la junta directiva. Los 9 representantes de las zonas tienen igual categoría, no hay Presidente ni Secretario General. Luego de 2 años de función se cambian totalmente, no hay reelección, pues “todos tenemos cabeza, no existe la persona imprescindible”.

Los Kuna de las islas de Panamá cuya rebelión armada de 1929 fue apaciguada por el reconocimiento constitucional a su derecho de autogobierno. Su institución política fundamental es la gran Casa del Congreso,Onmaked Nega, que funciona en cada comunidad y constituye un centro deliberativo y ejecutivo. La Casa del Congreso es presidida pero no dominada por los Sailas, líderes de las comunidades. Su organización política ancestral se ha fortalecido a través de sus Congresos Locales (comunidad) y Generales (comarca), los que, mantienen una fuerte cohesión y conservan el poder de decisión sobre las actividades que se realizan en su territorio y conservan el control sobre la defensa y convivencia con la naturaleza.

El tercer caso que conozco son las comunidades zapatistas de Chiapas, México. A diferencia de Colombia y Panamá, la constitución mexicana no reconoce la legalidad de su forma de organización, pero dichas comunidades de comunidades, dirigidas por las denominadas “Juntas de Buen Gobierno”, están resguardadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) que las defiende contra el llamado “mal gobierno” de México.

Ahí no gobierna, como se cree, el EZLN, las “Juntas de Buen Gobierno” son completamente civiles. Si un miembro del EZLN quiere participar de ellas, previamente debe renunciar al EZLN.

La tierra es cultivada colectivamente. Los miembros de las Juntas de Buen Gobierno no ganan sueldo ni lo necesitan, pues les toca su parte de la cosecha. Cuando terminan su período vuelven a trabajar la tierra y otro campesino ocupa su lugar.



El 21 de diciembre, señalado por sus antepasados mayas como el comienzo de una nueva época y por los comercializadores como el fin del mundo, más de 40,000 personas marcharon en silencio bajo la lluvia mostrando que existen.



Éstos son ejemplos locales de gobiernos ecosocialistas.



En alguna parte leí que felicitaban a los indígenas por su defensa de la naturaleza y que sólo nos falta enseñarles socialismo. Creo que en eso es mucho lo que tenemos que aprender de ellos.



Sin embargo en Sudamérica no podemos usar el término “ecosocialista” por lo siguiente:



Es indudable que en la lucha de liberación de los países sudamericanos, ha significado un gran paso el ascenso de los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, que han desafiado el poder del imperialismo norteamericano y de las oligarquías nativas. Sin embargo dichos gobierno todavía no han podido desprenderse de la lógica de producción del sistema que ha colocado a nuestros países en el rol de extractores de materias primas al servicio de ellos, ni de la lógica del denominado “desarrollo” que está llevando al abismo a la humanidad. Éstas y otras razones les llevan a enfrentarse contra las poblaciones indígenas.

Estos gobiernos se llaman a sí mismos los del “Socialismo del Siglo XXI”

Por lo tanto, si le digo ecosocialista a un indígena venezolano, ecuatoriano o boliviano, me contestarán que están luchando contra el “Socialismo del Siglo XXI”: El indígena Yukpa de Venezuela defendiendo sus tierras ancestrales contra el ataque de ganaderos y el ejército gubernamental. El indígena yurakaré de Bolivia me dirá que Evo Morales quiere favorecer a una empresa brasileña para construir la vía del Tipnis que destruirá su tierra que a la vez es parque nacional de reserva. El indígena ecuatoriano me contestará que está en una férrea lucha contra Correa que favorece la depredación de su tierra por las petroleras transnacionales.

Por otra parte, si le digo a un Mapuche de Chile que es ecosocialista me contestará que él ha luchado contra el gobierno “socialista” de Bachelet que aplicó la ley de represión anti- mapuche de Pinochet.

Represión

Las represiones más terribles que ha vivido la humanidad han sido las dirigidas por la “civilización” contra las poblaciones indígenas.

En América se realizaron innumerables masacres.

En el Perú y Bolivia los españoles entregaban anualmente a los explotadores de las minas, una determinada cantidad de indígenas, al año siguiente volvían a entregarle la misma cantidad. De modo que se estableció un sistema peor que el esclavismo, puesto que al dueño del esclavo no le convenía que su esclavo muriera, del mismo modo que no le convenía que su burro muriera. En el sistema de encomiendas y repartimientos no importaba cuántos indígenas murieran, ya que, si por ejemplo el dueño de la mina recibía 100 indígenas por año y morían 50, al año siguiente le repondrían los 50 que murieron y volvería a recibir 100. De modo que quienes entraban en la mina no volvían a salir sino ya muertos. Por esta razón los indígenas preferían suicidarse antes que entrar a la mina y las madres mataban a sus hijos para evitarles el sufrimiento.

Esa fue una de las razones del levantamiento de Tupac Amaru, a quien se le castigó haciéndole presenciar las mutilaciones a su esposa y luego se le descuartizó vivo.

Ya en la época republicana en Uruguay se invitó amistosamente a los charrúas para masacrarles en la matanza de Salsipuedes.

En Estados Unidos fue fuerte la resistencia contra los invasores que adornaron sus atropellos en las películas decowboy.

En Argentina continuó la guerra contra los nativos aún bajo el presidente Sarmiento que es calificado como “maestro de las Américas”. Hay un monumento al gran asesino de indígenas, el general Roca.

Los mapuches en Chile que consiguieron firmar un pacto con los españoles, en el que éstos tuvieron que reconocer el derecho a su territorio, fueron confrontados con la negativa del gobierno republicano chileno que desconoció ese tratado. Por eso la lucha continúa y los mapuches no se reconocen a sí mismos como chilenos sino como mapuches atacados por los chilenos.

En Cuba la rebeldía de los indígenas hizo que los exterminaran y usaran esclavos africanos para sustituirlos.

El esclavismo al que fueron sometidos los nativos africanos, las matanzas en Asia y Oceanía, son parte de esa represión “civilizada”.

A los indígenas de América se les aplastó, pero por lo menos continuaron viviendo y muriendo en la tierra de nuestros ancestros, mientras que a los indígenas africanos se les arrancó de su tierra y se les mezcló con otros esclavos de modo que ni siquiera pudiesen mantener su lengua.

Los esclavos africanos realizaron cientos de rebeliones en América. En Haití se realizó la primera revolución de independencia en América Latina. Los opresores de todo el mundo, incluyendo quienes luchaban por la independencia de sus países, aislaron y/o atacaron Haití. Ni Bolívar, quien había recibido ayuda de Haití, le retribuyó esa ayuda. Hoy día, por orden de los amos del mundo, Haití está invadida por ejércitos coloniales de la ONU, de los que vergonzosamente forman parte tropas enviadas por el gobernante indígena de Bolivia.

Los esclavos que escapaban formaban colectividades que son ejemplo de democracia y solidaridad humana.

No hay espacio para continuar enumerando los atropellos de la “civilización” antigua y actual contra los indígenas.

Personalmente también sufrí esa represión anti-indígena: Por haber participado en la lucha que abolió la servidumbre feudal a que estaban sometidos los indígenas peruanos fui encarcelado y pidieron dos veces la pena de muerte para mí. Fue sólo gracias a la activa solidaridad internacional que no aplicaron la pena de muerte y posteriormente me liberaron.

En Estados Unidos Leonard Peltier (“Yo soy toda esa voz india y grito desde millones de tumbas con almas inquietas”) está condenado a dos cadenas perpetuas consecutivas, espero que los ecosocialistas de ese país tomen como una de sus tareas luchar por la liberación de ese ecosocialista indígena.

La lucha contra el sistema se extiende

En muchos países de América Latina, las poblaciones indígenas y no indígenas luchan fuertemente contra la opresión extractivista de las empresas transnacionales, quienes, apoyados por sus gobiernos sirvientes, atacan la naturaleza en las formas señaladas arriba.

Afortunadamente, también en las ciudades hay surgimiento de sociedad colectivista, como es el caso de las fábricas tomadas por sus trabajadores en Argentina, donde en muchas partes y desde hace muchos años los trabajadores se hicieron dueños de empresas que quebraron sin pagarles. En muchos de los casos la legalidad del sistema ha tenido que reconocer su derecho a convertirse en los propietarios. Ahí los trabajadores funcionan en forma estrictamente horizontal, absoluta y verdaderamente democrática.

Como son los obreros quienes administran, la fábrica crece, se necesitan nuevos obreros, éstos no son empleados de los fundadores, tienen los mismos derechos que ellos.

Hay muchas otras manifestaciones de rebeldía ante las imposiciones inhumanas del sistema.

Por ejemplo, contra la imposición de la alimentación humana en función del beneficio de la llamada “industria alimentaria” que sacrifica la salud de la población para satisfacer la voracidad de ganancia de las empresas, surgen convenios entre cooperativas campesinas que producen en forma ecológica y grupos de poblaciones urbanas que son conscientes de que deben alimentarse en forma sana.

En Grecia un grupo de jóvenes organizó la venta directa de los campesinos a los consumidores, sin pasar por los supermercados.

Hay poblaciones en México que tienen una moneda propia usada para el intercambio interno.

Continúa la explosión de los pueblos árabes contra los regímenes despóticos.

Como el sistema también está atacando a las poblaciones de los países desarrollados, principalmente para servir a la banca y a las compañías financieras, las poblaciones de ellos también protestan, manifestaciones democráticas de este tipo son “l@s indignad@s” de España y “Ocupa Wall Street” en Estados Unidos, así como la batalla internacional europea en varios países el 14 de noviembre pasado.

También en esos países vemos luchas en defensa de la naturaleza, como el movimiento “no al Tav” en el norte de Italia, la cadena humana contra la energía atómica en Alemaia, el triunfo del referendo en Italia contra la energía atómica y la privatización del agua, la resistencia contra el fracking en Estados Unidos.

En Canadá hay procesos muy importantes: Organizaciones ecologistas de ese país impulsaron una movilización internacional contra la minería canadiense el día de Pachamama, 1º de agosto. En diciembre último se inició la movilización de miles de indígenas y quienes les apoyan. Los indígenas se desplegaron por varias ciudades canadienses bajo el lema “Nunca Más Inactivos” (Idle No More). Su lucha es contra la opresión colonial que sufren y en defensa del medio ambiente.

Volver a nuestras raíces éticas

La humanidad está en un dilema: O retorna a su ética primitiva que sobrevive en los pueblos indígenas del mundo o fenece.

Retornar a su ética primitiva es volver a la sociedad ecosocialista de amor y respeto a la Madre Naturaleza y de organización horizontal donde todos manden. En ella se extinguirá la sociedad de consumo, que identifica felicidad con acumulación egoísta de dinero. Volverá a sentirse la profunda solidaridad humana, en la que el “otro” deja de ser un competidor para convertirse en “otro yo”. Seremos diferentes respetando las diferencias. Desaparecerá el machismo, el racismo y todo tipo de discriminación.

La “industria alimentaria” actual tiene el objetivo de lograr que las empresas ganen la mayor cantidad posible de dinero, no importando si sus productos benefician o no a nuestra salud. Cuando ya no sea el capital el que gobierne, la producción de alimentos tendrá el objetivo de nutrirnos en forma saludable.

Ahora, por la compulsión de la búsqueda de ganancia se gasta gran energía humana en la “publicidad”, el apremio de “compre, compre, compre”. Cuando deje de producirse para la venta, cuando se produzca para el uso, cesará ese desperdicio de energía.

El apremio de “vender” lo más posible también hace que las empresas gasten gran energía humana en lograr que los productos sean rápidamente perecibles, para que el usuario se vea obligado a tirar lo que compró y dejó de ser útil y comprar nuevamente. Esto tiene como resultado por una parte el desperdicio de energía humana y por otra la acumulación de basura contaminante del medio ambiente. Cuando el incentivo deje de ser la ganancia, se buscará que los productos duren lo más posible, que haya la menor cantidad de basura posible y que ésta no atente contra la salud de la naturaleza.

Retornar a la ética primitiva no significa volver a la vida primitiva.

Los científicos y los técnicos, ahora al servicio de las empresas en búsqueda de ganancia, pasarán a estar al servicio de la humanidad. Ellos nos indicarán de qué ventajas de la civilización podremos seguir disfrutando sin poner en peligro la continuidad de la especie y de cuáles no.

Esperamos que la humanidad derrote a los amos del mundo que conducen aceleradamente a la extinción de la especie, que tome en sus manos la conducción de sí misma, se reintegre armoniosamente a la naturaleza y consiga salvarse.


sábado, 5 de mayo de 2012

“Mi hijo se ha condenado eternamente!”



por Juan María Tellería Larrañaga
Yo mismo salvaré a tus hijos (Isaías 49, 25b BTX)
Mientras compartimos con todos nuestros amables lectores esta reflexión, no dejan de venirnos a la mente recuerdos e imágenes de ciertas situaciones que hemos vivido o hemos presenciado y, todo hay que decirlo, nos han hecho daño, moralmente hablando. Rememoramos en primer lugar a aquella señora de edad, creyente convencida y miembro de una pequeña congregación rural de nuestro país, que atravesaba por unos momentos de gran desánimo debido al reciente deceso de su esposo (también creyente) por suicidio, tras un largo proceso de profunda depresión; pero el desaliento de aquella hermana en la fe aún se había acentuado cuando el pastor de su iglesia, joven y recién llegado allí, lo primero que había hecho al saludarla y conocer la situación por la que estaba atravesando fue asegurarle, con gran vehemencia teológica y una salva interminable de versículos bíblicos, que su esposo estaba irremisiblemente condenado por su cobardía y su vergonzosa manera de poner fin a una vida que había recibido del Creador y sobre la que no tenía ningún derecho.
O también a aquella otra mujer creyente de otra congregación, que con infinita tristeza en la voz y en los ojos decía claramente a quienes conversaban con ella al concluir un culto lo terriblemente apenada que se sentía porque, tal como le recordaban de continuolos dirigentes de su congregación local, su hijo estaba perdido para siempre: había abandonado la Iglesia y vivía casado “en el mundo”, sin educar a sus hijos en la Palabra de Dios. ¡No había remisión para él!
Es triste escuchar a creyentes que pasan por este tipo de experiencias, desde luego. Pero lo que resulta realmente trágico es la comprobación palpable del espíritu condenatorio que existe en ocasiones en medios cristianos, tanto que algunos de los que se consideran responsables olíderes locales parecieran deleitarse con la idea de que personas creyentes se pierdan eternamente por no haber estado a la altura de ciertos requisitos o por no haber mostrado en su vida una serie de características definitorias y concluyentes de lo que significa ser un miembro comprometido de la Iglesia. Me pregunto muchas veces si no tendremos en nuestro entorno evangélico un gran porcentaje de lectores asiduos de la Biblia, pero otro muy pequeño de auténticos cristianos.
Digámoslo con claridad: el Evangelio de Jesucristo NO es un mensaje de condenación, sino de Salvación. Salvación con mayúscula. Aunque las Escrituras muestren profusión de textos en los que se evidencian los juicios de Dios contra la infidelidad o la ingratitud humana, pasajes que de ninguna manera podemos (¡ni debemos!) obviar, una lectura atenta del conjunto de la Biblia nos conduce irrevocablemente a la esperanza. El creyente cristiano está llamado a vivir en esperanza y a gozarse del don de la Gracia de Dios en Jesús que nos permite anticipar aquí y ahora la plenitud de nuestra redención.
Cuando los miembros de una comunidad determinada, ya sea grande o pequeña, urbana o rural, compuesta por gentes adineradas o sencillas, de una denominación u otra, se congregan en el Día del Señor para escuchar la Palabra de Dios y adorar a Cristo en comunión con él y entre los creyentes, lo hacen esperando salir confortados. A lo largo de la semana, cada uno brega con sus propios problemas, ya sean domésticos, laborales, económicos o estrictamente personales. El servicio de culto ha de constituir una ocasión especial, una auténtica recuperación de fuerzas, un respiro, una “recarga de pilas”, como dice un amigo mío muy querido. Es cierto que los problemas no nos van a abandonar; no desaparecerán por arte de magia; al contrario, estarán esperándonos a la salida del templo para acompañarnos otra vez a lo largo de la nueva semana. Pero al menos, esos momentos de escucha de la Palabra de Dios, de participación en el Sacramento y la oración y adoración conjunta, han de constituir un hito de especial relevancia, un alto en el camino, una inyección de ánimo.
Poco se puede animar a nadie cuando desde el púlpito se hace una proclama de condenación contra los propios creyentes, o cuando la Biblia se utiliza exclusivamente como un martillo con el que machacar a personas que lo que necesitan es todo lo contrario. A personas que van a la iglesia buscando consuelo. ¿De qué sirve luego condenar con tanta saña, como a veces se hace, a otras denominaciones históricas por sus errores y su falta de amor?
Sinceramente lo digo, no tengo argumentos válidos para condenar eternamente a nadie que, aun siendo creyente, haya puesto fin a su propia existencia en este mundo. Sin duda que no es lo mejor que se puede hacer con un don tan grande como la vida, que hemos recibido de Dios y que solo a él compete ponerle término. Pero cuando alguien, sumido en una depresión profunda, que no es sino una enfermedad mental muy grave, acaba consigo mismo, ¿puedo asegurar con total seguridad que haya quedado por ello excluido de la misericordia de Dios? ¿Y puede considerarse, no ya cristiano, sino simplemente humano, espetarle a un familiar de un suicida que ese ser querido está irremisiblemente condenado?
Por otro lado, ¿cómo puedo yo saber que un creyente que, por las circunstancias que fueren (las comprenda o no), haya abandonado la Iglesia se ha perdido para siempre? ¿Conozco tal vez el fin de sus días o todos los procesos de su mente o su razonamiento como para emitir con tanta seguridad juicios tan absolutos?
¿Soy yo Dios acaso para poder dictaminar sentencias eternas con tanta claridad?
El hilo conductor de las Escrituras me impulsa a transmitir ánimo, no desaliento. El mensaje del Evangelio de Cristo me impele a hablar de una salvación que es cierta, que es segura para los hijos de Dios, no de condenación. El Dios que se revela en las páginas de la Biblia se me muestra como Padre que quiere lo mejor para sus hijos, no como un enemigo o un saqueador de su propia heredad. Jesús nuestro Señor nos insta a no juzgar para que no seamos juzgados. Porque finalmente, la última palabra en relación con la vida o la muerte, en este mundo o en el otro, la tiene él. No la tengo yo. Ni ningún otro.
Incluso cometiendo errores tan graves como los que comentamos en esta reflexión, los creyentes estamos en buenas manos. En las mejores. Nuestra misión es vivir, compartir y proclamar esperanza porque nuestro Señor es el Salvador.