miércoles, 25 de enero de 2017

Nuestra humanidad amenazada.



Francisco José Pérez. 

El avance de los discursos basados en el desprecio y el odio a los inmigrantes y a los refugiados, el rechazo visceral del cambio climático… que reflejan el triunfo de Trump y el avance de la extrema derecha en Europa, se convierte en indicador (signo de los tiempos) del grado de deshumanización que está alcanzando nuestra civilización, no tanto por la emergencia de esos personajes, como por los millones de personas ponen su confianza en ellos y en sus ideas. Una situación que devuelve toda la actualidad a esa disyuntiva entre la vida y la muerte que planteó E. Fromm: “No hay distinción más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que la que existe entre los que aman la muerte y los que aman la vida”[1], y que también recoge el Deuteronomio: “Os he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia” (Dt 30, 19).

Esa opción parece inclinarse del lado de la muerte (no sólo por el auge electoral de esas ideas, sino por lo que está ocurriendo en las fronteras con migrantes y refugiados; lo que sufren tantas poblaciones sometidas a guerras, violencias, violaciones de derechos…) y amenaza con apagar nuestra fe en la persona y en la humanidad. Evitarlo requiere explicar por qué tantas personas apuestan por la muerte, y para ello tendremos que recuperar la categoría de “pecado estructural” que Juan Pablo II desarrolló y que el Papa Francisco ha definido como “… un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte; es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor” (Evangelii gaudium, 59).

No se trata, por tanto, de un mero problema de bondad o maldad del ser humano; de más o menos cultura… se trata de que nuestra sociedad se levanta sobre un sistema perverso, el capitalismo, que no es sólo un modo de producción, sino también un sistema de producción cultural que tiende a configurar nuestro corazón y nuestro cerebro.

Fromm, relacionaba la deshumanización con el abandono de la esperanza en el futuro, a la vista de lo que estaba ocurriendo en el siglo XX: dos guerras mundiales, la inhumanidad del régimen de Hitler y del estalinismo, el peligro inmediato de la total aniquilación del hombre por las armas nucleares… Un fracaso asociado al hecho de que el ser humano se ha hecho acumulador y consumidor, haciendo que su experiencia fundamental en la vida sea cada vez más “yo tengo, yo utilizo, yo disfruto”, y cada vez menos “yo soy”; y ello a causa de que las categorías de la economía (beneficio, competencia…) se han trasladado a la persona, que queda convertida en cosa, en algo muerto, sometida a la degeneración, convirtiéndose en un peligro para sí misma, para los demás, para el medio ambiente…, pues en ese proceso ha perdido los lazos naturales de la solidaridad y de la comunidad; se ha convertido en una persona que está sola y atemorizada; que es libre pero tiene miedo a la libertad.

Esa deshumanización, según Fromm, va acompañada de dos graves enfermedades:
La enajenación, que asemeja a la idolatría[2] que denunciaban los profetas del Antiguo Testamento o la enajenación[3] en Marx y Hegel, y que en el s. XX queda simbolizada de modo trágico y horrible en las armas atómicas, que manifiesta los logros del ser humano, unos logros que le dominan y es dudoso que pueda dominarlos.
La indiferencia frente a la vida, descargando las propias responsabilidades en las estructuras, burocracias… lo que produce un colapso moral.

Actualmente, el Papa Francisco viene profundizando en la globalización de la indiferencia señalando que “para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia…” (Evangelii gaudium, 54)

Si volvemos al hombre y la mujer del siglo XXI y, en particular a los que optan por poner su confianza en Trump, en Marine Le Pen…. ¿no son un reflejo de esa deshumanización?, ¿un exponente de la globalización de la indiferencia?, una forma de idolatría que pone su confianza en el poder del dinero, de la fuerza, de la violencia…. para mantener su bienestar.

Volver a la senda del humanismo se ha convertido en uno de los desafíos más importantes para nuestra propia supervivencia; pero ello no será posible si no somos capaces de formar personas con objetivos vitales distintos a los de la cultura capitalista. Mientras tanto, el sistema seguirá funcionando proponiéndonos alternativas políticas diferentes, aparentemente enfrentadas, pero que tratarán de convencernos de las bondades del sistema recurriendo a estrategias diferentes: la seducción, el miedo o la violencia.

***

[1] Erich Fromm: Anatomía de la destructividad humana, pág. 362

[2] Adorar en vez de a Dios las propias obras -una cosa, un objeto exterior- y transferirle la vivencia de sus propias actividades o de sus propias experiencias

[3] Situación en la que el hombre se pierde y deja de sentirse el centro de su actividad, se convierte en cosa y está dominado por las cosas.

martes, 24 de enero de 2017

Unidad de los cristianos: ¿qué unidad?


José Arregi

Como cada año desde 1966, las diferentes iglesias cristianas del mundo celebramos estos días –del 18 al 25 de enero– la semana de oración por la unidad de los cristianos. Este año bajo el lema: “El amor de Cristo nos apremia”. El amor de Cristo, es decir: el amor de Jesús de Nazaret, de su profecía libre, de su sueño de un mundo justo y fraterno, el amor de la Vida bondadosa y feliz, más allá de toda confesión y religión.

Quien oiga o lea “semana de oración por la unidad de los cristianos” seguramente entenderá que pedimos a un Dios omnipotente que nos una a los separados, que haga lo que nosotros no podemos o quizás no queremos lo suficiente para poder. Si orar fuera eso, sería alienante, no deberíamos orar. Ni deberíamos creer en una divinidad que escucha y atiende o deja de atender nuestras oraciones.

Pero orar no es eso. No es rezar ni pedir ni rogar, sino dejar que nuestro ser, hecho de tierra humilde y de espíritu creador, se abra y se exprese desde lo más profundo. Orar es ser, y ser es abrirse a ser más, pues el poder ser más constituye nuestra finitud. Orar es realizar posibilidades latentes en nosotros, pues el barro o la materia que somos es matriz inagotable, capaz de desear, ser y hacer más. Orar es obrar. Orar es abrirse al fondo de sí y del otro, al Fondo de todo o a Dios. Orar por la unidad de los cristianos sería, pues, obrarla, hacerla real, efectiva y siempre más profunda.

Pero no creo en cualquier unidad. Casi diría que no creo en la unidad por la que se nos invita a orar en esta semana. En efecto, quien oye o lee “semana de oración por la unidad de los cristianos” entiende que los cristianos aspiramos a que no haya tantas iglesias diferentes: católicos, ortodoxos, protestantes y anglicanos; ni tantas iglesias diversas en el interior de cada una de ellas: iglesias ortodoxas independientes, anglicanos y episcopalianos, protestantes luteranos, calvinistas o presbiterianos, metodistas, menonitas y bautistas… Que todos debiéramos confesar los mismos dogmas e interpretarlos de la misma manera, y practicar los mismos sacramentos y entenderlos igual, hasta formar entre todos un solo rebaño bajo un solo pastor, un solo papa, como si la Iglesia debiera ser un partido político amarrado y fuerte bajo un secretario general.

No creo en una sola Iglesia bajo un solo papa. Hoy no solo sería imposible sino además indeseable que dejen de existir diversas iglesias, con teologías, ritos y organizaciones diversas. Hace unos meses, en su alocución de la catedral luterana de Lund (Suecia) con ocasión de la apertura del año de Lutero, el papa Francisco pidió perdón porque “nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente”. Eso es. Nos une, sí, la misma fe, pero la profesamos –vivimos– en distintos lenguajes. Todos los dogmas e interpretaciones, no son sino eso: fórmulas y expresiones lingüísticas. La fe es otra cosa.

Y los lenguajes o las teologías no nos dividen sino cuando olvidamos que son constructos humanos, y cuando creemos que el nuestro es el único o el mejor, cuando nos negamos a entender o a aprender o al menos a respetar el lenguaje del otro. No nos dividen las diferencias, por grandes que sean, sino los temores y los prejuicios, por pequeños que sean. Las diferencias solo nos confunden y dividen cuando nos empeñamos en construir una gran torre de poder para conquistar el cielo: Babel. Los católicos no estamos separados de los luteranos porque éstos no entiendan la eucaristía como transustanciación o sacrificio, sino porque los excluimos de nuestra misa y ellos nos excluyen de su cena de Jesús. El día que abramos la mesa, nos sentiremos unidos.

Y como se ha visto en los diálogos inter-eclesiales de los últimos 50 años, hay un escollo último que impide la comunión de todos los cristianos: es la doctrina que afirma al obispo de Roma como autoridad absoluta sobre todas las iglesias. El papa es, como dijo Pablo VI, el gran obstáculo de la comunión. No el papa, sino el papado.
¿Y en qué consiste la fe que nos une? Consiste en el “amor de Cristo”, que es como los cristianos, en la memoria y el seguimiento de Jesús, designamos el amor y el cuidado de la vida. El día que unas iglesias reconozcamos a las otras como son se habrán acabado las divisiones. Entonces, de verdad, oraremos y obraremos la unidad.

(Publicado en DEIA y en los diarios del GRUPO NOTICIAS el 22-01-2017)

lunes, 23 de enero de 2017

Hacia dónde vas mundo.


Jesús González Pazos

Parece consecuencia de una arraigada tradición eso de al finalizar el año, o en las primeras semanas del siguiente, hacer análisis de situación. Ya sea a nivel local, nacional o internacional, ya sea sobre el arte, la economía o el acontecer gastronómico, la costumbre está ahí y los escritos proliferan. Pues bien desde la oportunidad, y cierta legitimidad, que da el ser parte de una organización de solidaridad y cooperación internacional, intentamos sumar en esta línea de reflexión sobre hacia dónde va este mundo cuando recién hemos cambiado el calendario.

En un artículo anterior exponíamos la consideración de haber entrado, posiblemente, en el fin del ciclo neoliberal y como esto se ha manifestado con más evidencia en 2016, aunque viene de un poco más lejos. Afirmación asentada en hechos como las revueltas políticas y sociales que contra este sistema se dieron, especialmente en la primera década del actual siglo en América latina y que, cuestionando profundamente sus bases de dominación, abrieron caminos nuevos y posibles que todavía hoy están en construcción teórica y práctica (nadie dijo que esto fuera a ser fácil, verdad). Esa afirmación se asienta igualmente, y en años más recientes, en las sucesivas protestas encadenadas en los países del sur europeo, al sufrir éstos las consecuencias más duras de la crisis de ese modelo dominante, consecuencias no solo económicas, sino también políticas, sociales e ideológicas. Pero este aserto del fin del ciclo neoliberal se basaba también en el actuar de las mayorías silenciosas en el último año, aquellas que no salen a las calles, pero que llevan años sufriendo los rigores de este sistema que, podemos denominar ya como el de la globalización de la desigualdad. Pues bien, ese hastío lo muestran esas mayorías silenciosas en votaciones y referéndums que, más allá de romper encuestas, reflejan la ruptura del conformismo pasivo al que han sido inducidas y el cansancio contra las élites económicas y políticas establecidas (el establishment) que hoy controlan los diferentes países.

A partir de aquí, el futuro inmediato se abre hacia opciones diametralmente opuestas. O avanzamos hacia la construcción de sociedades más justas, donde el desigual reparto de la riqueza y su consecuencia más directa, el brutal resquebrajamiento de las sociedades por la desigualdad, sea una pesadilla olvidada; o, por el contrario, se optan por salidas neofascistas que profundicen en ese camino, como el ascenso generalizado de la ultraderecha y de la derecha extrema parece asegurarnos. Pero, teniendo todo esto en cuenta, centrémonos ahora en esa anunciada revisión de situación que citábamos al principio como objetivo de este escrito.

El Brexit en Gran Bretaña, el referéndum en Italia, la elección de D. Trump en Estados Unidos, y algún otro “susto” más han sido noticias cargadas de pasado que ponían en solfa las mismas estructuras del sistema político y social y que le han hecho tambalearse en 2016. Las medidas proteccionistas empiezan a recuperar espacios antes perdidos, mientras aumenta la crítica al libre mercado y su poder absoluto; el estado recupera terreno frente a la ortodoxia neoliberal. Así, lo que hace poco se nos presentaba como la panacea del crecimiento económico, cual eran los innumerables tratados de libre comercio que las transnacionales dictaban a los gobiernos, hoy empiezan a ser cuestionados hasta por una parte de esas mismas élites. Y en toda esta situación de impugnación y disputa a las bases del sistema, aunque se nos trate de ocultar y minimizar, han tenido con enorme protagonismo las distintas sociedades. Enormes movilizaciones como hacía muchos años que no se encontraban (contra la brutal austeridad y por la vida digna en Grecia, contra esos mismos tratados de libre comercio que antes citábamos en toda Europa, etc.) han vuelto a recorrer las calles y han recuperado mucho de la dignidad malograda por el neoliberalismo. Aunque no siempre se hayan transformado en victorias políticas, han puesto elementos importantes para los cuestionamientos imprescindibles, para la crítica necesaria, para avanzar en la generación de alternativas al modelo.

Pero en este análisis de situación también hay que traer a revisión otras realidades invisibilizadas en 2016. Las guerras de Siria, Palestina, Irak… siguen interpelando por responsabilidades ocultas, especialmente, de parte de las “autoridades” europeas y estadounidenses. Esas mismas que construyen grandes proclamas a favor de la democracia y por los derechos humanos de todas las personas, pero siguen ignorando, y en muchos casos condenando a muerte, a miles de seres humanos que mueren en las puertas de la vieja Europa o en la fosa común más grande de la historia en que han convertido el mar Mediterráneo. Y todo ello mientras ocultan sus responsabilidades en esas mismas guerras; siguen lucrándose con la venta de armamento a contendientes de todo tipo, siguen alimentando los enfrentamientos y siguen reprimiendo la solidaridad.

Realidades invisibles también son otras guerras en Yemen, Libia, Somalia, Congo… y ya que estamos aquí, citemos la invisibilización de todo un continente como es el africano. Donde las transnacionales occidentales, con el respaldo firme de sus gobiernos, siguen expoliando y alimentando guerras para conseguir única y exclusivamente el aumento de sus beneficios.

No obstante hay un lado positivo en este balance que supone a su vez las bases optimistas para los tiempos que están por llegar. Ya señalábamos las grandes movilizaciones que en Europa han cuestionado el modelo, pero habrá que subrayar y enorgullecerse de la solidaridad y demanda de derechos que la mayoría de la población de este viejo continente expresa diariamente por esa población en marcha hacia Europa desde la expulsión de sus territorios por las guerras o el empobrecimiento enquistado. Cierto es que el ascenso de la ultraderecha es innegable y nos puede abocar a tiempos muy difíciles, pero también se han fortalecido en este 2016 movimientos sociales diversos que muestran una cierta revitalización de nuestras sociedades. Algunos, como el feminista, han plantado cara al espejismo de la igualdad de las mujeres en esta misma Europa, han dicho con claridad que todavía no es real la equidad y, sobre todo, proclaman día a día que el machismo y los machistas asesinan mujeres y que hay que acabar con uno y otros, deconstruyendo así esta sociedad patriarcal.

Por otra parte y cruzando océanos, hay que recuperar del interesado olvido el hecho de que América Latina y sus grandes mayorías, hoy siguen construyendo teorías y prácticas diferentes que buscan los caminos hacia sociedades más justas. Que ponen a discusión conceptos viejos y nuevos como el Buen Vivir, la economía comunitaria, la recuperación del papel del estado en la economía o el hecho de que hay otros modelos de estados posibles que superan al tradicional estado-nación, etc. Pero incluso en países tan centrales como los EE.UU., pese al tiempo de oscurantismo que puede venir con D. Trump, se abren esperanzas de nuevos planteamientos como fue, por lo menos, el discurso renovador de Bernie Sanders como posible candidato demócrata y lo que éste concitaba a su alrededor. Por todo ello y mucho más que se queda en el tintero, podemos decir que hay opciones, que hay posibilidades para que el 2017 resulte interesante.

Y si alguien está tentado al leer este artículo a su descalificación fácil señalando que el mismo rezuma ideología superada por la historia, le ahorramos el esfuerzo. Claro que este texto vuelca en sí mismo ideología, aquella que busca la igualdad y la justicia social, la verdadera democracia en la que más y más personas tomemos parte activa, la del respeto real a todos los derechos para todos y todas no solo para unos pocos. Muchos pensaron hace solo dos décadas que el fin de las ideologías había llegado y proclamaron a su vez el fin de la historia, subrayando que a partir de ese momento no habría más lucha ideológica. Eran los años felices del triunfo, se pensaba absoluto, del neoliberalismo. Hoy, solo unas décadas después discutimos sobre su oscuro inmediato futuro. Pero, sostenemos también que hoy el riesgo está precisamente en la desideologización que algunos pretenden para que el neofascismo, con múltiples caras, pueda de nuevo enseñorearse del mundo en este año que recién iniciamos. Por todo ello, les deseamos un buen año, que sepamos cargarlo de ideología.

Jesús González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe

2017/01/16

http://www.alainet.org/es/articulo/182927
Fuente: alainet.org

domingo, 22 de enero de 2017

Repudio internacional por asesinato de ambientalista Isidro Baldenegro.


"Nadie debería morir por proteger la naturaleza”, señaló el director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Muerte de líder indígena enciende alarma entre los activistas ambientales en Latinoamérica.

Servindi, 21 de enero, 2017.- El director Ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), Erik Solheim, condenó el asesinato del líder indígena mexicano Isidro Baldenegro, perseguido por su activa labor en defensa de los bosques.

“Isidro Baldenegro López fue un hombre apasionado y valiente que luchó para proteger los bosques ancestrales de su comunidad. Parece que él ha pagado el precio más alto por sus convicciones pacíficas", declaró Solheim.

Del mismo modo, Michel Forst, Relator Especial de Naciones Unidas sobre la situación de los defensores de derechos humanos, se sumó a esta condena, calificando el asesinato de Baldenegro como un hecho “indignante y absurdo".

"Estoy profundamente conmocionado por el asesinato a sangre fría de Isidro, quien tan sólo deseaba para su comunidad la preservación de los bosques tradicionales en la Sierra Tarahumara", sostuvo el experto.
Alarma entre activistas ambientales en Latinoamérica

En palabras de Forst, la muerte de Isidro Baldenegro “deja un doloroso vacío no solo en su comunidad, sino en el movimiento global de los derechos humanos”. Del mismo modo, esta situación ha generado profunda preocupación entre los activistas ambientales latinoamericanos.

Baldenegro, quien fue reconocido en el 2005 con el Premio Goldman por su tenaz defensa de los bosques en la sierra de Chihuahua, es el segundo defensor ambiental galardonado con este reconocimiento, pero también asesinado por su labor.

El otro caso es el de la activista ambientalista hondureña Berta Cáceres (premiada en el 2015), quien fue asesinada en marzo de 2016. Ambos muertes en menos de un año.

La muerte de ambos —y de cientos de activistas en la Latinoamérica— pone en evidencia los riesgos que corren y enfrentan los defensores ambientales en la región, especialmente cuando se enfrentan a intereses económicos provenientes de sectores como la minería, agricultura, energía, y en este caso, intereses forestales.

"Su asesinato (de Baldenegro) destaca trágicamente los peligros mortales que enfrentan los defensores ambientales en América Latina y el Caribe y en todo el planeta, y los vínculos entre el crimen organizado y la destrucción del medio ambiente. Nadie debería morir por proteger la naturaleza”, expresó el ejecutivo del PNUMA.
Un trágico destino se repite

El asesinato de Isidro Baldenegro sucedió el domingo 15 de enero, en el estado mexicano de Chihuahua. El lamentable suceso pudo evitarse pues él ya había recibido reiteradas amenazas que podían haber sido investigadas oportunamente.

Baldenegro, quien fue abatido por seis balazos, conocía bien los riesgos que corría por ejercer la defensa de sus bosques. A pesar de ello, no quebró su compromiso con la defensa medioambiental.

Su padre Julio Baldenegro ejerció este rol, y también asesinado en el año 1986, cuando Isidro tenía 20 años, hecho que marco en él un deber por la defensa consecuente y comprometida de los bosques.

Fuente: Servindi

sábado, 21 de enero de 2017

Trump y las tensiones del bloque de poder en EEUU.

por Dr. Juan Eduardo Romero

El ascenso a la Presidencia de EEUU del multimillonario Donald Trump, va más allá de las posiciones xenofóbicas que ha manifestado, pues las mismas deben verse en un contexto histórico más general, determinado por la influencia del puritanismo en las sociedad norteamericana, desde su establecimiento en el siglo XVII hasta la actualidad, tal como lo señaláramos en un artículo anterior (http://critica24.com/index.php/2016/11/09/analisis-necesario-elecciones-en-usa-como-entender-lo-que-paso-por-juan-romero-historiadorjuan/) . Trump se mueve sobre las bases doctrinarias del puritanismo, que no sólo establece que los norteamericanos son un “pueblo elegido por Dios”, sino que además se basa en la presunción que como pueblo elegido deben luchar “contra mal”, que impide el desarrollo de la individualidad humana y por lo tanto, del progreso.

Por eso su eslogan de campaña, estuvo referido al uso de un simbolismo muy presente en la psiquis del norteamericano promedio (Make America great again), “hacer de América grande de nuevo”. En esencia, el eslogan no solo planteó una confrontación con las tesis de unilateralismo globalizante, esgrimidas por el binomio Clinton- Obama, sino que además lo enfrenta con las políticas adelantadas por los ex presidentes Bush (padre e hijo) y más en el fondo, con las súper elites (política, económica, militar y cultural) que controlan la sociedad norteamericana.

¿Cómo entender esto? Para la mayoría de nosotros, los que habitamos Nuestra América, y donde prevalecen los sistemas presidencialistas, con un poder ejecutivo muy fuerte, resulta paradójico afirmar que el Presidente de EEUU no ejerce realmente el poder, sin embargo es la realidad. Ya el ex presidente Dwight Eisenhower había advertido en 1961, las amenazas que significaban para la democracia el excesivo poder del binomio estamento militar- capital económico (lo denomino complejo militar industrial), pero en los años finales del siglo XX y lo que va del siglo XXI, el desarrollo de este poder detrás del poder presidencial en los EEUU, ha sido notorio. Hay investigaciones que aseguran que ese complejo – que creció exponencialmente con la excusa post 11 Septiembre de 2001- ha llegado a incluir cerca de 3.100 organizaciones que trabajan en el área de inteligencia, empleando casi 1 millón de personas (unas 854.000 personas), con gastos que superan los 80.000 millones US$, siendo un elemento impulsor del desarrollo económico a lo interno de los EEUU.

Se trata de comprender que ese complejo militar- industrial, no sólo se moviliza en la fabricación de aviones, fusiles, cohetes, barcos y otros implementos de la carrera armamentística, sino que también tiene una estrecha relación con el dominio científico- tecnológico, esencial es esta sociedad del siglo XXI y ese binomio capacidad de combate-desarrollo tecnológico, son dos de los elementos primordiales en las concepciones de dominio y predominio estratégico militar de los EEUU. Asimismo, ese súper complejo militar-industrial mueve enormes recursos que impulsan el papel – y la tesis- de Imperio-mundo del coloso del Norte. Es fácilmente comprobable este papel esencial al observar las cifras que desde el Departamento de Defensa de los EEUU, se dedican a financiar investigaciones por parte de empresas privadas, ligadas al desarrollo tecnológico para la industria militar; en el año 2014 por ejemplo, las Empresas Lockheed Martin, Boeing, General Dinamics, Raytheon, Northrup Grumman, entre otras recibieron en conjunto unos 239.000 millones de US$ en contratos.

¿Trump contra el triángulo de hierro?

Se denomina triángulo de hierro, a la súper estructura de poder en los EEUU, que conjuga actores de los lobby de opinión – y presión- que se mueven en el Congreso, empresas privadas y las agencias del propio Gobierno (Defensa, Energía, Ambiente, Seguridad, NASA, entre muchas otras). Ese triángulo ha sido el gran responsable – y beneficiario al mismo tiempo- de las acciones enmarcadas en el unilateralismo globalizante, que ha pretendido cumplir con tres objetivos esenciales: 1) imposición hegemónica, tanto sobre aliados (Inglaterra, Francia, Alemania, Japón) como adversarios históricos (China y Rusia), en todo el Globo, pero con especial énfasis en el corazón de la tierra (heartland) Euroasiático, 2)el impulso de la revolución en Armamento Militar (RAM), que ha implicado la aplicación de los adelantos derivados del control hegemónico en ciencia y tecnología, al área militar y 3) la creación de grandes espacios geoeconómicos, que aseguren el monopolio comercial de los EEUU.

La perfecta articulación – producto de la presión en términos de poder condigno o compensatorio- de los intereses del triángulo de hierro en los distintos gobiernos desde Ronald Reagan (1981-1988), George Bush padre (1989-1993), Bill Clinton (1993-2001), George Bush hijo (2001-2009) y Barack Obama (2009-2017), nos permite entender el enorme poder real ejercido y porque, a pesar de ser Presidentes por organizaciones políticas distintas (demócratas o republicanos), mantuvieron la misma política exterior. Ese complejo cuadro de relaciones – y poder real- se ve amenazado por el planteamiento de Donald Trump y las feroces críticas al excesivo gasto militar, descuidando en su criterio, el desarrollo de la estructura económica y productiva de los EEUU. El próximo Presidente de EEUU ha señalado que la política exterior ha tenido cinco (5) debilidades marcadas – sin distinguir o diferenciar entre los expresidentes-: 1) recursos sobrecargados, 2) los aliados no aportan en una justa proporción, 3) los países amigos de EEUU buscan mirar hacia otros en busca de ayuda, 4) los rivales no respetan a los EEUU y 5) la política exterior no tiene objetivos claros.

Con ello, se mostró opuesto a las líneas estratégicas expresadas en la política exterior de sus antecesores, que ha llevado a cambios sustanciales, en términos de presencia – y acción- militar, que permitió a los EEUU a aumentar sus bases militares, de unas 400 en 1955 a más de 1000 en 2016, o el hecho del aumento de las tropas permanentes en Nuestra América, y más de 30 sitios de asentamientos de tropas de Operaciones Especiales (FOL en inglés), en 17 países, entre los que cabe señalar a Colombia, Honduras, Panamá, Curazao, Perú, Costa Rica, Paraguay.

O la reactivación de la IV Flota, con ámbito de acción desde el Golfo de México hasta la desembocadura del Río Esequibo; la instalación del Comando de África (Africom), con bases en Senegal, Ghana y Gabón, más otras bases de Operaciones Especiales en 11 partes diferentes de ese continente. La beligerancia en Medio Oriente, a partir de la invasión a Afganistán e Irak. El cerco hacia Rusia, a partir de la incorporación a la OTAN de países que estuvieron bajo la órbita de la extinta URSS, como Polonia, Hungría, República Checa o Georgia en la cercanía del espacio vital, de su adversario durante la Guerra Fría. Todas estas son acciones, que Trump considera equivocadas y que han incidido en la “pérdida de supremacía”. Ante ellas ha dicho “América es menos segura y el mundo es menos estable”.

Sin embargo, es la ambigüedad la nota exaltante en el discurso de quién ocupará la Casa Blanca a partir de enero de este año. Por una parte, parece distanciarse de la política armamentista que tanto ha criticado, pero por la otra señala que mantendrá la política de Obama en relación con China. Las posiciones del virtual Secretario de Estado, Red Tillerson, ha ratificado la oposición a las políticas de la Gran Potencia Asiática en el Mar Meridional de China. ¿Estará realmente distanciado Trump de la política exterior de Obama? La respuesta es sí y no. Sí, en cuanto a las posiciones de Obama con respecto a Rusia, pues piensa que fue errado presionar tanto a su adversario histórico, facilitando así la conformación de un binomio con China, que atenta a futuro contra la supremacía económica y militar de EEUU. No, pues coincide en ver a china como enemigo histórico, que fue una postura constante en Obama.

Un punto importante, que afectará la relación de Trump con el triángulo de hierro, es su posición con respecto al Tratado Transpacífico (TTP). Las posiciones del polémico líder norteamericano, apuntan a revertir los términos de esos tratados, en función de priorizar el sistema económico norteamericano, sobre todo a nivel industrial. Las vinculaciones – e intereses- del triángulo de hierro con el proceso de expansión comercial del TTP son claras, y la perspectiva de un cambio, puede dar al traste con años de negociaciones y oportunidades de negocios de actores representados en el lobby de interés del Congreso Norteamericano.

Trump y la geopolítica del Sistema-mundo

La perspectiva del sistema-mundo que expresa, entran en franca contradicción con las tradiciones posturas del unilateralismo globalizante y su correlato en términos doctrinarios, manifestados en el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNSA), pero parecen coincidir en el denominado “destino manifiesto” de grandeza de los EEUU, que desde los tiempos de los llamados “padres fundadores “ (1776) ha impulsado las intenciones de convertirse en un “imperio-mundo”, que ejerza control sobre el todo planetario, mediante la hegemonía militar y el control económico.

Para Trump, la estrategia de “dominio total” (full sectrum dominance), que plantea que bien con apoyo de sus aliados o sin ellos, los EEUU deben dominar el mundo, ha sido un total fracaso. No significa, que llamé a un repliegue del sentido guerrerista que ha caracterizado al coloso del norte y que lo ha llevado a tener responsabilidad en más de 20 millones de muertos, en 37 naciones (https://diario-octubre.com/estados-unidos-ha-matado-a-mas-de-20-millones-de-personas-en-37-naciones-victima-desde-la-segunda-guerra-mundial/ ), desde la finalización de la II Gran Guerra en 1945. Más bien se ha pronunciado por una “optimización” de esas acciones guerreristas: "Al contrario que otros candidatos a la presidencia, la guerra y la agresión no son mi primer instinto. Una superpotencia sabe que la cautela y la contención son señales de fortaleza", dijo en algún momento durante la campaña interna republicana.

Esta acción, tiene enorme relación con el rotundo fracaso (en términos de objetivos militares y costo económico) de las intervenciones en Siria y Libia, así como en Eurasia, y el costo que ha tenido en la supremacía militar que aspira el unilateralismo globalizante. Un factor a considerar, en la interpretación del sistema-mundo planteado por Trump, es su controversial posición en torno a la relación con la Rusia de Vladimir Putin. Tal como hizo Richard Nixon en la década del 70 del pasado siglo XX, el millonario norteamericano pretende usar a uno de los dos (2) adversarios históricos de los EEUU desde 1945, para impedir la concreción de la alianza Euroasiática.

Trump, entre Rusia y China, parece apostar por una mejor relación con el primero, evitando a toda costa la consolidación de una unión que implicaría diferencias importantes con EEUU. Por ejemplo, Rusia y China tienen en conjunto una población de casi 1.500 millones de habitantes, un PIB per capita en conjunto de más de 20.000 $, un PIB en conjunto de más de 2100 miles de millones US$ y un intercambio comercial entre ellos, que supera los 88.000 millones US$. Entre ambos reúnen una numerosa cantidad de tanques (24.000 aproximadamente), aviones (+ de 5000), ojivas nucleares (casi 9000), entre otros armamentos. Ante la contundencia de estos datos, es posible que intenté una “estabilidad” no confrontacional con Putin, buscando con ello fortalecer las posiciones en el tablero mundial, tal como lo ha venido sosteniendo el teórico norteamericano Zbiegniew Brzezinski (http://www.15yultimo.com/2017/01/12/brzezinski-donald-trump-el-sistema-mundo-y-venezuela/ ).

Para el caso de Europa y Suramérica, la situación se plantea interesante. Trump, ha sostenido desde hace tiempo, que los “socios” de EEUU no han respondido en igualdad de condiciones a los esfuerzos militares y que una revisión del papel de la OTAN, es urgente. Ello tiene relación directa con las políticas de esa organización supranacional con Rusia y los esfuerzos que ya ha manifestado, por regularizar sus relaciones. En el caso de Suramérica, aunque no hubo grandes anuncios durante la campaña, es de esperar que su tesis de “hacer grande a América de nuevo”, lo llevé a replantearse acciones de recuperación de la influencia en lo que consideran su “patio trasero” y ello puede significar, tanto el apoyo – o continuidad- de sanciones contra Venezuela o los intentos de desestabilización a través de la NED, de los sistemas políticos que no responden a los “supremos intereses de EEUU”.

Como sea, seremos testigos de un proceso político que tendrá mucho de controversial y generará enormes debates en el sistema-mundo. Los roces de Trump con el sistema de poder interno en los EEUU, se evidenciarán a cada momento o la otra opción, es que ese complejo militar-industrial, someta a Trump, como ha sucedido con otros presidentes. Ya veremos.


Dr. Juan Eduardo Romero. Historiador/politólogo

Director Centro de Investigaciones y Estudios Políticos y estratégicos (CIEPES)


Fuente: alainet.org