sábado, 11 de febrero de 2017

Cambio climático: nos estamos jugando la vida.



Vivimos, como generación que habita en estos momentos el planeta, un tiempo decisivo, una encrucijada histórica. El reconocimiento de que la vida humana, tal y como la conocemos, está en peligro por primera vez en la historia de la humanidad, es unánime, y ya no sólo pasa por la insistencia de los activistas ecologistas que desde hace 40 años nos advierten de que nuestro modelo de desarrollo y consumo lleva al planeta rumbo al desastre, sino que también cuenta con el asentimiento, casi resignado en algunos casos, de voces como la de Obama, la del propio Foro Económico Mundial que cada año se reúne en Davos, o la más que significativa voz del Papa Francisco, así como, por supuesto, con el aval del conjunto del ámbito científico. La crisis ecológica global es extraordinaria, y percibir esta afirmación como exagerada o demasiado distópica sólo retrasa la urgencia de una toma de conciencia que acabará cayendo por su propio peso.

El acuerdo climático alcanzado en París en diciembre de 2015 es del todo histórico, no sólo por su nivel de concreción, sino también porque cuenta con el compromiso, al menos sobre el papel, de los EEUU y de China, las dos piezas clave para entender la aceleración de la crisis ecológica y sin los cuales no es posible entender cualquier estrategia de futuro que la afronte. El problema es que dicho acuerdo llega demasiado tarde, y después de un ingente trabajo de activistas y científicos que han puesto advertencias y datos sobre la mesa, pero que no han sido debidamente tomados en consideración por el ámbito institucional hasta hace poco.

A este hecho, cabe añadir, la dificultad que supondrá en los próximos años implementar a nivel nacional los compromisos que el acuerdo supone, y sobre todo, el impacto que puede tener la llegada de Trump a la Casa Blanca. Este último hecho es clave: mientras que Obama había, por fin, aceptado la lógica multilateral y se había mostrado dispuesto a aceptar las obligaciones acordadas en París, Trump ha jugado durante la campaña a negar el cambio climático, como parte de esta estrategia que hoy llamamos “post-verdad” y que supone, teniendo en cuenta la enorme huella ecológica que representa EEUU para el planeta, un elemento de incertidumbre e imprevisibilidad que hace un año no existía. Podría darse la gran paradoja de que China, más consciente de los efectos del cambio climático (está viviendo en carne propia el impacto devastador de la polución en sus principales ciudades), acabara siendo el actor global que mayor interés muestre, además de la Unión Europa, por poner freno a este desafío global.

Sea como fuere, abordar esta cuestión no sólo pasa por importantes y urgentes cambios institucionales, energéticos y económicos, sino que también tiene que ver con un cambio cultural muy de fondo, especialmente en los países que mayor presión ecológica generan (países occidentales, China e India). El aprender a vivir sencilla y dignamente con menos para que otros (especialmente las generaciones futuras) sencilla y dignamente puedan vivir y existir, debería ser la lógica que guiará la revolución cultural del presente y del futuro. Y es que, como subrayaban numerosos activistas y científicos en 2014 (https://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com), estamos, ciertamente, ante nuestra “última llamada”: “una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada –o de hacer demasiado poco- nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta”.

viernes, 10 de febrero de 2017

Tump visto desde la ética y el evangelio.


Editorial de Redes Cristianas

Ya durante la campaña nos habíamos horrorizado por el atrevimiento e inmoralidad de sus provocaciones: nos parecía extraño que un candidato a presidente pudiera afirmar que “puedo disparar a alguien en plena Quinta Avenida y no perdería votos”, que nunca había pagado impuestos, sus afirmaciones xenófobas, su defensa de la tortura, su misoginia, el desprecio hacia México.

Sin embargo, como en algunas ocasiones, la verdad ha superado todas las expectativas. Después de su toma de posesión el 20 de enero nos ha acostumbrado al desafío diario, a la audacia y al “in crescendo” del disparate, que, como una coraza, convierte en normal el disparate del día anterior

: el muro, el oleoducto, los nombramientos, el mantenimiento de sus propias empresas aun siendo presidente, su desprecio por el estado de derecho y el poder legislativo, su fobia hacia el mundo árabe, la prohibición de la entrada —en un país de inmigrantes por historia y realidad— a los ciudadanos de los siete países afectados, con síntomas de comportamiento antisocial, agresividad, paranoia, grandiosidad, egocentrismo. La ausencia total de sentido moral y ético tanto en el lenguaje como la falta de escrúpulos en los hechos del dirigente de la nación más poderosa es un salto en la degradación social colectiva.

Sin duda el Tea Party es de derechas o de ultraderechas, pero Trump es otra cosa. Hay quien lo define como la adaptación empresarial del Ku Kux Klan del siglo XXI, la reacción histérica y patológica del blanco a quien se le ha hecho creer que está perseguido y tiene que atacar.

¿Patología? Lo de menos es pensar sobre el Trump-persona. Lo preocupante es pensar en la sociedad que le ha votado. ¿Por qué la mitad de una sociedad teóricamente civilizada, cumbre del mundo libre, heredera de Washington y Tocqueville, que con su independencia en 1776 selló la primera declaración de Derechos Humanos, en la que desde sus orígenes ha predominado el modelo de sociedad abierta, democracia representativa y prensa libre, ha dado su confianza a un personaje así?

Sencillamente, porque tanto Trump como la ultraderecha europea son un producto de la globalización financiera, del neoliberalismo y, sobre todo, representan la indignación popular por la crisis de 2008. Su auge en Estados Unidos lo han hecho posible tanto republicanos como demócratas, y en Europa las instituciones financieras, la Troika, padres de la arquitectura económica que ha generado estos monstruos.

¿Fascismo? No al estilo de los fascismos europeos del siglo pasado, pero sí utilizando su misma retórica racista o afirmando que en el interior mismo de los Estados Unidos, si se quiere que la nación prospere, hay cuerpos extraños que hay que extirpar. El mismo discurso de Hitler en su día.

Es importante releer su discurso de toma de posesión. Como en todas las dictaduras, hay un intento de conexión directa entre él, el elegido y carismático, creyéndose vocero de Dios y el pueblo, sin mediaciones, sin partidos, donde se vincula a sí mismo y a su gobierno directamente con el pueblo, sin cortapisas, con argumentos populistas y numerosas referencias a Dios. Dijo en su discurso: “Lo que realmente importa no es qué partido controla nuestro gobierno, sino si nuestro gobierno está controlado por el pueblo” o “estamos protegidos por Dios”.

El fascismo especula demagógicamente con las necesidades de la gente. Exprimirá a las masas hasta no poder más, pero se acerca a ellas hablando de anticapitalismo, alimentando el sentimiento popular contra el expolio de la burguesía y de los bancos, los trusts y los magnates y lanzando consignas de proteccionismo económico y aislacionismo cultural. En Alemania: “Nuestro estado no es un estado capitalista, sino un estado corporativo”; en la España franquista: “Hemos superado la lucha de clases”; en Estados Unidos, apropiándose del mito de pueblo elegido.

El fascismo es cada vez menos una amenaza y cada vez más una realidad. Un fascismo actualizado en sus formas pero idéntico en el fondo, y que gana sus apoyos entre las clases más afectadas por la globalización y las políticas neoliberales. Al día siguiente de la toma de posesión se reunieron en Alemania los principales líderes de la ultraderecha europea, desde Marine Le Pen a la alemana Petry, bajo el lema “Libertad para Europa”. No es casual. Estamos a las puertas de elecciones clave este año en Holanda, Francia y Alemania. Se hacen llamar “los líderes políticos de la nueva Europa, que están cerca de asumir responsabilidades de gobierno en sus respectivos países”. Al fin y al cabo Trump es brutalmente claro. Pero la vieja y cobarde Europa, que se proclama defensora de valores, decide pagar a un tercero para que le haga el trabajo sucio y pare a los que huyen de la guerra y la muerte. Y en España ponemos concertinas. El “huevo de la serpiente” se pone en evidencia.

Qué hacer?

La única ventaja de lo ocurrido es que puede despertarnos. Trump ha puesto las cosas fáciles: o conmigo o contra mí. Nos toca a nosotros escoger entre el racismo y egoísmo (individual, familiar o de grupo) o la posibilidad de construir una sociedad fundamentada en una justicia igual para todos, la del altruismo y la solidaridad por lo colectivo.

Es admirable la valentía de los numerosos colectivos que se movilizan en Estados Unidos: mujeres, jueces, universidades, iglesias, algunos ya seriamente amenazados. Antes de la II Guerra Mundial el silencio cómplice de las potencias europeas dio alas al rápido crecimiento del fascismo hasta que fue imparable. Ojalá la prudente reacción de la Europa de hoy no suponga lo mismo.

La sociedad norteamericana tiene una oportunidad para organizarse contra el fascismo encubierto de Trump y contra el modelo neoliberal y militarista impuesto en Estados Unidos y desde Estados Unidos a todo el mundo en los últimos mandatos, también por Obama y Clinton. Trump no es sino su exacerbación patológica. Y la sociedad europea tiene también la oportunidad de escoger: o la solidaridad y cambio de modelo de la UE o el fascismo y la ultraderecha que avanza sobre una UE en descomposición. Permanecer impasibles supone repetir los errores del pasado.

Desde el seguimiento de Jesús

La figura de Jesús está en las antípodas. No sólo por el programa ético y político de justicia social de Mateo 25 sobre las obras de misericordia del dar de comer al hambriento, vestido al desnudo y acoger al perseguido, sino, y quizá de manera más contundente, por el mensaje de las Bienaventuranzas — humanamente imposible de digerir y que sólo puede aceptarse desde la fe— en las que Jesús, en el pórtico de su vida publica, anuncia que los pobres, los que lloran, los humildes, son los preferidos de Dios y de ellos es el Reino. Poner esto en práctica en el mundo de hoy supondrá unos riesgos que como seguidores de Jesús habrá que aceptar.

jueves, 9 de febrero de 2017

Lo más importante, ¿los ritos o las personas?



José M. Castillo, teólogo

Fuente: Teología sin censura

No obstante la crisis religiosa, que estamos viviendo, son bastantes los cristianos que se ponen nerviosas si se les habla de innovaciones o cambios en la liturgia de la misa y demás sacramentos.
Esta postura es comprensible. Lo que seguramente no saben quienes defienden esta posición – y la defienden no sólo con energía sino incluso con indignación – es que, sin darse cuenta, quienes adoptan tal postura de forma intolerante, en el fondo, lo que hacen es aceptar y – sin saberlo – reafirmar una de las ideas típicas de Sigmund Freud. Así lo explica un autor tan documentado como es Gerd Theissen, comentando un texto importante del volumen 7º de las “Gesammelte Werke” (p. 129-131) de Freud. El rito se constituye en un fin en sí, que se contrapone al caos, que es lo más opuesto al orden. Por eso los ritos sirven para defenderse del caos. O, en otras palabras, los ritos sirven para defenderse del miedo, que precipita al individuo en un caos psíquico. Estas ideas han sido desarrolladas por Víctor Turner y Rolf Gehelen.

De ahí que, para no pocas personas, cambiarles los ritos y, sobre todo, quitar el ritual o su lenguaje (por ejemplo, el latín) es quitarles un factor fundamental de su seguridad en la vida o en su relación con Dios.
Pero, es claro, las personas que se meten de lleno en este proceso y, por eso, se aferran a la exacta observancia de los ritos, aparte del miedo inconsciente que eso entraña, tiene una consecuencia religiosa y social que nos aleja del Evangelio más de lo que imaginamos. ¿Por qué Jesús tuvo tantos conflictos con los maestros de la Ley, con los fariseos y con los sacerdotes? Siempre la misma historia: porque no observaba el sábado, no ayunaba, no cumplía los rituales de pureza cultual, andaba con malas compañías (pecadores, publicanos), tenía amistades peligrosas…

Y todo esto, ¿por qué? La respuesta más clara y más directa la dio Jesús cuando explicó lo que será verdaderamente decisivo en el juicio final. No será la observancia de los “ritos” religiosos, sino la relación que cada cual tiene con la felicidad o el sufrimiento de las “personas” (Mt 25, 31-46). Cuando el Señor de la Gloria venga a pedir cuentas a cada cual, a nadie le va a preguntar si dijo la misa en latín o en otra lengua, si cumplió con las normas litúrgicas al pie de la letra, si ayunó o dejó de ayunar, etc. O el Evangelio es mentira o la liturgia le preocupa a Dios bastante menos que al clero y sus más fieles adeptos. Lo que al Dios de Jesús le interesa no es la fiel observancia de los ritos, sino que tengamos sensibilidad para dar de comer al que pasa hambre, para estar con el enfermo, para acoger al extranjero, para interesarse por los que están en la cárcel.

Muchas veces me pregunto por qué en el Vaticano hay una Sagrada Congregación que vigila la observancia de los ritos. Y por qué no hay otra Congregación Sagrada que se preocupe por los millones de criaturas que sufren más de lo que humanamente se puede soportar.
Comprendo que todo esto ponga nerviosos y hasta indigne a algunos cristianos. Pero quienes se ponen nerviosos, al leer esto, ¿no se preguntan por qué hay tantas personas en la Iglesia que no tolerarían ver las parroquias y los templos sucios, descuidados, desordenados, abandonados, misas que no las dice el cura, sino el sacristán; o misas que el cura dice en mangas de camisa…, pero resulta que esas mismas personas no pierden el sueño sabiendo que cada día se mueren de hambre más de 30.000 personas? ¿No será verdad que nuestra exactitud en la observancia y en el cumplimiento de los ritos sagrados nos sirve de “calmante espiritual” que tranquiliza nuestra conciencia?

miércoles, 8 de febrero de 2017

La Iglesia de los Hombres y la Necesidad de Cambios entre los Cristianos.



Alonso Ignacio Salinas Garcia (Chile)


Hoy en día el ateísmo se vuelve cada vez más atractivo para miles y miles de personas, muchos lo explican con la idea expuesta por Nietzsche en Gaia Ciencia, donde cuenta como el mundo occidental empieza a reemplazar a Dios con la Ciencia, un proceso nacido de las revoluciones intelectuales y técnicas puestas en marcha por la burguesía, otros afirman que es culpa del vergonzoso encubrimiento de la pedofilia por parte de la Santa Sede.
Pero estas son consecuencias de otra razón más grande, que es el proceso de familiaridad entre Iglesia y reacción. Es el abandono del significado de Iglesia: La palabra iglesia proviene de la voz griega ἐκκλησία (transliterado como ekklēsía) vía el latín ecclesia, que se refiere a la reunión de la comunidad (en su origen heleno) y Kahal (Pueblo de Dios) en la traducción del griego al Tanaj. Para dar a conocer lo que entendemos como sociedad ante el término Iglesia: El Vaticano, jerarquía, machismo, secretos, corrupción, etc.
La fe cristiana perdió su origen comunitario y su orden preferencial por los pobres, para tener una estructura jerarquizada (como cualquier Monarquía electiva) y un orden preferencial por las elites. Cuando la Iglesia habla más de sexo que de Derechos Sociales, cuando la Iglesia defiende más la Propiedad Privada (que ya está abolida para nueve decimos del mundo) antes de la solidaridad, cuando la Iglesia prefiere estar contra el aborto que contra la explotación del hombre sobre el hombre, es cuando se pierde el significado mismo de que es la Iglesia.

Cuando la iglesia esta con pocos realmente, cuando la iglesia excluye a los hijos de Dios; gays, lesbianas, bisexuales, etc. Cuando la Iglesia da el cuerpo y sangre de Cristo a los obreros pero no los llama a organizarse y cambiar la sociedad (la única forma de edificar el Reino de Dios) ¿Qué catolicidad puede haber? Así es como nos damos cuenta que la Iglesia se casó con los; Patricios romanos, los señores feudales, los burgueses, los vicios individualistas del capitalismo y el conservadurismo feudal.
¿Qué misión puede cumplir la Iglesia ante los ojos de Dios? No basta con dar sobras a los pobres, no basta con hacer voluntariados a la India o a construir medias aguas, no basta con rezar por el desamparo de millones sin esperanza, hay que construir revolución. Los pobres no pueden ser objeto de lastima, deben ser sujetos revolucionarios, pues los cambios sociales deben ocurrir y son los mismos explotados quienes romperán sus cadenas si es que se desea una sociedad nueva.

Mientras nacía el Movimiento Obrero y la Socialdemocracia con Marx, Lasalle y Bebel, la Iglesia se asustó a los cambios y al ateísmo, llamo a hacer política, lamentablemente no motivados a colaborar con las trasformaciones sino a disputarle el pueblo a la ideología socialista. El labor de los representantes políticos de la Iglesia; partidos conservadores, socialcristianos y democratacristianos, ha sido la consolidación y edificación del; conservadurismo negando la igualdad moral de la mujer ante el hombre, asistencialismo sin romper la Dialéctica Amo y Esclavo, moderación cuando se requería radicalidad y reacción cuando se necesitaba moderación respectivamente. El miedo y el privilegio cegaron tanto a la Iglesia como a sus seguidores.
Y es que cuando los cristianos estamos llamados a hacer política debe ser como nuestra fe, abocada al pueblo, al sentir popular, abocada al opción preferencial por los pobres. Pues Jesús no es Rey, sino, Obrero y Campesino hermano por el don de la carne que desea ser seguido y amado.

No más Rerum Novarum, más Teología de la Liberación
No más enemistades con el feminismo, sino que una Iglesia que luche por todas las mujeres y todos sus derechos, pues los derechos de la mujer son derechos humanos.
No más a una Iglesia envuelta por el miedo a los cambios, si a una Iglesia que vuelva a ser Comunidad, que vuelva a ser Católica y Apostólica. Si a una Iglesia que sea Revolución y Democracia.
Los cristianos tienen como deber alcanzar la pobreza de espíritu: librarse de todo el peso de los prejuicios y la discriminación. Organizarse en sus; comunidades, trabajos y vida personal en pos de la construcción del Reino de Dios en la Tierra. Entender que la fe es política y luchar por la revolución, por los cambios sociales.

La Iglesia debe ser Católica -ósea Universal- e incluir como iguales a todos los que persiguió, condenó y quemó. Comprendiendo que el amor es algo tan divino como la resurrección de Cristo, y este amor no posee reglas o normas, la iglesia debe dejar de ser machista y homofóbica. La Iglesia debe ser Apostólica y esparcir la buena nueva, que no es ir puerta a puerta hablando de la Biblia, sino buscar a Cristo en la Tierra: a las y los trabajadores de la humanidad, y como Clotario Blest ayudar a su organización y con esta la edificación del Reino de Dios en la Tierra.
Pues el mundo no aguanta mas capitalismo, no aguanta más patriarcado, no aguanta más individualismo y segregación, el mundo requiere que se edifique una Sociedad –en palabras de Rosa Luxemburgo- donde Seamos Socialmente Iguales, Humanamente Diferentes y Totalmente Libres. Y es deber de los apóstoles de Jesucristo ayudar en tal titánica necesidad, aportar cada don nuestro, cada gota de sudor y sangre, entregar nuestras vidas al Señor.

martes, 7 de febrero de 2017

Refugiados en la cara más oscura de Europa.


BEATRIZ CAMPUZANO / MAIALEN mANGAS

Cinco mil personas donde solo caben 800. Cercado con vallas de alambre y espinos. Custodiado por fuerzas militares y policiales. Es Moria, la indecencia de Europa. Su parte más inhumana, donde se vulneran los derechos humanos. No es de extrañar que la entrada a este campo de refugiados situado en la isla de Lesbos, en Grecia, esté vetada a los medios de comunicación. A nadie, a Europa tampoco, le gusta mostrar su cara más oscura. A pesar de las restricciones, este periódico ha conseguido acceder a su interior.

LA CIFRA 

65 
de personas han tenido que huir de sus hogares en 2016, 24 al minuto 

Es inhóspito. El suelo es rocoso, llueve y resbala. El aire mueve las lonas blancas con las que ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) cubre las tiendas de campaña y en las que, a duras penas, los refugiados y migrantes se resguardan del frío. Estos toldos, al parecer, son la forma más efectiva que el organismo internacional ha encontrado para protegerles del invierno. Intento fallido. El termómetro marca dos grados bajo cero y los desplazados, sin embargo, caminan sorteando botellas de plástico con zapatos de verano. Sus pies se hunden en una superficie viscosa de tierra y agua, hasta terminar pigmentados de fango. Se esmeran en colocar piedras en las esquinas de las tiendas para sujetarlas, tienden la poca ropa en tenderetes provisionales y comprueban que, con la poca luz del día, sus lámparas solares se cargan para la noche. En Moria, no hay electricidad ni agua.


Son las ocho de la mañana y hace rato que muchos desplazados esperan, en un pasillo de medio metro de ancho delimitado por alambradas, su desayuno: un cruasán industrial y un vaso de té chai. Las mujeres forman una fila; los hombres, otra. La primera, despejada; la segunda, no da abasto. Avanzan poco a poco. Una joven subsahariana se cuela entre alaridos y quejas del resto, hasta que, con pasos firmes y violentos, consigue llegar al ápice de la fila. Moria no es lugar para la cortesía. Aún menos para las pocas mujeres, que cada día se ven obligadas a reivindicar su espacio en medio de tanta virilidad.


Los caminos que antes unían los habitáculos con las zonas comunes, como la guardería, los baños y las diferentes oficinas de registro oficiales, son ahora un terreno más de acampada. Las tiendas de campaña se apilan, se rozan unas con otras, sin guardar ningún tipo de orden. Moria tampoco es lugar para la intimidad. Dos carpas más espaciosas albergan a multitud de hombres solteros, cerca de doscientos en cada una, que duermen en sacos y sobre esterillas o palés a la espera de que les ofrezcan una parcela individual. Pero las tiendas de campaña han poblado hasta las inmediaciones de la zona de aseo, que desprende un olor acre, insoportable y agresivo y donde los lavabos se asemejan a abrevaderos para el ganado. Ya no hay más sitio.

En los últimos diez días, un egipcio, un sirio y un paquistaní han fallecido en el campo de Moria




Es un espacio militarizado. Custodiado por el ejército y fuerzas policiales, Moria tampoco es lugar para quien acarrea traumas por guerras, dictaduras o persecuciones. No se admiten protestas, reina la sumisión. Desde que, por diversos actos de desesperación, varios migrantes iniciaran disturbios y provocaran incendios, la única repuesta de las autoridades ha sido acallar las protestas por la vía de la coacción. ¿Cómo? Alzando más vallas, intimidando y aumentando el número de refugiados y migrantes encerrados en un módulo que sirve de cárcel dentro de Moria. «Las condiciones de vida en este campo no se pueden soportar de manera permanente y los que viven dentro no saben hasta cuándo van a estar aquí. Por eso se desquician y se rebelan», expresa Achilleas Tzemos, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Lesbos.


Separados por verjas


Los megáfonos anuncian los nombres y apellidos de los siguientes citados para la entrevista con los servicios de migración. En Moria, todo se separa por verjas: una zona para familias con niños, otra para hombres solteros, una tercera para quienes acaban de desembarcar en la isla y la última para los que hayan desobedecido, hayan tratado de huir de este infierno o vayan a ser deportados. También las oficinas donde las autoridades atienden a los refugiados y migrantes están cercadas por vallas, desde que en diciembre del año pasado un grupo les prendiera fuego en un acto de protesta ante la lentitud de los procesos de petición de asilo. Hoy, cientos de desplazados se amotinan ante esta alambrada, exhiben su documentación y, agitados, esperan escuchar su nombre ante un militar que trata de apaciguarlos. Mientras, miran compasivos a un compañero, que sale de las oficinas esposado y escoltado por dos policías más jóvenes que él. Es probable que lo devuelvan a Turquía.



La tensión aumenta cada día en el interior de este campo de refugiados situado en una colina próxima a Mitilene, capital de la isla, y rodeado de olivos. «Es difícil dormir. Todas las noches hay peleas y robos», relata Hasid Azizi, un afgano de 25 años que intenta sobrevivir en Moria desde abril del año pasado. La semana pasada, un joven egipcio de 22 años y un sirio de 46 fallecieron en la misma tienda de campaña. Este lunes, las autoridades hallaron muerto a otro refugiado, un paquistaní de 20 años. Ni siquiera la prensa local se ha hecho eco de las verdaderas causas de los incidentes, porque el secretismo es una de las palabras que mejor define este espacio desolador. Aunque se barajan varias hipótesis, todas ellas dan crédito a la cruda realidad de Moria: muerte por hipotermia, suicidio o asfixia al intentar calentar sus tiendas con un cilindro de gas.



«En este campo hay conflictos por muchas razones. La primera, la convivencia entre personas de diferente procedencia, que por su cultura, política o religión pueden llegar a chocar. La segunda, la falta de capacidad y recursos para tanta gente, que producen ansiedad y estrés entre los refugiados», lamenta el coordinador de MSF en Lesbos. «Además, muchos enfrentamientos entre los propios desplazados se originan porque hay nacionalidades que, de alguna manera, tienen más facilidades que otras a la hora de conseguir la protección internacional, como los sirios, por ejemplo», añade Tzemos, coordinador de MSF en Lesbos.


Traumas psicológicos


Quienes desembarcan en Lesbos lo hacen con una maleta cargada de temores, que coge peso por la falta de información, la incertidumbre, las detenciones injustificadas y el estrés acumulado en esta espera sempiterna. «La forma en que la gente es recibida y asistida en sus llegadas puede inducirles serios problemas de salud mental, miedo, preocupaciones, enfado, tristeza, pesadillas, traumas y problemas de sueño. Todo esto puede hacer que revivan el pánico y condenarlos al riesgo de padecer trastornos psicológicos severos», constata el coordinador de MSF, tras haber decidido, junto al equipo de salud mental de la oenegé, aumentar el apoyo psicológico a los refugiados y migrantes en la isla. «La necesidad de atención en salud mental es enorme. Las condiciones de vida en campos como el de Moria, donde la gente no se siente segura, les hace recordar lo que vivieron en sus países, muchos en guerra», afirma y añade que «la ansiedad y la depresión son los principales trastornos, ya que hay gente que llegó en abril del año pasado y todavía no se les ha informado sobre qué pasará con ellos».





A pesar de que en Moria, donde hasta la fecha se han dado varios intentos de suicidio, no se atiendan casos relacionados con la salud mental, los otros dos campos de la isla, Pikpa y Kara Tepe, tratan de ofrecer apoyo a personas vulnerables. El día a día en estos dos campos, gestionados respectivamente por voluntarios locales y el ayuntamiento de Mitilene, dista mucho del de Moria, a cargo del gobierno griego. Son pocos, en cambio, los que obtienen el estatus de vulnerabilidad que les permite vivir en este ambiente más ameno, donde en casetas de madera los refugiados pueden cocinarse su propia comida, los niños ir a la escuela y, en definitiva, vivir en una especie de normalidad. Pikpa y Kara Tepe se han convertido en comunidades de vecinos, donde las familias cooperan, se ofrecen apoyo y comparten proyectos futuros.


«La vida en Moria es muy diferente a la de Pikpa, no hay comparación». Yohannes Zerazion ya ha vivido un verano, un otoño y un invierno en Lesbos. Desde que pisó la isla el pasado junio, ha tenido tiempo para acostumbrarse a los cambios bruscos de temperatura. «En Eritrea hace calor todo el año. Aquí, el verano es sofocante y el invierno helador», comenta mientras se lía un cigarrillo. A su llegada, pasó varios meses en el campo de Moria hasta que, por problemas de espalda, consiguió el traslado a Pikpa. «En Moria no se puede vivir», repite entre calada y calada, aunque asegura que «es mejor» que vivir en Eritrea: «Lo peor que le ha pasado a África es la colonización. Nos separaron por países a su antojo, nos llevaron a la ruina y después no se encargaron de reconstruir la paz».


Johannes Zerazion es conocido entre los refugiados en Mitilene, quizá por su carisma o porque imparte clases de bisutería artesanal en el centro cultural Mosaik, un espacio abierto y participativo al que acude la gente local y las personas desplazadas para meditar, aprender inglés, árabe y griego y recibir clases de pintura, costura y manualidades. «Mosaik nos ayuda a desconectar y distraernos», cuenta Diago Tsehaye, también eritreo y que, a diferencia de su amigo, aún permanece en Moria. De fondo, en el taller, suena música reggae y Diago Tsehaye ojea su Samsung cada dos minutos, inquieto, a la espera de recibir la llamada que dé respuesta a su petición de asilo. Es la resolución que lo mantiene en vilo.


«La incertidumbre a la que se exponen los refugiados y migrantes es muy difícil de llevar. No pueden hacer planes, pierden el poder sobre su futuro», expresa el coordinador de MSF y hace hincapié en que en el contexto actual es «de máxima prioridad» centrarse en la atención de trastornos mentales. «Sin información ni asesoramiento, es difícil llevar una vida aquí», sentencia.


Asesoramiento legal


En el despacho improvisado de Lorraine Leete se suceden los golpes de realidad. Cuando llaman a su puerta y le dicen «voy camino a Alemania», respira hondo, mueve las manos con serenidad y cuenta hasta diez para buscar las palabras oportunas: «No, estás en Lesbos y lo estarás durante mucho tiempo».





«Han construido una prisión dentro de Grecia y lo han podido hacer por geografía, porque de esta isla remota no se acuerda nadie. Desde marzo, a los refugiados que desembarcan en Lesbos y otras islas del Egeo les espera un futuro difícil. Las fronteras están cerradas y esto se ha convertido en una cárcel», expresa esta abogada estadounidense de 35 años que desde septiembre coordina el equipo de Legal Center Lesbos, una fundación británica sin ánimo de lucro que ofrece apoyo legal a refugiados y migrantes en la isla. Cada día, asesora a una veintena de personas en una sala austera de cinco metros cuadrados y donde un cartel, colgado en una de sus paredes blancas, detalla los pasos a seguir para tramitar el asilo en la Unión Europea. «Necesitan información. Es imprescindible que los refugiados y migrantes conozcan la situación en la que se encuentran y sepan cuáles son sus derechos». Los consejos de Leete, que además de abogada se ha convertido en consultora personal de muchos desplazados en Lesbos, son las primeras palabras sinceras que escuchan quienes llevan meses de travesías, fraudes y espanto.


La entrada en vigor del tratado entre la Unión Europea y Turquía, el 18 de marzo del p 2016, marcó un antes y un después en la gestión de fronteras europeas y el comienzo de un nuevo capítulo en el drama de los refugiados. La contención del flujo migratorio acordado con Erdogan a cambio de la desaparición del visado para los turcos que viajen a Europa, las expulsiones de demandantes de asilo desde Grecia y 6.000 millones de euros sellaron la ruta del mar Egeo. En la actualidad, poco queda de la estampa desoladora de desembarcos masivos que avergonzó a Europa hasta mediados del año pasado. Hoy, la realidad en Lesbos es otra: aprisionamiento, desesperanza y vulneración de los derechos humanos. «Es difícil saber cuántos refugiados y migrantes hay en la isla porque buscan cualquier vía para escapar de aqu», señala Lorraine Leete, que con resignación tilda el acuerdo de «intencional e ilegal». A pesar de las trabas, ACNUR estima que en la isla se aglomeran cerca de siete mil desplazados.


Con el apodado ‘Pacto de la Vergüenza’, que recibió numerosas críticas por parte de organizaciones humanitarias y la propia ONU, Europa cerró el 2016 con unas cifras que ruborizaron a los estados miembro: cerca de 360.000 refugiados y migrantes pusieron en riesgo sus vidas tratando de llegar al continente y el Mediterráneo fue escenario de 5.022 muertes, un 25% más que en 2015. En esta línea y en lo que va de año, los números siguen demostrando que quien huye de la guerra y del hambre no va a parar. Solo en el mes de enero, 3.899 personas han llegado por mar a Europa. 247 han fallecido en el intento. El Mediterráneo es un cementerio de lápidas sin nombre.

Sólo en el mes de enero, 3.899 personas han cruzado el Mediterráneo y 247 han muerto en el intento


«Ahora, con la nueva legislación, quien llega a la isla, tiene que pasar por el campo de refugiados de Moria, identificarse y esperar tres o cuatro días hasta obtener un documento que ACNUR denomina ‘registro simple», puntualiza Leete. Durante el trámite de este primer título, los refugiados y migrantes permanecen encerrados en el interior del campo, bajo vigilancia permanente. Presos sin motivo, aguardan la autorización que les concederá el primer pellizco de libertad: pasear por Mitilene, capital de la isla. «Este certificado les da licencia para salir del campo de Moria pero no les otorga los derechos que les corresponden a los solicitantes de asilo. Ni el derecho al trabajo, ni a la vivienda, ni a casarse, por ejemplo. Tienen prohibido hacer todo lo que les permite una vida digna, y eso es lo que mantiene a la gente atrapada», denuncia la abogada, a quien se afianzan centenares de refugiados en Lesbos, y añade en tono contundente: «Este ’registro simple’ los mantiene detenidos en la isla».


A la espera del salto a Atenas


Aunque nadie les advierta de que la mayor virtud en Lesbos es la paciencia, los refugiados y migrantes, siempre a la espera, se ven forzados a cultivarla. «Europa estipula que debe pasar un máximo de diez días hasta la emisión del llamado ‘registro completo’, un segundo documento que otorga los derechos que les corresponden a los solicitantes de asilo - incluyendo el derecho en unirse con familiares cercanos en paises europeos y en ciertos casos el salto a Atenas. Pero no pasan diez días, sino diez meses», denuncia la asesora legal, quien cada semana ve crecer la pila de casos sobre su humilde escritorio.


En los tres campos que se han habilitado en la isla y en antiguos edificios abandonados, multitud de refugiados y migrantes esperan meses a que las autoridades competentes -la Oficina Europea de Apoyo al Asilo, EASO, y el Servicio de Asilo Griego- les citen para la entrevista que determinará su futuro: reanudar el camino hacia la Europa continental o ser deportados a Turquía. La lentitud con la que se llevan a cabo los procesos de petición de asilo y el incumplimiento de las cuotas de reparto de refugiados pactadas por los gobernantes europeos conllevan el hacinamiento de miles de refugiados y migrantes en el país heleno. No pueden seguir adelante ni regresar. Están atrapados, y las cifras así lo avalan: de las 360.000 llegadas en 2016, Europa solo ha reubicado a 9.709 personas, 609 en España, según datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR. Además, Bruselas sostuvo en diciembre que volvería a acatar el Reglamento Dublín III, anulado en verano de 2015 y en virtud del cual los refugiados deben pedir asilo en su país de llegada a la Unión Europea. Volver a cumplir este tratado, piedra angular del sistema de asilo común, supondría el reenvío de miles de refugiados a Grecia, que tendría que gestionar las llegadas en un contexto de crispación política y social tras cinco años de crisis, una recesión, un paro del 25% y los tres rescates que han recortado sueldos y pensiones.


Deportados por nacionalidad


«7 de agosto de 2015». Sohel Minah recuerda al detalle la fecha en la que huyó de su país: Bangladés. También, con nostalgia y crudeza, la despedida de su mujer y su hija, de cinco años. Su historia solo es una más. Una de las tantas que pueden ser resumidas en persecución política, destierro y añoranza. «Soy ingeniero físico», se presenta con orgullo en el centro al que acude a recibir clases de inglés en Mitilene y saca de su cartera de cuero el carné de la empresa para la que ha trabajado durante años. Suspira. Se levanta del pupitre, que ocupa desde que llegó a Lesbos hace ocho meses, y señala en un atlas del aula el país donde desde joven, bajo las directrices de su padre, militó como líder local de la Liga Awami, actualmente en el gobierno. «La situación política de mi país y los problemas internos de mi partido me han obligado a escapar», explica. Hoy, ha trasladado su lucha política a la isla, donde dirige la comunidad de 250 bangladesíes que se confinan en Moria. Sohel Minah tiene un mensaje para Europa: «Debe ser un lugar seguro y brindar ayuda a las personas como yo. Si no estuviéramos en riesgo, no vendríamos aquí». Su dedo recorre en el mapa la distancia que transitó por avión, a pie, en patera y por 5.300 euros. De Bangladés a Irán, de Azerbayán a Turquía, hasta llegar a Lesbos, donde aún no ha tenido la opción de justificar su solicitud de protección internacional y probablemente no la tenga en un futuro próximo.


Refugiados y migrantes procedentes de Marruecos, Nepal, Pakistán y Argelia, entre las más de cuarenta nacionalidades que se han registrado en la isla, se suman a los de Bangladés en esta espera interminable que posiblemente acabará en deportación. «Los casos tienen que revisarse uno a uno y no por país de origen. Europa está ejerciendo una discriminación por nacionalidad y eso es ilegal», denuncia la abogada en referencia a casos como el de Sohel Miah.


«Cuando las autoridades entrevistan a personas procedentes de estos países, las detienen de forma acelerada. Sin tener pruebas reales de si representan alguna amenaza o sin comprobar su historial, solo por su nacionalidad, los detienen para deportarlos a Turquía», precisa Lorraine Leete. Bruselas, por su parte, excusa estas expatriaciones bajo el argumento de que Turquía es un país seguro, pero obvia que Ankara «solo da refugio a europeos y una protección temporal a los sirios». En medio de esta controversia, los refugiados y migrantes de las islas griegas son los únicos que pueden impugnar el argumento de la UE: «No, Turquía no es un país seguro para nosotros. Allí, nos vemos condenados a vivir en la calle y a muchos hasta los encarcelan», testifica Minah, mientras se acerca a su mesa y se vuelve a sentar. «Yo respeto la ley y a la Unión Europea. Pero necesito estar a salvo y que se cumplan mis derechos y en Moria esto es imposible. No hay capacidad para tantas personas», declara el bangladesí, que cada viernes se reúne con líderes de otras comunidades presentes en el campo para reclamar conjuntamente el cumplimiento de los derechos humanos. «¿Hasta cuándo estaremos así?», se cuestiona Minah.





Esta pregunta, que en los últimos meses se repite como un mantra entre los desplazados, el coordinador de MSF, la abogada de Lesbos Legal Support y los cientos de cooperantes que trabajan en la isla, aún no tiene respuesta. Europa se escandaliza pero no actúa, hace tambalear sus principios y desatiende las continuas denuncias por vulneración de derechos humanos en su propio territorio. Un territorio en el que crece la xenofobia y los movimientos de extrema derecha y donde, sin embargo, se desconoce que el 89% de los desplazados de Siria, Iraq, Afganistán, Eritrea y Nigeria se queda en sus países vecinos, como Jordania y Líbano. La mayoría no llega a Europa.


Lo que sucede hoy sobre el suelo de Lesbos es alarmante, pero tan solo representa una parte diminuta del drama de los refugiados en el mundo. 2016 ha batido un nuevo record: 65 millones de refugiados en todo el planeta. Cada minuto, 24 personas han huido de sus hogares, unas 34.000 personas al día, según el informe anual de ACNUR, ‘Tendencias Globales’, que desglosa las claves de desplazamiento forzado a nivel mundial. De forma paralela, y como poco paradójica, 2016 también ha sido el año en el que más fronteras se han cerrado, según el mismo organismo.


Ante estas cifras que sonrojan al mundo, ahora cabe preguntarse si es mejor atajar las guerras e injusticias desde el origen y evitarlas, o enredarse en pactos y tratados que a duras penas pueden reparar sus graves consecuencias.