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jueves, 27 de diciembre de 2018

2019: un nuevo capítulo de la disputa por el futuro.


Por Javier Tolcachier*

Por estas épocas del año suelen oírse llamados a la concordia y la convivencia fraterna. Haciendo a un lado la hipocresía de quienes conciben la “paz social” como mecanismo para blindar la injusticia, no hay duda que los pueblos en estas fechas se desean honestamente un período de mayor calidez, de cercanía y humanidad. Del mismo modo que expresan con sinceridad de corazón, augurios de un año mejor.

Pasada la tregua, la ilusión de fin de año se desvanece, dejando ver que ninguno de los conflictos ha desaparecido verdaderamente. Lo que encalló a las orillas del nuevo año ahí está, a la espera de la nueva marea de sucesos, de un oleaje que traiga consigo transformación. Oleaje en el que corremos peligro de ser arrastrados, de no ser capaces de reflexionar, ver con mayor claridad y sentar postura frente a los principales conflictos.

Esto vale del mismo modo para quienes pretenden sostener posiciones de presunta “imparcialidad”, cercana en muchos casos a la fuga o al descompromiso, al cinismo, la indiferencia y ¿cómo no? también al temor, la decepción, la amenaza, la segregación, el chantaje o la persecución. Aún fundada, la pasividad, la no elección, tienen como consecuencia convertirse en objeto y no en sujeto de las circunstancias por venir.
Los conflictos 

Los conflictos existentes son polaridades, campos de “magnetismo social”, alrededor de los cuales se agregarán los grandes conjuntos humanos en el y los años venideros. Del potencial que cada polaridad acumule, dependerá la dirección que tomen los acontecimientos.

Las problemáticas están íntimamente entrelazadas, conformando una estructura en la que unas piezas engarzan con otras. Sin embargo pueden ser observadas en detalle sin adjudicarles prelación, linealidad o jerarquías.


Igualdad de oportunidades vs exclusión social

El artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos enuncia que “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.”

70 años después de haber sido consagrada esta Declaración, la realidad es bien distinta. Según el informe “Premiar el trabajo, no la riqueza” (Oxfam Internacional, 2018)(1) el 1% más rico sigue acumulando más riqueza que el resto de la humanidad. Citando distintas fuentes, el mismo informe señala que “cerca del 43% de la población joven activa no tiene trabajo o, si trabaja, sigue viviendo en la pobreza. Más de 500 millones de jóvenes sobreviven con menos de 2 dólares al día.”

En América Latina y el Caribe, en 2017 el 10% más rico de la población concentró el 68% de la riqueza total, mientras que el 50% más pobre contó solamente con un 3.5% para sobrevivir, agrega la citada fuente.

Por otra parte, 821 millones de personas padecen hambre en el mundo -una de cada nueve- y más de 150 millones de niños sufren retraso del crecimiento, indicó la ONU en un informe dado a conocer el pasado Septiembre en Roma. (2) Lejos de retroceder, el hambre ha aumentado en los últimos tres años, volviendo a los niveles de diez años atrás.

Ante esta barbarie, los esfuerzos políticos por paliar la desigualdad y el hambre son arteramente combatidos por quienes generan el problema -la banca y las corporaciones de negocios- en una espiral irracional de violencia económica que arroja a los grandes conjuntos a la asfixia y la desesperación.

La escala del agravio corresponde a un genocidio social que se parapeta detrás de la “inviolabilidad” de la propiedad privada, o sea, de la acumulación ilimitada. Frente a tamaño atropello, la articulación de las mayorías bajo las banderas de la inclusión social y la desmercantilización de la subsistencia digna es históricamente inevitable, pero debe acelerarse.

Autodeterminación, cooperación, integración vs unilateralismo y nacionalismo

La posibilidad de relacionamiento paritario entre naciones, muchas de ellas recién emancipadas del colonialismo luego de la Segunda Guerra Mundial, fue sepultada por la confrontación de bloques primero y por la globalización después, arrollando toda posible autodeterminación. Ante esta nueva dependencia los países del Sur global determinados a hacer valer su autonomía, amplificaron sus relaciones bilaterales y construyeron mecanismos multilaterales diversos. El objetivo de integrar virtudes y debilidades fue hacer fuerza común frente a la usurpación de facto. Al mismo tiempo, actores como China, India y Rusia emergieron o resurgieron en el tablero mundial, socavando la potestad única de EEUU (y de Occidente) en la esfera internacional.

Los nacionalismos surgidos en todo el mundo y gobernantes hoy en muchos países resultan de una reacción al intento de dominación mundial unipolar y la transferencia de poder de los Estados a las corporaciones transnacionales, como resistencia a la centralización fáctica del poder económico contraria a las necesidades populares. Al mismo tiempo, la decadencia del poder occidental pretende defenderse de su ocaso definitivo rompiendo las reglas de juego internacionales en el justo momento en que empieza a perder la partida, intentando imponer una vez más el propio interés como única regla posible.

Frente a la irracionalidad del poder único, la relación solidaria entre pueblos y estados, la cooperación, la autodeterminación de los pueblos y su integración creciente hacia un nuevo paradigma de “nación humana universal”, la lucha por la desconcentración del poder de las corporaciones trasnacionales aparecen como el sendero a transitar.
Guerras o Paz

El interés colonial por monopolizar recursos y mercados, por imponer normas culturales únicas, sigue vigente. Ese interés, junto al gigantesco negocio del armamentismo, continúa siendo el promotor de guerras. Las rivalidades históricas existentes, no son las causantes de las masacres bélicas, sino que son avivadas y propagadas por los poderes para dividir, enfrentar y conquistar.

Frente a ese frenesí destructivo, el estandarte de la paz supone una propuesta y conducta revolucionaria, ya que constituye un escalón de conciencia superior imprescindible para encarar verdaderos desafíos de unidad popular y liberación del sometimiento.
Democracia participativa para derrotar al fascismo

Los esquemas democráticos están severamente dañados. Los pueblos están efectivamente alejados de toda decisión y los funcionarios electos suelen alejarse de sus electores viviendo en espacios autistas, aprovechando además los beneficios de su posición privilegiada. La excepción, aquellos militantes o dirigentes, que en base a un férreo propósito de servicio al pueblo intentan sustraerse a esa pandemia, son atacados por los medios hegemonizados por el capital, juzgados por causas inexistentes y condenados sin pruebas.

El lawfare, la persecución y proscripción política de líderes populares, el macartismo de los gobiernos ultraderechistas, son anticuerpos de la plutocracia del dinero que rechaza así toda “injerencia democrática en sus asuntos internos”, es decir, en sus negocios.

Los personajes de extrema derecha cuentan con el apoyo del capital para reprimir revueltas y garantizar su protección. Pero también concitan la adhesión de una gran parte del pueblo llano, cegada por un rencor manipulado mediáticamente pero también hastiada de una parodia de democracia autorreferente. En la percepción de este amplio sector, la democracia “realmente existente” se ha vuelto estéril, incoherente, mentirosa, envilecida, incapaz de poner fin a la injusticia y dar solución a las urgencias populares.

La futura democracia, tendrá que ser profunda o no podrá reconstituirse. El único modo de regenerar el espíritu democrático, al tiempo de equilibrar el enorme contrapeso antidemocrático del poder económico, será dar amplia participación a los pueblos en las decisiones. La democracia participativa se extenderá, en un aprendizaje de errores y aciertos, para dar finalmente por tierra al “Ancien Régime” de una representación cooptada por el poder real.

Soberanía alimentaria, Buen Vivir y Reforma agraria vs catástrofe climática

Capitalismo es sinónimo de violencia humana y medioambiental. Los recursos comunes del planeta son enajenados por una minoría que saca ventajas de posiciones de fuerza para dominar al resto. La irracionalidad del desperdicio, de la desigual utilización energética entre Norte y Sur, de la permanente extracción y contaminación de suelos, aire, cuencas hídricas, del monocultivo agrario, de la especulación inmobiliaria. La exhalación carbónica de un mundo exaltado, la deforestación, el envenenamiento de los cultivos, el consumo frenético… ¿acaso hay algo sustentable en ello? No existe un “capitalismo sustentable”, ni “tecnología verde” que lo vuelva sustentable, ya que la maximización del beneficio – energía motora del capital – no tolera limitaciones ecológicas. El rédito particular no acepta razones colectivas.

Por tanto, la única salvaguarda real del entorno que posibilita la vida en este planeta pasa por la transformación sistémica hacia un modo de vida que ponga como valor central el reparto de la riqueza como bien finito y común. Un sistema nuevo que consagre el derecho a compartir, desdeñe el consumo desenfrenado como irrelevante para la felicidad y priorice el bienestar colectivo por sobre el egoísmo individual.

Feminismo vs patriarcado

La masiva movilización de mujeres exigiendo el fin de un sistema de dominación patriarcal continuará siendo uno de los temas centrales en la agenda política del nuevo año. El conflicto será uno de los principales ejes de tensión intergeneracional y cobrará una enorme relevancia al poner en discusión hábitos arraigados en las distintas culturas, alcanzando una dimensión global inédita.

Las mujeres serán un factor clave para la re-definición de relaciones de fuerza frente a la reacción conservadora producida por la vorágine de cambios, las incertezas existenciales y la falta de oportunidades de subsistencia y desarrollo humano que presenta el sistema actual.
Ciudadanía Universal vs criminalización y discriminación de migrantes

No habrá muro, valla o ejército que logre contener la migración desesperada, si no se acaba con las guerras, el hambre, la violencia producida por la miseria, la desigualdad local y entre regiones del mundo.

No habrá migración justa y libre, si las empresas insisten en atraer mano de obra precarizada, en situación de ilegalidad, para evadir responsabilidades derivadas del derecho laboral vigente. No desaparecerá la discriminación, mientras se culpe a los inmigrantes por la falta de trabajo, en vez de señalar el vaciamiento productivo del capitalismo usurero y especulativo.

La ciudadanía Universal, la libertad de elegir el lugar de pertenencia y la igualdad de derechos para todo ser humano más allá de su proveniencia, sólo se hará realidad en el marco de un nuevo sistema, como ya se esbozó en apartados anteriores.

Sentido de comunidad y renovado proyecto transformador vs avance retrógrado

Muchos seres humanos se sienten arrastrados por veloces acontecimientos que no dominan, dejando atrás realidades conocidas en el mundo familiar, laboral, profesional y de relación. Vivimos en un mundo acelerado que borra de la faz de la tierra aquel paisaje que creíamos que iba a durar para siempre. En pocos años, poco queda de lo anterior, salvo en la memoria… y los libros de historia.

Ese es uno de los vértices que llevan a añorar un mundo perdido, a idealizar con nostalgia el pasado, a criticar las “nuevas costumbres”, a reclamar la devolución de una realidad irrecuperable. Es uno de los principales factores que motivan la visión retrógrada.

Alimentan esa visión el cúmulo de dificultades sociales presentes ya esbozadas, que presionan por salidas rápidas. La angustia personal y social es multiplicada por la soledad, la fugacidad de lazos de relación y la ruptura de pertenencias que den cobijo en medio del vendaval de inseguridades y violencias. A todo ello se suma la banalidad de un mundo que agota sus opciones en un hedonismo consumista, en un recorrido fatigoso que conduce fatalmente hacia la muerte.

Todo esto explica porqué las opciones eclesiásticas conservadoras avanzan, ofreciendo una oferta atrayente ante el desamparo y exclusión de una civilización acelerada, vacía y violenta.

A esta correntada contrahistórica se debe contraponer un proyecto fuerte y no transigible de transformación social, que además de contemplar las necesidades físicas y biológicas, contenga también las emocionales y las existenciales. Una práctica social que sostenga a cada persona en un tejido de comunidad.

Un proyecto que pondere a los seres humanos sobre toda otra consideración y que en sí mismo, dote de un nuevo sentido a la vida humana. Un sentido de evolución, de crecimiento colectivo, que permita el nacimiento de una especie humana renovada, que dé alas al viejo mito de la Mujer y el Hombre nuevos.

A lo enunciado deberíamos dedicar nuestros esfuerzos, aunar en ello nuestras luchas, hacia ese horizonte hacer converger la bienvenida diversidad.

Que tengan buenos festejos y renueven energías para el año que comienza, un nuevo capítulo en la disputa por el futuro.

Notas.

(1) Informe “Premiar el trabajo, no la riqueza”, Oxfam International (Enero 2018). http://bit.ly/2BeZCV1

(2) El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018, Naciones Unidas

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*Javier Tolcachier es un investigador perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas, organismo del Movimiento Humanista.
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Fuente: Servindi

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El miedo: enemigo de la alegría de vivir.


Leonardo Boff

Hoy en el mundo, y en Brasil, las personas están angustiadas por el miedo a asaltos, a veces con muertes, balas perdidas y atentados terroristas. Los realizados recientemente en Barcelona y Londres, provocaron un miedo generalizado, por más que haya habido demostraciones de solidaridad y manifestaciones pidiendo paz.
Yendo más al fondo de la cuestión, hay que reconocer que esta situación generalizada de miedo es la consecuencia última de un tipo de sociedad que ha puesto la acumulación de bienes materiales por encima de las personas y ha establecido como valor principal la competición y no la cooperación. Además ha elegido el uso de la violencia como forma de resolver los problemas personales y sociales.
La competición debe distinguirse de la emulación. La emulación es buena, pues trae a la superficie lo que tenemos de mejor dentro de nosotros y lo mostramos con sencillez. La competición es problemática, pues significa la victoria del más fuerte de los contendientes, derrotando a todos los demás, lo cual genera tensiones, conflictos y guerras.



En una sociedad donde esta lógica se hace hegemónica, no hay paz, sólo armisticio. Siempre existe el miedo a perder, perder mercados, ventajas competitivas, ganancias, el puesto de trabajo y la propia vida.
La voluntad de acumulación también produce ansiedad y miedo. Su lógica dominante es ésta: quien no tiene, quiere tener; quien tiene, quiere tener más; y quien tiene más dice: nunca es suficiente. La voluntad de acumulación alimenta la estructura del deseo que, como sabemos, es insaciable. Por eso, necesita garantizar el nivel de acumulación y de consumo. De ahí resulta la ansiedad y el miedo a no tener, a perder capacidad de consumir, a descender en status social y, por fin, a empobrecerse.

El uso de la violencia como forma de solucionar los problemas entre países, como se mostró en la guerra de Estados Unidos contra Irak, se basa en la ilusión de que derrotando al otro o humillándolo conseguiremos fundar una convivencia pacífica. Un mal de raíz, como la violencia, no puede ser fuente de un bien duradero. Un fin pacífico demanda igualmente medios pacíficos. El ser humano puede perder, pero jamás tolera ser herido en su dignidad. Se abren heridas que difícilmente se cierran y sobra rencor y espíritu de venganza, humus alimentador del terrorismo, que victima tantas vidas inocentes como lo hemos visto en muchos países.

Nuestra sociedad de cuño occidental, blanca, machista y autoritaria ha elegido el camino de la violencia represiva y agresiva. Por eso anda siempre metida en guerras, cada vez más devastadoras, como en la actual Siria, con guerrillas cada vez más sofisticadas, y con atentados cada vez más frecuentes. Detrás de tales hechos existe un océano de odio, amargura y deseo de venganza. El miedo flota como un manto de tinieblas sobre las colectividades y sobre las personas individuales.
Lo que invalida el miedo y sus secuelas es el cuidado de unos a otros. El cuidado constituye un valor fundamental para entender la vida y las relaciones entre todos los seres. Sin cuidado la vida no nace ni se reproduce. El cuidado es el orientador previo de los comportamientos para que sus efectos sean buenos y fortalezcan la convivencia.

Cuidar a una persona es involucrarse con ella, interesarse por su bienestar, sentirse corresponsable de su destino. Por eso, todo lo que amamos también lo cuidamos y todo lo que cuidamos también lo amamos.
Una sociedad que se rige por el cuidado, cuidado de la Casa Común, la Tierra, cuidado de los ecosistemas que garantizan las condiciones de la biosfera y de nuestra vida, cuidado de la seguridad alimentaria de cada persona, cuidado de las relaciones sociales para que sean participativas, equitativas, justas y pacíficas, cuidado del ambiente espiritual de la cultura que permite a las personas vivir un sentido positivo de la vida, acoger sus limitaciones, el envejecimiento y la propia muerte como parte de la vida mortal, esta sociedad de cuidado gozará de paz y concordia necesarias para la convivencia humana.

En momentos de gran miedo, ganan especial sentido las palabras del salmo 23, aquel de “el Señor es mi pastor y nada me falta”. El buen pastor asegura: “aunque pases por el valle de sombra de la muerte, no temas porque yo estoy contigo”.
Quien logra vivir esta fe se siente acompañado y en la palma de la mano de Dios. La vida humana gana ligereza y conserva, incluso en medio de riesgos y amenazas, una serena jovialidad y alegría de vivir. Poco importa lo que nos suceda, sucede en su amor. Él sabe el camino y lo sabe bien.

* Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito El Señor es mi pastor: consuelo divino para el desamparo humano, Sal Terrae 2005.
Traducción de Mª José Gavito Milano

sábado, 10 de enero de 2015

Cambio climático multiplica amenazas de conflictos y disturbios.


La compañía de análisis de riesgos Maplecorft confirmó que el cambio climático es un multiplicador de amenazas e incrementa el riesgo de conflictos y disturbios civiles en 32 países, incluyendo a las economías emergentes de Bangladesh, Etiopía, India, Nigeria y Filipinas.

Así lo advirtió en la séptima edición anual de Cambio Climático y Atlas de Riesgo Ambiental (CCERA, por su sigla en inglés) lanzado por Maplecroft, donde actualiza un índice de vulnerabilidad de los países ante el cambio climático.

El índice evalúa la posición geográfica y la capacidad de los gobiernos para adaptarse al cambio climático en los próximos 30 años.

Emplea datos de riesgo comparables entre 198 países y a través de 26 temas, que incluyen las emisiones, las regulaciones medioambientales o la gestión de desastres naturales.

En tal sentido Maplecorft reafirma las conclusiones de informes recientes dados a conocer por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos que identificó el cambio climático como un “multiplicador de amenazas” que aumenta el riesgo de conflictos y disturbios.

Los resultados sitúan a Bangladesh en la cima del pódium del riesgo extremo, seguido de Sierra Leona, Sudán del Sur, Nigeria, Chad, Haití, Etiopía, Filipinas, República Centroafricana y Eritrea.

Por su parte, también economías en desarrollo como Camboya (12), Myanmar (19), Pakistán (24) y Mozambique (27) se sitúan en la categoría de “riesgo extremo”.

Una de las características unificadoras de las economías identificadas por el CCERA es que dependen en gran medida de la agricultura, con un 65 por ciento de su población laboral empleada en el sector, y el 28 por ciento de su producción económica global basada en ingresos agrícolas.




El calentamiento global aumentará la pobreza y la migración y la reducción de los niveles de la educación, y, como consecuencia, la privación de derechos de ciertas comunidades e impulsaría el apoyo a grupos radicales.

De esta manera, los países que ocupan los primeros puestos presentan un alto potencial para la desestabilización tanto de la seguridad regional, como de sus economías nacionales.
Fusión de riesgos afecta crecimiento económico y capacidades militares

Según Maplecroft, la fusión y el empeoramiento de los riesgos en un país tiene el potencial de desestabilizar la seguridad regional, lastimar las economías nacionales e impactar las operaciones y cadenas de suministro de las empresas.

Nigeria, cuarto clasificado de mayor riesgo, se cita como un ejemplo típico de un país donde esto ha ocurrido. La extensa sequía y la inseguridad alimentaria ayudaron a crear las condiciones socioeconómicas que dieron lugar a la aparición de Boko Haram y la violenta insurgencia en el noreste del país.

La inseguridad alimentaria y la volatilidad del precio de los alimentos también se han identificado como factores desencadenantes de la Primavera Árabe – particularmente en Egipto y el actual conflicto sirio.

Con una de cada cuatro personas aún desnutridas en el África subsahariana, los impactos del cambio climático hacen que sea aún más difícil para los gobiernos de la región mejorar la seguridad alimentaria y ayudar a reducir las tensiones.

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Otras noticias:

Fuente; Servindi

martes, 2 de septiembre de 2014

No es el clima, es la desigualdad la mecha de los conflictos.


En las zonas conflictivas, la violencia suele atribuirse al cambio climático. Crédito: UN Photo/Albert González Farran

Por Joel Jaeger

IPS, 2 de setiembre, 2014.- Las discusiones de los últimos años sobre los conflictos derivados de problemas climáticos han variado desde informes sensacionalistas que aseguran que el mundo sucumbirá a las guerras por el agua hasta los que creen que el tema no tiene ningún interés.

El título de cada artículo que trata sobre la relación entre cambio climático y conflicto debería ser: “Es complicado”, según Clionadh Raleigh, directora del Proyecto de Base de Datos sobre la Localización y los Eventos de los Conflictos Armados (Acled, en inglés).
“La relación entre clima y conflicto está mediada por los niveles de desarrollo económico”: Cullen Hendrix


Científicos y expertos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se interesan cada vez más en este asunto, una tendencia que se consolidó en los últimos años, según David Jensen, director delPrograma de Cooperación Ambiental para la Construcción de la Paz, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente(PNUMA).

“El debate sobre este asunto comenzó entre 2006 y 2007, pero todavía hay una gran brecha entre lo que se discute a escala global y en el Consejo de Seguridad y lo que realmente ocurre en el terreno”, explicó a IPS.

“Numerosos estudios encontraron un vínculo estadístico entre cambio climático y conflicto, pero suelen concentrarse en un área específica y cubrir un breve lapso”, detalló Halvard Buhaug, director del departamento de Condiciones de Violencia y Paz, del Instituto de Investigaciones de Paz de Oslo (PRIO, en inglés), al ser consultado por IPS.
A continuación, un resumen del debate en la comunidad científica: 



Un estudio de Burke etal. (2009) concluyó que el aumento de la temperatura acarrearía un mayor número de muertes en África. Pronosticó que de mantenerse la actual tendencia, morirían unas 393.000 personas en enfrentamientos en África para 2030.

Según Buhaug (2010), la prevalencia y la severidad de las guerras civiles en África disminuyó desde 2002 a pesar del mayor recalentamiento, desafiando la hipótesis de Burke. En su estudio no encontró ninguna evidencia sobre una correlación entre aumento de temperatura y conflictos.

Hendrix y Salehyan (2012) encontraron que las variaciones en las precipitaciones, ya sea que estuvieran por encima o por debajo de lo habitual, se asociaban con todo tipo de conflictos políticos en África.

Benjaminsen et al. (2012) no encontró evidencia como para decir que la variabilidad en las lluvias es un factor sustancial del conflicto de Malí.

En 2013, Hsiang, Burke y Miguel publicaron un metanálisis de 60 estudios sobre el tema en la revista Science. Encontraron que la mayoría de ellos, de distintas regiones, apoyaban la conclusión de que el cambio climático genera y generará mayores niveles de conflictos armados.

En una respuesta en Nature Climage Change,Raleigh, Linke y O’Loughlin (2014) criticaron ese análisis por utilizar estadísticas inadecuadas que ignoran factores políticos e históricos de los conflictos e hicieron hincapié en el cambio climático como un factor causal.“El desafío es definir si esos estudios son indicativos de una tendencia global, más general, y que todavía no se ha documentado”, apuntó.


Buhaug explicó a IPS “que parte del debate público sobre cambio climático y violencia es correcto, pero hay una tendencia lamentable, ya sea desde los investigadores o los medios, a exagerar la contundencia de la investigación científica y a expresar mal la incertidumbre científica”.

“En algunos medios, palabras como ‘puede ocurrir’ se transforman en certezas y el futuro se vuelve lúgubre”, ejemplificó.

Cullen Hendrix, profesor adjunto de la Facultad de Estudios Internacionales Josef Korbel, dijo a IPS que la relación entre clima y conflicto está mediada por los niveles de desarrollo económico.

Es más probable que un conflicto por cuestiones climáticas surja en regiones rurales no industrializadas, “donde una gran parte de la población todavía depende del ambiente natural”, precisó.

En la mayoría de los países de África subsahariana, más de dos tercios de la población trabaja en la agricultura. Un cambio en las condiciones climáticas tendrá consecuencias negativas en la estabilidad. Pero los investigadores enfatizan que es importante no sacar conclusiones precipitadas y asumir que el cambio climático derivará necesariamente en un conflicto.

“Casi todos reconoceremos que hay otros factores como la exclusión política de las minorías perseguidas, desigualdades económicas o la debilidad de las instituciones del gobierno central que son más importantes” que el clima, apuntó Hendrix. “Que no es lo mismo que decir que el cambio climático no incide”, subrayó.

“Cuando tratas de reconstruir comunidades y calidad de vida, no puedes concentrarte en un solo factor de estrés como el cambio climático, debes observar la multiplicidad de factores y construir resiliencia para todo tipo de traumatismos, incluso el cambio climático, pero no exclusivamente”, coincidió Jensen, al comentar las lecciones aprendidas en su trabajo en el PNUMA.

Hendrix espera que la próxima generación de trabajos científicos analice cómo la sequía, las inundaciones, la desertificación y otros fenómenos climáticos impactan en los conflictos “a través de canales indirectos como la pérdida de crecimiento económico o causando migraciones a gran escala de un país a otro”.

Clionadh Raleigh, también profesora de geografía humana en la Universidad de Sussex, cree que las políticas de distribución de tierras suelen ser la fuente real de conflicto, pero su impacto se diluye por un debate sobre cambio climático.

“Si le preguntas a alguien en África ‘¿cuáles son los conflictos aquí?’, es posible que responda algo como el acceso a la tierra y al agua”, ejemplificó. “Pero esto depende casi totalmente de políticas nacionales y locales, por lo que casi no tienen nada que ver con el clima”, remarcó.

Algunos gobernantes han tratado de atribuir al cambio climático las consecuencias de sus propias políticas desastrosas, precisó Raleigh. Robert Mugabe culpó al cambio climático por las hambrunas de Zimbabwe, en vez de a su propia corrupción y políticas de reubicación.

Omar al-Bashir achacó el conflicto en la provincia de Darfur a la sequía, en vez de a la terrible violencia del gobierno hacia una gran porción de la población.

Raleigh atribuye esas explicaciones al llamado determinismo ambiental, una escuela de pensamiento que sostiene que los factores climáticos definen el comportamiento humano y la cultura. Por ejemplo, asume que una sociedad se comportará de una u otra manera según se ubique en un ambiente tropical o templado.

Esa teoría se consolidó a fines del siglo XIX, pero perdió popularidad a raíz de críticas de que fomentaba el racismo y el imperialismo.

A Buhaug le preocupa “la tendencia en las investigaciones, pero en especial en la difusión de estas, a ignorar la importancia de condiciones políticas y socioeconómicas y el motivo y la agencia de los actores”.

Raleigh directamente desearía que desapareciera todo el debate.

“La gente suele interpretar mal lo que ocurre a escala local y nacional en los países africanos y en desarrollo”, explicó. “Simplemente suponen que la violencia es una de las primeras reacciones al cambio social, cuando lo más probable es que sea la cooperación”, subrayó.

La cooperación ambiental ocurre dentro, y entre, los países, según Jensen.

En el ámbito local, “en Darfur, vemos diferentes grupos que se unen para gestionar los recursos hídricos”. A escala global, “se habla mucho de las guerras por el agua entre países, pero suele ser lo contrario, pues hay mucha cooperación entre los estados por los recursos de agua compartidos”, remarcó.

En esa línea, la ONU lanzó en noviembre de 2013 un nuevo sitio en Internet dedicado a las soluciones más que a los problemas y destinado a expertos y trabajadores de campo con la intención de compartir las mejores prácticas para atender conflictos ambientales y el uso de recursos naturales para ayudar a la construcción de la paz, indicó.
Editado por Kitty Stapp / Traducido por Verónica Firme
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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

Fuente: Servindi