viernes, 8 de septiembre de 2017

La racionalidad perversa y su capacidad infinita de matar


“La exclusión de la población, la subversión de las relaciones sociales y la destrucción de la naturaleza, todo esto no es producto de una maldad, sino de una racionalidad perversa. Un malvado es capaz de matar a mil personas, pero termina fastidiado, y muchas veces se suicida. Pero alguien que opera con una razón instrumental, mata a millones y no tiene problemas. Tiene capacidad infinita de matar. Es la racionalidad de nuestra sociedad la que produce las irracionalidades “.(Hinkelammert: libro “Teología profana y pensamiento crítico”, Clacso 2012 página 146).

Citamos solo tres realidades,amenazadas de muerte que la humanidad acepta “con indiferencia y buena conciencia”.
Primero: la pobreza extrema y el abismo creciente entre pobres y ricos.
Nuestras ciudades se llenan de indigentes y los tuguriospueblan zonas
importantes de nuestras ciudades. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres
cada vez más pobres.Todo esto es exclusión e iniquidad que se busca ocultar.
No puedo dejar de citar una parábola de Jesús:
“Había cierto hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, celebrando cada
díafiestas con esplendidez. Y un pobre llamado Lázaro que se tiraba en el suelo
a su puerta cubierto de llagas, ansiaba saciarse de las migajas que caían de la
mesa del rico; además, hasta los perros venían y le lamían las llagas: (Lucas 16,
19-21. Sería necesario leer el texto completo: vv. 22-31)

Segundo: realidad trágica delos migrantes y refugiados. Hasta julio del 2017 salieron hacia el mediterráneo alrededor de 200 mil migrantes y murieron unos 2.400. Hace poco 300 migrantes fueron tirados al mar y se suprimieron 3 buques de rescate. En el movimiento migratorio han desaparecido 10 mil niños no acompañados. Que posiblemente son víctimas de la trata, del comercio de órganos y víctimas del abuso sexual. No damos más información, porque es abundante en las publicaciones de la OIM (organización internacional de los migrantes) y en cantidad de otros documentos. Lo importante es afirmar que sobrevivir no es un delito.

Tercero: la destrucción extrema y casi final de la tierra. Aquí me remito a las publicaciones últimas de nuestro hermano Leonardo Boff. Uno de sus últimos artículos:”La tierra en números rojos, el ser humano, Satán de la Tierra”(2017 agosto 15) . En Koinonía página Boff.

Carta de Pablo a los Efesios (6.12)
“Nuestra lucha no es contra la sangre y la carne,
sino contra los principados, potestades y poderes de este mundo de tinieblas,
y contra las fuerzas espirituales de la maldad, que están por encima de todo”.

Pabloen esta carta distingue en la violencia tres dimensiones:
los sujetos directamente responsables de la violencia,
las estructuras que organizan y multiplican la violencia, y
la las fuerzas espirituales perversas que laslegitima.

Los que han sufrido la violencia, conocenbien a los sujetos y a las estructurasde la violencia que han sufrido, pero esa racionalidadperversa que laslegitima, no se hace visible, queda en la oscuridad.
Esto significa que la lucha contra la violencia y la iniquidad no es tanto contra los sujetos y las estructuras de la violencia,sino contra las fuerzas espirituales, trascendentes y sobrenaturales de la violencia y la iniquidad.
Una fuerza es el fetichismodel dinero, del mercado y de la economía en general. El fetichismo o idolatría nace cuando las cosas se transforman en dios, y dios se transforma cosa. Cuando Diosmuere y vive transformado en dinero.El fetichismo del dinero y del mercadoes lo que domina al ser humano, y determina como y que se puede comprar o vender. El fetichismo del dinero tiene capacidad infinita de matar, cuando es la racionalidad absoluta del crimen.

Otro dios muy peligroso es el neoliberalismo. La Iglesia mucho tiempo pensó que satanás era el “comunismo”, hasta que se convenció que satanás es el neoliberalismo, transformado en un dios todopoderoso.
El neoliberalismo tiene como un absoluto el dinero.Lo que distingue a las personas es la suma de dinero que dispone cada uno. Se mide el éxito de una empresa o de un empresario por el dinero que maneja. Para acumular dinero, todo es legítimo: necesidad de pagar sueldos bajos, y no darle mucha importancia al cuidado de la naturaleza. El dinero está sobre todo: esta sobre la ley y la propiedad. El dinero es más importante que la vida de los pobres y de la naturaleza. El dinero incluso está sobre los “Derechos Humanos”. Un presidente de los Estados Unidos dijo: “perdimos la guerra de Vietnam por respetar demasiado los Derechos Humanos”. También un empresario fracasa si paga salarios altos y cuida demasiado a la naturaleza.
Lo que interesa al neoliberalismo no es la humanización, sino la comercialización y la ganancia. También considera la naturaleza (agua, tierra, vida natural) y la misma vida humana como capital negociable.

Resumiendo: el fetichismo del dinero, del mercado y del capital,y esos poderes espirituales y trascendentes de la maldad, es lo que permite matar a millones sin problemas, y que tiene capacidad infinita de matar. Diferente es un malvado o una estructura perversa, que tiene un poder muy limitado de matar, pues matando se destruye a sí mismo.

Algunas citas de la“Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium” del papa Francisco, que clarifica lo que decimos.
Citamos solo algunos textos dentro de los números 52-60
“Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir«no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”.

“No a la nueva idolatría del dinero, el fetichismo del dinero, la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo.”.
“Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. Intereses del mercado divinizado”.
“No a la inequidad que genera violencia”
“Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”.

Para terminar (número 202)
“Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales.”

, agosto 2017pablorichardg@yahoo.com

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El miedo: enemigo de la alegría de vivir.


Leonardo Boff

Hoy en el mundo, y en Brasil, las personas están angustiadas por el miedo a asaltos, a veces con muertes, balas perdidas y atentados terroristas. Los realizados recientemente en Barcelona y Londres, provocaron un miedo generalizado, por más que haya habido demostraciones de solidaridad y manifestaciones pidiendo paz.
Yendo más al fondo de la cuestión, hay que reconocer que esta situación generalizada de miedo es la consecuencia última de un tipo de sociedad que ha puesto la acumulación de bienes materiales por encima de las personas y ha establecido como valor principal la competición y no la cooperación. Además ha elegido el uso de la violencia como forma de resolver los problemas personales y sociales.
La competición debe distinguirse de la emulación. La emulación es buena, pues trae a la superficie lo que tenemos de mejor dentro de nosotros y lo mostramos con sencillez. La competición es problemática, pues significa la victoria del más fuerte de los contendientes, derrotando a todos los demás, lo cual genera tensiones, conflictos y guerras.



En una sociedad donde esta lógica se hace hegemónica, no hay paz, sólo armisticio. Siempre existe el miedo a perder, perder mercados, ventajas competitivas, ganancias, el puesto de trabajo y la propia vida.
La voluntad de acumulación también produce ansiedad y miedo. Su lógica dominante es ésta: quien no tiene, quiere tener; quien tiene, quiere tener más; y quien tiene más dice: nunca es suficiente. La voluntad de acumulación alimenta la estructura del deseo que, como sabemos, es insaciable. Por eso, necesita garantizar el nivel de acumulación y de consumo. De ahí resulta la ansiedad y el miedo a no tener, a perder capacidad de consumir, a descender en status social y, por fin, a empobrecerse.

El uso de la violencia como forma de solucionar los problemas entre países, como se mostró en la guerra de Estados Unidos contra Irak, se basa en la ilusión de que derrotando al otro o humillándolo conseguiremos fundar una convivencia pacífica. Un mal de raíz, como la violencia, no puede ser fuente de un bien duradero. Un fin pacífico demanda igualmente medios pacíficos. El ser humano puede perder, pero jamás tolera ser herido en su dignidad. Se abren heridas que difícilmente se cierran y sobra rencor y espíritu de venganza, humus alimentador del terrorismo, que victima tantas vidas inocentes como lo hemos visto en muchos países.

Nuestra sociedad de cuño occidental, blanca, machista y autoritaria ha elegido el camino de la violencia represiva y agresiva. Por eso anda siempre metida en guerras, cada vez más devastadoras, como en la actual Siria, con guerrillas cada vez más sofisticadas, y con atentados cada vez más frecuentes. Detrás de tales hechos existe un océano de odio, amargura y deseo de venganza. El miedo flota como un manto de tinieblas sobre las colectividades y sobre las personas individuales.
Lo que invalida el miedo y sus secuelas es el cuidado de unos a otros. El cuidado constituye un valor fundamental para entender la vida y las relaciones entre todos los seres. Sin cuidado la vida no nace ni se reproduce. El cuidado es el orientador previo de los comportamientos para que sus efectos sean buenos y fortalezcan la convivencia.

Cuidar a una persona es involucrarse con ella, interesarse por su bienestar, sentirse corresponsable de su destino. Por eso, todo lo que amamos también lo cuidamos y todo lo que cuidamos también lo amamos.
Una sociedad que se rige por el cuidado, cuidado de la Casa Común, la Tierra, cuidado de los ecosistemas que garantizan las condiciones de la biosfera y de nuestra vida, cuidado de la seguridad alimentaria de cada persona, cuidado de las relaciones sociales para que sean participativas, equitativas, justas y pacíficas, cuidado del ambiente espiritual de la cultura que permite a las personas vivir un sentido positivo de la vida, acoger sus limitaciones, el envejecimiento y la propia muerte como parte de la vida mortal, esta sociedad de cuidado gozará de paz y concordia necesarias para la convivencia humana.

En momentos de gran miedo, ganan especial sentido las palabras del salmo 23, aquel de “el Señor es mi pastor y nada me falta”. El buen pastor asegura: “aunque pases por el valle de sombra de la muerte, no temas porque yo estoy contigo”.
Quien logra vivir esta fe se siente acompañado y en la palma de la mano de Dios. La vida humana gana ligereza y conserva, incluso en medio de riesgos y amenazas, una serena jovialidad y alegría de vivir. Poco importa lo que nos suceda, sucede en su amor. Él sabe el camino y lo sabe bien.

* Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito El Señor es mi pastor: consuelo divino para el desamparo humano, Sal Terrae 2005.
Traducción de Mª José Gavito Milano

martes, 5 de septiembre de 2017

El viaje de Abraham como modelo de un cristianismo inter y multicultural.





El fenómeno actual de la migración, representa un desafío para los gobiernos, las ONG y también para la fe cristiana. El propósito del presente artículo es propiciar algunas reflexiones en torno a la necesidad de pensar un cristianismo inter y multicultural. La migración es una experiencia de cruces y entrecruces de culturas distintas que conviven en un determinado espacio. Para ello, asumiremos un motivo teológico específico, a saber, el viaje del patriarca Abraham el cual será definido como modelo de un cristianismo intercultural. La tesis central es que la coexistencia con otros grupos humanos, con los extranjeros, los migrantes, los distintos, no representa una amenaza. Al contrario, dicha convivencia está en la base misma de la Alianza que ofrece el Dios de Biblia, Dios de Abraham y Padre de Jesús.

1. Sal de tu tierra y convive con otras culturas

En Teología Fundamental, se reconoce cómo la fe de Abraham posee un carácter de aventura, sorpresa y peregrinación. Es la fe que se hace camino y que se realiza caminando. La fe no puede sino ser una actitud dinámicamente vital. Y el caso del Patriarca es bastante atrayente. Vive en Ur de Caldea (Cf. Gn 11,31), un país y una cultura politeísta, es decir, donde había un panteón de varios dioses. Pero en esa historia llena de dioses, Yahvé, el Dios único y verdadero, dirige su palabra a Abraham (Cf. Gn 12,1). La historia de la salvación y el comienzo de Israel como pueblo de Dios comienza con la audición de la Palabra de Dios. El Dios de la Biblia es el Creador de una relación dialógica con sus creaturas. Y esa palabra primera está sustentada en una promesa, en una Alianza y en una bendición (tierra, descendencia y amistad con Dios Cf. Gn 12,2-3).

El filósofo francés Paul Ricoeur (2006), refiriéndose a la memoria y a las promesas (pasado y futuro), dirá que la promesa hecha por Dios a Abraham fundan todas las promesas. Nosotros los cristianos, así como los judíos y los musulmanes (las tres religiones monoteístas), somos hijos y herederos de la fe de nuestro padre Abraham que se puso en camino siguiendo al Dios que caminaba con él. Con ello, la promesa es también interreligiosa. Todos y todas entramos en el corazón misericordioso de Dios.

Y Abraham es un extranjero. Así lo han hecho notar autores como M. Van Treek (2014), quien reconoce que en la historia del patriarca, tal y como la relata el Génesis 12 hasta el capítulo 25, reconocemos indicaciones teológicas, antropológicas, sociales y culturales de cómo ha de ser la coexistencia del ser humano con otros grupos culturales. Y esto porque en la Alianza que Dios pacta con Abraham cabemos todos. Todos estamos representados en Abraham y participamos de su amistad con Dios. Por lo tanto, podemos sostener sin miedo a equivocarnos que la acción de Dios en la historia es intercultural y multicultural. Su acción salvífica es sinfónica (muchos interpretan la misma melodía) y llena de color. Es una acción que se abre y se expande, nunca se cierra, porque la gracia de Dios es dinámica, envolvente, poética, ética y estética. Crea un espacio nuevo de convivencia dominado por la hospitalidad, por la acogida y por el amor. Lo anterior se entiende en la palabra del mismo Yahvé que dice a Abraham: “bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan” (Gn 12,3).

El caminar de Abraham se abre en las fronteras y en el contacto vivencial con otras culturas. Un episodio paradigmático está contenido en Génesis 18, en la conocida manifestación de Yahvé a Abraham en la encina de Mambré. Anteriormente (Espinosa Arce, “La hospitalidad en el ciclo de Abraham”, 2016) habíamos hecho notar que la hospitalidad representa un elemento propio y necesario en la dinámica de la Alianza que Dios pacta con Abraham y en él con las generaciones que vendrán, en el sentido de que la hospitalidad implica cuidado, respeto, fraternidad, inclusión y la acogida mutua entre distintos grupos humanos. De esta manera se evidencia cómo la Alianza lejos de ser una legitimación de un interés nacionalista busca ser una apertura novedosa hacia todos los pueblos especialmente hacia los extranjeros.

Si el Ciclo de Abraham se escribe en un contexto de coexistencia de Israel con pueblos extranjeros, la narración de la hospitalidad practicada por el pariente ancestral (Abraham) para con Dios vendría a legitimar la práctica de la misma de manera de comprenderla como un aspecto positivo que es bendecido por Dios. Ello, y en una época marcada por la migración y la convivencia con extranjeros, debe constituir una responsabilidad ética y creyente por cuanto podemos ver al mismo Dios que pasa por nuestra tienda de vida pidiendo ser acogido como otro legítimo. Los migrantes y los extranjeros no representan una amenaza a nuestros intereses nacionales, como algunos teóricos y líderes han hecho notar. Abraham es extranjero, camina como un migrante. La migración tiene una imagen clave en su travesía. Y la hospitalidad practicada con Dios ha de representar el modelo de una sana coexistencia en la diferencia. Con ello, debe seguir resonando lo que la Carta a los Hebreos nos dice: “No olviden la hospitalidad. Por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Heb 13,2).

2. Un cristianismo intercultural que cruza a la frontera

Hemos venido reflexionando cómo el camino de Abraham, que se mueve en la frontera de los pueblos y coexiste con las culturas representa un motivo teológico, social y político de cómo ha de ser nuestra propia relación con los extranjeros, los migrantes y con todos los distintos. Y ello viene a fundar la vivencia de un cristianismo intercultural que cruza la frontera.

Jesús de Nazaret también vive en el encuentro con los pueblos vecinos de Israel. En el Evangelio de Marcos lo vemos cruzando frecuentemente el lago de Galilea para anunciar el Evangelio en otras tierras y a otras culturas (Cf. Mc 1,9.14.38; 3,8; 4,35;5,1;10,1). Jesús vive metido en medio de los extranjeros. Es el hombre intercultural por excelencia. Es capaz de dar el paso hacia una nueva forma de relacionarse con otros desde la ampliación de la mirada y la escucha. El jesuita francés Michel de Certeau realiza una “apología de la diferencia”, un rescate de la experiencia multicultural. Y gracias a ella reconoce cómo Jesús es el descentrado, el que sale de su lugar. Jesús es, por tanto, “el itinerante, el desnudo y entregado, es decir, sin lugar, sin poder, siempre fuera, herido por el extranjero, convertido en el otro”. Jesús mismo es un extranjero y un migrante (Cf. Mt 25,35-40, fui extranjero y mi acogieron).

Sólo desde esta dinámica del reconocimiento del otro en su distinción podremos generar espacios de acogida de la migración y de la extranjeridad. No podemos atrincherarnos en nuestros centros, sino que hemos de salir a la frontera. La experiencia de Abraham y de su viaje, el continuo ir y venir de Jesús por las orillas del Tiberiades, la invitación a la Iglesia en salida de Francisco, son las claves auténticas para comprender nuestro cristianismo como inter y multicultural. En el proyecto del Reino de Dios, signo de la fraternidad y de la hospitalidad universal, cabemos todos. Porque el corazón de Dios se ensancha invitándonos a creer y a crear en la experiencia del encuentro como unión en la diferencia.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Guerras de hoy, ¿guerras de siempre?



La guerra es una continuidad histórica. Numerosos autores han insistido en la idea de que, en nuestra historia moderna, no ha existido ni un solo día en el que el planeta no haya estado sufriendo el impacto de un conflicto armado. No obstante, la naturaleza de las guerras, la forma en que estas se llevan a cabo, el número de conflictos, las causas de fondo que las explican, e incluso las tácticas de guerra han ido cambiado substancialmente en los últimos tiempos. Todos estos cambios, sin embargo, no deben llevar a equívocos: la guerra sigue siendo un fenómeno altamente complejo y altamente político que a menudo es peligrosamente simplificado por el análisis que hacen los medios de comunicación. Aunque por desgracia sigue siendo un fenómeno subanalizado, las últimas décadas han visto proliferar numerosos centros de investigación a nivel internacional que se han centrado precisamente en el estudio de la naturaleza y de las características de los conflictos armados contemporáneos. Existen al menos tres aspectos que cabe destacar a la hora de entender las guerras en la actualidad.

Un primer aspecto puede resultar sorprendente: desde finales de la década de los noventa se ha registrado un descenso leve pero constante del número de conflictos armados (los dos últimos años, sin embargo, son la excepción a dicha tendencia). Si bien el fin de la guerra fría conllevó un incremento extraordinario del número de conflictos a nivel internacional, siendo Somalia, Ruanda o la guerra de los Balcanes el momento álgido de esa escalada histórica, centros de investigación como el PRIO (Peace Research Institute Oslo) han puesto de relieve una tendencia a la baja en cuanto al número de guerras se refiere. No sólo eso, las guerras de la actualidad, al menos en el continente africano, duran menos: dos de cada tres conflictos duraron una media de cinco años o menos, en comparación a la mayor duración de los conflictos en épocas anteriores. Son buenas noticias que, sin embargo, no deben eclipsar la esencia del problema: siguen existiendo muchas guerras -unas 50, según el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute)– y siguen generando unos niveles de violencia insoportables para millones de personas en el mundo, especialmente para las mujeres y para los menores.

Una segunda cuestión es clave: la naturaleza de las guerras ha mutado substancialmente. Si en siglos anteriores las guerras eran enfrentamientos esencialmente entre estados, en la actualidad la gran mayoría de conflictos armados tiene lugar dentro de los estados, catalogándose muchas veces de “conflictos civiles”. No obstante, aquí radica un elemento de enorme confusión, las guerras a pesar de ser, en su mayoría, intraestatales tienen una dimensión regional, internacional y transnacional extraordinaria. La cantidad de actores globales que participan muchas veces en las dinámicas del conflicto es clave para entender la génesis, su evolución e incluso su resolución. Guerras como las de Afganistán, Irak, Siria o la República Democrática del Congo no sólo se explican por las dinámicas estrictamente internas, sino que deben encuadrarse en un escenario de enfrentamiento global. Este hecho pone de relieve la máxima clausetvitziana de que la guerra sigue siendo “la continuación de la política por otros medios” para multitud de actores en la escena internacional, una plataforma en la que se libran intereses y en la que se entretejen alianzas diversas.

Existe un tercer aspecto que también suele dar lugar a simplificaciones: los conflictos armados actuales no son monocausales, sino que en su origen y en su desarrollo subyacen múltiples causas interrelacionadas, haciendo así de la guerra un fenómeno complejo, que requiere análisis a distintos niveles: local, regional, global… pero también político, social, antropológico, histórico etc. Cualquiera de los conflictos armados que en la actualidad está activo parte de un marco histórico determinado que ya explica muchas cosas o bien son consecuencia de unas dinámicas políticas y sociales internas en las que las aspiraciones identitarias de determinados grupos, los agravios acumulados por éstos o bien la lucha por el control del poder, del territorio o de los recursos se erigen también en aspectos fundamentales. De la misma forma, son conflictos que se insertan en un contexto geopolítico y económico determinado, de correlaciones de fuerzas, de intereses, de venta de armas, de extracción de recursos, etc. Si observamos el caso de la República Democrática del Congo entenderemos que para una comprensión compleja del conflicto actual hay que tener en cuenta la historia colonial del país o las dinámicas de control del poder por parte de los diferentes grupos locales, pero también el papel que han desempeñado países como Ruanda, Uganda, Francia o EEUU.

La comprensión de estos tres elementos es esencial a la hora de plantear vías de resolución y transformación de todos estos conflictos. Porque no sólo se trata de mediar entre los grupos que se enfrentan a nivel local, sino tener en cuenta que la gobernanza de muchos de los problemas que nos afectan globalmente (venta de armas, extracción de recursos, cambio climático, desigualdades sociales, etc.) se convierte en un aspecto tan importante como el primero si aspiramos a una transformación de fondo de las causas que afectan a muchos de los conflictos de hoy.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Ternura y dinero.


J. I. González Faus. 

Si hay algo que nos realice y nos dé plenitud como seres humanos es eso que llamamos ternura. No una ternura simplona, sentimental y momentánea, sino eso que en tantas lenguas se designa con alusión a lo más visceral de nosotros: a lo que llamamos “ser entrañable”, con un término puesto audazmente en circulación por el Primer Testamento bíblico, para hablar de Yahvé.

Por otro lado, la experiencia nos habrá hecho ver en algún momento, que es ahí donde encontramos la más seria y más legítima afirmación de nosotros mismos. Pero a la vez: si hay algo que nos impida desplegar esa ternura y que la agoste en nosotros, es la pasión por el dinero: esa pasión nos lleva a buscar otra afirmación de nosotros mismos, falsa en este caso, siempre jadeante y siempre insatisfecha.


Creo percibir que esas dos dimensiones envuelven casi toda nuestra atmósfera actual. Por fortuna quedan aún suficientes gestos de ternura (otras veces he hablado de estrellas en la noche) que nos dan fuerzas para seguir viviendo. Cuando el pasado atentado de Manchester fue espontánea la oferta de familias y taxistas que se ofrecieron a hospedar en su casa o llevar gratis a dónde hiciera falta, a niños y adolescentes que habían perdido el contacto con sus padres, en el caos subsiguiente a la explosión. Y ahí está el heroísmo reciente de Iñaki Echeverría en Londres. Uno siente ganas de aplaudir, pero a la vez se pregunta por qué esos gestos no son más frecuentes en este panorama desolador que nos envuelve de atentados socioeconómicos cotidianos: en esas normativas de “austeridad para los pobres, crecimiento para los ricos”, o de “bienestar para los de casa e internamiento para los de fuera” (donde Gran Bretaña ocupa un lugar alto en la clasificación de inhumanidad); o ante esas leyes de terrorismo laboral, llamadas hipócritamente de “reforma”…


Y la respuesta me parece clara: es el dios dinero el que ahoga eso mejor de nosotros que la otra barbarie terrorista hace aflorar de vez en cuando. ¡Qué pena que sólo sepamos ser verdaderamente humanos cuando la inhumanidad nos golpea salvajemente! Evocando otra vez a A. Camus: “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”; pero ¿por qué será que esos trazos admirables sólo se dibujan cuando estalla la peste?


En una de las obras más importantes del siglo pasado (Lo pequeño es hermoso) E. Schumacher tiene un capítulo titulado “paz y permanencia”, donde critica esa ideología dominante de que “el camino de la paz es el camino de la riqueza”: que cuando todos seamos ricos se acabarán las guerras. Esa ideología llevó a la atrocidad de Keynes (tan meritorio en otros campos) de que “debemos pasar todavía cien años simulando ante nosotros mismos que lo bello es sucio y lo sucio es bello: porque resulta que lo bello es inútil y lo sucio no lo es… La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo”. Han pasado ya 87 años desde que se escribieron esas palabras y lo único que ha sucedido es que nos hemos vuelto todos más cínicos y unos pocos mucho más ricos, pero no que la paz esté más cerca. Porque (concluye Schumacher) “si los vicios humanos tales como la desmedida ambición y la envidia son cultivados sistemáticamente, el resultado inevitable es nada menos que un colapso de la inteligencia: un hombre dirigido por la ambición y la envidia pierde el poder de ver las cosas tal como son”. Y concluye citando a Dorothy Sayers “no pensemos que las guerras son catástrofes irracionales: las guerras ocurren cuando formas erróneas de pensar y de vivir conducen a situaciones intolerables”. Y situación intolerable es la de miles de millones de personas en nuestro mundo, mientras nosotros creemos ser felices celebrando, por ejemplo, un campeonato de liga ganado, en última instancia, a golpes de talonario. Así de estúpidos nos han vuelto.


¡Cuánta razón tenían Buda y Jesús de Nazaret! El primero pone de relieve la inmensa mentira de ese ego al que intentamos alimentar a base de dinero, y siempre sigue pidiendo más y más porque, en realidad, no se alimenta sino que se consume, ya que ni siquiera tiene verdadera realidad. El segundo con su sencilla radicalidad usual: “no podéis servir a Dios y al dinero”. Que para nuestro tema de hoy significa (¡oigamos bien!): “No podéis servir a la ternura y al dinero”.


Así estamos hoy por haber querido servir al segundo: faltos, totalmente carentes de esa ternura que sería la fuente de nuestra verdadera paz y de la única posible felicidad. Y así vuelven a cobrar enorme relieve aquellas palabras de Ignacio Ellacuría mártir precisamente por pensar de ese modo: nuestro mundo del s. XXI sólo puede tener solución en “una civilización de la sobriedad compartida”. Si no, acaba pasando que, mientras el dinero intenta acomodarnos en una “banalidad” del mal, la guerra reaparece para recordarnos la intolerabilidad del mal.