viernes, 14 de noviembre de 2014

La búsqueda de una religión más moral y social dispara el evangelismo.


Una encuesta de Pew revela que uno de cada cinco latinoamericanos ya es protestante



La búsqueda de una religión más moral y personal que ayude a hacer frente a problemas sociales está debilitando al catolicismo en América Latina, su mayor feudo, donde viven el 40% de sus fieles. Entre 1970 y 2014, las personas católicas han pasado de suponer el 92% de la población al 69%, según una encuesta difundida este jueves por Pew Research, un centro demoscópico con sede en Washington. En ese mismo período, la proporción de protestantes se ha incrementado del 4% al 19% por el auge de las iglesias evangélicas. También ha crecido la de personas sin afiliación religiosa, del 0% al 8%.

Las variaciones en las últimas cuatro décadas han sido mucho más abruptas que en las seis anteriores. En 1910, el peso del catolicismo en América Latina era del 94%, solo dos puntos más que en 1970, según los datos citados por Pew. El del protestantismo era del 1%, tres puntos menos que sesenta años después. Los cálculos históricos mencionados en el informe provienen del World Religion Database, una base de datos que elaboran varios institutos independientes, y de los censos de Brasil y México.

El sondeo se basa en 30.000 entrevistas presenciales a adultos entre octubre de 2013 y febrero de 2014 en todos los países de habla hispana y portuguesa de América Latina, con la excepción de Cuba y la inclusión de Puerto Rico. El informe emplea en un sentido amplio el término protestante, que en América Latina equivale a evangelismo, según los autores.




Los resultados de la encuesta trazan diferencias significativas entre países y permiten vislumbrar tendencias de fondo. “Un cambio de esta magnitud puede tener un impacto político y social”, subrayó Neha Sagal, analista de Pew, en el acto de presentación.

Las naciones de Centroamérica concentran la mayor proporción de protestantes, mientras las del Cono Sur la de católicos más progresistas. Los católicos tienden a ser menos conservadores que los protestantes en asuntos como el aborto, el matrimonio homosexual o el consumo de alcohol. Mientras, los protestantes tienden a ser más practicantes que los católicos: un 83% y un 62%, respectivamente, acude a la iglesia una vez al mes.

En América Latina viven más de 425 millones de católicos. Y cuenta desde marzo de 2013 con su primer papa, el argentino Jorge Mario Bergoglio. Pero el informe señala que aún es pronto para determinar si el efecto del nuevo pontífice logrará frenar el retroceso del catolicismo dado que no hay datos previos recientes. En la encuesta, el apoyo al papa es masivo entre los católicos: del 78% en Bolivia al 98% en Argentina. Pero entre los excatólicos solo en Argentina y Uruguay son mayoría los que tienen una visión favorable.


Entre 1970 y 2014, las personas católicas han pasado de suponer el 92% de la población al 69%. Las protestantes, del 4% al 19%

Uno de los grandes problemas del catolicismo es que pierde a los que eran sus fieles. En el sondeo, el 84% dice haber sido criado en el catolicismo, 15 puntos más que los que ahora se identifican con esa religión. Esto junto a la diferencia respecto a 1970 sugiere que los jóvenes son los que más se están alejando. En cambio, el 9% de los latinoamericanos fueron criados en iglesias protestantes, pero un 19% se describe como tal. Y entre los no creyentes la transición va del 4% al 8%. Un dato clave es que el 58% de los convertidos al protestantismo dice que la nueva iglesia se acercó a ellos.

Por países, Paraguay es el más católico (el 89% de la población) y Uruguay el menos (42%). El catolicismo es predominante en naciones como México (81%), Colombia (79%), Ecuador (79%), Bolivia (77%) y Perú (76%). Es mayoritario en Chile (64%), Costa Rica (62%) y Brasil (61%), el país con más católicos del mundo (unos 120 millones). Y llega a la mitad o menos de la mitad de la población en El Salvador (50%), Guatemala (50%), Nicaragua (50%) y Honduras (46%).


Es en estos países centroamericanos con un menor apoyo al catolicismo, donde el protestantismo tiene más adeptos. Lideran el ránking Honduras y Guatemala: un 41% de la población se declara protestante. Les siguen Nicaragua (40%), El Salvador (36%) y, ya fuera de Centroamérica, Puerto Rico (33%).

“Podría deberse a su proximidad con Estados Unidos”, dijo Sagal, que explicó que muchas de las iglesias protestantes de esos países tienen vínculos con estadounidenses. “También a un factor de violencia que lleva a la búsqueda de una protección divina”, agregó Andrew Chesnut, profesor de Estudios Católicos en la Universidad de Virgina y colaborador del informe.


El principal motivo para pasar del catolicismo al protestantismo es la búsqueda de una conexión más personal con Dios

En Puerto Rico la proporción de protestantes es del 33%. Y entre los latinos en EE UU del 22%, según una encuesta de 2013. Mientras, un 55% de los hispanos es católico y un 18% ateo o agnóstico. Además, un 24% de los latinos fueron criados bajo el catolicismo pero han dejado esa religión, mientras solo un 2% fue criado en otra creencia y se ha pasado al catolicismo.

Un caso aparte es Uruguay. Es el país con la menor proporción de católicos en América Latina, pero no se debe a que el protestantismo esté muy extendido (15%) sino al elevado peso de los no creyentes (37%). Tras Uruguay, República Dominicana (18%) y Chile (16%) son las naciones latinoamericanas con mayor proporción de personas sin afiliación religiosa. 

Según Chesnut, el reto del catolicismo es lograr que Uruguay siga siendo una excepción. El profesor considera que Brasil es el “epicentro del futuro” de la iglesia católica en América Latina dado que es el país con más fieles y su proporción ha caído en 30 puntos desde 1970. Las tendencias en Brasil, detalla, pueden ser un anticipo: la mayoría de los convertidos al pentacolismo lo hicieron buscando soluciones a problemas sociales, como alcoholismo, y hay una “renovación carismática” de las iglesias católicas para competir con las evangelistas.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Los límites del crecimiento, ¿Llegamos ya?


Carmelo Ruiz Marrero

En 1972 un equipo del Instituto de Tecnología de Massachusetts dirigido por Dennis y Donella Meadows publicó lo que podría ser el informe ambiental más leído y discutido de todos los tiempos: Los Límites del Crecimiento, también conocido como el Informe del Club de Roma. Utilizando las tecnologías de informática más avanzadas de ese tiempo, el informe concluyó que si las tendencias actuales en crecimiento industrial y consumo de recursos naturales continuaban sin cambio alguno, la humanidad se encontraría con un catastrófico colapso económico y ecológico global en el siglo 21.

Mucha polémica causó el documento, mucho se escribió a favor y en contra. En medios como el New York Times y Newsweek economistas tronaron contra Los Límites del Crecimiento, mientras que los ecologistas lo celebraron.

A más de 40 años de su publicación, un equipo de la Universidad de Melbourne en Australia dirigido por el profesor Graham Turner analizó los datos presentados en el informe Meadows y los comparó con datos actuales de la UNESCO, la Organización de Agricultura y Alimentos de Naciones Unidas (FAO), la agencia científica norteamericana NOAA, estadísticas energéticas de la transnacional petrolera BP, y otras fuentes. Tras estudiar la correlación entre los datos utilizados en Los Límites del Crecimiento y los datos actuales, el equipo australiano encontró que Meadows y Co. tenían razón y que su pronóstico sobre el destino de la humanidad si no se cambiaba de curso (business as usual) tiene plena vigencia.

Según este escenario, la economía global y los ecosistemas planetarios colapsarían, haciendo imposible sostener la actual población mundial, la cual se reduciría drásticamente a una fracción de lo que es hoy día en cuestión de unas pocas décadas, presumiblemente por hambre, enfermedad y violencia.

El documento de 1972 pronosticó que el colapso final de la civilización humana comenzaría en los años 2015-2030. La propuesta del decrecimiento económico es más urgente que nunca. La economía ecológica postula que no puede haber crecimiento infinito en un sistema finito, en otras palabras no podemos tener una economía global creciente en un planeta que no está creciendo- es simplemente una imposibilidad desde el punto de vista de la termodinámica.

Los progresistas no podemos enfrascarnos en un debate estéril sobre qué es más importante, si la redistribución justa de la riqueza o parar el crecimiento económico. La justicia económica y la defensa de la ecología deben ir de la mano. De otro modo vamos derecho al escenario tétrico del que nos advirtió Los Límites del Crecimiento.

Ruiz Marrero es un autor, periodista investigativo y educador ambiental puertorriqueño. Es fundador y moderador del blog progresista ecologista Haciendo Punto En Otro Blog y del Monitor de Energía y Ambiente de América Latina. Su identidad en Twitter es @carmeloruiz.

Publicado en el periódico Compartir es Vivir, octubre 2014.

Fuente: ALAI

Las mil caras de Cristo.


POR GABRIEL JARABA*

Me pregunto a menudo que quienes un día nos enamoramos de Jesucristo, ¿de qué Cristo estamos realmente enamorados?

¿Del sabio maestro judío que enseña con autoridad fuera de las estructuras religiosas de poder y atiende compasivamente a la realidad de cada persona que se le acerca? El “maestro bueno” que afirma que bueno sólo es Dios, y a quien los que no le consideran Dios mismo respetan e incluso veneran como maestro de moral y de modelo de vida.

¿El Cristo mítico creado por el propio cristianismo, superdiós o el dueño del mundo que más que sentarse a la derecha del Padre parece ser el objeto de su abdicación? El Cristo Rey a partir del cual se construyó la cristiandad y que ha terminado siendo blasón y excusa del autoritarismo políticorreligioso.

¿El Cristo bondadoso y tierno, incluso melífluo, cordero de Dios que viene a traer luz al mundo en lugar de fuego y espada, que cierra sus ojos bondadosos en una cruz erigida por los malos de siempre? El Jesucristo Superstar de la ópera musical hippie, pero también el Jesús que ha consolado a las mujeres marginadas y recluídas a un reducido espacio doméstico.

¿El azote de cambistas y mercaderes del templo, justiciero a zurriagazos de simoníacos y opresores del pueblo inocente? El Cristo de la teología de la liberación, la opción por los pobres y el activismo social de raíz espiritual.

¿El Cristo terapeuta, sanador de almas y cuerpos, el hombre que lleva su compasión hasta el extremo de alcanzar lo sobrehumano y revertir el proceso de la muerte de su amigo Lázaro? El Jesús sanador, esperanza de vida abundante, que instala la promesa de que el ser humano pueda vencer a la muerte.

¿El Cristo que ostenta autoridad para enseñar, fiel a la tradición, externo a la estructura creada por la tradición, independiente de criterio (“mas yo os digo”)? El Jesús sorprendentemente librepensador para su tiempo, respetuoso de la dignidad y la libertad individual, cual un anunciador del humanismo moderno.

¿El Cristo transfigurado que sorprende y admira a los discípulos al verle refulgir en su cuerpo de luz y deja perplejo al lector del Evangelio al no comprender esa dimensión de lo humano y lo divino? El Jesús realizado plenamente, cuya manifestación luminosa no hubiera sorprendido en las regiones del Himalaya donde los mahasiddhas mostraban que la realización plena del amor y la compasión transforman al ser humano hasta su última célula.

¿El Cristo recién nacido, inocente, indefenso, al que los Magos adoran, los ángeles cantan y los pastores celebran, niño pobre y refugiado como tantos otros hoy mismo en el mundo? El Jesús niño utilizado como discurso sentimental y sentimentaloide para apelar a la emocionalidad de un género femenino a retener por la iglesia cuando ésta ha perdido ya a la clase obrera y al burgués escéptico al mismo tiempo.

¿El Cristo crucificado, torturado y sufriente, que mueve a piedad a unos y a escándalo a otros, mostrado en las obras del arte religioso como el acto comunicativo de masas más contundente y efectivo de la historia de la cultura y por ende un acto político de agitprop aún insuperado? El Jesús ejecutado con premeditación por la violencia estructural de la alianza del poder religioso y el poder político y sus contradicciones, para unos ofrenda de sangre inocente necesaria, para otros acto liberador por su rotunda gratuidad, para todos todavía interrogante, escándalo o misterio.

¿El Cristo resucitado al tercer día, que no deja un cuerpo inerte en su tumba y al reencontrarse con sus amigos comparte pan y pescado asado con ellos mostrando así que no es un fantasma sino el hijo del hombre que ha vencido a la muerte como prometió? El objeto de nuestra fe sin el cual ésta sería vana.

Los Evangelios nos muestran diversas facetas de un solo Cristo, y ello me recuerda el título del libro del antropólogo Joseph Campbell, “El héroe de las mil caras”, que inspiró a George Lucas la saga de “La guerra de las galaxias”. El héroe mítico aparece y reaparece aquí y allá en los diversos relatos mostrando facetas muy diversas que pueden corresponderse con los arquetipos psicológicos que Carl Gustav Jung estudió: elementos de la psicología profunda que pugnan por resurgir a la conciencia en tanto que pulsiones de una personalidad no realizada. Por eso me inquieta la consideración fragmentada del Hijo del Hombre: porque nuestra adhesión a una u otra faceta dice más de nosotros que de Él mismo. Reflejos y proyecciones de nuestra personalidad fragmentada en espera de una verdadera realización personal y transpersonal.

Yo miro a Jesús y no me adhiero a ninguna de esas fascinantes imágenes que llenan de vértigo la imaginación e impulsan el hambre de eternidad a una huída hacia adelante. Me parece más prudente acercarse al Maestro intentando tocar levemente su túnica sin atreverse a agarrarle compulsivamente. Y me doy cuenta de que la espiritualidad de Jesús no se halla en ninguno de esos momentos cumbre que el relato evangélico nos muestra como enmarcados cual dioramas apoteósicos.

La espiritualidad de Jesús es la espiritualidad de la calle. Aunque asistía a la sinagoga, Jesús cumplía su ministerio en las calles, allí donde se encontraban los maltratados por la vida, las víctimas de la injusticia, del rechazo, de la opresión; allí donde se cruzaban los desheredados de una sociedad atenazada por las ansias de liberación nacional, la opresión colonial, las estructuras políticorreligiosas obsoletas; allí donde los tullidos y enfermos mostraban sus chacras, donde caminaban los indefensos y todos aquellos que habían sido arrojados a los márgenes de la vida. El arrabal de la ciudad global de su tiempo, los suburbios de la urbe que se quiso centro del universo. Allí “donde la ciudad cambia de nombre”, como tituló nuestro inolvidable Francisco Candel.

La espiritualidad de Jesús me llama a caminar junto a él y a ver lo que él veía. A través de sus ojos, con sus ojos: los ojos del amor y la compasión infinitos, en la confianza de que Dios nos ama.

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* Gabriel Jaraba (Barcelona, 1950) es periodista, escritor y profesor. Ha trabajado durante 45 años en prensa, radio y televisión en Cataluña y ahora es profesor de periodismo y comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona, de cuyo Gabinete de Comunicación y Educación forma parte.

(Publicado en “La Luz Digital“)

martes, 11 de noviembre de 2014

La vida de la Iglesia es tensionada por los cambios.


por Marco Antonio Velásquez Uribe

La Iglesia, desde que irrumpe en la historia de la humanidad con la Buena Nueva, no cesa de avanzar y de transformarse. Largos períodos de quietud aparente son remecidos por verdaderos sobresaltos históricos. Es la acción del Espíritu Santo que moviliza a la Iglesia en la dirección del cambio. Al contrario, nada es más ajeno al impulso renovador del Espíritu de Dios que la inmovilidad y la inacción.

Entonces, la vida de la Iglesia aparece tensionada entre la tentación delstatu quo y la virtud de la renovación. Visto así, el cambio es la respuesta movilizadora del Espíritu de Dios que lleva a la Iglesia a hacer presente el Evangelio de siempre, en las más variadas y cambiantes circunstancias de la historia.

Sin embargo, la evidencia deja al descubierto el enorme peso de la inercia en la vida de la Iglesia, que se expresa como una poderosa fuerza que resiste su renovación. Considerando que el cambio conlleva riesgos, lo que opera en el inconsciente eclesial es el miedo a los riesgos y a la inseguridad que produce el cambio. Así, el miedo se convierte en una fuerza paralizante de la vida de la Iglesia.

Mientras el miedo al cambio pone en evidencia las propias limitaciones, la fe –como potencia creadora– abre a nuevos horizontes, posibilitando la vida en el Espíritu. De esta manera, el miedo al cambio aparece como una suerte de contradicción elemental, en cuanto invade el propio terreno de la esencia religiosa de la Iglesia, el ámbito de la fe. En los hechos, la Iglesia, como depositaria de la fe (fidei depositum), aparece más confiada en los efectos de la actuación humana que en los caminos insospechados que abre el Espíritu de Dios.

En medio de esta tensión entre el miedo al cambio y la aventura de la fe, el apego irrestricto a la doctrina se convierte en algo así como un muro de contención que impide los procesos de apertura y de renovación. Así, la doctrina, que remite a la fuente original de la Palabra revelada, adquiere la preponderancia de una verdad, a la que se concede validez inmutable. Sin embargo, se omite que la doctrina es también creación del pensamiento humano, que se construye a partir de un complejo sistema de creencias. Se omite también que tales sistemas son dinámicos, de modo que las creencias de la época medieval difieren de las creencias de la postmodernidad actual.

En la práctica, pasa inadvertido el hecho que el Evangelio es precisamente la novedad permanente de la buena noticia de la salvación, donde –con el mismo Evangelio de siempre– Dios quiere entrar en la historia de la humanidad con respuestas siempre nuevas, no para someter, sino para acompañar a sus hijos e hijas solidariamente en este anticipo del Reino que es la Iglesia. Visto así, es como si la cerrazón a los cambios fuera la dificultad que se le impone a Dios para hacer historia con su Pueblo.

En la historia de la Iglesia hay constancia de momentos significativos donde el Espíritu de Dios irrumpe con fuerza incontenible, son loskairós. Uno de esos tiempos de gracia intensos ha sido el Concilio Vaticano II, que estuvo precedido, atravesado y sucedido de fuertes tensiones.

La contundencia de ese proceso, donde la Iglesia se desinstaló paraaggiornarse con los nuevos tiempos, dio paso a un hostil período de acusaciones, investigaciones, reprensiones, sanciones, intervenciones, excomuniones y rehabilitaciones. Los guardianes de la ortodoxia encontraron una febril actividad. En efecto, en los últimos 60 años quedaron bajo la sospecha de la Congregación de la Doctrina de la Fe cerca de 200 sacerdotes, religiosos y religiosas, teólogos y teólogas, obispos, cardenales, laicos y laicas. Cada uno de ellos jugó un rol inestimable en la construcción de una Iglesia abierta al mundo y solidaria con los destinos de la humanidad. Ellos, con su audacia, y venciendo el miedo, consiguieron mover a la Iglesia en la dirección de hacerla más coherente con el Evangelio y abierta al Espíritu Santo.

Una larga lista de testigos del Evangelio ha experimentado con sus propias vidas las consecuencias de ser los pioneros en adentrarse en las periferias existenciales:

P. Teilhard de Chardin, SJ (1948); Henri de Lubac, SJ (1950); Henri Bouillard, SJ (1950); Gastón Fessard, SJ (1950); Henri Rondent, SJ (1950); Jean Danielou, SJ; Hans Urs von Balthasar (1950); Marie-Dominique Chenu, OP (1942); Yves Congar, OP (1952); 40 curas obreros franceses; P. Edward Schillebeeckx, OP (1968, 1979, 1984, 1986); P. John McNeill, SJ (1974, 1977, 1987); P. Bernard Häring,CssR (1975); P. Hans Küng (1975, 1979); P. Charles Curran (1979, 1986); Jacques Pohier, OP (1979); P. Anthony Kosnik (1979); Mons. Luigi Sartori (80s); seis padres claretianos de Madrid (80s); P. August Bernhard Hasler (80s); Mons. PedroCasaldáliga (80s); Karl Rahner, SJ (80s); Mons. Alan C. Clark (1982); P. Matthew Fox, OP (1983); Mons. Pierre MartinNgo Dinh Thuc (1983); abad Georg de Nantes (1983); cardenal Joseph Höffner (1983); Mons. Raymond G. Hunthausen (1983, 1985, 1987); Gustavo Gutiérrez, OP (1983, 1984, 1986, 1988, 2001); P. Ernesto Cardenal (1983);P. Fernando Cardenal, SJ (1984); P. Migue D´Escoto (1984); P. Edgardo Parrales (1985);Hnas. Elizabeth Morancy y ArleneViolet (1983); Mary Agnes Manzour (1983); JeannineGramick y P. Robert Nugent (1983, 1988, 1999); Barbara Ferraro y Patricia Hussey (1084); Leonardo Boff, OFM (1985, 1991); P. György Bulányi, SP (1986); Mons. Marcel Lefevre (1988); P. William J. Rewak SJ, Edward Glynn SJ, Michael Buckley SJ, David Hollenbach SJ y John Baldovin SJ (90s); P. André Guindon, OMI (1992); P. Eugen Drewermann (1992); Hna. Ivone Gebara (1993, 1995); Carmel McEnroy (1995); Hna. Lavinia Byrne (1995, 1998, 2000); P. Tissa Balasuriya, OMI (1997); Vassula Ryden (1995); Mons. Jacques Gaillot (1995); P. Marciano Vidal (1997, 2001); P. Paul Collins, MSC (1998, 2001); Jacques Dupois, SJ (1998, 2001); P. Anthony de Melo, SJ (1998); Perry Schmidt-Leukel (1998); Michael Stoeber (1999); P. Roger Haight, SJ (2000, 2002); P. Roger Hayght (2001); P. Antonio Rosmini Serbati (2001); P. Thomas Aldworth, OFM (2002); P. Joseph Imbach, OFM (2002); P. Willigis Jäeger, OSB (2002); siete mujeres del Danubio (2002); P. Thomas Reese, SJ (2005); P. Jon Sobrino, SJ (2006); P. Pedro Arrupe, SJ (1981); Dom Helder Camara; P. Giusseppe Nardin; P. Alex Zanottelli; P. José María Castillo SJ; Juan Antonio Estrada; P. Benjamín Forcano; P. Eugenio Melandri; P. Paul Valadier, SJ; Vittorio Cristelli; Rembert Weakland; Mons. Bartolomé Carrasco Briseño; P. Eugen Drewermann; Andre Guindon; P. Matew Fox; Pjillipe Denis; Card. Karl Lehman y 2 obispos alemanes; Mons. Samuel Ruiz; P. Renato Kizito Sesana; 16 teólogo moralistas alemanes; Mons. Méndez Arceo; P. John Sye Kong-seok; P. Paul Cheong Yang-mo; P. Edouard Ri Je-min; Mons. Peter Smith; Luigi Lombardi Vallauri; P. Jim Callan; Apola Bignardi, Mons. Luigi Marinelli; Mons. Eugene Rixen; Reinhard Messner; Sor Joan Chittister; P. Vitaliano Della Sala; Franco Barbero; Juan José Tamayo; P. Bernard Kroll; P. Fabrizio Longhi; P. Aitor Urresti.

Y a falta de personas, también han caído en la sospecha muchas organizaciones eclesiales, tales como: el Movimiento Somos Iglesia con un par de millones de miembros; 50 mil religiosas norteamericanas de la LWCR (Conferencia de Mujeres Líderes Religiosas); el Consejo Pastoral de los Países Bajos y La Conferencia de Obispos de Alemania en tiempos de la Humanae vitae; la Conferencia Internacional Anglicana – Católica en tiempos de apogeo del ecumenismo; la Iglesia Popular de Nicaragua en tiempos de la guerra civil; la “Declaración de Colonia” firmada por 163 teólogos alemanes y la “Carta a los Cristianos” firmada por 63 filósofos, historiadores y teólogos italianos relativas a cuestiones de moral sexual; la Facultad de Teología de Univ. de Friburgo; las Ediciones Paulinas de Brasil; la Casa Editorial de la Sociedad de San Pablo; los Instituto Interreligioso - Centro de Estudios Católicos – Instituto Teológico del Colegio Máximo de Cristo Rey – Centro de Reflexión Teológica, todos centros jesuitas de México; la Conferencia de Religiosos de Colombia; los Consultorios Católicos de Alemania, la Comisión Internacional de Liturgia de Habla Inglesa y la Pfarrer Initiative o “Desobediencia de los Párrocos”, movimiento surgido en Austria y que se ha diseminando rápidamente por el mundo, entre otros tantos.

En el presente, cuando la Iglesia vive un nuevo kairós, con la revolución de la misericordia que promueve el papa Francisco, vuelven a multiplicarse acusaciones, sanciones y persecuciones, indicando que se avecinan importantes cambios en la Iglesia.



Las actitudes de las personas frente al cambio climático.


¿Por qué hasta ahora como humanidad no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en un tema tan trascendental?

Por Rodrigo Arce Rojas*

Del 1 al 12 de diciembre desarrollará en Lima la COP20 que es la Conferencia de las Partes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) como parte del proceso de negociación que concluirá en París en el 2015 con un acuerdo climático global vinculante.

Nos preguntamos, ¿Por qué hasta ahora como humanidad no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en un tema tan trascendental? El presente artículo explora el universo de actitudes de las personas (y también de las organizaciones) frente al cambio climático como una manera de contribuir al debate y de proponer pistas orientadas a lograr el tan ansiado acuerdo de limitar el incremento de temperatura a menos de 2°C.

Existen diferentes actitudes de las personas frente al cambio climático: unos prefieren negarlo, otros pretenden subestimarlo, otros exacerbarlo y otros son indiferentes. Veamos cada uno de estos tipos de actitudes.

Los que prefieren negarlo afirman que no existe tal cambio climático y que el sistema atmosférico siempre está cambiando de manera normal. Aunque el grupo de los escépticos del origen antrópico del cambio climático cada vez son menos todavía es posible escucharlos. Curiosamente, por decir lo menos, se atreven a señalar que el cambio climático antropogénico es un invento de los ambientalistas y de los enemigos del progreso. Señalan además que la humanidad tiene problemas muchos más grandes e importantes que atender como para estar distrayéndose en cuestiones ambientales.

Los que subestiman al cambio climático minimizan sus impactos. Consideran que el tema existe pero que no habría porqué preocuparse tanto. Total, mencionan ellos, el hombre con su infinita capacidad inventiva, siempre generará opciones tecnológicas que lleven a superar los efectos del cambio climático.

También hay quienes exacerban el cambio climático. En este grupo se ubican los que utilizan un tono catastrofista del fenómeno y consideran como una señal concreta del fin de los tiempos. Ponen de manifiesto que el ser humano ha fallado estrepitosamente en construir una sociedad equilibrada y que el planeta pronto pasará la factura a su desidia.

Los indiferentes al cambio climático son aquellos que no se sienten involucrados frente al tema independientemente de la magnitud del problema. Como tal, tampoco se ven convocados en la generación de soluciones. Como se dice coloquialmente, el tema no es con ellos.

Una actitud especial refiere a aquellos que aparentan importarle el tema del cambio climático pero cuyas prácticas no se condicen con su discurso por ello no es difícil encontrar evidencias concretas de inconsistencia e incoherencia.

Una categoría distinta refiere a los oportunistas, los que ven al cambio climático una oportunidad para revisar el modelo de desarrollo predominante, los sistemas económicos, las tecnologías o incluso la oportunidad para hacer grandes negocios.

Aunque esta clasificación no es absoluta, recoge las tendencias predominantes de las personas.

Las personas además desarrollan actitudes frente al grado de afectación del cambio climático. Así habrá aquellos que consideran que el cambio climático existe pero no me afecta o por lo menos no en lo inmediato. Aquí se reconocen diferentes grados de distancias entre el cambio climático y las personas, estas distancias pueden ser geográficas (“porque los impactos son lejanos respecto a dónde vivo”), temporales (“porque los impactos vendrán después y a mí no me alcanzan”) o afectivas (“mientras no me afecte a mí poco me importa”).

Como se puede colegir de las diversas actitudes de las personas, existen múltiples razones subyacentes detrás de cada posición. Estas razones son de diferente origen: ideológicas, políticas, científicas o emotivas; se cruzan además las creencias y convicciones personales de las dimensiones ambientales, sociales o económicas. Habrá quienes buscan una perspectiva de equilibrio y otros quienes privilegien razones económicas o ambientales. Quiere decir entonces que hay razones legítimas y otras interesadas según sus propias perspectivas.

En este concierto de actitudes hay quienes tienen preocupaciones serias sobre el cambio climático y están realmente preocupados por sus impactos. Pero también hay quienes usan el tema del cambio climático como un pretexto para imponer sus propias agendas e intereses económicos o políticos.

Para poder avanzar hacia el acuerdo vinculante buscado se requiere entonces reconocer el sentido de urgencia del cambio, reconocernos como parte de una única comunidad humana (independientemente de espacios, tiempos y creencias) y reconocernos como parte de la naturaleza. Implica reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestra propia esencia. La humanidad está en cada uno de nosotros, y cada uno de nosotros es la propia humanidad.

Visto desde esa perspectiva es imprescindible dejar de lado todo tipo de prejuicios y ser capaces de superar los intereses particulares de cualquier tipo para vernos reconocidos en los legítimos intereses de la humanidad como un todo. El daño que provoca el cambio climático a las personas en cualquier parte del mundo es el daño que nos afecta a cada uno de nosotros. Todo crecimiento que implique subestimar o desconocer el cambio climático es iluso y es ficción. Necesitamos apelar al camino de la sensatez con nosotros mismos, con el planeta y el cosmos. Es hora de demostrar que como humanidad estamos a la altura de las circunstancias.
*Rodrigo Arce Rojas es ingeniero forestal. Su correo es: rarcerojas@yahoo.es


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Fuente: Servindi