martes, 11 de abril de 2017

Los crucificados de hoy y el Crucificado de ayer.


Leonardo Boff


Hoy la mayoría de la humanidad vive crucificada por la miseria, por el hambre, por la escasez de agua y por el desempleo. También está crucificada la naturaleza devastada por la codicia industrialista que se niega a aceptar límites. Crucificada está la Madre Tierra, agotada hasta el punto de haber perdido su equilibrio interno, que se hace evidente por el calentamiento global.
El mirar religioso y cristiano ve a Cristo mismo presente en todos estos crucificados. Por haber asumido totalmente nuestra realidad humana y cósmica, él sufre con todos los que sufren. La selva que es derribada por la motosierra son golpes en su cuerpo. En nuestros ecosistemas diezmados y las aguas contaminadas, él continúa sangrando. La encarnación del Hijo de Dios estableció una misteriosa solidaridad de vida y de destino con todo lo que él asumió, con toda nuestra humanidad y todo lo que ella supone de sombras y de luces.


El evangelio más antiguo, el de san Marcos, narra con palabras terribles la muerte de Jesús. Abandonado por todos, en lo alto de la cruz, se siente también abandonado por el Padre de bondad y de misericordia. Jesús grita:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y dando un fuerte grito, Jesús expiró” (Mc 15,34.37).
Jesús no murió porque todos morimos. Murió asesinado de la forma más humillante de la época: clavado en una cruz. Pendiendo entre el cielo y la tierra, agonizó en la cruz durante tres horas.

El rechazo humano pudo decretar la crucifixión de Jesús, pero no puede definir el sentido que él dio a la crucifixión que le fue impuesta. El Crucificado definió el sentido de su crucifixión como solidaridad con todos los crucificados de la historia que, como él, fueron y serán víctimas de la violencia, de las relaciones sociales injustas, del odio, de la humillación de los pequeños y del rechazo a la propuesta de un Reino de justicia, de fraternidad, de compasión y de amor incondicional.

A pesar de su entrega solidaria a los otros y a su Padre, una terrible y última tentación invade su espíritu. El gran choque de Jesús ahora que agoniza es con su Padre.
El Padre que él experimentó con profunda intimidad filial, el Padre que él había anunciado como misericordioso y lleno de bondad, Padre con rasgos de madre tierna y cariñosa, el Padre cuyo Reino él proclamara y anticipara en su praxis liberadora, este Padre ahora parece haberlo abandonado. Jesús pasa por el infierno de la ausencia de Dios.

Hacia las tres de la tarde, minutos antes del desenlace final, Jesús gritó con voz fuerte: “Elói, Elói, lamá sabachtani: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Jesús está al ras de la desesperanza. Del vacío más abisal de su espíritu irrumpen interrogaciones pavorosas que configuran la más sobrecogedora tentación sufrida por los seres humanos, y ahora por Jesús, la tentación de la desesperación. Él se pregunta:
¿Será que fue absurda mi fidelidad? ¿Sin sentido la lucha llevada a cabo por los oprimidos y por Dios? ¿No habrán sido vanos los peligros que corrí, las persecuciones que soporté, el humillante proceso jurídico-religioso en el que fui condenado con la sentencia capital: la crucifixión que estoy sufriendo?”
Jesús se encuentra desnudo, impotente, totalmente vacío delante del Padre que se calla y con eso revela todo su Misterio. No tiene a nadie a quien agarrarse.

Según los criterios humanos, Jesús fracasó completamente. Su propia certeza interior desaparece. Pero a pesar de haberse puesto el sol en su horizonte, Jesús continúa confiando en el Padre. Por eso grita con voz fuerte: “¡Padre mío, Padre mío!”. En el auge de su desespero, Jesús se entrega al Misterio verdaderamente sin nombre. Será su única esperanza más allá de cualquier seguridad. No tiene ya ningún apoyo en sí mismo, solo en Dios, que se ha escondido. La absoluta esperanza de Jesús solo es comprensible en el supuesto de su absoluta desesperación. Donde abundó la desesperanza, sobreabundó la esperanza.

La grandeza de Jesús consistió en soportar y vencer esta temible tentación. Esta tentación le propició una entrega total a Dios, una solidaridad irrestricta con sus hermanos y hermanas, también desesperados y crucificados a lo largo de la historia, un total despojamiento de sí mismo, un absoluto descentramiento de sí en función de los otros. Solo así la muerte es muerte y podrá ser completa: la entrega perfecta a Dios y a sus hijos e hijas sufrientes, sus hermanos y hermanas más pequeños.
Las últimas palabras de Jesús muestran esta entrega suya, no resignada y fatal, sino libre: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46). “Todo está consumado” (Jn 19,30).
El viernes santo continúa, pero no tiene la última palabra. La resurrección como irrupción del ser nuevo es la gran respuesta del Padre y la promesa para todos nosotros.

*Leonardo Boff es columnista del JB online y ha escrito: Via sacra para quem quer viver, Vozes 2012.

Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 10 de abril de 2017

El poder político y religioso decide que Jesús de Nazaret debe morir.


Juan Cejudo

Bien, veamos. De este Domingo de Ramos nos hemos quedado con la imagen de Jesús rodeado de niños, con ramos de olivos, montado en un pollino o burro y entrando en Jerusalén, victorioso. Casi, como si fuera una fiesta. Pues no.

A continuación de esa entrada en Jerusalén, Jesús se dirige al Templo y vuelca las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de animales y dice: "Mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones". Dice el evangelio que los sumos sacerdotes se enteraron de ésto y buscaban cómo podían matarle.

Es curioso que en las lecturas del Evangelio de hoy no se hace alusión a esta parte "subversiva" de Jesús derribando las mesas y los puestos en el Templo, escena que está a continuación de su entrada en Jerusalén.

Y es que Jesús se había atrevido con lo más sagrado que tenían los judíos: el Templo, lugar de culto, pero también el centro económico de Palestina. Quitarle el "negocio" que tenían montado era lo más peligroso que podía pasar. Ya llevaban tiempo detrás de Jesús. "Conviene que muera por el bien del pueblo" "Este solivianta a las masas". Jesús era un peligro para el poder político y religioso, porque las masas le seguían y él, con mucha libertad , les hablaba de la dignidad que tenían como hijos de un mismo Padre y estaba con ellos haciendo signos para aliviar su dolor, combatiendo su sufrimiento, las injusticias y la marginación.


Además, Jesús rompió con leyes y normas absurdas porque para Él lo importante eran las personas por encima de todo. Así hablaba con mujeres y mujeres de Samaría ( no se hablaban con los judíos), se saltaba la norma de no hacer nada en sábado porque "el sábado está para el hombre y no el hombre para el sábado". Hablaba con toda libertad ante el Sumo Sacerdote o Pilatos y se enfrentó a los fariseos y legistas. Y ante Herodes, permanecerá en silencio sin decir palabra. Un hombre libre ante todos.

Pero ni el poder político ni el religioso podía tolerar a una persona así, amigo de todo tipo de enfermos, pobres, prostitutas con un mensaje además liberador.

Y por eso lo mataron.

El Domingo de Ramos no es una fiesta de niños, olivos y burros. Es el comienzo del gran enfrentamiento- en la escena del derribo de los puestos de los cambistas y de animales-, con el poder político y religioso que le costaría la muerte por "subversivo" y "blasfemo".

Y es que hoy como entonces las personas que vivan como vivió Jesús, enfrentándose al poder político y religioso, con un mensaje "subversivo", de necesidad de cambiar un sistema que no está por la dignidad de las personas, sino que sólo busca el beneficio económico de unos pocos, terminará de mala manera como Jesús: señalado, encarcelado y marginado o asesinado.

Pero esa vida es la semilla de la Resurrección, de una vida nueva. Merece la pena.


domingo, 9 de abril de 2017

El Imperio contra Jesús de Nazaret.


Juan José Tamayo
(Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” y autor de Por eso lo mataron. El horizonte ético de Jesús de Nazaret, Trotta, Madrid, 2003, 2ª ed.)

El 9 de abril de 2004 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El Imperio contra Jesús de Nazaret”. Trece años después, creo que conserva toda su vigencia tanto en el análisis exegético de los textos de la pasión, apoyado en prestigiosos especialistas, como en la interpretación políticamente liberadora y religiosamente subversiva de dicho acontecimiento, en el horizonte de la teología de la liberación. Por eso he querido recuperarlo y ofrecerlo como reflexión para estos días de Semana Santa JJT.

Las dramáticas imágenes de la pasión de Cristo han estado grabadas en el imaginario social de varias generaciones de cristianas y cristianos que éramos arrastrados a las “misiones populares”, a las procesiones de Semana Santa, a los vía crucis, y nos vimos sometidos a una educación en el sacrificio que exigía reproducir en la propia carne los padecimientos de Jesús. Y todo ello teñido de un antisemitismo muy presente en la conciencia colectiva, que la misma religión oficial ayudaba a fomentar. Tal era el caso de los “oficios” del Viernes Santo, en los que se pedía “por los pérfidos judíos”, a quienes se hacía responsables de la muerte de Cristo, definida como un deicidio. Todo esto configuraba un cristianismo sacrificial sadomasoquista.

Cuando esas imágenes empezaban a diluirse y entrábamos en un proceso de serena aproximación histórico-crítica a los relatos evangélicos de la pasión, apareció la película de Mel Gibson para revivirlas en toda su crudeza y retornar a épocas pasadas. El realizador cinematográfico australiano confesaba que su decisión de rodar la película “fue como una especie de mandato divino” y respondía a la necesidad de “unir el sacrificio de la cruz con el del altar”. Ambas observaciones revelan el nivel providencialista e iluminado en que se sitúa Mel Gibson y los consiguientes prejuicios con que aborda cuestiones tan complejas y espinosas como el proceso de Jesús y la responsabilidad de los judíos en su muerte.

La película fue elogiada por las autoridades del Vaticano y pronto entró a formar parte de la videoteca personal de Juan Pablo II, quien, según algunos testimonios, tras ver la película declaró: “Así fueron las cosas”. La Iglesia Católica, la Iglesia Protestante y la Comunidad Judía de Alemania, empero, denunciaron la violencia que rezuma el film y la nueva ola de antisemitismo que podía despertar en Europa. Todo ello pretendía fundamentarlo Gibson en las visiones de la monja alemana Anne C. Emmerich y en los textos evangélicos, que ciertamente lee con mirada antijudía, de manera descontextualizada y sin recurrir a la mediación hermenéutica. ¿Todo sucedió en realidad como muestra la película? ¿”Así fueron las cosas”?

Mis reflexiones quieren ser una aproximación a los sucesos de los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret a través de una lectura crítica de los textos evangélicos. Empecemos por decir que en la reconstrucción histórica de la muerte de Jesús nos topamos con una dificultad no pequeña: la peculiaridad de los relatos de la pasión, donde no es fácil separar la historia de la interpretación, la biografía de la teología. Creo que a los estudios y filmes sobre la pasión de Cristo, y muy especialmente al de Gibson, se les puede aplicar lo que el profesor de Estudios Bíblicos estadounidense John Dominic Crossan dice de las investigaciones en torno al Jesús histórico: que son un campo abonado para hacer teología y llamarlo historia, o para hacer autobiografía y llamarla biografía (Jesús: vida de un campesino judío, Crítica, Madrid, 1994).

Lo que sí parece fuera de toda duda es que en la detención, el proceso y la ulterior ejecución de Jesús de Nazaret jugó un papel fundamental la espectacular protesta, o mejor, la provocación de Jesús en el Templo de Jerusalén, al arrojar al suelo las mesas de los comerciantes y dispersarlos a latigazos. Se trata de un hecho cuya historicidad no suele cuestionarse. Como asevera el investigador judío Geza Vermes, Jesús hizo lo que no debía, causar una conmoción, en el lugar donde no debía hacerlo, el Templo, y en el momento más inadecuado, inmediatamente antes de la Pascua (Jesús, el judío. Los Evangelios leídos por un historiador, Muchnik Editores, Barcelona, 1973).

El Templo era el lugar sagrado por excelencia y un motivo de orgullo para los judíos. Constituía la principal fuente de ingresos de Jerusalén y la principal atracción turística. La actividad mercantil desarrollada en él era necesaria para que los peregrinos pudieran cambiar la moneda y pagar así el impuesto al Templo. Asimismo, gracias al mercado, los peregrinos podían comprar allí los animales para los sacrificios, sin tener que soportar las molestias que suponía el tener que traerlos de sus propias casas.

¿Qué sentido tenía la acción de Jesús en el Templo? No parece que su intención fuera la de purificarlo. Se trataba de una acción simbólica con la que quería mostrar el final de la religión centrada en los sacrificios (“misericordia quiero, no sacrificios”), así como la protesta contra su significado económico extorsionador. Jesús declara derogado el culto sacrificial e innecesarias las actividades comerciales y fiscales que se desarrollaban en el Templo. Al perder éste sus funciones litúrgico-sacrificiales, comerciales y fiscales, ya no tenía razón de ser. La acción provocativa de Jesús se dirige primero y prioritariamente contra los jerarcas del Templo, verdaderos responsables del establecimiento del mercado allí. No pocos especialistas coinciden en que la provocación de Jesús en el Templo es el eslabón perdido entre el conflicto provocado en Galilea, de donde era oriundo Jesús, y los acontecimientos finales.

Con esta acción estaba tocando el nervio mismo de la aristocracia sacerdotal saducea, que consideraba el culto del Templo su núcleo fundamental tanto en el aspecto religioso como en el económico. Esa acción fue la gota que colmó el vaso de la ira de los sumos sacerdotes, quienes, junto con los escribas y los ancianos, que pertenecían al partido de los saduceos o estaban aliados con él, ocupan el primer plano en los relatos de la pasión. El conflicto mortal lo tuvo Jesús no con el judaísmo, sino con las autoridades judías, no con los fariseos, sino con los saduceos, que se consideraban custodios del orden nacional, basado en el Templo y en la Ley. Un orden cuestionado por el profeta de Nazaret, que confirmaba así su actitud de permanente desafío tanto a la jerarquía religiosa como al Imperio, y se convertía en el principal enemigo de ambos. Por eso, había que deshacerse de él lo antes posible.

El pueblo judío nada tuvo que ver en su condena y posterior ejecución. La decisión de ejecutar a Jesús es de la autoridad política, concretamente del gobernador Poncio Pilato, suprema autoridad judicial de la provincia de Judea, quien gozaba de una autoridad ilimitada y poseía amplios poderes judiciales, también el de aplicar la pena de muerte, como reconoce Flavio Josefo. La potestas gladii era de exclusiva responsabilidad del gobernador romano. Hay, con todo, una tendencia bastante generalizada en los relatos evangélicos de la pasión a cargar sobre los judíos todo el peso de la responsabilidad en la muerte de Jesús y a eximir de toda culpa a Poncio Pilato, que se habría limitado a entregar a Jesús para ser crucificado, pero en contra de su voluntad, y no habría dictado una sentencia formal de muerte.

Algunos de esos relatos presentan al gobernador romano en Judea como una persona insegura, vacilante, que parece no atreverse a tomar decisiones. Pero ese perfil no responde al comportamiento real de Pilato en el ejercicio de su autoridad al servicio del poder ocupante, sino que es fruto de la tendencia antijudía ya presente en algunos relatos de la pasión y radicalizada en la historia del cristianismo. En realidad, Pilato fue un gobernante duro e inmisericorde, inflexible y obstinado, violento y cruel, represivo y depravado, arbitrario e insolente. Así lo atestiguan con todo lujo de detalles Filón de Alejandría y Flavio Josefo.

La responsabilidad de Pilato en la condena a muerte de Jesús es confirmada por el historiador romano Tácito quien, cuando narra la persecución de los cristianos bajo Nerón, dice que el nombre de “cristianos” “procede de Cristo, que, bajo el principado de Tiberio, había sido entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato”. Éste condena a Jesús por motivos políticos, en concreto, por poner en peligro el orden público, por sedicioso. Es muy posible que el gobernador romano en Judea aprovechara gustoso la posibilidad de calmar con un acto intimidatorio la tensión que reinaba en Jerusalén durante la Pascua. Parece dudoso que las autoridades judías emitiesen contra Jesús una sentencia de condena, pues “el relato que la menciona (Mc 14,14; par Mt 26,66) es una excrecencia de origen cristiano elaborada a partir de una sentencia informal en la residencia de Anás, que no tenía personalmente ningún poder judicial”, afirma Simon Légasse (El proceso de Jesús, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1996). No son pocos los investigadores que niegan cualquier intervención del Sanedrín en el proceso de Jesús o, al menos, consideran improbable una condena oficial a muerte. No parece que dicho tribunal estuviera facultado para dictar sentencias de muerte. Y si lo hubiera estado y la hubiera dictado, el castigo hubiera sido la lapidación.

Otro dato incontestable sobre la responsabilidad de la autoridad romana en la muerte de Jesús es que fue crucificado, y la crucifixión era un suplicio romano, no judío. Parece demostrado que todas las crucifixiones llevadas a cabo en Palestina desde la época de los procuradores hasta la Guerra Judía se produjeron por razones políticas.
¿Y la participación del pueblo pidiendo la amnistía para Barrabás y la ejecución para Jesús? Resulta discutible que fuera costumbre amnistiar a un preso durante la Pascua. Nada dice de dicha práctica Flavio Josefo. En definitiva, la lucha de Jesús de Nazaret no se dirigió contra el judaísmo, sino contra el Imperio, y éste reaccionó condenándolo a muerte por considerarlo enemigo público, como antes había hecho con el profeta Juan Bautista. La condena de Jesús no fue un error judicial como creía Bultmann. ¡Se lo había ganado a pulso por su comportamiento transgresor y su permanente actitud conflictiva frente a las autoridades religiosas y políticas.

sábado, 8 de abril de 2017

A propósito de la celebración cristiana de la Semana Santa.



Parroquia de Granja Suárez (Málaga)

La Semana Santa que estos días anuncian los carteles es una jornada de representaciones, es decir, algo que pertenece al género teatral, y se da en medio de una celebración popular. «Representar» la Pasión de Jesús ha sido y sigue siendo objeto de manifestaciones artísticas, como son: la pintura, la escultura, la poesía, el teatro o el cine; pero a una representación, lo único que puede exigírsele es que posea calidad y dignidad. La calidad le convierte en obra de arte; la dignidad hace que los sentimientos de los creyentes no se sientan dañados, derecho fundamental que puede exigir cualquier ciudadano.

Aunque una representación tenga un tema religioso, como en este caso, nunca es un acto de culto. Incluso puede estar, y lo está con frecuencia, en contradicción con los verdaderos sentimientos religiosos. Vamos a concretar haciéndonos unas cuantas reflexiones: se anuncian la Semana Santa de Málaga, de Sevilla, de Murcia… como algo que mueve a mucha gente a viajar competitivamente a tales sitios.

Ante este hecho, nos hacemos una pregunta inevitable: ¿Quiénes la anuncian? Sobre todo las entidades promotoras del turismo, los ayuntamientos, las entidades bancarias, las firmas comerciales. Incluso con más interés que las mismas cofradías, que ya es decir.
¿Son éstos grupos tan cristianos que tienen un verdadero interés por lo que la Pasión de Cristo significa? Tenemos que responder que no, claro esta. ¿De dónde les viene entonces el interés? Todos lo sabemos: del negocio que para todos estos grupos significa.
¿Y quién da colorido a las procesiones de muchas ciudades? Unos factores totalmente ajenos al espíritu de Jesús: los grupos militares en desfile, la riqueza de los tronos, la presencia de autoridades, los artistas que se lucirán con una buena saeta… Es decir, el poder, la fuerza y el dinero, la fama, la manifestación, por tanto de todo lo que esta en otra onda que el Evangelio, encarnación muchas veces de cuanto condenó a Jesús.

Sin embargo, no es menos cierto que muchos van a convertir estas representaciones en actos de culto. Y de nuevo nos preguntamos: Si tenemos que saber distinguir entre representación y acto de culto, ¿cuánto más si esas representaciones, por los aditamentos que hemos mencionado, son carnavalescas?
Un sentimiento religioso vago y unas emociones van ligadas a estos actos callejeros; pero las emociones y sentimientos que con las procesiones se provocan son muy parecidos a los que se desatan bajo el efecto de muchos de esos dramas sentimentales que abundan en las novelas por entregas de la televisión y de no pocas películas.

Los sentimientos provocados en los espectadores son muy variados, desde las emociones irracionales que provocan las procesiones de los dioses en el paganismo hasta la simple curiosidad del turista, pasando por esas convocatorias a la congoja o el llanto, propias de los melodramas; el fervor que incita a rezar o a hacer promesas para lograr salir de una desgracia familiar; la satisfacción de ver que la propia cofradía está a la altura que debe y la necesidad de defenderla con el mismo fanatismo que un equipo de fútbol. Un exponente de lo que estamos comentando: en muchos bares y peluquerías de caballeros es frecuente esta decoración: Unas fotos del Cristo y la Virgen de su cofradía, otra del Real Madrid o del Barcelona y otra u otras de chicas desnudas o en topless.

Nadie es más bueno por llorar ante los melodramas de la televisión. Los buenos sentimientos se demuestran en la vida. Incluso hay otro tipo de emociones provocadas por las procesiones que andan muy cerca del fanatismo y la idolatría.
Estaríamos en un error si afirmásemos que este culto tiene algo que ver con el que Jesús proclama como culto auténtico a Dios. Los cristianos damos culto a Dios en todo cuanto hacemos en la vida, porque nuestra fe nos enfoca a hacer una sociedad más humana y fraterna, sin opresores ni oprimidos. Y lo que constituye el por qué de nuestras vidas lo celebramos cada domingo en nuestras sencillas reuniones, en la Eucaristía. Concretamente, en la Semana Santa, consideramos qué significan para nuestra vida presente los misterios de Cristo que ponemos ante nuestros ojos.

Ciertamente, una buena representación puede llegar a ser una buena catequesis. Pero en nuestras semanas santas se ha llegado a unos extremos difícilmente aceptables desde un cristiano con un mínimo de coherencia y sensibilidad, y esto por las siguientes razones:
+ Se exalta, por un lado, el heroísmo que se demuestra con el dolor y, por otro, los sentimientos de lástima y de culpa.
+ Se fomenta la competitividad en el lujo y riqueza de tronos, mantos, baldaquinos, candelabros, joyas, etc.
+ Se establece una especie de comercio de lástimas: intercambio mi lástima hacia Jesús o María sufrientes por la lástima de ellos hacia mis problemas personales o familiares.
+ Se hace consistir la manifestación de la fe, no en incidir en la sociedad para hacer un mundo más humano, sino en tomar la vía pública para pasear un folklore de primavera.

+ Se aíslan estos sentimientos del resto de la vida. Una vez que han pasado, no han transformado a la persona en alguien que dio un paso más hacia la construcción del hombre nuevo.
+ Multitud de imágenes procesionales están colocadas por toda la iglesia, con lo que, no sólo se convierte el recinto en un signo de sentimientos lúgubres para el que la visita, sino que la Semana Santa procesionera queda indisolublemente maridada con la Iglesia oficial.

+ Se escandaliza, tanto a no creyentes de fina sensibilidad, cerrándoles el camino a lo cristiano, como a los niños, que crecen viéndolo como una importante manifestación cristiana, ya que, por los signos externos, piensan que consiste en esto.
+ Sirve para que algunos miembros del clero llegue a creerse que es un camino válido para evangelizar y ofrece «retiros espirituales» y la oportunidad de que dediquen un dinero a «obras de caridad» a personas que con esto van a pretender justificar todo lo demás. No olvidemos que las cofradías del paganismo romano tenían obras benéficas entre sus cometidos, y no por eso buscaban una sociedad más justa.

Por éstos y por otros motivos (no nombramos los más espurios, como los desfiles militares), la Semana Santa callejera no es cristiana, y debía divorciarse de la Iglesia, llevándose sus imágenes a lugares más adecuados. Esto se está realizando ya en parte, pero, no sabemos si a causa del clero, de los cofrades o de ambos a la vez, muchos de esos espacios propiedad de la cofradía son o contienen una capilla, donde incluso se celebra misa; es más, algunos tienen hasta sagrario… cuando, en realidad, lo más que se podría pedir es que fuese un poco más respetuosa con lo que representa por las calles.
Hoy existen otras procesiones en las que se pide el cambio del hombre: son las manifestaciones por la paz, por la defensa de la naturaleza, por el respeto y la acogida a los emigrantes, por el cese de los abusos contra la mujer, etc. Como la calle es de todos, creyentes o no, no se acude en ellas a Dios, aunque Dios acude a ellas. En ellas se mezcla a veces la lucha de ideologías políticas, pero los creyentes que nos sentimos a gusto en esas procesiones sabemos que, si esperamos una actuación absolutamente limpia, nunca haremos nada.

Tenemos ante nuestros ojos las imágenes terribles de nuevas guerras, que han sido apellidadas preventivas. Alguien ha definido acertadísimamente la guerra preventiva de esta manera: hacer la guerra para posibilitar la paz es como violar para posibilitar la virginidad. A medida que ha ido subiendo el clima de las guerras hemos visto utilizar armas más peligrosas (y de las prohibidas) a los atacantes que a los atacados. Los países más peligrosos tienen el poder de la decisión. Es como poner al lobo guardando ovejitas. Un cristiano se tendría que sentir más extraño que nadie y más apátrida que nunca, en países que se alinean entre los señores de la guerra.
No es extraño que los sentimientos de muchos sean éstos: es una pena que revienten las pobres bombas que tanto dinero costaron; pero, sin han de reventar, es una pena que lo hagan tan lejos de sus hogares, que es donde le gusta morir a todo el mundo. Todos estos sentimientos sin odio, con deseo de cambio, no de venganza, son hambre y sed de justicia. No coinciden con los de los poderosos, como tampoco coincidieron los de Jesús, que recibió su sentencia de muerte por su hambre y sed de justicia.

El Domingo de Ramos, el Jueves Santo, el Viernes Santo y la noche de Pascua pueden ser días magníficos para profundizar en nuestra fe como entrega y celebrarla. Durante estos días, recordamos los últimos acontecimientos de la vida de Jesús: la manifestación que se organizó al entrar en Jerusalén, que concluyó con una terrible provocación a las autoridades religiosas, la destrucción simbólica del tinglado del templo; la última cena, donde Jesús tomó el pan y el vino como signos de su entrega personal y así instituyó la Eucaristía, que nos mandó seguir celebrando en su memoria; su arresto, tortura y condena a muerte de cruz, y su victoria de la muerte con el poder de Dios.

Los evangelios explican suficientemente lo que aconteció para que tuviesen lugar los sucesos del viernes santo, pero son muy discretos en contar esos sucesos, no como la película de Mel Gibson, esa especie pornografía del dolor, en la que no se explica bien por qué sucedió todo, pero se recrea con abundante morbo en las escenas más sangrientas.
Cada una de las escenas de la tortura que sufrió Jesús se sólo debe ponerse ante nuestros ojos para recordarnos cómo ha de ser nuestra actitud ante la vida, no para quedarnos paralizados, mirando qué le pasó a él. San Pablo nos dice que completemos en nosotros mismos lo que faltaba a la Pasión del Señor, porque el Mesías, no es un individuo solo, sino un Cuerpo, del que Jesús es la cabeza y todos nosotros, los miembros.

Vamos a intentar celebrar estos días sin bombo y platillo, sin trompe­tas y tambores, sino comunitariamente, es decir, familiarmente, en nuestra pequeña comunidad. Estamos demasiado lejos de un mundo humano. Es verdad que nosotros y los que nos rodean vivimos con más dinero y, por tanto, con más cosas que antes; pero estamos en el primer mundo, aunque se trate de la cola del primer mundo y tendríamos que preguntarnos si nuestra abundancia y nuestro desarrollo serían posibles sin desvalijar al tercer mundo de una manera vergonzosa y brutal. Siguen sufriendo, por tanto, los inocentes, que son la mayor parte de la Humanidad, a causa de la explotación de los más despabilados. No, no estamos en un mundo mejor.

Un tiempo atrás se soñó con un mundo más justo; pero se cometió la injusticia de pretender imponer violentamente la justicia. Todo eso ha fracasado y ha sido tan malo el ejemplo que las palabras socialismo o comunismo han quedado soberanamente desprestigiadas. La sociedad está como cansada y sin ideales, y el mal que hacemos entre todos cuando no nos oponemos firmemente al sistema que lo produce revienta en nuestra misma sociedad: ahí están el paro, la delincuencia, la droga, la represión, la guerra, el botellón, la cárcel, el racismo, el mundo de los marginados, la prostitución, el terrorismo de las bombas, el terrorismo del dinero…

Jesús no ha venido a dar la receta de cómo se arreglan estas cosas, sino a crear un ámbito que no viva de estas realidades de pecado, que se oponga a ellas, que sea una provocación contra este mundo injusto y una invitación a construir una casa familiar para todos, ya que somos hijos del mismo Padre Dios. Jesús se tomó tan en serio esta tarea que por esta causa tuvo que sufrir tortura y una muerte vergonzosa. Sin embargo, ésta era la causa de Dios, como lo es la de cuantos le sigan. Por eso la Resurrección. ¿Cómo va a abandonar Dios a la muerte de un modo definitivo a lo único noble y justo que crece entre nosotros? Y esto es lo que celebramos en la Semana Santa.

Precisamente porque no intentó imponer nada de esto, sino mostrarlo con su vida, su proclamación se hace visible de un modo especial en su ajusticiamiento en la cruz; es decir, todo él fue proclamación con todas las consecuencias del hombre nuevo. Expresiones como: «Pagó con su muerte nuestro rescate», «canceló nuestra deuda con su sangre», «Con sus heridas él nos ha salvado»… son perfectamente válidas, pero son metáforas, es decir, imágenes poéticas que se emplean a falta de un lenguaje más preciso. Todas ellas hacen hincapié en la generosidad de Jesús y en el amor que Dios nos tiene; sin embargo, tomarlas al pie de la letra anulan la parte que cada uno tenemos en la salvación y, en rigor, nos harían ver un dios sádico, que de ninguna manera existe.

Jesús es el primer hombre de la nueva humanidad. Todo los que nos proponemos seguirle, que eso es creer en él, hemos de completar en nosotros su obra. Como dice Pablo: «Somos el cuerpo de Cristo. Hemos de completar en nuestros miembros lo que falta a su pasión.» Con una entrega tan completa, que no se paró ni ante la muerte, rompió el cerco del hombre viejo, el que pone su racionalidad al servicio de sus instintos animales, abandonados a sí mismos. Algo que debemos hacer cada uno, movidos por el espíritu que él nos comunica.
La cruz con la tablilla de su «delito» colocada en lugar visible, nos sirve todavía de cartel anunciador de un nuevo modo de mesianismo: el mesianismo comunitario de la misericordia y la fidelidad de Dios. Todos los que formamos el Cuerpo del Mesías, cuya cabeza es Jesús de Nazaret, estamos destinados a completar en nosotros lo que faltaba a la pasión de Jesucristo. Y Jesucristo completa en nosotros lo que falta a nuestra vida: la vida eterna que nos infunde su Espíritu, vida que ya tenemos y que atraviesa la muerte.
Ya que la pasión de Jesucristo es el coronamiento de la entrega de toda su vida, lo que nosotros podemos aportar es nuestra entrega, porque la persecución y el sufrimiento y muerte le vinieron a Jesús por sus propios pies, no por buscados.
Nos cuenta el evangelio de Juan que los capitostes de los dos partidos dominantes del pueblo judío hicieron un complot para quitarlo de en medio

Decían:
-Este hombre hace muchos milagros; si dejamos que siga adelante, todos van a creer en é1 y vendrán los romanos, y acabarán con nosotros.
Comprendemos que, si los milagros a que aquí se refiere fueran simples curaciones de ciegos, cojos o leprosos, no es lógico que por esa razón el imperio romano viniera a desbaratar la nación judía. ¿Que les podía interesar tener una colonia de sanos o de enfermos? Tendrían entonces que perseguir también a los médicos…
No. Jesús abría los ojos a la realidad, devolvía la dignidad a un pueblo leproso, invitaba a que no se quedasen quietos como un pueblo de paralíticos, estaba dando vida a los que estaban muertos, es decir: los pobres estaban recibiendo la mejor noticia de su vida. Y esto no lo quieren nunca los dictadores, de cualquier tipo: políticos, religiosos…

Y no es que Jesús predicase o practicase la violencia. Todo lo contrario: Jesús enseñó siempre a devolver el bien por el mal, a amar a los enemigos, a pedir por los que nos hacen daño; pero a obedecer a Dios antes que a los hombres y a no tener a nadie por Señor, más que a Dios. Esto era algo que tenía muy claro su pueblo en teoría: es el primer mandamiento; pero en la práctica las autoridades se creían los representantes auténticos de Dios, los que hacían el papel de Dios en la tierra no aguantaban que nadie pusiera en duda sus decisiones, a las que les otorgaban un rango divino. Esto es lo que llevó a Jesús a ser perseguido, a tener que vivir en la clandestinidad, como sigue contando Juan a renglón seguido: por eso Jesús ya no andaba en público por Judea; se retiró a Efraín, en la región cercana al Desierto, y se quedó allí con sus discípulos. Eso no significa que se retirara de su compromiso con el pueblo; simplemente, no pretendía a dar a sus enemigos el gustazo de que le detuvieran por las buenas. El siguió siendo coherente, y, cuando pudieron echarle mano, no opuso resistencia ante lo inevitable. Bien sabía él que tenía que llegar esa hora.

viernes, 7 de abril de 2017

Organizaciones de todo el planeta celebran el Día Global contra los Paraísos Fiscales.



Yago Álvarez

(El Salmón Contracorriente, attacmadrid,29-3-2017)

El 3 de abril de 2016, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ por sus siglas en inglés), publicaba de manera simultánea en 109 medios de 76 países los “Panama Papers”. Está filtración revelaba la identidad de miles de personas que utilizaban la firma panameña de abogados Mossack Fonseca para crear empresas pantallas y complicados circuitos financieros entre los paraísos fiscales para evadir impuestos. Un año más tarde, organizaciones de todo el mundo preparan el Día Global contra los Paraísos Fiscales.

Los cimientos del gran entramado mundial de la ingeniería fiscal y de la industria de la evasión de impuestos se tambalearon cuando la ICIJ publicaba la noticia de poseer 2,6 terabytes de información filtrada por una fuente anónima sobre los clientes de un despacho de abogados con sede central en Panamá. Durante las semanas siguientes dichos medios y periodistas, entre los que se encontraba “El Confidencia”l y la periodista Mar Cabra, publicaron las caras conocidas de dicha filtración y la información referente al entramado fiscal y financiero de empresas pantallas en paraísos fiscales.

En España las consecuencias fueron inmediatas. La más sonada de todas fue la dimisión del ministro en funciones de Industria, Energía y Turismo José Manuel Soria, al destaparse mediante estas filtraciones que él y varios de sus familiares poseían un entramado de empresas en paraísos fiscales.

Un año más tarde son muchas las consecuencias que han traído los papeles de Panamá, pero los paraísos fiscales siguen funcionando mejor incluso que hace un año. Por todo ello, cientos de organizaciones de todo el planeta han promovido la “Semana Global contra los Paraísos Fiscales” del 1 al 7 de abril. “Se decidió el 3 de abril, aniversario de los Papeles de Panamá porque es el momento en que las vergüenzas y miserias que suponen los paraísos fiscales se pusieron en evidencia frente a la sociedad”, explica Cuca Hernández de ATTAC, una de las organizaciones que han promovido el evento.

Durante estos días se han celebrado acciones, debates y movilizaciones por todo el globo con la intención de denunciar la impunidad con la que funcionan estos países y las consecuencias que tienen para el resto de países, los cuales dejan de ingresar millones de euros por la evasión fiscal que hacen las grandes fortunas y las multinacionales gracias al secreto bancario, las empresas pantalla y los acuerdos bilaterales y secretos que ofrecen países como Suiza, Panamá, Luxemburgo o las Islas Caimán. “Los paraísos fiscales son una parte fundamental y necesaria del capitalismo financiero actual, parte de la arquitectura de la impunidad que permite a las multinacionales, grandes fortunas y entidades financieras ocultar ingreso y beneficios, defraudando y eludiendo sus correspondientes obligaciones fiscales. Su desaparición permitiría una mejor distribución de la riqueza y una justa aplicación de los derechos humanos”, sentencia Hernández.

En España se han realizado varios actos durante la semana para visibilizar la lucha contra los paraísos fiscales y para exigir al Gobierno y a las autoridades que se adopten medidas para la lucha contra la evasión fiscal como que “sea ilegal toda actividad económica en los estados de la Unión Europea de las empresas radicadas en paraísos fiscales, filiales, delegaciones y empresas-pantalla” o mediante sanciones “a los países o territorios que mantengan el secreto bancario y la opacidad financiera de transacciones”, tal y como reza el manifiesto que han publicado la plataforma organizadora de la semana en España.

Los eventos han comenzado el viernes 31 con una presentación en el Congreso de los Diputados a la que han asistido personalidades como el informático francoitaliano que entregó a la justicia un listado de clientes del HSBC de Suiza, Hervé Falciani, el eurodiputado por Podemos Miguel Urbán y ha contado con una conexión en directo con el fundador de Wikileaks Julian Assange. El sábado día 2, en el espacio Ecooo de Lavapies, se han celebrado unas jornadas tituladas “Contra la trama de los paraísos fiscales” sobre fraude fiscal, paraísos fiscales y empresas offshore.

El lunes día 3, la Plataforma Justicia Fiscal ha realizado unas jornadas de debate en el Congreso de los diputados que contó con la presencia del Diputado de Unidos Podemos, Alberto Garzón, junto a representantes de la Plataforma como Juan Gimeno de Economistas Sin Fronteras, Susana Ruíz, de Oxfam Intermon o la periodista del ICIJ Mar Cabra.

La semana ha concluído con diversas concentraciones por todo el Estado a las 19 horas del mismo día 3 para mostrar la repulsa por parte de la sociedad civil hacía los paraísos fiscales y exigir que se actúe frente a ellos. En Madrid, en la céntrica plaza de Callao. En Barcelona, en la plaza Sant Jaume. En Las Palmas de Gran Canaria en la plaza Saulo Turón. En la calle Colón de Valencia y en la plaza del Arenal en la localidad gaditana de Jerez de la Frontera.

Fuente: Servindi
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