jueves, 5 de junio de 2014

Como hace cinco siglos: las lenguas americanas en la mira imperial.

Los Altos de Chiapas. Foto: Enrique Carrasco

"La electricidad, el vapor, la imprenta, lo mismo hablan, se deslizan, vuelan cuando se lo pide un español que cuando se lo demanda un azteca; para entenderse no es necesario hablar castellano; los que vieron en Babel confundidas, extraviadas sus lenguas, han recobrado la voz y emprenden de nuevo la conclusión de la torre prodigiosa, el escalamiento del cielo."

Por Víctor de la Cruz

Un principio general de derecho reza que “quien es primero en tiempo es primero en derecho”. Este principio permanentemente es invocado en los tribunales y órganos de gobierno, siempre y cuando no se trate de los indígenas; porque entonces la sociedad política, los jueces y los administradores piensan que dicho principio no es aplicable a quienes se llama despectivamente “indios”.

Existe una contradicción entre ese principio y el trato a los descendientes de los primeros habitantes del territorio que conforma este país, como lo existe entre el concepto de cultura nacional —tal como ha sido adoptado por las élites intelectuales y políticas—, y la cruda realidad de estructuras sociales y económicas fragmentadas, desintegradas y sumamente polarizadas, así como en algunos países como México: una composición de la población altamente diferenciada en términos étnicos y culturales.

Estas contradicciones estallaron el 1 de enero de 1994, cuando los descendientes chiapanecos de los mayas se levantaron en armas contra el gobierno federal y contra el pacto social escriturado en la Constitución de la República, que permite el despojo de sus tierras, recursos naturales y la exterminación de sus culturas y lenguas.

Supuestamente para combatir las causas de la rebelión zapatista, el gobierno federal inició un diálogo, en varias etapas y mesas, con los representantes de los indígenas rebeldes, que culminaron en los Acuerdos de San Andrés firmados el 16 de febrero de 1996 por los representantes de ambas partes. Los puntos sustanciales de esos acuerdos fueron traducidos a una “Propuesta de Iniciativa de Reformas Constitucionales en materia de Derechos y Cultura Indígena”, presentada el 29 de noviembre de 1996 por la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) del Congreso. Sin embargo, el gobierno de la federación encabezado por Ernesto Zedillo, como han hecho otros gobiernos criollos en la historia de México, no hizo honor a su palabra y a la firma de sus representantes, oponiéndose a que dicha iniciativa fuera presentada como un acuerdo de ambas partes, pretextando problemas de técnica jurídica.

El siguiente gobierno, que había prometido el cambio y resolver el conflicto chiapaneco en 15 minutos, hizo suya la iniciativa de la Cocopa y la presentó al Congreso de la Unión, vía la cámara de senadores, en diciembre del 2000; pero allí los distinguidos jurisconsultos hicieron engrudo el atole. No se acordaron de los problemas de técnica jurídica ni de la teoría del derecho constitucional, que divide las constituciones clásicas en dos partes: la dogmática y la orgánica, estableciéndose en la primera las garantías individuales y en la segunda la organización política de la sociedad.

Lo que hicieron fue quitar el anterior contenido del Artículo 2° pasándolo al primero y retacaron aquél de cuantas ideas criollas tuvieron en la cabeza. Empezaron con un principio monárquico-centralista que niega el federalismo del Estado mexicano: “La Nación mexicana es única e indivisible”; confundieron el concepto de nación con el de pueblo, éste con el de comunidad; convirtieron a las comunidades indígenas en objetos de interés público en vez de sujetos de derecho público como piden, además de agregar un apartado B donde enumeraron los objetivos de una secretaría de Estado que se ocupe de los indígenas, cuando sea creara, lo cual todavía no ha sucedido. Todo como si la Constitución general de la República fuera una ley reglamentaria. En conclusión, produjeron un mazacote, un bodrio jurídico que remite a las constituciones y leyes de las entidades federativas “el reconocimiento de los pueblos y comunidades indígenas”. Tanto ruido para tan pocas nueces y aquí tienen ustedes la responsabilidad de arreglar las cosas.

En los organismos internacionales, que sólo son foros de imágenes o para tomarse la foto, que todavía subsisten a pesar de las violaciones del gobierno estadunidense a lalegalidad internacional; después de varios decenios de discusión, la Conferencia General de la unesco finalmente adoptó la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural el 3 de noviembre de 2001.

Su artículo quinto establece: “Los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indisociables e interdependientes. El desarrollo de una diversidad creativa exige la plena realización de los derechos culturales, tal como los define el Artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Artículos 13 y 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Toda persona debe, así, poder expresarse, crear y difundir sus obras en la lengua que desee y en particular en su lengua materna; toda persona tiene derecho a una educación y formación de calidad que respete plenamente su identidad cultural; toda persona debe poder participar en la vida cultural que el elija ejercer sus propias prácticas culturales, dentro de los límites que impone el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales”.

Pero no todo es color de rosa. Dos gobiernos anglosajones y el hispano, enloquecidos de soberbia, han declarado la guerra a la pluralidad en el mundo, con el pretexto de combatir el terrorismo buscan globalizar su cultura, su religión y su lengua. Mientras Estados Unidos quiere imponer al mundo entero su destino manifiesto, en la España imperial soñada por Antonio de Nebrija, la de José María Aznar y el juez Baltazar Garzón, se busca aniquilar a las minorías étnicas que se oponen al centralismo madrileño (ver Ojarasca de febrero).

¿Cómo es posible preocuparnos por la biodiversidad de la flora y la fauna y olvidemos la pluralidad lingüística y cultural en Estados Unidos, España, México, en todo el mundo? ¿Es posible que defendamos la diversidad de plantas y animales y permitamos la extinción de la diversidad en el ser humano? Los gobiernos español y estadunidense creen que sí, pero en nuestro país debemos abrir los ojos y el corazón dejando de ser seguidores de políticas genocidas de los criollos centralizadores de toda visión del mundo.

Ante los tambores de guerra que se oyen actualmente anunciando un nuevo Apocalipsis, citaremos parte de la respuesta de Ignacio Ramírez al español Emilio Castelar, en una polémica que sostuvieron en los años sesenta del siglo xix (“La despañolización”, en Ignacio Ramírez, El Nigromante. Prólogo y selección de Francisco Monterde, Secretaría de Educación Pública, 1944):

¡Qué ruin sería la América a los ojos de nuestro ilustre antagonista si no aspirara a remedar a la España! Un astro más noble descubre la inteligencia entre las tempestades que rodean al mundo; con sus rayos descubrimos el trono conservado para la libertad y el altar para la ciencia; no es el orgullo español ni la ambición francesa quienes hacen desaparecer los Pirineos y precipitan al mar las columnas de Hércules; es la fraternidad universal: lo que hay de más puro, de más noble, de más sublime, pertenece a todos los pueblos, todas las glorias se confunden en una. Homero y Confucio, Washington y Voltaire, Bolívar y Lutero, todo hombre que se apellida grande, lo mismo pertenece a la China que a la España, y en México son igualmente queridos los nombres de Castelar y de Hidalgo. La electricidad, el vapor, la imprenta, lo mismo hablan, se deslizan, vuelan cuando se lo pide un español que cuando se lo demanda un azteca; para entenderse no es necesario hablar castellano; los que vieron en Babel confundidas, extraviadas sus lenguas, han recobrado la voz y emprenden de nuevo la conclusión de la torre prodigiosa, el escalamiento del cielo.

Víctor de la Cruz, poeta, escritor e investigador zapoteco. En 2013 la UNAM publicó una nueva edición de su clásico La flor de la palabra/Gui’st’ diidxazá, sobre la literatura de su pueblo. Con este artículo culmina su serie de escritos sobre las lenguas originarias, publicados en estas páginas febrero y marzo pasados.

Fuente: Suplemento Ojarasca

miércoles, 4 de junio de 2014

Lenguaje defectuoso, evangelio defectuoso.



Recientemente tuve la oportunidad de participar en un servicio religioso carismático al que fui invitado. Ya en el lugar, comenzó a darse un fenómeno sumamente interesante que me dio la impresión de que algo no estaba bien. Para empezar, el que realizaba la apertura del servicio comenzó a pedirle a la gente que levantara sus manos para que la presencia de Dios bajara en ese momento. Acto seguido, el ministerio de música comenzó a cantar solicitando que la presencia de Dios volviera a bajar y que el Espíritu Santo soplara sobre los presentes. Ante el asombro por lo que estaba presenciando, otro feligrés ora y declara “cielos abiertos” y “aceite de Dios derramándose”; y a esto se añaden todas las ideas triunfalistas y de prosperidad que estuvieron presentes. Pueden imaginarse, aunque sea sólo por un momento, la confusión de sentimientos y mi asombro ante semejante escenario: se había realizado todo un proceso “litúrgico” y para ellos Dios no había llegado aún.

Estoy seguro de que el escenario descrito no es algo nuevo para ustedes. No obstante, el hecho de que se perciba de esta manera no significa que deba ignorarse, ya que los peligros y malformaciones que se suscitan en estos ambientes son evidentes, puesto que la “fraseología” utilizada en estos lugares atenta contra el creyente con ideas que no necesariamente reflejan la realidad del mensaje de Jesús. Asimismo, existen otros riesgos cuando el vocabulario utilizado en los servicios religiosos responde a ideas mundanas y no necesariamente a la Escritura, entre las cuales nos encontramos con la distorsión del evangelio, un marcado desequilibrio escritural y una pobre o inexistente hermenéutica, que exponen a la feligresía a expectativas irreales, a frustraciones, cargos de conciencia y a perder las perspectivas del valor global y de la significación real de la obra de Jesucristo para el mundo y la Iglesia. Todo esto contrasta con la realidad salvífica y liberadora de Cristo, ya que su mensaje no incluía la riqueza, las expectativas irreales, o la prosperidad económica, sino más bien un marcado interés por los marginados de la sociedad y por ser “La voz de los sin voz”, como diría Jon Sobrino.

Este tipo de vocabulario o forma de expresión tuvo sus comienzos a finales del siglo pasado, gracias a los movimientos de palabra de fe (Word-Faith) originados en los EE.UU, que encontraron un terreno fértil en los movimientos carismáticos pentecostales y todas sus vertientes, los cuales, debido a la carencia de profundidad teológica, se han convertido en los grandes promotores de estas ideas sin el más mínimo rigor. Esto ha llegado a ser un gran desafío para la Iglesia, ya que su propagación es la norma de muchos predicadores, cantantes cristianos, medios televisivos y, de forma sorprendente, ministros de corte tradicional de los que jamás hubiéramos pensado tal cosa.

Este es un “evangelio de expectativas” que carece de resultados, produce inercia, una fe estática y una similitud con la astrología asombrosa. Esta jerga, en vez de liberar, oprime al que la escucha con ideas inalcanzables y expectativas gloriosas que nunca se harán realidad, y en la que la fe y Cristo son sólo pretextos para alimentarla. Se propaga con frases como “Dios hará algo grande”, “El propósito de Dios aún no se ha cumplido”, “Hay algo que viene”, entre otras, dejando al azar lo que pueda suceder y haciendo creer a las personas que recibirán un bien material o económico.

Sin embargo, el problema de esto no es sólo lo que se dice, sino el efecto que tiene en los creyentes. Además, sabemos que muchos de ellos no tienen el conocimiento apropiado para discernir lo que escuchan. Por ese motivo, en algún momento se verán envueltos en una vorágine de dudas y de zonas oscuras que, de no cumplirse lo prometido, les podrían provocar las siguientes preguntas: ¿Quién es el culpable, Dios que no lo escuchó? ¿Él o ella por no tener fe? ¿Pensará que le mintieron? ¿Se equivocó el predicador? Estas cuestiones provocarán, sin duda, ansiedades y frustraciones que no tienen nada que ver con la realidad del evangelio. Además, el resultado final y fatal podría ser la resignación de que en algún momento sucederá lo que se ha predicado, o bien que la persona, frustrada y decepcionada, abandone la fe. Y todo por un evangelio mal expuesto.

Estos temas son muy delicados porque ponemos en riesgo a muchas personas por la pobre hermenéutica que se utiliza desde los altares y desde los medios. Los movimientos neo-pentecostales arrastran a miles con este pseudo-lenguaje religioso y esta supuesta fe. Cuando estas ideas se ignoran o se pasan por alto, creamos ambientes de gran ansiedad religiosa, colocamos a los creyentes en un estado de expectativas que los pueden llevar a vivir grandes frustraciones que no son propias de la Iglesia. En una sociedad en la que el entretenimiento y el interés económico se han convertido en norma, la Iglesia debe ser cuidosa con su lenguaje y con el vocabulario que asume.

Esto me recuerda la perícopa de Felipe y el etíope. Según el texto bíblico, Felipe es llevado por el Espíritu a unirse al carro del etíope. Al ver que leía el libro de Isaías le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?”; a lo que el etíope contestó: “¿Como entender sin alguien que lo explique?” Reflexioné por un segundo e imaginé la catástrofe de una respuesta incorrecta por parte de Felipe, y me surgieron algunas cuestiones: ¿Qué mensaje habría llevado el etíope a su país? ¿En qué habría apoyado su fe? y muchas más.

Hermanos, todos los días tenemos “etíopes” sentados en nuestras iglesias esperando una sana y correcta explicación de la verdad bíblica. Esto responsabiliza a cada ministro de un buen discernimiento y de una hermenéutica correcta que proyecte el verdadero mensaje de Jesús, puesto que errar en esa misión sólo nos llevará a favorecer un lenguaje defectuoso que publicará un evangelio defectuoso.



Edward Falto

Pastor y profesor universitario, posee un grado de Bachiller en Administración Comercial de la UCPR (Universidad Católica de Puerto Rico), Ex-profesor y Graduado del Colegio Teológico del Caribe AD. Estudios Graduados en Artes de Filosofía, concentración en Estudios Teológicos de la Universidad Central de Bayamón en Puerto Rico. Ministro protestante durante mas 20 años.

martes, 3 de junio de 2014

La importancia de ser normal y corriente.


Redacción de Atrio, 02-Junio-2014

Desde hace algún tiempo el obispo anglicano jubilado John Shelby Spong empieza a hacerse presente en los medios de lengua castellana, más entre los católicos que entre los protestantes. Tiempo Axial, la Asociación Marcel Légaut y los grupos cristianos LGTB, han empezado a traducirlo y difundir su pensamiento incluso con visitas y conferencias en varias ciudades. Esperamos que vaya estando cada vez más presente en ATRIO, pues en muchos temas coincide con nuestras posiciones de búsqueda y cambio. Pero expresamente queremos empezar a darle voz con este último artículo suyo que nos ha llegado, por representar una profunda reflexión sobre las redes humanas, que no necesita ser rompedora con antiguas lecturas del NT para aportar algo nuevo y revolucionario.


Obispo anglicano jubilado John Shelby Spong

En estos últimos años, mientras trabajaba en mi libro más reciente, El Cuarto Evangelio: narraciones de un místico judío, me encantó la forma como el autor presentaba a los personajes de sus relatos. Hay más personajes memorables en el Cuarto Evangelio que en ningún otro libro del Nuevo Testamento. En los otros evangelios, Tomás no pasa de ser un nombre más en una lista de discípulos; en el evangelio de Juan, en cambio, se convierte en un escéptico que incluso da origen a la expresión “eres tan incrédulo como Tomás”. De modo similar, el evangelio de Juan introduce muchos otros personajes sobre los que ningún otro autor evangélico parece haber oído hablar antes. Entre ellos: Natanael, Nicodemo, el “discípulo amado”, la samaritana de junto al pozo, el ciego de nacimiento, el cojo de la piscina y Lázaro. Son personajes tan bien dibujados que no sólo se han hecho inolvidables sino que su singularidad plantea la posibilidad de que se trate de figuras simbólicas más que de personas históricas pues, en el evangelio de Juan, estas figuras parecen representar diferentes tipos de respuesta ante Jesús. Cuando uno lee a fondo a Juan, cada personaje parece representar un tipo de personalidad diferente de modo que hay en él suficiente diversidad de tipos como para que cada uno pueda identificarse con alguno de ellos en especial. Hoy quiero fijarme en uno de estos personajes del texto de Juan y presentarlo como alguien que puede ser un modelo a seguir, al menos para algunos. Su nombre es Andrés y yo lo llamo “el patrón de la gente corriente”.

Hasta que apareció el Cuarto Evangelio, todo lo que el Nuevo Testamento decía sobre Andrés era que era hermano de Simón Pedro, el cual siempre aparecía como líder. Así que el papel de Andrés sólo se definía indirectamente: se le conocía, sobre todo, por su relación con otro, es decir, por ser el hermano de otro personaje realmente más famoso. A menudo, en nuestro mundo todavía patriarcal, a las mujeres, se las conoce sobre todo por ser las esposas de sus maridos; y a veces a los hijos, sólo se le conoce como los hijos de alguno de sus padres, si éste es famoso. Esto fue lo que le pasó a Andrés y esto es lo que le pasa a la gente corriente, a la que sólo se la conoce si tiene relación con alguien conocido.

Sin embargo, aunque vivamos en una cultura de héroes, yo creo que si el mundo se mueve es porque se apoya en la gente normal y corriente. Al leer la historia de la Segunda Guerra Mundial, uno podría tener la impresión de que Estados Unidos luchó y ganó gracias a tres soldados tan sólo: Eisenhower, MacArthur y Patton. Sin embargo, todo el mundo sabe que los que ganan las guerras no son los generales sino los soldados, que luchan, se desangran y mueren, y suelen permanecer anónimos. Antes de que se escribiera el evangelio de Juan, Andrés era una persona de a pie, alguien normal y corriente a quien sólo se le identificaba por tener relación con otro. Pero, cuando llega el Cuarto Evangelio, éste añade tres relatos, breves pero significativos, a su escueta biografía, que así adquiere un peso específico.

En el primer capítulo se nos dice que fue Andrés, el hombre normal y corriente, el que trajo a su hermano hasta Jesús. Así pues, fue él quien hizo posible que existiese Pedro, el hombre que había de convertirse en el primer líder de la comunidad cristiana y por ello ser el más conocido de la misma.

En el capítulo sexto, Andrés es quien conduce hasta Jesús al muchacho que tiene los cinco panes y los dos peces. Dadas las dimensiones de la multitud (miles de personas a las que había que alimentar), lo que se ofrecía era apenas una gota en un cubo de agua. Andrés, sin embargo, entendió que el don de una persona nunca es lo bastante pequeño o insignificante como para que no pueda ser de provecho, y consideró, por tanto, que había que valorar lo que se ofrecía, tal como era. Y el relato dice que Jesús tomó este don, lo multiplicó y lo utilizó para alimentar a la multitud.

En el capítulo duodécimo, se nos dice que un grupo de extranjeros, griegos por más señas, vinieron en busca de Jesús. Según la norma judía, eran “gentiles”, gente impura, incircuncisa, gente que no observaba ni la dieta Kosher ni la Torá, es decir, la Ley. Con todo, se nos dice, Andrés se convirtió en su guía hacia Jesús pues, para él, no había ninguna tarea tan insignificante que no merecierse realizarse. Así que, a través de las oscuras calles de Jerusalén, Andrés los llevó al lugar donde estaba Jesús. Es el mismo momento en que Juan nos presenta a Jesús anunciando: “Mi hora ya ha llegado”, para luego, añadir: “Ahora el Hijo del Hombre será glorificado” y continuar: “Cuando sea levantado en la cruz, atraeré a todos hacia mí y entonces el mundo sabrá que YO SOY”, es decir, entonces, el mundo sabrá qué significa “Dios”.

Una vez más, Andrés había sido el intermediario que siempre actúa como una persona normal y corriente pero gracias al cual las cosas normales y corrientes son grandes cosas a su alrededor. A nadie le falta cualificación para desempeñar este papel. Recordad, por un momento, algún punto de inflexión importante en vuestro camino y fijaos en quién estuvo con vosotros en aquel momento, quién os dijo la palabra justa que os hizo elegir un camino y no otro, de modo que, según podéis reconocer ahora, dicha elección determinó vuestra vida. Aquella persona crucial, ¿no fue, acaso, un hombre o una mujer normal y corriente?

Aun con riesgo de ser un poco exhibicionista, permitidme que os cuente un episodio muy personal, que a mí me ilustra muy bien el papel de las personas corrientes. Mi padre murió cuando yo tenía doce años y, dado que mi madre no había terminado el noveno grado en la escuela, fue difícil que sustituyese a mi padre como sostén de la familia. Por eso no tardamos en caer en una situación de pobreza bastante precaria. Durante dos años más o menos, fui un adolescente muy perdido e inseguro. Entonces, sin mediar iniciativa alguna por mi parte, alguien apareció en mi vida. Mi iglesia en Charlotte, Carolina del Norte, eligió a un nuevo rector. Era el año 1946, la Segunda Guerra Mundial había concluido y el hombre elegido acababa de salir de la Marina, donde había servido como capellán en un portaviones, en el Pacífico Sur. No conozco el proceso por el que se le eligió, pero sí sé que esta elección determinó el curso de mi vida.

Este hombre era diferente de cualquier ministro o sacerdote que yo hubiera conocido antes. Para empezar, tenía sólo 32 años. Este hecho, por sí solo, ya rompía con mi idea de lo que era un clérigo, pues nunca había conocido a uno que no fuera muy mayor. Probablemente pensaba que uno debía tener al menos 80 años para ser ordenado. En segundo lugar, llevaba zapatos de piel, blancos. Nunca había conocido a un sacerdote cuyos zapatos no fuesen negros y con cordones. En tercer lugar, conducía un Ford descapotable y yo pensaba que los sacerdotes sólo conducían coches fúnebres. Y, por último, tenía una mujer increíblemente guapa y yo pensaba que las esposas de los clérigos eran siempre severas, vestidas de riguroso marrón oscuro o azul marino, y con

el pelo recogido en un moño. Sin embargo, aquella mujer era elegante y usaba joyas; incluso fumaba cigarrillos con una larga boquilla dorada. Creo que era la mujer más sofisticada que había conocido hasta entonces. Me sentí tan profundamente atraído por aquella pareja que me ofrecí para hacer cualquier cosa que me permitiera estar más cerca de ellos. Por eso me convertí en el único monaguillo dispuesto a ayudar en el servicio de las 8 de la mañana. Aunque no era un buen monaguillo y no era demasiado competente, sí que era piadoso.

Mi nuevo rector pertenecía al ala más católica de la Iglesia Episcopal, y creía que nadie debía recibir la comunión sin ayunar desde la medianoche anterior. Le preocupaba que un poco de pan tostado sin digerir pudiera corromper el cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía. Así que yo iba en ayunas a ayudar como monaguillo. Pero resultaba que, en aquella época, cada mañana, yo repartía antes el Charlotte Observer en unas 150 casas. Esto significaba que tenía que levantarme a las 4,30 de la madrugada, ir a la esquina en la que dejaban mis periódicos, doblarlos para poder lanzarlos a los jardines de los suscriptores, y, luego, con la cesta de mi bicicleta llena, salir a repartirlos. Llegaba a casa sobre la 6,45, es decir, con el tiempo justo para ducharme, vestirme y coger un autobús hasta mi iglesia del centro, donde cumplía con mi deber de monaguillo a las 8 de la mañana.

A esa hora, yo estaba absolutamente hambriento pero dispuesto a cumplir con el ayuno. En la liturgia del Libro de Oraciones de 1928, que era el que se usaba en mi iglesia entonces, había una “Oración por toda la Iglesia de Cristo”. Ocupaba dos páginas y por eso me recordaba la misericordia de Dios pues… ¡ambas me parecían infinitas! Inevitablemente, antes de que aquella oración terminase, empezaba a sentirme mal, mareado y sofocado. En esta situación, cualquiera se desmayaría de golpe y tendrían que sacarlo del templo o se pondría verde y vomitaría y dejaría su “ofrenda” al pie del altar. Afortunadamente, nunca llegó a pasarme esto durante aquella oración pero, una de las razones por las que, ya en mi carrera, defendí la revisión del Libro de Oraciones, fue por librar a todos de la “Oración por toda la Iglesia de Cristo”.

A pesar de esta precariedad (de mi cuerpo y de mi actuación como monaguillo), mi rector siguió contando conmigo. Cuando el servicio de las 8 terminaba y yo ya me había repuesto, este hombre y yo íbamos a un restaurante, que estaba media cuadra más arriba, por la calle principal de Charlotte, para charlar y desayunar juntos. No recuerdo de qué hablábamos pero sí sé que, en toda mi vida de adolescente, estas fueron las únicas ocasiones en las que un adulto habló conmigo. Muchos adultos me decían cosas o hablaban junto a mí, pero él hablaba conmigo; incluso escuchaba mis ideas inmaduras y hacía preguntas para aclarar mi pensamiento. Era algo sencillo de hacer, algo muy normal pero fue algo enormemente importante y vivificante para aquel muchacho de quince años, solitario y perdido. Yo adoraba a aquel hombre y quería parecerme a él tanto como fuera posible. Se convirtió en el modelo de mi vida y así fue como encontré mi vocación de sacerdote: fue en mi relación con él.

Este hombre, ¿fue una gran persona?, ¿fue siquiera un gran sacerdote? Bueno, para mí sí que lo fue aunque no fue así como el mundo lo juzgó. El mundo lo vio y lo juzgó como un hombre corriente con debilidades corrientes. Cuando me fui de Charlotte para comenzar mi formación universitaria, él dejó nuestra iglesia y pasó a ser rector de una iglesia de Louisiana. Allí cayó en la adicción al alcohol. Empeoró tanto que finalmente lo retiraron del sacerdocio. Murió pensando de sí mismo que, profesionalmente, era un fracasado. Pero fue una persona vital y alguien que a mí me cambió. La verdad es que sólo fue un hombre normal y corriente que, sencillamente, dedicó un poco de tiempo a hablar con un adolescente que andaba perdido. Fue algo que podía haber hecho cualquiera pero que sólo él hizo. Fue un “Andrés” para mí. La mayoría de nosotros no seremos generales que ganen batallas ni cargos electos que destaquen en el poder político. Es posible que no nos convirtamos en jefes ni de un pequeño negocio ni de una gran empresa, pero puede que marquemos la diferencia, una profunda diferencia, en las vidas de los que nos rodean, y además de la forma más normal, sólo siendo sensibles, sólo ofreciendo nuestra amistad, sólo diciendo una palabra justa en un momento oportuno y en una circunstancia correcta. Todos podemos ser como Andrés, el santo patrón de la gente corriente.

Fuente: Atrio

lunes, 2 de junio de 2014

Añadamos a la fe de nuestros hijos.



Es una realidad que como padres pensemos continuamente en el futuro de nuestros hijos e hijas; cuando proyectamos su futuro nos gustaría que en su vida tuvieran frutos significativos desde la perspectiva de la fe, desde la vida eclesial. Pero ¿cómo lograrlo?, ¿cómo alcanzarlo?, ¿cómo contribuir para que su vida sea fecunda sin violentar sus propias decisiones y su propio camino de vida?, ¿sin amedrentar sus propias experiencias?, ¿cómo podemos contribuir en el marco de su libertad personal?

En la Segunda carta del Apóstol Pedro se nos da una exhortación para nuestra vida personal y familiar, los invitamos a meditar juntos sobre esta porción de la escritura. Leeremos del capítulo 1 los versículos 1 al 12.

Antes de entrar de lleno a los versículos que nos atañen un poco de contexto sobre la carta y su origen. El autor escribe a cristianos de la segunda o tercera generación. La finalidad del escrito es ponerlos en guardia frente al riesgo o la amenaza que representaban los disidentes de la comunidad. Estos cristianos disidentes niegan la escatología tradicional, insistiendo más bien en la concepción cosmológica del ambiente helenista (2Pe 3:3-4). En este contexto afirman que no hay nada que esperar para el futuro, como lo demuestra la inmutabilidad del mundo a partir de la creación. De esta visión cosmológica e histórica se derivan en el plano ético las tendencias al libertinaje (2Pe 2:18-19). Para apoyar estas concepciones, que insisten también en las especulaciones “míticas” de tipo esotérico (2Pe 1:16). Los disidentes recurren a una interpretación subjetiva y arbitraria de las Escrituras hebreas e incluso de los escritos cristianos puestos bajo el nombre de Pablo (2Pe 3:16).

Nos encontramos pues en medio de una comunidad asolada por la disidencia, por el ataque a la fe, el libertinaje ético, la “fabulación” de la fe, la tergiversación de las escrituras y su mensaje de salvación, y la invalidez de la escatología como esperanza en el futuro y la proximidad del Reino de Dios. En una situación así, las palabras del Apóstol resuenan como un relámpago en medio de la tormenta.

Participantes de la naturaleza divina

Como primera idea de la exhortación Pedro nos indica que se nos han dado “preciosas y grandísimas promesas”, esas promesas provienen de Dios y se cumplirán a su tiempo. El apóstol desea enmarcar su parénesis (enseñanza) en este marco de promesas futuras para que las recomendaciones éticas que siguen a continuación no estén en la línea de meras recomendaciones de moral práctica sin sustento en la fe, sino por el contrario, la vida ética está enraizada en una intensa expectativa del futuro de Dios.

Las promesas se dan para beneficio de los creyentes, y de manera más específica para que por ellas lleguemos a ser “participantes de la naturaleza divina”, esto es sumamente importante, dichas promesas nos hacen parte de una comunidad (koinonoi) de lo divino. La naturaleza de lo divino se ancla “naturalmente” en la vida comunitaria, en la vida eclesial. Pero esto implica que, por contraposición, debemos alejarnos de la “corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. Todo aquello que nos aleja de la experiencia de la vida comunitaria de la fe, fundamentalmente la experiencia egoísta es así identificada como concupiscencia y corrupción.

Inmediatamente se nos dice que con “toda diligencia”, es decir, con prisa sin tardanza, debe ser lo inmediato, es lo que importa, no hay que dejarlo para después. Es un asunto prioritario para proteger la fe y la comunidad. 

Añadid a vuestra fe

Lo que se nos recomienda es que añadamos a la fe. Se da por sentado que la confianza en Dios es la base para el crecimiento cristiano y el fortalecimiento de la vida espiritual. Lo primero que tenemos que hacer con nuestros hijos es enseñarles a confiar en Dios, en su fidelidad, a tener fe. Y en este punto es necesaria una precisión: antes que los contenidos de la fe (doctrina), está el acto de fe, el salto al vacío. En ocasiones lo que transmitimos a nuestros hijos son ideas, conceptos o clichés recibidos pero no transmitimos el acto sencillo de confiar en lo transcendente, en Dios y su acción soberana. Vienen a nuestra mente tantas ancianas en las iglesias que doblan sus rodillas con cualquier pretexto porque la confianza en Dios es su mayor potencia. Cuanto bien hacen esas mujeres al enseñar la esencia de la vida cristiana de manera sencilla: mostrándolo en su vida. Enseñar a confiar a nuestros hijos es el primer peldaño para que rindan frutos.

Es interesante notar que el término añadir (epicsoregeo) implica no acumular adicionalmente sino más bien proveer a algo que necesita ser completado o plenificado, así este sencillo pero poderoso acto de confiar necesita ser reforzado por otros elementos más. ¿Cuáles son dichos elementos?, nos los precisa el escritor inspirado.

A la fe se le añade virtud (areté), excelencia moral y ética. No es posible confiar en Dios sin actuar con integridad ética y con total probidad. Una fe que sólo ora a Dios en las dificultades y espera su respuesta sin tener una vida consagrada es una fe que cree en un ídolo pero no en el Dios viviente a quien le gusta establecer relaciones vivas de fidelidad mutuas y respeto a los acuerdos de los pactos personales y comunitarios con él. En adición a ello, la manifestación más notable de nuestra fe es la conducta pública entre no creyentes, Dios puede ser blasfemado o glorificado por la experiencia ética de sus seguidores. Tan grande es nuestra responsabilidad. Así, el segundo peldaño a enseñar a nuestros hijos es la vivir vidas integras, éticamente responsables y fieles a su fe y a su comunidad.

A la virtud se añade conocimiento (gnosis). En varios momentos de la historia el cristianismo ha tenido que defender la sana doctrina de las amenazas de la herejía. El conocimiento serio y profundo de las escrituras y de las verdades esenciales nos permite enfrentar cualquier posición seductora pero falaz, que pregona el orgullo de la distinción y la entronización del ser humano en lugar de la vida igualitaria de la comunidad y la glorificación de lo divino y la experiencia de la gratuidad de la gracia. Así pues el tercer peldaño a enseñar a nuestros hijos es: conocimiento profundo y amplio de su fe y de las escrituras en que está basada.

Al conocimiento se añade dominio propio (ekjrateia), la autarquía o el gobierno de uno mismo. Implica la responsabilidad última por nuestras decisiones y conductas. Cuando tenemos fe vamos por la vida considerando que lo que hagamos o dejemos de hacer está en función no sólo de nuestra persona sino de nuestros pactos con Dios y con nuestra iglesia o comunidad. Si hago algo que le desagrada a Dios o lastimaría a mi iglesia tengo la obligación de considerarlo como inapropiado y tener control sobre mis acciones. El cuarto peldaño que tenemos que enseñar a nuestros hijos es el dominio propio sobre sus decisiones, pensamientos, acciones y sobre su cuerpo.

Al dominio propio se añade paciencia (ipomoné). La paciencia no como resignación ante lo inevitable sino como fortaleza, como resistencia, como perseverancia ante lo que se espera sea modificado por la realidad ultima del reino de Dios. Es una espera activa en el sentido profundo del término, enclavada en la esperanza de lo que ha de venir. La resolución y constancia ante lo que se quiere lograr. El cristiano no puede impacientarse aunque haya situaciones difíciles y el misterio del sufrimiento siempre lo persiga, ante situaciones así persevera en su empeño por mantenerse firme y abierto al futuro. El quinto peldaño que enseñaremos a nuestros hijos es la esperanza confiada y perseverante de Dios y su reino.

A esta paciencia se le añade piedad (eusebeia), entendida como vida religiosa. En una época donde lo religioso parece anacrónico y desgastado el que se reivindique una vida religiosa implica que los símbolos, las experiencias, las sensaciones y los aprendizajes de una vida tal son valiosos para nuestra vivencia de fe. Por vida religiosa la Iglesia de Dios entiende la vida comunitaria y la experiencia de adoración en todo momento de su vida, somos religiosos no en un sentido estrictamente ritual sino en un sentido amplio, desde una experiencia de considerar el amplio marco de nuestra vida como re-ligado con lo divino. De ahí que todo cristiano es un piadoso, alguien preocupado en todo momento por mantener el sentido sagrado de todo acto, de toda palabra, de toda relación. Vamos por la vida percibiendo la sacralidad de la misma y respondiendo apropiadamente a los signos de Dios. El sexto peldaño sobre el que se apoyarán nuestros hijos es la vida religiosa como experiencia de lo sagrado en todos sus ámbitos.

A la piedad se la añade afecto fraternal (filadelfia), que no es otra cosa sino amor a los hermanos y hermanas en la fe. La vivencia de vivir en comunidad solo es posible si existe un vínculo perfecto como el afecto fraternal. En épocas de individualismos exacerbados donde la fe es una experiencia individualizada, la cosmología al gusto de cada quien, la experiencia comunitaria es un antídoto eficaz para que nuestro yo se afirme en un sentido positivo y en una dimensión apropiada alejada de narcicismos malignos. Amamos al hermano en tanto que vemos en su rostro la experiencia de lo sagrado, amamos al hermano porque es la manifestación inmediata de la presencia de Dios, como dicen las cartas de juan, ¿Cómo podremos amar a Dios a quien no vemos y no amar al hermano que vemos?, así pues, el séptimo peldaño para enseñar a nuestros hijos es enseñarles a vivir en comunidad, a saborear la experiencia comunitaria y a aprender a amar a sus hermanos y a manifestárselos en todo momento.

Al afecto fraternal se le añade amor (agape). La virtud cristiana por excelencia. El amor es el culmen de toda experiencia de fe. El amor es la máxima virtud, que sostiene todo y lo vincula todo, sin amor nada de lo edificado hasta el momento tiene un cariz netamente cristiano. Amar es el aprendizaje supremo, si sabemos amar seremos capaces de apropiarnos de las demás virtudes. Por ello el autor lo describe como la cima de las virtudes. Los cristianos debemos ser expertos en amor. Enseñar a amar a nuestros hijos es el último peldaño en el aprendizaje.

Todas estas virtudes de la experiencia cristiana son complementarias, es como si se vivieran en espiral, una sólo puede darse si se tiene la anterior y viceversa, las ya adquiridas se fortalecen al profundizar en las demás, es un circulo virtuoso que nos nutre y fortalece como hombres y mujeres de fe.

Porque si estas cosas están en vosotros

El apóstol nos indica a continuación que si todo lo anterior está presente y en abundancia en nosotros, entonces: “no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”. Si deseamos hijos e hijas que lleven fruto el apóstol nos ha indicado el camino. ¿Por qué vemos tantos creyentes ociosos en sus comunidades?, ¿por qué hay tantos que no rinden fruto?, ¿por qué es común ver a unos cuantos en las comunidades trabajar y el resto sumergido en una mediana complacencia de asistir sin incidir?

Es posible que nuestras virtudes cristianas estén demeritadas, no hallamos añadido suficiente a nuestra fe y nos encontremos debilitados y cabizbajos o absortos e indiferentes a lo que pasa en nuestras congregaciones. Pero si queremos rendir fruto, ser obreros en la viña del Señor se nos han dado instrucciones claras y precisas sobre lo que es necesario adquirir y promover su abundancia en nuestras personas.

Aquellos que no tiene estas cualidades el autor los compara a ciegos de corta vista pues no alcanzan a entender los elementos fundamentales de una fe cristiana viva y eficaz. Por ello, el texto precisa que aquellos que no poseen estas cualidades seguramente han olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Cuando uno está consciente de la obra de Dios en nuestras vidas procura contribuir a que más personas lo vivan así, la respuesta que comprender la gracia de Dios es el trabajo por agradecimiento, la indiferencia y la pasividad reflejan una incomprensión real de lo que la gracia puede obrar en nuestras vidas. Por ello siempre hay que poner en perspectiva nuestra vida respecto de lo que podríamos llegar a ser al estar alejados de la fe.

El texto termina con un hermoso llamado a que procuremos “hacer firme vuestra vocación y elección”. La firmeza de la vocación se nos presenta como un mandato a asegurar en nuestras vidas el llamado de Dios, a no mostrar temor, ambigüedad o debilidad. La elección es una invitación de Dios, nunca es una imposición, Dios nos toca pero la decisión es nuestra en última instancia, si nuestro llamado o nuestra invitación están es un periodo de fragilidad, de inseguridad, de incertidumbre es necesario orar a Dios para reforzarlo, es necesario volver a repasar las muchas bendiciones que se nos conceden y retomar esfuerzos para fortalecer nuestra fe y esperanza.

El texto nos indica que “haciendo estas cosas, no caeréis jamás”. Las caídas (ptaio), literalmente tropezones, se presentan cuando el Cristiano descuida su vida y comete errores que dañan su fe y su conciencia. Por eso el mantenerse activos y con fruto implica que estaremos focalizados y con claridad hacia dónde vamos de tal manera que los errores y decisiones equivocadas sean los menos por tener claro el propósito y finalidad de nuestras vidas. Las cualidades desarrolladas anteriormente nos facultan para resistir los momentos de dificultad y tentación. Si enseñamos a nuestros hijos a tener elementos suficientes para minimizar los tropezones, estoy seguro que tendremos iglesias cada vez más robustas y saludables.

La promesa es clara, la entrada amplia y generosa al reino. No la tomemos a la ligera, se nos traza un camino que es viable y que puede ser alcanzable por la gracia del Señor. Enseñarles esto a nuestros hijos e hijas es darles un camino seguro y efectivo para su incorporación al Reino de Dios. Por esto, no dejamos de recordarles siempre estas cosas, aunque ellos y nosotros las sepamos, y estemos confirmados en la verdad presente.

Así pues añadamos a nuestra fe, rindamos fruto y confirmemos nuestro llamado y vocación para tener parte en las promesas maravillosas del Señor. Enseñemos esto a nuestros hijos y que el espíritu de consolación nos acompañe en sabiduría.

domingo, 1 de junio de 2014

Guatemala: cuando mayas y campesinos se resisten a seguir muriendo para el desarrollo de los “desarrollados”.


Ollantay Itzamná

Las y los mayas, al igual que otros pueblos aborígenes del mundo, son profundamente silenciosos y acogedores, salvo cuando el dolor es demasiado agudo. La contemplación, que nace de la silenciosa interconexión con el entorno, es el modo de estar permanente de los pueblos mayas, siempre hospitalarios.
Esta mística de la contemplación silenciosa, fue y es estigmatizada por muchos como indolencia, indiferencia y resignación maya. “Pensadores” guatemaltecos, en su limitación mental y su obsesión por el “progreso”, catalogaron aquellas y otras virtudes milenarias como vicios biológicos y culturales a aniquilar. Incluso el Estado blacoide etnofóbico emprendió políticas fallidas de asimilación y aniquilación, vía eugenesia y genocidio, siempre en nombre del progreso y de la modernización.

Durante la invasión y la Colonia española, los pueblos mayas no prestaron mayor resistencia. Sus filosofías de vida, centradas en la no apropiación y en la hospitalidad, permitieron que los foráneos habitados por el dios del metal invadieran sus territorios. Martínez Peláez, en su obra “Motines indios”, habla de algunos amotinamientos locales de pueblos indios (mayas) en contra de los abusos exacerbados durante la Colonia, sin mayor trascendencia.

En aquel período, para asegurarse el cobro del quinto real, y mano de obra disponible para las haciendas de los invasores, la Corona estableció reducciones de pueblos indios (más de 700 pueblos, dice Martínez Peláez). Dichos pueblos de prisioneros para trabajos forzados y para el adoctrinamiento religioso, contaban con tierras comunales para convivir y cultivar.

Durante la República criolla, en palabras de Martha Casaús, el racismo fue asumido como una tecnología del poder, al límite de aplicar sistemáticamente el genocidio, en la década de los 80 del pasado siglo, para aniquilar genética y culturalmente a los pueblos mayas. La élite gestora del Estado etnofático habría promovido la guerra interna con la finalidad de blanquear Guatemala: aniquilar por completo a los pueblos mayas, apropiarse de todos sus bienes y establecer un moderno sistema capitalista sobre las cenizas de los pueblos aborígenes. Pero, no pudieron. Los pueblos indígenas sobrevivieron a la guerra interna y a los incumplidos y paralizantes Acuerdos de Paz (1996).

Durante la Colonia y la República, los pueblos mayas “aceptaron” la titulación individual de las tierras, los sistemas educativos colonizantes, los adoctrinamientos cristianos, los servicios militares obligatorios, la infotoxicación de los medios masivos de información y la “democracia” inmoral de los patrones. Dicha “aceptación” sólo fue una estrategia de sobrevivencia. Una especie de autismo maya. En el fondo, estos pueblos milenarios siguieron creyendo en el corazón del Cielo y corazón de la Tierra.

En los últimos años, cuando se creía que en Guatemala la Vida había perdido la batalla final ante la muerte neoliberal, las comunidades indígenas y campesinas simultáneamente se declararon y se declaran en resistencia y le hacen frente a la violenta invasión del capitalismo herido. En diferentes rincones del país se organizan resistencias pacíficas y permanentes para rechazar e impedir el paso a las maquinarias y operadores de las empresas hidromineras. En 298 municipios del país (de los 336) indígenas y campesinos se declararon en resistencia (se resisten a pagar el consumo de energía eléctrica por los cobros abusivos) exigiendo la nacionalización de este servicio. Estas resistencias, por momentos, inundan con sus movilizaciones las calles de las principales ciudades, aunque la prensa empresarial y pro oligárquica tiende a minimizarlos.

Justo cuando se creía que todo estaba perdido en Guatemala, indígenas y campesinos excluidos y expoliados en sus cuerpos y bienes, encienden luces de esperanza y dignidad en esta casi petrificada oscuridad neoliberal. La Puya es una de ellas.

Pero, estos actos estoicos de resistencia, provenientes desde la Guatemala profunda, son aún ignorados por muchos académicos y organizaciones de derecha e izquierda. Quizás porque aún no creen que de la irredenta Guatemala maya puede salir algo bueno. Lo cierto es que en este país de la muerte y saqueo, donde cada instante de vida es casi un acto de fe, indígenas y campesinos se constituyen en la reserva moral y en el baluarte activo de la dignidad de todo un pueblo que se resiste a morir.

Campesinos e indígenas mayas saben, por experiencia propia, que los mitos de la prosperidad, el desarrollo infinito y la inversión privada para el desarrollo del pueblo son sólo eso. Leyendas rentabilizadas por los mismos de siempre. Por eso, ahora, desde sus silencios activan la inédita resistencia simultánea en diferentes puntos del país porque el pulso del corazón del Cielo y del corazón de la Tierra desfallece. Y, una vez más, muchos profesionales, intelectuales, analistas, académicos, universidades, ONGs, etc., se quedan en la zaga estupefactos sin creer lo que ven. Quizás porque no creen que indígenas y campesinos pueden ser sujetos. O quizás porque esta realidad supera los conocimientos aprendidos en las universidades colonizantes. Lo cierto es que esta resistencia social avanza sin libretos, ni guiones para transformarse en una fuerza política.