Mostrando entradas con la etiqueta manfred nolte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manfred nolte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de septiembre de 2018

El ignorado vínculo entre pobreza y migración.


por Manfred Nolte. 

El Banco Mundial fija en la actualidad un ingreso personal mínimo de 1,90 dólares/día (57 dólares/mes) como umbral de la pobreza absoluta. Los dólares se valoran en paridad de poder adquisitivo, porque un dólar tiene una capacidad mayor de compra en un país pobre que en otro desarrollado.

Según el referido criterio monetario, la evolución de la pobreza ha ido decreciendo en el planeta. En 1981, el 42,3% de la población mundial se situaba por debajo de dicho nivel. En 2013, último dato publicado, el porcentaje ha descendido y se instala en el 10,7%. En este progreso ha jugado también la evolución de la población mundial (denominador), pero en conjunto la pobreza (numerador) afecta a un menor número absoluto de personas. Hasta ahí un logro positivo, que los llamados ‘Objetivos de desarrollo sostenible’ (ODS) de Naciones Unidas quieren redoblar hasta la erradicación de la indigencia en todas sus formas para el año 2030 (Objetivo nº 1). Más allá de la pobreza absoluta se halla el índice de pobreza relativa, referida en cada país a unos baremos relacionados con el nivel inferior en un porcentaje determinado de la mediana de rentas del país, pero no es el tema de hoy.

Seguiremos con la pobreza absoluta y con el objetivo de su alivio y erradicación. Tomando el índice de 2013 (10,7 %) llegamos a una estimación aproximada de 769 millones de personas que en estos momentos luchan en el mundo por la mera supervivencia por debajo del nivel de la pobreza definida por el Banco Mundial. Su ubicación principal está en el África subsahariana (390 millones), la India (260 millones), China e Indonesia (25 millones).

Si establecemos ahora un escalón superior, y ampliamos el umbral indicado de pobreza hasta los 3,80 dólares día (114 dólares/mes), la pobreza aumenta en 1.500 millones adicionales de persona. De hecho, en 2013, 4.000 millones de personas, más de la mitad del planeta, contaban con ingresos diarios comprendidos entre los 1,90 y los 10 dólares.

Sumados estos 1.500 a los 769 millones arriba citados llegamos a la cifra de 2.269 millones de personas situadas por debajo del nivel de los 114 dólares mes, una pobreza aún insoportable a todos los efectos de los parámetros occidentales.

Estas cifras guardan una relación directa con la migración.

En el cómputo de pobreza anterior queda incluido un altísimo porcentaje de aquellos emigrantes que huyen por motivos distintos a los estrictamente políticos –los exiliados políticos- y que están clasificados como emigrantes económicos. Huyen de sus países respectivos buscando mejorar sus niveles de vida y acercarlos a los de los ciudadanos occidentales. Escapan básicamente de la desesperanza en aras de encontrar una vida digna, una vida mejor.

Sobra decir que el refugiado político merece consideración especifica dada la cobertura jurídica que le ha sido otorgada por el ‘estatuto universal al asilado’ en la Convención de Ginebra de 1951.

De modo que el tema central es que sigue sin asumirse el nexo existente entre migración y pobreza y consecuentemente la necesidad de la búsqueda de soluciones a la pobreza absoluta en el mundocomo clave de solución, a su vez, de los movimientos migratorios. El problema de la migración va mucho más allá de las dolorosas anécdotas puntuales de vallas asaltadas, rescates subastados o playas avistadas. La dificultad se sitúa en buscar apoyo económico a 2.269 millones de personas que viven en situación de extrema precariedad. Un problema al que se enfrentan los países de acogida y los países de salida sin una interpretación comprensiva, que difícilmente se avista en el futuro próximo.

Al margen de los pregonados ‘Planes Marshall’ para los países en desarrollo, Naciones Unidas ya aprobó unánimemente los criterios de promoción para huir de la trampa de la pobreza, en Monterrey (2002) y Doha (2008), pero desgraciadamente las decisiones de su Asamblea General no son vinculantes.

Los países centrales no tienen políticas de inmigración, sino controles que se refieren a la limitación del número y manera de los flujos migratorios. Por referirnos a Europa, las diferentes comunicaciones y desarrollos normativos que se han ido produciendo desde 1999 son notables, y han supuesto un paso voluntarioso hacia la construcción de una política europea de inmigración y asilo, incardinándose en los principios de los derechos y libertades fundamentales del acervo europeo. Sin embargo, estos avances están tropezando frontalmente con las resistencias proteccionistas de varios países europeos que han dinamitado la configuración de espacios supranacionales para tratar el tema migratorio en la Unión Europea.

El proteccionismo retrasa o contiene una ola mínima del movimiento migratorio, pero ignora el descomunal problema de 2.269 millones de personas que anhelan la llegada –en palabras de Jorge Bergoglio- de la globalización de la esperanza.

sábado, 4 de febrero de 2017

Proteccionismo versus globalización.


Manfred Nolte 

La globalización, que no es sino un neologismo de lo que los clásicos de la economía quisieron instruir acerca del libre comercio y la libre circulación de factores, y que hoy se traduce en una creciente integración de los países del planeta añadiendo a la de bienes y capitales, la libertad de la información, se somete en estos momentos a la ley del péndulo de la opinión pública mundial –y ha pasado a ser, en apenas unos meses, de heroína del progreso, del crecimiento y del bienestar mundial a villana a la que se atribuyen todos los males de la crisis, del estancamiento de las economías desarrolladas, de la creciente desigualdad económica y de la injusticia social.

En particular se ha incluido como soflama principal en el librillo de los movimientos populistas de todo índole hasta el punto de que constituye un raro patio de vecindad donde se congregan ideologías dispares que apenas tienen por lo demás nada en común. El descrédito de la globalización conviene a radicales de izquierdas y a extremistas de derechas, a nacionalistas explícitos o encubiertos, a xenófobos racistas intransigentes, a involucionistas de diversa filiación. Con ellos conviven otros agentes menos revanchistas y más moderados, aquellos que convienen que si bien la globalización ha sido en el pasado una fuente innegable de progreso y bienestar, ha sesgado su trayectoria beneficiosa, que en la actualidad es necesario enmendar o refundar. Sea como fuere nos ubicamos en el tránsito de la percepción de un fenómeno que de una indiscutible positividad ha pasado a ser una política cuestionada y para muchos, como se ha dicho, fundamentalmente desacreditada.

El rechazo de la globalización conduce de forma natural a otra política, ampliamente utilizada en circunstancias históricas pretéritas como es el proteccionismo –un concepto decimonónico ya olvidado- y en su versión más tajante el aislacionismo. Si abrir nuestras puertas a terceros, bien sea en materia de tráfico de mercancías, de servicios, de capitales o de personas, se ha vuelto contra nuestros intereses, cerraremos dichas esclusas en la medida en la que nos convenga para restablecer el equilibrio quebrantado y restituir el bienestar de los nacionales de un país o del segmento particular de una sociedad que ha sido vulnerado. El último episodio de carácter global tuvo lugar en los años treinta del siglo pasado y fue protagonizado por el Presidente Hoover. Para combatir la gran crisis del 29 Hoover enrocó a Estados Unidos en una vorágine de aranceles y cupos que no solo ahondó la crisis nacional sino que condujo a la ruina a todos sus socios comerciales. La dinámica de la acción-reacción condujo a los socios comerciales de Estados Unidos a represaliarse con análogas medidas tarifarias y proteccionistas. Como consecuencia de todo ello la economía americana cayó un 25% en un plazo de cuatro años, y con ella la de las grandes potencias occidentales. La llegada al poder del demócrata F.D. Roosevelt revirtió las consecuencias deflacionistas del proteccionismo y puso a Estados Unidos y a la economía mundial rumbo a una nueva era de crecimiento.

El delirio proteccionista ha rebrotado en nuestros días con virulencia de la mano del UKIP y una mayoría del pueblo británico. Pero sobre todo y con particular estruendo y una mímica desproporcionada de la mano del recién nombrado líder de los Estados Unidos, el Sr. Donald Trump. El particular boletín oficial del estado del mandatario americano que constituyen sus redes sociales no ha escatimado proclamas en demérito y demonización de la globalización. Por la fisuras de la globalización se habrían colado en Norteamérica todos sus acérrimos enemigos. Ante este descarado caballo de Troya –siempre según Trump- “tenemos que proteger nuestras fronteras de los estragos de otros países que fabrican nuestros productos, atracando nuestras compañías y destruyendo nuestros puestos de trabajo. La protección conducirá a una gran prosperidad y fortaleza, siguiendo dos simples reglas: compra ‘americano’ y contrata ‘americano’. Recuperaremos nuestras fronteras, recuperaremos nuestros trabajos, recuperaremos nuestros sueños. Vamos a reconstruir nuestro país con manos americanas, con mano de obra americana. La riqueza de nuestra clase media ha sido arrebatada de sus hogares y distribuida por todo el mundo. Eso es el pasado”.

El gran bofetón que el mandatario americano propina al librecambismo –supresión de acuerdos, deportaciones, vallas etc.- obliga a evidenciar aspectos del máximo interés para todos los ciudadanos del mundo, porque a todos afecta hoy en día lo que suceda en la primera potencia económica y militar del planeta.

El primero, que todos los segmentos de la población mundial han ganado con la globalización. Branko Milanovic y su ya estelar ‘curva del elefante’ han hecho inventario de los últimos treinta años: la media global del PIB per cápita del periodo creció un 25%. El veinte por ciento de los más pobres un 40%. El cinco por ciento de los más ricos un 60%. El 60% de la población de los países emergentes un 70%. Y el intervalo entre el 75 y el 90% de los más favorecidos, las clases medias occidentales, apenas un 5%.

El segundo consiste en el recordatorio de que la globalización ha sido muy beneficiosa también para los países pobres y en desarrollo. Fijémonos que es Estados Unidos y no México quien repudia la globalización. Los cientos o miles de empleos que la industria automovilística americana ha prometido crear a punta de pistola del Sr. Trump serán otros tantos cientos o miles que dejarán de crearse en México o en otros centros de coste más bajo y más competitivo para la exportación. Añádase a este argumento el efecto de las deportaciones en términos de provisión de puestos de trabajo. A los doce millones de mexicanos que residen en Estados Unidos hay que sumar una comunidad de origen mexicano de algo más de 30 millones.

El tercero, que las desigualdades registradas dentro de los países no tienen su causa directamente en la globalización sino en la falta de competencia de los gobiernos de turno para formar mano de obra capacitada (ganadores) en detrimento de la mano de obra no capacitada (perdedores de la globalización).

El cuarto, que a pesar de que la clase media americana ha ganado muy poco con la globalización, su paro es virtualmente inexistente y su nivel de vida es de los más altos del mundo, un 50 por ciento superior al de Europa o Japón. Por otra parte la tecnología americana domina el planeta, su industria financiera es puntera y sus universidades lideran el ranking mundial de notoriedad.

Finalmente, recordar que la retórica de ‘America first’ (primero, América) tiene el tufillo de una declaración de guerra económica. Pero el proteccionismo unilateral no contemplará un escenario de terceros países con los brazos cruzados. El mundo de hoy está íntimamente relacionado y la exposición exterior de la balanza de pagos de Estados Unidos es muy significativa. A la guerra de contingentes puede unirse otra de divisas. Como ha señalado la Canciller Merkel nadie puede ganar la batalla del proteccionismo. Tampoco Estados Unidos.

domingo, 29 de marzo de 2015

Los Objetivos Del Milenio.



No todo el monte es orégano y no se agota la casuística económica en el paripé helénico, el tardío aunque provechoso programa de relajación cuantitativa de Mario Draghi, la sorprendente glaciación de los índices de precios, la odiosa precariedad del empleo en España o la creciente cuota de bonos en los mercados internacionales emitidos a tipos de interés negativos. Hay vida más allá de los afanes de occidente, aunque, hablando con propiedad, lo que sucede más allá de occidente es justamente lo opuesto, que los pueblos sobreviven más que viven en un pulso diario contra la falta de esperanza y la muerte, y de esta cruda realidad surge el permanente carácter noticiable del tema.

La oportunidad puntual del comentario nace de que 2015 marca el final de un ambicioso programa de Naciones Unidas, que lleva el nombre de ‘Objetivos de desarrollo del milenio’ (ODM) y que nació hace quince años. Dado que según las encuestas realizadas por el ‘Eurobarómetro’ más del 80% de los europeos nunca ha oído hablar de los ODM recordaremos que en el año 2000, los jefes de estado y de gobierno congregados en Naciones Unidas adoptaron un acuerdo global cuyo objetivo era terminar con el hambre y la pobreza extrema en el mundo en el período de 15 años. A ese propósito central ‘La Declaración del Milenio’ agregaba una lista adicional de intenciones vitales tales como el logro de la enseñanza primaria universal, la promoción de la igualdad entre géneros, la reducción de la mortalidad infantil, la mejora de la salud materna, la batalla contra el sida, el paludismo y otras enfermedades, la sostenibilidad del medioambiente y el fomento de una asociación mundial para el desarrollo.

La cercanía de varias convocatorias de elecciones en nuestro país también es ocasión propicia para reflexionar sobre la conveniencia de incluir en los programas de los partidos concurrentes a ellos, las medidas que en su mano estén, para combatir -si eso fuese posible- las carencias que aquí se describen, aunque solo sea bajo el obligado voluntarismo de las ayudas financieras estereotipadas en la famosa campaña del 0,7% promovida en 1975 por los Jefes de Estado y de Gobierno presentes en la XXV Asamblea de Naciones Unidas y que en la actualidad solo un puñado de países cumple. Tampoco lo hace, ni de lejos, la suma agregada del sector público vasco, aunque se esfuerce en ser ejemplar. De todas maneras hay maneras y medidas que trascienden la política de ayudas: la fiscalidad responsable y sobre todo la eliminación de los paraísos fiscales figurarían en lugar preferencial. Pero no es tema para hoy.

Como ya se ha dicho, 2015 es el año de cierre del programa. ¿Qué balance podemos cerrar de los ODM y cual es el inventario de sus resultados?

Existe un amplio consenso en aceptar que La Declaración del Milenio y los ODM han constituido una de las más influyentes iniciativas promovidas por la comunidad internacional en el último medio siglo. Pero la respuesta pormenorizada ofrece aspectos positivos junto a graves limitaciones. Naciones Unidas reconoce que a nivel global “el porcentaje de gente que vive en la pobreza extrema se ha reducido a la mitad. La proporción de personas que vive con menos de 1,25 dólares al día cayó del 47% en 1990 al 22% en 2010. Aproximadamente 700 millones de personas menos viven en condiciones de pobreza extrema que en 1990”.

Se suman a ello los avances en otros capítulos: 1.200 millones de seres más beben ahora agua potable, hasta el 89% de la población mundial frente al 76% anterior. En los últimos diez años la tasa de paludismo ha disminuido un 25%, salvando 1,1 millones de vidas. Simultáneamente, se han evitando 3,3 millones de víctimas por malaria y 22 millones más por la tuberculosis. En cuanto a la educación, la tasa de niños sin escolarizar cayó casi a la mitad: de 102 millones a 58.

¿Qué cabe decir del capítulo de fracasos? Tal vez el principal desengaño se derive de la percepción de que los mismos éxitos son insuficientes y en todo caso relativos. Si consideramos las personas que viven con menos de 2 dólares al día (60 dólares al mes) los resultados son escalofriantes, puesto que al día de hoy más de 2.400 millones de personas se encuentran bajo dicho nivel mínimo de supervivencia. Los éxitos relativos se concentran en China y la India por lo que si excluimos los avances obtenidos por estos dos países y dirigimos nuestra mirada al África Subsahariana o al Asia Occidental, los datos que se nos presentan son desoladores. En esas regiones no ha existido avance, sino retroceso.

Además, a otros 1.000 millones de personas les sigue faltando de agua potable, 1.600 millones no tienen acceso a la electricidad, 3.000 millones no cuentan con servicios de saneamiento adecuados y la cuarta parte de los niños y niñas de los países en desarrollo están insuficiente e inadecuadamente alimentados. Ochocientas madres mueren diariamente en el sur por causas prevenibles relacionadas con el embarazo y el parto.

Agregadamente, se encarama a la lista de las penalidades globales la funesta utilización de los recursos naturales, la contaminación atmosférica y el calentamiento global. De ahí que el nuevo consenso pase por el título de ‘Objetivos de desarrollo sostenible’. En Adís Abeba, en julio de este año, se planteará la prórroga reformada del modelo ODM, lo que se conoce como ‘la Agenda Post-2015’, como paso previo a la cumbre de Naciones Unidas en septiembre de 2015, en Nueva York donde se reformulará el tema siempre vigente e inacabado de la ayuda al desarrollo.

A la hora de diseñar sus programas, los partidos deben mirarse en el espejo de esta realidad, sin orillar elespinoso tema migratorio. Pero sobre todo, la presencia y mención de la pobreza extrema en el mundo es una llamada a considerar cuan agraciada es una corta fracción de la población mundial, en la que nosotros estamos ubicados.